2 de febrero de 2017

In memóriam: Bernardo Cano Hueso (1 de 2)


Queridos lectores, hace sólo dos semanas de mi última entrada y ya veis que estoy aquí de nuevo, por diversas razones. Una es porque algunos de vosotros me habéis enviado cariñosos mensajes que me hacen pensar que quizá mi blog logró algo de lo que yo pretendía. En inglés, alguien, que lee español con cierta dificultad, me escribe: it is with a certain sadness that I read your latest entry of your blog. On those times that I did  manage to read some of your eclectic subjects, invariably, I found them interesting and informative... (Con cierta tristeza leo la última entrada de tu blog. Siempre que pude leer algunos de tus eclécticos temas, invariablemente los encontré interesantes e informativos...). Otro mensaje, en español: la despedida que haces en tu blog me deja un tanto huérfano, aunque tengo la esperanza de que la cosa sea transitoria y que tu amor por la palabra y por contar cosas se imponga al cansancio momentáneo que pareces padecer. Tú necesitas escribir y nosotros necesitamos leerte, es una dependencia enriquecedora y amable… Este último viene de un querido amigo de la niñez, Fernando Hueso, desde Jerez.
Otra razón por la que abandono parcialmente el  blog es porque empezaba a ser una cierta amenaza para mi incurable eleutheromanía. La palabreja no es de las más  corrientes; no la oía yo a menudo por los alrededores de la Plaza de Abastos, en donde transcurrió buena parte de mi feliz infancia ubetense. La dejo así para que la busquéis con Google y os distraigáis haciéndolo. Sí, ya sé que hay cosas más distraídas.
La tercera razón es, con mucho, la más importante: me informan del fallecimiento reciente de Bernardo Cano Hueso, un amigo que emerge con absoluta nitidez del nada nebuloso mundo de mi niñez y adolescencia. Úbeda dejó de ser mi residencia habitual a mis quince años, cuando me vine a estudiar a Madrid, y lo que voy a contar es algo tan corriente y que le pasa a todo el mundo, que no me detendré mucho en ello, pero quiero señalarlo. Recuerdo personas y hechos de entonces con una acuidad que pocas de mis vivencias posteriores tienen. Mucha gente se sorprendería de hasta qué punto quedaron prendidas en mi retina las imágenes de entonces, las gentes de entonces.
Bernardo era de familia humilde, como yo. Trabajaba de dependiente en una mercería situada en lo alto de la calle Real. Yo iba por allí a menudo para verle. Éramos los dos de Acción Católica —numerario él, aspirante yo— y hablábamos del mar y los peces. La cháchara se interrumpía cuando llegaba una clienta, una ‘parroquiana’, y para mí era un placer ver cómo Bernardo la atendía, la asesoraba, la envolvía con su labia y le despachaba lo que quería y puede que hasta lo que no quería. Era divertido asistir a aquellas sencillas transacciones comerciales, que terminaban invariablemente en algún descuento. Todo el mundo quedaba contento, todo el mundo feliz. Qué fácil era todo.
Bernardo era entonces, y me consta que siguió siéndolo toda su vida, hombre de sólidas convicciones cristianas. Tenía unos ocho años más que yo y nos pastoreaba a los aspirantes. Era abordable, a pesar de ser mayor, era vivo, era listo. Era mucho más que eso: era inteligente. Lo era tan obviamente que un buen día alguien con cierta capacidad empresarial se dio cuenta y se lo trajo para Madrid y aquí terminó sus estudios superiores, que había empezado mientras estaba empleado. La buena gente de Úbeda, como era normal en aquel bendito tiempo, enseguida hablaron de sus éxitos en la capital. Seguramente estaban tan felices como él mismo por aquellas venturanzas.
Yo me había venido a Madrid mucho antes de todo eso. Recién llegado le escribí una carta. Era una carta preocupada, triste. Yo tenía quince años, ya lo dije, y de repente me encontré en la gran ciudad, por primera vez solo, sin mi familia, sin amigos de momento. No recordaba ya aquella carta, pero hace unos diez años, me llamaron por teléfono. Era Bernardo. Para decirme que sus hijos o sus nietos le habían regalado un ordenador y se había asomado a Internet. Estaba seguro, me dijo, de que allí encontraría algo de mí y así fue. Me anunció entonces que todavía, después de más de cincuenta años, tenía la carta que le había escrito desde Madrid y que me la enviaría.
¿Cómo se puede guardar tan celosamente, con la incesante mudanza de los tiempos, con las mil vueltas de la vida, con la familia haciéndose y los hijos viniendo, con tantas ocupaciones, con tantos problemas, la carta de un jovenzuelo? La recibí, la leí y no me reconocí en absoluto, porque se me había olvidado ese período difícil y duro de mi existencia, que fue real y bien plasmado en la carta. Hablamos más por teléfono y quise verle. Se negó. Estoy mal, no me encuentro bien —Bernardo tuvo un muy serio accidente de automóvil del que le quedaron secuelas— y no quiero que me veas así. Lo sentí, pero lo entendí, porque yo reaccionaré así, si alguna vez me golpea la vida tan ferozmente como sé que puede hacerlo. Poco después, en una Feria del Libro madrileña, en la caseta en que firmaba mis obras, vinieron dos de sus hijas, pero él no vino. Quizá llevaba razón. Así la imagen que tengo de él, indeleble, es la de aquella tienda de la calle Real, perteneciente a una familia a la que también recuerdo bien.
Me apetecía colar, meter a Bernardo en una obra mía, en mi novela corta Desaparición en el túnel, cuya acción ocurre en Úbeda, y lo hice. Aparece allí un Bernardo ‘cabrero’,ejemplo viviente de honestidad a toda prueba; su formalidad, su decoro, su honradez y su diligencia eran alabadas por todos. Casi cada año, traía un nuevo hijo al mundo y se las apañaba para aumentar también en dos o tres nuevas cabras el rebaño. Cada niño mío trae sus cabras bajo el brazo, Dios provee siempre, decía orgulloso. Era laborioso y cumplidor y jamás dejó de hacer una cosa que fuera un poco urgente, posponiéndola para el día siguiente. Vivía de la manera más sencilla, sin faltar nunca ni a su trabajo ni a las obligaciones religiosas que se imponía y que eran algo más de las normales para un feligrés de a pie.

