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7 de mayo de 2015

De las notas musicales y teclas del piano


Palabras clave (key words): Guido d’Arezzo, notas musicales, frecuencias del piano.

En mi anteriores entradas mostré vínculos para música del Padre Antonio Soler (1729-1783). En cualquier enciclopedia se puede consultar su vida y obra. Y, de paso, leer sobre el italiano Domenico Scarlatti (1685-1757), que vivió los últimos veinticinco años de su vida en Madrid, a donde vino por haber enseñado música a la princesa portuguesa Bárbara de Braganza, que casó luego con Fernando VI de España. Y buscar algo sobre Luigi Boccherini (1743-1805), italiano de Lucca, que llegó a España por amor, persiguiendo desde Paris a Clementina Pelliccia, que venía a nuestro país con la Compañía de Ópera del boloñés Luigi Marescalchi. Boccherini vivió aquí desde los veinticuatro años hasta su muerte, nombrado violoncelista y compositor de la capilla real del infante Luis Antonio. Los tres músicos forman un destacadísimo grupo de compositores de la España del siglo XVIII, con formas y estilos parecidos.

Querría decir algo muy elemental sobre los nombres de las notas musicales: do, re, mi, fa, sol, la, si. Provienen del siglo XI, cuando el monje benedictino Guido d’Arezzo, que creó un sistema de notación musical bastante similar al actual, las tomó de las primeras sílabas de los versos de un himno a San Juan Bautista, Ut queant laxis, escrito por otro monje benedictino del siglo VIII, Pablo el Diácono. Al principio eran seis notas y luego se añadió la nota Si. En el siglo XVII, se cambió la Ut por Do. La notación musical en el mundo anglosajón, en cuanto a los nombres de las notas, es totalmente diferente. Comenzando la octava en la nota La, a esta se le asigna la letra A y luego van las siguientes letras del alfabeto: B (Si), C (Do), D (Re), etc.

Quizá es menos conocida la relación entre las frecuencias de las distintas notas y, sin embargo, se trata de un asunto muy sencillo. Entre esas notas, la diferencia es un tono, excepto entre Mi y Fa, y entre Si y Do, que es un semitono. En un piano, las teclas blancas corresponden a esas notas. Ahora bien, entras las teclas separadas por un tono, hay otras teclas, negras, que son un semitono más alto que la nota blanca anterior. La tecla negra entre el Do y el Re es el Do sostenido, etc.

Un piano de 88 teclas, los más corrientes, tiene siete octavas; es decir, siete grupos de doce teclas (siete blancas y cinco negras), más una tecla blanca al final y tres teclas (dos blancas y una negra) al principio. 7 x 12 = 84 + 4 = 88. En un piano ideal, la frecuencia teórica de cualquier tecla de uno de esos grupos es justamente el doble de la tecla homónima del grupo u octava anterior. La frecuencia La4 (el La de la cuarta octava) es el doble de La3 (el La de la tercera octava).

Y la frecuencia de cada tecla, considerando las blancas y negras juntas, es igual a la frecuencia de la precedente multiplicada por la raíz duodécima de 2, que es igual a 1,05946… La nota La4, que está en la posición 49 del teclado, al afinar se ajusta a la frecuencia 440 Herz (ciclos por segundo). La frecuencia del La4# (el La sostenido, la tecla negra entre La y Si) es 440 x 1,05946… La frecuencia de la tecla en la posición n del piano es: f(n) = 1,05946 n-49 x 440 Herz. O, si se quiere, 2 (n-49)/12 x 440 Herz.

La tecla que corresponde a una determinada frecuencia (f) del piano es:

n = 12 x log2 (f / 440) + 49.

No hay por qué asustarse. Los logaritmos de base 2, o logaritmos binarios, muy utilizados en informática, teoría de la información, etc., son muy fáciles de calcular, con cualquier calculadora científica elemental, porque ocurre que:

log2(n) = log10(n) / log10(2). Y también, log2(n) = ln(n) / ln(2), donde ln quiere decir logaritmo neperiano. Esta entrada tiene números; ya sabéis que me gustan.

3 de mayo de 2015

Clave y piano, modos de actuar sobre las cuerdas


Palabras clave (key words):Fandango para clave, mecanismos para hacer vibrar la cuerda.

En mi última entrada di el vínculo para Fandango, del padre Soler, ejecutado al piano. Doy ahora otro para clave o clavecín (harpsichord), por si alguno prefiere la interpretación en este instrumento: https://youtu.be/LMvgGUGn1-E. El artista es Rafael Puyana, un ilustre clavecinista colombiano, muerto en París en el año 2013. Está ilustrado con un cuadro de Goya, El quitasol, de 1777.

Ya dije que meterse con las diferencias entre los diversos tipos de instrumentos musicales es tarea difícil, complicada. No obstante, me gustaría insistir en la radical diferencia entre el clavecín —y otros instrumentos relacionados, como el virginal, la espineta, etc.—, por una parte, y el piano, por otra, en cuanto al modo de producir el sonido, de inducir la vibración de la cuerda.

En el clave, muy utilizado durante los períodos renacentista y barroco, las cuerdas son punteadas, rasgueadas, como en el arpa o la guitarra. En estos dos últimos instrumentos se hace directamente, con los dedos de la mano, mientras que en el clavecín la pulsación es indirecta y mediante un mecanismo de cierta complejidad. Dicho mecanismo, a su vez, es distinto del utilizado en el piano.

El piano fue inventado hacia el año 1700 por Bartolomeo Cristofori, que lo llamó clavicémbalo col piano e forte, aludiendo a su capacidad de producir sonidos de distinta intensidad, suaves o fuertes, que deriva de su mecanismo peculiar para hacer vibrar las cuerdas, distinto al del clavecín. Esto es muy importante porque permite modulaciones acústicas que son imposibles con el clavecín. Luego se llamó sólo pianoforte y finalmente el nombre se redujo a piano.

En las figuras que he escogido para acompañar esta entrada, se ven claramente los dos mecanismos. En el caso del piano, la presión de la tecla lleva a golpear la cuerda, mientras que en el clavecín la cuerda es punteada por un pico de pluma de ganso, cuervo o cóndor, al que se llama plectro, que protruye de una pieza de madera, llamada martinete, que es la que se mueve al ser presionada la tecla. La acción se asemeja a la de hacer vibrar la cuerda en la guitarra mediante una púa. El volumen, la intensidad, del sonido apenas varía con la fuerza que se ejerza sobre las teclas, cosa que no ocurre con el piano. A cambio, el clave tiene una sonoridad metálica, un regusto antiguo y exótico, que lo puede hacer muy atrayente.

En el clavicordio —con el clavecín los dos instrumentos de cuerda más importantes desde el siglo XV al XVIII—, aunque el nombre pueda inducir a error, el sonido de la cuerda se produce por percusión, como en el piano. Aquí se trata de una pieza de metal, llamada tangente, que golpea directamente, sin recubrimiento, la cuerda, al ser accionada la tecla. En el piano, la pieza que percute la cuerda, el martillo o macillo, está revestida de cuero o fieltro. En el clavicordio, el sonido varía también según la presión ejercida sobre la tecla, pero por su mecánica tiene poca intensidad y no puede utilizarse en unión con otros instrumentos o para acompañar a la voz. En realidad, fue usado sobre todo para tocar en solitario o hacer prácticas con él.

Muestro dos figuras, tomadas de Wikipedia, que ilustran el mecanismo que induce la vibración de la cuerda en el clavecín y en el piano. Se intuye fácilmente cómo uno de ellos, el del piano, es capaz de modificar la intensidad del sonido, según la presión que se ejerza en la tecla.
 
