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11 de abril de 2017

Elogio de la palabra (6 de 6)


Abandono estas elucubraciones. He hablado casi únicamente de palabras, aunque haya hecho alguna excursioncilla por otros ámbitos de la realidad. Lector, quizá te haya hecho pensar en todo y en nada, como pretendía el mismísimo Goethe —lo conté al principio—, en su discurso a los compañeros, en una fiesta campestre.
La realidad no se puede compartir —o lo que es lo mismo, no existe— sin la palabra. No sé con qué decirlo / porque aún no está hecha / mi palabra, cantó Juan Ramón Jiménez, en Eternidades, en 1917. Para todo hacen falta las palabras. En un relato de esos que considero del todo inalcanzables, El pequeño Heidelberg, de Isabel Allende, se cuenta de un capitán de barco, extraño y viajero, elegante y pacífico, que había llegado al lugar hacía mucho tiempo y había pasado allí cuarenta años bailando todos los sábados, en un sencillo salón de baile, con Niña Eloísa, una dama local, diminuta, blanda y suave, sin que se cruzaran una sola palabra, ni en español ni en ningún idioma conocido.
Un día, llegó una pareja de extranjeros y el capitán oyó que hablaban sus palabras, las de su niñez, las que no había oído durante décadas. Se dirigió a ellos, les pidió con premura algo y los extranjeros tradujeron su recado en un pasable inglés, que el dueño del local repitió en español, ante la frágil anciana. Niña Eloísa, pregunta el capitán que si quiere casarse con él. ¿No es un poco precipitado?, musitó Niña Eloísa. El capitán, respondieron los extranjeros, dice que ha esperado cuarenta años para decírselo y que no podría esperar hasta que se presente de nuevo alguien que hable su idioma. Dice que, por favor, le conteste ahora. El capitán pensó, sin duda, que no podía declararse a nadie, si no era en su idioma materno, con sus viejas palabras, aunque lo tuviera que hacer a través de intérprete. Y esperó pacientemente hasta que llegó la ocasión, el milagro. Pero luego no quiso, como es lógico, perder la oportunidad, cuando al fin se presentó.
En ese mundo tierno, alocado, extravagante, imprevisible y teñido de candor e inocencia, me gustaría vivir. Y como eso no es posible, es el que quiero para la literatura: la gracia, la belleza, gloriosamente despreocupadas por la verosimilitud y forjando sueños sin tregua. Una literatura casi nunca ajena a los sentimientos. Hay que atreverse a sentir, recomendó Stendhal. Con lo que, además, se hace fácil escribir, que ya sentenció Cervantes, en El amante liberal, que “lo que se sabe sentir, se sabe decir”. Así querría que fuera la mía: literatura que sólo se pueda continuar y combinar adecuadamente con el silencio. “En ese momento de su narración, Scherezada vio aparecer la mañana y se calló”.
Siempre he pensado que sólo hay unos pocos temas realmente importantes. Junto a las palabras están, sin duda, los sueños. Y también el tiempo. Ese tiempo que, lo digo en otro relato, deshace las vidas y nos abate e iguala a todos, que huye asolando y descomponiendo despiadadamente las cosas, haciéndolas cambiar bajo su soplo terrible y constante. Incluso los astros, imperturbables y ajenos, aparentemente situados fuera de su dominio, se alteran con su transcurso, porque hasta los cielos se transforman y las constelaciones modifican su apariencia. El tiempo, que se une viciosamente a la vida, que se confunde con la esencia misma de la vida, y la envenena y destroza, y la hace pobre e ingrata. El tiempo es la limitación, la opresión, el recuerdo constante de nuestra finitud y de nuestra impotencia. El espacio crea perspectivas insólitas y descubre nueva belleza; el paso del tiempo, en cambio, aniquila todo lo creado, destruye la hermosura del mundo y es la fuente última de toda la melancolía, de toda la tristeza y de toda la angustia humanas.
Lector, ha pasado el tiempo y he de terminar. Cuenta González Ruano, en su Madrid entrevisto, que al final de su vida, el pobre Ramón de Basterra, que murió sin cumplir los cuarenta años, con tanto inacabado, decía a sus amigos: Decidme que mis versos son muy buenos... A vosotros no os cuesta nada y a mí me hace muy feliz. A mí, esos halagos me dejan relativamente indiferente. No porque sea más ascético que Ramón de Basterra, sino porque he vivido muchos más años. Pero sí querría, y lo digo con franqueza, que se conocieran y leyeran mis libros. Porque los hice con cariño, con cuidado, con personajes limpios y tiernos. No he sabido nunca crear personajes malvados. Y he rechazado siempre la agresividad gratuita, el mal gusto y la coprolalia (el hablar sucio). En literatura, o se cuenta algo con claridad o se describe algo con precisión o hay que emborrachar con belleza. Vivimos una época de gustos vulgares. Muchos sólo quieren historias de acción, tipos que lleven una pistola en el sobaquillo. Y sexo, turbia y burdamente expuesto. Don Quijote, hoy, tendría que revolcar a Dulcinea en el tercer capítulo, sin quitarse la armadura, ha sugerido con gracia Andrés Trapiello, uno de nuestros buenos escritores contemporáneos.
Empecé hablando de Goethe y de palabras, y así querría terminar. El maestro alemán afirmó: Soy enemigo mortal de las palabras bajo cuya cáscara no encuentro nada. Ojalá haya logrado yo poner algo dentro de las mías, en estas entradas.

5 de abril de 2017

Elogio de la palabra (5 de 6)


Palabras que han de ser engarzadas con amor, como hago en otro relato mío, Semana Santa en Úbeda: Se acercaron hasta el mirador que se abre sobre el valle del Guadalquivir. Germán revivió la antigua e invariable imagen que le había seducido desde su niñez. Siempre he creído, le confesó al amigo, que por la noche un mar misterioso y mágico cubre estas tierras y convierte a Úbeda en el activo puerto de algún portulano fantástico, desde el que pueden iniciarse viajes a reinos ya desaparecidos o ignotos. Un puerto en el que barcos de muchos remos atracan todavía, trayendo vino de Creta, cerámica de Corinto, ámbar de Pilos, cobre de Chipre, estaño de las Casitérides y marfil de África. Y desde el que se puede ir a Corcira, la de enhiestas torres, la isla de los felices feacios, vestidos de púrpura desde el amanecer hasta el anochecer; a Naxos, con sus collados cubiertos de bacantes; a la verde Donusa, a la blanca Paros. Y cito a Álvaro Cunqueiro, que habla también de las palabras: ¿De qué se hace la nave más ligera para ir a los feacios? De palabras, Ulises. Te sientas, apoyas el codo en la rodilla y el mentón en la palma de la mano, sueñas y comienzas a hablar.
Y me pregunto, ¿cómo es posible que ese poco de aire estremecido, esos pocos sonidos que se hilvanan en un instante para dejar de existir inmediatamente, tengan tanta fuerza, tanto poder? Se llevaron el oro y nos dejaron el oro... Se lo llevaron todo y nos dejaron todo..., nos dejaron las palabras, cantó Pablo Neruda. ¡Todo lo importante del mundo se resume en palabras, abren o cierran, atan o libran!, escribió Torrente Ballester, en La Isla de los jacintos cortados. Son tan extremadamente poderosas que un personaje de El siglo de las luces, de Alejo Carpentier también nos previene, con razón: Cuidémonos de las palabras hermosas, de los Mundos Mejores creados por las palabras.
Para mí, las palabras son todo. La palabra es más cegadora que la luz, más veloz que el viento, más certera y mortífera que la flecha, más engañosa y complicada que cualquier laberinto imaginable. La literatura no puede ser otra cosa que el pulimento, la orfebrería de las palabras. El escritor es un argentador de palabras. Claro, ¿no? Pero luego viene Azorín y, para ensalzar el prólogo del Persiles y Segismunda cervantino, dice que “parece escrito sin palabras”. ¿Sin palabras, maestro Azorín? ¿Cómo se puede escribir sin palabras? Se entiende que Azorín quiere decir que las palabras pueden ser tan exquisitamente escogidas, referir la acción tan cabal y exactamente, que apenas se hagan notar, que se diluyan en el contenido de lo que se narra, que se oculten discretamente en el fluir del puro pensamiento.
Y, desde luego, pueden no ser imprescindibles en la ciencia, donde cabe reemplazar ventajosamente las palabras por símbolos, por fórmulas, por guarismos. Cuanto a mayor altura de perfección raya un saber constituido, menos se fía de las palabras y más empleo hace de las fórmulas; lo hizo ya notar Eugenio D’Ors. En el futuro quizá la ciencia se sirva exclusivamente de los números, de las ecuaciones, de un lenguaje formal de índole matemática. No es una perspectiva que me horrorice. Los números son todo, los números son la realidad.
Las palabras son todo. Los números son todo. Se preguntarán ustedes que cómo es posible esta dualidad. Pues es muy simple: porque estoy tratando de grandes verdades. Las grandes verdades tienen la asombrosa particularidad de que son verdades, ellas mismas, y sus contrarias, sus opuestas. Quien no ha entendido esto, no ha entendido el mundo. Lo que quiere decir, aplicando la propia regla que acabo de exponer, que, sin entender esto, se puede entender perfectamente el mundo.
O, por mejor decir, se podría, si no fuera radicalmente incognoscible. Vivir es bordear una ignorancia casi perfecta. Perseguimos inútilmente la certeza, estamos carcomidos por la duda. Qué se puede decir de un Universo con cien mil millones de galaxias, cada una con decenas de miles de millones de estrellas, del que sólo podemos ver una pequeña fracción —se dice que un cuatro por ciento de lo que contiene—, ya que el resto está integrado por lo que llaman materia oscura y energía oscura.
Cómo me gustaría perderme ahora en elucubraciones, que me superan de la manera más total: hablar de eso que empiezan a llamar el multiverso o metauniverso o pluriverso, que predicen algunos modelos de la teoría cuántica. El multiverso es el conjunto de múltiples universos (incluyendo el nuestro), que comprende todo lo que existe físicamente, todas las formas de la materia y de la energía, y las leyes y constantes físicas que las gobiernan. Es un término que fue acuñado hace ya mucho tiempo, en 1895, por un psicólogo americano, William James. En esos infinitos universos paralelos o alternativos o cuánticos, las constantes físicas pueden ser idénticas a las del nuestro o pueden ser distintas. Y puede, eventualmente, existir otro universo que sea exactamente igual al nuestro. Tegmark, un físico especializado en estos temas, señala que este mundo idéntico tendría que estar a una distancia de 1018 metros. Bueno, si algún lector sabe bien algo de todo esto, le agradecería que me lo explicara un poco.

