27 de marzo de 2016

Conferencia: Mujeres que reescribieron el Quijote


Queridos lectores, quiero informaros, para los que viváis en Madrid o alrededores, de una charla que daré el próximo día 5 de abril, martes. En el cartel aparecen todos los detalles pertinentes. El acto comenzará a las 6.30 de la tarde y terminará a las 7.30, con tiempo de que los que quieran, puedan ver un famoso partido de fútbol que se juega ese día. El sitio es muy agradable, dentro del parque del Retiro, en donde estuvo la antigua Casa de Fieras; el local espléndido y el tema, Mujeres que reescribieron el Quijote, ameno y de actualidad, por lo del centenario de la muerte de Cervantes. No se presenta ningún libro y no hay que comprar nada; no hay daños colaterales.
Quizá pueda ser la ocasión para que, los que me seguís en el blog, podáis conocerme y yo conocer también a mis mables lectores. O sea, que quizá hasta pronto.
Feliz Pascua y un abrazo,


23 de marzo de 2016

Borges, amores y desamores (II)


Palabras clave (key words): el accidente, Pierre Menard, nuevo estilo, musas borgianas.

Interrumpiré, sin demasiado éxito, los amores de Borges, para contar algo que puso en peligro su vida y que se ha contado de diferentes maneras. Me refiero a lo ocurrido en la víspera de Nochebuena del año 1938, pocos meses después de la muerte de su padre. Borges ya no veía bien y al subir con prisas las escaleras —el ascensor de la casa estaba averiado— no reparó en que había una hoja de ventana abierta hacia dentro y se dio un fuerte golpe en la frente, que empezó a sangrar. La herida se complicó luego con una infección y fiebre alta y tuvo que ser ingresado en un hospital; desarrolló una septicemia y estuvo en peligro de muerte. Se dice que al volver a casa empezó a escribir su primer cuento fantástico, Pierre Menard, autor del Quijote.

Para algunos críticos, nació entonces un nuevo estilo del escritor, una manera diferente de escribir. Su madre, doña Leonor, estaba convencida de que tras el accidente algo había pasado en el cerebro de su hijo. El crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal (1921-1985), autor de la obra Borges por él mismo (1979), se refiere a este hecho: “Después del accidente, Borges reaparece transformado en un escritor distinto, engendrado sólo por sí mismo. Antes del accidente era un poeta, un crítico de libros; después del accidente será el redactor de arduos y fascinantes laberintos verbales, el productor de una nueva forma literaria, el cuento que es a la vez un ensayo”.

Es difícil atribuir a la enfermedad ese cambio de estilo. Repasando la cronología en sus Obras completas, compruebo que ya antes de este episodio, hay relatos, como El acercamiento a Almotásim, y otros más, que tienen las características típicas del estilo borgiano y podrían ubicarse entre los posteriores al accidente. Para mí, ese cambio que algunos advierten, no fue tan radical y representa simplemente la llegada del autor a la madurez, con los cuarenta años cumplidos y en plenitud creadora.

Se habla mucho de la poca precisión de muchos de los recuerdos que tenemos los humanos, al evocar el pasado. Este caso es un claro ejemplo de estas distorsiones involuntarias. James Woodall, en La vida de Jorge Luis Borges, recoge la versión del accidente que dio la madre del escritor y cuenta que ocurrió yendo este a recoger una invitada, para cenar en casa: una amiga chilena, por la que alimentó esperanzas a mediados de los años veinte, Susana Bombal. En realidad, añado yo, esta Susana era de Buenos Aires, y muy ligada a San Rafael, en la provincia de Mendoza. Un mes antes de la muerte del poeta ciego, lo llamó por teléfono desde Buenos Aires a Ginebra y Borges, agradecido, le dijo: “Sos uno de los seres que más he querido en el mundo”. ¡Cómo son de tiernas y reveladoras palabras como estas cuando uno está por empezar el gran viaje.

Efectivamente, doña Leonor, en una entrevista en L’Herne, dijo que Georgie (así llamaba a su hijo), tras ir a buscar a la chica, no volvió y fue la policía la que llamó para informar del suceso. En esa misma entrevista habla de que ella y su marido iban al hospital a ver a Georgie; pero Borges padre había muerto en febrero del 38. Si esas visitas fueran ciertas, el accidente tendría que haber ocurrido en 1937. Es más probable que el recuerdo de la madre esté contaminado por el error.

Por otra parte, el propio Borges, en su Ensayo autobiográfico (1970), habla del accidente, pero lo sitúa en la escalera de su casa. En una entrevista con Jean de Milleret, en 1967, también dijo que el accidente ocurrió en su escalera y fue la invitada chilena la que abrió la puerta, porque había llegado antes y se encontraba ya en el piso.

María Esther Vázquez, en su libro Borges, Esplendor y derrota, vuelve a afirmar que el hecho ocurrió fuera del reducto familiar. Cita a Norah Borges, la hermana, según la cual Borges fue a visitar a Emma Risso Platero, otra de las musas del enamoradizo escritor, diplomática uruguaya de vida intensa, bella, culta y andariega, que le había invitado a comer a casa y a la que llevaba un regalito. Vázquez cuenta también en el libro la visita de Borges a Emma, en Londres, en 1964. Tomados del brazo, en su jardín, en una clara noche otoño, el argentino empezó a recitar en voz alta versos de amor de Dante Gabriel Rosetti. “Parecían dos amantes que hubieran continuado un diálogo iniciado mucho tiempo atrás”. En verdad, Borges había estado enamorado de ella treinta años antes. ¡Qué cosas se dirán en estos casos, cuando la pasión se ha remansado y queda sólo el afecto entero, la ternura intacta, quizá crecida por el paso de los años, la constatación de la fugacidad de las cosas y la imposibilidad de volver atrás!

José Bianco, amigo de Borges y secretario de la revista Sur durante veinte años, da todavía otra versión distinta: El accidente no ocurrió ni en la casa de Borges, ni en una escalera, sino en el departamento de María Luisa Bombal, escritora chilena — esta sí, fácilmente confundible con la Susana argentina del mismo apellido—. Una tarde, Borges, de visita en casa de María Luisa, se echó hacia atrás en la silla y se golpeó la cabeza con el filo de una ventana entreabierta. “Como le saliera mucha sangre, lo llevaron a la Asistencia Pública, lo curaron, lo vendaron y le dejaron en la herida un pedazo de masilla. Consecuencia: septicemia fulminante por la cual estuvo a punto de morir (en aquella época no existían los antibióticos)”, escribe Bianco. Estuvo un mes entre la vida y la muerte; esto sí parece probado. Lector, consultar varias fuentes supone, indefectiblemente, bordear el error.