Nota: Véase la entrada siguiente. No quiero interrumpir estas páginas ni hacer una entrada de tamaño excesivo, inacostumbrado. Por ello, he hecho dos entradas, pero las publico juntas, el mismo día, para que se puedan leer sin solución de continuidad.

17 de enero de 2017

Adiós, ma non troppo


Amigos lectores, yo sé que no todos habréis tenido el tiempo y la paciencia de leer regularmente mis entradas; eso lo entiendo. Pero el hecho de publicarlas, sabiendo que unos pocos de mis amigos las esperaban y las encontraban distraídas, me compensaba el muy razonable esfuerzo de escribirlas. Hay miles de escritores en busca desesperada de lector, pero creo que no soy de los más contumaces.
Esta es una carta de despedida, de adiós. En la literatura y también en la historia hay muchos adioses y partidas. Como el discurso de despedida de Hattusilis I, el rey hitita del siglo XVII a. de C., exhortando a su pueblo a la virtud y la moderación.  Como el adiós y bendición de Moisés a los hijos de Israel (Deuteronomio, 33, 1-29), antes de que estos entraran  en la tierra de Canaán, tierra que Moisés pudo ver pero no hollar con su pie, porque Yahvéh, desde la cumbre del Pisga, frente a Jericó, se la había mostrado y le había dicho: Esta es la tierra que bajo juramento prometí... Te la dejo ver con tus ojos, pero no pasarás a ella (Deuteronomio, 34, 1-4). En cambio, le había permitido vivir ciento veinte años. Muchos de los dioses de los que tengo noticia fueron caprichosos.
Quizá el más popular de los Leader de Goethe lleva por título Willkommen und Abschied (Bienvenida y adiós). Simone de Beauvoir escribió La ceremonia de los adioses, en 1981. El pobre José Rizal escribió en la víspera de su ejecución el estremecedor Último adiós. Está el Adiós a las armas, de Hemingway. El Adiós al mar, del cubano Reinaldo Arenas, que se suicidó, enfermo de sida. Goodbye, Mr. Chips, es del novelista inglés James Hilton —el creador del utópico Shangri-La—, que fue llevada al cine. La novela Goodbye, de William Sansom; el Adiós a María, del polaco Tadeusz Borowski. Raymond Chandler, el creador del detective privado Philip Marlowe, escribió The long goodbye. Hace ya casi un siglo que el portugués Antonio Nobre escribió Despedidas. Milán Kundera escribió, en checo, lo que se tradujo al inglés como Farewell Waltz. Philip Roth escribió Goodbye, Columbus, en 1959. Adiós al nido del pájaro es de un novelista finlandés, Joel Lehtonen, que la escribió en 1934, un poco antes de suicidarse.
Leif Panduro, danés, escribió Adiós, Tomás, y Sarah Millin, la novelista sudafricana, publicó Adiós, querida Inglaterra. El novelista japonés  Dazai Osamu dejó sin terminar, porque se suicidó, la novela titulada escuetamente Adiós. Kathleen Raine escribió Adiós, campos felices. Y Christopher Isherwood fue el autor de Adiós a Berlín. Otro dramaturgo, director y actor, el sudafricano Athol Fugard, escribió algo casi con el mismo título que Goethe, Hello and Goodbye. Por no hablar del Adiós, cordera; del Adiós, de Luis de Castresana; del Adios ríos, adios montes, de Rosalía de Castro. Hay una revista bimestral, editada en Brooklyn, que se llama precisamente Goodbye, en donde se recogen con exquisito cuidado las crónicas de los fallecidos recientes.
Dejo para el final a Jean Bodel, un juglar y dramaturgo francés de finales del XII, que quería ir a la Cuarta Cruzada y no pudo, porque enfermó de lepra y murió en un lazareto. Escribió Les congés (Las despedidas), en 1202. Y también al famoso escritor judío de principios del XII, Jehudah ben Shemuel ha-Levi, que trabajó de médico en Toledo. Escribió una colección de poemas alabando a Sión, y el Sefer ha-Kuzari, cuyo epílogo es una larga despedida de España.
Porque, en efecto, al final de su vida, Jehudah ha-Levi sintió la necesidad de marchar a Jerusalén. Partió de España en 1140 y el tres de mayo de ese año llegó a Alejandría y después a El Cairo. Jamás pudo arribar a Sión; murió al año siguiente, en Egipto. La leyenda, sin embargo, dice que sí llegó y que fue asesinado allí por un musulmán, cuando recitaba sus sentidos cantos a Jerusalén. Quizá algunos recordéis que dicha leyenda fue recogida, entre otros, por el poeta alemán Heinrich Heine, en 1851. Como tantas veces, no se sabe qué es más triste, si la realidad o la leyenda. Bueno, es bello morir cantando. Sí, pero desolador percibir que se muere por la mano de otro.
Dejadme que os cuente otra historia tangencialmente relacionada, extraña, tal vez inexplicable. El poeta provenzal Jaufré Rudel se enamoró tan perdidamente de la princesa siria de Trípoli —y sólo por las alabanzas que de ella habían hecho otros poetas—que se metió a cruzado, atravesó la mar y murió al contemplarla. Moisés no llegó; Jehudah ha-Levi, tampoco. Rudel alcanzó a ver lo deseado y cayó fulminado por su belleza. El mundo está lleno de historias tristes.
En fin, adiós, ma non troppo, porque seguiré por aquí. Queridos lectores, que viváis los años de Moisés, por lo menos. Y que lleguéis siempre a las tierras que ya amáis  o a las que podáis amar todavía.