31 de marzo de 2017

Elogio de la palabra (4 de 6)


Termino con esta querida Marta mía y os cuento que el amor hostigaba sin tregua a otro personaje que aparece en una de mis obras, un dulce trovador provenzal, Raimbaut de Vaqueiras, de finales del siglo XII y principios del XIII. Moría de amor por una doncella llamada Beatriz y escribió como nadie había escrito hasta entonces, aunque tantos habían sentido lo mismo. Tenía ese don el buen hombre. Y se acercaba tan derechamente a la muerte, que la dama se ablandó al saberlo, lo amó y le regaló, embellecida y multiplicada, la vida. Se casó luego con su prometido, Don Arrigo, para no complicar tontamente las cosas, pero el trovador fue mantenido en palacio y siguió gozando de todos los privilegios adquiridos. Sí, de todos, lector; estos arreglos juiciosos han existido siempre. Don Arrigo era amante de la caza y cazaba, el trovador amaba la trova y trovaba, Beatriz amaba... Bueno, Beatriz era muy comprensiva y estaba encantada de la vida. Y el mundo seguía rodando incansable y ciegamente por sus caminos de siempre. Y yo no sé ahora de otros, pero estos tres eran felices.
Hasta que una noche de verano, cuando los imprudentes enamorados reparaban sus dulces fatigas sobre un oculto pradillo del jardín, embriagados con el aroma de la hierba recién cortada, y dormían dulcemente, apenas cubiertos con el manto del trovador, el hermano de ella, el  marqués Bonifacio de Monferrato, que quizá se había arrepentido ya alguna vez de haberse traído al insistente provenzal a palacio, los sorprendió y, con delicadeza y tacto, les quitó, sin despertarlos, la ropa del amante y los cubrió con su propia capa, en la que estaban bordadas muy claramente las armas del marquesado. Después del suceso, el marqués Bonifacio no tuvo grandes problemas para convencer al trovador de la cabal conveniencia de peregrinar a Tierra Santa y dejar los entretenimientos.
Los dos, el marqués discreto y el trovador enamorado, se fueron de palmeros, peregrinaron a Jerusalén. Muchos otros pecadores arrepentidos iban en la misma nave, camino del perdón y de la aventura. Iba aquel monje de Chieri que quedó convertido en un faisán por haber comido un ala de volátil en Viernes Santo, encerrado en jaula de plata y amparado por un salvoconducto extendido por los duques de Saboya. Iba también aquel caballero de Mandovi, que intentó raptar a una monja en Fossano. A punto de conseguirlo, ella pidió a Dios que le mandara la lepra para conservar intacta su pureza, lo que ocurrió en un instante, haciendo huir al caballero, que se tornó pesaroso y penitente tras la milagrosa mudanza. Viajaban entonces, hacia Jerusalén, gentes de toda condición, en busca de la gloria, de la muerte, del amor, del olvido, de sus respectivos e ignotos destinos.
Monferrato, tras sólo un par de batallas, ganó el reino de Salónica e hizo a Raimbaut duque del mismo y lo nombró también príncipe de Orfani. El pobre trovador quedó hecho príncipe y gobernador de un reino. ¿Se puede pedir, se puede ambicionar más? Pues fíjate, lector, lo que es el amor, cierto tipo de amor. El nuevo y flamante príncipe era víctima insalvable de la melancolía, olvidaba todas sus ventajas y conveniencias y sólo soñaba con Beatriz y le escribía sin cesar las más tiernas baladas, declarándose prisionero en ultramar, herido de amor, infeliz e incurable. Mientras tanto, Beatriz le dio once hijos al Caretto, quien sabe si con pasión por medio, que esto es muy complicado de averiguar en las mujeres y es sabido que hay mil formas de fingimientos.
Raimbaut murió en su principado, añorando aquel lejano y perdido amor; entreviendo, por siempre inalcanzable, a su Beatriz en la distancia, en el horizonte engañoso e impasible del mar, que se divisaba desde la blanca terraza de mármol del palacio. En ocasiones, cuando los vientos eran mareros, creía oír su voz que le llamaba con aquellos nombres tiernos y secretos que se habían inventado y confiado tantas veces, juntos, en las tierras del marquesado de Monferrato, en la dulce Lombardía inolvidable. Ni un día dejó de pensar en ella, ni un día pudo desprenderse del infortunio, de la desesperación y de la nostalgia. Para lo bueno o para lo malo, nada sería lo mismo en el mundo sin el amor. Cantó entonces: ¿De qué me valen, pues, conquistas ni riquezas? Porque yo me tenía por más rico cuando era amado y leal amigo y Amor me nutría. Prefería un solo placer que aquí gran corte y gran hacienda.
Dejo estos turbulentos enamoramientos, para seguir hablando de las palabras. De ellas habla Marie Laure, la francesa filóloga y entrometida, al guapísimo Roberto Milfuegos, el primo de Marta: Tienes que fijarte en las puras palabras, deteniéndote en cada una de ellas, porque todas son como un milagro. Y te tienes que dejar acariciar por los sonidos con que se visten y muestran. Cuando se trata de escritos, las palabras son siempre muy importantes; hay que jugar, seducir y embrujar con ellas. Para hablas más planas, ya están las de la conversación corriente, las de cada día que, esas sí, han de ser sencillas y escuetas. El hombre no fue completamente hombre hasta que inventó las primeras palabras. Con ellas ya pudo, también él, crear incontables mundos y tuvo la posibilidad de advertir, suplicar, enseñar, engañar y mentir. Fue capaz de expresar su pensamiento y también de suplantarlo, de ocultarlo.

26 de marzo de 2017

Elogio de la palabra (3 de 6)


No es una boutade, no es una manera de hablar. De verdad les digo que en más de una ocasión los personajes que yo creo en mis obras, viven su vida, con propio discernimiento y voluntad. Se hacen independientes, imponen sus criterios y sus deseos. Pero eso mismo los hace, para mí, más reales y más queridos. En realidad, esta es ya la última razón por la que escribo: para refugiarme en unos personajes algo extraordinarios y libres, a los que llego sinceramente a amar y que, cuando me siento harto de las mujeres y de los hombres que me rodean en el mundo, me consuelan un poco y me proporcionan la ilusión de que la vida no es tan ramplona como a veces parece.
Tengo hasta mis cautas preferencias. En la novela citada, mi preferida es Marta y a ella dedicaré ahora más tiempo que a nadie. Marta es una jueza inteligente y delicada, enamorada toda su vida de su primo, sin que este se entere, y que sabe, cuando hace falta, utilizar el lenguaje, las palabras, con la contundencia de un arriero. Como cuando se queja ante alguien, reventando de amor y despecho, de la intromisión ya un poco prolongada de una extranjera en la vida sentimental del primo: Y usted no sabe cómo quiero yo a mi primo. Es que desde que nací he estado siempre con él, ¿me entiende?, desde el puto nacimiento. Y además ella es francesa y tiene millones de franceses para elegir, ¿por qué tiene que venirse aquí, a este lado de los Pirineos, a fastidiar? Marta estaba al borde de las lágrimas. Y usted no conoce a mi primo, no sabe lo guapo y lo bueno que es.
Marta llevaba años en esta espera. Y mientras tanto se le iba escapando el amor y fue incapaz de entregarse a nadie. En una ocasión, con treinta años ya, tuvo que ir a su médico de cabecera, una doctora. Menudo genio tenía la que le correspondió en el ambulatorio. Todavía la veo, recordaba Marta, cuando fui a que me viera. Después de preguntarme sobre mis enfermedades de la infancia, las de mis padres, la fecha de mi primera menstruación, mis hábitos de todo tipo y mil detalles más ―porque aquello fue un interrogatorio en toda regla, que yo sé de eso―, no tuve más remedio que confesar que aún no había conocido varón, que ya ni me acuerdo de cómo expresé aquello, si fue con esa fórmula u otra igualmente tonta, porque estaba yo apuradísima y no sabía ya ni lo que decía. Entonces la tía empezó a dar voces, que parecía que quería que la oyese todo el ambulatorio: “No me lo creo, no me lo puedo creer; no es posible”. ¡Y vaya si era posible! Y qué iba yo a hacer, pobre de mí. Y me miraba como si tuviera delante una iguana gigante o la hidra de las nueve cabezas o el célebre lagarto de Jaén.
En aquellos momentos, continuó Marta, me sentí tan mal que hubiera cogido al primer celador o médico o enfermero que pasara por allí y le hubiera pedido que, aunque fuera dentro de su horario laboral, que se supone que está para otras cosas ―o no, porque según se cuenta, y para reducir la tremenda tensión de su trabajo, los médicos y enfermeras parece que casi no hacen otra cosa que jugar al amor en los hospitales―, me hiciera un favor, el favor que me interesaba entonces de manera urgente, aunque fuera sólo para callar de una vez a la doctora, que seguía sin salir de su asombro y estaba como pasmada, en silencio, hasta que de repente volvía otra vez en sí y empezaba con aquello de “no me lo creo, no puede ser”, a voces puras. Y llegarme después del sacrificio hasta ella y decirle: Ve usted, ya no hay por qué admirarse de nada, que tampoco esto es tan difícil, ni tiene tanto mérito. Ya está hecho, ya me lo he dejado hacer. Y ahora, ¿qué?, ¿dejará ya de gritar?
La verdad es que yo siempre he pensado que ese favor es muy fácil de conseguir de cualquier hombre, seguía reflexionando Marta. Algo por lo que, después de todo y en estricta justicia, tendríamos que estarles reconocidas las mujeres, por su buena disposición para estos asuntos, en vez de andar por ahí bromeando con lo de que “siempre están pensando en lo mismo, no les queda cerebro para otros asuntos”,  y cosas parecidas.
Allí mismo, ya digo, se lo podría haber pedido al primero que llegase, aprovechando además que en la salita en la que la doctora me había dejado sola, para que me desnudara antes de la exploración, había una camilla, quizá aprovechable para el cumplimiento de la misión. Aparte de que, en casos de verdadera urgencia, ya había visto yo muchas veces en el cine, que no hacen falta ni camas ni camillas ni nada, que todo se puede resolver incluso de pie. En las películas, por cierto, yo había observado que, en algunas ocasiones, estando los dos de pie, hasta se le encaramaba la mujer al pobre hombre, quien, además de estar atento a lo que hacía, encima tenía que cargar con la prójima cabalgándole en la cintura, que todo junto tiene que ser muy incómodo y dificultoso. Para él y para ella, para todos, aunque para la mujer tiene que resultar algo más llevadero, pienso yo, honradamente. Es que yo creo —no sé por qué, la verdad, porque yo de esto conozco sólo lo de las películas— que en la cosa del sexo las mujeres nos llevamos la mejor parte. Claro que luego está, para compensar, el asunto del parto, que esa sí que es otra historia.

