16 de abril de 2016

Mujeres que reescribieron el Quijote (II, fin)


Entrando de lleno en el tema, las mujeres que escribieron obras influenciadas, basadas o inspiradas en el Quijote —las que ‘reescribieron’ el Quijote— podrían ser las mencionadas en las dos listas que muestro. En la primera hay once obras, algunas anónimas, pero de muy probable autoría femenina. En la segunda las he reducido a cinco, aquellas de las que hablé en mi charla. Conociendo sus nombres, es relativamente fácil llegar a saber algo de sus vidas y obras con Internet. No puedo en este esquema, tampoco pude en la conferencia, detenerme demasiado en esto, por razones obvias.

                              
  
                                        

Quería también señalar la participación de las mujeres en la literatura, en general, y en la cultura de todas las épocas, a pesar de la indudable discriminación de la que han sido víctimas a lo largo de la historia. Cité, por nombrar a alguien, la obra del latinista francés del XVII, Gilles Ménage, quien en su Mulierum philosopharum historia, recoge hasta sesenta y cinco mujeres filósofas. Me detuve algo con la bellísima Novella d’Andrea, de Bolonia, experta en Derecho y Literatura que, para no distraer a los discípulos con sus encantos, daba lección hablando detrás de una cortina.

                                

Para ir terminando y hacer más liviana la charla, como debe ser obligación de todo conferenciante, hablé de otra mujer bellísima, Friné, la amante y modelo de Praxíteles. En una última digresión, mostré el cuadro de un pintor y retratista polaco que la representa yendo a bañarse en la playa con motivo de las fiestas eleusinas. El nombre del pintor es Henryk Siemiradzki (1843-1902), recordado por su arte académico y monumental, con escenas del antiguo mundo grecorromano y del Nuevo Testamento. Inmediatamente después, mostré el titulado Blue III, parte de un tríptico, de Joan Miró, con alguna consideración obligada e informal sobre el arte pictórico. El arte del polaco no es mi ideal, pero tengo que admirar el oficio, la honestidad, el afán de perfección, el amor por la obra bien hecha en este tipo de pintura. Este de Miró, y otros pintores modernos, suscita en mí, en no pocas ocasiones, alguna duda incómoda, algún inevitable recelo. 
 

        

       

Terminé con las siguientes palabras, excusándome muy insinceramente: Me he perdido un poco; hay gente que ha nacido para perderse. Escribir es eso: perderse. Perderse en algún confín que se sueña y se crea para compartirlo; sacar a la luz algo que surgió en un oscuro pliegue de nuestro cerebro, gracias a una misteriosa alquimia que en ocasiones comienza a funcionar muy caprichosamente. Pero hay que perderse con alguien. Por ello, no me importaría haberlo hecho hoy, siempre que me haya perdido con ustedes, que ustedes me hayan seguido y hayan disfrutado un poco descansando en los márgenes, espero que apacibles y amenos, del camino, del laberinto. Este es el mejor criterio para valorar este tipo de charlas. Al final, no importa sólo a dónde va uno, sino el sendero que se escoge, el viaje en que uno se embarca.
Ya acabo, pero nada es definitivo, permanente; las cosas se resisten a desaparecer. Un poeta malagueño, al que he admirado largamente, desde mi juventud, Manuel Alcántara, lo dijo muy sencilla y bellamente: Porque nunca se acaba lo que acaba, / que se queda a vivir en la memoria. Quiera Dios que alguna historia, algún detalle de los que he contado aquí, quede con ustedes y les ayude a recordar este martes de abril, cuando ya nos preparamos a reestrenar el mundo: Ya ves que ha pasado el invierno y se oye / en nuestra tierra el alboroto de golondrinas y tórtolas, cantó Salomón ibn Gabirol (1021-1058), un poeta y filósofo hebreo-andalusí, nacido en Málaga, al principio del siglo XI. Exactamente como ocurre hoy, en este hermoso parque. Muchas gracias por haber venido.
 
Nota: Casi las tres cuartas partes de la conferencia versaron sobre el tema del título. En mi esquema, en el que muestro sólo dos diapositivas con los nombres de las autoras en cuestión, podría parecer que no fue así.