13 de enero de 2017

Quizá un blog no deba ser eterno


Amigos lectores, he dejado entender más de una vez que todo cansa y eso incluye también a mi blog, aunque lo haya seguido escribiendo; los seres humanos somos así, inconstantes y erráticos, unos más que otros. En cualquier caso, para que no se me puedan aplicar gratuitamente las palabras de un coro de Los claveles, la zarzuela del maestro Serrano —dice que se va, dice que se va, dice que se va y vuelve—, querría desvelar algunos planes inmediatos.
No es que yo piense que exista una gran preocupación entre mis lectores por algo tan sin sustancia como si continúo o no con este cuaderno de bitácora. Pero tengo un especial agradecimiento y respeto por los que me han seguido estos años y me parece oportuno contarles lo que pienso hacer. El blog ha crecido demasiado y hay un solo responsable, que soy yo. Son ya casi mil páginas, calculando por el número de palabras que me indica el procesador de textos Word y la extensión de algún libro mío. Empiezo a no saber ya lo que he escrito hasta ahora, aunque puedo indagar en los índices para orientarme. Aun así, no creo que esto deba ser eterno, sobre todo siendo materia tan prescindible. Todo esto se entiende fácilmente.
No obstante, sería improcedente cortarlo definitivamente y para siempre. Tengo textos ya escritos, que no he podido publicar hasta ahora, porque otros los iban postergando. Desde mayo, cuando visité Batuecas, una muy bella y desconocida región de España, escribí unas páginas que me gustaría incorporar al blog. Desgraciadamente son unas cuantas y lo habré de hacer en varias entradas, como otras veces. Fue un trabajo al que dediqué algún tiempo y que, aunque sea algo largo, recoge y resume con alguna fidelidad lo leído en otros trabajos, muchos más extensos todavía.
También es probable que comente en alguna ocasión la inquietante actualidad política de nuestro país. Me consta que otra mucha gente lo hará mejor que yo, pero es difícil sustraerse al deseo, casi la necesidad, de expresar lo que uno piensa respecto a asuntos que nos afectan tan de lleno como los de naturaleza política. Estamos realmente en una situación nueva —sin exagerar, que ya se sabe que nihil novum sub sole— y bastante incomprensible. Incomprensible, porque no puedo entender que gentes tan sin preparación se arroguen el papel de descubridores infalibles de los remedios que necesita nuestro país. Para los mayores, que hemos conocidos otros ambientes y otras personas —no todas brillantes y, desde luego, no todas honestas—, a pesar de todo resulta inexplicable esa congregación de políticos nuevos tan extremadamente torpes. Pudieron tener un gobierno con sus hechuras y desperdiciaron clamorosamente la ocasión. Nadie se acusa de eso, pero sí piden perdón por cosas mucho más banales.
Quiero, pues, despedirme y lo haré más cumplidamente en mi próxima entrada. No es una despedida definitiva y espero que nos encontremos todavía de vez en cuando, en las páginas de este blog. Pero hay que domeñar a esta especie de Hidra de Lerna, la que Hércules mató en el segundo de sus doce trabajos, capaz de renovar y multiplicar incansablemente sus cabezas. Por cierto, leo en un escritor francés antiguo que hubo un decimotercer trabajo de Hércules, más difícil que los otros doce juntos. Cito textualmente: Avoir changé cinquante filles en femmes en une seule nuit (convertir cincuenta niñas en mujeres en una sola noche). Verdaderamente.
Quedará siempre lo ya escrito, con índices actualizados para la fácil búsqueda de los temas, e iré añadiendo alguna cosa tal cual vez. Más tarde, ya veremos. Quizá ahonde un poco más en vivencias y recuerdos personales, algunos esclarecedores de la sociedad en que he vivido. Nada parecido a unas memorias, que nunca he pensado en redactar. De hecho, he escrito pocas cosas personales en mi blog.
Todo lo mejor, queridos lectores. Hasta pronto, cuando me despida un poco más literariamente de vosotros. Hasta siempre.

5 de enero de 2017

Furor scribendi, la folie d'écrire, el ansia de escribir


He insinuado en alguna ocasión cierta desgana respecto a mi blog, a pesar de no haber sido el peor recompensado de mis afanes. En un blog hay que evitar que se haga eterno y esto puede hacer creer que es lo primero que nos vino a hartar. La verdad es que me cansé mucho antes de otras cosas: de publicar en papel, por ejemplo. Yo creo, lector, que uno se cansa de todo. Lo decía en mi anterior entrada, recurriendo al dicho francés, tout passe, tout casse, tout lasse, que traduje entonces, seguramente sin necesidad.
Otra vez declaré que, a mi juicio, la pasión más acuciante y obsesiva del ser humano es la de hablar en público; actividad infinitamente más atractiva que el sexo, el amor o cualquier otra cosa. Al menos en ciertas sociedades de literatos, según mi experiencia. Ahora me desdiría de esa idea: la pasión más irrefrenable no es la de hablar, es la de escribir, que se está convirtiendo en una verdadera epidemia. Al menos entre las gentes de mi edad, que andan casi todos redactando sus memorias.
¿Por qué tantos nos aprestamos a escribir? Denis Diderot pensaba que el papel de un escritor es bastante vano; es el de un hombre que se cree en grado de dar lecciones al público. El papel de un crítico es más vano aún, ya que se cree capaz de darlas al escritor. Todo podría ser verdad, aunque me apresuro a matizar que muchas veces se trata de una creencia inocente, no fruto de la vanidad. Yo mismo he confesado en este blog que me animaba a veces cierta intención didáctica. Siempre, por modesto que uno sea, piensa que puede enseñar algo. Diderot cuenta que un hombre solitario vivía en un valle rodeado de colinas. Era su universo y exclamaba: Sé todo, he visto todo. Un día trepó a la cima de una de las colinas y vio el inmenso espacio que se abría ante sus ojos. Se dijo entonces: No sé nada, no he visto nada. Otro personaje aún joven, Aristo, descubrió que todavía tenía mucho que aprender y se encerró en su casa durante quince años, dedicado a la historia, a la filosofía, a la moral, a las ciencias y a las artes. A los cincuenta años fue un hombre honrado, instruido, de buen gusto, gran escritor y excelente critico.
En un pasaje del Cándido de Voltaire se dice: On aime tant à courir, à se faire valoir chez les siens, à faire parade de ce qu’on a vu dans ses voyages… Todo esto puede confundirnos y llevarnos al convencimiento de que tenemos que relatar nuestras experiencias, contar nuestra vida y nuestros sueños. Nacen de aquí muchas obras detestables, ha sido siempre así. En su visita a Paris, Cándido se encontró con un abad del Périgord: — Señor, ¿cuántas obras de teatro tienen ustedes en Francia? El abad respondió que cinco a seis mil. — Son muchas, continuó Cándido: — ¿Y cuántas son buenas? — Quince o dieciséis, contestó el abad. —Son muchas, añadió Martín, el filósofo escéptico. El mismo que más tarde dudaba de que Cándido pudiera encontrar la felicidad con su amada Cunégonde. — Vous êtes bien dur, dit Candide. — C’est que j’ai vécu, dit Martin (Sois muy duro, dijo Cándido. Es que yo he vivido, dijo Martin).
En ese mismo libro, delicioso, sabio y pesimista, hay un Seigneur Pococuranté, algo excesivo en sus críticas, pero no exento de razón. Les sots admirent tout dans un auteur estimé (los tontos admiran todo en un autor de fama), sentencia en una ocasión. Je dis ce que je pense, et je me souci fort peu que les autres pensent comme moi (digo lo que pienso, y me importa bien poco que los demás piensen como yo), afirma en otra. Lo podría suscribir ahora mismo.
Acabo de releer La familia de Pascual Duarte, esa obra de la que se dice que transformó la novelística española de postguerra y de la que se cumplen ahora setenta y cinco años. Nunca me gustó del todo; siempre me pareció que albergaba demasiado horror y una violencia un tanto gratuita en sus páginas. No es fácil decir esto de una novela tan alabada, escrita por  un premio Nobel. Resulta atrevido y pensé que me sería difícil encontrar quienes compartieran mi opinión. Pero lo encontré. Empecé a sumar acción sobre acción y sangre sobre sangre y aquello me quedó como un petardo. El que habla así es el propio autor, el mismísimo don Camilo. Creo que llevaba razón.