21 de marzo de 2017

Elogio de la palabra (2 de 6)


Pero el Sur puede ser también el desorden, el exceso, la locura, le argumenté tímidamente al maestro. De Nápoles, un refrán afirma que es un paraíso habitado por diablos. ¿No os llegó a cansar aquel doloroso estado de pobreza, de banalidad; ese universo lleno de pifferari, de lazzaroni. Aun así, me contestó, esa fue la luz que yo busqué; os lo digo ahora que regreso inocente y sabio de la muerte. Iba yo a contarle que, en cierta manera, él había estado en España, que yo había escrito un relato titulado Goethe en el Guadalquivir; pensaba hablar con él de tantas cosas… Pero en ese momento el guía nos apremió para que continuáramos el camino y pasáramos a la siguiente habitación y todo se desvaneció. Comprendí entonces, mientras salía del dormitorio, que el maestro llevaba razón.
Y recordé los encendidos párrafos que yo mismo había escrito, en Madrid, hace ya muchos años, en una habitación perdida en el remanso de la ciudad universitaria, con pensamientos y sentires que puse en la cabeza de un médico, el doctor Fernández: “Cuando llegó, se asomó a la terraza. Era ya casi de noche. El cielo tenía un hermoso color azul oscuro, con ese brillo metálico del solsticio de estío y la ciudad aparecía como un inmenso fuego a punto de extinguirse. Una brisa cálida llegaba agotada del Sur y recreaba, intactos, los ensueños de los tiempos pasados, en los que se multiplicaban espejismos imposibles. En los rincones del aire nacían adelfas y nardos, mientras, en el horizonte inmediato, la sierra, de color violeta, imprimía una apacible vibración al paisaje.
El doctor Fernández, poseído ya por un mundo que conocía bien y sabía inevitable, pensó una vez más que jamás podría abandonar un país en el que tantas cosas invitaban a la felicidad y en el que, precisamente por ello, era imposible que la gente fuera excesivamente juiciosa. No se es razonable en los paraísos, aunque sean elusivos y finalmente inalcanzables. Se es razonable en las tierras inhóspitas, en los climas duros, donde durante siglos los pueblos han tenido que luchar lúcidamente, y todos juntos, para subsistir. En aquel país, en realidad, para ser feliz, se trataba sólo de luchar contra el exceso de algunas locuras: la locura de las noches de luna y los viejos cantos paganos, la locura de los limoneros y los naranjales, la locura de los olivos de argento... la locura del sol. Un sol que llevaba milenios castigando y adormeciendo, acunando y fermentando todos los ensueños y todas las desganas. Un sol que llamaba a la vida, que cantaba a la vida y que en el Sur, siempre presente en el médico, junto al mar, teñía de sangre las ventanas de las casas blancas en cada atardecer, al ocultarse herido tras cegadores horizontes de sal”.
Hay más presencia de Goethe en mi obra. En mi libro Una noche en Nueva York, hay un vagamundo, un ser tierno y vagaroso retirado en el Bowery, un barrio marginal y perdido de la ciudad, que cita al autor alemán: “El vagamundo, escribo yo en mi relato, empezó a recoger sus cosas, preparándose para dormir. De repente, se dirigió de nuevo al extranjero:
— Eso que te he dicho sobre el mundo lo escribió muy bien tu querido y admirado Goethe. Te voy a citar de memoria, pero no me equivocaré mucho: Todas las cosas de este mundo vienen a parar en bagatelas, y el que, por complacer a los demás, contra su gusto y necesidad, se fatiga corriendo tras la fortuna, los honores u otra cosa cualquiera, es siempre un loco. Es de Werther.”
Goethe está también en el epílogo de la novela que cité antes, cuando hablo en primera persona: “Os dije que no sabía muy bien quién la escribía en realidad, que no estaba muy seguro de ser yo el que manejara, a mi capricho y con absoluta potestad, a los personajes que iba imaginando y que procuré hacer pasablemente creíbles y cercanos. Fueron ellos los que acabarían imponiéndose a la hora de fijar el curso de la acción y dar algún sentido a la obra. Como me maliciaba, que ya en el acto II de la segunda parte del Fausto, después de que Wagner creara a Homúnculus, Goethe hace decir a Mefistófeles: Am Ende hängen wir doch ab von Kreaturen, die wir machten. Y es verdad, al final, somos los autores los que dependemos de las criaturas que creímos forjar libremente.”

16 de marzo de 2017

Elogio de la palabra (1 de 6)


En algunas entradas de este blog me he referido de pasada a las palabras. En las entradas que empiezo hoy, que son el texto de una conferencia, querría hablar de ellas de manera más organizada y monográfica, siempre como un mero degustador de palabras, no con el enfoque de un lingüista o un lexicólogo. He preferido conservar el estilo de la comunicación oral y tomo prestado el título, Elogio de la palabra, del discurso del poeta catalán Joan Maragall, pronunciado en 1903, cuando fue elegido Presidente del Ateneo barcelonés; es también el título de otros escritos de diversos autores.
Me dispongo, pues, a hablar de literatura, de las palabras. Empezaré con una narración deliciosa de Goethe, escrita en sus años estudiantiles, en la universidad de Strasbourg. La llamó simplemente Cuento, y la leyó durante una fiesta campestre, ante un auditorio en el que estaba su amada —su amada de entonces, se entiende— Friederike. Y empezó diciendo: “Esta noche he de contaros un cuento que os haga pensar en todo y en nada”. Pues como yo hoy, en eso vamos a coincidir. Porque casi no tengo tiempo de hablarles de nada y querría apuntar a todo.
Naturalmente, he de resumir la historia del escritor alemán. El caso es que una hermosa serpiente verde tragó unas monedas de oro y se fue haciendo luminosa y transparente. La serpiente entró en una cueva y allí, en una hornacina, había una imagen en oro puro de un rey venerable. El rey comenzó a hablar, y le preguntó: ¿De dónde vienes?— De la sima donde habita el oro, contestó la serpiente. Se sabe desde siempre que las serpientes pueden hablar y hasta ser muy convincentes. — ¿Qué es más precioso que el oro?, preguntó el rey. — La luz, respondió la serpiente. — ¿Qué es más bello que la luz?, preguntó aquél. — La palabra, respondió esta.
No pueden imaginarse lo que me conmueve esta rotunda confesión sobre el valor y primacía de la palabra, imaginada por un hombre que amaba tan arrebatadamente la luz. Hace un mes estaba yo en su casa, en la casa de Goethe, en la bellísima Weimar, en Alemania, siguiendo distraídamente al guía que nos apacentaba y conducía mansamente por las habitaciones de la mansión, llenas de cuadros, estatuas clásicas, dibujos, raros y preciosos minerales... Estaba yo impaciente por llegar a su dormitorio, a la cama en la que murió y desde la que pronunció aquellas últimas palabras: “¡Luz, más luz!”. Ya no sé si lo vi o lo oí en ese momento, pero sí me escuché diciéndole: Querido maestro, yo vengo de un país del Sur, de España, miradme. Quizá queden todavía restos de sol en mi retina, en mis ojos. Tomadlos, son vuestros, son para vos. Yo he amado vuestra tierra, me contestó sonriendo, aunque nunca estuve en ella. Si recordáis, en una escena de mi Fausto, aquella en la que Mefistófeles se burla de los estudiantes y realiza algunos portentos, él cuenta que acaba de regresar de España, “del hermoso país del vino y las canciones”. Claro que la recuerdo, contesté, vengo ahora de Leipzig y visité allí la famosa taberna de Auerbach, en la que transcurre esa acción. De ella se infiere claramente que el diablo conoce bien mi país, le gusta, y debe de andar entre nosotros de vez en cuando, me atreví a bromear.
Pero también hay esa otra luz, maestro, la interior, la que está dentro de nosotros y que vos supisteis ver como nadie. Ja, das innere Licht. Bon, vous savez..., contestó Goethe, en alemán y en francés; era capaz de hablar y ser escéptico en muchas lenguas. Creí percibir un leve desdén, un cierto descreimiento en sus palabras. Y continuó, yo he amado, sobre todo, la luz exterior, la luz del mundo, la que calienta y da vida a los cuerpos gloriosos, la de los países en donde florece el limonero y centellean las naranjas doradas entre el follaje oscuro, donde la brisa sopla suave bajo el cielo azul, y se puede hallar al silencioso mirto y al alto laurel. Lo he cantado en mis versos: ¡Hacia allí, hacia allí, quisiera yo ponerme en camino!
Es verdad que Goethe amó el Sur y los cantos del Sur. En mi novela Las increíbles vidas de Roberto Milfuegos, cuento que en Venecia se cantaban en sus tiempos los versos de Tasso y Ariosto. Él mismo, en su Viaje a Italia, refiere un paseo nocturno en góndola, en el que dos gondoleros los cantaban alternativamente, a la luz de la luna. Estas voces, escribió, cuando se oyen en la lejanía, producen un efecto extrañísimo, algo increíblemente conmovedor, que hace llorar. Y no eran sólo los gondoleros, los cantaban también las mujeres de los pescadores del Lido, especialmente las de Malamocco y Pellestrina, cuando dejaban sus casas por las tardes y se sentaban junto al agua, en la orilla del mar, esperando a sus hombres. Entonaban esos cantos sin tregua, con voz penetrante, hasta que les contestaban las recias y cansadas voces de sus maridos, que habían salido a pescar y llegaban ya a tierra firme.
 