Piano, percusión

 
Clave, punteo
 
 
 

29 de abril de 2015

Frederick Marvin y su Fandango del Padre Soler


Palabras clave (key words): fandango, Frederick Marvin, Padre Antonio Soler.

Repasando, y repensando, mis últimas entradas, en las que me referí a médicos e investigadores, cavilo que tal vez me excedí en asuntos demasiado técnicos o aburridos. No era, ciertamente, mi intención. Mencioné científicos con los que tuve algún leve contacto y que se me aparecen en cuanto trato de memorar mi vida. Hoy pretendo ser ameno y hablaré de música, aunque también mi relato irá trufado con recuerdos personales, con algún jirón de mi pasado.

La primera vez que oí entero el Fandango en D minor (re menor), del padre Antonio Soler, fue hace muchos años, al pianista Frederick Marvin, en un disco del sello Decca, que aún conservo. Nunca he encontrado otra versión que me gustara más, aunque estoy dispuesto a admitir que eso podría deberse al especial fulgor de nuestras primeras experiencias en los más diversos terrenos. También en el amor se proclama esta gran ventaja de las primicias. Un refrán español dice que “no hay luna como la de enero, ni amor como el primero”. Può darsi, es posible, que diría un italiano.

De todas maneras, Marvin, nacido en Los Angeles, pianista y musicólogo, cobra especial relieve en este caso. Debutó con gran éxito en el Carnegie Hall y recibió el premio que otorga la institución al mejor debutante de cada temporada... Pero, además, contribuyó al renacimiento de ese olvidado músico español del siglo XVIII, que fue Antonio Soler (1729-1783). Estudió más de dos años su obra, la presentó en Nueva York, en 1957, y atrajo poderosamente la atención sobre el compositor. Marvin recibió, entre otros muchos honores, el título español de Comendador de la Orden del Mérito Civil. Vivió algún tiempo en España, fue amigo de Salvador Dalí, etc.

Mervin recogió los manuscritos de más de ciento cincuenta sonatas del buen fraile, que con 23 años fue nombrado organista y maestro de capilla del monasterio de El Escorial y vivió allí hasta su muerte. Soler también escribió minuetos, rondós, polacas, etc. En el caso del fandango, sorprende la gracia, frescura y ritmo de la composición y cuesta trabajo pensar que surgiera en el ambiente frío y austero del sombrío edificio. Para mí —otra vez recuerdos personales— fue especialmente emotivo oírlo una noche de verano en el bello auditorio barroco situado enfrente del monasterio.

Hay diferentes preferencias en cuanto a escuchar la obra en piano o en clavecín. Meterse en los detalles de estos instrumentos sería un dislate. A mí, quizá por esa devoción hacia las primicias, me gusta mucho la interpretación de Marvin para piano. Cuando Soler llegó al monasterio, en el 1752, ya había ya allí un pianoforte (antiguo nombre del piano) y luego llegaron más. Soler lo conocía bien y escribió muchas de sus sonatas para piano. Ni puedo entrar en todo esto. La diferencia esencial entre el piano y el clavecín y análogos es que en aquél las cuerdas son percutidas, mientras que en estos son punteadas. Los sonidos de ambos tipos de instrumentos son parecidos, aunque perfectamente diferenciables. Entiendo que alguien pueda preferir uno de ellos.

Me alegró comprobar, curioseando en Internet, que Frederick Marvin sigue vivo, a sus 95 años, y felizmente casado. Se casó hace apenas cuatro años con Ernst Schuh, de 89, sobreviviente de la batalla de Stalingrado, cuando las leyes lo permitieron,—eran hombres los dos—. Llevaban 52 años juntos, desde que se encontraron en la abadía de San Florián, en Austria, a donde llegaron para acercarse a la tumba de Anton Bruckner. Se pelean a veces, confiesan, como todos los matrimonios.

El fandango de Soler es una delicia, en el que, para mí, destaca ese crescendo del ostinato de la mano izquierda, cada vez más rápido, hasta la apoteosis final. No diré una palabra más. En YouTube hay otras muchas versiones, para piano, harpsichord, etc. Lector, ojalá te guste esta de Frederick Marvin que te ofrezco, para piano. Ahí va el vínculo: https://youtu.be/_hzlfKJmeyU (el sonido no es óptimo). Encontrarás muchas más.

14 de septiembre de 2014

Un personaje de mi novela (I)


¡Qué tranquilidad, qué paz, qué sosiego! Abandonar la actualidad, tantas veces ingrata e irracional, y refugiarse en la literatura, en la ficción, en la fantasía… ¡en la libertad! Lector, querría presentarte ahora a uno de mis más queridos personajes, de mi novela Las increíbles vidas de Roberto Milfuegos, a don Fernando. Es el tío de Roberto, el protagonista, y es honrado, generoso e inteligente. Se complace en realizar ciertos experimentos de ingeniería social para demostrar la validez de sus pesimistas ideas sobre el turbio funcionamiento de las sociedades. Copio del libro:

“D. Fernando tocaba algún instrumento; concretamente, la guitarra. Si se puede llamar tocar la guitarra a conocer en qué trastes hay que poner los dedos para conseguir algunos acordes y acompañarse con ellos al cantar unas pocas canciones. En su tiempo de Londres, soltero y libre, trataba de embaucar a las blancas y tiernas compañeras de trabajo inglesas —semejantes a aquella Melisenda de los romances, hija del emperador, de labios de coral y carnes de leche, como atestiguan todos los que la vieron— y con esa laudable finalidad solía transmutarse repentinamente en gaucho, entonando tangos con desgarro y gestos muy capaces de conmover y deslumbrar a cualquiera que no conociera mucho del asunto.

Todo ello, con cierto e incluso bastante éxito, en cuanto a las intimidades ganadas con las prójimas, más debidas a la innegable simpatía y riqueza de recursos del trovador y a la permisividad general del ambiente, muy diferente al de la España de los tiempos, que a los méritos musicales intrínsecos del cantante. Desde entonces, don Fernando, relacionando erróneamente los efectos y las causas, como ocurre tantas veces en la vida, era un amante entusiasta y fidelísimo de ese tipo de música, testigo y cómplice de sus hazañas y de sus victorias sentimentales. Pensaba que pocas canciones eran tan bellas como aquella de Adiós, pampa mía, una de las que llegó a interpretar de más lograda manera. Era difícil sustraerse al inmediato encanto de aquellas sentidas estrofas, que remitían a un territorio inmenso, de horizontes lejanos e inciertos, a una naturaleza grandiosa, solemne y callada, que parecía haber sido especialmente creada, como los océanos, para colmarnos con el abrumador sentimiento de lo infinito:

Al dejarte, pampa mía,
ojos y alma se me llenan
con el verde de tus pastos
y el temblor de las estrellas;
con el canto de los vientos
y el sollozar de ‘vigüelas’,
que me alegraron a veces;
y otras me hicieron llorar.

D. Fernando se veía a sí mismo entonces como un auténtico gaucho, como un payador o coplero nombrado, vestido con un poncho de lana y unas bombachas embutidas en la caña de sus botas de cuero, con el facón en la cintura y la guitarra siempre a mano. Con el corazón libre y nómada, llevando las tropillas de ganado por el inmenso territorio y frecuentando regularmente las escondidas y peligrosas pulperías, hablando y hasta porfiando con toda clase de gentes: con soldados, con desertores, con negros, con indios, rastreadores y baqueanos, con gentes de frontera, difíciles de sujetar o mandar”.

