31 de mayo de 2016

Borges, amores y desamores (V)


Palabras clave (key words): María Esther Vázquez, Delia Ingenieros, Elsa Astete Millán.

La cuarta de las mujeres de Borges fue María Esther Vázquez, a la que conoció cuando ella tenía veinticuatro años, y con la que también quiso casarse. Borges ya no veía y doña Leonor, su madre, de ochenta y cinco años, había empezado a buscarle pareja, para no dejarlo solo después de su muerte. La joven entró a trabajar en la Biblioteca Nacional en 1957 y pasó a ser su secretaria y lectora. Cuando lo conocí, me pareció tan viejo como las pirámides, escribió ella. Emprendieron juntos dos proyectos: una revisión del libro sobre literatura germánica que Borges había publicado con Delia Ingenieros en 1951; el otro era una breve introducción a la literatura inglesa. El escritor creía que la boda iba a celebrarse. Leo que “en general, se consideraba que María Esther Vázquez había sido complaciente con Borges”. Ignoro qué clase de complacencias, pero Borges le propone casamiento en 1964 y, como otras veces, es rechazado.
El escritor, espléndidamente dotado para sufrir las penas del desamor y poco apto para gozar sus alegrías, se refugia una vez más en la literatura. Compone tristes versos sobre la fugacidad del amor y de todas las cosas, como los del hermosísimo díptico, de título 1964, de la colección El otro, el mismo: Ya no es mágico el mundo. Te han dejado. / Ya no compartirás la clara luna / ni los lentos jardines. […] Lo que era todo tiene que ser nada; / sólo me queda el goce de estar triste. Trata de superar heroicamente el destino, con la mansa aceptación de otras veces: Ya no seré feliz. Tal vez no importa. / Hay tantas otras cosas en el mundo; / un instante cualquiera es más profundo / y diverso que el mar.  […] La muerte, ese otro mar, esa otra flecha / que nos libra del sol y de la luna / y del amor. El estoicismo de siempre; el que le llevó a iniciar una conferencia en la Universidad de Buenos Aires: “Platón que, como todos los hombres, fue infeliz…”. Pero eso no es verdad, aunque sería muy difícil explicar por qué muchos seres humanos se sienten y proclaman felices, por qué sutil y bendito engaño.
En noviembre de 1965 María Esther le anunció su inminente boda con Horacio Armani (1925-2013), poeta, traductor y ensayista argentino. Borges quedó muy abatido y cuenta que se hizo extraer tres muelas que tenía previsto arreglarse. Pidió además que lo hicieran sin anestesia, para que el dolor físico borrara el dolor espiritual. Llegó a su despacho de la Biblioteca Nacional con un pañuelo ensangrentado en la boca. Su amigo José Edmundo Clemente le preguntó qué le pasaba. “Vengo del dentista. Me fui a sacar unas muelas y le pedí que lo hiciera sin anestesia. Estoy triste por un asunto de faldas. Quería olvidar el dolor, Clemente, pero creo que no puedo olvidarlo”. Vázquez escribió una biografía, Borges, esplendor y derrota.
La quinta mujer es Elsa Astete Millán, una mujer notoriamente afable y sencilla —estos adjetivos son un mal presagio, pueden no indicar nada bueno—, con la que Borges, soltero hasta entonces, se casó a los 67 años, lo que no deja de ser una edad temprana, si se mira bien. Durante los años sesenta el escritor frecuentaba a Esthercita Zemborain, una cultísima viuda, atractiva, elegante, muy estimada en la sociedad de Buenos Aires, con quien había trabajado en la publicación de Introducción a la literatura norteamericana y que parecía su pareja ideal. Sin embargo, el escritor hurgó en el pasado y buscó a una antigua novia, de cuarenta años antes. Llamó a su hermana Alicia y supo que Elsa era viuda. Alicia organizó un té en su casa y luego Borges llevó a Elsa a un restaurante y al cine. Ella le acompañó a su casa, donde vivía con su madre, y se marchó sola en tren hasta su propia casa. Hay que recordar que en esta edad Borges estaba ya ciego.
Tras algunos encuentros, un día el escritor le espetó: “Podríamos casarnos”. La madre invitó a ocho amigas para que conocieran a la futura nuera: parece que pasó el examen, tenía 57 años. La fiesta se celebró en la casa del novio y cuando quedaron solos los contrayentes, doña Leonor sugirió que fueran a dormir al hotel Dorá, muy cercano, pero Borges decidió dormir solo en su cama y la madre acompañó a Elsa al autobús que la llevó a su casa. Esa noche, su noche de bodas, la pasó Borges soñando que “viajaba colgado en un tranvía”, según confesó a la mañana siguiente a Fanny, la mucama de muchos años en la casa.
El matrimonio fue un desastre. Elsa sentía celos de todos aquellas personas a las que su marido tenía afecto. Sus relaciones con la madre fueron inexistentes o tormentosas; prohibió a Borges visitarla y nunca la invitó a la casa. Elsa no compartía ninguno de los intereses de él y sólo parecía interesada en todo lo que la fama suele traer consigo y que él despreciaba: medallas, cócteles, etc. Cuando fue invitado a Harvard, ella exigió mayores emolumentos para su esposo y mejores acomodaciones. Una noche un profesor encontró a Borges en pijama y zapatillas fuera de la residencia y Borges le contó que su mujer lo había echado. El profesor lo tuvo esa noche en su casa y a la mañana siguiente fue a ver a Elsa y le recriminó su acción, a  lo que ella contestó: “Es que usted no tiene que verle bajo las sábanas”.
Se divorciaron en 1970, el matrimonio duró sólo tres años. Según Fanny, antes de la boda, doña Leonor ya había dicho a Elsa: “Mira que Georgie no quiere compartir la cama”, a lo que la mujer respondió, “Yo sé cómo llevarme a un hombre a mi cama”. Habilidad, hay que reconocer, que no tiene tampoco excesivo mérito, dado el carácter generalmente colaborador y hasta entusiasta de los hombres para estas tareas, salvo en casos muy extremados. Pero que aquí quizá falló.
(continuará)

27 de mayo de 2016

Borges, amores y desamores (IV)


Palabras clave (key words): Estela canto, manuscrito de El Aleph, Hugo Beccacece.

