14 de junio de 2016

La taimada y traviesa apóphasis (I)


Lector, prometo explicar lo de la apóphasis al final. Ahora digo que en la portada de mi blog se lee, tras la definición de ‘sobretarde’ (lo último de la tarde, antes de anochecer, DRAE), una sincera y rotunda declaración: Creado para tratar temas que vayan surgiendo de mis lecturas o meditaciones, sin preocuparme demasiado por la actualidad. Esta ha sido mi intención y la norma en casi todas las entradas del mismo. Entre los temas de actualidad, ningunos menos atractivos, para mí, que los de índole política. Aclaro, sin embargo, que pocos oficios me parecen tan nobles como el de político, cuando quien lo ejerce lo hace por auténtica vocación de servicio, renunciando quizá a puestos mejor remunerados y sin los inconvenientes de un cargo público. No me refiero a los que se arriman para medrar o por pura ambición de poder.
Ha empezado ya la campaña electoral del 26-J. En realidad, llevamos años de campaña ininterrumpida, si se entiende como tal la descalificación tenaz del adversario o el insulto directo a los responsables de los distintos partidos. No comentaré aspectos concretos de esa lucha sin cuartel. Simplemente, por mi edad, tiendo a comparar la situación actual con la del pasado relativamente reciente, que me tocó vivir: transición de la dictadura a la democracia, con los artífices de entonces.
Lo que escriba estará inevitablemente influido por mi edad y mis sentimientos y no siempre se ajustará a una lógica estricta. Igual que prefiero el cine y la música de antes, también creo que los nuevos políticos, los más jóvenes para entendernos, son inferiores a los antiguos. Critican la corrupción de algunos de estos, con toda razón, y presumen de incorruptibilidad. Estoy dispuesto a aceptar esa presunción; se les supone, como en el ejército el valor al soldado. Pero alardear de ella, sin haber tenido ocasión de corromperse, es otra cosa. Sobre todo cuando hay indicios de que algunos de los nuevos podrían ser muy buenos en el extendido arte del trinque y el tejemaneje.
Odio esa nueva política que se fragua cada vez más en la televisión, ventana tantas veces abierta a rincones sórdidos y estúpidos del mundo. Su influencia la confiesa en un periódico de hoy mismo, uno de los más beneficiados por esta perversión. Aparecen políticos en los más diversos programas, en los que se suele ofrecer una imagen bonancible y hasta tierna de los mismos. Se les ve sencillos, sonrientes y amables. Debería haber un límite, un equilibrio para estos cameos. Una política valenciana, desde que obtuvo un puesto de cierta relevancia, muestra una imperturbable sonrisa, de oreja a oreja; está encantada. Uno se pregunta qué puede haber en la dura y cainita vida política que la haga tan feliz. Me gustaría que en las próximas elecciones esta buena mujer siguiera, en lo que sea, para que no se malogre su inextinguible sonrisa.
La formación cultural de los nuevos políticos deja a veces bastante que desear. En los mítines, llenos de simpatizantes más o menos desocupados, prestos a aplaudir cualquier simpleza que diga el orador, con algunos colocados detrás de él para afianzar con gestos guiñolescos las banalidades que exponga, cualquier palurdo puede llegar a la conclusión errónea de que está llamado a jugar un papel histórico en el país. Este adjetivo, histórico, se prodiga mucho ahora: hay reuniones, programas, acuerdos, así calificados, aunque sólo sean eslóganes vacuos y ocurrencias de amiguetes.
Una famosa alcaldesa dejó sin terminar una carrera sencilla: En casa no había dinero y pronto tuve que buscarme la vida, revela afligida. Oír esto, cuando he conocido casos en mis tiempos de universidad en los que se simultaneaba el trabajo y una carrera tan exigente como Medicina, me produce una leve hilaridad. Son mensajes falaces diseñados para suscitar la compasión y el arrobo entre gente no conocedora. La alcaldesa hizo bien en colgar estudios que no conducen a nada. ¿Para qué estudiar, para qué empeñarse en nada que exija esfuerzo? Sin ellos, ha llegado a donde ha llegado.
Una digresión, quizá obligada; luego seguiré con mi plan de ruta.  Ayer atendí por algún tiempo al anunciadísimo ‘debate a cuatro’ de TV, en donde volví a oír las viejas consignas y algunas botaratadas. No fue demasiado bronco, aunque en ocasiones se interrumpían los candidatos y hablaban a la vez. Daban datos muy contradictorios, sin que se esforzarse nadie en estudiar cuáles eran los correctos; cada uno soltaba los suyos y en paz. El lenguaje, decía Ortega, es por esencia diálogo y se espera, añado yo, que de él surja, si no un acuerdo, sí un esclarecimiento. El formato de este tipo de encuentros hace imposible la discusión sosegada de cualquier asunto. En El libro de Job, 28-12, se formulan las preguntas: ¿Mas en dónde se halla la sabiduría? ¿Y cuál es el lugar en que reside la inteligencia? No, ciertamente, en un plató de TV.
La mayoría de los ataques dialécticos se centraron en Rajoy. Eso ya, a los que de niños vimos en las películas del Oeste cómo el pistolero bueno, cuando varios atacaban a un hombre solo, ayudaba siempre al solitario, podría predisponer a su favor. Por otra parte, Rajoy representa la continuidad y habrá gente que piense, como escribió el francés Charles Brook Dupont-White, socialista y crítico radical del sistema capitalista, en el prólogo de La Liberté, que tradujo de Stuart Mill, que “la continuité est un droit de l’homme: elle est un hommage à tout ce qui le distingue de le bête”. Por supuesto, no se definieron los pactos postelectorales. Un candidato estuvo, como siempre, agresivo y querulante. Algún inteligente asesor le habrá aconsejado que se muestre así.
Al día siguiente, tampoco hubo sorpresas. Preguntados cargos de los diferentes partidos, todos proclamaron vencedor a su candidato; como ocurre en las elecciones, que todos las ganan. Uno de los organizadores, después de su análisis, aventuró que no creía que el debate fuera a influir significativamente en el voto final. Eso ya lo sabíamos algunos. La agobiante promoción del espectáculo, el señuelo de que un tercio del electorado decidiría su voto gracias a él, las fanfarrias del mismo, todo forma parte de ese mundo irreal y ficticio, que la televisión consigue instalar en bastantes cerebros.
(continuará, y hablaré de la apóphasis)

10 de junio de 2016

Borges, amores y desamores (VIII, fin)


Palabras clave (key words): Dos poemas ingleses, Batalla de Maldon, Saga de los Volsungos.