10 de abril de 2016

Mujeres que reescribieron el Quijote (I)


Amigos lectores, en una reciente conferencia sobre Mujeres que reescribieron el Quijote, prometí a los asistentes incluir en mi blog un breve esquema de la misma, para que tuvieran por escrito algunos datos mencionados. Trataré de cumplir mi compromiso y haré una sucinta crónica. Ya fue difícil resumir el tema en la ocasión y hacer ahora un resumen de aquello (un resumen del resumen) lo es mucho más, pero lo intentaré.
Empecé recabando mi derecho a cualquier digresión, confesando, quizá con algún gracejo, que jamás he tolerado que el título de una charla se interponga entre lo que quiero decir y el público. Siempre me he permitido divagar un poco, sin alejarme demasiado del tema propuesto. Mostraré aquí sólo algunas de las diapositivas; la primera, una lista de las cien mejores obras literarias de la historia, elaborada por escritores famosos, algunos premios Nobel. El primer puesto es para el Quijote y, en séptima posición, hay ya una obra escrita por una mujer, Orgullo y prejuicio, de Jane Austen.

                             

Vino enseguida mi primera digresión. Quise hablar del primer autor literario conocido, que no fue autor, sino autora: una sacerdotisa sumeria de nombre complicado, En-hedu-Ana, hacia el año 4300 a. de C. Lector, no diré nada más sobre ella, pero con el nombre y cualquier buena enciclopedia —también, por supuesto, Wikipedia— podrás encontrar detalles sobre su vida y obra. Copio unos versos suyos.

                              

Otra breve digresión: me referí al libro de Harold Bloom, de 1990,  El libro de J, en el que postula que los textos más antiguos del Pentateuco fueron también obra de una mujer, que vivió en los tiempos de los reyes David y Salomón, hacia el siglo X a. de C. Todo ello basado en la llamada ‘hipótesis documental’ que proclama la autoría múltiple del escrito bíblico, formulada, entre otros, a finales del siglo XIX por Julius Wellhausen (1844-1918).

 

                               

Dediqué medio minuto, como curiosidad, a la tesis del inglés Francis Carr que afirma que el Quijote no fue escrito por Cervantes sino por el inglés Sir Francis Bacon; tan disparatada que no merece más comentarios, salvo señalar que por su propia extravagancia puede deslumbrar y arrebatar a cierto tipo de espíritus.

                                            

Orillando ya el tema de mi charla, hablé brevemente de un movimiento literario, del siglo XVII francés, al que pertenecen novelas pseudohistóricas, de ambiente galante y romántico, que permitían a los lectores contemporáneos echar una mirada sobre las vidas de personajes importantes de la sociedad del momento (cumpliendo una misión análoga a la de las modernas revistas del corazón). Distinguidos miembros de la aristocracia francesa, especialmente parisina, aparecían, levemente modificados, como soldados y doncellas persas, griegos y romanos, pero seguían siendo reconocibles. Esta literatura tuvo gran auge entonces y sirvió para enloquecer a los Quijotes femeninos que surgieron después. Esta distinción es fundamental: en el Quijote cervantino lo que causa la locura del caballero es la lectura de los libros de caballerías, mientras que en los Quijotes femeninos posteriores la atención se dirige hacia esos romances heroicos franceses del XVII y, más tarde, a novelas y dramas ingleses del XVIII.
En Francia, quizá la escritora más conocida del género fue Madeleine de Scudéry (1607-1701), algunas de cuyas obras fueron muy populares. Especialmente, Clélie (1654-1660), en diez volúmenes de unas ochocientas páginas cada uno, o Artamène ou Le grand Cyrus (1649-1653), en doce. La propia Scudéry aparece en Artamène como Safo, el nombre por el que la conocían sus amigos. También hay autores masculinos en este apartado, como Gauthier de Coste, Michel de Pure, Antoine Furetière, Pierre Marivaux, etc.
(continuará)
 

7 de abril de 2016

Tristitia post concilium (tristeza tras la reunión)


Palabras clave (key words): Leslie A. Murray, Fernando Pessoa, Piasta, Tirnagoge.

Cualquier acontecimiento gozoso alberga en su núcleo la amarga semilla de una tristeza posterior inevitable. Del hecho que relataré, también quedó la melancolía de su fugacidad, de su imposible continuación, de la evanescencia final de ese alegre estado de ánimo en que el tiempo pareció derrotado. Hay una tristitia post concilium.