Lector, termino de mostrártelo en una próxima entrada. Mientras, te dejo con el vínculo a la canción mencionada, cantada por Francisco Canaro, su compositor junto a Mariano Mores; la letra es de Ivo Pelay: http://youtu.be/m_8L6MWgbc8.
(continuará)

8 de septiembre de 2014

Revisita a los Cuentos de Hoffmann


Conté en mi entrada anterior historias enredadas en el silencio, ese don divino, esa paz repleta de sentido —“sólo sé decirte mi silencio”, escribió un poeta—, que debería extinguirse únicamente cuando lo reemplazaran palabras cargadas de belleza, de razón o de bondad. Cada vez me seduce más esta última cualidad en los seres humanos. Beethoven dijo o escribió que solamente reconocía un índice de superioridad: la bondad.

Hablo de literatura, claro. En la vida corriente hay que emplear palabras, que a veces pueden ser duras y cortantes. Incluso entonces, se ha de evitar el lenguaje desarrapado o sucio. Por no hablar de la violencia física, siempre odiosa. En la tertulia de Gómez de la Serna, un día, alguien ofendido pidió a otro contertulio salir a la calle para arreglar cuentas. Y Ramón pontificó: “Aquí de insultar todo, de pegarse nada”. Para mí, ni siquiera insultar. Queda mucho mejor, y es más hiriente, la ironía.

No sé si hay un tutorial para los que escribimos un blog. Si lo hubiera, tampoco lo consultaría; ya he insinuado, y dicho abiertamente también, que en literatura prefiero la espontaneidad y la libertad a cualquier otra cualidad. No niego que se dé también en ella el oficio, pero pienso, como Neruda, que “la parafernalia de la literatura, con todos sus méritos, no debe sustituir a la desnuda creación”. Quizá todo viene de mi modo personal de abordarla. Menciono lo del tutorial porque no sé si es buena práctica reincidir en entradas pretéritas. Lo voy a hacer, para volver a la del veintisiete de agosto, en pleno verano, y con alguna recomendación que no me importa repetir.

Allí explicaba yo muy sinceramente lo que busco en cualquier arte y daba el vínculo para una película de mi juventud, Cuentos de Hoffmann, de 1951, que me impresionó muy vivamente. El cine podría haberse convertido en ese arte o espectáculo total que buscaron hace tiempo los artistas. Por desgracia, no está siendo así y muchas películas de hoy son una colección de efectos especiales, disparatados a veces. Doy de nuevo el vínculo, http://youtu.be/t6zcAzZGUjQ, y añado la letra de la célebre barcarola, en su original francés. Con una excelente traducción, que encuentro ya hecha:
 
Le temps fuit
et sans retour emporte nos tendresses!
Loin de cet heureux séjour,
le temps fuit sans retour.
Zéphyrs embrasés,
versez-nous vos caresses;
zéphyrs embrasés,
versez-nous vos baisers, Ah!
Belle nuit, ô nuit d'amour,
souris à nos ivresses,
nuit plus douce que le jour,
ô belle nuit d'amour!

¡El tiempo huye sin cesar
y se lleva nuestras ternuras!
Lejos de esta feliz morada,
el tiempo huye sin cesar.
Céfiros ardientes,
dadnos vuestras caricias;
céfiros ardientes,
dadnos vuestros besos, ¡ah!
Bella noche, oh, noche de amor,
sonríe a nuestra embriaguez,
noche más dulce que el día,
¡oh, bella noche de amor!

27 de agosto de 2014

Sobre la literatura esteticista y sobre cine


Lector, se acaba agosto y también la estación de la luz, del descanso y la despreocupación, aunque sean imperfectos y pasajeros. Quizá es el momento de hacer una importante confesión. No amo cualquier literatura; amo, sin renuncia posible, sin libertad de elección, la literatura esteticista. Me gustaría decir que he vivido sólo movido por la belleza, pero no sería la verdad, porque la vida es complicada y tuve que defenderme de su escabrosidad como pude, como otros, como todos. Pero en ese reino en el que uno es libre, en el que puede escoger casi sin límites, en el de las bellas letras, ahí sí me rijo irreductiblemente por la belleza y no puedo ver o valorar otra cosa. Sé muy bien que por ello no comentaré aquí jamás ciertas obras que quizá son valiosas, que tienen éxito, que son emocionantes, intrigantes, divertidas, pero ya digo que soy víctima de esa fatal perversión. No sólo en la literatura, también en otras artes y en el cine. Hablaré hoy de una película y mostraré unos textos literarios, como corolario de lo que cuento. Todo habría que matizarlo, circunscribirlo debidamente, pero no es ahora el momento.

Respecto al cine, copio de mis Apuntes sobre literatura. Yo llegué a estudiar a Madrid en otoño de 1954, con quince años, y venía de una antigua y bella ciudad, pobre y triste, como tantas de entonces. Al poco tiempo, no recuerdo cuándo, vi una película, Cuentos de Hoffmann, de 1951, adaptación de la ópera del mismo nombre de Jacques Offenbach. La banda sonora fue grabada por la Royal Philarmonic Orchestra, dirigida por Sir Thomas Beecham. Me sumergí por unas horas en un mundo de ensueño, inesperado e imprevisto, preñado de una belleza que era casi imposible soportar.

Todavía recuerdo las secuencias del cuento segundo, cuando Hoffmann está en Venecia y es seducido por la espléndida Ludmilla Tchérina, en el papel de la cortesana Giuletta. El satánico Dapertutto, coleccionista de almas, se vale de ella para robar el reflejo, el alma, del joven poeta. Aquel viaje en góndola, en un paisaje deliberadamente irreal, mientras se oye la deliciosa barcarolle, se grabó en mi memoria para siempre y no creo que ninguna disfunción o aturdimiento de mi cerebro pueda arrancarlo de ahí. Y pienso, sinceramente, que mis ideas o sentimientos respecto a la belleza en la literatura, o a la belleza en general, vienen influenciados muy poderosamente por esa y otras vivencias parecidas, que se fueron prendiendo poco a poco en mi corazón.

La Tchérina, nacida en Francia y de la nobleza circasiana, fue luego en su vida pintora, escultora y hasta escribió dos novelas. Todo eso vino después, nada de eso contaba entonces, o sabía yo entonces, cuando la contemplaba, embelesado, en la pantalla. Yo sólo la veía con un pañuelo verde en la cabeza, envuelta en los rebrillos del agua en los canales venecianos, con sus labios perfectos, moviéndolos lentamente para cantar una muy bella y triste melodía. Me engolfaba en su rostro distante y altivo, de mujer o diosa inalcanzable y tal vez terrible, surcando un falso mar, mucho más bello que cualquier otro mar auténtico, en una navegación oscura, imposible o secreta. Iba de pie, sobre una góndola adornada con telas y sedas de fantasía, con un fanal de proa que se desliza encendido en la noche, cruzando pettini inconcretos, esbozados, de proas de otras góndolas, en un ambiente onírico, feérico.

Vestida con una ajustada malla negra, desciende de la embarcación, siempre acompañada de la bellísima música, despreciando la mano de Schlemil, un amante ya antiguo y condenado al olvido, que intenta inútilmente ayudarla a bajar, cuando ella abandona la nave, tras un giro lento y solemne de escorzos cambiantes de la góndola, y ni siquiera alcanza a tocar la larga cola de su vestido. Nunca olvidaré los hermosos y malvados ojos de Dapertutto, su elegante vestimenta, sus mínimos gestos a Giuletta, que revelan la perfecta compenetración de ambos para perpetrar el mal. Y su discreta orden para que la cortesana consiga el alma de Hoffmann y la intensa mirada de animal felino de ella. Ahora, cuando rememoro esta escena, también me vienen las rotundas y tristes palabras del libreto de Jules Barbier: le temps fuit et sans retour emporte nos tendresses (el tiempo huye y sin retorno se lleva nuestras ternezas).