Tras algunas interrupciones, más o menos razonadas y justificables, prosigo con los amores y desamores de Borges; todavía quedan unos cuantos, y consiguientemente unas entradas, para terminar. Esto se alarga: por culpa mía y sobre todo de Borges.
La tercera de las mujeres de Borges fue Estela Canto (1916-94), de la que estuvo perdidamente enamorado, que escribió un libro, Borges a contraluz, en 1989, muerto ya el escritor. Se conocieron en el año 1944, en casa de los Bioy Casares, en donde un grupo de intelectuales discutían sobre la necesidad de frenar el avance del peronismo. Se sabe que a Estela le gustaban los tipos aventureros, rozando casi la marginalidad. Cuando conoció a Borges, tenía una relación con alguien de nombre Dicke, un espía británico que viajaba sin descanso por Brasil y Argentina. Ella era inconstante y podía tener amores efímeros. Llegó a trabajar en unos locales que existían entonces en Buenos Aires —en Madrid los había también en mis tiempos de estudiante y están presentes en La colmena de Cela— en los que los hombres iban para aprender a bailar, por utilizar un eufemismo, que seguramente era real sólo en una pequeña proporción de ellos.
Estela era atractiva, de grandes ojos pardos e inteligente. Salieron  los dos juntos de casa de los Bioy y él se ofreció a acompañarla. Caminaron casi hasta el amanecer y eso bastó para que él se enamorara. Ella se sintió halagada, como cualquier mujer en su caso, por el interés de un hombre tan excepcional como Borges. Era una mujer vanidosa y siempre se ufanó de haber conquistado a Borges y de recibir sus cartas de amor. “La actitud de Borges me conmovía. Me gustaba lo que yo era para él, lo que él veía en mí. Sexualmente me era indiferente; sus besos torpes, bruscos, a destiempo, eran aceptados condescendientemente. Nunca pretendí sentir lo que no sentía”, dice la Canto en su libro. Y también: “El amor de Borges era romántico, exaltado, tenía una especie de pureza juvenil. Se entregaba completamente, suplicando no ser rechazado, convirtiendo a la mujer en un ídolo inalcanzable al cual no se atrevía a aspirar”.
Estela era escritora y con su novela El muro de mármol había ganado ya un premio. Su libertad de costumbres asustaba a doña Leonor, la madre de Borges, pero en esta ocasión él estaba dispuesto a porfiar y la pidió en matrimonio. Estela consintió, pero exigió relaciones íntimas previas para probar  su compatibilidad sexual. Ante esta propuesta, que casi nadie se atrevería a juzgar disparatada o desagradable, Borges por primera vez recurrió a un psicoanalista, en vez de acercarse a una farmacia a comprar una razonable provisión de profilácticos. “Venceré mis inhibiciones, si me ayudas”, le dijo a la dudosa. Tras dos años de terapia psicológica, en la que ella también participó, y aunque en sus abrazos “la virilidad de Borges era perceptible”, los resultados no fueron buenos. Aquí, como en el final de otras historias similares del escritor, se insinúa el tema de su presunta inhibición sexual. Si su virilidad era perceptible, también eran bien normales sus atributos masculinos, si hemos de creer a Victoria Ocampo, la hermana de Silvina y fundadora de la revista Sur, porque en 1964, ya ciego, Borges se desnudó en una playa de Mar del Plata creyendo que lo cubría una carpa. Victoria, al verlo, le dijo a un amigo: “Está bien provisto Georgie, che”. Es que de Borges se sabe todo.
Poco después del fracaso, Estela se casa con otro, del que se separa tres años más tarde. Hacia 1955 intenta reconquistar a Borges, sin éxito, y empieza a beber. Por las razones que fueran, o hasta sin ninguna razón, el amor se volatilizó, como sucede tantas veces. El antiguo enamorado evitaba encontrarse con Estela. Si ella lo buscaba, él se escabullía como podía. Al final, en los años ochenta, volvieron a frecuentarse, cuando, ya viejos, se perdonan los desdenes, uno trata de perseguir ansiosamente el pasado y busca los amigos con los que vivió la gloria, más o menos real, de la juventud. Antes de partir Borges definitivamente para Ginebra, Estela le pidió su autorización para vender el manuscrito de El Aleph, que el autor le había regalado. Lo vendió en 1985, subastándolo en Sotheby’s, donde alcanzó los 25700 dólares. Murió en la madrugada de un sábado frío y lluvioso de agosto de 1994. Murió como había vivido, escribe el periodista y escritor Hugo Beccacece: “Se tendió en su cama y, distraídamente, dejó de comer. Día y noche, en el duro invierno, dejaba abierta la ventana de su cuarto. Apenas cubierta por un ligero camisón, exponía su cuerpo delgadísimo al frío. Era como si se entregara en un último gesto de libertad, casi desnuda, al ciclo de la naturaleza”.

20 de mayo de 2016

El milagro de las cruces de Ayllón (IV, fin)

Palabras clave (key words): Fernando de Antequera, Juan II, Catalina de Lancaster, Vicente Ferrer.

