1 de noviembre de 2016

Citas que hacen pensar


Terminaron mis entradas sobre la seducción y ahora, como otras veces, trato de escribir una, corta y sencilla, cosa no tan fácil para mí. Como afirma Horacio en su Ars Poetica, “brevis esse laboro, obscurus fio”: trato de ser breve y resulto oscuro. Quiero compartir con mis lectores citas, algunas recientes, surgidas o evocadas de manera un tanto casual y que tienen una cualidad común, que comentaré enseguida.
Recurrimos a las citas con frecuencia —yo acabo de hacerlo—, en muy diferentes circunstancias. A veces somos capaces de identificar con exactitud el origen, la fuente; otras veces, lo hacemos de manera menos formal, utilizando nexos narrativos como “alguien ha escrito, un amigo mío dice”, etc. Hay muchos libros de citas, en todos los idiomas. Me permitiré recomendar uno, The Oxford Dictionary of Quotations.
He agrupado estas citas, porque son thought-provoking, hacen pensar —en otras se busca la belleza en la expresión, la agudeza, la ironía, etc.— La primera la encuentro en un breve ensayo científico y remite a una obra de Italo Calvino, Las ciudades invisibles. Allí se cuenta una lúcida conversación entre Marco Polo y Kublai Kan, que resumiré. Marco Polo describe las piedras de un puente: ¿Pero cuál es la piedra que sostiene el puente?, pregunta Kublai Kan. El puente no está sostenido por esta piedra o aquella, responde Marco, sino por la línea del arco que ellas forman. Kublai Kan permanece silencioso, reflexionando, y añade: ¿Por qué me hablas de las piedras? Lo único que me importa es el arco. Marco responde: Sin piedras, no hay arco.
Hablé hace poco de un seductor, François Mitterrand. En su obra L’abeille et l’architecte, hay una cita de Karl Marx, cuyo análisis es interesante: L’abeille confond par la structure de ses cellules de cire l’habilité de plus d’un architecte. Mais ce qui distingue dès l’abord le plus mauvais architecte de l’abeille la plus experte, c’est qu’il a construit la cellule dans sa tête avant de la construire dans la ruche. La abeja confunde por la estructura de sus celdas de cera a más de un arquitecto. Pero lo que distingue desde el principio al peor arquitecto de la abeja más experta es que aquel construye la celda en su cabeza antes de construirla en la colmena.
Recogí recientemente una cita de Lope de Vega: “La verdadera fama es ser bueno”, idea con la que ahora, después de una vida ya algo larga, no puedo estar más de acuerdo. Creo, lector, que todo lo demás no importa o importa muy poco. Algo de análogo porte dice don Quijote, por boca de Cervantes —o al revés, que no es fácil decidirse en esto—, con unas palabras muy citadas de siempre: “ningún hombre es más que otro si no ha hecho más que otro”. Años atrás escribí sobre esto: Para mí, ni siquiera cuando un hombre ha hecho más que otro podría decirse, en justicia, que es más que otro. Es muy difícil valorar y justipreciar lo que cada uno de nosotros hace. Además, puestos a matizar o transigir, estaría más dispuesto a suscribir que quizá un hombre es más que otro si es más honrado que otro, si es más justo que otro, si es más bueno que otro. Me acerqué mucho entonces a lo que había sentenciado Lope cuatrocientos años antes.
Una última cita más, muy breve, de la gran actriz Bette Davis, que murió con 81 años: Old age is not for sissies, la vejez no es para blandengues. Y acabo esta entrada, para no alargarme y cumplir mi propósito. Téngase en cuenta que parte de lo escrito es traducción. Si no traduzco, una parte de mis lectores podría perderse. Y, por supuesto, no elucubro nada sobre el contenido de las citas. Esa sensación de que son máximas que invitan a pensar, que ‘tienen su miga’, espero que surja entre quienes me leen, sin necesidad de ninguna explicación o exégesis mía. Si no es así, hemos perdido el tiempo, ellos y yo. No creo que suceda; en cualquier caso, tenía que intentarlo.