31 de diciembre de 2016

De los blogs, del amor... y de que todo pasa


Hay muchas razones para empezar un blog y más aún para dejarlo. Cuando uno no recuerda bien los temas tratados e inadvertidamente repite una entrada ya publicada, quizá es un buen momento para ir pensando que el juego duró demasiado. También cuando el blog equivale a un libro de unas mil páginas y uno ve que demasiados blogs son vulgares o pedantes —entre ellos alguno de escritor famoso—. Pero, sobre todo, cuando uno ve que hay muchos excelentes.
La que señalo como primera razón acaba de sucederme. Mi divagación sobre la difusa relación entre ficción y realidad, una elucubración atractiva para muchos lectores que se preguntan de dónde extraen sus temas los literatos, me ha jugado esa mala pasada. Hablé de esto en una reciente entrada, con motivo de mi relato Viaje a Baviera, y ahora me doy cuenta de que ya lo había hecho hace unos dos años. Me exculpa algo el que, al consultar el catálogo de entradas previas —como hago siempre para evitar una posible repetición—, no encontré la palabra Baviera, porque el título de esa entrada previa era Realidad y fantasía en la literatura. Pido perdón. Y lo que me molesta es que tengo muchos temas esperando y he perdido tiempo. Entre ellos, desde mayo, algo que escribí sobre las Batuecas, tras un viaje a esa bella y desconocida parte de España.
Pero hay más cosas. Un viejo dicho francés reza: Tout passe, tout casse, tout lasse (todo pasa, todo se rompe, todo cansa), al que se han hecho añadidos más o menos felices: et tout se remplace o et tout s’efface o sauf la classe (y todo se reemplaza o y todo se borra o salvo la clase). Mi blog dura ya tres años y quizá es la hora de dejarlo quiescente. A pesar de ser tal vez la tarea literaria que resultó más cumplida: he tenido treinta mil lectores, siendo los más abundantes los españoles (33.2 % del total), seguidos de los estadounidenses (17.2 %) y los rusos (13 %).
Los empeños se agostan, perecen; pasa hasta con el amor. En un reciente artículo de Frontiers in Psychology, la conocida bióloga Helen E. Fisher, de la universidad de Rutgers, mantiene que las personas enamoradas muestran síntomas análogos a los que se presentan en las adicciones por drogas y conductuales: euforia, pulsiones intensas, dependencia física y emocional, etc. Para ella, el amor es una forma natural de adicción, no siempre positiva. El estudio del cerebro con técnicas de RNM lo confirma y muestra que en la persona enamorada se activan regiones cerebrales implicadas en el reward system (el sistema de gratificación), ricas en dopamina, como el área tegmental ventral y el núcleo caudado, tal como sucede en la adicción a drogas. Según Dietrich Klusmann, el NGF (nerve growth factor) también presenta niveles altos; así como la norepinafrina y testosterona, con niveles bajos de serotonina. Todo vuelve a la normalidad al cabo de un año. De esta ‘química del amor’ se habla desde hace ya muchos años y no explica el fenómeno total. Me gustaría seguir tratando esto, pero no puedo detenerme aquí.
Hay autores que distinguen tres fases en el proceso de formación de la pareja: en la primera la atracción sexual es dominante; en la segunda esta atracción se hace más selectiva y surge lo que podríamos llamar el amor romántico; en la tercera imperan los sentimientos de unión de la pareja. No siempre las fases van en ese orden. Se piensa que el amor romántico, que se desarrolló en los mamíferos hace unos cuatro millones de años, representa una gran ventaja para la estabilidad, al menos temporal, de la pareja y la cría conjunta de la prole. Se reveló un impulso mucho más fuerte que el sexual, argumenta Fisher. Si le pides a alguien que se vaya contigo a la cama y te rechaza, no entras en una depresión ni cometes suicidio, etc. Sin embargo, la gente puede sufrir terriblemente tras el rechazo en una relación romántica.
Obviamente estas fases pueden ser concebidas de otra manera, no son excluyentes entre sí y tampoco muestran siempre esta progresión fija. Pero parece haber una especie de built-in caducity (caducidad intrínseca) por la que el enamoramiento estricto no suele perdurar más de dos o tres años; biológicamente nuestro organismo no puede soportar mucho esa situación. Me gusta siempre recordar lo que contaba Unamuno: Al principio sólo tocar la pierna de mi mujer me excitaba, ahora es como si tocara la mía. Pero si tuvieran que amputársela, sería como si me la cortaran a mí. De todos esos cambios está hecho el amor. Yo suelo decir, resumiendo mucho: del sexo se pasa al cariño y de este quizá a la tranquila, casi inadvertida, felicidad de estar juntos.