11 de diciembre de 2016

De lo imaginado y lo vivido (3 de 3)


En efecto, aunque mi tío siempre fue un hombre peculiar, desde entonces parecía vivir en otro mundo. Se jubiló enseguida, en contra de sus planes anteriores, y estaba siempre metido en la biblioteca de su casa, sin apenas salir a la calle. Hablábamos por teléfono algunas veces y me contaba su reciente pasión por el arameo, que estudiaba solo y llegó a traducir con cierta soltura. Por ello, cuando he visto ahora en un anaquel de su biblioteca el Sefer ha-Zohar, o Libro del Esplendor, de Moisés de León, un judío español del siglo XIII, que nació no se sabe si en Guadalajara o León, lo he cogido sin vacilar. Este escritor atribuyó la obra a Shimón bar Yochai, un rabí del siglo II, que la habría escrito durante trece años, escondido en una cueva y estudiando sin descanso la Torah. Es quizá el libro fundacional de la literatura mística judía, la Kabbalah, y lo más probable es que se trate de un pseudoapócrifo y lo escribiera el propio Moisés de León, casi todo en arameo. Fue mi tío quien me dio estos detalles y quien me dijo que sólo unas veinte mil personas hablan hoy esa lengua en nuestro planeta.
Es una edición en castellano y dentro he encontrado unas hojas escritas con la menuda letra de mi tío, que reconozco perfectamente. En un párrafo escribió:
 Aunque trato de acomodarme a mi nueva realidad, no sé hasta cuándo podré soportar este sentimiento de privación y desamparo. Tras haber visto lo que he visto, no tiene sentido permanecer en el mundo. No lamento mi experiencia en Baviera y lo que me pregunto es por qué me sucedió a mí. Conozco bien la tradición mística del antiguo Israel, la de los cuatro sabios que vieron en vida el Paraíso. El primero, Shimón ben Azai, lo contempló y murió en el acto. El segundo, Shimón ben Zoma, miró la Luz Brillante del Ha-Shem, no pudo resistirla y perdió la razón por completo. El tercero, Elisha Aher, vio la misma luz, comprendió que nada existe sino Dios, que nada vale ante Él, y abandonó para siempre el estudio de la Torah. El cuarto, el rabí Akiva ben Yosef, nombrado en el Talmud ‘cabeza de todos los sabios’, regresó esclarecido e indemne. Murió en Cesárea, mártir de los romanos, recitando la ‘shemá’, lleno de gozo y alegría. Yo también he podido regresar, pero temo volverme loco, como Ben Zoma, y anhelo con toda mi alma revivir mi experiencia para poder explicármela.
He leído más papeles de mi tío y estoy seguro de que él creyó que, por razones que era incapaz de comprender, se le había permitido conocer alguna forma de Paraíso en un lugar inhallable de Baviera, a donde llegó de manera casual, buscando un monasterio que no existe, ni existió nunca. ¿Lo contó veladamente, en la revista local, y no quiso decir más entonces? ¿Estuvo allí en realidad? ¿O quizá lo imaginó, conjeturó que había tenido realmente una visión del paraíso? Después, trabajado por la soledad y la fatiga de vivir, siguió añorando y dando vueltas a esa visión que se alejaba, cada vez más tentadora, y se adentró en las aguas oscuras y mistagógicas de la Kabbalah, para no retornar ya a la realidad.
La otra posibilidad: que todo fuera pura ficción, desde el principio; una ficción de escritor. Una historia que imaginó como juego y que luego tal vez lo trastornó y lo fue poseyendo, hasta el punto de hacerle cambiar su vida. ¿Puede alguien llegar a creerse tan perturbadoramente sus propias imaginaciones?
No lo sé, el mundo está lleno de misterios. En un libro de texto de mi carrera, Samson Wright’s Applied Physiology, había una cita con palabras del rabí Akiva ben Yosef a un discípulo: “Hijo mío, por mucho que el ternero quiera mamar, es más lo que la vaca desea darle”. Quedó el nombre del autor en mi memoria, sin más. Ahora, treinta años después, lo vuelvo a encontrar en la casa de mi tío muerto, y me entero de que este rabí pudo haber vislumbrado el paraíso y regresar sin perder la cordura. Esa caprichosa reaparición en mi vida también me turba, porque quizá pudiera tener algún sentido, que yo no sé descubrir. Los griegos no concebían la eternidad y les cautivaba la idea del retorno. Yo estoy solo ahora —con esa soledad que es necesaria para entender a los solitarios— y también me pierdo en divagaciones extravagantes y quizá fútiles y me inquieta el redescubrimiento, el retorno inesperado, de este taná, este sabio rabínico, que vivió a finales del siglo I y principios del II de la Era Cristiana. Fue capturado por los romanos y torturado hasta la muerte en el año 135. Su vida y su obra me han interesado y quiero conocer mejor su obra. Me he empeñado también en descubrir hasta dónde llegó mi tío en lo que probablemente fue un fatigoso camino de iniciación.

7 de diciembre de 2016

De lo imaginado y lo vivido (2 de 3)

Llegué, en efecto, a lo que parecía un pequeño monasterio, que estaba cerrado. Cuando ya me marchaba, vi a la derecha una puerta abierta, que daba entrada a un salón recoleto y lleno de encanto, con altos zócalos de cerámica azul, como la que vi fabricar hace ya muchos años en Iznik, en Anatolia. Dentro había gentes que celebraban algo, no sé exactamente qué, en un ambiente amable, vestidos todos de un blanco inmaculado. Se oía la música de esa cítara popular en Baviera —y en la vecina Austria, como la que toca Anton Karas en la película El tercer hombre, de Carol Reed— y alguien interpretaba muy lentamente una melodía dulcísima.
Fue uno de esos momentos insólitos que se viven a veces y que justifican, por sí solos, cualquier viaje. Los reunidos me vieron llegar, me invitaron a entrar cortésmente y hablaron conmigo, como si me conocieran de toda la vida. Había una atmósfera de paz y serenidad, como yo nunca había vivido hasta entonces. Era, sobre todo, la luz; una luz limpia y distinta de la habitual, que parecía ser la única realidad existente. Así debió de ser la del primer día de la Tierra, cuando Dios dijo “Haya luz”, antes de que fuera creado el Sol (Génesis, 1, 3, primer relato de la creación). Venía de arriba, del techo, de una tenue niebla resplandeciente, que llegaba hasta nosotros y nos aislaba del mundo y, junto con la música, nos hacía como flotar en un estado de calma y felicidad imposible de describir. Por desgracia, era absolutamente forzoso seguir mi viaje y me despedí, ya con una anticipada y dolorosa nostalgia.
Lo que ha ocurrido después, vuelto ya a España, es de todo punto incomprensible. He indagado en las más completas enciclopedias la existencia de un monasterio en la zona y no lo he podido encontrar. Lo mismo pasa con los dos pueblecitos que hube de cruzar para llegar al lugar. No existen, no hay constancia de sus nombres en ninguna parte. Es como si se los hubiera tragado la tierra. Estaba tan perplejo, que telefoneé al consulado alemán y tampoco allí supieron darme noticias con mis datos.
La situación me parecía inexplicable y llamé a la empresa en la que alquilé el coche. Les pedí con todo interés que me dijeran, en el mapa del sur de Baviera —el editado por ellos mismos y que yo había manejado en mi viaje—, en la zona que les indiqué con toda precisión, el nombre del monasterio señalado con una estrella azul, y el de los dos pueblecitos que hay que pasar para llegar a él, partiendo de Bad Tölz. Di los nombres de estos pueblos y me contestaron que habían estudiado el mapa y no había ninguna estrella azul, ni ningún monasterio en esa zona concreta; tampoco figuraban esos dos pueblos ni nadie los conocía. Pensaron que yo estaba equivocado y quedaron en enviarme el mapa por correo.
Hace una semana me llegó, idéntico al que utilicé, sin lugar a dudas. Efectivamente, no aparecen en él por ninguna parte —no existen— ni el monasterio ni los dos pueblos que atravesé. Empecé a pensar que quizá tampoco eran reales los lugares y los seres que me encontré en mi camino ese día. Parece que nada de eso hubiera ocurrido en este mundo.
También me llegaron las fotos del viaje, con una nota de la empresa encargada del revelado, en la que me dan algunos datos y me recaban información. Dicen que una parte del rollo apareció tan intensamente velada, que sugería una exposición a una rara luz de extraordinaria potencia. No sólo las sales de plata han sido extremadamente alteradas, sino que la matriz de gelatina en la que van suspendidas, y hasta el propio soporte, el celuloide, han sido descompuestos y modificados de manera extrañísima. La cinta era tan frágil y quebradiza en ese tramo que se rompía al tocarla y tuvieron que suprimirla. Me cuentan que no han visto nunca algo parecido y me preguntan, con gran interés, en qué lugar y con qué luz utilicé la cámara. Se refieren a la parte del rollo entre Regensburg y Murnau, el que corresponde a las fotos que hice en esa especie de monasterio fantasma; faltan todas esas fotos, no hay ninguna. Ya no sé qué pensar de todo esto y, desde luego, no encuentro explicación para lo ocurrido; ni con la filmación dañada, ni con la aparente e insólita desaparición del lugar.

Este relato de mi tío me llamó poderosamente la atención, cuando lo leí por primera vez, y ahora buscaba con su relectura alguna claridad en lo que intuí confusamente entonces. Porque, aunque para mí y para todo el mundo la historia parecía una probable ficción, nacida de la imaginación de un escritor, se daba la circunstancia de que, a partir de aquel viaje, mi tío empezó a tener un comportamiento extraño, una actitud diferente frente a la vida y el mundo.
(continuará) 

3 de diciembre de 2016

De lo imaginado y lo vivido (1 de 3)

Amigo lector, muchas veces la gente se pregunta algo intrigada de dónde sacamos los escritores de ficción las tramas, los asuntos de nuestros relatos. Yo creo que en la mayoría de los casos surgen sin más o incluso de manera algo forzada, respondiendo a una búsqueda intencionada por parte del escritor, que se estruja el magín. En ocasiones, sin embargo, sí puede haber algún suceso o evocación que espolee el proceso creativo. Un cuento mío responde a esta circunstancia y me ha parecido interesante exponer primero el relato y después el evento que influyó en su nacimiento. Ahí va la narración, lo imaginado y escrito. Después contaré el hecho real y hasta podré, espero, mostrar un vídeo. Como otras veces, divido la narración en fragmentos. Si a alguien no le gusta el procedimiento, sólo tiene que esperar al tercero y último y leerlos de un tirón.