En el libro que me regaló mi amigo el doctor De la Plaza sobre el convento de San Francisco en Ayllón, bien escrito e ilustrado y con algunas páginas de su pluma, leo que “en 1971 un hombre providencial compró las ruinas del convento”. Ese hombre, aclaro, es mi amigo, pero no son suyas esas palabras, que es persona modesta y conoce el proverbio latino laus in ore proprio vilescit (la alabanza propia envilece); lo dice en el libro don Teodoro García García, investigador de la historia de Ayllón. Según el citado Francisco Gonzaga, al que siguen Lucas Wadding y Damián Cornejo, San Francisco fundó el convento a su vuelta de Santiago, dato que recojo con las cautelas ya apuntadas.
Al principio el convento fue muy modesto y de él se sabe poco. Había un pozo, llamado el ‘pocito santo’, junto al que, según la tradición, oraba San Francisco, que se alojaba en una celda “de cañas entretejidas con ramas de árboles con las que hizo unos zarzos”, según cuenta el padre Francisco Calderón, hacia 1679, en un manuscrito que se conserva en el convento franciscano de Valladolid. En el año 1411, sin embargo, el convento debía de tener ciertas proporciones, porque, celebrándose en julio en Ayllón una importante reunión entre el futuro rey de Aragón, Fernando de Antequera, y el rey niño Juan II con su madre Catalina de Lancaster, don Fernando y su séquito se alojaron en él, mientras la regente quedó en la propia ciudad. Vicente Ferrer llegó también, tras haber predicado a las multitudes en Segovia “con tal fuerza que muchos moros y judíos abrazaron el cristianismo”.
El convento ardió en 1601 y se reconstruyó con más capacidad y construcciones más sólidas. La espadaña y gran parte de la capilla mayor fueron costeados en el siglo XVIII por fray José García, franciscano y obispo de Sigüenza. Esa espadaña es la única parte de la fábrica que se ha conservado íntegra hasta ahora. El convento se subastó en 1848, tras la desamortización, y se perdieron así los sepulcros de muchas nobles familias castellanas (Pacheco, Vellosillo, Daza, Chaves), con sus estatuas de mármol y alabastro. Don Álvaro de Luna, decapitado en Valladolid en 1453, fue enterrado en él hasta que más tarde fue trasladado a Toledo, a la Capilla de Santiago en la catedral.
Tras la compra en 1971, el doctor De la Plaza realizó ese otro milagro de rescatar los restos del convento, situado a un kilómetro del casco urbano, sin ninguno de los servicios públicos: agua, teléfono, alcantarillado, etc. De las estancias del convento no quedaban signos visibles, ni siquiera se conocía su perímetro. La operación se diseñó en dos fases. En la primera, se hicieron las obras necesarias para garantizar la seguridad de las obras, llevar la electricidad, teléfono, etc. En la segunda se procedió a la excavación de las ruinas, vaciamiento de la alberca, traslado de escombros, etc.
Se descubrió así el perímetro de la obra: dos claustros, separados por un espacio rectangular. Se reconstruyeron los suelos con cantos rodados y patrones geométricos o ajedrezados; otros fueron enlosados con piedra, pizarra o baldosas. La rehabilitación de la Casa del Síndico fue muy delicada, ya que en 1931 se habían vendido 32 canecillos románicos, procedentes de la iglesia de Mediavilla, sin cuyo soporte se cayó gran parte de la cornisa. Junto al estanque había ruinas de un pequeño edificio del XVIII, del que quedaban sólo los muros, que se restauraron, con el tejado, suelo, etc.
Finalmente se edificó un Centro de Convenciones y Hotel, que recibió el nombre de Los Claustros de Ayllón, con diseño arquitectónico muy moderno, próximo al estanque, pero alejado de las ruinas. Gracias al mimo con que se hizo la reconstrucción, hoy cabe hablar más bien de restos que de ruinas. Como aquí sí se cumple el dicho, no siempre verdadero, de que una foto vale más que mil palabras, muestro dos fotos del lugar, antes y después de los trabajos realizados. Una bella historia con final feliz, que he reducido sin piedad por razones obvias.
Si se está atento, el mundo está lleno de cosas curiosas y  coincidencias. Leo un libro del escritor francés Roger Peyrefitte, Les amours singulières, en el que se narra la vida del barón alemán Wilhelm von Gloeden (1856-1931), personaje que traigo aquí porque, como mi amigo, encontró en 1876 un convento franciscano deshabitado en Taormina, Sicilia, del que los monjes habían partido diez años antes, al suprimirse las órdenes religiosas. Las semejanzas acaban aquí, porque en Ayllón había sólo ruinas y en el relato de Peyrefitte el barón cuenta: A peine entré dans le parc qui l’entoure, je fus émerveillé. C’était le cadre idéal d’une existence heureuse: des ombrages magnifiques, des fontaines, des murs recouverts de lavande, une immense maison ensevelie dans le silence, une chapelle et un cloître. Le gardien du lieu finit par se montrer. Je choisis pour chambre une salle du premier étage, qui donnait sur la mer et sur les côtes lointaines.
La felicidad es fugaz. El barón vivió allí poco tiempo, porque al año siguiente el municipio vendió el convento y hubo de abandonarlo. Escribió: Je regretterai toujours de ne pas avoir eu les moyens d’acheter ce couvent. Je n’avais cessé de découvrir ses beautés. Mi amigo sí tuvo los medios… y el imprescindible arrojo. En ese convento de Taormina, el franciscano San Antonio de Padua, Doctor de la Iglesia desde 1946, había plantado un ciprés que todavía se conservaba en los tiempos de Von Gloeden.
 

 

13 de mayo de 2016

El milagro de las cruces de Ayllón (III)


Palabras clave (key words): Tomás de Celano, San Buenaventura, Francisco Gonzaga.