25 de diciembre de 2016

Amores con final infeliz


En la reciente representación de mi obra de teatro Don Juan de Bergerac, al final tuve que agradecer al público su benevolencia. Como entre los asistentes había dos amigas mías —mi admirada cantautora Chili Valverde, que ha puesto música a más de treinta textos de Juan Ramón Jiménez y Carmen Hernández-Pinzón, sobrina del poeta y conocida estudiosa de su obra— quise incluir unas palabras sobre nuestro Premio Nobel. También sucede que la cuarta entrada más leída de mi blog, la del tres de marzo de 2014, trata de Margarita Gil Roësset, la escultora madrileña que con veinticuatro años se suicidó por amor a Juan Ramón.
Para llegar hasta este hecho luctuoso, empecé diciendo: “Han visto ustedes una obra de amor con final feliz; no siempre es así”, y cité lo que cuenta un personaje de la misma, doña Rosa, en una de las escenas: El amor no siempre nos hace felices, también nos puede hacer muy desgraciados. Siempre hay alguien que espera en vano. Siempre hay alguien que quiere a quien no le quiere. Y sufre, sufre tanto como con la más atroz de las desgracias. Como ejemplo de amor con final trágico, me referí después a la tristísima carta que Margarita dejó a Zenobia, la mujer del poeta, conservando la peculiar puntuación del original: Zenobita… vas a perdonarme… ¡Me he enamorado de Juan Ramón! Y aunque querer… y enamorarte es algo que te ocurre porque sí, sin tener tú la culpa […] le he dicho … que le quiero… y le he pedido que se case conmigo…¡estaré loca!... pero como él… te quiere… ¡te quiere!... pues me ha dicho.., que no… que nunca… perdóname… porque si me hubiera dicho que sí… ay… a pesar de que la idea de amistad es para mí sagrada…y tú eres mi amiga… y de verdad te quiero mucho… […] habría pasado por todo […] Creo mucho mejor matarme ya… que sin él no puedo… y con él no puedo.
Alguien ha llamado a Margarita la Camille Claudel española, aunque casi la única similitud entre ambas es que las dos fueron escultoras. Camille, hermana del poeta Paul Claudel, vivió un romance largo y apasionado con el escultor Augusto Rodin, que vivía con  Rose Beuret, una modistilla analfabeta, a la que conoció con veinticuatro años, con la que nunca apareció en sociedad y con la que se casó poco antes de morir, cuando ella tenía más de setenta años. Camille, bella, delicada y llena de talento, entró en el taller de Rodin con diecinueve años y enseguida surgió el amor o lo que sea. Parece ser que Rodin, de cuarenta y tres años, la poseyó por primera vez sobre el mismo suelo del taller, al pie de su hermosa obra Fugit amor (aunque en este caso, el amor más que huir llegó). Cómo se pueden conocer estos detalles íntimos, estas incomodidades, me pregunto siempre; es el estilo típico de los malos biógrafos y periodistas.
Cuando ya Camille era una escultora reconocida, amó simultáneamente a Claude Debussy, también casado, en una relación con poco porvenir. La desgracia sí la hermanó con la española. Camille empezó a tener crisis nerviosas que terminaron en una esquizofrenia. Al inaugurar una exposición, podía acabar destruyendo con un martillo sus propias obras hasta reducirlas a esquirlas, como hizo también Margarita con gran parte de sus esculturas antes de morir. Camille estuvo recluida en sanatorios psiquiátricos los treinta últimos años de su vida, sin que la visitara nadie de su familia, que atribuyó sus trastornos mentales a su vida desenfrenada, relación causal difícil de demostrar. Quizá los hubiera tenido aunque hubiera profesado como monja Bernarda.
Tanto si se logra el ansiado amor como si no, al final uno ha de estar de acuerdo con lo que escribió Stendhal: El amor es una maravillosa flor, pero es necesario tener el valor de ir a buscarla al borde de un horrible precipicio. Quizá por eso mucha gente prefiere encontrar el amor en los relatos y novelas, en la literatura, en la ficción, que es menos peligroso. Antoine Hamilton, un escritor poco conocido hoy, que nació en 1645 en Escocia y emigró con su familia a Francia, huyendo de la dictadura de Cromwell, escribió sobre la literatura francesa de la época: Todos vuestros escritos en verso o en prosa son relatos de amor; casi todos vuestros poemas, elegías, églogas, idilios, canciones, epístolas, comedias, tragedias, óperas son relatos de amor. Tenéis los relatos de amor como única alimentación y no os cansáis de ellos jamás. Era verdad entonces y quizá siempre.