Ya dije que para algunos, durante la convalecencia, Borges decidió abordar un género nuevo, escribir algo completamente distinto de lo que había escrito hasta entonces; nació así un cuento fantástico de inspiración metafísica: Pierre Menard, autor del Quijote. Borges, cuenta Bianco, “estaba tan preocupado por el texto que acababa de entregarme que a la mañana siguiente me llamó para saber qué me había parecido. Le dije la verdad: Nunca había leído nada semejante”.
(continuará)

16 de marzo de 2016

Borges, amores y desamores (I)


Palabras clave (key words): novias de Borges, Concepción Guerrero, Cecilia Ingenieros.

En ese otro mundo, el que existe y bulle fuera de los libros, mi admirado Borges quizá no fue muy feliz. Una de sus frases más repetidas fue el conocido lamento: “He cometido el peor pecado que uno puede cometer; no he sido feliz”. Lo cité en mi entrada del 25/8/2015, fecha de su cumpleaños, y escribí entonces: Estoy convencido de que era una pose, una ironía borgiana. Bastaba mirar su cara, ya de ciego, para comprender que no era verdad. Me basaba en sus propias palabras; dijo una vez que se sentía más feliz de mayor que de joven. Y también: “He observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso. […] Uno debe ser feliz, no por uno mismo, sino por las personas que lo quieren”.

Pero puede que yo no sea objetivo; me conmueve y perturba la idea de que no gozara de esa felicidad que merecía por tantas razones. Escrutar la felicidad, en la vida de Borges o en la de cualquier ser humano, no es tarea fácil y no lo voy a hacer yo, en una entrada de blog. Como estoy convencido de que aquella depende en buena medida de eso que llamamos amor, en sus variadísimas formas y variantes, me limitaré a explorar este aspecto, espigando en entrevistas y noticias aportadas por sus biógrafos. Alguien ha dicho de él, que fue un enamoradizo compulsivo y, según su eterno amigo Adolfo Bioy Casares, hubo una profusa lista de mujeres a las que amó y persiguió. De las que se podrían calificar de ‘novias’ escogeré seis: Concepción Guerrero, Cecilia Ingenieros, Estela Canto, María Esther Vázquez, Elsa Astete Millán y María Kodama (las dos últimas, también esposas). Otras menos pertinaces fueron Silvina Bullrich, Daly Nelson, Beatriz Babiloni, Pipina Diehl, Haydée Lange, Ulrike von Kuhlmann, etc.

La primera, Concepción Guerrero, fue un amor casi de adolescente. Borges la conoció con veintidós años, al volver de la larga estancia con su familia en Europa. En cartas a Jacobo Sureda, un amigo mallorquín, cuenta que se enamoró de ella “totalmente, idiotamente” y la describe como “ una niña pobre, muy hermosa, hija de padres andaluces […] Cuando yo la abrazo, ella se estremece”. Conchita tenía dieciséis años, ojos negros y una gran trenza negra. A principios de 1923 los Guerrero autorizan a Borges a visitarla en su casa; él piensa volver a Ginebra, terminar el bachillerato y regresar a Buenos Aires para casarse. Hace ese nuevo viaje, que dura casi un año, y regresa a casa de los Guerrero y a las citas con Conchita; la relación se va enfriando y Borges decide romper. Es quizá el primer fracaso: no cuenta, son los dos muy jóvenes.

Pasan bastantes años y en 1939 conoce a Cecilia Ingenieros una bella bailarina, esbelta y de facciones lánguidas, con la que inicia un trato que dura entre 1941 y 1943. “Yo estaba perdidamente enamorado de ella y las cosas marchaban bastante bien. Juntos planeamos un viaje a Europa. Nos casaríamos allí; esa era la idea”. Sin embargo, todo cambia en un momento y la felicidad se esfuma. El escritor se refirió en dos ocasiones a ese final doloroso, con detalles algo diferentes y quiero conservar sus palabras. Ella lo citó en la confitería St. James, cerca de la casa de Borges y le dijo: “Dentro de dos semanas me voy a Europa”. “Nos vamos, querrás decir”, la corregí yo. “No, me voy sola. He decidido no casarme con vos”. Y allí se acabó el noviazgo.

En otra versión, Borges cuenta que ella lo había convocado para anunciarle su casamiento: “Quiero decirte algo que vas a oír de todos modos, pero quiero que lo oigas primero de mis labios: me he comprometido y voy a casarme”.  Cecilia se fue a EE.UU. a estudiar con Martha Graham y a su vuelta forma una compañía que empieza a presentarse en los teatros de Buenos Aires, sin afán de lucro, abriendo un nuevo camino para la danza argentina, que continuaría varios años más tarde en el Teatro San Martín. Luego se casó y dejó el baile para dedicarse a la egiptología.

Así terminó su segundo noviazgo, aunque conviene señalar que en muchos de los “noviazgos” que cosechó Borges, sus novias no los vivieron como tales. Fue el caso de Cecilia Ingenieros. Es verdad que de estas cosas se cura uno, pero no sin sufrir; especialmente en el caso de Borges, que empezaba a tener serios problemas de vista, que le llevaron a la ceguera total a los cincuenta y pocos años. En plena segunda guerra mundial, tampoco el mundo era demasiado agradable, como sucede a menudo. Para entonces Borges es ya un escritor de creciente prestigio, lo que tampoco ayuda mucho en estos casos. Cecilia fue quien propuso a Borges el tema de Emma Zunz, relato de una venganza ejecutada a través de una falsa violación. Él la escribió para complacerla.

(continuará)

8 de marzo de 2016

De las bibliotecas: la de Babel (II, fin)


Borges habla de “vastos pozos de ventilación”, por lo que los hexágonos han de ser mucho mayores. Los cinco anaqueles estarían alineados, no superpuestos —también podrían estar superpuestos y cubrir sólo una parte de los lados—. De los anaqueles, especifica que “su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal”. Con 128 cm de ancho y, digamos, 165 o 170 cm de alto, albergaría entonces sólo 32 libros de unos 4 cm de espesor y estaría casi vacío. Todos estos vagarosos, vanos detalles me llevan a pensar que el galimatías de los libros no es sino una argucia para desviar la atención de lo que verdaderamente importa.