26 de octubre de 2016

La seducción y sus imperfecciones


Quería terminar ya las entradas dedicadas a la seducción, sus encantos y sus peligros; tengo demasiada tarea en el telar y hay que aliviar. Algo me ha hecho desviarme de mi propósito: hoy, veintiséis de octubre, hace cien años, nació en Jarnac, en la Charente francesa, François Mitterrand, otro gran seductor. También acaban de publicarse (Gallimard, Lettres à Anne) las cartas que escribió a Anne Pingeot, la más asidua de sus amantes, con la que tuvo una hija, Mazarine,
La seducción es un fenómeno transversal; se da entre individuos de cualquier edad, sexo y condición. Cuando cristaliza entre personas de distinto sexo, en situación de libertad —también sin libertad alguna, según los criterios más estrictos— conduce muy directamente al amor. Por eso en mis entradas anteriores hablé de esa ‘patología’ del alma, el amor. Creer que un cielo en un infierno cabe, / dar la vida y el alma a un desengaño; / esto es amor, quien lo probó lo sabe. Esto ocurrió entre Mitterrand, diputado entonces por Nièvre, y una mujer mucho más joven, una muchacha, Anne Pingeot. Fue en 1962, él tenía 46 años, ella 19, una fruslería para estos  asuntos.
Mitterrand, casado desde 1944 con Danielle Gouze —él tenía veintiocho años, ella veinte—, se reservaba una amplia libertad sentimental y sexual. Danielle sufrió atrozmente de justificados celos hasta 1958 cuando, de repente, como a veces ocurren estas cosas, debió de entender que el juego galante no era un patrimonio exclusivamente masculino y entabló una relación duradera con un profesor de gimnasia doce años más joven. Fue antes de que su marido encontrara a Anne, pero ya con otras amantes. Mitterrand era inteligente, culto y atrevido, una mala combinación en un hombre y también en una mujer. Se contaba en Francia que una de las maneras de ‘ligar’ del brillante político, ya una figura pública, consistía en pasear distraídamente por la calle leyendo un periódico, pero muy atento a las viandantes, a ciertas viandantes. Tropezaba con ellas y algunas le conocían: Oh, Monsieur Mitterrand, vous vous promenez assez follement avec ce journal-là. Mais, en fin, je m’excuse de vous avoir interrompu. Puis-je faire quelque chose pour vous? Él sabía cómo responder a esa pregunta, ese es siempre el secreto. Aunque puede que tales historias nunca fueran verdad.
Estos juegos de seducción aparecen como un cuento feliz, un delicioso vals interminable. Ya mostré los peligros. No soy en un mojigato, pero creo que en estas componendas late muchas veces el desencanto y el puro sufrimiento. En las Cartas a Anne hay referencias a la tristeza de ella, que se sentía sola, desamparada, engañada. En la relación, su única exigencia rotunda, al llegar a los treinta años, fue tener un hijo; se lo planteó a Mitterrand, amenazándole con romper, y este accedió. En 1974 nació una niña, Mazarine. “Fue el único regalo que me hizo”, dijo una vez Anne.
Esta hija, profesora de Filosofía y escritora, cuenta detalles de la madre seducida y de la vida de ambas, en dos novelas autobiográficas, Bouche cousue (Boca cosida) y Bon petit soldat (Buen soldadito): “Mi madre y yo vivíamos aisladas del mundo, en un siniestro apartamento oficial, un lugar protegido, neutro, un refugio que era también una prisión, con la presencia permanente de gendarmes”. Mazarine Pingeot se unió al productor de cine Mohamed Ulad-Mohand, con el que tuvo tres hijos y del que se separó en 2013. Se unió después al diplomático francés Didier Le Bret.
Como Lope de Vega, Mitterrand tuvo algún tiempo dos hogares, lo que puede considerarse un tormento extremadamente refinado. El matrimonio con Danielle se mantuvo y los dos hijos del mismo lo toleraron bien: “Mi padre siempre vivió con nosotros en la calle Bièvre, tenía su habitación, venía a cenar todos los domingos, le veíamos regularmente. Nunca, ni mi hermano ni yo, tuvimos la sensación de que existieran problemas entre nuestros padres”, comentó en una ocasión el primogénito, Jean-Christophe. El amante de Danielle vivía también en el domicilio familiar, en la Rue de Bièvre. Era muy querido por los hijos a los que llevaba a nadar y montar a caballo y se llevaba bien con François Mitterrand, con quien solía desayunar. Un poco complicado todo, ¿no? Claro que todo se puede perdonar en el amor, pensarán algunos. El amor nos enloquece, estamos indefensos frente a él. Una indefensión relativa, añado yo. Mientras Anne Pingeot estaba embarazada de Mazarine, Mitterrand tuvo un romance con una periodista francesa. Todo esto recuerda la figura de otro político francés rigurosamente contemporáneo, ¿verdad? Es siempre el amor.

23 de octubre de 2016

Lope Félix de Vega Carpio, un gran seductor (3 de 3)