Con motivo de una reciente conferencia mía, vinieron a oírme bastantes de mis amigos —y amigas, claro— a muchos de los cuales no los veo con la frecuencia que querría. Todo fue muy agradable, hasta demasiado. Porque me quedó luego ese viejo y conocido sentimiento que indefectiblemente aviva mi melancolía. Un poeta australiano, Leslie Allan Murray, de mi misma edad, escribió: “y como siempre ocurre, después de un triunfo, / estuve, por supuesto, inconsolable”. Yo ni siquiera venía de ningún triunfo, pero en estas ocasiones me persigue una cierta insatisfacción, porque pienso que no he sabido hacerles ver, a mis amigos, hasta qué punto me importan.

Ellos son el pasado, los múltiples espejos en los que me miro y reconozco. Veo lo que hemos vivido juntos y lo que no pudimos o no nos dejaron vivir. Sin ellos el pasado se esfuma y se desvanece mi historia. Cuando se van, me asaltan los recuerdos, la nostalgia, sueños aún intactos y un tiempo perdido que no sé buscar solo. Constato que el mundo no es como debiera, que todo está tocado de banalidad, y se afianza la certeza de que la felicidad es imposible o efímera. Al final de la conferencia, el puro azar fue formando diversos grupos, que se refugiaron en los bares vecinos, para prologar la alegría del reencuentro, para enlentecer el tiempo y disfrutar su tregua.

Fernando Pessoa añoraba la casa de su niñez y un pasado de té y tostadas servidas en la tarde, cuando las mujeres acababan por fin sus tareas de coser y hacer punto, con el reloj del salón midiendo, o creando, el tiempo. Añoranza que le hace exclamar, dirigiéndose confusa y acremente a alguien: Me veo aquel que fui en la infancia. Dame esto otra vez, tal cual era, con el reloj tictaqueando al fondo, y guárdate para ti todos los dioses. ¿Qué es para mí un Olimpo que no me sabe a las tostadas del pasado? ¿Qué tengo yo que ver con unos dioses que no tienen mi reloj antiguo?

Hace años, al final de otra charla, contaba yo a mis oyentes: Aparte de un grupo de amigos que he ido haciendo a lo largo de mi vida (muchos de los cuales estáis aquí), otras muchas cosas no me han importado demasiado; esto condiciona mi paraíso. Y cité unos versos de una canción corsa, de un pastor de Zicavo: ¡S'intrassi in  Paradisu, santu, santu, / e nun truvacci a tía, mi n'esciria! (Si entrase en el paraíso, santo, santo, y no te encontrara, me saldría). Lo apliqué a mis amigos. Hemos de salvarnos juntos, no quiero ni puedo salvarme solo. Querer salvarse solo es el primer paso hacia la condenación.

He sido siempre así. Al terminar cada congreso médico, cada reunión, la idea de que nunca más volvería a gozar de esos momentos, con esas gentes, me entristecía. Con diecisiete años, en Cádiz, al final de un curso de verano, en una oración que me encargaron, decía: Señor, esta es noche de despedida y estamos todos un poco tristes. Hace poco tiempo, ninguno de los que estamos ahora aquí juntos nos conocíamos y, sin embargo, hoy, cuando llega la hora de marchar, nos cuesta trabajo renunciar a esta pequeña y entrañable comunidad que hemos formado.

O sea, que no es por la edad. Aunque ciertas dudas y temores, se hacen ahora más evidentes y probables. Llevo muy mal que se mueran los amigos. En un relato mío, El reino de Ta, el viejo rey Piasta, Señor de los veranos gaélicos, quiso viajar a Tirnanoge, la tierra de la perpetua juventud, nunca visitada por la Muerte. Preparaba el viaje cuando se le presentaron unas hadas: Rey Piasta, ¿te gustaría seguir viviendo cuando ya hayan muerto tus caballos y tus canes, los maestros que te guiaron en la vida, las mujeres que te dieron su amor, los armados compañeros de las batallas? ¿Te gustaría vivir en un mundo en el que no tendrás a nadie con quien compartir un recuerdo de infancia y mocedad? El rey se llegó hasta la ribera de un río y meditó allí las preguntas de las hadas. Tras pensarlo mucho, decidió no ir a Tirnagoge, y dejarse morir, cuando llegase su hora.