Lector, te dejo el vínculo (http://youtu.be/t6zcAzZGUjQ) para que veas esas escenas. Si te emocionas intensamente, si te marea su belleza, tal vez nos podamos entender. Dejo los textos literarios para una próxima entrada.

13 de junio de 2014

Del olvido, del azar, de la historia


He hablado de Sebastián Iradier, aunque sería incapaz de valorar su importancia como músico. Lo que me apena es que no pudiera gozar de ese último gran éxito, el de La Paloma —por lo que veo en Youtube, casi no hay cantante que no la haya interpretado alguna vez—. Lo de las famas póstumas y la inmortalidad que acarrean no deja de ser un don discutible. Woody Allen decía: Lo de ser inmortal por mi obra no está mal, pero yo preferiría, simplemente, no morirme.

La vida de Iradier no fue, de ninguna manera, la de un fracasado; sólo al final la fortuna le dio traidoramente la espalda. Se codeó con la alta aristocracia madrileña, fue amigo de escritores y artistas en la Corte y tuvo como alumna, entre otras, a Eugenia de Montijo, que sería luego Emperatriz de los franceses. En alguna época también logró introducirse en el mundillo artístico parisino. Parece que fue simpático y gastador, elegante hasta un cierto dandismo, donjuán y mujeriego. Pasión o virtud esta última, que me cuesta mucho condenar, sobre todo en los hombres.

Leo ahora un libro de un escritor italiano del siglo XIX, Petruccelli della Gattina, médico, escritor, periodista y político, bastante influyente en su tiempo, y del que hoy sólo quedan, como recuerdo, una calle, un busto y una lápida en su pueblo natal, en Moliterno, en la Basilicata. En esto se parece un tanto a Iradier. Lo cito también porque se empeña en afirmar, sin pruebas, que Pilato era de Híspalis —otros han postulado que era de Astorga—. Aclaro que no es este el español que aparece en la Biblia y del que dije, y lo haré, que me ocuparía. Este último era cordobés y no hay dudas al respecto. También cita Petruccelli algo que, por puro azar, remite a un suceso reciente en Madrid, donde un joven ha arrancado a mordiscos casi toda una oreja a otro, en una reyerta.

Petruccelli lo cuenta de Antígono Matatías. Voy al historiador Flavio Josefo y compruebo efectivamente el hecho. En el año 40 a. C., este Antígono fue nombrado rey de Palestina y arrancó las orejas a un tal Hircano. Lo leo en inglés: Antigonus himself also bit off Hyrcanus's ears with his own teeth, […] so that he might never be able to take the high priesthood again, for the high priests that officiated were to be complete, and without blemish (traduzco y abrevio: el propio Antígono arrancó con sus dientes las orejas a Hyrcanus […] para que nunca pudiera ser Sumo Sacerdote, porque estos habían de ser completos y sin defecto físico). Ya se ve: Nihil novum sub sole.

Doy un vínculo más de La Paloma. Es de André Rieu en Méjico, con el público, conmovido, entregado y feliz, cantándola. http://youtu.be/hD-as4l2f2Q. ¿Podrá ver todo esto Iradier? Ojalá. Sería justo, sería bonito.

9 de junio de 2014

Algunas músicas alemanas


En mi entrada anterior, hablé de un cantante, Semino Rossi, e insinué algo sobre los gustos musicales de los alemanes. Por lo que he podido apreciar, tienen éxito en ese país las canciones suaves, a veces melancólicas o tristes. Yo creo que el pueblo alemán, con las salvedades inherentes a toda generalización, es serio, honesto y romántico. Como una de mis metas es divulgar realidades que he tenido la fortuna de conocer, querría hoy escribir un poco sobre canciones típicas o populares alemanas, para que mis lectores puedan escucharlas; quizá para algunos sean nuevas. De la Alemania del Norte, para ser más precisos, de la Alemania marinera, volcada al mar desde siglos.

Una de ellas es Wo die Nordseewellen. Daré el vínculo para Youtube y traduciré, abreviando, unas palabras del inicio: http://youtu.be/OmhDmsu8-dQ: Donde las olas del mar del Norte bañan la playa, / donde las flores amarillas florecen en la verde tierra, /donde las gaviotas chillan en la tormenta. / Ese es mi hogar (Heimat es la palabra utilizada), allí me siento en mi casa.

Otra canción es la de Seemann, deine Heimat ist das Meer (Marinero, tu hogar es el mar) y fue compuesta por Werner Scharfenberger —¿cómo se pueden saber estas cosas?—. El vínculo es http://youtu.be/B-SVP6i9tbk. Traduzco el principio: Marinero, deja tus sueños, / no pienses en tu casa. / Marinero, el viento y las olas / te llaman para sí. / Tu hogar es el mar, / tus amigas son las estrellas. / Tu amor es tu barco, / tu nostalgia es la distancia. / Sólo a ellos has de ser fiel / tu vida entera.

Abba Heidschi Bumbaidschi (el título lo he visto escrito de diversas maneras) es una muy vieja canción austro-alemana, que quizá se remonta hasta el siglo XV. Es un texto muy triste, que habla de una madre que muere y deja solo a su hijo. Fue desde el principio una canción de cuna, pero se ha ido convirtiendo en una tema navideño, aunque las palabras no han cambiado. El título es intraducible y el vínculo, para la versión de Marianne y Michael, con un coro de niños, es http://youtu.be/e964xSw2Yz4. La ha cantado también Plácido Domingo y se puede encontrar en Youtube. Otra vez ofrezco en español las palabras iniciales, muy sencillas: Abba Heidschi Bumbaidschi, duerme tranquilo, / tu madre se ha ido / y estará fuera / por mucho tiempo.

Para terminar algo más alegremente, incluyo también otra versión, una de las infinitas, de La Paloma. La canta una bella Katica Illenyi, cantante húngara, nacida en 1968, que toca también el violín y pertenece a una familia de músicos, que actúan juntos muchas veces. El vínculo es http://youtu.be/O89DV9LE1vY.

Una reflexión más seria. El hogar se tiene en muchos sitios y puede estar por lo tanto en el mar. Heimat, la palabra alemana en estas canciones, designa algo más profundo que el hogar; es como terruño, tierra chica, patria, en un sentido entrañable. El mundo está lleno de patrias así, íntimas, acogedoras, de espacios pequeños y concretos, anclados en un tiempo pretérito que es muchas veces el de la infancia. Hay tanta belleza en el mundo que a todos nos toca algo. Cuando estoy en Alemania, casi en la frontera con Dinamarca, y hay un viento frío, quizá en pleno verano, mis amigos se alegran y me dicen: ¡frische Luft, schöne Luft, eh!  (aire fresco, aire hermoso). Para ellos es  así. A mí ha llegado también a gustarme. Además, ¿me voy a poner a discutir de vientos?

Por muchas razones, los cantos excesivos a las patrias son injustificados y vacuos. Los nacionalismos exacerbados son siempre perversos. Cuando me topo con uno de estos nacionalistas a ultranza, me dan gana de echarme a reír. Luego me dan ganas de echarme a llorar. Al final, me dan ganas de echar a correr. No porque sean peligrosos, aunque puedan llegar a serlo —lo han sido, infinitamente, a lo largo de la historia—, sino porque les temo. Les temo porque me aburren. Aburren a las ovejas.