Las razones en las que me apoyo son bastante obvias. Beatriz Bibiloni era muy bella y los poetas de siempre han dedicado versos a estas beldades notorias. Y aún más importante, aunque era argentina, su madre, Mary Webster, hablaba en inglés con ella desde niña y en este idioma se comunicaban Beatriz y Georgie. Es muy explicable que, dadas las circunstancias, los poemas para tal destinataria estuvieran en ese idioma común e íntimo. La sugerencia de que fueron escritos así para ocultarlos al marido no es nada convincente. Borges, en sus amores, en sus intentos, no distinguía demasiado, incluso antes de tener problemas de vista, entre casadas y solteras; no reparaba, no se daba cuenta. En esto era algo descuidado; de hecho, la amistad entre Borges y Beatriz provocó todo tipo de suspicacias en la época.
Los versos son bellísimos y quiero, para terminar esta larga serie de entradas, mostrar algunos del segundo poema, traducidos al castellano. Son versos de enamorado, de un enamorado desesperado por no poder retener el objeto amado, de un enamorado que quizá unos meses más tarde pensaría en quitarse la vida. Todo cuadra un poco, pero hay que tener cuidado con la imaginación, que es muy revoltosa.  Ahí van los versos, tal como aparecen en las Obras completas, de RBA-Instituto Cervantes, 2005:
 
¿Con qué puedo retenerte?
 Te ofrezco calles descarnadas, crepúsculos desesperados, la luna de rasgados suburbios.
 Te ofrezco la amargura de un hombre que ha mirado larga y lentamente la luna solitaria.
[…]
 Te ofrezco cualquier hallazgo que puedan guardar mis libros, cualquier hombría, el humor que pueda tener mi vida.
 Te ofrezco la lealtad de un hombre que nunca ha sido leal.
[…]
Te ofrezco explicaciones de ti misma, teorías acerca de ti misma, auténticas y sorprendentes noticias de ti misma.
 Te puedo dar mi soledad, mi oscuridad, el ansia de mi corazón. Estoy tratando de sobornarte con la incertidumbre, con el peligro, con la derrota.

Borges murió el 14 de junio de 1986, en Ginebra, donde está enterrado, en el cementerio de Plainpalais. En el anverso de su lápida puede verse su nombre, un grabado circular con siete guerreros y la inscripción And ne forhtedon na. Hay también, en el ángulo inferior izquierdo, una pequeña cruz de Gales con las fechas 1899 1986, las de nacimiento y muerte del escritor. La inscripción es parte de un verso, de un poema épico anglosajón altomedieval del siglo X, La batalla de Maldon, y quiere decir “sin pánico alguno”. Es la arenga de un jefe a sus soldados en una batalla: Byrhynoth después dispuso a sus hombres. / En medio de ellos cabalgando ordenó / y enseñó a los soldados así a resistir: / asiendo el escudo sólidamente, / prietos los puños, sin pánico alguno (traducción del escritor y poeta Antonio Rivero Taravillo). En el reverso se ve una leyenda algo más larga: Hann tekr sverthit Gram ok / leggr i methal theira bert, dos versos de la saga islandesa Saga de los volsungos, del siglo XIII, escrita en prosa, que significan: Él tomó su espada, Gram, y colocó el metal desnudo entre los dos. Debajo una nave vikinga y la inscripción “De Ulrica a Javier Otálora”, dos personajes de un relato borgiano, Ulrica. Me permito mostrar dos fotos de la lápida.
Todo es intrincado y culto, como casi toda la obra de Borges. Este texto se refiere a la leyenda de Sigurd, quien, obligado a dormir junto a Brynhild, la pretendida del hermano de su esposa, coloca la espada Gram entre ambos. Años después, Brynhild ordena por celos la muerte de Sigurd, para apuñalarse después, pidiendo que los dos cadáveres reposen juntos, otra vez con la espada Gram entre ambos. Los versos son justamente el epígrafe que usó Borges para su relato Ulrica, de El libro de arena, de 1975. Kodama, ya lo dijimos, siempre pretendió que la mujer del relato estaba inspirada en ella. En él, Borges cuenta: “Para un hombre célibe entrado en años, el ofrecido amor es un don que ya no se espera”. Quizá a él sí le fue otorgado, al final. ¡Ojalá!
Hubo más mujeres, pero creo que he contado, con algún detalle, la historia de las más conocidas. Quedan muchas, algunas ya las mencioné en mi primera entrada.


 

7 de junio de 2016

Borges, amores y desamores (VII)


Palabras clave (key words): María Kodama, Bioy Casares, Alejandro Vaccaro, Beatriz Bibiloni.