No era la felicidad completa, claro, ¿dónde se esconde la rara flor que la produce? Por entonces, Marta, antes de marchar Marcela al convento, empieza a perder la vista y hacia 1628 tiene fases de profunda melancolía y accesos de furia en la que llega a desgarrar sus vestidos. ¿Quién creyera que tanta mansedumbre / en tan subida furia prorrumpiera?, canta Lope en sus versos. La pobre mujer murió en la casa de Francos, en 1632, con algo más de cuarenta años. Lope ha seguido escribiendo en medio del infortunio. En su Égloga a Claudio se halla el conocido fragmento en el que Lope afirma haber escrito más de 1500 fábulas y se jacta de su rapidez componiendo: pues más de ciento, en horas veinticuatro, / pasaron de las musas al teatro. Es doloroso comprobar que en esa época Lope y su familia pasan estrecheces, viven en verdadera pobreza, sin que le valgan las súplicas al Duque de Sessa, al que mendigan ropas, dinero y sustento, que en muchas ocasiones no viene. Aparte de otros testimonios, el propio poeta dice: “Pobre casa, igual mesa y un huertecillo cuyas flores me divierten cuidados y me dan conceptos”. Y esto lo cuenta el Fénix de los Ingenios. ¡De qué clase de injusticia está hecha la vida, que se acerca en muchas ocasiones a la perfección total!
Tras la muerte de Marta, la soledad va arrinconando poco a poco a Lope. En 1633 su hija Feliciana casa y deja el hogar. Al año siguiente se conoce la muerte en naufragio del único hijo vivo, Lope Félix, en los mares de Venezuela. Incluso así, el poeta es capaz de escribir una comedia tan deliciosa como Las bizarrías de Belisa, llena de sorpresas y trampas. ¡Qué poder tiene el arte para sustraerse a la realidad y embellecer la vida! Sin embargo, cuenta su biógrafo Montalbán que Lope vivía ya en un estado de melancolía continua. El golpe final es el rapto, la seducción de su hija Antonia Clara, la que tuvo con Marta de Nevares. Esta jugada del destino es la que me ha hecho escribir estas entradas, para mostrar el lado triste y terrible de la seducción. La seducción, con su aura triunfal y gozosa para el seductor, ese aroma estúpido que embriaga a don Juan Tenorio y a los Tenorios de baratillo, puede representar también el dolor sin paliativos para el seducido y su entorno. Sólo cuando las seducciones son mutuas y calmas pueden desembocar en ese mal menor que es el matrimonio. Lector, no me tomes siempre en serio, ad pédem litterae
Antonia Clara tenía diecisiete años cuando fue raptada. Lope lo cuenta en su égloga Filis, de 1635, publicada después de su muerte. Un  día regresó el poeta a su casa y encontró junto a una de sus rejas a un gallardo mozo que salió corriendo al verle. Descubrió después que el rondador era persona pendenciera y con muchas historias de amor y abandono. Insistió con su hija para que lo dejara, la llegó a amenazar con internarla en el convento de las Trinitarias, donde estaba su hermana. Era uno de esos amores de adolescentes rebeldes a los consejos y las razones. La hija terminó huyendo con el raptor, dejando a Lope en la desesperación. Los historiadores especularon mucho sobre la identidad del seductor, sugiriendo diversos nombres, todos del ámbito de la nobleza. Finalmente, el crítico y académico González de Amezúa lo identificó; fue Cristóbal Tenorio, protegido de Olivares y ayuda de cámara del rey Felipe IV.
El otrora burlador resultó burlado. Lope fue víctima de lo que tantas veces lo tuvo a él como victimario. Cayó desde entonces en la más profunda depresión. Antonia Clara, la última de las hijas, la pequeña de la casa, le hacía de secretaria, era habilidosa para las letras, alegre y muy hermosa. Lope, raptor en su juventud y madurez, padeció el mismo turbio sobresalto al final de su vida. Antonia Clara murió soltera en 1664, en la casa de la calle de Francos, donde había vivido, propiedad entonces de un nieto de Lope. 
Para Lope, el rapto de su hija fue un golpe que no pudo soportar. El 25 de agosto de 1935 dijo su misa en el oratorio y regó su huerto. Al día siguiente hizo testamento y recibió los Sacramentos. Le dijo a su amigo y biógrafo Montalbán, tantas veces mencionado: “La verdadera fama es ser bueno”. ¡Qué lema más sencillo, qué verdadero! El lunes 27 murió. Todo Madrid participó en el dolor de su muerte. Las honras fúnebres duraron nueve días. Lope durante su vida saboreó la fama, la gloria, el triunfo. Se decía que había gentes que venían desde el extranjero sólo para comprobar si era hombre de carne y hueso. La popularidad de Lope hay que buscarla, sobre todo, en el pueblo llano, que llenaba sus espectáculos. Fama de la calle, la que corre de boca en boca. Circulaba una versión del Credo —llegó a llamar la atención de la Inquisición—, que decía: Creo en Lope todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra... Pero al final, cuando uno sabe de verdad de qué va la vida, el poeta sentenció: “La verdadera fama es ser bueno”.

18 de octubre de 2016

Lope Félix de Vega Carpio, un gran seductor (2 de 3)


En 1599 Lope vuelve a Valencia, acompañando al marqués de Sarriá, que va en el séquito del rey Felipe III. Lope es ya el Fénix de los Ingenios y es conocido y alabado en todas partes. En su obra Las fiestas de Denia, de ese mismo año, hay una alusión a Micaela de Luján; su relación se hace más estrecha en los primeros años del siglo XVII, hasta 1608. Micaela era comedianta, casada con Diego Díaz, residente en el Perú desde 1596, donde murió en 1603. En 1604 Micaela reclama la tutela de siete hijos, los dos más jóvenes del difunto Diego Díaz y los otros cinco de Lope. Al año siguiente tuvieron otra hija, Marcela, la preferida de Lope, y en 1607 un niño, Lope Félix de Vega Carpio, Lope el Mozo. Lope tiene dos hogares simultáneamente, el de Juana de Guardo (ella no muere hasta 1613) y el de Micaela, radicados por algún tiempo en Toledo, Sevilla o Madrid. A partir de 1608, Micaela y Lope se separan y ella no aparece más en la vida del dramaturgo. De sus hijos en común, sólo Marcela y Lope Félix llegaron a adultos.
Lope se reintegra al hogar legítimo y es ya Familiar del Santo Oficio. En 1610 compra una casa en la calle de Francos (hoy calle de Cervantes), con un pequeño huerto; en el dintel de la puerta hay grabada una leyenda: Parva propria, magna; magna aliena, parva. Lo pequeño propio es grande; lo grande ajeno, pequeño. Aquí vivió ya siempre y aquí murió. Tiene ahora cuarenta y ocho años, los amoríos y devaneos quedan, quizá, sólo para la literatura. Trabaja sin descanso y aquí nacieron obras tan destacadas como La dama boba, El perro del hortelano, El acero de Madrid, El Caballero de Olmedo, El castigo sin venganza, Fuenteovejuna; en esa casa surgieron en pocos años los radicales cambios que dan lugar al teatro del Renacimiento español. La paz, el sosiego llegan, parece que para quedarse. Lope está en su madurez, en el principio tal vez de su declinar.
1613 viene cargado de malaventuras. En el verano, su hijo Carlos Félix, de siete años, enferma de calenturas y muere. Su madre, Juana de Guardo, muere pocos meses después de consecuencias de un parto, el de una niña, Feliciana, que sobrevive. Lope se siente solo y se trae a la casa los hijos vivos habidos con Micaela: Marcela, que vivió con él hasta profesar en las Trinitarias en 1622 y Lope Félix, que en 1621 se alistó en el ejército que mandaba el marqués de Santa Cruz. Mucho más tarde marchó a Isla Margarita, en Venezuela, en busca de perlas. El barco naufragó y Lope Félix murió poco antes de la muerte de su padre.
Verdaderamente, 1613 fue un annus horribilis. Pero hay que seguir, y esto, en Lope, significa volver a los galanteos, a las seducciones. Tiene una relación fugaz con Jerónima Burgos, una comedianta antigua amiga. Sin embargo, un año más tarde decide acogerse al siempre seguro puerto de la Iglesia y ordenarse. Tiene ya cincuenta y cuatro años y empiezan a germinar en él las primeras sombras del desencanto, la sutil e imparable melancolía de los años, la insidiosa fatiga del vivir. Tras ingresar antes en algunas congregaciones piadosas, marcha a Toledo para recibir las sagradas órdenes, lo que ocurre el 24 de mayo de 1614, oficiando su primera misa en el Convento de Carmelitas Descalzos. Es ahora secretario del duque de Sessa, para quien escribe cartas de amor, lo que le prohíbe más tarde su confesor, fray Martín.
Y otra vez, pese a su condición eclesiástica, la pasión irrefrenable, el gran amor, con Marta de Nevares, refinada y culta, que tiene sólo veintiséis años, casada contra su voluntad cuando tenía trece con un hombre de negocios, Roque Hernández de Ayala. Nadie sabe lo que puede suponer un amor así en el corazón de un ‘viejo’, casi treinta años mayor. Un cura de 54 años, muy capaz de tener un último hijo: una niña, Antonia Clara, en agosto de 1617. El marido de Marta sospechó, hubo pleito y ella quiso divorciarse. Roque quiso quedarse con la niña y sólo su inesperada muerte vino a resolver la situación.
Lope sabe que es su último amor y está más enamorado que nunca. En la égloga Amarilis cuenta con detalle su pasión y se encuentra rejuvenecido y animoso. A veces, desgraciadamente, esa persona hecha para comprendernos y completarnos, la mujer ideal de cada uno, no llega en toda la vida o, como aquí, llega muy tarde. Lope sigue publicando y en la edición sexta de El peregrino, la de 1618 , añade 114 títulos a las 230 comedias de la edición de Sevilla, de 1604. En 1621 Marcela ingresa en el convento de las Trinitarias, en donde profesa al año siguiente. Lope tiene ya casi sesenta años y vive feliz en su casa de la calle de Francos, en la que reúne los hijos habidos con tres de las mujeres de su vida: Micaela de Luján, Juana de Guardo y Marta de Nevares.