DE LO IMAGINADO Y LO VIVIDO

Mi tío ha muerto recientemente y ahora sé que nunca llegué a conocerlo bien. Él vivía en su ciudad andaluza, venía a Madrid sólo ocasionalmente y era yo el que iba a veces a su casa, en donde estoy precisamente ahora. De joven, me intimidaba un poco, aunque siempre fue cariñoso y afable conmigo. Lo veía lejano y sabio, viviendo solo en este caserón enorme, sin familiares cercanos, eternamente sumido en lecturas e indagaciones a las que le llevaba su trabajo de bibliotecario y su condición de cronista. Hablaba de cosas amenas, pero desconocidas de casi todos y a menudo ligeramente misteriosas o indescifrables.
Los últimos tiempos estaba como perdido. Su muerte, relativamente inesperada, porque se encontraba bien a pesar de sus setenta y ocho años, me entristeció mucho. Vine entonces una vez más a esta ciudad para el entierro y unas semanas después he tenido que volver para hacerme cargo de la casa, ya que me la dejó a mí, uno de sus tres herederos, con todas sus pertenencias. He decidido pasar aquí unos días, sumergirme en los muchos papeles y fotos que ha dejado y revisar un poco su bien nutrida biblioteca.
He vuelto a leer un relato suyo, Viaje a Baviera, que apareció en la revista literaria local Bétula, de la que era habitual colaborador, hace ahora unos dieciocho años. Lo transcribo entero, para que se entiendan mis sospechas e incertidumbres respecto a todo lo que contó en el artículo. Hago notar que es de mayo de 1998:
VIAJE A BAVIERA

¡Oh, gentes de Al-Andalus... el paraíso sólo está en vuestra tierra! 
Abu Ishaq Ibn Ibrahim Ibn Abu Al-Fath Ibn Khafajah (1058-1139)

Queridos lectores, este mes escribo sobre Baviera. Quizá también sobre algún otro lugar desconocido y oculto —un salón de color azul cobalto fucilando en las paredes y una luz singular y distinta—, situado como en alguna otra dimensión de la realidad. Intentaré explicarme.
Llevaba tiempo sin venir por esta tierra alemana, especialmente querida; seguramente, por tener conocimiento de su lengua, gracias a que mi madre se empeñó en que la aprendiera de pequeño, con doña Hildegard, una de las pocas extranjeras que vivían entonces en Úbeda, que me daba también clases de piano. Aunque viajé por motivos profesionales, he gozado otra vez de sus hermosos paisajes y de la alegría de sus gentes. Eso de que los alemanes no hacen mucho ruido cuando se reúnen es una de las numerosas ideas falsas que los diversos pueblos tienen unos de otros. Nosotros, eso sí, hablamos todos a la vez y aquí lo hacen algo más ordenadamente, casi siempre de uno en uno. Aunque luego las risotadas, las muestras de aprobación o desaprobación, las bromas y las canciones sean igual de ruidosas o más que en España.
Alquilé un coche para ir desde Regensburg (la antigua y bellísima Ratisbona medieval) hasta Murnau, muy cerca del lago Staffelsee, al sur de Munich. En la guantera del coche había un mapa de la región, bastante detallado, en el que pude ver, indicado con una estrella azul como monumento interesante, un ‘Kloster’, un monasterio, sin nombre, situado cerca de una ciudad llamada Bad Tölz. No había venido para hacer turismo, pero como apenas tenía que apartarme de mi ruta, pasando un par de pequeñísimos pueblos, cuyos nombres recuerdo perfectamente, decidí visitarlo.

(continuará)

25 de julio de 2016

Mitos griegos y actualidad española

Cada uno escribe y se inspira como Dios le da a entender; ya dije una vez que la literatura de ficción está hermanada con la libertad. En cambio, los ensayos y escritos académicos, exigen rigor y la verdad ha de ser el fruto de una muy cuidada alquimia, que requiere constancia y esfuerzo. Los hechos de actualidad son de carácter tal que no demandan inasequibles conocimientos o expertise, pero sí una reflexión sosegada.
Muchos españoles empezamos a vivir la coyuntura actual como preocupante hasta la angustia; pensamos que nuestro país no está para dilaciones y juegos malabares. Un grupo de exministros, periodistas e intelectuales ha firmado un manifiesto en el que reclaman soluciones prontas e inmediatas a la ya excesiva interinidad del gobierno en funciones. Innumerables ciudadanos, no versados en politología, estamos de acuerdo.
Mi blog casi permanentemente neglige (el verbo ya está por fin en el DRAE) la actualidad y, sin embargo, llevo ya unas cuantas entradas metido en temas políticos, aunque trato de hacerlo de manera distinta, desenfadada y con algo de humor. Acabo de leer una obra, Endimión, del premio Nobel del año 1916, el sueco Carl Gustaf Verner von Heidenstam. La novela no es nada buena, pero no pretendo con esto juzgar la obra del literato, que es amplia. Pensaba escribir sobre el mito helénico del bello pastor y Selene, en otras versiones con Artemisa. Metido en el mundo helénico, releo viejos apuntes míos, que me devuelven a nuestra situación actual. Me explico.
Me encuentro con Ate, la diosa del error, de los actos irreflexivos, hija de Zeus y de Eris (la Discordia). Fue castigada por su propio padre y arrojada del Olimpo. Desde entonces, Ate no apoya sus pies sobre la tierra, sino que camina pisando las cabezas de los hombres a los que induce a cometer errores sin que ellos se percaten y puedan evitarlos; provoca así eternamente el desorden y el caos. Así la presenta Homero, aunque es verdad que autores griegos posteriores la califican y describen de otra manera, como ocurre tantas veces con esta peculiar mitología. Y me pregunto yo, ¿no andará metida ahora esta diosa Ate por aquí, enredando, tan sin necesidad?
En mi entrada anterior mencioné a la diosa Tetis, madre de Aquiles, que velaba por él continuamente. Algunos piensan que quien mató a Aquiles no fue realmente Paris, sino el propio Apolo, porque “el de los pies ligeros” había matado a su hijo Cicnos de un golpe en la nuca, su único punto vulnerable. Tetis, que preveía este triste final, había puesto a Aquiles, desde que era niño, un sirviente, llamado Mnemón, con la exclusiva misión de recomendarle prudencia cada media hora. Mnemón se descuidó en esto y Tetis lo mató por haber descuidado su deber. Y me pregunto otra vez, ¿no podría arbitrarse, con cargo a los presupuestos del Estado, una legión de consejeros recomendando continuamente la prudencia y el sentido común a todos los candidatos al Gobierno.
A Pedro Sánchez le diría que, de momento —sólo de momento— se olvidara de querer ser presidente del gobierno. Y aduciría los razonamientos de Leonte de Gaudos a su tío Antifinio, que trataba de arrebatarle el reino: Después de todo, gobernar no es tan agradable. Me parece justo que seas rey. Eres viejo, eres feo, estás maltrecho, no puedes pretender que una mujer joven y hermosa se enamore de ti. Quédate, pues, con el reino y sé feliz. Yo, en cambio, me quedaré con Calimnia, la rubia, la sublime, la cándida Calimnia de labios de coral. Nada quiero del mundo más que a ella. Aquí, la situación no es ni remotamente similar y pido que no se me interprete al pie de la letra. Pero hay algo en esas palabras de Leonte que rezuma buen sentido y sabiduría, si se considera con lo que los griegos llamaban sofrosine, σωφροσύνη, templanza. Virtud que supongo en los que firmaron el manifiesto, porque el peor suplicio es ver en medio de ciegos, que te creen tan ciego como ellos.
Es forzoso llegar a acuerdos y que estos estén bien cimentados y se cumplan. Han de ser como el artificio que usó la diosa Hera para inmovilizar a su inquieto e infiel marido, Zeus, en la cama matrimonial: cien correas con cien nudos, inventados por Hefaistos, que tenían la propiedad de que cuando se desanudaba uno se anudaban los otros. Sólo el gigante Briareo, que tenía cien brazos,  pudo liberar al padre de los dioses de esta portentosa atadura. Pues nudos de esos aquí.
He visto hace poco, y esto me apena sin tregua ni sosiego, a Mónica Oltra, política valenciana que se queja de que los españoles gustan de votar a delincuentes, despojada de su sonrisa, que creí yo imperecedera. No se ríe ahora, no como antes. En este mundo griego encuentro también la solución: el elenion, el sedante que inventó la bella Helena y hace olvidar todo lo ingrato del mundo. Lo obtenía de sus propias lágrimas y fue el que utilizó para serenar a Telémaco, el hijo de Ulises, cuando la visitó en Esparta, desesperado por no tener noticias de su padre. Se puede leer en la Odisea, canto IV: En el vino que estaban bebiendo ella echó velozmente un fármaco que ahuyenta el dolor, la ira y el recuerdo de todos los males. Aquel que lo bebiese, una vez mezclado en la crátera, ya no derramaría lágrimas ese día, ni aunque muriesen su madre y su padre. Que alguien busque el remedio y se lo dé a la otrora riente (lector, aunque no lo creas, no está en el Drae) mujer.