Borges y Kodama se casaron por poderes, él estaba en Ginebra y ella en Paraguay, con algunas irregularidades en la partida matrimonial. No hacía falta la boda para que Kodama heredara, pero lo hicieron porque Borges lo pidió así. Los cercanos al escritor no acababan de creerlo; su hermana, Norah Borges, dijo que se trataba de una ‘unión diabólica’. Hubo más comentarios de esta índole. Bioy Casares afirmó que Borges no quería irse a Ginebra y que sólo lo hizo por la presión de Kodama. Esta tuvo quizá razones para decir que “conoció la maldad cuando se casó”. Borges murió el 14 de junio de 1986 y fue enterrado en el cementerio de Plain-Palais. La lápida encierra referencias a su relato Ulrica, cuyo personaje está, según Kodama, inspirado en ella. Amigos de Borges dijeron que este quería descansar con sus antepasados en el cementerio de La Recoleta y que deseaba un escueto epitafio invocando el olvido.
Dos años después de la muerte de Borges, en 1988, Kodama creó la Fundación Internacional Jorge Luis Borges y desde entonces se entregó “al enorme trabajo que supone difundir una obra tan maravillosa e inmensa”. Se vio enzarzada en múltiples problemas judiciales con los detentadores de derechos e intereses sobre la obra del difunto: con su traductor al inglés, Norman Thomas di Giovanni, coautor de Un ensayo autobiográfico del argentino; con el ensayista Osvaldo Ferrari y, el más reciente, con motivo de la reedición de las Obras Completas de Borges en la colección La Pléiade, de Editorial Gallimard, de Francia.
No fueron sólo problemas judiciales. Kodama es atacada en ocasiones y sabe defenderse. También sabe atacar y que sean los otros los que tengan que oponerse. De Bioy Casares, el eterno amigo de Borges —este lo llamó dos días antes de su muerte, desde Ginebra, para despedirse— dijo que era “un desecho humano”, por haber revelado en su autobiografía la identidad de sus amantes, que fueron bastantes, añado yo, porque era poco inhibido, muy diferente en esto de Borges. Era, sigue diciendo Kodama, “el Salieri de Borges, que lo consideraba un cobarde”. Uno de los que respondieron a este insulto fue Alejandro Vaccaro, quien escribió que “tildarlo de desecho humano y cobarde era un agravio gratuito e inmerecido para quien transitó con éxito su larga vida literaria, gran parte de ella junto a su amigo Jorge Luis Borges”.
No puedo detenerme más. Sólo querría hacer dos últimas puntualizaciones. Epifanía Uveda de Robledo, Fanny, la mucama de la familia Borges durante cuarenta años, afirmó, en el libro El señor Borges, escrito con Alejandro Vaccaro, contestando a la pregunta sobre el presunto amor de Borges y Kodama: “¿Amor? Eso nunca fue amor, lo que pasa es que él estaba muy solo. Ella maltrataba al señor, yo fui testigo. Le gritaba y un día lo empujó en la puerta del ascensor. El señor de quien estuvo muy enamorado fue de Estela Canto. La adoraba y guardaba su fotografía entre sus libros. Ella fue su novia desde los 17 años, pero nunca tuvieron relaciones sexuales. Bueno, pobrecillo, no las tuvo con ninguna de sus mujeres. Y menos con Kodama. No era algo que le interesara, le tenía pánico. Yo siempre digo que el pobre señor se murió virgen”.
También cuenta una conversación entre la madre del escritor y Kodama: ¿Usted está enamorada de Georgie?, preguntó doña Leonor. No, yo estoy enamorada de la literatura de Borges, pero no del hombre, respondió Kodama, desconcertada. Apenas se retiró la visita, Leonor hizo un rictus de horror y, como en los culebrones de la tarde en la radio, dijo en voz alta: “Esta piel amarilla se va a quedar con todo”. Una matización pertinente es que Fanny fue víctima de un cambio en el testamento de Borges, en tiempos ya de Kodama, por el que quedó prácticamente desheredada, como ya conté. Este detalle debe ser tenido en cuenta a la hora de interpretar sus afirmaciones.
La segunda puntualización es sobre Two English Poems, los dos poemas ingleses del libro El otro, el mismo, que también mencioné antes. Fueron escritos en 1934, un año antes del indeciso intento de suicidio de Borges. Las elucubraciones sobre la destinataria de los versos son muy variadas. Muy probablemente fue Beatriz Bibiloni Webster de Bullrich, nacida en Buenos Aires el 20 de noviembre de 1901. Leo que su belleza hipnotizó a Buenos Aires y Nueva York en los años veinte, además de sus habilidades deportivas e intelectuales. Explico todo esto un poco más en la próxima entrada.
(continuará)

3 de junio de 2016

Borges, amores y desamores (VI)


Palabras clave (key words): María Kodama, Beatriz Bibiloni, Epifania Uveda de Robledo.

La sexta mujer sería María Kodama Schweizer, la última, la definitiva, con la que Borges se casó en 1986, unos meses antes de morir; su viuda en este momento. Entró en contacto con Borges, con su mundo, desde que tenía cinco años, en 1942. Dejaré que lo cuente todo ella misma, como lo hace en una entrevista con Luis Dapelo, un crítico y traductor latinoamericanista, residente en Francia. Kodama (la nombraré así) cuenta que su relación con Borges transcurrió en tres encuentros: El primero, auditivo, fue cuando yo tenía cinco años y una profesora me daba clases de inglés. […] Su método consistía en leerme en inglés lo que ella estaba leyendo y luego hacer una traducción comprensible para una criatura de cinco años, y seguir adelante con su texto. Ese era el método y esa señora, cuando yo tenía cinco años, me leyó los dos poemas ingleses de Borges. Estos dos poemas, añado yo, de deliciosa factura y los únicos que escribió Borges en esa lengua; los dedicó a Beatriz Bibiloni Webster de Bullrich.
Sigue Kodama: El segundo se produjo cuando yo tenía doce años. Asistí a una conferencia de la cual no entendí absolutamente nada, por supuesto. Pero si bien no entendí, ciertas cosas me llegaban. La palabra, la poesía, la literatura, la filosofía son como la música, es decir, sonidos y en la entonación de la voz de alguien que dicta una conferencia hay, de todos modos, algo que despierta en nosotros determinados sentimientos o emociones. Terminada la conferencia la niña fue presentada a Borges: “Se acercó, lo saludé, le di la mano y me fui como cualquier otra persona”.
El tercer encuentro, para alguien exigente, podría ser considerado, en realidad, el primero. Lo extracto: Kodama tenía dieciséis años y vio a Borges paseando por Florida. Se acercó y le dijo que lo había escuchado una vez cuando era chica, que se acercaba para saludarlo y que ahora era grande. Él, por la voz, intuyó que no era tan grande y le preguntó si era ya una persona adulta. Kodama respondió que sí y Borges le propuso: ¿Quiere estudiar anglosajón? Sí, contestó, e inmediatamente se dio cuenta de que no tenía ni la más remota idea de qué era eso. “Se lo manifesté así, él se rió y me dijo que era el inglés antiguo. Le pregunté: ¿Shakespeare? y él dijo: No, mucho más antiguo”.
Desde ese momento, cuenta Kodama, empezamos a estudiar y nos veíamos en la Fragata, cerca de la calle San Martín, en distintos bares que hoy han desaparecido. A veces también en el Saint James que ya tampoco existe. Él llegaba con los libros y con el diccionario —todavía caminaba solo en esa época por la calle— y comenzamos a estudiar el anglosajón. Después la vida fue tejiendo toda una historia. Elegí el irlandés y empezó a dictarme algunas cosas. Traía libros para ayudarse a refrescar datos para preparar las conferencias y, bueno, la vida siguió tejiendo toda esa historia maravillosa. Yo, paralelamente, terminé el secundario, cursé mis estudios en la universidad, tenía mi trabajo y me dividía el tiempo en una vida tan complicada como la que tengo ahora, pero muchísimo más feliz por supuesto.
Este tercer encuentro debió de ocurrir en 1953, ya que Kodama nació el diez de marzo de 1937, según su partida de nacimiento. Sin embargo, en su acta matrimonial con Borges figura 1941 y en alguna reseña periodística se señala 1945. En cualquier caso, habrían de pasar más de veinte años hasta que Kodama empezara a viajar con Borges por todo el mundo, tras la muerte de doña Leonor. Desde entonces ya no se separó del escritor y colaboró con él en la Breve antología anglosajona (1978), así como en la traducción de La alucinación de Gylfi, de Snorri Sturluson (1984) y El libro de la almohada, de Sei Shonagon, que además prologó. Si eran amantes lo eran muy discretamente: no se tuteaban y dormían en habitaciones separadas. Ella leía para él y él le dictaba; vivían, en fin, la vida obligada y normal de un invidente y su lazarillo. Aunque el amor, cualquiera de las infinitas formas de amor, cabe también dentro de esas coordenadas.
En el año 1979 Borges otorgó un testamento en el que legaba sus derechos de autor a Kodama y dividía sus cuentas bancarias entre ella y la mucama de cuarenta años de servicio en la casa, Epifania Uveda de Robledo, la familiar Fanny. En noviembre de 1985, antes de un viaje a Milán, del que ya Borges no regresaría a Argentina, un nuevo testamento excluyó a Fanny y designaba heredera universal a Kodama. Conviene recordar esto a la hora de valorar algún juicio de Fanny sobre ella, que mencionaré más tarde.
 (continuará)

31 de mayo de 2016

Borges, amores y desamores (V)


Palabras clave (key words): María Esther Vázquez, Delia Ingenieros, Elsa Astete Millán.