13 de octubre de 2016

Lope Félix de Vega Carpio, un gran seductor (1 de 3)


Hablaba en mi entrada anterior de la seducción y sus peligros, de los problemas y tristezas que pueden asociársele. El asunto me hizo recordar a un gran seductor, un hombre excepcional, un “monstruo de la naturaleza”, como fue llamado por Cervantes, que sedujo a muchas mujeres y que también sufrió al final de su vida, como un castigo, las amarguras de la seducción. Me refiero, claro, a Lope Félix de Vega Carpio.
El padre, Felix de Vega Carpio, maestro bordador de oficio, provenía del valle santanderino de Carriedo y cuando Felipe II estableció la Corte en Madrid vino a la ciudad y se instaló en la calle Mayor. Lope nació el 25 de noviembre de 1562 y siguieron una hermana y un hermano, Juan —en total eran cinco—, que acompañó a Lope en la expedición naval contra Inglaterra de 1588 (la Armada Invencible), de donde no volvió. El padre murió cuando Lope tenía dieciséis años.
Me detendré en su poder de seducción sobre las mujeres. Aparte de sus dos esposas, tuvo numerosas amantes, en número no determinado, y unos catorce hijos, sin poder concretar la cifra tampoco. Sólo cuatro sobrepasaron la infancia, un varón y tres hembras. Naturalmente, hay que señalar que también supo seducir a la nobleza y al pueblo con su genio poético, con su teatro y con sus versos; estaba bien dotado para seducir, simplemente. Trataré de simplificar el complicado enredo de sus amoríos.
Diré antes que Lope fue un niño prodigio. Según su primer biógrafo, Juan Pérez de Montalbán, dramaturgo también y amigo suyo, “de cinco años leía en romance y en latín; y era tanta su inclinación a los versos, que, mientras no supo escribir, repartía su almuerzo con los otros mayores para que le escribiesen lo que él dictaba”. El propio Lope desvela, en su Arte nuevo de hacer comedias, la precocidad de su afición a escribir piezas de teatro: Y yo las escribí de once y doce años, de a cuatro actos, y de a cuatro pliegos, porque cada acto un pliego contenía.
Es imposible resumir en sólo tres entradas la rica, tumultuosa y prolífera vida de Lope y hablaré sobre todo, como ya indiqué, de su relación con las mujeres. En 1583, a la vuelta de una expedición militar a las Azores, en la que participó bajo el mandato de don Álvaro de Bazán, se enamoró perdidamente de Elena Osorio, casada, aunque con el marido muy lejos, en tierras americanas, a la que oculta en sus versos bajo el nombre de Filis. Una canción, incluida en el Romancero general (1604) empieza: Divina Filis mía, / no basta lengua humana / para poder loarte por entero. La poca discreción de estos amores hizo que la familia de ella iniciara un proceso legal contra el poeta, que fue condenado a destierro, ocho años de la Corte y dos años del Reino de Castilla. Lope tenía entonces veinte y pocos años, no la mejor edad para ser sensato.
Fuera de Madrid, cumpliendo el destierro, decide raptar a una mujer ‘principal’, Isabel de Urbina Alderete y Cortinas (Belisa en sus obras). La familia denunció a Lope, pero después perdonó y este, que no puede entrar en Madrid, se casa por poderes en la parroquia de San Ginés, el 10 de mayo de 1588. Es su primera esposa. El 29 de ese mes se alista voluntario, con su hermano Juan, en la Armada Invencible, en Lisboa, donde tuvo algún amorío. Regresa de la expedición a finales de año y, como sigue su pena de destierro, se reúne con su esposa en Toledo, para marchar enseguida a Valencia.
Felicidad y gran éxito allí, entre los dramaturgos locales y el público valenciano. En 1590, extinguido el tiempo de destierro de Castilla, Lope viene a Toledo, donde se hace secretario del Duque de Alba y vive temporadas en Alba de Tormes, en la corte ducal. Son años tranquilos y, dada la proximidad de Salamanca, es probable que asistiera a algún curso en su Universidad. Pero las felicidades son siempre frágiles. La pareja tiene dos hijos, que mueren de niños. En el segundo parto muere la madre, en 1594. Un año más tarde se le levanta el destierro y Lope puede volver a la Corte.
En 1596 se empieza un proceso contra él, por amancebamiento con una rica y  hermosa viuda, doña Antonia Trillo. También por este tiempo escribe sonetos dirigidos a Camila Lucinda, la hermosa Micaela de Luján en la realidad. Sin embargo, es otra mujer la que lo lleva al altar, el 25 de abril de 1598, en la iglesia madrileña de Santa Cruz. Se trata de Juana de Guardo, hija de un rico carnicero que abastecía los mercados de Madrid. Llevaba una dote de veintidós mil reales de plata, pero esta no se hizo efectiva nunca y Lope tampoco la reclamó. No fue una unión por interés. En ese año es ya secretario del marqués de Sarriá, el futuro conde de Lemos. Este matrimonio de Lope acabó con la muerte de Juana en 1613 y sólo uno de los cuatro hijos habidos, una mujer, Feliciana, llegó a la edad adulta.