8 de junio de 2014

De canciones, de cantantes


Mi entrada de anteayer creo que era distinta de las anteriores. Como ya conté, sigo tratando de encontrar lo que sea más del gusto de mis lectores. Ese es un importante objetivo de este blog. Me acojo a lo que cité del célebre personaje de Valle, el marqués de Bradomín: “Yo no aspiro a enseñar, sino a divertir”. Bueno, también tengo la ilusión de poder descubrir alguna cosa a los más jóvenes.

En esa entrada había un chiste, contado sin estridencias o zafiedades, ¿por qué no? Venía algo a cuento. Hoy quiero dar la dirección de un video y decir dos palabras sobre el intérprete. Todo está relacionado con la canción La paloma, de la que hablé, y seré breve. La dirección es la siguiente: http://youtu.be/HenA2erkQ8Y.

El vínculo remite a una de las infinitas versiones de la canción. El cantante, Semino Rossi, no es muy conocido en España, pero sí en Alemania. Canta muy melosamente, lo que, seguramente, es más apreciado allí, y tiene un aspecto atildado y franco. En inglés se diría que “he looks a very neat person” (parece una persona muy neta). Yo he leído esa expresión en Baroja: una persona muy neta; es decir, muy clara, muy fiable. No es el típico rompecorazones latino.

  El video muestra unas bellas fotos de una Habana casi derruida y, sin embargo, atractiva, graciosa y cautivadora. Rossi es una de esas personas valientes, arriesgadas, que me gustan. Nació en Rosario, Argentina, en 1962. A los veintitrés años tomó un billete de avión para España (sólo ida), dispuesto a no volver. Al año siguiente conoció en Innsbruck a una italiana de Tirol del Sur, con la que se casó. Ahora vive en Austria y ya dije que es muy valorado y querido en Alemania. Canta en alemán, italiano y español.

De la otra canción de la que también hablé —La Bohème, de Aznavour— no doy dirección de video; hay a montones. Y eso es todo por hoy. Breve, ¿verdad? Mejor.

5 de junio de 2014

De la gloria, su fugacidad, su injusticia


Lector, anuncié que iba a hablar de ciertos temas enjundiosos y no lo olvido y lo haré. Pero hoy quiero hablar de cosillas que pienso, poco importantes; en este contexto, hasta puede que cuente algo de mí. Y contestaré a un comentario reciente en este blog.

Esto último, lo primero. Me pregunta una lectora que cómo puede encontrar mis obras, esas que alguna vez menciono. Es muy fácil. Inmediatamente debajo de la foto de portada de este blog —un barco navegando en la sobretarde—, hay tres pestañas. La de la izquierda es la del propio blog; en medio está mi pagina de autor en Amazon, en donde están todos mis libros y se pueden comprar, si está de Dios; a la derecha, mi página de autor en el portal de la Complutense, con algún libro mío más, porque se incluyen los agotados, los no venales y los aún no publicados. En las dos páginas hay una somera descripción de estos libros (nunca de mis libros de medicina).

Y empiezo con mis cosas. Ya escribí que no soporto a los vanidosos, que me parecen también un poco tontos. Lo he sentido siempre así. En muchos casos, el propio mecanismo que lleva a la gloria está diseñado perversamente. Siempre pongo el ejemplo del tour de Francia. Después de tres o cuatro mil kilómetros de carrera, resulta que uno ha llegado un minuto antes y es el ganador. Bueno, alguien tiene que ganar… Pero no es para presumir demasiado, pienso yo. Sobre todo, si se tienen en cuenta los mil avatares del recorrido que han podido influir en el resultado. Y otras cosas. Imagina, lector, que el segundo de la clasificación es más guapo, o más listo, o más bondadoso, etc., que el primero. Yo preferiría entonces ser el segundo. O el tercero, o el cuarto… A qué viene entonces eso de presumir tanto por ser el primero.

La gloria, la fama, se le escamotea constantemente a mucha gente. Pienso en las canciones, las populares (con la música clásica no ocurre). En general, la mayor parte de ellas nos gustan por la canción en sí, más que por el cantante que las interpreta, aunque la labor de este no sea desdeñable en absoluto. Pues ocurre que, en muchísimos casos, se conoce muy bien a los cantantes y poco o nada a los compositores —cuando se trata de un cantautor, no existe este problema—.Pondré un ejemplo, de los innumerables. La habanera La paloma es una bella y famosísima canción, cantada por toda clase de intérpretes. ¿Sabe mucha gente que el autor fue Sebastián Iradier?

Resulta, además, que Iradier (1809-1865) fue un personaje célebre, cosmopolita, vividor, simpático, dandi, autor de muchas obras, que murió casi ignorado, vuelto a su país vasco natal. También tendría sus sombras, naturalmente, como todo el mundo. La paloma es de 1860. Y también es suya otra habanera, El arreglito, incluida en la ópera Carmen, de Georges Bizet—L’amour est un oiseau rebelle, porque este pensó que era una canción popular, sin autor. Lo que podría ser verdad, ya que Alfredo Kraus parece que dijo que pertenecía al folclore de Gran Canaria. Más a mi favor, al sustentar que mucha de la ‘gloria’ se escapa de sus legítimos acreedores, porque en lo popular también hay siempre un autor o autores. La letra de la habanera, en la ópera, tiene cierta gracia, pero pocos sabrán el nombre de los libretistas, Ludovic Halévy y Henri Meilhac. Los menciono a ambos en mis Apuntes de Literatura y del segundo digo que fue “grande, buen hombre, vividor y tan amante de las mujeres que se quedó soltero”.

La bohème (1966), otra bella y muy famosa canción, una de las nacidas, en los años sesenta, de la colaboración del compositor Jacques Plante y del propio Aznavour. Plante escribió también para Line Renaud, Yves Montand, Eddie Constantine, Pétula Clark, etc. ¿Mucha gente ha oído hablar de Jacques Plante? Injusto, ¿no?

Y, como ocurre siempre, ya van unas líneas y hay que parar. Quedan pendientes los temas que prometí, pero en la próxima entrada todavía seguiré hablando de estas pequeñeces que me han ocupado hoy. Espero que hayan distraído y hasta hayan hecho pensar un poco en estas livianezas que he escrito.

22 de mayo de 2014

Cabaret: breves, profundas secuencias


Lector, el cine podría ser ese espectáculo total que los artistas han buscado más o menos en vano. Para eso haría falta la labor de un genio y esto se da raramente. Apenas he hablado de cine en este blog y no soy muy conocedor del mismo. Pero hoy me gustaría recordarte una película excelente: Cabaret. Las obras de arte hay que gustarlas pausada y repetidamente y yo querría que vieras con mucha atención esa escena en que un adolescente de las Hitlerjugend (Juventudes hitlerianas), un ario perfecto, canta una bella canción, que se presenta como tradicional alemana; una especie de himno o canto a la patria —esos cantos a los que temo tanto, que han causado tanto dolor a la humanidad—. Su título en inglés es: Tomorrow belongs to me (el mañana me pertenece), y estaba incluida en el musical de 1966 y también en la película de 1972. Algunos la criticaron por considerarla antijudía. Resulta, sin embargo, que la canción fue escrita para el musical precisamente por un par de judíos, John Kander and Fred Ebb. Como ocurre tantas veces, la realidad es esquiva y engañosa.