Ya dije que había llegado al milagro de las cruces de Ayllón de manera casual. Un buen amigo mío, prestigioso cirujano, Rafael de la Plaza, me regaló un libro, El convento de San Francisco de Ayllón, que trata sobre el convento fundado por San Francisco de Asís a la vuelta de su peregrinación a Santiago, en 1214, con poco más de treinta años, y en el que se menciona el milagro. Se construyó extramuros de la ciudad, en torno a la ermita de San Bartolomé, a orillas del río Aguisejo.
Tras esta afirmación, he de hacer un inciso de gran pertinencia. Las entradas de mi blog no pretenden ser artículos académicos. Simplifico a veces los hechos y datos, sin detallar las diversas opiniones, interpretaciones, etc. Tanto en el milagro como en la fundación conventual, sigo huellas, leyendas y tradiciones, aunque no se garantice la veracidad. Me amparo en lo que escribió un famoso escritor francés sobre cierta leyenda: elle est si jolie que ce serait dommage de ne pas y croire.
Tomás de Celano, primer biógrafo de San Francisco de Asís, escribió a los dos años de su muerte, una Vita Prima, que trata de los primeros tiempos del santo. Su Vita Secunda, escrita de 1244 a 1247, refleja las dos décadas posteriores a su fallecimiento. El Tratado de los milagros de San Francisco es aún posterior, entre 1254 y 1257. Algo después, en1260, el capítulo general de la Orden Franciscana encargó a San Buenaventura reducir a una sola biografía definitiva todo lo escrito o transmitido por tradición oral hasta entonces sobre el Fundador. Presentó este el fruto de su trabajo en 1263, la Leyenda mayor. El capítulo general de 1266 le dio carácter oficial e impuso por obediencia a todos los religiosos la destrucción de las biografías anteriores.
La Leyenda apenas añade nada nuevo a la trilogía de Celano. Del viaje de San Francisco a España, comenzado probablemente en julio o agosto de 1213, en compañía de Bernardo de Quintavalle y cuya ruta no se detalla, cuenta lo que copio del capítulo noveno: Emprendió viaje hacia Marruecos con objeto de predicar el Evangelio de Cristo al Miramamolín y su gente, y poder conseguir de algún modo la deseada palma del martirio. Y era tan ardiente este deseo, que, a pesar de su debilidad corporal, se adelantaba a su compañero de peregrinación, y, como ebrio de espíritu, volaba presuroso a la realización de su proyecto. Pero cuando llegó a España, por designio de Dios, que le reservaba para otras muy importantes empresas, le sobrevino una gravísima enfermedad que le impidió llevar a cabo su anhelo. Resumiendo, San Francisco llega a España y al poco tiempo ha de volverse a Italia.
En el siglo XIV diversas obras franciscanas introducen un cambio sustancial. Se habla de la “venida en peregrinación” a Santiago, asunto no mencionado en las fuentes del siglo XIII. Actus Beati Francisci et sociorum eius, escrita de 1327 a 1337 en latín y de autor incierto, es el primer documento que recoge este motivo del viaje. Y ya se dice que fue en Santiago donde Francisco tuvo la revelación que le instaba a adquirir muchos lugares por el mundo, “porque su Orden se dilataría y crecería en gran multitud de hermanos”. También en Las florecillas, una recopilación de hechos de San Francisco de autor anónimo, de la segunda mitad del siglo XIV, se da esta justificación al viaje.
En el siglo XVI, Francisco Gonzaga, franciscano y obispo italiano, en su obra De origine Seraphicae Religionis franciscanae eiusque progresibus (1587), escrita tras su visita a las Provincias Españolas, donde recogió mucha información y tradiciones, insiste en la peregrinación a Santiago como razón del viaje, con dos acompañantes: Bernardo y Masseo. Cita también la conversación de San Francisco con el rey Alfonso VIII en Burgos, para presentarle la Regla y pedirle permiso para construir conventos.
A partir de los siglos XVII y XVIII, las fuentes son tantas que se hacen casi inmanejables. El franciscano Ángel Uribe OFM, refiriéndose a las fundaciones de San Francisco en España, escribe en 1988: “Son leyendas y tradiciones inverosímiles, sin consistencia alguna en la realidad, haciéndole recorrer, si las juntamos todas, los caminos más apartados y más desconcertantes para llegar a todos los lugares que se citan”. En definitiva, no se puede afirmar o negar con documentos ciertos el paso de San Francisco por los lugares, pueblos y ciudades que dice la tradición. Y tampoco se puede afirmar con total certeza que haya fundado este o aquel convento.
También el P. Atanasio López afirmó a principios del XX, sobre San Francisco en España: “Tanta confusión han sembrado los cronistas del XVI y siguientes, que no es fácil resolver qué haya de verdadero o legendario en sus narraciones”. El viaje ha dado ocasión a muchas leyendas sobre la fundación personal de los conventos. En la reciente obra del franciscano Valentín Redondo, El viaje de San Francisco a España, se citan más de cincuenta, que se pretende que fueron fundados directamente por el Santo de Asís. Otra fuente de confusión es que muchos de los milagros atribuidos a la invocación al santo, son confundidos con milagros realizados personalmente por él; en parte por la redacción de los mismos, algo confusa en el caso de San Buenaventura. En el Tratado de los milagros de San Francisco del Celanense, el texto es menos equívoco. Tras estas básicas y necesarias aclaraciones, diré algo más, y termino, sobre el convento de Ayllón.
(continuará)

6 de mayo de 2016

El milagro de las cruces de Ayllón (II)


Palabras clave (key words): Abner de Burgos, Pablo de Santa María, Joaquín de Fiore.