La cuarta de las mujeres de Borges fue María Esther Vázquez, a la que conoció cuando ella tenía veinticuatro años, y con la que también quiso casarse. Borges ya no veía y doña Leonor, su madre, de ochenta y cinco años, había empezado a buscarle pareja, para no dejarlo solo después de su muerte. La joven entró a trabajar en la Biblioteca Nacional en 1957 y pasó a ser su secretaria y lectora. Cuando lo conocí, me pareció tan viejo como las pirámides, escribió ella. Emprendieron juntos dos proyectos: una revisión del libro sobre literatura germánica que Borges había publicado con Delia Ingenieros en 1951; el otro era una breve introducción a la literatura inglesa. El escritor creía que la boda iba a celebrarse. Leo que “en general, se consideraba que María Esther Vázquez había sido complaciente con Borges”. Ignoro qué clase de complacencias, pero Borges le propone casamiento en 1964 y, como otras veces, es rechazado.
El escritor, espléndidamente dotado para sufrir las penas del desamor y poco apto para gozar sus alegrías, se refugia una vez más en la literatura. Compone tristes versos sobre la fugacidad del amor y de todas las cosas, como los del hermosísimo díptico, de título 1964, de la colección El otro, el mismo: Ya no es mágico el mundo. Te han dejado. / Ya no compartirás la clara luna / ni los lentos jardines. […] Lo que era todo tiene que ser nada; / sólo me queda el goce de estar triste. Trata de superar heroicamente el destino, con la mansa aceptación de otras veces: Ya no seré feliz. Tal vez no importa. / Hay tantas otras cosas en el mundo; / un instante cualquiera es más profundo / y diverso que el mar.  […] La muerte, ese otro mar, esa otra flecha / que nos libra del sol y de la luna / y del amor. El estoicismo de siempre; el que le llevó a iniciar una conferencia en la Universidad de Buenos Aires: “Platón que, como todos los hombres, fue infeliz…”. Pero eso no es verdad, aunque sería muy difícil explicar por qué muchos seres humanos se sienten y proclaman felices, por qué sutil y bendito engaño.
En noviembre de 1965 María Esther le anunció su inminente boda con Horacio Armani (1925-2013), poeta, traductor y ensayista argentino. Borges quedó muy abatido y cuenta que se hizo extraer tres muelas que tenía previsto arreglarse. Pidió además que lo hicieran sin anestesia, para que el dolor físico borrara el dolor espiritual. Llegó a su despacho de la Biblioteca Nacional con un pañuelo ensangrentado en la boca. Su amigo José Edmundo Clemente le preguntó qué le pasaba. “Vengo del dentista. Me fui a sacar unas muelas y le pedí que lo hiciera sin anestesia. Estoy triste por un asunto de faldas. Quería olvidar el dolor, Clemente, pero creo que no puedo olvidarlo”. Vázquez escribió una biografía, Borges, esplendor y derrota.
La quinta mujer es Elsa Astete Millán, una mujer notoriamente afable y sencilla —estos adjetivos son un mal presagio, pueden no indicar nada bueno—, con la que Borges, soltero hasta entonces, se casó a los 67 años, lo que no deja de ser una edad temprana, si se mira bien. Durante los años sesenta el escritor frecuentaba a Esthercita Zemborain, una cultísima viuda, atractiva, elegante, muy estimada en la sociedad de Buenos Aires, con quien había trabajado en la publicación de Introducción a la literatura norteamericana y que parecía su pareja ideal. Sin embargo, el escritor hurgó en el pasado y buscó a una antigua novia, de cuarenta años antes. Llamó a su hermana Alicia y supo que Elsa era viuda. Alicia organizó un té en su casa y luego Borges llevó a Elsa a un restaurante y al cine. Ella le acompañó a su casa, donde vivía con su madre, y se marchó sola en tren hasta su propia casa. Hay que recordar que en esta edad Borges estaba ya ciego.
Tras algunos encuentros, un día el escritor le espetó: “Podríamos casarnos”. La madre invitó a ocho amigas para que conocieran a la futura nuera: parece que pasó el examen, tenía 57 años. La fiesta se celebró en la casa del novio y cuando quedaron solos los contrayentes, doña Leonor sugirió que fueran a dormir al hotel Dorá, muy cercano, pero Borges decidió dormir solo en su cama y la madre acompañó a Elsa al autobús que la llevó a su casa. Esa noche, su noche de bodas, la pasó Borges soñando que “viajaba colgado en un tranvía”, según confesó a la mañana siguiente a Fanny, la mucama de muchos años en la casa.
El matrimonio fue un desastre. Elsa sentía celos de todos aquellas personas a las que su marido tenía afecto. Sus relaciones con la madre fueron inexistentes o tormentosas; prohibió a Borges visitarla y nunca la invitó a la casa. Elsa no compartía ninguno de los intereses de él y sólo parecía interesada en todo lo que la fama suele traer consigo y que él despreciaba: medallas, cócteles, etc. Cuando fue invitado a Harvard, ella exigió mayores emolumentos para su esposo y mejores acomodaciones. Una noche un profesor encontró a Borges en pijama y zapatillas fuera de la residencia y Borges le contó que su mujer lo había echado. El profesor lo tuvo esa noche en su casa y a la mañana siguiente fue a ver a Elsa y le recriminó su acción, a  lo que ella contestó: “Es que usted no tiene que verle bajo las sábanas”.
Se divorciaron en 1970, el matrimonio duró sólo tres años. Según Fanny, antes de la boda, doña Leonor ya había dicho a Elsa: “Mira que Georgie no quiere compartir la cama”, a lo que la mujer respondió, “Yo sé cómo llevarme a un hombre a mi cama”. Habilidad, hay que reconocer, que no tiene tampoco excesivo mérito, dado el carácter generalmente colaborador y hasta entusiasta de los hombres para estas tareas, salvo en casos muy extremados. Pero que aquí quizá falló.
(continuará)

27 de mayo de 2016

Borges, amores y desamores (IV)


Palabras clave (key words): Estela canto, manuscrito de El Aleph, Hugo Beccacece.