19 de julio de 2016

Laodamia, Protesilao y las 'Dutch wives'

Leo en la prensa algo sobre las muñecas japonesas llamadas Dutch wives, de las que hablaré al final, y me acordé de la historia de Laodamia. El mundo de la mitología griega es fascinante. Todos los sueños, anhelos, perversiones, temores y venganzas de los humanos están reflejados en él. Hay infinitas leyendas, de las que muchas, además, tienen múltiples variantes. La que quiero contar ahora es relativamente sencilla y trata sobre la conocida como ‘maldición de Protesilao’, una superstición muy antigua y extendida entre los aqueos que vaticinaba que, cuando las naves se dirigían a la guerra, el primero en desembarcar era también el primero en morir, lo que no deja de tener su lógica.
El nombre viene de Protesilao, un príncipe tesalio que tomó parte en la guerra de Troya. Tuvo que embarcar al día siguiente de su boda con la ya citada Laodamia, la bellísima hija del rey Acasto, a la que había deseado durante años, porque su padre se opuso durante mucho tiempo al enlace. Sólo pudo poseerla una vez, en la noche de bodas. Al tocar tierra troyana las naves tesalias, el impetuoso Aquiles quiso saltar el primero a tierra, pero su madre, la diosa Tetis, que conocía el infausto augurio, lo retuvo de un brazo, mientras empujaba a Protesilao para que saltara del barco. Las madres, siempre tan atentas. Tan pronto como este pisó tierra, fue muerto por la lanza de Héctor, hijo de Priamo, rey de Troya. El nombre, la identidad, del matador varía con las distintas versiones.
Cuando Laodamia conoció la muerte de su añorado esposo, casi enloqueció y pidió ayuda a la diosa Perséfone, la de blancos brazos, hija de Zeus y Demeter, que había sido raptada, cuando cogía flores junto a algunas ninfas, por Hades, el dios del inframundo griego, y habitaba allí con él. El dios surgió de repente de una grieta del suelo y se la llevó. Su madre la buscó por todas partes, hasta que Zeus obligó a Hades a devolverla. Hades sólo puso la condición de que no comiera nada durante el viaje; luego la engatusó, la engarbulló, y le hizo comer unos granos de granada (seis, en otras versiones cuatro), con lo que la obligó a volver al inframundo un mes por cada grano. Cuando Demeter y su hija estaban juntas, la tierra era ubérrima y producía toda clase de frutos; los meses que Perséfone moraba con Hades en los infiernos, la tierra se convertía en un erial. El matrimonio fue estéril. No ella, que, seducida por su propio padre, Zeus, que no se fijaba mucho en los parentescos, y en forma de serpiente, porque era muy ocurrente en esto de los disfraces, tuvo un hijo: Zagreo.
Por todo esto, Perséfone, víctima también, era a veces amable con los condenados. A Orfeo le dejó llevarse a su esposa Eurídice al mundo de los vivos, con la condición de que no la mirase. Orfeo incumplió la orden y perdió a su esposa. Perséfone también tuvo una historia con el bello Adonis, al que Afrodita, por su extraordinaria belleza, tomó bajo su protección. Lo confió a Perséfone para que lo cuidara un tiempo y esta se encaprichó con el chico y se negó a devolverlo. Discutieron las diosas y Zeus decretó que Adonis pasara cuatro meses con cada una de las dos diosas y otros cuatro meses estuviera solo. Eran los meses en que se lo pasaba mejor. Esto pasa por ser demasiado guapo. 
Cuando Laodamia le pidió a Perséfone que le permitiera gozar otra noche de amor con su marido muerto, que lo había catado sólo durante la noche de bodas, Perséfone permitió a Protesilao que volviera al mundo de los vivos, pero sólo por un día, más exactamente por tres horas, para que cumpliera como un hombre. No mucho tiempo, pero suficiente. Se apareció, pues, el difunto, con las lógicas prisas, y dijo: Date prisa, oh, amada, y déjame entrar en el deseado tálamo, que tenemos sólo tres horas. Laodamia respondió, atendiendo sólo a sus intereses y no a los de Protesilao, cosa no infrecuente en las mujeres —igual que en los hombres— y le dijo: Quédate quieto para que pueda modelar tu estatua; sólo así podré poseerte hasta el fin de mi pobre existencia. Lo modeló en cera, en la situación de un hombre abrazando a una mujer. Habría que ver esa estatua y estudiarla, sobre todo de cintura para abajo, dado que Protesilao venía a lo que venía, ya encelado y preparado.
Pasaron las tres horas, el marido se fue intacto por donde había venido, lamentando seguramente el viaje en balde —estas cosas les pasan a los varones más de una vez— y desde entonces, eso sí, Laodamia estaba siempre refugiada en su cuarto, sin salir, abrazada de continuo a la estatua de su marido. El padre pensó que algo raro pasaba, la hizo espiar y, descubierto el entretenimiento, mandó fundir la estatua en aceite hirviendo. Cuando esta empezó a disolverse, la pobre viuda se arrojó al caldero y murió allí.
Lo que leí en la prensa es que una empresa japonesa fabrica muñecas de silicona, de tamaño natural y listas para su disfrute por hombres atareados. Algunas hablan, gimen, tienen articulaciones móviles y hacen las quisicosas pertinentes en la consumación del amor; seguramente igual que Laodamia con su muñeco de cera, pero todo más sofisticado. La propaganda afirma que se prueba una vez con la muñequita y se olvida uno de las mujeres de carne y hueso. Las llaman Dutch wives, porque en la antigua Indonesia las mujeres de los colonizadores holandeses, a las que sus maridos dejaban abandonadas a menudo por sus negocios, parece que los echaban de menos y estaban siempre prestas a reemplazarlos más o menos momentáneamente. Nihil novum sub sole.

20 de mayo de 2016

El milagro de las cruces de Ayllón (IV, fin)

Palabras clave (key words): Fernando de Antequera, Juan II, Catalina de Lancaster, Vicente Ferrer.

En el libro que me regaló mi amigo el doctor De la Plaza sobre el convento de San Francisco en Ayllón, bien escrito e ilustrado y con algunas páginas de su pluma, leo que “en 1971 un hombre providencial compró las ruinas del convento”. Ese hombre, aclaro, es mi amigo, pero no son suyas esas palabras, que es persona modesta y conoce el proverbio latino laus in ore proprio vilescit (la alabanza propia envilece); lo dice en el libro don Teodoro García García, investigador de la historia de Ayllón. Según el citado Francisco Gonzaga, al que siguen Lucas Wadding y Damián Cornejo, San Francisco fundó el convento a su vuelta de Santiago, dato que recojo con las cautelas ya apuntadas.
Al principio el convento fue muy modesto y de él se sabe poco. Había un pozo, llamado el ‘pocito santo’, junto al que, según la tradición, oraba San Francisco, que se alojaba en una celda “de cañas entretejidas con ramas de árboles con las que hizo unos zarzos”, según cuenta el padre Francisco Calderón, hacia 1679, en un manuscrito que se conserva en el convento franciscano de Valladolid. En el año 1411, sin embargo, el convento debía de tener ciertas proporciones, porque, celebrándose en julio en Ayllón una importante reunión entre el futuro rey de Aragón, Fernando de Antequera, y el rey niño Juan II con su madre Catalina de Lancaster, don Fernando y su séquito se alojaron en él, mientras la regente quedó en la propia ciudad. Vicente Ferrer llegó también, tras haber predicado a las multitudes en Segovia “con tal fuerza que muchos moros y judíos abrazaron el cristianismo”.
El convento ardió en 1601 y se reconstruyó con más capacidad y construcciones más sólidas. La espadaña y gran parte de la capilla mayor fueron costeados en el siglo XVIII por fray José García, franciscano y obispo de Sigüenza. Esa espadaña es la única parte de la fábrica que se ha conservado íntegra hasta ahora. El convento se subastó en 1848, tras la desamortización, y se perdieron así los sepulcros de muchas nobles familias castellanas (Pacheco, Vellosillo, Daza, Chaves), con sus estatuas de mármol y alabastro. Don Álvaro de Luna, decapitado en Valladolid en 1453, fue enterrado en él hasta que más tarde fue trasladado a Toledo, a la Capilla de Santiago en la catedral.
Tras la compra en 1971, el doctor De la Plaza realizó ese otro milagro de rescatar los restos del convento, situado a un kilómetro del casco urbano, sin ninguno de los servicios públicos: agua, teléfono, alcantarillado, etc. De las estancias del convento no quedaban signos visibles, ni siquiera se conocía su perímetro. La operación se diseñó en dos fases. En la primera, se hicieron las obras necesarias para garantizar la seguridad de las obras, llevar la electricidad, teléfono, etc. En la segunda se procedió a la excavación de las ruinas, vaciamiento de la alberca, traslado de escombros, etc.
Se descubrió así el perímetro de la obra: dos claustros, separados por un espacio rectangular. Se reconstruyeron los suelos con cantos rodados y patrones geométricos o ajedrezados; otros fueron enlosados con piedra, pizarra o baldosas. La rehabilitación de la Casa del Síndico fue muy delicada, ya que en 1931 se habían vendido 32 canecillos románicos, procedentes de la iglesia de Mediavilla, sin cuyo soporte se cayó gran parte de la cornisa. Junto al estanque había ruinas de un pequeño edificio del XVIII, del que quedaban sólo los muros, que se restauraron, con el tejado, suelo, etc.
Finalmente se edificó un Centro de Convenciones y Hotel, que recibió el nombre de Los Claustros de Ayllón, con diseño arquitectónico muy moderno, próximo al estanque, pero alejado de las ruinas. Gracias al mimo con que se hizo la reconstrucción, hoy cabe hablar más bien de restos que de ruinas. Como aquí sí se cumple el dicho, no siempre verdadero, de que una foto vale más que mil palabras, muestro dos fotos del lugar, antes y después de los trabajos realizados. Una bella historia con final feliz, que he reducido sin piedad por razones obvias.
Si se está atento, el mundo está lleno de cosas curiosas y  coincidencias. Leo un libro del escritor francés Roger Peyrefitte, Les amours singulières, en el que se narra la vida del barón alemán Wilhelm von Gloeden (1856-1931), personaje que traigo aquí porque, como mi amigo, encontró en 1876 un convento franciscano deshabitado en Taormina, Sicilia, del que los monjes habían partido diez años antes, al suprimirse las órdenes religiosas. Las semejanzas acaban aquí, porque en Ayllón había sólo ruinas y en el relato de Peyrefitte el barón cuenta: A peine entré dans le parc qui l’entoure, je fus émerveillé. C’était le cadre idéal d’une existence heureuse: des ombrages magnifiques, des fontaines, des murs recouverts de lavande, une immense maison ensevelie dans le silence, une chapelle et un cloître. Le gardien du lieu finit par se montrer. Je choisis pour chambre une salle du premier étage, qui donnait sur la mer et sur les côtes lointaines.
La felicidad es fugaz. El barón vivió allí poco tiempo, porque al año siguiente el municipio vendió el convento y hubo de abandonarlo. Escribió: Je regretterai toujours de ne pas avoir eu les moyens d’acheter ce couvent. Je n’avais cessé de découvrir ses beautés. Mi amigo sí tuvo los medios… y el imprescindible arrojo. En ese convento de Taormina, el franciscano San Antonio de Padua, Doctor de la Iglesia desde 1946, había plantado un ciprés que todavía se conservaba en los tiempos de Von Gloeden.
 