Te copio el vínculo a un video de Youtube: http://youtu.be/lv0jav4lNsk, que dura tres minutos y veinte segundos. Fíjate en el viejo con gorra marinera y gruesas gafas, que aparece en un par de breves secuencias. Parece aturdido, inseguro y en sus gestos hay un contenido disgusto, e inquietud o nerviosismo. Seguramente —ahora deja volar tu imaginación; sin la colaboración del lector o el espectador, cualquier obra de arte carece de sentido y hasta de existencia— ha vivido los horrores de la primera guerra mundial y es capaz de anticipar el desastre que viene. Son unos segundos de proyección, pero, para mí, en ellos están condensados el espanto y el anuncio de la tragedia que se avecina inexorable, sin que los demás se den cuenta. Al final de la escena, fíjate también en la leve y supremamente irónica sonrisa, en el discreto cabeceo, del Maestro de Ceremonias de la película, el presentador de los varios números del cabaré, como vaticinando aún más claramente el desastre. Son gestos, insinuados apenas, que buscan la complicidad del espectador, que le hacen meterse en la película.

América, Estados Unidos, dista mucho de ser un paraíso —en algún momento, cuando yo era joven, me lo pareció—, pero en algunas cosas son dignos de ser tomados como ejemplo. El maestro de ceremonias del Kit Kat Club, fue Joel Grey, que ya lo había sido en el musical de Broadway. Al planear la película, los productores dijeron al director, Bob Fosse: Si prescindes de Grey, nos veremos obligados a prescindir de ti. Esa espontaneidad, esa firmeza, expresada como una broma, es típicamente americana. Naturalmente, Grey tuvo el papel, lo hizo insuperablemente y ganó un Oscar.

Yo creo que en España, en ocasiones, si hay que escoger entre dos personas, no se escoge al más dotado. Una invencible inclinación al amiguismo y a la componenda lastra pesadamente el funcionamiento de nuestra sociedad y es causa de muchos de nuestros desequilibrios. Esto puede ser irrelevante a veces, aunque se trate siempre de una injusticia, pero cuando hay que competir, es necesario escoger el mejor, no basta con tomar al simplemente bueno. Por no hablar del que es malo.

Aunque me alargue un poco, querría traducir la canción, cantada en inglés en la película. Para que quizá se pueda disfrutar más. Ahí va, sin pretensiones:

El sol en el prado es ya de verano, / el ciervo corre libre en el bosque, / pero se juntan para recibir a la tormenta. / El mañana me pertenece…
La rama del tilo es verde y hojosa (sic, llena de hojas), / el Rhin da su oro al mar, / pero en alguna parte la gloria espera escondida. / El mañana me pertenece…
Ahora Patria, Patria, muéstranos la señal / que tus hijos han esperado ver. / La mañana vendrá, / cuando el mundo será mío. / El mañana me pertenece…
El niño en su cuna cierra sus ojos, / la flor abraza a la abeja, / pero pronto dice un susurro, arriba, arriba, / el mañana me pertenece...

Al final, el hermoso coche arranca y se aleja de la amenazante realidad, para refugiarse en un mundo feliz y ajeno que se derrumbará muy pronto. Todo eso se cuenta con la marcha lenta y supremamente elegante del vehículo. Pronto será tarde.

9 de febrero de 2014

Love makes the world go round


Alguien escribió que nadie es responsable de lo que hace una tarde de domingo. Si además llueve, como sucede hoy, la irresponsabilidad deviene absoluta. Amparándome en esto, querría pergeñar hoy una entrada sencilla, amable, evocadora para algunos.

Mencionaré el término generación, pero no me detendré en abstrusas sociologías. No se sabe cuánto dura una generación; depende mucho más de los cambios externos que de los biológicos. Pero cuando yo invite a ahora a oír una cierta música, se podrá deducir inmediatamente que, en relación con la mayoría de mis posibles lectores,  pertenezco a una generación anterior, quizá bastante anterior o muy anterior.

Y sin embargo… Yo creo que hay músicas que gustan siempre, que son intemporales. No me refiero a la música clásica, de la que muchos piensan que lo mejor pertenece al pasado, sino a la música más habitual, a la que oímos casi constantemente. Hablaré un poco de un musical americano, de una canción y de dos intérpretes y nos instalaremos en los años sesenta del siglo pasado.

Carnival (Carnaval) fue un musical de Broadway de 1961, de Bob Merrill, basado en una película americana de 1953, Lili, con la actriz Leslie Caron, a su vez una adaptación del relato de un escritor americano, Paul Gallico, de 1950, The man who hated people (El hombre que odiaba a la gente). Está claro que uno puede complicar las cosas en un momento.

Anna Maria Alberghetti, nacida en Italia en 1936, fue la protagonista del musical y ganó por ello un Tony Award. Había actuado con catorce años en el Carnegie Hall. La canción de más éxito fue seguramente Love makes the world go round (El amor hace girar el mundo), que fue luego cantada también por Jane Morgan, nacida en 1924.

Las dos eran guapísimas, tenían voces espléndidas, dulces y con dicción perfecta; las dos viven todavía. La canción —para mi gusto y el de gente de mi generación— era una delicia. ¿Cómo les sonará a los más jóvenes? Estás músicas ya no se oyen más, pero dejo un vínculo en el que esta concreta se puede escuchar, cantada sucesivamente por las dos artistas. Hay una introducción al musical de casi un minuto, con una musiquilla lejana; hay que esperar. Subí las fotos, en el orden que menciono arriba.

                                                          http://youtu.be/QWyQOh27r5c
 
 

 

 

17 de enero de 2014

Sobretarde, de Abel Fleury

      Tenía ya ganas de hacer una entrada corta, sencilla. El azar —siempre el azar, o muchas veces el azar— me ofrece la ocasión ahora. Resulta que este modesto blog tiene su música… ¡y yo sin saberlo!

      Buscando un día en el inagotable Google con la palabra Sobretarde, me encuentro con una composición musical que lleva justamente ese título. Es de un virtuoso de la guitarra y compositor argentino, llamado Abel Fleury, fallecido hace más de cincuenta años. Leo que casi sólo se le puede conocer a través de su música impresa, ya que grabó pocas cosas, siempre en discos de pizarra, aquellos que giraban a 78 rpm.

       Nació en Dolores, en la provincia de Buenos Aires, en 1903, y murió en la capital en 1958. Era de origen humilde y ni siquiera pudo terminar los estudios primarios. Pero tenía talento para la música y encontró discretas ayudas para su formación. También le apasionaban el ajedrez y los libros.
     
      Establecido en Buenos Aires actuó en Radio Belgrano y en los años treinta empezó a tratar artistas prestigiosos argentinos, actores, poetas, escritores, músicos y pintores. Se encontró con García Lorca, en el viaje de este a Argentina. Más tarde viajó por Brasil, Chile y Uruguay. Finalmente, en 1952 llegó a España y Francia. En nuestro país su arte fue reconocido y un musicólogo y crítico, Eduardo López Chavarri, le llamó “el franciscano de la guitarra”, por su carácter sencillo y humilde. Fue amigo de Andrés Segovia.
     
      No lo conocía y me gustan esas rasgos que se destacan de su personalidad. Su canción, recogida de uno de esos antiguos discos de 78 rpm, suena algo triste, ligeramente melancólica. Quizá por todo ello escogió el título, que ahora coincide con el de mi blog. Lector, te doy el vínculo para que la escuches, cuando tengas algo de tiempo: http://youtu.be/GgOpUTZQQIE.
     
     Y eso es todo por esta vez. Se trata sólo de una casualidad, una coincidencia, que relaciona dos países separados por miles de kilómetros, unidos por la palabra, por la lengua común.

