26 de noviembre de 2016

Cuando es imposible determinar la justicia


En mi entrada del 19/11/2016 hablaba de la justicia y apuntaba que en algunos casos era imposible establecerla. Mencioné una vieja preocupación de los jugadores, ya en la época del Renacimiento: distribuir equitativamente las cantidades apostadas en el caso de que, por cualquier razón, se interrumpiera el juego, sin posible continuación. La indagación de este problema fue uno de los pilares sobre los que se empezó a cimentar la teoría de la probabilidad.
En el caso concreto que expuse —el de un juego de pelota a seis partidas que se suspende cuando el jugador A lleva ganadas cinco y B tres— ofrecí tres dictámenes distintos sobre la equidad en el reparto de lo apostado: Pacioli dice que, del total, cinco partes deberían ser para A y tres para B; Fontana piensa que cuatro partes para A y dos para B; Pascal y Fermat opinan que lo justo es siete partes para A y una para B. Los resultados son tan dispares, que he pensado que merece la pena elucubrar un poco sobre ellos. Adelanto, además, que ninguno es correcto, lo que hace del caso uno de aquellos en los que es imposible alcanzar la justicia con la razón. Recuerdo al lector que se trata de un juego de pelota, no de dados, no de azar.
Pacioli asume, en realidad, que el resultado final del juego, si se completara la partida hasta los seis juegos, reflejaría una situación análoga a la existente en el momento de la interrupción; por lo tanto el reparto ha de ajustarse a la razón de cinco a tres. Esto no tiene por qué ser así, ni jugando con dados, ni, menos aún, en un juego de pelota. La solución de Fontana implica, de manera implícita, que, si se llegara al final, A ganaría su sexta partida y el resultado definitivo sería 6 a 3, y así debe dividirse lo apostado (6/3 es igual a 4/2). Pascal y Fermat son más científicos, la teoría de probabilidad ha nacido ya, y su criterio,  repartir en razón 7 a 1, tan diferente de los otros, es el resultado de la aplicación de dicha teoría. En efecto, para que gane B, tendría que ganar las tres partidas que le quedan sin perder ninguna. La probabilidad de este suceso, que es un producto de tres sucesos, es 1/2 x 1/2 x 1/2 = 1/8, lo que da para el suceso contrario una probabilidad de 7/8. Por ello el reparto justo sería de siete partes para A y sólo una para B.
Ahora bien, como apunté en mi anterior entrada, esto es verdad sólo asumiendo que el ganar A y el ganar B son equiprobables, siendo la probabilidad de cada suceso 1/2, ya que sólo hay dos posibles en cada partida. Pero también se podría pensar que la probabilidad de que gane A es 5/8 y la de B 3/8, según el tanteo en la interrupción; esta sería una asunción razonable. Y no olvidemos que se trata de un juego de pelota, en el que tales reglas no son aplicables y el jugador B puede perfectamente rehacerse y acabar ganando al jugador A por seis a cinco.
Traslademos esto a un partido de fútbol. Al terminar el primer tiempo el equipo A gana al B por cinco goles a tres y se suspende el partido. Lector, no hay manera alguna de predecir racionalmente el resultado final y sólo queda una solución: jugar hasta el final. Eso es lo que se hace, con muy buen criterio, en las competiciones reales: seguir jugando, con el equipo B haciendo quizá algún cambio en jugadores o táctica, para meter más goles que el contrario en la segunda parte. Eso es todo, lo de ser entrenador es de verdad muy fácil.  Y no hay manera alguna, en un juego de pelota, en cualquier juego que no sea de puro azar, de anticipar el resultado final y repartir las apuestas con justicia. Sí se puede hacer en los juegos de azar, con las pertinentes y verificables asunciones.

22 de noviembre de 2016

Mi obra de teatro 'Don Juan de Bergerac'


Amigos lectores, para los residentes en Madrid, tengo el gusto de anunciaros la lectura teatralizada de mi obra de teatro Don Juan de Bergerac, que se hará, en formato de acto continuo, el próximo 25 de noviembre, viernes, a las 19.00 horas, en la Biblioteca del Retiro, dentro del propio parque (donde estuvo la antigua Casa de Fieras). La entrada, gratuita hasta completar aforo, es por la puerta de Menéndez Pelayo, frente a Sáinz de Baranda. Copio las páginas interiores del programa en las que hago un elogio encendido, y muy sentido, de la palabra.

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Respetable público, queridos amigos:

Os propongo, mientras estéis en esta sala, olvidar las prisas y el torbellino de fuera y escapar de la realidad. Os van a contar una ficción, con personajes hostigados y trabajados por el amor, atolondrados, temerosos y tiernos, que nada en el mundo es tan invariable y permanente como esa bendita locura de amar. No hay nada en esta imaginación mía que no pueda ser real, porque el mundo es vasto y ubérrimo, y está lleno de horizontes y de caminos aún sin hollar, a pesar de lo avanzado de los tiempos.
Para poder escapar, tenéis que dejaros arrebatar por las palabras. Las palabras son todo. La palabra es más cegadora que la luz, más veloz que el viento, más certera y mortífera que la flecha, más engañosa y complicada que cualquier laberinto imaginable. Uno se pregunta, ¿cómo es posible que ese poco de aire estremecido, esos pocos sonidos que se hilvanan en un instante para dejar de existir enseguida, tengan tanta fuerza, tanto poder? Leemos en Álvaro Cunqueiro: “¿De qué se hace la nave más ligera para ir a los feacios? — De palabras, Ulises. Te sientas, apoyas el codo en la rodilla y el mentón en la palma de la mano, sueñas y comienzas a hablar”.
Pablo Neruda cantó de los conquistadores españoles:Se llevaron el oro y nos dejaron el oro... Se lo llevaron todo y nos dejaron todo... Nos dejaron las palabras”. Valle-Inclán las declaró mortales: “Las rosas esparcían un perfume tenue y las palabras morían lentamente, igual que la tarde”.
Os resumo un bello relato de juventud de Goethe: Una hermosa serpiente verde tragó unas monedas de oro y se fue haciendo luminosa y transparente. La serpiente entró en una cueva y allí, en una hornacina, estaba la estatua en oro puro de un rey venerable. El rey habló y le preguntó: ¿De dónde vienes? De la sima donde habita el oro, contestó la serpiente —se sabe desde siempre que las serpientes hablan y pueden ser muy convincentes—. ¿Qué es más precioso que el oro?, preguntó el rey. La luz, respondió la serpiente. ¿Qué es más bello que la luz?, preguntó aquél. La palabra, respondió la serpiente.
Entreverados con las palabras andan los sueños, todos complicados, hermosos y sutiles. Chuang-Tzu, filósofo chino, soñó un día que era una mariposa y fue feliz, batiendo sus hermosas alas, disfrutando el capricho y la libertad de los vuelos, sin recordar nada de su naturaleza de hombre. Hasta que despertó y comprobó que era Chuang-Tzu. Y ya nunca supo, si era un hombre que había soñado ser una mariposa, o una mariposa que soñaba que era un hombre.
Samuel Taylor Coleridge imaginó un avatar que se ha hecho famoso: Si un hombre llegara al Paraíso en un sueño y le dieran una flor, como prueba de que había estado allí, y al despertar encontrara esa flor en su mano..., entonces, ¿todo sería un sueño o sería una realidad?
Con palabras y sueños —y atento al vuelo raudo del tiempo, tan implacable en mi relato como en nuestras vidas— he tejido mi historia. Confieso que no estoy seguro de haber manejado, a mi capricho y con absoluta potestad, a los personajes que iba imaginando, que pronto empezaron a vivir con propio discernimiento y voluntad, imponiendo sus criterios y sus deseos. Eso me los ha hecho más reales, más queridos. Es ya la última razón por la que escribo: para refugiarme en unos personajes singulares y libres, a los que llego a amar sinceramente. Ellos me dan la ilusión de que la vida no es tan ramplona como parece a veces.
Y ahora, silencio, por favor, va a comenzar la función.
           El autor

19 de noviembre de 2016

Sobre la elusiva, difícil o imposible justicia


La justicia perfecta quizá nunca sea alcanzable entre los hombres. No siempre pensé así. Hace apenas unos sesenta años, antes de que naufragaran bastantes de mis ilusiones y esperanzas respecto a la realidad, escribí: Es joven el que cree que en el mundo aletea, más o menos recóndita, la justicia; era yo entonces ingenuo y optimista. Pero aun hoy, sigo pensando que la mayoría de los seres humanos siente el anhelo, la necesidad de justicia.
Mis lecturas pueden enmarañarse y desembocar a veces en temas singulares. El de la entrada de hoy surgió leyendo algo de Ortega, que me remitió al granadino Jerónimo de Barrionuevo de Peralta, poeta, dramaturgo y gacetillero del siglo XVII. Estudió en Alcalá y Salamanca y tuvo una juventud turbulenta; después se sosegó y ya en 1622 era tesorero en la catedral de Sigüenza. Compuso casi mil poemas de muy variados estilos y contenido, y hasta cinco comedias. Vivió luego en Madrid, desde donde escribió cartas al Deán de Zaragoza, conservadas en el manuscrito 2397 de la Biblioteca Nacional, en las que da información valiosa sobre los usos y costumbres de la villa, sus fiestas, celebraciones y supersticiones. Fueron impresas en 1892 por A. Paz y Melia, como Avisos de Jerónimo Barrionuevo (1654-1658) y hay ediciones posteriores. Allí encontré lo que contaré al final; ahora me permitiré un breve exordio sobre el ansia, la inquietud humana por la justicia.
Fra Luca Pacioli, nacido en 1445, enseñó matemáticas en diversas ciudades de Italia, hasta llegar a Milán, a la corte de Ludovico Sforza el Moro, donde coincidió con Leonardo da Vinci, ilustrador de su De divina proportione (Venecia, 1509). Pero el libro más importante del fraile fue la Summa de Arithmetica, Geometria, Proportioni e proportionalitá, publicado en Venecia, en 1494 y muy estudiado en toda Italia. En dicho libro, se recoge un problema del reparto justo de las apuestas, en caso de interrupción del juego, que había obsesionado a generaciones enteras. Esta indagación y el de la equidad de cualquier apuesta, fueron los dos pilares sobre los que se levantó buena parte de la moderna teoría de la probabilidad.
El caso de Pacioli es: Dos jugadores, A y B, juegan a la pelota y apuestan sobre quién será el ganador en seis juegos. Un imprevisto obliga a interrumpir la partida, cuando A gana cinco juegos y B tres. ¿Cómo se ha de dividir la cantidad apostada, para hacerlo en justicia? Pacioli dice que en 5 y 3 partes del total, como los juegos que han ganado los contendientes. Niccolo Fontana, el Tartaglia, más de medio siglo más tarde, en su Trattato di numeri et misure, publicado de 1556 a 1560, sugiere que, puesto que para ganar hacen falta seis juegos y A lleva a B una ventaja de dos (la tercera parte) es justo que, además de su apuesta, se lleve la tercera parte de la de B; o sea, cuatro partes para A y dos partes para B. Transcurrieron casi cien años hasta que Pascal y Fermat, llegaron a la solución ‘correcta’ de repartir en razón de 7 a 1. Para ello, consideran todas las alternativas posibles, si no hubiera suspensión y se continuara el juego; o sea, la posibilidad de que A gane el juego que le falta, frente a la de que B gane tres juegos seguidos. Deducen así el reparto justo de lo apostado. Esto es sólo correcto, lector, asumiendo la equiprobabilidad de ganar cada juego para los dos jugadores.
Resumo ahora lo leído en Barrionuevo. Cuenta este que prendieron a un hombre que abofeteaba a una mujer y los dos fueron llevados a la cárcel. El hombre se explicó: Señores, soy casado, con seis hijos. Salí desesperado de casa, por no poderlos sustentar, y esta mujer me llamó y me ofreció un doblón de á cuatro si condescendía con ella y la despicaba (desahogar, satisfacer, DRAE); un escudo de oro el precio de cada ofensa a Dios. Gané tres, desmayando al cuarto de flaqueza y hambre. Quísome quitar el doblón y no pudo, y á las voces llegó este alguacil que está presente, y tuvo mejores manos para hacerlo. Suplico á V. S. diga ahora ella si esto es verdad ó mentira. La cual allí en público dijo ser todo así, y visto por la Sala, in continenti la hicieron volver el doblón de á cuatro al hombre, al que le echaron libre y sin costas la puerta afuera; y á ella la mandaron tornar a su encierro para quitarla el rijo con algunos días de pan y agua.
Analizar la equidad y justicia de esta resolución es más fácil que en el caso del juego. No se habla del tiempo concedido al varón para su tarea, pero se entiende que fue breve, que el hombre tendría urgencia en volver a su casa y dar de comer a la prole. Se entiende también que la dama no sería una beldad, al tener que recurrir al pago por el encargo; aunque sí honrada, que se ratificó en lo acordado con el caballero. Considerando que tres desfogues parecen suficientes y no tan distantes de los cuatro apalabrados, juzgo pertinente la decisión de los jueces. Eso, sin contar que la calidad cuenta muchas veces más que la cantidad. De la calidad no se habla, aunque se supone buena por solicitar la mujer con vehemencia la cuarta función. En fin, la sentencia me parece imparcial y justa.