7 de octubre de 2016

La seducción y sus peligros


En mi entrada anterior, Seducción y Política, recogía un comentario del escritor judío-lituano Romain Gary (1914-1980) sobre el poder seductivo del general De Gaulle. Gary fue, él mismo, un gran seductor. En una obra suya, Clair de femme, alguien confiesa: “He conocido tantas mujeres que, en cierto sentido, siempre he estado solo. Muchas son nadie”, sentencia que podría retratarle. Entre tantas, quizá hubo alguna diferente, única. Myriam Anissimov, biógrafa del autor, señala que su solo amor fue la húngara Ilona Gesmay, que rechazó casarse con él: “Cuarenta años después de esa historia, le he visto sollozar al recordarla”, escribe. Eso es el amor, así de quemantes son los recuerdos. Conviene saber, no obstante, que se puede sollozar por varias.
Romain Gary llegó a Francia con catorce años y obtuvo la nacionalidad francesa con veintiuno. En 1938 ingresó en las Fuerzas Aéreas francesas y en 1940 pudo escapar y unirse a las de Francia libre, que operaban desde Inglaterra. Ha sido el único escritor que ganó dos veces el prestigioso premio Goncourt. Homme à femmes (mujeriego), confesó que “las dos cosas que le habían salvado eran la literatura y la sexualidad”. Bueno, pues hay medicaciones y remedios menos gratos que estos, pienso yo —lo digo por la literatura—. Pero nunca se salva uno del todo: terminó suicidándose de un tiro en la boca, un año después de la muerte de quien fue por cierto tiempo su esposa, la bella actriz americana Jean Seberg.
Jean Seberg nació el 13 de noviembre de 1938 en Marshalltown, Iowa. La familia provenía de Suecia y su apellido original era Carlson, pero el abuelo pensó que ya había demasiados Carlsons en el Nuevo Mundo y decidió cambiarlo. Cuando Jean hacía su segunda película, Bonjour, tristesse, dirigida por Otto Preminger en Francia, encontró al abogado francés François Moreuil. Se sedujeron mutuamente y volvieron juntos a Estados Unidos, a Nueva York; él trabajó en un taller de fotografía para que ella pudiera estudiar arte dramático. Se casaron, en Marshalltown, en 1958 (Jean no había cumplido aún los veinte años). Al año siguiente, en Los Ángeles, fueron invitados a cenar por Gary, cónsul francés allí entonces. Entró en juego otra vez la seducción, a pesar de que el escritor tenía veinticuatro años más que ella y de que los dos estaban casados. La seducción las gasta así. Jean se divorció de François y volvió a Francia con Gary. En 1962 tuvieron un hijo, Diego, que vivió parte de su niñez en España, con una niñera. El escritor renunció a su carrera diplomática, logró su divorcio y volvió a escribir. Se casaron en 1963.
En octubre de 1968, en un vuelo a Los Ángeles, Jean conoció a Hakim Jamal, un negro nacido en un gueto de Boston y relacionado con el movimiento de los Black Muslims, y fue su amante. Hakim Jamal sedujo también a Gale Ann Benson, hija de un diplomático británico. La seducción fue tan intensa que ella cambió su nombre a Hale Kimga, anagrama de Hakim y Gale. Se fueron a vivir a una comuna en Trinidad y allí, durante una ausencia de Jamal fue apuñalada y enterrada en un pozo. También Hakim Jamal fue asesinado por haberse casado con una mujer blanca.
La Seberg sedujo a muchos más —Clint Eastwood, Abdelaziz Bouteflika, Carlos Fuentes, etc.—. Este dijo de ella que era brillante, inteligente, bella y muy vulnerable. Parece que su recuerdo no le abandonó nunca, aunque vivieron un romance de apenas dos meses. Quizá fue hasta por eso mismo, maliciará alguno. En 1972, Jean encontró a Dennis Berry, hijo del director de cine John Berry, y tres semanas más tarde volaron a Las Vegas para casarse. Hacia 1977 la relación era insoportable y se separaron, aunque no se divorciaron; cuando murió Jean, Dennis seguía siendo su marido legal.
En 1979 la actriz, con cuarenta años, conoció a un argelino de diecinueve, Ahmed Hasni, que trató de apartarla del alcohol y prepararla para su nueva película. Se hizo cargo del poco dinero que tenía, se tornó posesivo y llegó a golpearla. Fue la última persona que la vio viva. Según el relato oficial de la muerte, Jean Seberg desapareció el 30 de agosto de 1979 de su apartamento parisino, envuelta sólo en una manta, entró en el asiento de atrás de su Renault aparcado en la calle y tomó una dosis letal de pastillas. La policía encontró el cadáver ocho días después, con una caja de barbitúricos, una botella vacía de agua  y una carta para su hijo: “Perdóname, no puedo vivir más con mis nervios”.  La autopsia reveló una dosis de alcohol en sangre capaz de provocar un coma en cualquier bebedor. Se consideró un suicidio. En julio había tratado de arrojarse al metro.
El otro seductor con el que empecé, Romain Gary, se suicidó el dos de diciembre de 1980 de un tiro en la boca en su apartamento de París. Tuvo una relación muy discreta con la actriz alemana Romy Schneider, que se suicidó el 29 de mayo de 1982, a los 43 años. No se hizo autopsia, pero se supone que la muerte fue por ingestión de alcohol y barbitúricos. Su hijo David había muerto trágicamente en julio del año anterior. Era de su primer matrimonio, con el actor alemán Harry Meyen, que se suicidó en abril de 1979, ahorcándose en su piso de Hamburgo.
Hay que tener cuidado con la seducción. Hegel, Kant, o una comadrona de mi pueblo muy dicharachera, no recuerdo quién ahora, dijo que “la suerte de la fea, la bonita la desea”. Podría ser.