Tras algunas interrupciones, más o menos razonadas y justificables, prosigo con los amores y desamores de Borges; todavía quedan unos cuantos, y consiguientemente unas entradas, para terminar. Esto se alarga: por culpa mía y sobre todo de Borges.
La tercera de las mujeres de Borges fue Estela Canto (1916-94), de la que estuvo perdidamente enamorado, que escribió un libro, Borges a contraluz, en 1989, muerto ya el escritor. Se conocieron en el año 1944, en casa de los Bioy Casares, en donde un grupo de intelectuales discutían sobre la necesidad de frenar el avance del peronismo. Se sabe que a Estela le gustaban los tipos aventureros, rozando casi la marginalidad. Cuando conoció a Borges, tenía una relación con alguien de nombre Dicke, un espía británico que viajaba sin descanso por Brasil y Argentina. Ella era inconstante y podía tener amores efímeros. Llegó a trabajar en unos locales que existían entonces en Buenos Aires —en Madrid los había también en mis tiempos de estudiante y están presentes en La colmena de Cela— en los que los hombres iban para aprender a bailar, por utilizar un eufemismo, que seguramente era real sólo en una pequeña proporción de ellos.
Estela era atractiva, de grandes ojos pardos e inteligente. Salieron  los dos juntos de casa de los Bioy y él se ofreció a acompañarla. Caminaron casi hasta el amanecer y eso bastó para que él se enamorara. Ella se sintió halagada, como cualquier mujer en su caso, por el interés de un hombre tan excepcional como Borges. Era una mujer vanidosa y siempre se ufanó de haber conquistado a Borges y de recibir sus cartas de amor. “La actitud de Borges me conmovía. Me gustaba lo que yo era para él, lo que él veía en mí. Sexualmente me era indiferente; sus besos torpes, bruscos, a destiempo, eran aceptados condescendientemente. Nunca pretendí sentir lo que no sentía”, dice la Canto en su libro. Y también: “El amor de Borges era romántico, exaltado, tenía una especie de pureza juvenil. Se entregaba completamente, suplicando no ser rechazado, convirtiendo a la mujer en un ídolo inalcanzable al cual no se atrevía a aspirar”.
Estela era escritora y con su novela El muro de mármol había ganado ya un premio. Su libertad de costumbres asustaba a doña Leonor, la madre de Borges, pero en esta ocasión él estaba dispuesto a porfiar y la pidió en matrimonio. Estela consintió, pero exigió relaciones íntimas previas para probar  su compatibilidad sexual. Ante esta propuesta, que casi nadie se atrevería a juzgar disparatada o desagradable, Borges por primera vez recurrió a un psicoanalista, en vez de acercarse a una farmacia a comprar una razonable provisión de profilácticos. “Venceré mis inhibiciones, si me ayudas”, le dijo a la dudosa. Tras dos años de terapia psicológica, en la que ella también participó, y aunque en sus abrazos “la virilidad de Borges era perceptible”, los resultados no fueron buenos. Aquí, como en el final de otras historias similares del escritor, se insinúa el tema de su presunta inhibición sexual. Si su virilidad era perceptible, también eran bien normales sus atributos masculinos, si hemos de creer a Victoria Ocampo, la hermana de Silvina y fundadora de la revista Sur, porque en 1964, ya ciego, Borges se desnudó en una playa de Mar del Plata creyendo que lo cubría una carpa. Victoria, al verlo, le dijo a un amigo: “Está bien provisto Georgie, che”. Es que de Borges se sabe todo.
Poco después del fracaso, Estela se casa con otro, del que se separa tres años más tarde. Hacia 1955 intenta reconquistar a Borges, sin éxito, y empieza a beber. Por las razones que fueran, o hasta sin ninguna razón, el amor se volatilizó, como sucede tantas veces. El antiguo enamorado evitaba encontrarse con Estela. Si ella lo buscaba, él se escabullía como podía. Al final, en los años ochenta, volvieron a frecuentarse, cuando, ya viejos, se perdonan los desdenes, uno trata de perseguir ansiosamente el pasado y busca los amigos con los que vivió la gloria, más o menos real, de la juventud. Antes de partir Borges definitivamente para Ginebra, Estela le pidió su autorización para vender el manuscrito de El Aleph, que el autor le había regalado. Lo vendió en 1985, subastándolo en Sotheby’s, donde alcanzó los 25700 dólares. Murió en la madrugada de un sábado frío y lluvioso de agosto de 1994. Murió como había vivido, escribe el periodista y escritor Hugo Beccacece: “Se tendió en su cama y, distraídamente, dejó de comer. Día y noche, en el duro invierno, dejaba abierta la ventana de su cuarto. Apenas cubierta por un ligero camisón, exponía su cuerpo delgadísimo al frío. Era como si se entregara en un último gesto de libertad, casi desnuda, al ciclo de la naturaleza”.

20 de mayo de 2016

El milagro de las cruces de Ayllón (IV, fin)

Palabras clave (key words): Fernando de Antequera, Juan II, Catalina de Lancaster, Vicente Ferrer.