12 de noviembre de 2016

El cuadrado SATOR


Dije en mi entrada anterior que pretendía hablar de los criptogramas de letras o literales, que no son tan abundantes como los numéricos y no tienen la riqueza y variedad de propiedades de estos —el más conocido quizá es el llamado cuadrado Sator, que muestro al final—. Ambos tipos tienen cierta relación con los palíndromos. Se conoce como palíndromo a un conjunto de letras o números que se leen lo mismo hacia adelante que hacia atrás. En el caso de números, tales cifras son llamadas capicúas. De los de letras, quizá el más conocido es el de Dábale arroz a la zorra el abad, con la variante menos popular de Adán dábale arroz a la zorra; el abad, nada.
Diferentes, aunque parecidos son los anagramas, en los que parejas de palabras tienen las mismas letras en diferente orden, como norte y tenor, o losa y olas. La primera pareja cumple un requisito que no cumple la segunda, si se consideran las sílabas: forman la misma palabra. Todos estos juegos representan diversas maneras de las muchas que existen para perder el tiempo. Pero tienen historia y se les ha supuesto en ocasiones poderes mágicos, por lo que las consideramos aquí.
El cuadrado Sator, considerado en conjunto, completo, es un palíndromo; no lo es si miramos las filas o columnas aisladamente. Si se empieza en el ángulo superior izquierda y se leen sucesivamente las filas, resulta: Sator arepo tenet opera rotas. Lo mismo ocurre si se leen las columnas. Y también, si se comienza en el ángulo inferior derecho y se leen las filas (hacia la izquierda) y las columnas ( hacia arriba).
¿Y qué?, puede que te preguntes, lector, con toda razón. Pues no mucho, la verdad. Son palabras latinas, excepto arepo, que no existe en dicha lengua, cuya traducción es complicada, confusa y banal: El sembrador Arepo mantiene diestramente las ruedas, con lo que quizá se aludiría a una probable tarea agrícola. Y sin embargo, y aquí reside el atractivo de todos los esoterismos, especialmente para ciertas mentes, algunos pretenden que el cuadrado esconde el secreto hermético de la cuadratura del círculo. Nada menos.
El cuadrado se ha descubierto en muchos sitios arqueológicos de Europa: en ruinas romanas de Inglaterra, en una de las paredes de la catedral de Siena, en Rochemaure (Francia), etc.; incluso, leo, en Santiago de Compostela. El más antiguo fue encontrado en las excavaciones de Pompeya, en 1925, esculpido en una columna de un gimnasio. Dado que se presenta en bastantes iglesias de la época medieval, e identificando al sembrador como el Creador, también se le ha dado una significación cristiana, con el sentido de: El Creador, autor de todas las cosas, mantiene con destreza sus propias obras. De hecho, con las veinticinco letras que lo forman (5x5), se puede formar una cruz con las palabras PATERNOSTER cruzándose perpendicularmente, en sentido vertical y horizontal, con la N en el centro común. Sobran dos A y dos O, que ocuparían los cuadrantes que quedan fuera de los brazos de la cruz y corresponderían a las alfa y omega griegas, representando el principio y el fin. Se trataría de una crux dissimulata, utilizada por los primeros y perseguidos cristianos. Con esta interpretación no están de acuerdo todos los estudiosos. Vaya, menos mal.
Más probablemente, en mi entender, este cuadrado, como tantas otras fórmulas mágicas, sería uno más de los objetos apotropaicos —destinados a prevenir y proteger a los poseedores contra las mil calamidades que nos acechan constantemente—, presentes en rituales y supersticiones de todas las edades y culturas, propuestos para garantizar nuestra salud y bienestar y que no han funcionado demasiado bien nunca. Digo yo, me parece a mí.