20 de diciembre de 2016

Del alcalde de Alcorcón y los mitos griegos


Este blog no se preocupa mucho por la actualidad; le dedico hoy una entrada por el azar de estar en la calle por la que pasaba una manifestación y haber oído claramente la conversación entre algunas de las mujeres que participaban. Una de ellas, grande y sólida, muy rotunda en su físico y en sus afirmaciones, decía a sus acompañantes:
— Os digo que el alcalde expresó un juicio universal, afirmativo, categórico y apodíctico, que una sabe de qué habla.
— Pues yo creo que no lo dijo de todas, intervino otra señora, sino que matizó con un “a veces”. O sea, que el juicio era particular y contingente.
— Déjate de florituras, replicó la mujerona; el alcalde dijo claramente que todas las feministas son mujeres frustradas, amargadas, rabiosas y fracasadas.
— De todos modos, añadió una tercera mujer más joven, conviene diferenciar si el juicio era determinativo, atributivo o limitativo.
— Tú mejor cállate, contestó enfadada la que se atribuía el papel de jefa. A ti te gustan demasiado los hombres y te dejas tumbar al primer envite; que te conocemos.
Esta charla me llamó la atención por el alto tono intelectual, tan frecuente en las movilizaciones callejeras, trufado con rasgos caracteriales típicos de nuestro pueblo. Supe luego que el  alcalde de Alcorcón había criticado a las feministas en estos términos, aunque dijo “a veces” y no se refirió a todas. Con esta restricción, sus palabras pueden aplicarse a ese movimiento, a juezas, maestras, abogadas, etc. Y lo que parece excesivo es que se pretenda descabalgar sólo por un comentario quizá imprudente a alguien que ocupa un cargo público ganado de manera rigurosamente democrática.
En realidad, este alcalde resume y epitomiza, sin poder evitarlo, tradiciones seminales de nuestra cultura clásica occidental. En Las Euménides, de Esquilo, Apolo se dirige al Corifeo: La madre no es la engendradora del que se llama su hijo, sino la nodriza del germen recién sembrado. El que engendra es el hombre. Y también Paris recomienda a Helena: Calla, oh mujer, hablar de guerra no es asunto tuyo. Limítate a cumplir el papel que te ha asignado la naturaleza, que es, en definitiva, el de yacer a mi lado. Los griegos pensaban y hablaban así de sus mujeres. Para ellos, el terror y la desgracia, tenían casi siempre rostro femenino: Harpías, Grayas, Moiras, Erinnias, Telquinas, Gorgonas y tantas más. Las Empusas, hijas de Hécate, eran demonios con apariencia de mujer y nalgas de burro, que ocultaban bajo sus faldas. Se colocaban en los cruces de caminos y atraían a los viandantes mostrándoles sus senos; después les mordían en el cuello y les chupaban la sangre hasta dejarlos a la puerta de la muerte.
Lamia, hija de Belos y Libia, fue amante de Zeus, con el que tuvo hijos, pero Hera, la esposa del dios, los fue matando a todos. Como venganza, Lamia salía por las noches y asesinaba a niños ajenos. Para que su aspecto resultara más horrible e inquietante, Zeus le otorgó la facultad de quitarse y ponerse los ojos de las órbitas a su antojo. Mientras dormía, los aislados ojos montaban guardia, expectantes. Peor era lo de las Grayas, monstruos con rostro de mujer, hermanas de las Gorgonas. Nacieron viejas y tenían sólo un ojo y un diente para las tres y se turnaban en su uso.
Las Erinnias eran también tres, con rostro de perro, alas de murciélago, cabellos serpentiformes y un látigo en la diestra: Megera, Alecto y Tisífone (odio, cólera y venganza). Refiriéndonos a humanos, las mujeres de la isla de Lemnos mataron a sus maridos y vivían solas. Cuando llegaron los Argonautas, en busca del vellocino de oro, pensaron que convendría ser fecundadas y se les ofrecieron. A nadie le amarga un  dulce: tocaron a catorce hembras por cabeza, o lo que sea, y zanjaron el asunto en siete días y siete noches. No un récord, pienso yo, sin nada más que hacer.
Atalanta era mujer y podría considerarse como precursora del feminismo. Mató a dos centauros que intentaron violarla y los castró; su historia se parece un tanto a la de Turandot. Las Moiras eran también mujeres: Cloto, hila y produce hebras, Láquesis, mide el estambre y Átropos lo corta con sus tijeras. Aquiles, cuando murió su amigo Patroclo, fue displicente y conminatorio con las mujeres: Oh, mujeres, en vez de arrancaros inútilmente los cabellos, lavad el cuerpo de mi pobre amigo, bañad de aceite sus martirizadas carnes, etc. Ate, diosa del error, camina sobre la cabeza de los hombres con pasos ligeros y los induce a equivocarse sin que ellos se percaten.
En casi todas las culturas hay amazonas. Una de sus reinas, Antianara, pensaba que el hombre cojo es más hábil en los juegos amorosos, ya que la energía del miembro que falta se dirige al pene. Otra reina, Pentesilea, era tan bella que todos los hombres intentaban violarla, por lo que iba siempre vestida, incluso en verano, con una armadura de bronce. Según una versión, Aquiles la venció y mató y la gozó después de muerta. Heinrich von Kleist, un poeta romántico alemán, escribió un drama, Pentesilea, en el que es ella la que derrota a Aquiles y lo devora en un exceso de entusiasmo erótico.
Lector, podría seguir hasta aburrirte. Pero había también varones nefastos y hembras bienhechoras en la mitología griega. Todo es una broma mía; escribo así porque me irrita que una frase poco feliz de un alcalde desencadene este embrollo para quitarle el cargo. Por eso he querido emparentarlo con famosos antecedentes helenos.

15 de diciembre de 2016

De lo imaginado y lo vivido (final)