27 de marzo de 2016

Conferencia: Mujeres que reescribieron el Quijote


Queridos lectores, quiero informaros, para los que viváis en Madrid o alrededores, de una charla que daré el próximo día 5 de abril, martes. En el cartel aparecen todos los detalles pertinentes. El acto comenzará a las 6.30 de la tarde y terminará a las 7.30, con tiempo de que los que quieran, puedan ver un famoso partido de fútbol que se juega ese día. El sitio es muy agradable, dentro del parque del Retiro, en donde estuvo la antigua Casa de Fieras; el local espléndido y el tema, Mujeres que reescribieron el Quijote, ameno y de actualidad, por lo del centenario de la muerte de Cervantes. No se presenta ningún libro y no hay que comprar nada; no hay daños colaterales.
Quizá pueda ser la ocasión para que, los que me seguís en el blog, podáis conocerme y yo conocer también a mis mables lectores. O sea, que quizá hasta pronto.
Feliz Pascua y un abrazo,


23 de marzo de 2016

Borges, amores y desamores (II)


Palabras clave (key words): el accidente, Pierre Menard, nuevo estilo, musas borgianas.

Interrumpiré, sin demasiado éxito, los amores de Borges, para contar algo que puso en peligro su vida y que se ha contado de diferentes maneras. Me refiero a lo ocurrido en la víspera de Nochebuena del año 1938, pocos meses después de la muerte de su padre. Borges ya no veía bien y al subir con prisas las escaleras —el ascensor de la casa estaba averiado— no reparó en que había una hoja de ventana abierta hacia dentro y se dio un fuerte golpe en la frente, que empezó a sangrar. La herida se complicó luego con una infección y fiebre alta y tuvo que ser ingresado en un hospital; desarrolló una septicemia y estuvo en peligro de muerte. Se dice que al volver a casa empezó a escribir su primer cuento fantástico, Pierre Menard, autor del Quijote.

Para algunos críticos, nació entonces un nuevo estilo del escritor, una manera diferente de escribir. Su madre, doña Leonor, estaba convencida de que tras el accidente algo había pasado en el cerebro de su hijo. El crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal (1921-1985), autor de la obra Borges por él mismo (1979), se refiere a este hecho: “Después del accidente, Borges reaparece transformado en un escritor distinto, engendrado sólo por sí mismo. Antes del accidente era un poeta, un crítico de libros; después del accidente será el redactor de arduos y fascinantes laberintos verbales, el productor de una nueva forma literaria, el cuento que es a la vez un ensayo”.

Es difícil atribuir a la enfermedad ese cambio de estilo. Repasando la cronología en sus Obras completas, compruebo que ya antes de este episodio, hay relatos, como El acercamiento a Almotásim, y otros más, que tienen las características típicas del estilo borgiano y podrían ubicarse entre los posteriores al accidente. Para mí, ese cambio que algunos advierten, no fue tan radical y representa simplemente la llegada del autor a la madurez, con los cuarenta años cumplidos y en plenitud creadora.

Se habla mucho de la poca precisión de muchos de los recuerdos que tenemos los humanos, al evocar el pasado. Este caso es un claro ejemplo de estas distorsiones involuntarias. James Woodall, en La vida de Jorge Luis Borges, recoge la versión del accidente que dio la madre del escritor y cuenta que ocurrió yendo este a recoger una invitada, para cenar en casa: una amiga chilena, por la que alimentó esperanzas a mediados de los años veinte, Susana Bombal. En realidad, añado yo, esta Susana era de Buenos Aires, y muy ligada a San Rafael, en la provincia de Mendoza. Un mes antes de la muerte del poeta ciego, lo llamó por teléfono desde Buenos Aires a Ginebra y Borges, agradecido, le dijo: “Sos uno de los seres que más he querido en el mundo”. ¡Cómo son de tiernas y reveladoras palabras como estas cuando uno está por empezar el gran viaje.

Efectivamente, doña Leonor, en una entrevista en L’Herne, dijo que Georgie (así llamaba a su hijo), tras ir a buscar a la chica, no volvió y fue la policía la que llamó para informar del suceso. En esa misma entrevista habla de que ella y su marido iban al hospital a ver a Georgie; pero Borges padre había muerto en febrero del 38. Si esas visitas fueran ciertas, el accidente tendría que haber ocurrido en 1937. Es más probable que el recuerdo de la madre esté contaminado por el error.

Por otra parte, el propio Borges, en su Ensayo autobiográfico (1970), habla del accidente, pero lo sitúa en la escalera de su casa. En una entrevista con Jean de Milleret, en 1967, también dijo que el accidente ocurrió en su escalera y fue la invitada chilena la que abrió la puerta, porque había llegado antes y se encontraba ya en el piso.