6 de noviembre de 2016

Sobre los criptogramas numéricos


Recién nacido este blog, en mi entrada del seis de diciembre de 2013 mencioné el cuadrado o escudo con dieciséis casillas —esculpido en la fachada de la Pasión de la Sagrada Familia de Barcelona, obra del escultor José María Subirachs—, en las que hay números con una particularidad: sumando las filas, las columnas o las dos diagonales principales, se obtiene siempre la cifra 33. Señalé entonces que en un libro del jesuita alemán del siglo XVII, Atanasio Kircher, ya aparecen estos criptogramas y se afirma que fueron ideados por los “sabios antiguos”, sin mayores precisiones.
En este de la Sagrada Familia los números no son correlativos y dos de ellos se repiten, con objeto de que la suma sea 33, la edad de Cristo. Trabajo quizá innecesario, puesto que nadie sabe con certeza la edad a la que murió Cristo y muchos cristólogos postulan que debió de ser más bien con 36 o incluso 39 años, basándose en datos históricos y astronómicos, relacionados con las reglas por las que se regía la celebración de la Pascua judía. En el cuadrado mágico clásico de dieciséis casillas los números sí son correlativos y la suma de filas, columnas y diagonales es 34, no 33
Así es el que figura en el célebre grabado Melancolía I, de Alberto Durero (ver foto), donde otras combinaciones de casillas también suman 34 (las cuatro centrales, las de las esquinas, etc.); las centrales de la última fila dan el año en que se compuso el grabado: 1514. Este cuadrado 4x4, de dieciséis casillas, es el llamado sello de Júpiter. El de 3x3 es el consagrado a Saturno. Los sucesivos, a partir del 5x5, están dedicados a Marte, el Sol, Venus, Mercurio y la Luna, como recoge Cornelius Agrippa en De oculta philosophia libri tres, de 1533.
Para concretar lo de los “sabios antiguos” de Kircher, contaré que estos cuadrados mágicos ya se conocían en China desde el tercer milenio a. C. Según la leyenda Lo Shu, el río Lo se desbordó y los pobladores de la zona hicieron ofrendas al dios del río para calmarlo —algo malo habrían hecho—, pero una tortuga que andaba por allí se acercaba a ellas y las rechazaba. Hasta que un niño se dio cuenta de que en su caparazón estaba marcado el sello de nueve casillas, con sus números que suman 15. Se tuvo esto en cuenta y se remansaron las aguas. Mano de santo. Los dioses son caprichosos muchas veces.
Empecé esta entrada porque quería completar lo ya escrito sobre los criptogramas numéricos y hablar de los de letras; lo haré en la próxima. Dan menos juego que los de números y para confirmarlo añado un curioso criptograma de nueve casillas, de números no correlativos. Con las reglas ya conocidas, la suma es 369. Curiosamente, si se suma el número de letras que componen los nombres de dichas cifras en castellano (noventa y tres, son 12 letras, etc.) —están en el cuadrado inferior—, esa suma, con las mismas reglas, es también constante: 48. Esto ya es apotropaico, es pura magia, y tiene que servir para algo: para no morir nunca —qué horrible—, para tener éxito con las mujeres…, no sé. Cuando lo sepa bien, lector, te lo haré saber, que no soy tan egoísta.