 

13 de mayo de 2016

El milagro de las cruces de Ayllón (III)


Palabras clave (key words): Tomás de Celano, San Buenaventura, Francisco Gonzaga.

Ya dije que había llegado al milagro de las cruces de Ayllón de manera casual. Un buen amigo mío, prestigioso cirujano, Rafael de la Plaza, me regaló un libro, El convento de San Francisco de Ayllón, que trata sobre el convento fundado por San Francisco de Asís a la vuelta de su peregrinación a Santiago, en 1214, con poco más de treinta años, y en el que se menciona el milagro. Se construyó extramuros de la ciudad, en torno a la ermita de San Bartolomé, a orillas del río Aguisejo.
Tras esta afirmación, he de hacer un inciso de gran pertinencia. Las entradas de mi blog no pretenden ser artículos académicos. Simplifico a veces los hechos y datos, sin detallar las diversas opiniones, interpretaciones, etc. Tanto en el milagro como en la fundación conventual, sigo huellas, leyendas y tradiciones, aunque no se garantice la veracidad. Me amparo en lo que escribió un famoso escritor francés sobre cierta leyenda: elle est si jolie que ce serait dommage de ne pas y croire.
Tomás de Celano, primer biógrafo de San Francisco de Asís, escribió a los dos años de su muerte, una Vita Prima, que trata de los primeros tiempos del santo. Su Vita Secunda, escrita de 1244 a 1247, refleja las dos décadas posteriores a su fallecimiento. El Tratado de los milagros de San Francisco es aún posterior, entre 1254 y 1257. Algo después, en1260, el capítulo general de la Orden Franciscana encargó a San Buenaventura reducir a una sola biografía definitiva todo lo escrito o transmitido por tradición oral hasta entonces sobre el Fundador. Presentó este el fruto de su trabajo en 1263, la Leyenda mayor. El capítulo general de 1266 le dio carácter oficial e impuso por obediencia a todos los religiosos la destrucción de las biografías anteriores.
La Leyenda apenas añade nada nuevo a la trilogía de Celano. Del viaje de San Francisco a España, comenzado probablemente en julio o agosto de 1213, en compañía de Bernardo de Quintavalle y cuya ruta no se detalla, cuenta lo que copio del capítulo noveno: Emprendió viaje hacia Marruecos con objeto de predicar el Evangelio de Cristo al Miramamolín y su gente, y poder conseguir de algún modo la deseada palma del martirio. Y era tan ardiente este deseo, que, a pesar de su debilidad corporal, se adelantaba a su compañero de peregrinación, y, como ebrio de espíritu, volaba presuroso a la realización de su proyecto. Pero cuando llegó a España, por designio de Dios, que le reservaba para otras muy importantes empresas, le sobrevino una gravísima enfermedad que le impidió llevar a cabo su anhelo. Resumiendo, San Francisco llega a España y al poco tiempo ha de volverse a Italia.
En el siglo XIV diversas obras franciscanas introducen un cambio sustancial. Se habla de la “venida en peregrinación” a Santiago, asunto no mencionado en las fuentes del siglo XIII. Actus Beati Francisci et sociorum eius, escrita de 1327 a 1337 en latín y de autor incierto, es el primer documento que recoge este motivo del viaje. Y ya se dice que fue en Santiago donde Francisco tuvo la revelación que le instaba a adquirir muchos lugares por el mundo, “porque su Orden se dilataría y crecería en gran multitud de hermanos”. También en Las florecillas, una recopilación de hechos de San Francisco de autor anónimo, de la segunda mitad del siglo XIV, se da esta justificación al viaje.
En el siglo XVI, Francisco Gonzaga, franciscano y obispo italiano, en su obra De origine Seraphicae Religionis franciscanae eiusque progresibus (1587), escrita tras su visita a las Provincias Españolas, donde recogió mucha información y tradiciones, insiste en la peregrinación a Santiago como razón del viaje, con dos acompañantes: Bernardo y Masseo. Cita también la conversación de San Francisco con el rey Alfonso VIII en Burgos, para presentarle la Regla y pedirle permiso para construir conventos.
A partir de los siglos XVII y XVIII, las fuentes son tantas que se hacen casi inmanejables. El franciscano Ángel Uribe OFM, refiriéndose a las fundaciones de San Francisco en España, escribe en 1988: “Son leyendas y tradiciones inverosímiles, sin consistencia alguna en la realidad, haciéndole recorrer, si las juntamos todas, los caminos más apartados y más desconcertantes para llegar a todos los lugares que se citan”. En definitiva, no se puede afirmar o negar con documentos ciertos el paso de San Francisco por los lugares, pueblos y ciudades que dice la tradición. Y tampoco se puede afirmar con total certeza que haya fundado este o aquel convento.
También el P. Atanasio López afirmó a principios del XX, sobre San Francisco en España: “Tanta confusión han sembrado los cronistas del XVI y siguientes, que no es fácil resolver qué haya de verdadero o legendario en sus narraciones”. El viaje ha dado ocasión a muchas leyendas sobre la fundación personal de los conventos. En la reciente obra del franciscano Valentín Redondo, El viaje de San Francisco a España, se citan más de cincuenta, que se pretende que fueron fundados directamente por el Santo de Asís. Otra fuente de confusión es que muchos de los milagros atribuidos a la invocación al santo, son confundidos con milagros realizados personalmente por él; en parte por la redacción de los mismos, algo confusa en el caso de San Buenaventura. En el Tratado de los milagros de San Francisco del Celanense, el texto es menos equívoco. Tras estas básicas y necesarias aclaraciones, diré algo más, y termino, sobre el convento de Ayllón.
(continuará)

6 de mayo de 2016

El milagro de las cruces de Ayllón (II)


Palabras clave (key words): Abner de Burgos, Pablo de Santa María, Joaquín de Fiore.

El portentoso fenómeno dio origen entre los judíos a dos actitudes bien opuestas. Unos pensaron que era magia demoníaca promovida por los cristianos y otros lo interpretaron como señal inequívoca de la verdadera religión y corrieron a las iglesias pidiendo el bautismo. Los rabinos se alinearon, naturalmente, con los primeros y buscaron evitar la masiva conversión, pero no pudieron impedir que muchos de los israelitas “abrieran los ojos a la luz del evangelio”. Entre ellos, sigue contando Amador de los Ríos, el reputado Rabbí Abner de Burgos, en el que me detendré un poco.
No está claro si este Abner, nacido en 1270, tuvo el título de rabino, pero sí tuvo el de médico, obtenido en 1295. Ejercía en Burgos y era muy apreciado en su aljama en la fecha del milagro. De hecho, recibió entonces consultas de gentes que habían vivido la experiencia y pedían su consejo, porque temían ser víctimas de alucinaciones. El propio Abner tenía indecisiones y recelos respecto a su fe. Cuenta, en su obra Moré Sédec (Mostrador de Justicia), que años después en la sinagoga soñó que un hombre grande le decía: “los iudios están desde tan grand tiempo en esta captiuidad por su locura e por su nesçedad”. Pese a ello, siguió estudiando la Torá, hasta que tres años más tarde el mismo hombre se le apareció: ¿Hata quando pereçoso dormirás? ¿Quando te levantarás de tu ssueño? De repente vio Abner que su vestido estaba lleno de cruces pintadas “ssegund el sseello de Iehsu Nasareno”; esto fue en el año 1321. Hizo pública profesión de fe cristiana en su Sefer Milhamot Adonay (Batallas de Dios), bautizándose como Alfonso de Valladolid, tras luchar veinticinco años con sus dudas, según el converso Pablo de Santa María (1351-1435), conocido entre los hebreos como Solomon ha-Levi, en su Dialogus Pauli et Sauli contra Judæos, sive Scrutinium scripturarum. Para otros la conversión tuvo lugar poco después de su graduación en Medicina.
Abner de Burgos relató la conmoción causada en las aljamas de Castilla por los profetas de Ávila y Ayllón con su anuncio de la venida del Mesías. Leo en History of Jews in Christian Spain, de Litzhak Baer, que el rabí Shlomo ben Adret (1235-1310), en un responsum menciona un profeta de Ávila, que “no sabía lo que era un libro”, pero escribió al dictado de un ángel “un opúsculo de 23 folios de papel, El libro de la sabiduría maravillosa”. El médico Arnaldo de Vilanova (1242-1311) menciona igualmente el hecho, en el 1300. Estos son testimonios de autores contemporáneos sobre el asunto que nos ocupa. Más tarde el citado Pablo de Santa María también refirió el milagro, así como fray Alonso de Espina en el libro III de su Fortalitium fidei, escrito entre 1457 y 1564, en donde es uno de los once portentos descritos. Antonio Benavides lo recoge igualmente en las doctas ‘Ilustraciones’ de sus Memorias de don Fernando IV de Castilla, de 1860. Como se ve, el milagro está referenciado en distintas épocas con las inevitables disparidades.
Quiero hacer notar que esta escenificación del milagro no es única. Milagros muy parecidos se contaron durante las predicaciones del fraile dominico Vicente Ferrer, en Guadalajara y Salamanca, en 1411. No es sólo un tema castellano sino del Occidente medieval y aun anterior. Jacobo de la Vorágine, arzobispo de Génova, a mediados del siglo XIII reunió muchos relatos hagiográficos en su obra Leyenda dorada, uno de los libros más copiados del Medioevo (se conservan más de mil manuscritos). Algunos tratan de apariciones milagrosas de cruces: en el año 363, Juliano el Apóstata, en su empeño por restaurar las religiones paganas, encargó a Alipio de Antioquía la reconstrucción del templo de Salomón, que se interrumpió, porque al comenzarla apareció una cruz brillante en el cielo y las ropas de los obreros quedaron estampadas de cruces negras. Otros autores hablan de unas temibles bolas de fuego que estallaron cerca de las obras o de un terremoto o de un sabotaje. Para los historiadores de la iglesia de la época, el fracaso se debió indudablemente a la intervención divina.
Entre los cristianos de los siglos XIII y XIV había una considerable difusión de escritos proféticos. En el mismo 1295, el franciscano Pedro Juan de Olivi, teólogo y filósofo francés, tenido por santo y profeta al morir, daba ánimos a sus discípulos con las profecías de Joaquín de Fiore (1135-1202), un monje napolitano autor del Liber figurarum, en el que predecía un nuevo diluvio. Según este monje, la historia de la humanidad es un proceso espiritual, que pasa por tres fases: edad del Padre, edad del Hijo y edad del Espíritu Santo, todas de igual duración, que se puede deducir por el número de generaciones desde Adán hasta Cristo (42) y la media de años por generación (30). Este cálculo daba el año de 1260 como el final de la edad del Hijo. Por ello, los años anteriores hubo flagelantes y todo tipo de devotos que salían a la calle temiendo la llegada del fin del mundo. Como no ocurrió nada, rehicieron el cómputo, sumando a 1260 la propia edad de Cristo o ampliando el número de años por generación. Todo tiene arreglo, con buena voluntad.
(continuará)