En el libro que me regaló mi amigo el doctor De la Plaza sobre el convento de San Francisco en Ayllón, bien escrito e ilustrado y con algunas páginas de su pluma, leo que “en 1971 un hombre providencial compró las ruinas del convento”. Ese hombre, aclaro, es mi amigo, pero no son suyas esas palabras, que es persona modesta y conoce el proverbio latino laus in ore proprio vilescit (la alabanza propia envilece); lo dice en el libro don Teodoro García García, investigador de la historia de Ayllón. Según el citado Francisco Gonzaga, al que siguen Lucas Wadding y Damián Cornejo, San Francisco fundó el convento a su vuelta de Santiago, dato que recojo con las cautelas ya apuntadas.
Al principio el convento fue muy modesto y de él se sabe poco. Había un pozo, llamado el ‘pocito santo’, junto al que, según la tradición, oraba San Francisco, que se alojaba en una celda “de cañas entretejidas con ramas de árboles con las que hizo unos zarzos”, según cuenta el padre Francisco Calderón, hacia 1679, en un manuscrito que se conserva en el convento franciscano de Valladolid. En el año 1411, sin embargo, el convento debía de tener ciertas proporciones, porque, celebrándose en julio en Ayllón una importante reunión entre el futuro rey de Aragón, Fernando de Antequera, y el rey niño Juan II con su madre Catalina de Lancaster, don Fernando y su séquito se alojaron en él, mientras la regente quedó en la propia ciudad. Vicente Ferrer llegó también, tras haber predicado a las multitudes en Segovia “con tal fuerza que muchos moros y judíos abrazaron el cristianismo”.
El convento ardió en 1601 y se reconstruyó con más capacidad y construcciones más sólidas. La espadaña y gran parte de la capilla mayor fueron costeados en el siglo XVIII por fray José García, franciscano y obispo de Sigüenza. Esa espadaña es la única parte de la fábrica que se ha conservado íntegra hasta ahora. El convento se subastó en 1848, tras la desamortización, y se perdieron así los sepulcros de muchas nobles familias castellanas (Pacheco, Vellosillo, Daza, Chaves), con sus estatuas de mármol y alabastro. Don Álvaro de Luna, decapitado en Valladolid en 1453, fue enterrado en él hasta que más tarde fue trasladado a Toledo, a la Capilla de Santiago en la catedral.
Tras la compra en 1971, el doctor De la Plaza realizó ese otro milagro de rescatar los restos del convento, situado a un kilómetro del casco urbano, sin ninguno de los servicios públicos: agua, teléfono, alcantarillado, etc. De las estancias del convento no quedaban signos visibles, ni siquiera se conocía su perímetro. La operación se diseñó en dos fases. En la primera, se hicieron las obras necesarias para garantizar la seguridad de las obras, llevar la electricidad, teléfono, etc. En la segunda se procedió a la excavación de las ruinas, vaciamiento de la alberca, traslado de escombros, etc.
Se descubrió así el perímetro de la obra: dos claustros, separados por un espacio rectangular. Se reconstruyeron los suelos con cantos rodados y patrones geométricos o ajedrezados; otros fueron enlosados con piedra, pizarra o baldosas. La rehabilitación de la Casa del Síndico fue muy delicada, ya que en 1931 se habían vendido 32 canecillos románicos, procedentes de la iglesia de Mediavilla, sin cuyo soporte se cayó gran parte de la cornisa. Junto al estanque había ruinas de un pequeño edificio del XVIII, del que quedaban sólo los muros, que se restauraron, con el tejado, suelo, etc.
Finalmente se edificó un Centro de Convenciones y Hotel, que recibió el nombre de Los Claustros de Ayllón, con diseño arquitectónico muy moderno, próximo al estanque, pero alejado de las ruinas. Gracias al mimo con que se hizo la reconstrucción, hoy cabe hablar más bien de restos que de ruinas. Como aquí sí se cumple el dicho, no siempre verdadero, de que una foto vale más que mil palabras, muestro dos fotos del lugar, antes y después de los trabajos realizados. Una bella historia con final feliz, que he reducido sin piedad por razones obvias.
Si se está atento, el mundo está lleno de cosas curiosas y  coincidencias. Leo un libro del escritor francés Roger Peyrefitte, Les amours singulières, en el que se narra la vida del barón alemán Wilhelm von Gloeden (1856-1931), personaje que traigo aquí porque, como mi amigo, encontró en 1876 un convento franciscano deshabitado en Taormina, Sicilia, del que los monjes habían partido diez años antes, al suprimirse las órdenes religiosas. Las semejanzas acaban aquí, porque en Ayllón había sólo ruinas y en el relato de Peyrefitte el barón cuenta: A peine entré dans le parc qui l’entoure, je fus émerveillé. C’était le cadre idéal d’une existence heureuse: des ombrages magnifiques, des fontaines, des murs recouverts de lavande, une immense maison ensevelie dans le silence, une chapelle et un cloître. Le gardien du lieu finit par se montrer. Je choisis pour chambre une salle du premier étage, qui donnait sur la mer et sur les côtes lointaines.
La felicidad es fugaz. El barón vivió allí poco tiempo, porque al año siguiente el municipio vendió el convento y hubo de abandonarlo. Escribió: Je regretterai toujours de ne pas avoir eu les moyens d’acheter ce couvent. Je n’avais cessé de découvrir ses beautés. Mi amigo sí tuvo los medios… y el imprescindible arrojo. En ese convento de Taormina, el franciscano San Antonio de Padua, Doctor de la Iglesia desde 1946, había plantado un ciprés que todavía se conservaba en los tiempos de Von Gloeden.
 

 

13 de mayo de 2016

El milagro de las cruces de Ayllón (III)


Palabras clave (key words): Tomás de Celano, San Buenaventura, Francisco Gonzaga.