Con el número de símbolos que pueblan los libros ocurre también algo curioso. Se dice que sólo son 25: el punto, la coma, el espacio y “las 22 letras del alfabeto”. Y aquí procede preguntarse, ¿a qué alfabeto se alude? El castellano, el idioma de Borges, el de su relato, tiene, excluyendo las letras dobles, 26 letras (25 sin la letra ñ), no 22. Podría tratarse del alfabeto de otro idioma, el de algún anónimo bibliotecario. Pero puede ser una pista más que da Borges para que el lector sutil constate que todo el asunto de los libros es un embeleco para despistar, que lo que importa está en otra parte.

Como parte de esta maniobra de distracción surge el tema de la disposición de los 25 símbolos. Borges habla de combinaciones. Sin embargo, refiere la existencia de un libro, “que consta de las letras M C V, perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último”, lo que no puede darse en las combinaciones puras. Otra trampa más; de hecho, la pista más clara de la impostura la da, para mí, al final del párrafo, cuando cuenta que “los inventores de la escritura […] sostienen que los libros nada significan en sí”. Y añade, “ese dictamen, ya veremos, no es del todo falaz”.

No son combinaciones, sino variaciones con repetición, por lo que, dado que cada libro contiene 1312000 caracteres (410 páginas por 40 líneas por 80 caracteres), el número de libros posible es 25^1312000, igual a 1.956*10^1834097. Cifra impensable, desconcertante, pero de ningún modo infinita, como reconoce el propio Borges: “número aunque vastísimo, no infinito”. Entre esos libros, añado yo, tiene que haber uno sin letra alguna, totalmente en blanco, y otros que tendrán sólo una letra. Otros repetirán la misma letra de principio a fin. Otros no tendrán puntos ni comas, como algunos de narrativa ‘moderna’. Muchos no tendrán sentido, pero todas las grandes obras escritas por el hombre estarán allí, si constan de menos de 1312000 caracteres; si son más, estarán forzosamente fragmentadas. Esta entrada mía, desgraciadamente, no estará. ¿Sabes por qué?, lector. Porque tiene números y Borges no los consideró.

Este es Borges. Ni siquiera he analizado el relato entero, sólo una parte de las doce páginas de que consta, en tamaño bolsillo. Se comprende que el autor no quisiera embarcarse en la novela. Una novela de un cierto tamaño, con una escritura así de  compleja, sería inagotable, extenuante. Él decía que el argumento de una novela de cientos de páginas puede resumirse en unos minutos. Sus relatos pueden generar consideraciones diversas y sugerentes para ocupar cientos de páginas.

Además, muchas veces escribe en clave, en cifra. Como podría ocurrir en este caso concreto. Toda la trama del relato se complica sólo para esconder el significado profundo de la biblioteca. Existe otra complejidad subyacente y secreta. Conociendo a Borges, creo que es así. Los libros no son infinitos, pero la biblioteca sí lo es. Borges habla de que el número de galerías es quizá infinito y escribe: “Afirmo que la biblioteca es interminable”. Se deduce que la biblioteca está casi totalmente vacía. En otras palabras, los libros no explican ni constituyen el objetivo único o final de la biblioteca y el nombre es una falacia. Lo que cuenta es el edificio en sí, el espacio, su inmensidad. Su razón de ser, radica en la mera infinitud, en su monotonía, en su repetición, en su vaciedad, en la ansiedad y congoja que provoca en nosotros, incapaces de concebirla. Como nos ocurre con ese inmenso, grandioso y disparatado Universo, que es la otra conformación de la biblioteca. El nombre lo anuncia: Babel no fue una biblioteca.

Todas las literaturas, todas las historias posibles, todas las verdades y todas las mentiras están en los libros. Pero no caben las emociones, las puras y primigenias, las incontaminadas por el artificio o la cultura. Incluso la más simple de ellas es inabarcable e inaccesible para la palabra, que sólo la puede describir con vaguedad. Por no hablar de las más complejas, el amor, la muerte, la esperanza, las creencias. Ese es el sentido oculto de la biblioteca, junto a su infinitud: todo lo que no es razón, historia o lógica en nuestras vidas está fuera de los libros y hay que vivirlo en otro mundo, un mundo en el que no se movió con soltura el gran escritor y en el que está todo lo que nos hace felices o desgraciados, desvalidos o poderosos, derrotados o triunfadores... humanos. De ese mundo, de Borges en él, hablaré en otra próxima entrada.

7 de marzo de 2016

De las bibliotecas: la de Babel (I)

Hay algo que deslumbra al ser humano en las bibliotecas. De algunas, como la de Alejandría, sólo perdura el asombro, el tremor del nombre; su destrucción fue tan repetida y total que ni puede ubicarse con certeza su emplazamiento. Otras tienen una antigüedad de unos pocos siglos y almacenan sus tesoros, los incunables y manuscritos, en salas innumerables, verdaderas joyas arquitectónicas. Las más recientes ocupan altos, enormes y audaces edificios, llenos de luz. Parece como si el hombre tuviera una clara conciencia de la gran importancia de los libros y buscara sedes monumentales para albergarlos y protegerlos. Entre tantas, me referiré sólo a tres, en varias entradas.
La primera de la que quiero hablar es insólita, harto conocida entre los interesados por la literatura y cierta clase de metafísica. Nació en 1941, en un rincón oscuro y pensante; me refiero a esa área indefinida del cerebro, sepultada en la cripta craneal y espléndidamente capaz de crear. La elaboró un poderoso escritor argentino, Jorge Luis Borges, y la llamó Biblioteca de Babel. Tiene la particularidad de que se corresponde con el Universo, de ser el Universo; se la puede nombrar de las dos maneras.
Se compone de un número indefinido —tal vez infinito, aclara su creador— “de galerías hexagonales con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas”. No escribe cámaras o recintos, sino galerías, porque los hexágonos están conectados entre sí y son, sólo en cierto sentido, subterráneos. No aclara si los hexágonos son regulares, los pozos de ventilación están “en el medio”. No escribe centro, lo que implicaría la regularidad del hexágono, o centroide, que supondría la irregularidad. Quizá deliberadamente, no da pistas. Seguramente se trata de hexágonos regulares ya que esta figura geométrica, junto al triángulo y el cuadrado, tiene la ventajosa propiedad de cubrir, teselar, el espacio, sin superposiciones y sin vacíos.
Debo simplificar, porque si no, no acabaría nunca. En cuatro de los seis lados del hexágono, se dice que hay anaqueles llenos de libros, cinco en cada lado. Un quinto lado del hexágono comunica con otro hexágono, exactamente igual al primero y a todos. Hay un “angosto zaguán” entre ambos —la racionalidad y la geometría demandan que su área provenga, sea sustraída, de ambos— con dos gabinetes minúsculos en los extremos; uno permite dormir de pie y el otro satisface las necesidades fecales.
Una lectura poco atenta podría suscitar la pregunta que un día me asaltó a mí: ¿Qué hay o se guarda en el último lado del hexágono, el que se silencia? No podía concebir que Borges olvidara ese lado libre y pensé que el escritor buscó una cierta inconcreción en su descripción para despistar al lector, para que no reparara en este olvido, que no puede ser casual. Intrigado por el misterio de ese lado estéril, y lo que pudiera ocultar, me fijé en algún detalle más. Unos párrafos más adelante, Borges escribe: “a cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles”. Y ya no dice que sólo cuatro muros están cubiertos de libros; prescinde de esa exactitud minuciosa, tan querida por el argentino.
Leyendo después con más cuidado, se desvanece este misterio, aunque persistan otros arcanos y dudas. El lado de cada hexágono, que comunica con otro, reclama otro igual en el segundo para la conexión. Hay, pues, un lado de salida y otro de entrada, porque todos los hexágonos, sin excepción, están conectados entre sí; no hay ninguno con una conexión sola, que pudiera considerarse inicial. Todos son iguales y tal vez eternos; pueden crecer indefinidamente, multiplicarse sin tregua. Su número debe de ser infinito, aunque esto no se afirma decididamente.