El portentoso fenómeno dio origen entre los judíos a dos actitudes bien opuestas. Unos pensaron que era magia demoníaca promovida por los cristianos y otros lo interpretaron como señal inequívoca de la verdadera religión y corrieron a las iglesias pidiendo el bautismo. Los rabinos se alinearon, naturalmente, con los primeros y buscaron evitar la masiva conversión, pero no pudieron impedir que muchos de los israelitas “abrieran los ojos a la luz del evangelio”. Entre ellos, sigue contando Amador de los Ríos, el reputado Rabbí Abner de Burgos, en el que me detendré un poco.
No está claro si este Abner, nacido en 1270, tuvo el título de rabino, pero sí tuvo el de médico, obtenido en 1295. Ejercía en Burgos y era muy apreciado en su aljama en la fecha del milagro. De hecho, recibió entonces consultas de gentes que habían vivido la experiencia y pedían su consejo, porque temían ser víctimas de alucinaciones. El propio Abner tenía indecisiones y recelos respecto a su fe. Cuenta, en su obra Moré Sédec (Mostrador de Justicia), que años después en la sinagoga soñó que un hombre grande le decía: “los iudios están desde tan grand tiempo en esta captiuidad por su locura e por su nesçedad”. Pese a ello, siguió estudiando la Torá, hasta que tres años más tarde el mismo hombre se le apareció: ¿Hata quando pereçoso dormirás? ¿Quando te levantarás de tu ssueño? De repente vio Abner que su vestido estaba lleno de cruces pintadas “ssegund el sseello de Iehsu Nasareno”; esto fue en el año 1321. Hizo pública profesión de fe cristiana en su Sefer Milhamot Adonay (Batallas de Dios), bautizándose como Alfonso de Valladolid, tras luchar veinticinco años con sus dudas, según el converso Pablo de Santa María (1351-1435), conocido entre los hebreos como Solomon ha-Levi, en su Dialogus Pauli et Sauli contra Judæos, sive Scrutinium scripturarum. Para otros la conversión tuvo lugar poco después de su graduación en Medicina.
Abner de Burgos relató la conmoción causada en las aljamas de Castilla por los profetas de Ávila y Ayllón con su anuncio de la venida del Mesías. Leo en History of Jews in Christian Spain, de Litzhak Baer, que el rabí Shlomo ben Adret (1235-1310), en un responsum menciona un profeta de Ávila, que “no sabía lo que era un libro”, pero escribió al dictado de un ángel “un opúsculo de 23 folios de papel, El libro de la sabiduría maravillosa”. El médico Arnaldo de Vilanova (1242-1311) menciona igualmente el hecho, en el 1300. Estos son testimonios de autores contemporáneos sobre el asunto que nos ocupa. Más tarde el citado Pablo de Santa María también refirió el milagro, así como fray Alonso de Espina en el libro III de su Fortalitium fidei, escrito entre 1457 y 1564, en donde es uno de los once portentos descritos. Antonio Benavides lo recoge igualmente en las doctas ‘Ilustraciones’ de sus Memorias de don Fernando IV de Castilla, de 1860. Como se ve, el milagro está referenciado en distintas épocas con las inevitables disparidades.
Quiero hacer notar que esta escenificación del milagro no es única. Milagros muy parecidos se contaron durante las predicaciones del fraile dominico Vicente Ferrer, en Guadalajara y Salamanca, en 1411. No es sólo un tema castellano sino del Occidente medieval y aun anterior. Jacobo de la Vorágine, arzobispo de Génova, a mediados del siglo XIII reunió muchos relatos hagiográficos en su obra Leyenda dorada, uno de los libros más copiados del Medioevo (se conservan más de mil manuscritos). Algunos tratan de apariciones milagrosas de cruces: en el año 363, Juliano el Apóstata, en su empeño por restaurar las religiones paganas, encargó a Alipio de Antioquía la reconstrucción del templo de Salomón, que se interrumpió, porque al comenzarla apareció una cruz brillante en el cielo y las ropas de los obreros quedaron estampadas de cruces negras. Otros autores hablan de unas temibles bolas de fuego que estallaron cerca de las obras o de un terremoto o de un sabotaje. Para los historiadores de la iglesia de la época, el fracaso se debió indudablemente a la intervención divina.
Entre los cristianos de los siglos XIII y XIV había una considerable difusión de escritos proféticos. En el mismo 1295, el franciscano Pedro Juan de Olivi, teólogo y filósofo francés, tenido por santo y profeta al morir, daba ánimos a sus discípulos con las profecías de Joaquín de Fiore (1135-1202), un monje napolitano autor del Liber figurarum, en el que predecía un nuevo diluvio. Según este monje, la historia de la humanidad es un proceso espiritual, que pasa por tres fases: edad del Padre, edad del Hijo y edad del Espíritu Santo, todas de igual duración, que se puede deducir por el número de generaciones desde Adán hasta Cristo (42) y la media de años por generación (30). Este cálculo daba el año de 1260 como el final de la edad del Hijo. Por ello, los años anteriores hubo flagelantes y todo tipo de devotos que salían a la calle temiendo la llegada del fin del mundo. Como no ocurrió nada, rehicieron el cómputo, sumando a 1260 la propia edad de Cristo o ampliando el número de años por generación. Todo tiene arreglo, con buena voluntad.
(continuará)

29 de abril de 2016

El milagro de las cruces de Ayllón (I)

Palabras clave (key words): Isaac B. Singer, José Amador de los Ríos, shofar, milagro de las cruces

Interrumpiré de nuevo la serie Borges, amores y desamores, porque se acerca el treinta de abril y quiero hablar de un milagro, el Milagro de las Cruces, ocurrido ese día del año 1295 en Ayllón —alguna fuente postula otra fecha, pero me acojo a esta—, al que he llegado casualmente, como explicaré en su momento. Hablar de milagros se ha convertido en algo relativamente inusual en nuestros días. Un personaje, Levi  Yitzchock, del libro de relatos Un amigo de Kafka, de Isaac B.  Singer, premio Nobel del 1978, se lamenta: En estos tiempos Dios oculta su rostro. Cuando ocurre un milagro siempre se encuentra una explicación natural. En mis tiempos en todas partes había milagros.
También se habla tangencialmente de milagros en la novela Job, de Joseph Roth, inspirada en el texto bíblico. El protagonista, Mendel Sinder, es un judío piadoso que, a pesar de la dureza de su vida, se siente satisfecho. Creía lo que le decían sus hijos: América era la tierra de Dios, Nueva York la ciudad de los milagros y el inglés la lengua más bella. Comparto esta opinión sobre la ciudad, en la que viví unos años y a la que juzgué en verdad milagrosa, durante una época muy feliz de mi vida.
En otros tiempos los milagros eran mucho más cotidianos. García Márquez, en El amor en los tiempos del cólera —para mí, quizá su mejor obra—, cuenta del Obispo de Riohacha, que iba montado bajo palio en su célebre mula blanca con gualdrapas bordadas de oro. Tras él se hacinaban peregrinos, desahuciados, inválidos, etc. Pero, afirma el escritor, muchos de estos en realidad no venían “por los sermones doctos y las indulgencias plenarias que repartía el prelado, sino por los favores de su mula”, de la cual se decía que hacía milagros a escondidas del dueño. Lo que me parece enteramente creíble, porque una mula así atalajada, andando a menudo bajo palio junto al obispo y oyendo sus sermones desde una posición privilegiada, es entendible que, en ciertos momentos, optara por actuar por su cuenta y establecerse por libre.
Contaré el milagro de las cruces abreviadamente, según la narración de don José Amador de los Ríos, en su Historia social, política y religiosa de los judíos de España y Portugal, de 1876, basada en textos anteriores, que también he manejado y nombraré más tarde. Continuando antiguas tradiciones mesiánicas del pueblo judío, propagadas entre otros por Sereno el sirio (principios del siglo VIII), Abú-Isa Aben-Isahak (finales del VIII), Jehudáh ha-Leví (1130) y el Rabbí Abraham Aben-Hiyáh ha-Barkeloní (nacido en 1070), surgieron dos rabinos a finales del XIII, en Ávila y Ayllón, cuyos nombres no se mencionan, que profetizaron la inminente venida del Mesías y el fin del cautiverio para el pueblo escogido. Los dos, muy respetados en ambas aljamas por la austeridad de sus costumbres y la poderosa e invencible dulzura de sus palabras, habían obtenido fama de profetas y tenían prestigio de santos. Con tal aureola, el efecto de su predicación en las sinagogas rurales de Castilla fue espectacular. Estos profetas anunciaban con la mayor firmeza que la venida del Mesías tendría cumplimiento al expirar el cuarto mes de aquel año, el 30 de Abril de 1295. Los judíos, “aceptado el pronóstico, resolvíanse a esperar con penitencias, oraciones, ayunos, limosnas, restituciones de haciendas y otras obras piadosas, al suspirado Redentor, de manera pacífica”.
Con esta esperanza, en la madrugada de ese día, con las primeras luces del alba, los judíos, hombres y mujeres con vestidos blancos, como prescriben los preceptos talmúdicos, se dirigieron a sus sinagogas en los campos de Castilla, esperando oír pronto el shofar, el cuerno de animal puro y limpio de su liturgia, que habría de oírse en todos los confines del mundo y sería la señal de la anhelada venida del Mesías. Sin embargo, en lugar de escucharse estos clamores celestiales, lo que apareció en Ayllón, en el aire y ante todos los tabernáculos mosaicos, fue la figura de la cruz cristiana redentora, reflejándose multiplicada en los muros de las sinagogas y sobre las propias vestiduras blancas de los judíos, atónitos y desconcertados con tan estupendo milagro. Estas cruces se grabaron incluso en las ropas que habían quedado guardadas en las arcas.
(continuará)