María Esther Vázquez, en su libro Borges, Esplendor y derrota, vuelve a afirmar que el hecho ocurrió fuera del reducto familiar. Cita a Norah Borges, la hermana, según la cual Borges fue a visitar a Emma Risso Platero, otra de las musas del enamoradizo escritor, diplomática uruguaya de vida intensa, bella, culta y andariega, que le había invitado a comer a casa y a la que llevaba un regalito. Vázquez cuenta también en el libro la visita de Borges a Emma, en Londres, en 1964. Tomados del brazo, en su jardín, en una clara noche otoño, el argentino empezó a recitar en voz alta versos de amor de Dante Gabriel Rosetti. “Parecían dos amantes que hubieran continuado un diálogo iniciado mucho tiempo atrás”. En verdad, Borges había estado enamorado de ella treinta años antes. ¡Qué cosas se dirán en estos casos, cuando la pasión se ha remansado y queda sólo el afecto entero, la ternura intacta, quizá crecida por el paso de los años, la constatación de la fugacidad de las cosas y la imposibilidad de volver atrás!

José Bianco, amigo de Borges y secretario de la revista Sur durante veinte años, da todavía otra versión distinta: El accidente no ocurrió ni en la casa de Borges, ni en una escalera, sino en el departamento de María Luisa Bombal, escritora chilena — esta sí, fácilmente confundible con la Susana argentina del mismo apellido—. Una tarde, Borges, de visita en casa de María Luisa, se echó hacia atrás en la silla y se golpeó la cabeza con el filo de una ventana entreabierta. “Como le saliera mucha sangre, lo llevaron a la Asistencia Pública, lo curaron, lo vendaron y le dejaron en la herida un pedazo de masilla. Consecuencia: septicemia fulminante por la cual estuvo a punto de morir (en aquella época no existían los antibióticos)”, escribe Bianco. Estuvo un mes entre la vida y la muerte; esto sí parece probado. Lector, consultar varias fuentes supone, indefectiblemente, bordear el error.

Ya dije que para algunos, durante la convalecencia, Borges decidió abordar un género nuevo, escribir algo completamente distinto de lo que había escrito hasta entonces; nació así un cuento fantástico de inspiración metafísica: Pierre Menard, autor del Quijote. Borges, cuenta Bianco, “estaba tan preocupado por el texto que acababa de entregarme que a la mañana siguiente me llamó para saber qué me había parecido. Le dije la verdad: Nunca había leído nada semejante”.
(continuará)

16 de marzo de 2016

Borges, amores y desamores (I)


Palabras clave (key words): novias de Borges, Concepción Guerrero, Cecilia Ingenieros.

En ese otro mundo, el que existe y bulle fuera de los libros, mi admirado Borges quizá no fue muy feliz. Una de sus frases más repetidas fue el conocido lamento: “He cometido el peor pecado que uno puede cometer; no he sido feliz”. Lo cité en mi entrada del 25/8/2015, fecha de su cumpleaños, y escribí entonces: Estoy convencido de que era una pose, una ironía borgiana. Bastaba mirar su cara, ya de ciego, para comprender que no era verdad. Me basaba en sus propias palabras; dijo una vez que se sentía más feliz de mayor que de joven. Y también: “He observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso. […] Uno debe ser feliz, no por uno mismo, sino por las personas que lo quieren”.

Pero puede que yo no sea objetivo; me conmueve y perturba la idea de que no gozara de esa felicidad que merecía por tantas razones. Escrutar la felicidad, en la vida de Borges o en la de cualquier ser humano, no es tarea fácil y no lo voy a hacer yo, en una entrada de blog. Como estoy convencido de que aquella depende en buena medida de eso que llamamos amor, en sus variadísimas formas y variantes, me limitaré a explorar este aspecto, espigando en entrevistas y noticias aportadas por sus biógrafos. Alguien ha dicho de él, que fue un enamoradizo compulsivo y, según su eterno amigo Adolfo Bioy Casares, hubo una profusa lista de mujeres a las que amó y persiguió. De las que se podrían calificar de ‘novias’ escogeré seis: Concepción Guerrero, Cecilia Ingenieros, Estela Canto, María Esther Vázquez, Elsa Astete Millán y María Kodama (las dos últimas, también esposas). Otras menos pertinaces fueron Silvina Bullrich, Daly Nelson, Beatriz Babiloni, Pipina Diehl, Haydée Lange, Ulrike von Kuhlmann, etc.