Cada anaquel, prosigue Borges, encierra 32 libros de 410 páginas, de 40 renglones y unas ochenta letras de color negro. Esa es la descripción de un libro moderno, no se trata de rollos de papiro, ‘becerros’, etc. Miro en mi biblioteca un libro de esas páginas, con tapa dura, y no llega a una anchura de 4 cm. Así, los 32 libros ocuparían 128 cm (1.28 m). Un hexágono de ese lado, aplicando la fórmula A= l^2* 3*SQR(3)/2, [SQR quiere decir square root, raíz cuadrada], tendría un área de 4.26 metros cuadrados, a los que habría que restar el vacío del pozo de ventilación, que no puede ser pequeño, ya que un hombre de la biblioteca afirma: “Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable”. Para un tamaño del pozo de al menos 80 cm de diámetro, el espacio habitable del hexágono sería escaso, un pasillo circular de 88 cm de anchura en los vértices y 71 cm en el centro de los lados (apotema); eso, sin contar la profundidad de los anaqueles. La claustrofobia resultaría intolerable, alienante.
(continuará)

26 de febrero de 2016

En recuerdo del poeta Jaime Ferrán (III, fin)


El poema aún permanece en todos nosotros, los colegiales de entonces, a más de medio siglo de distancia. Se cuela en nuestros sueños, en nuestros escritos, sin que nos demos cuenta. Junto al nombre de Jaime, aquel poeta que conocimos de jóvenes, el primer poeta que conocimos, que andaba despreocupado por el Colegio, con cierto desaliño bohemio, habitante ya del Parnaso y tan accesible. En unos versos en broma, ripiosos, que escribí a un amigo, eminente médico y poeta —ahora conozco a bastantes—, se coló de rondón el famoso viento tejano, agazapado en el recuerdo, siempre esperando, pronto a renacer. Contaba yo a mi amigo, Francisco Loredo (Floredo en su antiguo e-mail), mis venturas de amor en Nueva York. La primera fue precisamente con una tejana, que trabajaba junto a mi Servicio en el hospital. Quizá es algo divertido y copio una parte; así me desvío un momento hacia lo liviano en esta última entrada:

La primera flor
de este largo cuento
de amores lejanos
era de un desierto;
porque era de Tejas,
¡qué tiempos aquellos!
Trabajaba al lado
y ahuyentó al invierno.
Yo la fui cercando,
andaba al acecho.
Un día propicio
la ataqué certero.
“Flor —le dije, impávido—,
aquí está tu tiesto”.
Luego el resultado
fue justo el inverso.
No sé si me explico,
pero yo me entiendo.
Ella me miró
y cedió, riendo.
¡Si no cegué entonces,
nunca seré ciego!
Viento
de
Tejas.
Amor
en el
aire.
Jamás
podré
olvidarte.
Y dejo
mi corazón
en prenda.
Todo está muy bien,
pero en estos versos
has pulverizado
las rimas en e, o,
puede que me digas,
querido Floredo.
Y ante tal reproche,
presto te contesto:
Es que no son míos,
estos van en serio.
Son de un poeta amigo,
del mismo Colegio,
que se llama Jaime
y Ferrán lüego.

No era el viento de Tejas, pero en Nueva York también el amor endulzaba el aire. El azar me lo trajo con una chica tejana. ¿Quién sabe qué vueltas dio el famoso viento de Jaime? Quizá lo respiró allí mi amiga y por eso fue amable conmigo. Los vientos son libres, soplan cuando quieren y hacia donde quieren y lo único que cabe hacer es aprovecharlos cuando vienen de cola y tratar de arreglarse con ellos cuando son de cara. Y encontrar, si hay suerte, el que nos envuelva y lleve durante toda la vida.

Digo otra vez que aquellos viejos versos están bien interiorizados, asimilados y rebrotan en cualquier momento. Se me asomaron a mí, contemplando no hace tanto tiempo los olivos de mi tierra:
Úbeda,
al caer
la tarde.
Azogue y plata,
los olivares.
El esfuerzo
en los surcos
y el amor
en el aire.
Volveré siempre
y dejo
mi corazón
garante.

Son versos inspirados en los de Jaime, sin su gracia. Pero no son plagio, porque, en este caso, se cumple lo que decía de las coplas el otro Machado, Manuel: y cuando las canta el pueblo, / ya nadie sabe el autor. Aquí, el pueblo somos todos aquellos jóvenes estudiantes, que un día aprendimos un pequeño poema, escrito por uno de nosotros, una especie de hermano mayor, y ya no lo hemos querido o podido olvidar.