23 de abril de 2016

Borges, amores y desamores (III)


Palabras clave: Los varios ‘suicidios’ de Borges
 
Hablé en una entrada anterior del accidente que sufrió Borges y que fue sin duda grave —el escritor lo recogió años después en un relato, El Sur, con personajes que tienen todavía el aire rudo y pendenciero de sus escritos más antiguos—. Un suceso aún más extraordinario y revelador había ocurrido unos  años antes, en 1935. Borges tenía treinta y cinco años y había comenzado a padecer problemas de visión; tenía publicados tres libros de poemas, cinco cortos volúmenes de ensayos, y ganaba una muy modesta suma dirigiendo una revista de un periódico. Al recordar esa época, en el prólogo de la segunda edición de Historia Universal de la Infamia (1954), dirá: “el hombre que lo ejecutó [el libro] era asaz desdichado, pero se entretuvo escribiéndolo”.
Fue en esa época gris cuando hubo un intento de suicidio. Borges habría tomado la decisión en febrero de 1935, según contó, años después, a María Esther Vázquez: “Era febrero y me di cuenta de que la mejor solución para evitar la humillación del calor era suicidarse”. Compró un revólver en una armería de la calle Entre Ríos, una botella de ginebra y una novela policial, que ya había leído, “para que no lo distrajera” (extraña precaución en alguien que está pensando en quitarse la vida). Luego tomó el tren hasta el Hotel Las Delicias, en Adrogué, donde había pasado los felices y lentos veranos de su infancia y que aparece, transformado, en algún relato borgiano. Alquiló un cuarto, se recostó vestido sobre la colcha y empezó a beber, pero no tuvo valor o desesperación para matarse. Se quedó dormido, borracho, con el pesado revólver descansando sobre el pecho. Al despertar, tras una tormenta de verano ruidosa y eléctrica, le dolía la cabeza; caminó de vuelta a la estación y “en un charco tiró el libro y el revólver inútiles”.
Este intento se recuerda vagamente en un relato posterior, 25 de agosto de 1983 (día siguiente a su cumpleaños), en el que, en una habitación del mismo hotel de Adrogué, hay dos Borges de diferentes edades. “Qué raro, somos dos y somos el mismo. Pero nada es raro en los sueños. Es, estoy seguro, mi último sueño”, dice el más viejo, que va a morir —con la mano mostró el frasco vacío sobre el mármol de la mesa de luz—. “Vos tendrás mucho que soñar, sin embargo, antes de llegar a esta noche”. “Aquí mismo, hace años, en una de las piezas de abajo, iniciamos el borrador de la historia de este suicidio”, dice el joven, insinuando un recuerdo real, biográfico, y pregunta: “¿Tan seguro estás de que vas a morir?”. “Sí. Siento una especie de dulzura y alivio, que no he sentido nunca. Los estoicos enseñan que no debemos quejarnos de la vida; la puerta de la cárcel está siempre abierta. Siempre lo entendí así; la pereza y la cobardía me demoraron”, responde el viejo. Este podría ser su segundo suicidio, puramente novelesco, en la ficción.
Otro suicidio de Borges es menos seguro. En una entrevista, contó que conversaba en una ocasión con el escritor Macedonio Fernández —amigo íntimo, inteligentísimo, que lo impresionó más que ningún otro, según confesó— y estaban oyendo tangos. Borges le preguntó: ¿Por qué no nos suicidamos para acabar con esta música? El entrevistador, también sagaz esta vez, replicó: Pero por fin no se suicidaron. A lo que respondió Borges, displicente: No sé si nos suicidamos..., no me acuerdo.
Otro posible ‘suicidio’ podría haberse derivado del intento del escritor Leopoldo Lugones de batirse a duelo con Borges, según cuenta el dramaturgo Juan Carlos Ghiano. Creo que Borges, por su culto al valor y al coraje que se trasluce en su obra, y por algún hecho de su vida, habría aceptado. Por fortuna, los amigos convencieron a Lugones, que practicaba esgrima, de que ese duelo sería un asesinato, dada la pésima visión del contrario, lo que le hizo renunciar, declarando que “no valía la pena armar un escándalo por un infeliz que ni sabía medir bien los versos”. Lugones sí se suicidó realmente; con arsénico, según una versión, con una mezcla de whisky y cianuro, según otros.
Borges vivió obsesionado toda su vida, más con la idea abstracta del suicidio que con planes concretos de realización. Francisco López Merino, un poeta y amigo suyo, se suicidó tal vez por desengaños de amor en 1928, con 23 años, y esa muerte le causó una profunda impresión. Escribió una elegía a los pocos meses de que ocurriera.