2 de octubre de 2016

Seducción y política


Recién regresado a Madrid, veo que el 1 y 2 de octubre se celebra el Día Mundial de las Aves. Como, por otra parte, leyendo La travesía del pacífico, de Mark Twain, me entero de la existencia de un ave, extinta desde hace unos pocos centenares de años, que pesaba unos 250 kilos y medía casi tres metros de alta —no muy distinta de los actuales avestruces—, pensaba yo dedicar una corta entrada al bicho en cuestión.
Sin embargo, los avatares políticos me fuerzan una vez más, muy en contra de mi voluntad, a hablar de la situación del país. Ha dimitido Pedro Sánchez, después de una tormentosa reunión del Comité federal. Me entristece ver cualquier árbol caído, aunque confieso que será un alivio no ver de momento al personaje en la TV, repitiendo aquella retahíla del “gobierno progresista-reformista” y del “no es no”. En política, el uso de los tópicos y las firmezas es tolerable; lo que no se puede hacer es engañar, embaucar. Justificaba Sánchez su no abstención en la investidura de Rajoy, para que el PP “no tuviera un gobierno sin oposición”. Investido Rajoy, podrá contar sólo con sus 137 diputados; gobernar así no será ni fácil ni grato ni quizá posible. Por lo tanto, la excusa es una tontería o una perversidad. O las dos cosas. De todas maneras, el político más torpe de la panda fue Pablo Iglesias, que tuvo en sus manos la formación del “gobierno de cambio” por el que tanto clama, apoyando a Sánchez en su investidura. No hacerlo fue un error tan grande que nadie, ni él mismo, podrá perdonárselo.
Estos de Podemos también están ahora con los matices. Uno de ellos habla de la necesidad de seducir más. Lleva toda la razón. En el prólogo de Une histoire de la séduction politique, de Christian Delporte, viene una cita de Frédéric Mistral —que compartió premio Nobel en 1904 con nuestro José Echegaray—, que traduzco: Sea con las mujeres, con los reyes o con el pueblo, quien quiera reinar debe agradar (plaire: complacer, seducir, dar gusto, placer, que existe este verbo en español).
Cita Delporte al escritor Romain Gary, que dijo del general De Gaulle: Il avait l’art de séduire et en avait besoin (Tenía el arte y la necesidad de seducir). También menciona a Pompeyo, ofreciendo a los romanos juegos grandiosos; a Hitler, con su retórica grandilocuente y venenosa; a Kennedy… De todos el más directo fue Napoleón: No tengo más que una pasión, una querida (maîtresse), Francia; me acuesto con ella.
Seducere en latín quiere decir apartar, arrastrar, corromper, pervertir. Algunos de estos sememas conservan plenamente su sentido negativo en español. En el DRAE, la primera acepción de seducir es: engañar con arte y maña; persuadir suavemente al mal. La segunda acepción es más neutra: embargar o cautivar el ánimo. La seducción supone una atracción irresistible, una relación  de dominio temible para el seducido o seducida. Un peligro real.
El problema es que no seduce quien quiere sino quien puede. El seductor ha de atraer y para ello ha de planear una estrategia basada en apariencias: ha de resaltar su físico, usar con habilidad sus sentidos, su voz, sus gestos, su mirada, ha de deslumbrar con sus palabras. Me pregunto si los de Podemos estudian estos detalles y tratan de acomodarse a lo acostumbrado y atrayente en nuestra sociedad. Su palabrería, sus citas, su actitud en el Congreso, su desparpajo a veces, su convencimiento de que todo lo han descubierto, de que lo anterior es caduco y reclama la sustitución urgente, su inmadurez y soberbia, no son quizá los mejores medios para seducir a la mayoría.
Lo visto en los alrededores de la sede del PSOE en Ferraz es inadmisible y vergonzoso. El Congreso es el Congreso, una sede es una sede y la calle es la calle. Los afines a Sánchez eran vitoreados, los contrarios abucheados y tratados de traidores o golpistas. Simplemente, por pensar de otra manera. Había también simpatizantes de Podemos. No se seduce así.