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1 de noviembre de 2016

Citas que hacen pensar


Terminaron mis entradas sobre la seducción y ahora, como otras veces, trato de escribir una, corta y sencilla, cosa no tan fácil para mí. Como afirma Horacio en su Ars Poetica, “brevis esse laboro, obscurus fio”: trato de ser breve y resulto oscuro. Quiero compartir con mis lectores citas, algunas recientes, surgidas o evocadas de manera un tanto casual y que tienen una cualidad común, que comentaré enseguida.
Recurrimos a las citas con frecuencia —yo acabo de hacerlo—, en muy diferentes circunstancias. A veces somos capaces de identificar con exactitud el origen, la fuente; otras veces, lo hacemos de manera menos formal, utilizando nexos narrativos como “alguien ha escrito, un amigo mío dice”, etc. Hay muchos libros de citas, en todos los idiomas. Me permitiré recomendar uno, The Oxford Dictionary of Quotations.
He agrupado estas citas, porque son thought-provoking, hacen pensar —en otras se busca la belleza en la expresión, la agudeza, la ironía, etc.— La primera la encuentro en un breve ensayo científico y remite a una obra de Italo Calvino, Las ciudades invisibles. Allí se cuenta una lúcida conversación entre Marco Polo y Kublai Kan, que resumiré. Marco Polo describe las piedras de un puente: ¿Pero cuál es la piedra que sostiene el puente?, pregunta Kublai Kan. El puente no está sostenido por esta piedra o aquella, responde Marco, sino por la línea del arco que ellas forman. Kublai Kan permanece silencioso, reflexionando, y añade: ¿Por qué me hablas de las piedras? Lo único que me importa es el arco. Marco responde: Sin piedras, no hay arco.
Hablé hace poco de un seductor, François Mitterrand. En su obra L’abeille et l’architecte, hay una cita de Karl Marx, cuyo análisis es interesante: L’abeille confond par la structure de ses cellules de cire l’habilité de plus d’un architecte. Mais ce qui distingue dès l’abord le plus mauvais architecte de l’abeille la plus experte, c’est qu’il a construit la cellule dans sa tête avant de la construire dans la ruche. La abeja confunde por la estructura de sus celdas de cera a más de un arquitecto. Pero lo que distingue desde el principio al peor arquitecto de la abeja más experta es que aquel construye la celda en su cabeza antes de construirla en la colmena.
Recogí recientemente una cita de Lope de Vega: “La verdadera fama es ser bueno”, idea con la que ahora, después de una vida ya algo larga, no puedo estar más de acuerdo. Creo, lector, que todo lo demás no importa o importa muy poco. Algo de análogo porte dice don Quijote, por boca de Cervantes —o al revés, que no es fácil decidirse en esto—, con unas palabras muy citadas de siempre: “ningún hombre es más que otro si no ha hecho más que otro”. Años atrás escribí sobre esto: Para mí, ni siquiera cuando un hombre ha hecho más que otro podría decirse, en justicia, que es más que otro. Es muy difícil valorar y justipreciar lo que cada uno de nosotros hace. Además, puestos a matizar o transigir, estaría más dispuesto a suscribir que quizá un hombre es más que otro si es más honrado que otro, si es más justo que otro, si es más bueno que otro. Me acerqué mucho entonces a lo que había sentenciado Lope cuatrocientos años antes.
Una última cita más, muy breve, de la gran actriz Bette Davis, que murió con 81 años: Old age is not for sissies, la vejez no es para blandengues. Y acabo esta entrada, para no alargarme y cumplir mi propósito. Téngase en cuenta que parte de lo escrito es traducción. Si no traduzco, una parte de mis lectores podría perderse. Y, por supuesto, no elucubro nada sobre el contenido de las citas. Esa sensación de que son máximas que invitan a pensar, que ‘tienen su miga’, espero que surja entre quienes me leen, sin necesidad de ninguna explicación o exégesis mía. Si no es así, hemos perdido el tiempo, ellos y yo. No creo que suceda; en cualquier caso, tenía que intentarlo.

26 de octubre de 2016

La seducción y sus imperfecciones


Quería terminar ya las entradas dedicadas a la seducción, sus encantos y sus peligros; tengo demasiada tarea en el telar y hay que aliviar. Algo me ha hecho desviarme de mi propósito: hoy, veintiséis de octubre, hace cien años, nació en Jarnac, en la Charente francesa, François Mitterrand, otro gran seductor. También acaban de publicarse (Gallimard, Lettres à Anne) las cartas que escribió a Anne Pingeot, la más asidua de sus amantes, con la que tuvo una hija, Mazarine,
La seducción es un fenómeno transversal; se da entre individuos de cualquier edad, sexo y condición. Cuando cristaliza entre personas de distinto sexo, en situación de libertad —también sin libertad alguna, según los criterios más estrictos— conduce muy directamente al amor. Por eso en mis entradas anteriores hablé de esa ‘patología’ del alma, el amor. Creer que un cielo en un infierno cabe, / dar la vida y el alma a un desengaño; / esto es amor, quien lo probó lo sabe. Esto ocurrió entre Mitterrand, diputado entonces por Nièvre, y una mujer mucho más joven, una muchacha, Anne Pingeot. Fue en 1962, él tenía 46 años, ella 19, una fruslería para estos  asuntos.
Mitterrand, casado desde 1944 con Danielle Gouze —él tenía veintiocho años, ella veinte—, se reservaba una amplia libertad sentimental y sexual. Danielle sufrió atrozmente de justificados celos hasta 1958 cuando, de repente, como a veces ocurren estas cosas, debió de entender que el juego galante no era un patrimonio exclusivamente masculino y entabló una relación duradera con un profesor de gimnasia doce años más joven. Fue antes de que su marido encontrara a Anne, pero ya con otras amantes. Mitterrand era inteligente, culto y atrevido, una mala combinación en un hombre y también en una mujer. Se contaba en Francia que una de las maneras de ‘ligar’ del brillante político, ya una figura pública, consistía en pasear distraídamente por la calle leyendo un periódico, pero muy atento a las viandantes, a ciertas viandantes. Tropezaba con ellas y algunas le conocían: Oh, Monsieur Mitterrand, vous vous promenez assez follement avec ce journal-là. Mais, en fin, je m’excuse de vous avoir interrompu. Puis-je faire quelque chose pour vous? Él sabía cómo responder a esa pregunta, ese es siempre el secreto. Aunque puede que tales historias nunca fueran verdad.
Estos juegos de seducción aparecen como un cuento feliz, un delicioso vals interminable. Ya mostré los peligros. No soy en un mojigato, pero creo que en estas componendas late muchas veces el desencanto y el puro sufrimiento. En las Cartas a Anne hay referencias a la tristeza de ella, que se sentía sola, desamparada, engañada. En la relación, su única exigencia rotunda, al llegar a los treinta años, fue tener un hijo; se lo planteó a Mitterrand, amenazándole con romper, y este accedió. En 1974 nació una niña, Mazarine. “Fue el único regalo que me hizo”, dijo una vez Anne.
Esta hija, profesora de Filosofía y escritora, cuenta detalles de la madre seducida y de la vida de ambas, en dos novelas autobiográficas, Bouche cousue (Boca cosida) y Bon petit soldat (Buen soldadito): “Mi madre y yo vivíamos aisladas del mundo, en un siniestro apartamento oficial, un lugar protegido, neutro, un refugio que era también una prisión, con la presencia permanente de gendarmes”. Mazarine Pingeot se unió al productor de cine Mohamed Ulad-Mohand, con el que tuvo tres hijos y del que se separó en 2013. Se unió después al diplomático francés Didier Le Bret.
Como Lope de Vega, Mitterrand tuvo algún tiempo dos hogares, lo que puede considerarse un tormento extremadamente refinado. El matrimonio con Danielle se mantuvo y los dos hijos del mismo lo toleraron bien: “Mi padre siempre vivió con nosotros en la calle Bièvre, tenía su habitación, venía a cenar todos los domingos, le veíamos regularmente. Nunca, ni mi hermano ni yo, tuvimos la sensación de que existieran problemas entre nuestros padres”, comentó en una ocasión el primogénito, Jean-Christophe. El amante de Danielle vivía también en el domicilio familiar, en la Rue de Bièvre. Era muy querido por los hijos a los que llevaba a nadar y montar a caballo y se llevaba bien con François Mitterrand, con quien solía desayunar. Un poco complicado todo, ¿no? Claro que todo se puede perdonar en el amor, pensarán algunos. El amor nos enloquece, estamos indefensos frente a él. Una indefensión relativa, añado yo. Mientras Anne Pingeot estaba embarazada de Mazarine, Mitterrand tuvo un romance con una periodista francesa. Todo esto recuerda la figura de otro político francés rigurosamente contemporáneo, ¿verdad? Es siempre el amor.