14 de enero de 2014

Carta a Serrat y Raimon


Últimamente, me imagino a veces, en la sonochada, escribiendo una carta a Serrat y Raimon. Podría ser algo como lo que sigue:

Queridos amigos: Perdonad que me dirija a vosotros y os tutee. Si supierais lo que habéis supuesto para mí, cuando era joven —somos, más o menos, de la misma edad; Joan Manuel tiene algún año menos—, no os extrañaría esta carta. Vosotros habéis influido grandemente en muchos de los que éramos jóvenes hace unos cincuenta años; esto tenéis que saberlo; es demasiado obvio, demasiado evidente. Resulta además, Raimon, que uno de mis compañeros de Colegio Mayor era también de Xàtiva y amigo tuyo, y siempre pensé que llegaría a tratarte personalmente alguna vez. Luego la vida se encargó de que esto no ocurriera y ya va siendo un poco tarde para eso, para todo.

Yo era entonces bastante feliz, recién asomado al mundo, pero me daba cuenta del ambiente cerrado y turbio de mi país. Por eso me refugiaba en vosotros, y en otros integrantes de lo que se llamó la Nova Cançó, y soñaba que un día todo cambiaría y se podría ya ser feliz, sin limitación alguna; sólo había que saber esperar. Todavía, a mi edad, cada vez que oigo aquellas músicas, me viene una vaharada de juventud, de esperanza nueva y aún no defraudada, de nostalgia casi insoportable.

¡Cómo las amé! Y también las palabras y la lengua en que venían escritas. Al vent, la de Raimon, era sencilla y fácil de entender. Y tierna, valiente, esperanzadora. Lo tenía todo, pensaba yo muy sinceramente. Y estaba también aquel amigo mío, catalán, que nos recitaba versos de Salvador Espriu. Y algún viaje a Cataluña, en donde la gente, me parecía a mí, hablaba de la situación de nuestro país —entonces nuestro país era España, sin más— con una libertad y soltura que en Madrid no se daba.

Y luego fue aquella primavera que nació en un momento preciso, que explotó incontenible, en el aire ya definitivamente tibio de un atardecer de marzo, en Barcelona, en el claustro de la catedral, entre velas encendidas de muchos colores y el graznar de algunas ocas, en un ambiente feérico. Esto fue una casualidad y podría haber ocurrido en otra parte. Pero ocurrió allí; en la vida cuentan estas cosas, estas trivialidades, más de lo que uno piensa. Con esos hilos caprichosos se teje la biografía de las gentes.

Ahora me siento un poco rechazado por algunos que hablan esa lengua catalana y no acabo de entender por qué. Y veo que quieren separarse de los que no la hablamos —hay siete mil lenguas en el mundo, os dais cuenta; uno no puede hablarlas todas— y queman unas banderas que podrían ser, perfectamente, las comunes, las de todos, sin perjuicio de que cada uno pudiera tener luego la suya, la más íntima, quizá hasta la más querida, la de su tierra. No pensaba yo, en mi juventud, que se iba a dar tanta importancia a esto de las banderas, los hechos diferenciales y las mil historias.

De aquel Al vent eran estos versos: buscant la llum, buscant la pau, / buscant a Déu, al vent del món. Dejando un poco aparte a Dios, que tendrá cosas más importantes de las que preocuparse que estos asuntos relativamente insignificantes y tribales, no veo yo ahora que en toda esta historia catalana reciente se busque demasiado la luz o la paz. Y el viento que sopla por esas tierras no es el ancho, múltiple y libre viento del mundo, sino que tiene cierta apariencia de ventolina o ventolera, muy terral, aunque ya sé que es difícil juzgar sobre los sentimientos.

De Joan Manuel Serrat, tengo que citar las bellísimas palabras dedicadas a su madre, aragonesa, en esa incomparable cançó de bressol:  D'una terra que mai no has pogut oblidar, /malgrat el llarg camí que et van fer caminar/ els teus germans de sang, els teus germans de llengua, en la que canta la imposibilidad del olvido, los lazos de la sangre y de la lengua, que atan el corazón de los humanos de cualquier país o idioma, incluso a pesar de las ingratitudes y las injusticias. ¡Qué bonitas palabras, qué bella lengua! Como la castellana o española, como otras de tantas partes del mundo. ¿O piensa alguien que la lengua catalana, o la vasca, es la más bella de todas? Hay que saber embridar los sentimientos, los atajos mentales, las ilusiones engañosas.

Vivo ya con un cierto cansancio y, aunque sigue asombrándome la inaudita belleza del mundo, también me doy cuenta de su extrema sordidez. Todas las facultades de los humanos pueden llegar a ser siniestras, excepto la razón, la sensatez, el famoso seny, que a veces se va, Dios sabe dónde. Es en lo único que todavía confío. Cuando las cosas van por otros derroteros, por intereses o por alguna ensoñación, más o menos irresponsable, me temo lo peor. El barón Cósimo Piovasco de Rondó recordaba a menudo: “Si vas a construir un muro, piensa en lo que queda fuera”. Porque lo que queda dentro no es lo importante, aunque de momento pueda resultar tranquilizador o ventajoso. Es lo que queda fuera lo que se pierde para siempre, lo que nos empobrece fatalmente, aquello a lo que se renuncia sin necesidad, sin justificación.

Joan Manuel y Raimon, necesitamos otra vez canciones que hablen de paz y de luz, de las cosas que no se pueden olvidar, porque anidan en la misma raíz del alma. Que hablen de un mundo surcado por infinitos caminos, de la rica variedad de los seres humanos, de ese viento fuerte y cambiante, que es la esencia misma de la libertad. Me dirijo a vosotros, porque confío menos en los políticos; esos políticos profesionales a los que no se les conoce otra dedicación y que llevan demasiado tiempo, sus enteras vidas, en esa actividad. Y de las manifestaciones multitudinarias, qué os voy a decir. En ellas la inteligencia y el buen sentido se deslíen como un azucarillo en agua quemante.

9 de diciembre de 2013

Piazza Grande, de Lucio Dalla


En mi entrada anterior te remitía, lector, a una muy bella canción de Domenico Modugno, Vecchio frak. En su letra se habla algo de sueños y no necesitaba yo más pretextos para mostrártela. Ahora, para terminar este corto ciclo musical, te voy a llevar hasta otra canción italiana, pero esta vez es algo distinto: se trata de una canción que cito en mi novela Las increíbles vidas de Roberto Milfuegos. Y no es una cita circunstancial, sino que allí explico que los sentimientos —la ‘filosofía’— de la canción coincidían con los sentires de uno de los personajes centrales de mi obra, el doctor Ordóñez.

La canción se llama Piazza Grande y el autor es Lucio Dalla, el mismo de la conocidísima Caruso, cantada, entre otros, por el mismo Pavarotti; esta es del año 1986, aquella fue presentada en el Festival de San Remo de 1972. En esa época yo vivía en Italia y te contaré algo de mi vida de entonces, tal como el doctor Ordóñez lo cuenta a una buena amiga suya, Marta. Copio de la novela, con alguna modificación:

“Tampoco podré olvidar jamás mis casi diarias escapadas gatunas, para hacer algo que me tenían prohibidísimo, desde el Rector hasta el último de los criados del colegio en el que vivía, pero que jamás dejé de hacer cuando me venía el deseo, invencible: subirme al tejado de nuestra capilla, por una escalerilla perdida y casi secreta que nacía en una alejada habitación del último piso, para contemplar el sol ponentisco, herido y sangrante, incendiando los palacios y murallas de aquella querida Bolonia. Aparte de la belleza casi insoportable, estaba el hecho tentador de que unos cinco siglos antes, en aquel mismísimo lugar, sobre el campanario exactamente, el día catorce de julio de 1468, a las nueve de la noche, en medio de una horrible tempestad, se apareció el demonio. Quién sabe, pensaba, si con un poco de insistencia no me sería dada, también a mí, la fortuna de que se presentara otra vez el diablo y pudiera yo conocerle tan de cerca. Me pasaba a veces horas enteras observando la rotación puntual de las constelaciones, el orto y el ocaso de los astros y tenía la impresión de que el universo y yo andábamos a la par y habría de ser así siempre. Esa idea me confería una confusa conciencia de eternidad.