16 de abril de 2016

Mujeres que reescribieron el Quijote (II, fin)


Entrando de lleno en el tema, las mujeres que escribieron obras influenciadas, basadas o inspiradas en el Quijote —las que ‘reescribieron’ el Quijote— podrían ser las mencionadas en las dos listas que muestro. En la primera hay once obras, algunas anónimas, pero de muy probable autoría femenina. En la segunda las he reducido a cinco, aquellas de las que hablé en mi charla. Conociendo sus nombres, es relativamente fácil llegar a saber algo de sus vidas y obras con Internet. No puedo en este esquema, tampoco pude en la conferencia, detenerme demasiado en esto, por razones obvias.

                              
  
                                        

Quería también señalar la participación de las mujeres en la literatura, en general, y en la cultura de todas las épocas, a pesar de la indudable discriminación de la que han sido víctimas a lo largo de la historia. Cité, por nombrar a alguien, la obra del latinista francés del XVII, Gilles Ménage, quien en su Mulierum philosopharum historia, recoge hasta sesenta y cinco mujeres filósofas. Me detuve algo con la bellísima Novella d’Andrea, de Bolonia, experta en Derecho y Literatura que, para no distraer a los discípulos con sus encantos, daba lección hablando detrás de una cortina.

                                

Para ir terminando y hacer más liviana la charla, como debe ser obligación de todo conferenciante, hablé de otra mujer bellísima, Friné, la amante y modelo de Praxíteles. En una última digresión, mostré el cuadro de un pintor y retratista polaco que la representa yendo a bañarse en la playa con motivo de las fiestas eleusinas. El nombre del pintor es Henryk Siemiradzki (1843-1902), recordado por su arte académico y monumental, con escenas del antiguo mundo grecorromano y del Nuevo Testamento. Inmediatamente después, mostré el titulado Blue III, parte de un tríptico, de Joan Miró, con alguna consideración obligada e informal sobre el arte pictórico. El arte del polaco no es mi ideal, pero tengo que admirar el oficio, la honestidad, el afán de perfección, el amor por la obra bien hecha en este tipo de pintura. Este de Miró, y otros pintores modernos, suscita en mí, en no pocas ocasiones, alguna duda incómoda, algún inevitable recelo. 
 

        

       

Terminé con las siguientes palabras, excusándome muy insinceramente: Me he perdido un poco; hay gente que ha nacido para perderse. Escribir es eso: perderse. Perderse en algún confín que se sueña y se crea para compartirlo; sacar a la luz algo que surgió en un oscuro pliegue de nuestro cerebro, gracias a una misteriosa alquimia que en ocasiones comienza a funcionar muy caprichosamente. Pero hay que perderse con alguien. Por ello, no me importaría haberlo hecho hoy, siempre que me haya perdido con ustedes, que ustedes me hayan seguido y hayan disfrutado un poco descansando en los márgenes, espero que apacibles y amenos, del camino, del laberinto. Este es el mejor criterio para valorar este tipo de charlas. Al final, no importa sólo a dónde va uno, sino el sendero que se escoge, el viaje en que uno se embarca.
Ya acabo, pero nada es definitivo, permanente; las cosas se resisten a desaparecer. Un poeta malagueño, al que he admirado largamente, desde mi juventud, Manuel Alcántara, lo dijo muy sencilla y bellamente: Porque nunca se acaba lo que acaba, / que se queda a vivir en la memoria. Quiera Dios que alguna historia, algún detalle de los que he contado aquí, quede con ustedes y les ayude a recordar este martes de abril, cuando ya nos preparamos a reestrenar el mundo: Ya ves que ha pasado el invierno y se oye / en nuestra tierra el alboroto de golondrinas y tórtolas, cantó Salomón ibn Gabirol (1021-1058), un poeta y filósofo hebreo-andalusí, nacido en Málaga, al principio del siglo XI. Exactamente como ocurre hoy, en este hermoso parque. Muchas gracias por haber venido.
 
Nota: Casi las tres cuartas partes de la conferencia versaron sobre el tema del título. En mi esquema, en el que muestro sólo dos diapositivas con los nombres de las autoras en cuestión, podría parecer que no fue así.

10 de abril de 2016

Mujeres que reescribieron el Quijote (I)


Amigos lectores, en una reciente conferencia sobre Mujeres que reescribieron el Quijote, prometí a los asistentes incluir en mi blog un breve esquema de la misma, para que tuvieran por escrito algunos datos mencionados. Trataré de cumplir mi compromiso y haré una sucinta crónica. Ya fue difícil resumir el tema en la ocasión y hacer ahora un resumen de aquello (un resumen del resumen) lo es mucho más, pero lo intentaré.
Empecé recabando mi derecho a cualquier digresión, confesando, quizá con algún gracejo, que jamás he tolerado que el título de una charla se interponga entre lo que quiero decir y el público. Siempre me he permitido divagar un poco, sin alejarme demasiado del tema propuesto. Mostraré aquí sólo algunas de las diapositivas; la primera, una lista de las cien mejores obras literarias de la historia, elaborada por escritores famosos, algunos premios Nobel. El primer puesto es para el Quijote y, en séptima posición, hay ya una obra escrita por una mujer, Orgullo y prejuicio, de Jane Austen.

                             

Vino enseguida mi primera digresión. Quise hablar del primer autor literario conocido, que no fue autor, sino autora: una sacerdotisa sumeria de nombre complicado, En-hedu-Ana, hacia el año 4300 a. de C. Lector, no diré nada más sobre ella, pero con el nombre y cualquier buena enciclopedia —también, por supuesto, Wikipedia— podrás encontrar detalles sobre su vida y obra. Copio unos versos suyos.

                              

Otra breve digresión: me referí al libro de Harold Bloom, de 1990,  El libro de J, en el que postula que los textos más antiguos del Pentateuco fueron también obra de una mujer, que vivió en los tiempos de los reyes David y Salomón, hacia el siglo X a. de C. Todo ello basado en la llamada ‘hipótesis documental’ que proclama la autoría múltiple del escrito bíblico, formulada, entre otros, a finales del siglo XIX por Julius Wellhausen (1844-1918).

 

                               

Dediqué medio minuto, como curiosidad, a la tesis del inglés Francis Carr que afirma que el Quijote no fue escrito por Cervantes sino por el inglés Sir Francis Bacon; tan disparatada que no merece más comentarios, salvo señalar que por su propia extravagancia puede deslumbrar y arrebatar a cierto tipo de espíritus.