23 de octubre de 2016

Lope Félix de Vega Carpio, un gran seductor (3 de 3)

No era la felicidad completa, claro, ¿dónde se esconde la rara flor que la produce? Por entonces, Marta, antes de marchar Marcela al convento, empieza a perder la vista y hacia 1628 tiene fases de profunda melancolía y accesos de furia en la que llega a desgarrar sus vestidos. ¿Quién creyera que tanta mansedumbre / en tan subida furia prorrumpiera?, canta Lope en sus versos. La pobre mujer murió en la casa de Francos, en 1632, con algo más de cuarenta años. Lope ha seguido escribiendo en medio del infortunio. En su Égloga a Claudio se halla el conocido fragmento en el que Lope afirma haber escrito más de 1500 fábulas y se jacta de su rapidez componiendo: pues más de ciento, en horas veinticuatro, / pasaron de las musas al teatro. Es doloroso comprobar que en esa época Lope y su familia pasan estrecheces, viven en verdadera pobreza, sin que le valgan las súplicas al Duque de Sessa, al que mendigan ropas, dinero y sustento, que en muchas ocasiones no viene. Aparte de otros testimonios, el propio poeta dice: “Pobre casa, igual mesa y un huertecillo cuyas flores me divierten cuidados y me dan conceptos”. Y esto lo cuenta el Fénix de los Ingenios. ¡De qué clase de injusticia está hecha la vida, que se acerca en muchas ocasiones a la perfección total!
Tras la muerte de Marta, la soledad va arrinconando poco a poco a Lope. En 1633 su hija Feliciana casa y deja el hogar. Al año siguiente se conoce la muerte en naufragio del único hijo vivo, Lope Félix, en los mares de Venezuela. Incluso así, el poeta es capaz de escribir una comedia tan deliciosa como Las bizarrías de Belisa, llena de sorpresas y trampas. ¡Qué poder tiene el arte para sustraerse a la realidad y embellecer la vida! Sin embargo, cuenta su biógrafo Montalbán que Lope vivía ya en un estado de melancolía continua. El golpe final es el rapto, la seducción de su hija Antonia Clara, la que tuvo con Marta de Nevares. Esta jugada del destino es la que me ha hecho escribir estas entradas, para mostrar el lado triste y terrible de la seducción. La seducción, con su aura triunfal y gozosa para el seductor, ese aroma estúpido que embriaga a don Juan Tenorio y a los Tenorios de baratillo, puede representar también el dolor sin paliativos para el seducido y su entorno. Sólo cuando las seducciones son mutuas y calmas pueden desembocar en ese mal menor que es el matrimonio. Lector, no me tomes siempre en serio, ad pédem litterae
Antonia Clara tenía diecisiete años cuando fue raptada. Lope lo cuenta en su égloga Filis, de 1635, publicada después de su muerte. Un  día regresó el poeta a su casa y encontró junto a una de sus rejas a un gallardo mozo que salió corriendo al verle. Descubrió después que el rondador era persona pendenciera y con muchas historias de amor y abandono. Insistió con su hija para que lo dejara, la llegó a amenazar con internarla en el convento de las Trinitarias, donde estaba su hermana. Era uno de esos amores de adolescentes rebeldes a los consejos y las razones. La hija terminó huyendo con el raptor, dejando a Lope en la desesperación. Los historiadores especularon mucho sobre la identidad del seductor, sugiriendo diversos nombres, todos del ámbito de la nobleza. Finalmente, el crítico y académico González de Amezúa lo identificó; fue Cristóbal Tenorio, protegido de Olivares y ayuda de cámara del rey Felipe IV.
El otrora burlador resultó burlado. Lope fue víctima de lo que tantas veces lo tuvo a él como victimario. Cayó desde entonces en la más profunda depresión. Antonia Clara, la última de las hijas, la pequeña de la casa, le hacía de secretaria, era habilidosa para las letras, alegre y muy hermosa. Lope, raptor en su juventud y madurez, padeció el mismo turbio sobresalto al final de su vida. Antonia Clara murió soltera en 1664, en la casa de la calle de Francos, donde había vivido, propiedad entonces de un nieto de Lope. 
Para Lope, el rapto de su hija fue un golpe que no pudo soportar. El 25 de agosto de 1935 dijo su misa en el oratorio y regó su huerto. Al día siguiente hizo testamento y recibió los Sacramentos. Le dijo a su amigo y biógrafo Montalbán, tantas veces mencionado: “La verdadera fama es ser bueno”. ¡Qué lema más sencillo, qué verdadero! El lunes 27 murió. Todo Madrid participó en el dolor de su muerte. Las honras fúnebres duraron nueve días. Lope durante su vida saboreó la fama, la gloria, el triunfo. Se decía que había gentes que venían desde el extranjero sólo para comprobar si era hombre de carne y hueso. La popularidad de Lope hay que buscarla, sobre todo, en el pueblo llano, que llenaba sus espectáculos. Fama de la calle, la que corre de boca en boca. Circulaba una versión del Credo —llegó a llamar la atención de la Inquisición—, que decía: Creo en Lope todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra... Pero al final, cuando uno sabe de verdad de qué va la vida, el poeta sentenció: “La verdadera fama es ser bueno”.