He contado ya algo ‘imaginado’ en las tres entradas anteriores: el relato de un extraño viaje en Baviera —en realidad, es un relato sobre otro relato; lo escrito por un sobrino sobre algo que había publicado su tío—. Ahora resumiré brevemente lo ‘vivido’, los acontecimientos reales que, en cierto modo, dieron lugar al relato; obviamente, la relación es muy laxa y nada directa. En su génesis, influyeron más mis lecturas que ninguna vivencia biográfica. Es lo que suele suceder en mi caso.
Hace unos años, recorríamos mi mujer y yo Alemania, desde Regensburg, la antigua Ratisbona medieval, en la confluencia de los ríos Danubio y Regen —la ciudad en que nació Don Juan de Austria, hijo del amor o de lo que fuera entre el emperador Carlos y Bárbara Blomberg— hasta Murnau, al sur de Munich, junto al lago Staffelsee. En la ruta, queríamos visitar la célebre abadía de Benediktbeuern, fundada en el 739, originalmente benedictina, aunque ocupada ahora por los salesianos. La abadía fue visitada por Goethe en su tercer viaje a Italia, en 1786, pero se hizo famosa por haberse descubierto en ella, pocos años después, en 1803, el único manuscrito existente de los Cármina Burana, una colección de cantos de los siglos XII y XIII, escritos casi todos en latín. Cármina quiere decir poemas o cantos y Burana es el gentilicio de Bura, el nombre latino de la actual Benediktbeuern.
Nos dirigíamos ya hacia Murnau. Habíamos dejado atrás las congestionadas autopistas y conducíamos por esas bellas y cuidadas carreteras secundarias alemanas. Me perdí y llegué a una vía muy secundaria, que se fue haciendo cada vez más estrecha. En la distancia se dibujaba la silueta de unos edificios grandes. La carretera estaba sin asfaltar en los últimos metros, lo que me pareció muy raro. Llegamos hasta los edificios, uno de los cuales era claramente una modesta iglesia rural.
La puerta estaba cerrada, pero se podía franquear. Entramos y nos encontramos con un grupo de poco más de veinte personas, que asistían a misa. La iglesia era una de tantas en el estilo de la zona, barroca y con profusión de santos, vírgenes y angelitos. Nos colocamos detrás del grupo, en silencio. Casi nadie notó nuestra llegada. El sacerdote bajó del altar, se dirigió a una pareja de ancianos en la primera fila y les entregó un regalo, un libro. El hombre era bastante alto y la mujer parecía una de esas viejecitas que se consumen en vida, dándose, vaciándose, literalmente, en sus hijos, en sus nietos. Se oía una música dulce y lenta, interpretada claramente por alguien no profesional. Había un enorme contraste entre el ajetreo de las carreteras y aquel reducto de paz. Una señora de la última fila le habló a mi esposa, tuteándola, lo que no es nada frecuente en Alemania, y le dijo que la vería a la salida.
Nos quedamos hasta el final de la celebración. El ambiente era tan sosegado y agradable, que podríamos haber permanecido allí la mañana entera, el día entero. Después de días viajando por Alemania, estábamos un poco cansados. Al salir, la señora que había hablado a mi esposa se acercó y se excusó, de la manera más amable y utilizando por supuesto el usted, por haberla confundido con otra. Contó que estaban conmemorando las bodas de oro de unos amigos. Nos despedimos y proseguimos el viaje —había que seguir—, pero lo hicimos todavía hechizados por lo vivido tan impensadamente. No quedó tiempo para visitar la abadía de Benediktbeuern y no nos importó demasiado. En Murnau, y luego en España, hemos sido incapaces, a pesar de estudiar mapas muy detallados de la región, de localizar el lugar tan especial en que estuvimos, aquella pequeña y perdida iglesia bávara.
Grabé un corto video, con la cámara de fotos. Se oye y se ve mal, pero lo ofrezco para dar una idea de lo que trato de describir. De todo esto, sin una conexión demasiado evidente o lógica, nació la idea del relato. Es así como ocurre normalmente.
 
 
 

11 de diciembre de 2016

De lo imaginado y lo vivido (3 de 3)


En efecto, aunque mi tío siempre fue un hombre peculiar, desde entonces parecía vivir en otro mundo. Se jubiló enseguida, en contra de sus planes anteriores, y estaba siempre metido en la biblioteca de su casa, sin apenas salir a la calle. Hablábamos por teléfono algunas veces y me contaba su reciente pasión por el arameo, que estudiaba solo y llegó a traducir con cierta soltura. Por ello, cuando he visto ahora en un anaquel de su biblioteca el Sefer ha-Zohar, o Libro del Esplendor, de Moisés de León, un judío español del siglo XIII, que nació no se sabe si en Guadalajara o León, lo he cogido sin vacilar. Este escritor atribuyó la obra a Shimón bar Yochai, un rabí del siglo II, que la habría escrito durante trece años, escondido en una cueva y estudiando sin descanso la Torah. Es quizá el libro fundacional de la literatura mística judía, la Kabbalah, y lo más probable es que se trate de un pseudoapócrifo y lo escribiera el propio Moisés de León, casi todo en arameo. Fue mi tío quien me dio estos detalles y quien me dijo que sólo unas veinte mil personas hablan hoy esa lengua en nuestro planeta.
Es una edición en castellano y dentro he encontrado unas hojas escritas con la menuda letra de mi tío, que reconozco perfectamente. En un párrafo escribió:
 Aunque trato de acomodarme a mi nueva realidad, no sé hasta cuándo podré soportar este sentimiento de privación y desamparo. Tras haber visto lo que he visto, no tiene sentido permanecer en el mundo. No lamento mi experiencia en Baviera y lo que me pregunto es por qué me sucedió a mí. Conozco bien la tradición mística del antiguo Israel, la de los cuatro sabios que vieron en vida el Paraíso. El primero, Shimón ben Azai, lo contempló y murió en el acto. El segundo, Shimón ben Zoma, miró la Luz Brillante del Ha-Shem, no pudo resistirla y perdió la razón por completo. El tercero, Elisha Aher, vio la misma luz, comprendió que nada existe sino Dios, que nada vale ante Él, y abandonó para siempre el estudio de la Torah. El cuarto, el rabí Akiva ben Yosef, nombrado en el Talmud ‘cabeza de todos los sabios’, regresó esclarecido e indemne. Murió en Cesárea, mártir de los romanos, recitando la ‘shemá’, lleno de gozo y alegría. Yo también he podido regresar, pero temo volverme loco, como Ben Zoma, y anhelo con toda mi alma revivir mi experiencia para poder explicármela.
He leído más papeles de mi tío y estoy seguro de que él creyó que, por razones que era incapaz de comprender, se le había permitido conocer alguna forma de Paraíso en un lugar inhallable de Baviera, a donde llegó de manera casual, buscando un monasterio que no existe, ni existió nunca. ¿Lo contó veladamente, en la revista local, y no quiso decir más entonces? ¿Estuvo allí en realidad? ¿O quizá lo imaginó, conjeturó que había tenido realmente una visión del paraíso? Después, trabajado por la soledad y la fatiga de vivir, siguió añorando y dando vueltas a esa visión que se alejaba, cada vez más tentadora, y se adentró en las aguas oscuras y mistagógicas de la Kabbalah, para no retornar ya a la realidad.
La otra posibilidad: que todo fuera pura ficción, desde el principio; una ficción de escritor. Una historia que imaginó como juego y que luego tal vez lo trastornó y lo fue poseyendo, hasta el punto de hacerle cambiar su vida. ¿Puede alguien llegar a creerse tan perturbadoramente sus propias imaginaciones?
No lo sé, el mundo está lleno de misterios. En un libro de texto de mi carrera, Samson Wright’s Applied Physiology, había una cita con palabras del rabí Akiva ben Yosef a un discípulo: “Hijo mío, por mucho que el ternero quiera mamar, es más lo que la vaca desea darle”. Quedó el nombre del autor en mi memoria, sin más. Ahora, treinta años después, lo vuelvo a encontrar en la casa de mi tío muerto, y me entero de que este rabí pudo haber vislumbrado el paraíso y regresar sin perder la cordura. Esa caprichosa reaparición en mi vida también me turba, porque quizá pudiera tener algún sentido, que yo no sé descubrir. Los griegos no concebían la eternidad y les cautivaba la idea del retorno. Yo estoy solo ahora —con esa soledad que es necesaria para entender a los solitarios— y también me pierdo en divagaciones extravagantes y quizá fútiles y me inquieta el redescubrimiento, el retorno inesperado, de este taná, este sabio rabínico, que vivió a finales del siglo I y principios del II de la Era Cristiana. Fue capturado por los romanos y torturado hasta la muerte en el año 135. Su vida y su obra me han interesado y quiero conocer mejor su obra. Me he empeñado también en descubrir hasta dónde llegó mi tío en lo que probablemente fue un fatigoso camino de iniciación.