24 de septiembre de 2016

Leve reprimenda papal


El motivo por el que consulto Wikipedia u otras enciclopedias y tesauros es el de completar con ellas lo hallado en las más variadas fuentes. El tema de hoy me viene de dos muy distintas: un libro de Medicina Laboral, The diseases of occupations, de Donald Hunter, y una de las novelas más originales y divertidas de la literatura inglesa, Tristram Shandy, de Laurence Sterne, escrita hace unos 250 años. Ambas incluyen el texto de una excomunión papal.
El libro de Hunter lo hace al tratar el tema del alumbre, un sulfato de aluminio y potasio —mencionado  ya en el papiro egipcio de Ebers, que tiene una antigüedad de unos 3500 años—, utilizado para preservar las pieles y como mordiente en tintorería. Tiene otros muchos usos en los que no entraré aquí. En el siglo XV el alumbre requerido por Europa provenía de Siria, pero con la caída de Constantinopla en manos de los turcos (1453), Giovanni de Castro, que había hecho una fortuna importándolo desde allí, regresó a Italia. Poco después descubrió, en el territorio papal de Tolfa, un mineral que tratado de cierta manera produce alumbre. Se llamó alumbre romano  y fue monopolizado por el Papa Pío II, que obtuvo así inmensas ganancias.
Un inglés, Thomas Chaloner, visitó Italia al fin del siglo XVI y vio que el suelo de los alrededores de Tolfa era similar al de la zona de Guisborough, en Inglaterra ; en ambos sitios las hojas de los árboles tenían un color especial verde pálido. Hacia el año 1600 se empezó a extraer mineral de allí, aunque para aprender los secretos de la preparación del alumbre se dice que tuvo que sobornar a algunos trabajadores papales, a los que sacó de Italia en un barco, escondidos en barriles. Esto motivó su excomunión papal, en términos que resumiré luego. En la novela Tristram Shandy, un personaje de la misma, Dr. Slop, lee también una excomunión papal en latín, aplicándola con humor a Obadiah, un sirviente algo torpe. Es más extensa, pero casi idéntica a la del libro de Hunter.
Las dos provienen de un texto redactado, quizá sólo copiado, por un monje benedictino francés, Ernulf (1040-1124), también jurista y arquitecto, que fue prior de Christ Church en Canterbury y responsable de la expansión de su catedral; más tarde fue nombrado obispo de Rochester. El Textus Roffensis, escrito entre 1122 y 1124, ha tenido una historia turbulenta de accidentes y pérdidas; se conserva ahora en el Medway Archives and Local Studies Centre en Strood, Kent. La excomunión no estaba dirigida a ninguna persona concreta, aunque quizá se redactó pensando en los ladrones de manuscritos. Piénsese que, hace mil años, la tarea de copiar un libro era realmente ardua y requería el trabajo de un monje volcado sobre un pergamino, escribiendo seis horas diarias, seis días a la semana, durante seis meses, para un libro sencillo. La exactitud era primordial porque cualquier error se transmitía a las siguientes copias. Resumo este texto de excomunión:
Por la autoridad de Dios Todopoderoso, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo y de los santos cánones, y de la inmaculada Virgen María, madre y patrona de nuestro Salvador, y de todos las celestiales virtudes, ángeles, arcángeles… excomulgamos y anatemizamos:
Que el Padre que creó al hombre lo maldiga. Que el Hijo que sufrió por nosotros lo maldiga. Que el Espíritu  Santo que nos fue dado en el bautismo lo maldiga …
Que la santa y eterna Virgen maría, madre de Dios, lo maldiga. Que San Miguel, abogado de las almas santas lo maldiga. Que todos los ángeles y arcángeles…
Que pene en cualquier sitio que esté, en la casa o en los establos, el jardín o el campo, en el camino o en el sendero o en el bosque o en el agua o en la iglesia. Sea maldito al vivir, al morir. Que padezca comiendo, bebiendo, con hambre, de pie, echado, trabajando, descansando, meando, cagando…
Sea dañado en el pelo de la cabeza… sea dañado en su frente, en sus oídos, en sus cejas, en sus mejillas, en su mandíbula, en su nariz… Sea dañado en su boca, en su pecho, en su corazón y sus entrañas, hasta el mismo estómago. Sea dañado en sus riñones, en sus ingles, en sus genitales y en sus caderas…
Sea dañado en todas las articulaciones de sus miembros, desde el vértice de su cabeza hasta la planta de sus pies. ¡Que no haya nada sano en él!
Como ves, lector, nada parecido a lo que ocurre entre nuestros políticos, ángeles en comparación. Muchos de ellos muy torpes, pero buena gente.