Ya dije que había llegado al milagro de las cruces de Ayllón de manera casual. Un buen amigo mío, prestigioso cirujano, Rafael de la Plaza, me regaló un libro, El convento de San Francisco de Ayllón, que trata sobre el convento fundado por San Francisco de Asís a la vuelta de su peregrinación a Santiago, en 1214, con poco más de treinta años, y en el que se menciona el milagro. Se construyó extramuros de la ciudad, en torno a la ermita de San Bartolomé, a orillas del río Aguisejo.
Tras esta afirmación, he de hacer un inciso de gran pertinencia. Las entradas de mi blog no pretenden ser artículos académicos. Simplifico a veces los hechos y datos, sin detallar las diversas opiniones, interpretaciones, etc. Tanto en el milagro como en la fundación conventual, sigo huellas, leyendas y tradiciones, aunque no se garantice la veracidad. Me amparo en lo que escribió un famoso escritor francés sobre cierta leyenda: elle est si jolie que ce serait dommage de ne pas y croire.
Tomás de Celano, primer biógrafo de San Francisco de Asís, escribió a los dos años de su muerte, una Vita Prima, que trata de los primeros tiempos del santo. Su Vita Secunda, escrita de 1244 a 1247, refleja las dos décadas posteriores a su fallecimiento. El Tratado de los milagros de San Francisco es aún posterior, entre 1254 y 1257. Algo después, en1260, el capítulo general de la Orden Franciscana encargó a San Buenaventura reducir a una sola biografía definitiva todo lo escrito o transmitido por tradición oral hasta entonces sobre el Fundador. Presentó este el fruto de su trabajo en 1263, la Leyenda mayor. El capítulo general de 1266 le dio carácter oficial e impuso por obediencia a todos los religiosos la destrucción de las biografías anteriores.
La Leyenda apenas añade nada nuevo a la trilogía de Celano. Del viaje de San Francisco a España, comenzado probablemente en julio o agosto de 1213, en compañía de Bernardo de Quintavalle y cuya ruta no se detalla, cuenta lo que copio del capítulo noveno: Emprendió viaje hacia Marruecos con objeto de predicar el Evangelio de Cristo al Miramamolín y su gente, y poder conseguir de algún modo la deseada palma del martirio. Y era tan ardiente este deseo, que, a pesar de su debilidad corporal, se adelantaba a su compañero de peregrinación, y, como ebrio de espíritu, volaba presuroso a la realización de su proyecto. Pero cuando llegó a España, por designio de Dios, que le reservaba para otras muy importantes empresas, le sobrevino una gravísima enfermedad que le impidió llevar a cabo su anhelo. Resumiendo, San Francisco llega a España y al poco tiempo ha de volverse a Italia.
En el siglo XIV diversas obras franciscanas introducen un cambio sustancial. Se habla de la “venida en peregrinación” a Santiago, asunto no mencionado en las fuentes del siglo XIII. Actus Beati Francisci et sociorum eius, escrita de 1327 a 1337 en latín y de autor incierto, es el primer documento que recoge este motivo del viaje. Y ya se dice que fue en Santiago donde Francisco tuvo la revelación que le instaba a adquirir muchos lugares por el mundo, “porque su Orden se dilataría y crecería en gran multitud de hermanos”. También en Las florecillas, una recopilación de hechos de San Francisco de autor anónimo, de la segunda mitad del siglo XIV, se da esta justificación al viaje.
En el siglo XVI, Francisco Gonzaga, franciscano y obispo italiano, en su obra De origine Seraphicae Religionis franciscanae eiusque progresibus (1587), escrita tras su visita a las Provincias Españolas, donde recogió mucha información y tradiciones, insiste en la peregrinación a Santiago como razón del viaje, con dos acompañantes: Bernardo y Masseo. Cita también la conversación de San Francisco con el rey Alfonso VIII en Burgos, para presentarle la Regla y pedirle permiso para construir conventos.
A partir de los siglos XVII y XVIII, las fuentes son tantas que se hacen casi inmanejables. El franciscano Ángel Uribe OFM, refiriéndose a las fundaciones de San Francisco en España, escribe en 1988: “Son leyendas y tradiciones inverosímiles, sin consistencia alguna en la realidad, haciéndole recorrer, si las juntamos todas, los caminos más apartados y más desconcertantes para llegar a todos los lugares que se citan”. En definitiva, no se puede afirmar o negar con documentos ciertos el paso de San Francisco por los lugares, pueblos y ciudades que dice la tradición. Y tampoco se puede afirmar con total certeza que haya fundado este o aquel convento.
También el P. Atanasio López afirmó a principios del XX, sobre San Francisco en España: “Tanta confusión han sembrado los cronistas del XVI y siguientes, que no es fácil resolver qué haya de verdadero o legendario en sus narraciones”. El viaje ha dado ocasión a muchas leyendas sobre la fundación personal de los conventos. En la reciente obra del franciscano Valentín Redondo, El viaje de San Francisco a España, se citan más de cincuenta, que se pretende que fueron fundados directamente por el Santo de Asís. Otra fuente de confusión es que muchos de los milagros atribuidos a la invocación al santo, son confundidos con milagros realizados personalmente por él; en parte por la redacción de los mismos, algo confusa en el caso de San Buenaventura. En el Tratado de los milagros de San Francisco del Celanense, el texto es menos equívoco. Tras estas básicas y necesarias aclaraciones, diré algo más, y termino, sobre el convento de Ayllón.
(continuará)

6 de mayo de 2016

El milagro de las cruces de Ayllón (II)


Palabras clave (key words): Abner de Burgos, Pablo de Santa María, Joaquín de Fiore.

El portentoso fenómeno dio origen entre los judíos a dos actitudes bien opuestas. Unos pensaron que era magia demoníaca promovida por los cristianos y otros lo interpretaron como señal inequívoca de la verdadera religión y corrieron a las iglesias pidiendo el bautismo. Los rabinos se alinearon, naturalmente, con los primeros y buscaron evitar la masiva conversión, pero no pudieron impedir que muchos de los israelitas “abrieran los ojos a la luz del evangelio”. Entre ellos, sigue contando Amador de los Ríos, el reputado Rabbí Abner de Burgos, en el que me detendré un poco.
No está claro si este Abner, nacido en 1270, tuvo el título de rabino, pero sí tuvo el de médico, obtenido en 1295. Ejercía en Burgos y era muy apreciado en su aljama en la fecha del milagro. De hecho, recibió entonces consultas de gentes que habían vivido la experiencia y pedían su consejo, porque temían ser víctimas de alucinaciones. El propio Abner tenía indecisiones y recelos respecto a su fe. Cuenta, en su obra Moré Sédec (Mostrador de Justicia), que años después en la sinagoga soñó que un hombre grande le decía: “los iudios están desde tan grand tiempo en esta captiuidad por su locura e por su nesçedad”. Pese a ello, siguió estudiando la Torá, hasta que tres años más tarde el mismo hombre se le apareció: ¿Hata quando pereçoso dormirás? ¿Quando te levantarás de tu ssueño? De repente vio Abner que su vestido estaba lleno de cruces pintadas “ssegund el sseello de Iehsu Nasareno”; esto fue en el año 1321. Hizo pública profesión de fe cristiana en su Sefer Milhamot Adonay (Batallas de Dios), bautizándose como Alfonso de Valladolid, tras luchar veinticinco años con sus dudas, según el converso Pablo de Santa María (1351-1435), conocido entre los hebreos como Solomon ha-Levi, en su Dialogus Pauli et Sauli contra Judæos, sive Scrutinium scripturarum. Para otros la conversión tuvo lugar poco después de su graduación en Medicina.
Abner de Burgos relató la conmoción causada en las aljamas de Castilla por los profetas de Ávila y Ayllón con su anuncio de la venida del Mesías. Leo en History of Jews in Christian Spain, de Litzhak Baer, que el rabí Shlomo ben Adret (1235-1310), en un responsum menciona un profeta de Ávila, que “no sabía lo que era un libro”, pero escribió al dictado de un ángel “un opúsculo de 23 folios de papel, El libro de la sabiduría maravillosa”. El médico Arnaldo de Vilanova (1242-1311) menciona igualmente el hecho, en el 1300. Estos son testimonios de autores contemporáneos sobre el asunto que nos ocupa. Más tarde el citado Pablo de Santa María también refirió el milagro, así como fray Alonso de Espina en el libro III de su Fortalitium fidei, escrito entre 1457 y 1564, en donde es uno de los once portentos descritos. Antonio Benavides lo recoge igualmente en las doctas ‘Ilustraciones’ de sus Memorias de don Fernando IV de Castilla, de 1860. Como se ve, el milagro está referenciado en distintas épocas con las inevitables disparidades.
Quiero hacer notar que esta escenificación del milagro no es única. Milagros muy parecidos se contaron durante las predicaciones del fraile dominico Vicente Ferrer, en Guadalajara y Salamanca, en 1411. No es sólo un tema castellano sino del Occidente medieval y aun anterior. Jacobo de la Vorágine, arzobispo de Génova, a mediados del siglo XIII reunió muchos relatos hagiográficos en su obra Leyenda dorada, uno de los libros más copiados del Medioevo (se conservan más de mil manuscritos). Algunos tratan de apariciones milagrosas de cruces: en el año 363, Juliano el Apóstata, en su empeño por restaurar las religiones paganas, encargó a Alipio de Antioquía la reconstrucción del templo de Salomón, que se interrumpió, porque al comenzarla apareció una cruz brillante en el cielo y las ropas de los obreros quedaron estampadas de cruces negras. Otros autores hablan de unas temibles bolas de fuego que estallaron cerca de las obras o de un terremoto o de un sabotaje. Para los historiadores de la iglesia de la época, el fracaso se debió indudablemente a la intervención divina.
Entre los cristianos de los siglos XIII y XIV había una considerable difusión de escritos proféticos. En el mismo 1295, el franciscano Pedro Juan de Olivi, teólogo y filósofo francés, tenido por santo y profeta al morir, daba ánimos a sus discípulos con las profecías de Joaquín de Fiore (1135-1202), un monje napolitano autor del Liber figurarum, en el que predecía un nuevo diluvio. Según este monje, la historia de la humanidad es un proceso espiritual, que pasa por tres fases: edad del Padre, edad del Hijo y edad del Espíritu Santo, todas de igual duración, que se puede deducir por el número de generaciones desde Adán hasta Cristo (42) y la media de años por generación (30). Este cálculo daba el año de 1260 como el final de la edad del Hijo. Por ello, los años anteriores hubo flagelantes y todo tipo de devotos que salían a la calle temiendo la llegada del fin del mundo. Como no ocurrió nada, rehicieron el cómputo, sumando a 1260 la propia edad de Cristo o ampliando el número de años por generación. Todo tiene arreglo, con buena voluntad.
(continuará)