He escrito muy recientemente de una desviación que puede darse, más o menos consciente, en algunos obituarios: que sirvan de ocasión, con el pretexto de recordar al difunto, para hablar de uno, aunque sea al explicar la relación con el fallecido. No querría, en manera alguna, que este fuera mi caso. He hablado de Jaime, de mi relación con él, porque es la más poderosa razón que me ha llevado a traerle a estas páginas. Como dije al principio, no me atrevería a analizar el conjunto de su obra, porque no la conozco con el debido detalle. En los tiempos del Colegio me la sabía mejor, y pienso que su estilo se ha mantenido más o menos constante. De todas maneras, me siento obligado a dar algunos datos de su biografía, que resumiré muy brevemente.

Jaime Ferrán y Camps nació en Cervera (Lérida) en 1928 y en su juventud formó parte del grupo de poetas catalanes que integraron la llamada ‘generación del Medio Siglo’: Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goitysolo, Alfonso Costafreda, etc. Cuando vivió en el Colegio, ya había publicado algunos libros de poemas: Desde esta orilla (1952), Poemas del viajero (1953), Descubrimiento de América (1957), Canciones para Dulcinea (1959). Por el primero obtuvo un accésit en el prestigioso premio de poesía Adonais, de Editorial Rialp, en 1952, con sólo veinticuatro años.

En 1960 marchó como profesor de literatura a la Colgate University y en 1963 empezó en la Syracuse University. Ha publicado también en prosa, ha escrito ensayos sobre Lope y Josep Vicenç Foix y traducido, con su esposa Carmen, a Yeats, Ezra Pound y Mary McCarthy. En el 2001, Ferrán reunió sus recuerdos personales y literarios en Memòries de Ponent, escrita en catalán y galardonada con el Premio Gaziel, en donde cuenta su infancia, sus tiempos de estudiante en Barcelona y Madrid y sus años de profesor en Estados Unidos.

Es triste escribir obituarios. Llevo muy mal que se mueran mis amigos. Morirse uno es más sencillo, menos complicado, más cómodo. Y no hay que asistir a ningún funeral en donde alguien, sin gran experiencia personal directa, hable de lo bien que se pasa de muerto. En este tema, la suprema sabiduría la condensó la señora aquella que argüía: Bonito el cielo, sí, pero como en casa no se está en ninguna parte.

Más en serio: ir quedándose solo tampoco es nada bueno. En un relato mío, El reino de Ta, cuento lo siguiente: Piasta, el rey de los veranos gaélicos, en una edad ya avanzada quiso viajar a Tirnanoge, la tierra de la perpetua juventud, nunca visitada por la Muerte. Preparaba el viaje cuando se le presentaron unas hadas y le preguntaron: Rey Piasta, ¿te gustaría seguir viviendo cuando ya hayan muerto tus caballos y tus canes, los maestros que te guiaron en la vida, las mujeres que te dieron su amor, los armados compañeros de las batallas? ¿Te gustaría vivir en un mundo en el que no tendrás a nadie con quien compartir un recuerdo de infancia y mocedad? El rey se llegó hasta la ribera de un río y meditó las preguntas de las hadas. Al final, después de haberlo pensado mucho, decidió no ir a Tirnagoge, y dejarse morir, cuando le llegase su hora.

Sólo queda ya la esperanza de encontrar a Jaime en algún otro sitio. De que, finalmente, el viento de Tejas nos encuentre juntos y nos arrebate a los dos. Y a Carmen, claro. Y a los colegiales que pasaron por el Colegio y lo conocieron u oyeron hablar de él. Y a las mujeres que nos acompañaron en nuestras vidas. En fin, a todos. Con el amor ya afianzado y dueño definitivo e indiscutible del aire.

25 de febrero de 2016

En recuerdo del poeta Jaime Ferrán (II)


En Otoño ya empiezan las filosofías, mala cosa. Cuando se es feliz, la vida —la naturaleza, la esencia de la vida— no preocupa gran cosa: se vive, simplemente. En el primer poema de este apartado, ya se ponen límites al amor, ya se habla de cosas imposibles. Durante una buena parte de la vida, lo imposible, en un cierto sentido, no existe. Un buen día se instala tal noción entre nosotros y ya no puede ser desterrada. Amamos lo imposible. / Buscamos más allá / de lo que ven los ojos / la última verdad / y nunca la encontramos, / se evade una vez más. Y un poco más tarde, aparece la odiosa, la obscena palabra: Envejecer es irse despidiendo / de todos y de todo. Envejecer es irse / poco a poco. La vejez puede ser otras cosas —puede ser la ocasión para vivir vidas que no fueron posibles antes—, pero repito lo que ya dije al principio: la poesía no demanda, ni tolera, ser analizada. La poesía es la gran sugeridora de temas, la ganzúa, la falsa llave, que es capaz de abrir puertas muy diversas, esa es su virtud.

En Invierno, se concretan los malos augurios avanzados en otros momentos; llega el final, el que se presume y anticipa desde el mismo principio. El poeta confiesa: No estaba preparado / para el final. Nunca lo estamos. /Llegó por la mañana. […] Vino la enfermera… / Se pararon dos ciervos / en el jardín. / Cuando nos lo dijeron / ya no estaban. Tú también te habías ido. No se puede aludir de forma más alígera y elusiva a la muerte. Unas páginas más adelante, Carmen ya está ausente, presente de otro modo, para siempre, definitivamente: Eres ahora / ya presencia encantada, / ceniza de aquel fuego / que nunca se apagara, / calor en el invierno / y murmullo del agua / en la tierra sedienta, / luz en la noche clara…

El libro es un lento canto a Carmen, cuyo rostro aparece sobre un fondo negro en la portada. Es una confesión sincera, una profesión rotunda e incondicional de amor, como quizá sólo hacemos a alguien que está ya en la otra orilla. Porque la percepción del amor se acrecienta y magnifica con la ausencia definitiva y uno se libera del pudor que impone la cercanía, el que permanece incluso en la entrega más rendida. En el libro, sin embargo, la tristeza nunca parece excesiva, está embellecida por el consentimiento y una resignación generosa y lúcida. Es una tristeza bella, una dulce melancolía, como corresponde a un poeta enamorado y agradecido, que conoce y valora el privilegio de una relación intensa, excepcional. La contención verbal y la delicadeza acompañan cada página del libro. Nada es exagerado o excesivo. Los recursos verbales son los justos y apropiados. Si alguien ha sugerido que el buen estilo literario está hecho de renuncias, aludiendo a la exclusión de lo innecesario y superfluo, se puede afirmar que ese es el estilo del poeta, sereno, horaciano.