21 de septiembre de 2016

Robespierre y el pararrayos de Saint-Omer


En mi entrada del ocho de septiembre, me referí a algunos líderes políticos. De tres cifré sus nombres, para que sólo los extremadamente sagaces pudieran identificarlos; a uno de ellos le llamé el Incorruptible. Esto me recordó un caso, en el que intervino en su juventud el conocido personaje francés con ese sobrenombre, Maximilien Robespierre. El asunto fue célebre en la Francia y Europa de finales del siglo XVIII: el pararrayos de Saint-Omer.
Todo empezó con un abogado de Saint-Omer, pequeña localidad cerca de Calais, Charles-Dominique de Vissery, muy aficionado a las ciencias y que contaba ya con varios inventos, entre ellos uno para respirar aire fresco, incluso sumergido en las aguas más profundas. En mayo de 1780 decidió, tras estudiar los trabajos de Benjamin Franklin, instalar un pararrayos en su domicilio, lo que llenó de inquietud a sus vecinos, que pensaron que semejante artilugio sólo podría traer desgracias. Presentaron una demanda sobre el particular, argumentando que atraería a los rayos, haciéndoles caer sobre la villa. La justicia anduvo rápida esta vez y en sentencia de 14 de junio juzgó que el experimento de De Vissery era peligroso y alarmaba al vecindario. Se decretó su supresión.
De Vissery recurrió la sentencia. El abogado Antoine-Joseph Buissart, con parecidas aficiones y colaborador regular del Journal de physique, tomó el caso y juró que lo haría triunfar. Redactó una memoria, probando la inocuidad del sistema y basada en razones científicas. Se dirigió a juristas y físicos conocidos, a Condorcet, Gerbier, Target, etc., para concluir que el aparato no atrae el rayo, sino que protege la casa en la que está instalado y las vecinas. El documento tuvo acogida favorable en las Academia de Dijon y Montpellier. En poco más de un año muchos grupos de eruditos se interesaban por el asunto. Buissart nombró entonces para defender el caso a un desconocido abogado de Arras, Maximilien Robespierre, recién inscrito en el Colegio. En su intervención este demostró talento y dotes oratorias y su defensa fue impresa. El Consejo de Artois falló a favor de Vissery en mayo de 1783 y en el periódico Mercure de France del 21 de junio, se pudo decir que el joven abogado mostró gran elocuencia, sagacidad y conocimientos.
De Vissery reinstaló su pararrayos un mes después y murió al año siguiente. Dejó disposiciones testamentarias que obligaban a sus herederos a conservar el ingenio, pero estos vendieron la casa y el nuevo propietario demandó un peritaje local, que decidió que el aparato no podía subsistir en el estado en que se encontraba, por lo que el ya célebre pararrayos de Saint-Omer fue desmontado definitivamente.
En una carta del 9 de noviembre de 1782, Jean-Baptiste Le Roy, famoso físico francés y uno de los mayores redactores  de la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert,  había escrito: Cuesta trabajo creer que a cincuenta leguas de París y al final del siglo XVIII, unos magistrados hayan podido emitir una sentencia tal. Pues así fue, lector. No basta con tener razón, hace falta que te la den. Es mucho más difícil derrotar un prejuicio que una ciudad amurallada. Ha sido siempre así. También ahora.
Robespierre era detestado por Marie Jeanne Rolland, aunque los dos reprobaban los toscos modales de Danton. Madame Rolland murió en la guillotina, tras gritar: aquello de: ¡Oh, Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre! En otra ocasión había dicho, en referencia a la Asamblea Nacional: una colección de zoquetes a dieciocho francos diarios, que no siempre comprenden el asunto sobre el que son llamados a votar.
Los modales de Robespierre tampoco eran exquisitos. La Rolland contó al general venezolano Francisco de Miranda —políglota, humanista y el más universal de todos los ciudadanos de Venezuela— que cuando ella indicó a Robespierre que había que apelar a la virtud de los ciudadanos, este le contestó: ¿Sabe, señora, qué es para mí la virtud? Lo que hago con mi señora en la cama todas las noches. Otro demócrata desengañado también sentenció, sobre los que se titulan amigos del pueblo: El pueblo sería muy feliz si no tuviera tantos amigos. En fin, nihil novum sub sole.

16 de septiembre de 2016

El Gran Visir y su biblioteca ambulante


Trataré de apartarme poco a poco del tema de los políticos, esa desgracia nacional que padecemos —si sigo un poco más, esto se convertirá un caso típico de paralipsis—, perdidos tozudamente en lo accesorio, siempre que sirva para desacreditar al adversario. Ya sé que no son todos así, pero lo son muchos, demasiados. ¡Qué diferencia con aquel gran visir persa, Abdul Kasem Ismael, de hace más de mil años, poseedor de una de las más curiosas y fantásticas bibliotecas que han existido en el mundo!
Durante la Edad Media, la invasión árabe de Persia cambió su modo de vida y su cultura. Sin embargo, algunos grupos resistieron esa influencia, llegaron a reconquistar su independencia y reavivaron su identidad histórica durante los siglos IX y X. Se conservó así la lengua persa, que es la oficial hoy día, y se desarrolló además una literatura autóctona, que fue capaz de influir en la poderosa civilización musulmana. Fue en esta época cuando Abdul Kassem Ismael fue nombrado Gran Visir.
Este hombre sabio (938-995), lector infatigable, logró formar una biblioteca de 117.000 volúmenes de la que, si hemos de creer la leyenda, jamás se separaba y llevaba consigo en los frecuentes y largos viajes a los que estaba obligado por sus misiones de guerrero y estadista. Tan valiosa carga era transportada por cuatrocientos camellos, amaestrados cuidadosamente para que marcharan lentamente y en orden alfabético, de manera que los camelleros-bibliotecarios pudieran encontrar rápidamente la cita o información buscada. Cada camello portaba unos trescientos manuscritos en idiomas persa o árabe, así como incontables dibujos e ilustraciones. Si un camello rompía la formación, de dos kilómetros de larga, era castigado severamente por los encargados de mantenerla. Este visir no sólo era persona culta sino de trato muy afable, lo que le valió entre sus súbditos el sobrenombre de Saheb, el camarada.
Uno de nuestros brillantes políticos, conocido ya por la hondura de sus citas, ha vuelto a tomar ideas de una pegadiza canción actual, en su crítica a un célebre caso de corrupción, de un partido al que se censura mucho por eso. Quizá debiera reflexionar sobre el dicho popular alemán Gelegenheit macht Diebe, la ocasión hace ladrones, y ser más cauto por si alguna vez su grupo accede al gobierno y a su enorme poder de perversión.
Dos últimas palabras para informar de que todavía existen en ciertos países de África librerías ambulantes servidas también por camellos, para que puedan llegar los libros a las regiones más apartadas, donde no existen  carreteras ni caminos practicables para medios mecánicos.