Nunca ha habido desde entonces atardeceres iguales. Cuando llegas a convencerte de algo así, en cualquier ámbito de la vida, también te ataca una inevitable tristeza. Muy soportable, porque es una tristeza muy dulce, que ofrece todavía, oscuramente, la posibilidad incierta de la repetición. Fíjate, Marta, que digo que ofrece la posibilidad del redescubrimiento, no la certeza. No sé si ahora las cosas serían iguales, pero sí te digo que no quiero dejar este mundo sin tratar de revivir esa experiencia.

Apareció por entonces aquel cantautor, nacido en esa misma ciudad, Lucio Dalla, que cantaba que su verdadera casa era una plaza grande, en la que se daba y se recibía el amor, en libertad. Yo me lo imaginaba, y me imaginaba a mí mismo, en esa incierta, innominada, plaza grande. Se juntaba todo: una nostalgia ya indestructible y un confuso deseo de llevar una vida anárquica, como no la he podido llevar nunca. Y surgió ese inconcreto y vago designio: quiero todavía sentarme en alguna parte, en alguna plaza de esa querida ciudad, y dejar pasar el tiempo. Sin buscar ya nada, sin ambicionar ya nada. Después de haber vivido, en la medida que me han dejado, la vida que yo quería.

Echado en la acera, Marta, sin cuidarme de nada, sin molestar a nadie, esperando allí la mano que habrá de tomarme. Sería hermoso morir libre, apurando la libertad hasta los posibles y razonables límites. Y tener suerte quizá, y disfrutar, al final, de una muerte súbita, como la que proclamaba Plinio el Viejo que era la postrera felicidad de la vida. Sí, tengo mis planes de soledad en Italia, con la muerte delicadamente al fondo.

Yo no he podido o querido olvidar; me he dedicado más bien a agavillar mis recuerdos y recrearme con ellos. Sería hermoso decir adiós al mundo en una gran plaza, al atardecer, solo, sin que nadie sufra por mí, libre y rodeado de gente libre, de gente sin jefes, sin vanos proyectos ya, sin obligaciones absurdamente impuestas, sin necesidades artificiales, conocedora al fin de lo que la vida es: Voglio morire in Piazza Grande, / tra i gatti che non han padrone, come me, / attorno a me (Quiero morir en la Plaza Grande, / con gatos que no tengan jefe / en torno a  mí)”.

Las canciones —las más corrientes, esas que escuchamos constantemente— en ocasiones están muy ligadas a nuestras vidas, a nuestros recuerdos. Es el caso de esta que te ofrezco, obra de un músico extraordinario y polifacético, que nos dejó no hace mucho, tres días antes de cumplir los sesenta y nueve años. No murió al aire libre, en alguna plaza grande; murió en un hotel de Montreux, Suiza, en donde había actuado el día anterior. Lo traicionó el corazón; lo tenía gastado y arruinado por la belleza. Se equivocó la muerte estrepitosamente. El vínculo: http://youtu.be/CZNiQJgrCq8. Creo que es la versión original, la de San Remo, de 1972.

7 de diciembre de 2013

Vecchio frak


Lector, esta entrada quiero que sea alígera, que es tiempo de descansar un poco. Pero hay que cuidar, eso sí, las palabras, escogerlas, mostrarlas quizá a alguien por primera vez; no puedo renunciar a ese afán didáctico, modesto y leve.

Hay un pequeño truco, que ya no sé si es mío o lo tomé de alguien, que me va muy bien para conseguir más libertad en mis charlas. Cuando quiero salirme un poco del guión establecido, suelo decir que jamás he permitido que el título de un discurso se interponga entre mí y el público. Bueno, es una manera quizá graciosa de decir que voy a hablar de lo que me dé la gana, aunque me salga un poco del tema previsto. La gente lo acepta bien siempre; entre otras cosas porque no tiene otro remedio.

Viene esto porque hoy, lector, quiero que oigas una canción, que a mí me encantó y me encanta. Es de 1955, de Doménico Modugno, y se llama Vecchio frak, no de las más conocidas suyas. La encuentro elegante, sobria, triste, refinada, melancólica… Pienso que hasta podría justificar su inclusión ahora, en este blog, después de varias entradas hablando de sueños, porque en la letra —que copio con alguna palabra traducida para ayudar— también se habla de un sogno mai sognato, un sueño no soñado nunca. En este mundo, cada hombre viene con unos sueños que soñar y conviene no olvidarlos, para que no se marchiten. Hay muchas cosas que no podremos hacer nunca, pero siempre podemos soñarlas. Mira cómo razonó un rey en una novela mía: “Sólo podré conseguirlo en los sueños, a través de los sueños, se dijo muy certeramente el rey, así que tendré que soñarlo. Y lo soñó, sin tregua, durante siete años, sin que fallara un solo día…” (de Las increíbles vidas de Roberto Milfuegos).

Te dejo ya el vínculo para el vídeo de Modugno: http://youtu.be/l9u2gJexQfQ. Hay varios, he escogido el que me gusta más, el más sencillo de orquestación. Que lo disfrutes. Trata de oírlo leyendo las palabras que te copio.

Vecchio frak

Domenico Modugno

È giunta (ha llegado) mezzanotte,
si spengono (se apagan) i rumori,
si spegne anche l'insegna (rótulo) di quell'ultimo caffè.
Le strade son deserte,
deserte e silenziose,
un'ultima carrozza cigolando (chirriando) se ne va.
Il fiume scorre lento,
frusciando (sonando) sotto i ponti;
la luna splende in cielo,
dorme tutta la città.
Solo va un uomo in frak.

Ha il cilindro (sombrero hongo) per cappello (sombrero),
due diamanti per gemelli,
un bastone di cristallo,
la gardenia nell'occhiello (ojal)
e sul candido gilè,
un papillon (una pajarita), un papillon di seta blu.

S'avvicina lentamente
con incedere (marcha) elegante,
ha l'aspetto trasognato,
malinconico ed assente,
non si sa da dove vien,
ne dove va;
chi mai sarà,
quell'uomo in frak.

Bon nuit, bon nuit, bon nuit, bon nuit.
Buona notte
va dicendo ad ogni cosa,
ai fanali (farolas) illuminati,
ad un gatto innamorato
che randagio (vagabundo) se ne va.

È giunta ormai l'aurora,
si spengono i fanali,
si sveglia (despierta) a poco a poco tutta quanta la città;
la luna si è incantata,
sorpresa e impallidita,
pian piano scolorandosi nel cielo sparirà (desaparecerá).

Sbadiglia (bosteza) una finestra
sul fiume silenzioso
e nella luce bianca galleggiando (flotando) se ne van:
un cilindro, un fiore e un frak.

Galleggiando dolcemente,
lasciandosi cullare (dejándose acunar)
se ne scende lentamente
sotto i ponti verso il mare,
verso il mare se ne va;
chi mai sarà,
chi mai sarà quell'uomo in frak.

Adieu, adieu, adieu, adieu, addio al mondo.
Ai ricordi del passato,
ad un sogno mai sognato,
ad un attimo (instante) d'amore,
che mai più ritornerà.