18 de octubre de 2016

Lope Félix de Vega Carpio, un gran seductor (2 de 3)


En 1599 Lope vuelve a Valencia, acompañando al marqués de Sarriá, que va en el séquito del rey Felipe III. Lope es ya el Fénix de los Ingenios y es conocido y alabado en todas partes. En su obra Las fiestas de Denia, de ese mismo año, hay una alusión a Micaela de Luján; su relación se hace más estrecha en los primeros años del siglo XVII, hasta 1608. Micaela era comedianta, casada con Diego Díaz, residente en el Perú desde 1596, donde murió en 1603. En 1604 Micaela reclama la tutela de siete hijos, los dos más jóvenes del difunto Diego Díaz y los otros cinco de Lope. Al año siguiente tuvieron otra hija, Marcela, la preferida de Lope, y en 1607 un niño, Lope Félix de Vega Carpio, Lope el Mozo. Lope tiene dos hogares simultáneamente, el de Juana de Guardo (ella no muere hasta 1613) y el de Micaela, radicados por algún tiempo en Toledo, Sevilla o Madrid. A partir de 1608, Micaela y Lope se separan y ella no aparece más en la vida del dramaturgo. De sus hijos en común, sólo Marcela y Lope Félix llegaron a adultos.
Lope se reintegra al hogar legítimo y es ya Familiar del Santo Oficio. En 1610 compra una casa en la calle de Francos (hoy calle de Cervantes), con un pequeño huerto; en el dintel de la puerta hay grabada una leyenda: Parva propria, magna; magna aliena, parva. Lo pequeño propio es grande; lo grande ajeno, pequeño. Aquí vivió ya siempre y aquí murió. Tiene ahora cuarenta y ocho años, los amoríos y devaneos quedan, quizá, sólo para la literatura. Trabaja sin descanso y aquí nacieron obras tan destacadas como La dama boba, El perro del hortelano, El acero de Madrid, El Caballero de Olmedo, El castigo sin venganza, Fuenteovejuna; en esa casa surgieron en pocos años los radicales cambios que dan lugar al teatro del Renacimiento español. La paz, el sosiego llegan, parece que para quedarse. Lope está en su madurez, en el principio tal vez de su declinar.
1613 viene cargado de malaventuras. En el verano, su hijo Carlos Félix, de siete años, enferma de calenturas y muere. Su madre, Juana de Guardo, muere pocos meses después de consecuencias de un parto, el de una niña, Feliciana, que sobrevive. Lope se siente solo y se trae a la casa los hijos vivos habidos con Micaela: Marcela, que vivió con él hasta profesar en las Trinitarias en 1622 y Lope Félix, que en 1621 se alistó en el ejército que mandaba el marqués de Santa Cruz. Mucho más tarde marchó a Isla Margarita, en Venezuela, en busca de perlas. El barco naufragó y Lope Félix murió poco antes de la muerte de su padre.
Verdaderamente, 1613 fue un annus horribilis. Pero hay que seguir, y esto, en Lope, significa volver a los galanteos, a las seducciones. Tiene una relación fugaz con Jerónima Burgos, una comedianta antigua amiga. Sin embargo, un año más tarde decide acogerse al siempre seguro puerto de la Iglesia y ordenarse. Tiene ya cincuenta y cuatro años y empiezan a germinar en él las primeras sombras del desencanto, la sutil e imparable melancolía de los años, la insidiosa fatiga del vivir. Tras ingresar antes en algunas congregaciones piadosas, marcha a Toledo para recibir las sagradas órdenes, lo que ocurre el 24 de mayo de 1614, oficiando su primera misa en el Convento de Carmelitas Descalzos. Es ahora secretario del duque de Sessa, para quien escribe cartas de amor, lo que le prohíbe más tarde su confesor, fray Martín.
Y otra vez, pese a su condición eclesiástica, la pasión irrefrenable, el gran amor, con Marta de Nevares, refinada y culta, que tiene sólo veintiséis años, casada contra su voluntad cuando tenía trece con un hombre de negocios, Roque Hernández de Ayala. Nadie sabe lo que puede suponer un amor así en el corazón de un ‘viejo’, casi treinta años mayor. Un cura de 54 años, muy capaz de tener un último hijo: una niña, Antonia Clara, en agosto de 1617. El marido de Marta sospechó, hubo pleito y ella quiso divorciarse. Roque quiso quedarse con la niña y sólo su inesperada muerte vino a resolver la situación.
Lope sabe que es su último amor y está más enamorado que nunca. En la égloga Amarilis cuenta con detalle su pasión y se encuentra rejuvenecido y animoso. A veces, desgraciadamente, esa persona hecha para comprendernos y completarnos, la mujer ideal de cada uno, no llega en toda la vida o, como aquí, llega muy tarde. Lope sigue publicando y en la edición sexta de El peregrino, la de 1618 , añade 114 títulos a las 230 comedias de la edición de Sevilla, de 1604. En 1621 Marcela ingresa en el convento de las Trinitarias, en donde profesa al año siguiente. Lope tiene ya casi sesenta años y vive feliz en su casa de la calle de Francos, en la que reúne los hijos habidos con tres de las mujeres de su vida: Micaela de Luján, Juana de Guardo y Marta de Nevares.