Es también, sin proponérselo, una breve biografía, la historia de una vida, o de dos, como la de cualquiera de nosotros; por eso es tan entendible, tan compartible. Los detalles, los acontecimientos se narran sin intención, sólo para acompañar, para situar lo que va aconteciendo con los años, en torno a lo principal, a lo que de verdad cuenta, a lo único que importa: la permanencia del amor, la unión sagrada entre dos seres.

En una carta de hace bastantes años, la recientemente fallecida Carmen Balcells mencionaba a Jaime Ferrán, de quien era amiga desde su juventud, y me anunciaba el envío de ese libro suyo, Libro de Horas, al que calificaba como “pequeña joya”, el que he utilizado para espigar mis citas. Doña Carmen entendía de literaturas y me adhiero a su calificación del libro. En mi contestación le escribí: “Lleva usted razón, el libro es una joya. Su estilo es el de siempre: íntimo, tierno, sencillo y amable. Como él mismo. Leo sus poemas y vuelvo a oírle. Siempre nos saludaba llamándonos ‘viejo’, ‘maestro’, etc. En el Colegio, era un poco nuestro hermano mayor, el de todos. Le puedo asegurar que se le quería como a tal. En su casa eran diez hermanos, nosotros éramos doscientos”.

Porque yo había coincidido con el poeta, hace casi sesenta años, en un Colegio Mayor de Madrid. Al principio, era yo de los más jóvenes allí y él quizá el mayor, con su carrera terminada. Ya había publicado libros y eso le revestía, ante mí y ante todos nosotros, de una irrebatible magnificencia. Era además extraordinariamente accesible. Recuerdo que en una ocasión le pregunté que si sabía de la existencia de un Jaime Ferrán famoso —yo pensaba en Jaime Ferrán y Clua, el ilustre médico catalán que había diseñado algunas vacunas— y me contestó enseguida: Claro que sí, viejo, soy yo.

Mencioné antes un poema de Jaime que conocíamos todos en el Colegio. Era muy sencillo y corto y, cuando nos poníamos estupendos, lo que sucedía con frecuencia, lo recitábamos coralmente, en noches inolvidables, quizá después de haber asistido todos juntos a algún episodio de Los intocables, de Elliot Ness, que daban entonces en la incipiente televisión española. Eran impresionantes las doscientas voces declamando:              

Viento
de
Tejas.
Amor
en el
aire.
Jamás
podré
olvidarte.
Y dejo
mi corazón
en prenda.

Oigo el poema, todavía, con una acuidad que no tienen las voces y sonidos de ahora. No lo he olvidado; ciertas cosas no se pueden olvidar. Jaime estaba allí, sonriente y complacido. Nos había dicho muchas veces que el poema lo había escrito durante un concierto al aire libre, una noche de verano en Tejas, que era ya, también para nosotros, inolvidable, insuperable. Lo había escrito en el estrecho margen del programa y por eso era de versos tan cortos. Lector, créeme, si cierro un momento los ojos, lo vuelvo a oír, exactamente como entonces. ¡Qué misterio el de nuestros recuerdos!

Ese viento de Tejas era ya también nuestro, incorporado a nuestro inocente y virginal pasado. Y en Tejas, según certificaba nuestro querido Jaime, que tenía mucha más experiencia en todo que nosotros, el amor —ese amor por el que suspirábamos y que nos hostigaba entre clases y exámenes y siempre— estaba allí, en el aire; es decir, libre, ubérrimo, permeándolo todo, ofrecido a todos, para quien quisiera abrazarlo y apropiárselo. ¡Ah, Tejas, Estados Unidos…! ¿Cómo sería, en verdad, el viento de allí? ¿Y ese amor que habitaba en el aire? Habría que ir a ese país alguna vez, como había ido ya Jaime. Sí, habría que ir...
(continuará)

24 de febrero de 2016

En recuerdo del poeta Jaime Ferrán (I)


No hay manera de embridar y domeñar este blog. Antes me estaba sugiriendo temas continuamente y decidí callarlo un poco y hacer menos frecuentes y más cortas mis entradas, mis posts. Con lo primero sólo he logrado que se me acumulen los temas pendientes y en lo segundo he fallado con clamor. Además, de momento he de cambiar la estrategia y publicar dos o tres entradas seguidas de extensión desusada, porque llevan versos y esto las alarga, aunque casi siempre trataré de escribirlos en línea.

Se trata de algo excepcional, claro: ha muerto, el seis de febrero, un excelente y querido poeta, Jaime Ferrán y Camps, a quien ya mencioné en mi entrada del 6 de julio del 2014, y tengo que hablar de él, del único libro suyo que tengo ahora a mano, Libro de Horas, y de un cortísimo poema, al que me referiré después. No podría, ni es mi intención, escribir un estudio serio sobre su poesía. No sabría distinguir un ‘primer Ferrán’, ‘un segundo Ferrán’, etc., esas sutilezas que encantan a los críticos sesudos. Pero puedo hablar un poco de él como persona, porque tuve el privilegio de conocerle; y del libro que menciono, que es una joya. Es del año 2008 y está dividido en cuatro partes, las cuatro estaciones del año.

Lo escribió el poeta unos ocho años después de la muerte de su esposa, Carmen Rodríguez de Velasco. No existe una correspondencia exacta entre el tono de los poemas y la estación del año en que están encuadrados, más bien revelan un cierto orden cronológico, con versos que remiten a su juventud agrupados en Primavera, a su madurez en Verano, etc. Los versos de Invierno, en los que se refleja, y hasta se cuenta, la muerte de Carmen, son sin duda los más tristes. En conjunto, es un libro triste, impregnado de una única ausencia-presencia, en el que se refrenda y justifica la cita inicial, del gran poeta portugués Luis Vaz de Camões: Vi que todo o bem pasado não e gosto mas é mágoa (Vi que todo bien pasado no es gozo sino tristeza).

El primer poema del libro, en el apartado Primavera, describe de manera tajante el contraste entre lo que persevera y lo que se desvanece (reproduzco, sólo en este caso, la disposición tipográfica original, que no respetaré en el futuro, para no complicar y alargar excesivamente la longitud de la entrada):

No pasa la pasión,
                               pasa la vida.
El tiempo pasa
                         y al pasar
                                          nosotros
con él pasamos.
                           Pero
no pasa la pasión.
                              El mismo fuego
me abrasa todavía
cuando te veo,
                        cuando te recuerdo.