29 de abril de 2016

El milagro de las cruces de Ayllón (I)

Palabras clave (key words): Isaac B. Singer, José Amador de los Ríos, shofar, milagro de las cruces

Interrumpiré de nuevo la serie Borges, amores y desamores, porque se acerca el treinta de abril y quiero hablar de un milagro, el Milagro de las Cruces, ocurrido ese día del año 1295 en Ayllón —alguna fuente postula otra fecha, pero me acojo a esta—, al que he llegado casualmente, como explicaré en su momento. Hablar de milagros se ha convertido en algo relativamente inusual en nuestros días. Un personaje, Levi  Yitzchock, del libro de relatos Un amigo de Kafka, de Isaac B.  Singer, premio Nobel del 1978, se lamenta: En estos tiempos Dios oculta su rostro. Cuando ocurre un milagro siempre se encuentra una explicación natural. En mis tiempos en todas partes había milagros.
También se habla tangencialmente de milagros en la novela Job, de Joseph Roth, inspirada en el texto bíblico. El protagonista, Mendel Sinder, es un judío piadoso que, a pesar de la dureza de su vida, se siente satisfecho. Creía lo que le decían sus hijos: América era la tierra de Dios, Nueva York la ciudad de los milagros y el inglés la lengua más bella. Comparto esta opinión sobre la ciudad, en la que viví unos años y a la que juzgué en verdad milagrosa, durante una época muy feliz de mi vida.
En otros tiempos los milagros eran mucho más cotidianos. García Márquez, en El amor en los tiempos del cólera —para mí, quizá su mejor obra—, cuenta del Obispo de Riohacha, que iba montado bajo palio en su célebre mula blanca con gualdrapas bordadas de oro. Tras él se hacinaban peregrinos, desahuciados, inválidos, etc. Pero, afirma el escritor, muchos de estos en realidad no venían “por los sermones doctos y las indulgencias plenarias que repartía el prelado, sino por los favores de su mula”, de la cual se decía que hacía milagros a escondidas del dueño. Lo que me parece enteramente creíble, porque una mula así atalajada, andando a menudo bajo palio junto al obispo y oyendo sus sermones desde una posición privilegiada, es entendible que, en ciertos momentos, optara por actuar por su cuenta y establecerse por libre.
Contaré el milagro de las cruces abreviadamente, según la narración de don José Amador de los Ríos, en su Historia social, política y religiosa de los judíos de España y Portugal, de 1876, basada en textos anteriores, que también he manejado y nombraré más tarde. Continuando antiguas tradiciones mesiánicas del pueblo judío, propagadas entre otros por Sereno el sirio (principios del siglo VIII), Abú-Isa Aben-Isahak (finales del VIII), Jehudáh ha-Leví (1130) y el Rabbí Abraham Aben-Hiyáh ha-Barkeloní (nacido en 1070), surgieron dos rabinos a finales del XIII, en Ávila y Ayllón, cuyos nombres no se mencionan, que profetizaron la inminente venida del Mesías y el fin del cautiverio para el pueblo escogido. Los dos, muy respetados en ambas aljamas por la austeridad de sus costumbres y la poderosa e invencible dulzura de sus palabras, habían obtenido fama de profetas y tenían prestigio de santos. Con tal aureola, el efecto de su predicación en las sinagogas rurales de Castilla fue espectacular. Estos profetas anunciaban con la mayor firmeza que la venida del Mesías tendría cumplimiento al expirar el cuarto mes de aquel año, el 30 de Abril de 1295. Los judíos, “aceptado el pronóstico, resolvíanse a esperar con penitencias, oraciones, ayunos, limosnas, restituciones de haciendas y otras obras piadosas, al suspirado Redentor, de manera pacífica”.
Con esta esperanza, en la madrugada de ese día, con las primeras luces del alba, los judíos, hombres y mujeres con vestidos blancos, como prescriben los preceptos talmúdicos, se dirigieron a sus sinagogas en los campos de Castilla, esperando oír pronto el shofar, el cuerno de animal puro y limpio de su liturgia, que habría de oírse en todos los confines del mundo y sería la señal de la anhelada venida del Mesías. Sin embargo, en lugar de escucharse estos clamores celestiales, lo que apareció en Ayllón, en el aire y ante todos los tabernáculos mosaicos, fue la figura de la cruz cristiana redentora, reflejándose multiplicada en los muros de las sinagogas y sobre las propias vestiduras blancas de los judíos, atónitos y desconcertados con tan estupendo milagro. Estas cruces se grabaron incluso en las ropas que habían quedado guardadas en las arcas.
(continuará)