13 de octubre de 2016

Lope Félix de Vega Carpio, un gran seductor (1 de 3)


Hablaba en mi entrada anterior de la seducción y sus peligros, de los problemas y tristezas que pueden asociársele. El asunto me hizo recordar a un gran seductor, un hombre excepcional, un “monstruo de la naturaleza”, como fue llamado por Cervantes, que sedujo a muchas mujeres y que también sufrió al final de su vida, como un castigo, las amarguras de la seducción. Me refiero, claro, a Lope Félix de Vega Carpio.
El padre, Felix de Vega Carpio, maestro bordador de oficio, provenía del valle santanderino de Carriedo y cuando Felipe II estableció la Corte en Madrid vino a la ciudad y se instaló en la calle Mayor. Lope nació el 25 de noviembre de 1562 y siguieron una hermana y un hermano, Juan —en total eran cinco—, que acompañó a Lope en la expedición naval contra Inglaterra de 1588 (la Armada Invencible), de donde no volvió. El padre murió cuando Lope tenía dieciséis años.
Me detendré en su poder de seducción sobre las mujeres. Aparte de sus dos esposas, tuvo numerosas amantes, en número no determinado, y unos catorce hijos, sin poder concretar la cifra tampoco. Sólo cuatro sobrepasaron la infancia, un varón y tres hembras. Naturalmente, hay que señalar que también supo seducir a la nobleza y al pueblo con su genio poético, con su teatro y con sus versos; estaba bien dotado para seducir, simplemente. Trataré de simplificar el complicado enredo de sus amoríos.
Diré antes que Lope fue un niño prodigio. Según su primer biógrafo, Juan Pérez de Montalbán, dramaturgo también y amigo suyo, “de cinco años leía en romance y en latín; y era tanta su inclinación a los versos, que, mientras no supo escribir, repartía su almuerzo con los otros mayores para que le escribiesen lo que él dictaba”. El propio Lope desvela, en su Arte nuevo de hacer comedias, la precocidad de su afición a escribir piezas de teatro: Y yo las escribí de once y doce años, de a cuatro actos, y de a cuatro pliegos, porque cada acto un pliego contenía.
Es imposible resumir en sólo tres entradas la rica, tumultuosa y prolífera vida de Lope y hablaré sobre todo, como ya indiqué, de su relación con las mujeres. En 1583, a la vuelta de una expedición militar a las Azores, en la que participó bajo el mandato de don Álvaro de Bazán, se enamoró perdidamente de Elena Osorio, casada, aunque con el marido muy lejos, en tierras americanas, a la que oculta en sus versos bajo el nombre de Filis. Una canción, incluida en el Romancero general (1604) empieza: Divina Filis mía, / no basta lengua humana / para poder loarte por entero. La poca discreción de estos amores hizo que la familia de ella iniciara un proceso legal contra el poeta, que fue condenado a destierro, ocho años de la Corte y dos años del Reino de Castilla. Lope tenía entonces veinte y pocos años, no la mejor edad para ser sensato.
Fuera de Madrid, cumpliendo el destierro, decide raptar a una mujer ‘principal’, Isabel de Urbina Alderete y Cortinas (Belisa en sus obras). La familia denunció a Lope, pero después perdonó y este, que no puede entrar en Madrid, se casa por poderes en la parroquia de San Ginés, el 10 de mayo de 1588. Es su primera esposa. El 29 de ese mes se alista voluntario, con su hermano Juan, en la Armada Invencible, en Lisboa, donde tuvo algún amorío. Regresa de la expedición a finales de año y, como sigue su pena de destierro, se reúne con su esposa en Toledo, para marchar enseguida a Valencia.
Felicidad y gran éxito allí, entre los dramaturgos locales y el público valenciano. En 1590, extinguido el tiempo de destierro de Castilla, Lope viene a Toledo, donde se hace secretario del Duque de Alba y vive temporadas en Alba de Tormes, en la corte ducal. Son años tranquilos y, dada la proximidad de Salamanca, es probable que asistiera a algún curso en su Universidad. Pero las felicidades son siempre frágiles. La pareja tiene dos hijos, que mueren de niños. En el segundo parto muere la madre, en 1594. Un año más tarde se le levanta el destierro y Lope puede volver a la Corte.
En 1596 se empieza un proceso contra él, por amancebamiento con una rica y  hermosa viuda, doña Antonia Trillo. También por este tiempo escribe sonetos dirigidos a Camila Lucinda, la hermosa Micaela de Luján en la realidad. Sin embargo, es otra mujer la que lo lleva al altar, el 25 de abril de 1598, en la iglesia madrileña de Santa Cruz. Se trata de Juana de Guardo, hija de un rico carnicero que abastecía los mercados de Madrid. Llevaba una dote de veintidós mil reales de plata, pero esta no se hizo efectiva nunca y Lope tampoco la reclamó. No fue una unión por interés. En ese año es ya secretario del marqués de Sarriá, el futuro conde de Lemos. Este matrimonio de Lope acabó con la muerte de Juana en 1613 y sólo uno de los cuatro hijos habidos, una mujer, Feliciana, llegó a la edad adulta.