Digo que es un libro triste, pero se trata de una tristeza mitigada, suave, esa que algunos han llamado tristeza poética. Pasa la vida, pero hay cosas que permanecen. En realidad, también puede ocurrir justamente lo contrario, que pase la pasión y la vida se haga larga y pesada. Este es el tipo de análisis que no se puede hacer en poesía, en la que cuenta, no la estricta racionalidad, sino lo hondo y peculiar del sentimiento, lo que canta el poeta. Aquí lo único que importa es la música y la belleza, el descubrimiento de un mundo personal, profundo, no pautado y acomodado a la lógica. La expresión íntima e incontaminada de una realidad, que nace y se impone en las palabras. Jaime y Carmen vivieron en Estados Unidos: en un país distinto / que se ha ido / haciendo nuestro noche a noche… Y ya está dicho, ahí está ya todo, no hay nada más que explicar.

Todavía en Primavera, hay unos versos muy machadianos, de los de don Antonio: Pasan las mañanas / y las tardes lentas / en la sala clara, / en la oscura escuela / de bibliotecarias / donde tú me esperas / cuando el día acaba / y la noche empieza… Son versos sencillos, frescos, con la rima y el repiqueteo del ritmo bien presentes. Hay otros muchos así en el libro. Y otros distintos, de ‘arte mayor’, entre los que muestro uno de los más alegres, con Carmen siempre en el cuadro. Aquí se canta su presencia: Nuestro primer viaje fue a Granada, / que descubrí, de nuevo, a tu costado: / la roja Alhambra, el dédalo / de cámaras secretas, los jardines, / el laberinto del Generalife / entre fuentes que cantan, el palacio / del César, la oscura catedral / con los Reyes dormidos, las tendillas / el alegre Albaicín, la mansa vega, / los cármenes al pie de la sierra…

En Verano la felicidad se hace perfectamente posible y sólo se torna huidiza y frágil al recordarla, tantos años después; de momento es sólida, maciza, indestructible: Verano en Santander. La Magdalena / es como un barco lleno de estudiantes… Y entonces surgió la noticia: un profesor de la Colgate University visita Madrid en busca de licenciados españoles para impartir enseñanzas en Estados Unidos. Y cuenta Jaime, como si fuera un asunto menor: Así se interrumpió nuestro verano. / Así cambió de rumbo nuestra vida. Permitidme añadir aquí unos versos míos: Y el destino, / o el puñetero profesor americano, / nos robó a Jaime. Desde entonces, / sólo pudimos verle en ocasiones, / cuando venía a restañar la herida, / la deuda que contrajo con nosotros, / que lo quisimos tanto, cuando éramos / tiernos devotos de él y lo admirábamos. / Bueno, lo que cuenta, es que fuera feliz. / Con eso solo, estábamos contentos.

Pasó algún tiempo, con la felicidad intacta aún. Volvían los dos, Carmen y Jaime, a Madrid alguna vez: De regreso a Madrid, / en la vieja colina de los chopos / hallamos la paz resucitada, / el jardín recoleto / y en él “sólo el amor” / que encontró Juan Ramón. Vinieron una vez en barco, en el Covadonga, de Nueva York a Bilbao, y se trajeron su coche americano, un Chevrolet Corvair, de moda entonces: Llevábamos a bordo / el Corvair, nuestra casa / pues que no la teníamos. […] En el blanco Corvair / íbamos y veníamos / de Barcelona al mar. ¡Cómo entiendo estos recuerdos del poeta! Mi coche en Nueva York era un Rambler. Cuando alguien me pregunta ahora si deseo todavía alguna cosa, respondo: Sí, volver a tener veinticinco años y recuperar mi viejo Rambler, que tiene que estar todavía en alguna parte; lo demás no me interesa.
(continuará)

18 de febrero de 2016

Elogio de la lengua latina


Palabras clave: Horacio,  Odas, Epodos, Padres Escolapios en Úbeda.

No era la primera vez, había ocurrido ya algunas otras veces, a la misma hora intempestiva, dos o tres de la mañana. Los diez vecinos de la casa conocían la causa del escándalo y eran benévolos con el alborotador. Se oía una voz infirme, temblorosa, pero potente; al principio, el discurso era incoherente, errático, siempre desolado, de una profunda tristeza. Se notaba claramente que el hombre que daba gritos y gemía estaba borracho, aunque jamás profería palabras sucias o malsonantes.

Luego, poco a poco, se iba serenando, disminuían en intensidad las voces, si bien se seguían oyendo en casi toda la casa. La ventana de la habitación de donde provenían, un dormitorio que daba a un patio interior común, estaba abierta y había luz. A veces hasta se podía ver al hombre que la ocupaba, de edad bastante avanzada. Al final, como en otras ocasiones, se oyeron nítidamente los versos latinos, pausados, solemnes:
Macies et nova febrium
terris incubuit cohors,
semotique prius tarda necessitas
Leti corripuit gradum.

(La miseria y una desconocida legión de enfermedades sobre la tierra cayeron, y la muerte inevitable, antes lejana, apresuró su paso).

El joven que vivía en el piso de enfrente, flamante doctor en Filología clásica, reconoció enseguida la oda de Horacio y no pudo evitar un estremecimiento, porque nunca la había oído recitar con tanta hondura, con tanto sentimiento. La dicción del recitador era ya perfecta, el ritmo delicado y exacto. Cómo debe de estar sufriendo el pobre don Gerardo, pensó. Ni un reproche se le vino a la mente; al contrario, se llenó de conmiseración por aquel hombre, que había sido su profesor de Latín en la Universidad y era reconocido como un brillantísimo experto en literatura clásica; uno de los hombres más nobles y educados de la ciudad. Hasta que vinieron las desgracias, la muerte del único hijo en un accidente de tráfico y, poco después, la de su esposa. No supo resistir el embate brutal del destino y se refugió en el alcohol.

El joven latinista continuó escuchando, porque sabía que vendrían nuevos versos. Don Gerardo comenzó otra vez, con voz grave, desgarrada y plañidera:

Eheu fugaces, Postume, Postume,
labuntur anni, nec pietas moram
rugis et instanti senectae
adferet indomitaeque morti.

(¡Ay, qué deprisa, Póstumo, Póstumo, se van los años!; y la piedad no hará que se retrasen las arrugas, ni la vejez que acosa, ni la indomable muerte).

Tras una pausa, siguieron otros versos, también de Horacio, de Epodos, 17:

Nullum ab labore me reclinat otium;
urget diem nox et dies noctem, nequest
levare tenta spiritu praecordia.