7 de diciembre de 2016

De lo imaginado y lo vivido (2 de 3)

Llegué, en efecto, a lo que parecía un pequeño monasterio, que estaba cerrado. Cuando ya me marchaba, vi a la derecha una puerta abierta, que daba entrada a un salón recoleto y lleno de encanto, con altos zócalos de cerámica azul, como la que vi fabricar hace ya muchos años en Iznik, en Anatolia. Dentro había gentes que celebraban algo, no sé exactamente qué, en un ambiente amable, vestidos todos de un blanco inmaculado. Se oía la música de esa cítara popular en Baviera —y en la vecina Austria, como la que toca Anton Karas en la película El tercer hombre, de Carol Reed— y alguien interpretaba muy lentamente una melodía dulcísima.
Fue uno de esos momentos insólitos que se viven a veces y que justifican, por sí solos, cualquier viaje. Los reunidos me vieron llegar, me invitaron a entrar cortésmente y hablaron conmigo, como si me conocieran de toda la vida. Había una atmósfera de paz y serenidad, como yo nunca había vivido hasta entonces. Era, sobre todo, la luz; una luz limpia y distinta de la habitual, que parecía ser la única realidad existente. Así debió de ser la del primer día de la Tierra, cuando Dios dijo “Haya luz”, antes de que fuera creado el Sol (Génesis, 1, 3, primer relato de la creación). Venía de arriba, del techo, de una tenue niebla resplandeciente, que llegaba hasta nosotros y nos aislaba del mundo y, junto con la música, nos hacía como flotar en un estado de calma y felicidad imposible de describir. Por desgracia, era absolutamente forzoso seguir mi viaje y me despedí, ya con una anticipada y dolorosa nostalgia.
Lo que ha ocurrido después, vuelto ya a España, es de todo punto incomprensible. He indagado en las más completas enciclopedias la existencia de un monasterio en la zona y no lo he podido encontrar. Lo mismo pasa con los dos pueblecitos que hube de cruzar para llegar al lugar. No existen, no hay constancia de sus nombres en ninguna parte. Es como si se los hubiera tragado la tierra. Estaba tan perplejo, que telefoneé al consulado alemán y tampoco allí supieron darme noticias con mis datos.
La situación me parecía inexplicable y llamé a la empresa en la que alquilé el coche. Les pedí con todo interés que me dijeran, en el mapa del sur de Baviera —el editado por ellos mismos y que yo había manejado en mi viaje—, en la zona que les indiqué con toda precisión, el nombre del monasterio señalado con una estrella azul, y el de los dos pueblecitos que hay que pasar para llegar a él, partiendo de Bad Tölz. Di los nombres de estos pueblos y me contestaron que habían estudiado el mapa y no había ninguna estrella azul, ni ningún monasterio en esa zona concreta; tampoco figuraban esos dos pueblos ni nadie los conocía. Pensaron que yo estaba equivocado y quedaron en enviarme el mapa por correo.
Hace una semana me llegó, idéntico al que utilicé, sin lugar a dudas. Efectivamente, no aparecen en él por ninguna parte —no existen— ni el monasterio ni los dos pueblos que atravesé. Empecé a pensar que quizá tampoco eran reales los lugares y los seres que me encontré en mi camino ese día. Parece que nada de eso hubiera ocurrido en este mundo.
También me llegaron las fotos del viaje, con una nota de la empresa encargada del revelado, en la que me dan algunos datos y me recaban información. Dicen que una parte del rollo apareció tan intensamente velada, que sugería una exposición a una rara luz de extraordinaria potencia. No sólo las sales de plata han sido extremadamente alteradas, sino que la matriz de gelatina en la que van suspendidas, y hasta el propio soporte, el celuloide, han sido descompuestos y modificados de manera extrañísima. La cinta era tan frágil y quebradiza en ese tramo que se rompía al tocarla y tuvieron que suprimirla. Me cuentan que no han visto nunca algo parecido y me preguntan, con gran interés, en qué lugar y con qué luz utilicé la cámara. Se refieren a la parte del rollo entre Regensburg y Murnau, el que corresponde a las fotos que hice en esa especie de monasterio fantasma; faltan todas esas fotos, no hay ninguna. Ya no sé qué pensar de todo esto y, desde luego, no encuentro explicación para lo ocurrido; ni con la filmación dañada, ni con la aparente e insólita desaparición del lugar.

Este relato de mi tío me llamó poderosamente la atención, cuando lo leí por primera vez, y ahora buscaba con su relectura alguna claridad en lo que intuí confusamente entonces. Porque, aunque para mí y para todo el mundo la historia parecía una probable ficción, nacida de la imaginación de un escritor, se daba la circunstancia de que, a partir de aquel viaje, mi tío empezó a tener un comportamiento extraño, una actitud diferente frente a la vida y el mundo.
(continuará)