29 de abril de 2016

El milagro de las cruces de Ayllón (I)

Palabras clave (key words): Isaac B. Singer, José Amador de los Ríos, shofar, milagro de las cruces

Interrumpiré de nuevo la serie Borges, amores y desamores, porque se acerca el treinta de abril y quiero hablar de un milagro, el Milagro de las Cruces, ocurrido ese día del año 1295 en Ayllón —alguna fuente postula otra fecha, pero me acojo a esta—, al que he llegado casualmente, como explicaré en su momento. Hablar de milagros se ha convertido en algo relativamente inusual en nuestros días. Un personaje, Levi  Yitzchock, del libro de relatos Un amigo de Kafka, de Isaac B.  Singer, premio Nobel del 1978, se lamenta: En estos tiempos Dios oculta su rostro. Cuando ocurre un milagro siempre se encuentra una explicación natural. En mis tiempos en todas partes había milagros.
También se habla tangencialmente de milagros en la novela Job, de Joseph Roth, inspirada en el texto bíblico. El protagonista, Mendel Sinder, es un judío piadoso que, a pesar de la dureza de su vida, se siente satisfecho. Creía lo que le decían sus hijos: América era la tierra de Dios, Nueva York la ciudad de los milagros y el inglés la lengua más bella. Comparto esta opinión sobre la ciudad, en la que viví unos años y a la que juzgué en verdad milagrosa, durante una época muy feliz de mi vida.
En otros tiempos los milagros eran mucho más cotidianos. García Márquez, en El amor en los tiempos del cólera —para mí, quizá su mejor obra—, cuenta del Obispo de Riohacha, que iba montado bajo palio en su célebre mula blanca con gualdrapas bordadas de oro. Tras él se hacinaban peregrinos, desahuciados, inválidos, etc. Pero, afirma el escritor, muchos de estos en realidad no venían “por los sermones doctos y las indulgencias plenarias que repartía el prelado, sino por los favores de su mula”, de la cual se decía que hacía milagros a escondidas del dueño. Lo que me parece enteramente creíble, porque una mula así atalajada, andando a menudo bajo palio junto al obispo y oyendo sus sermones desde una posición privilegiada, es entendible que, en ciertos momentos, optara por actuar por su cuenta y establecerse por libre.
Contaré el milagro de las cruces abreviadamente, según la narración de don José Amador de los Ríos, en su Historia social, política y religiosa de los judíos de España y Portugal, de 1876, basada en textos anteriores, que también he manejado y nombraré más tarde. Continuando antiguas tradiciones mesiánicas del pueblo judío, propagadas entre otros por Sereno el sirio (principios del siglo VIII), Abú-Isa Aben-Isahak (finales del VIII), Jehudáh ha-Leví (1130) y el Rabbí Abraham Aben-Hiyáh ha-Barkeloní (nacido en 1070), surgieron dos rabinos a finales del XIII, en Ávila y Ayllón, cuyos nombres no se mencionan, que profetizaron la inminente venida del Mesías y el fin del cautiverio para el pueblo escogido. Los dos, muy respetados en ambas aljamas por la austeridad de sus costumbres y la poderosa e invencible dulzura de sus palabras, habían obtenido fama de profetas y tenían prestigio de santos. Con tal aureola, el efecto de su predicación en las sinagogas rurales de Castilla fue espectacular. Estos profetas anunciaban con la mayor firmeza que la venida del Mesías tendría cumplimiento al expirar el cuarto mes de aquel año, el 30 de Abril de 1295. Los judíos, “aceptado el pronóstico, resolvíanse a esperar con penitencias, oraciones, ayunos, limosnas, restituciones de haciendas y otras obras piadosas, al suspirado Redentor, de manera pacífica”.
Con esta esperanza, en la madrugada de ese día, con las primeras luces del alba, los judíos, hombres y mujeres con vestidos blancos, como prescriben los preceptos talmúdicos, se dirigieron a sus sinagogas en los campos de Castilla, esperando oír pronto el shofar, el cuerno de animal puro y limpio de su liturgia, que habría de oírse en todos los confines del mundo y sería la señal de la anhelada venida del Mesías. Sin embargo, en lugar de escucharse estos clamores celestiales, lo que apareció en Ayllón, en el aire y ante todos los tabernáculos mosaicos, fue la figura de la cruz cristiana redentora, reflejándose multiplicada en los muros de las sinagogas y sobre las propias vestiduras blancas de los judíos, atónitos y desconcertados con tan estupendo milagro. Estas cruces se grabaron incluso en las ropas que habían quedado guardadas en las arcas.
(continuará)

7 de abril de 2016

Tristitia post concilium (tristeza tras la reunión)


Palabras clave (key words): Leslie A. Murray, Fernando Pessoa, Piasta, Tirnagoge.

Cualquier acontecimiento gozoso alberga en su núcleo la amarga semilla de una tristeza posterior inevitable. Del hecho que relataré, también quedó la melancolía de su fugacidad, de su imposible continuación, de la evanescencia final de ese alegre estado de ánimo en que el tiempo pareció derrotado. Hay una tristitia post concilium.

Con motivo de una reciente conferencia mía, vinieron a oírme bastantes de mis amigos —y amigas, claro— a muchos de los cuales no los veo con la frecuencia que querría. Todo fue muy agradable, hasta demasiado. Porque me quedó luego ese viejo y conocido sentimiento que indefectiblemente aviva mi melancolía. Un poeta australiano, Leslie Allan Murray, de mi misma edad, escribió: “y como siempre ocurre, después de un triunfo, / estuve, por supuesto, inconsolable”. Yo ni siquiera venía de ningún triunfo, pero en estas ocasiones me persigue una cierta insatisfacción, porque pienso que no he sabido hacerles ver, a mis amigos, hasta qué punto me importan.

Ellos son el pasado, los múltiples espejos en los que me miro y reconozco. Veo lo que hemos vivido juntos y lo que no pudimos o no nos dejaron vivir. Sin ellos el pasado se esfuma y se desvanece mi historia. Cuando se van, me asaltan los recuerdos, la nostalgia, sueños aún intactos y un tiempo perdido que no sé buscar solo. Constato que el mundo no es como debiera, que todo está tocado de banalidad, y se afianza la certeza de que la felicidad es imposible o efímera. Al final de la conferencia, el puro azar fue formando diversos grupos, que se refugiaron en los bares vecinos, para prologar la alegría del reencuentro, para enlentecer el tiempo y disfrutar su tregua.

Fernando Pessoa añoraba la casa de su niñez y un pasado de té y tostadas servidas en la tarde, cuando las mujeres acababan por fin sus tareas de coser y hacer punto, con el reloj del salón midiendo, o creando, el tiempo. Añoranza que le hace exclamar, dirigiéndose confusa y acremente a alguien: Me veo aquel que fui en la infancia. Dame esto otra vez, tal cual era, con el reloj tictaqueando al fondo, y guárdate para ti todos los dioses. ¿Qué es para mí un Olimpo que no me sabe a las tostadas del pasado? ¿Qué tengo yo que ver con unos dioses que no tienen mi reloj antiguo?

Hace años, al final de otra charla, contaba yo a mis oyentes: Aparte de un grupo de amigos que he ido haciendo a lo largo de mi vida (muchos de los cuales estáis aquí), otras muchas cosas no me han importado demasiado; esto condiciona mi paraíso. Y cité unos versos de una canción corsa, de un pastor de Zicavo: ¡S'intrassi in  Paradisu, santu, santu, / e nun truvacci a tía, mi n'esciria! (Si entrase en el paraíso, santo, santo, y no te encontrara, me saldría). Lo apliqué a mis amigos. Hemos de salvarnos juntos, no quiero ni puedo salvarme solo. Querer salvarse solo es el primer paso hacia la condenación.

He sido siempre así. Al terminar cada congreso médico, cada reunión, la idea de que nunca más volvería a gozar de esos momentos, con esas gentes, me entristecía. Con diecisiete años, en Cádiz, al final de un curso de verano, en una oración que me encargaron, decía: Señor, esta es noche de despedida y estamos todos un poco tristes. Hace poco tiempo, ninguno de los que estamos ahora aquí juntos nos conocíamos y, sin embargo, hoy, cuando llega la hora de marchar, nos cuesta trabajo renunciar a esta pequeña y entrañable comunidad que hemos formado.

O sea, que no es por la edad. Aunque ciertas dudas y temores, se hacen ahora más evidentes y probables. Llevo muy mal que se mueran los amigos. En un relato mío, El reino de Ta, el viejo rey Piasta, Señor de los veranos gaélicos, quiso viajar a Tirnanoge, la tierra de la perpetua juventud, nunca visitada por la Muerte. Preparaba el viaje cuando se le presentaron unas hadas: Rey Piasta, ¿te gustaría seguir viviendo cuando ya hayan muerto tus caballos y tus canes, los maestros que te guiaron en la vida, las mujeres que te dieron su amor, los armados compañeros de las batallas? ¿Te gustaría vivir en un mundo en el que no tendrás a nadie con quien compartir un recuerdo de infancia y mocedad? El rey se llegó hasta la ribera de un río y meditó allí las preguntas de las hadas. Tras pensarlo mucho, decidió no ir a Tirnagoge, y dejarse morir, cuando llegase su hora.