(No hay descanso que calme mis fatigas. La noche acosa al día, el día a la noche, y no es posible aliviar la angustia de mi pecho jadeante).

El joven pensó por un momento en acercarse al piso y tratar de confortar al pobre viejo, pero, por lo sucedido otras veces, supuso que todo terminaría pronto y optó por no hacer nada. Estos episodios se repitieron por un corto tiempo.

El joven doctorado de entonces, el que me contó la historia, que es totalmente real, fue luego catedrático de Latín en la Universidad y acaba de jubilarse. En un acto de homenaje y despedida que se le hizo, habló y, como era esperable, hizo algunas citas en latín, más bien jocosas, como conviene en estas circunstancias. Al pronunciarlas, la mayoría de los asistentes, profesores y alumnos de lenguas clásicas, reía con buen humor. Sentí mortal envidia por no entenderlas inmediatamente como ellos.

Si fuera forzoso escoger, comprendo que los jóvenes se dirijan a ciencias de las que depende la capacidad, no ya de inventar, sino hasta de utilizar lo que inventen otros. Pero, por fortuna, todo es conciliable y una buena base de latín incluso ayuda a la comprensión de términos científicos y neologismos. El latín fue vínculo universal durante gran parte de la historia de Occidente; en esa lengua están escritas algunas de las obras cimeras de la cultura humana. En ella resumo mi nostalgia, mi añoranza de un tiempo ido, no tan lejano. Leo, gracias al amable archivero don Valeriano, actas de los Escolapios de Úbeda, de hace cien años, escritas aún en latín. Acta capituli localis habiti in Domo Idubedensi die 17 mensis Martii anni 1912. Convenerunt ad sonum campanulae in Aula Capitulari infrascripti Patres, Rector et Vocales… Una delicia.

9 de febrero de 2016

De las infinitas variantes de la zafiedad


Palabras clave (key words): Chefs, vulgaridad extrema y coprolalia, Camilo J. Cela.

Hace casi exactamente un año, en febrero del 2015, me ocupaba yo en mi blog de los chefs, por los que siento una pasión difícil de controlar, y les dedicaba algunas entradas. Se paseó el Sol por el Zodiaco alrededor de la Tierra —o al revés, que nunca me acuerdo—, ajeno como siempre a las veleidades y estupideces de los seres humanos, y ahora un triste suceso me devuelve al mundo de los cocineros. Se trata de la muerte, quizá suicidio, de Benoît Violier, famoso chef suizo del restaurante Hôtel de Ville de Crissier, en el cantón de Vaud, en cuya principal ciudad, Lausanne, trabajé algún tiempo, estudiando el flujo cerebral en los ancianos y su respuesta a fármacos.

Buscando inocentemente en Internet datos sobre Violier, me encuentro con que otro famoso chef, este español, ha dicho, por no sé qué cosa, que “nos han ‘follao’ el culo” (sic), expresión de significado evidentísimo, pero que, sólo por culpa de no estar yo al día en esta excelsa literatura, tuve que congelarla mentalmente un momento para entenderla bien. Lo mismo ha dicho, con las mismas palabras, el técnico de un equipo de baloncesto. Esto me ha desviado de mi objetivo inicial y me lleva a escribir sobre verbo tan descriptivo, que parece gozar de mucho predicamento últimamente. Está documentado su uso desde 1732, con el significado de “soplar con fuelle”, y sólo a partir de 1905 designó la operación, casi siempre más distraída, de “practicar el coito”.

Pablo Iglesias recordó no ha mucho que en el mayo aquel famoso del 68, de hace ya siglos, los indignados de entonces preferían ‘hacer el amor’ y no la guerra. A este Pablo esa expresión le parece cursi, kitsch, frangollona: “Nosotros no hacemos el amor, nosotros follamos”. Lleva razón el hombre; hacer el amor es equívoco —hasta podría referirse a escribir algún soneto apasionado—, lo que queda felizmente resuelto con el distingo del brillante político. Ni siquiera emplea el verbo joder, aún ambiguo. Cela hizo ver que estar jodido era muy diferente de estar jodiendo. Sentidos opuestos que no se dan entre estar follado y estar follando, salvo en la forzosa distinción temporal: en el primer caso el ‘gustirrinín’ pertenece al pasado, por el carácter marcadamente efímero del asunto, que podría haberse diseñado mejor, más prolongado. En una novela mía, una vidente afirma que en los extraterrestres del planeta SK08, sospechosos de la abducción de un médico en Úbeda, la culminación del amor dura noventa minutos y ocurre en dos tiempos, con un pequeño descanso entre ambos. Tal que el fútbol, que naturalmente allí no existe.

El estar follado es un estado en el que podrían darse ciertas habilidades. Cela cuenta —no sé dónde, cito de memoria— el caso de una moza que, recién follada, era capaz de atravesar nadando cierta laguna en un santiamén, según testimonios. Aunque otro testigo lo niega y mantiene que la rapaza no era capaz de hacerlo “ni recién follada, ni follada de vísperas”.

Un sagaz crítico literario hizo en su tiempo una recensión del libro de un autor español contemporáneo. Apenas incide sobre su estilo, el lenguaje, la composición de la obra, etc. Casi todo el tiempo lo dedica a alabar con perseverancia al autor, manejando el botafumeiro a gogo, con energía y determinación. Siendo el autor no despreciable, no me gustó nada la recensión. En otro lugar el crítico afirmó también que “si folláramos más, escribiríamos menos”. Lo que sería bueno para los escritores y en bastantes casos para los lectores, pienso yo.

Hay que reconocer que aquí el crítico lo bordó, llegó con su mente hasta la misma médula del conocimiento. En efecto, si se hace una cosa no se puede, o es muy difícil, hacer la otra. Leer es diferente y se sabe la historia de un viajante de tejidos de Terrassa que, alejado a veces demasiado tiempo de su amante esposa, por razón del negocio, recalaba esporádicamente en alguna casa de tolerancia. En un caso, mientras el viajante desfogaba su pasión largo tiempo retenida, al observar que su compañera hojeaba el periódico, fue intolerante él, y le dijo, en plena faena: Ya sé que por doscientas pesetas no se puede exigir un amor verdadero, pero, collons, un poco de atención al acto. Llevaba razón. Mucho más que cuando se ponía la barretina y peroraba sobre el derecho a decidir, que también empezaba así las sesiones con el pretexto de que eso “le ponía”.