                                            

Orillando ya el tema de mi charla, hablé brevemente de un movimiento literario, del siglo XVII francés, al que pertenecen novelas pseudohistóricas, de ambiente galante y romántico, que permitían a los lectores contemporáneos echar una mirada sobre las vidas de personajes importantes de la sociedad del momento (cumpliendo una misión análoga a la de las modernas revistas del corazón). Distinguidos miembros de la aristocracia francesa, especialmente parisina, aparecían, levemente modificados, como soldados y doncellas persas, griegos y romanos, pero seguían siendo reconocibles. Esta literatura tuvo gran auge entonces y sirvió para enloquecer a los Quijotes femeninos que surgieron después. Esta distinción es fundamental: en el Quijote cervantino lo que causa la locura del caballero es la lectura de los libros de caballerías, mientras que en los Quijotes femeninos posteriores la atención se dirige hacia esos romances heroicos franceses del XVII y, más tarde, a novelas y dramas ingleses del XVIII.
En Francia, quizá la escritora más conocida del género fue Madeleine de Scudéry (1607-1701), algunas de cuyas obras fueron muy populares. Especialmente, Clélie (1654-1660), en diez volúmenes de unas ochocientas páginas cada uno, o Artamène ou Le grand Cyrus (1649-1653), en doce. La propia Scudéry aparece en Artamène como Safo, el nombre por el que la conocían sus amigos. También hay autores masculinos en este apartado, como Gauthier de Coste, Michel de Pure, Antoine Furetière, Pierre Marivaux, etc.
(continuará)
 

7 de abril de 2016

Tristitia post concilium (tristeza tras la reunión)


Palabras clave (key words): Leslie A. Murray, Fernando Pessoa, Piasta, Tirnagoge.

Cualquier acontecimiento gozoso alberga en su núcleo la amarga semilla de una tristeza posterior inevitable. Del hecho que relataré, también quedó la melancolía de su fugacidad, de su imposible continuación, de la evanescencia final de ese alegre estado de ánimo en que el tiempo pareció derrotado. Hay una tristitia post concilium.

Con motivo de una reciente conferencia mía, vinieron a oírme bastantes de mis amigos —y amigas, claro— a muchos de los cuales no los veo con la frecuencia que querría. Todo fue muy agradable, hasta demasiado. Porque me quedó luego ese viejo y conocido sentimiento que indefectiblemente aviva mi melancolía. Un poeta australiano, Leslie Allan Murray, de mi misma edad, escribió: “y como siempre ocurre, después de un triunfo, / estuve, por supuesto, inconsolable”. Yo ni siquiera venía de ningún triunfo, pero en estas ocasiones me persigue una cierta insatisfacción, porque pienso que no he sabido hacerles ver, a mis amigos, hasta qué punto me importan.

Ellos son el pasado, los múltiples espejos en los que me miro y reconozco. Veo lo que hemos vivido juntos y lo que no pudimos o no nos dejaron vivir. Sin ellos el pasado se esfuma y se desvanece mi historia. Cuando se van, me asaltan los recuerdos, la nostalgia, sueños aún intactos y un tiempo perdido que no sé buscar solo. Constato que el mundo no es como debiera, que todo está tocado de banalidad, y se afianza la certeza de que la felicidad es imposible o efímera. Al final de la conferencia, el puro azar fue formando diversos grupos, que se refugiaron en los bares vecinos, para prologar la alegría del reencuentro, para enlentecer el tiempo y disfrutar su tregua.

Fernando Pessoa añoraba la casa de su niñez y un pasado de té y tostadas servidas en la tarde, cuando las mujeres acababan por fin sus tareas de coser y hacer punto, con el reloj del salón midiendo, o creando, el tiempo. Añoranza que le hace exclamar, dirigiéndose confusa y acremente a alguien: Me veo aquel que fui en la infancia. Dame esto otra vez, tal cual era, con el reloj tictaqueando al fondo, y guárdate para ti todos los dioses. ¿Qué es para mí un Olimpo que no me sabe a las tostadas del pasado? ¿Qué tengo yo que ver con unos dioses que no tienen mi reloj antiguo?

Hace años, al final de otra charla, contaba yo a mis oyentes: Aparte de un grupo de amigos que he ido haciendo a lo largo de mi vida (muchos de los cuales estáis aquí), otras muchas cosas no me han importado demasiado; esto condiciona mi paraíso. Y cité unos versos de una canción corsa, de un pastor de Zicavo: ¡S'intrassi in  Paradisu, santu, santu, / e nun truvacci a tía, mi n'esciria! (Si entrase en el paraíso, santo, santo, y no te encontrara, me saldría). Lo apliqué a mis amigos. Hemos de salvarnos juntos, no quiero ni puedo salvarme solo. Querer salvarse solo es el primer paso hacia la condenación.

He sido siempre así. Al terminar cada congreso médico, cada reunión, la idea de que nunca más volvería a gozar de esos momentos, con esas gentes, me entristecía. Con diecisiete años, en Cádiz, al final de un curso de verano, en una oración que me encargaron, decía: Señor, esta es noche de despedida y estamos todos un poco tristes. Hace poco tiempo, ninguno de los que estamos ahora aquí juntos nos conocíamos y, sin embargo, hoy, cuando llega la hora de marchar, nos cuesta trabajo renunciar a esta pequeña y entrañable comunidad que hemos formado.

O sea, que no es por la edad. Aunque ciertas dudas y temores, se hacen ahora más evidentes y probables. Llevo muy mal que se mueran los amigos. En un relato mío, El reino de Ta, el viejo rey Piasta, Señor de los veranos gaélicos, quiso viajar a Tirnanoge, la tierra de la perpetua juventud, nunca visitada por la Muerte. Preparaba el viaje cuando se le presentaron unas hadas: Rey Piasta, ¿te gustaría seguir viviendo cuando ya hayan muerto tus caballos y tus canes, los maestros que te guiaron en la vida, las mujeres que te dieron su amor, los armados compañeros de las batallas? ¿Te gustaría vivir en un mundo en el que no tendrás a nadie con quien compartir un recuerdo de infancia y mocedad? El rey se llegó hasta la ribera de un río y meditó allí las preguntas de las hadas. Tras pensarlo mucho, decidió no ir a Tirnagoge, y dejarse morir, cuando llegase su hora.