La primera, Concepción Guerrero, fue un amor casi de adolescente. Borges la conoció con veintidós años, al volver de la larga estancia con su familia en Europa. En cartas a Jacobo Sureda, un amigo mallorquín, cuenta que se enamoró de ella “totalmente, idiotamente” y la describe como “ una niña pobre, muy hermosa, hija de padres andaluces […] Cuando yo la abrazo, ella se estremece”. Conchita tenía dieciséis años, ojos negros y una gran trenza negra. A principios de 1923 los Guerrero autorizan a Borges a visitarla en su casa; él piensa volver a Ginebra, terminar el bachillerato y regresar a Buenos Aires para casarse. Hace ese nuevo viaje, que dura casi un año, y regresa a casa de los Guerrero y a las citas con Conchita; la relación se va enfriando y Borges decide romper. Es quizá el primer fracaso: no cuenta, son los dos muy jóvenes.

Pasan bastantes años y en 1939 conoce a Cecilia Ingenieros una bella bailarina, esbelta y de facciones lánguidas, con la que inicia un trato que dura entre 1941 y 1943. “Yo estaba perdidamente enamorado de ella y las cosas marchaban bastante bien. Juntos planeamos un viaje a Europa. Nos casaríamos allí; esa era la idea”. Sin embargo, todo cambia en un momento y la felicidad se esfuma. El escritor se refirió en dos ocasiones a ese final doloroso, con detalles algo diferentes y quiero conservar sus palabras. Ella lo citó en la confitería St. James, cerca de la casa de Borges y le dijo: “Dentro de dos semanas me voy a Europa”. “Nos vamos, querrás decir”, la corregí yo. “No, me voy sola. He decidido no casarme con vos”. Y allí se acabó el noviazgo.

En otra versión, Borges cuenta que ella lo había convocado para anunciarle su casamiento: “Quiero decirte algo que vas a oír de todos modos, pero quiero que lo oigas primero de mis labios: me he comprometido y voy a casarme”.  Cecilia se fue a EE.UU. a estudiar con Martha Graham y a su vuelta forma una compañía que empieza a presentarse en los teatros de Buenos Aires, sin afán de lucro, abriendo un nuevo camino para la danza argentina, que continuaría varios años más tarde en el Teatro San Martín. Luego se casó y dejó el baile para dedicarse a la egiptología.

Así terminó su segundo noviazgo, aunque conviene señalar que en muchos de los “noviazgos” que cosechó Borges, sus novias no los vivieron como tales. Fue el caso de Cecilia Ingenieros. Es verdad que de estas cosas se cura uno, pero no sin sufrir; especialmente en el caso de Borges, que empezaba a tener serios problemas de vista, que le llevaron a la ceguera total a los cincuenta y pocos años. En plena segunda guerra mundial, tampoco el mundo era demasiado agradable, como sucede a menudo. Para entonces Borges es ya un escritor de creciente prestigio, lo que tampoco ayuda mucho en estos casos. Cecilia fue quien propuso a Borges el tema de Emma Zunz, relato de una venganza ejecutada a través de una falsa violación. Él la escribió para complacerla.

(continuará)

8 de marzo de 2016

De las bibliotecas: la de Babel (II, fin)


Borges habla de “vastos pozos de ventilación”, por lo que los hexágonos han de ser mucho mayores. Los cinco anaqueles estarían alineados, no superpuestos —también podrían estar superpuestos y cubrir sólo una parte de los lados—. De los anaqueles, especifica que “su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal”. Con 128 cm de ancho y, digamos, 165 o 170 cm de alto, albergaría entonces sólo 32 libros de unos 4 cm de espesor y estaría casi vacío. Todos estos vagarosos, vanos detalles me llevan a pensar que el galimatías de los libros no es sino una argucia para desviar la atención de lo que verdaderamente importa.

Con el número de símbolos que pueblan los libros ocurre también algo curioso. Se dice que sólo son 25: el punto, la coma, el espacio y “las 22 letras del alfabeto”. Y aquí procede preguntarse, ¿a qué alfabeto se alude? El castellano, el idioma de Borges, el de su relato, tiene, excluyendo las letras dobles, 26 letras (25 sin la letra ñ), no 22. Podría tratarse del alfabeto de otro idioma, el de algún anónimo bibliotecario. Pero puede ser una pista más que da Borges para que el lector sutil constate que todo el asunto de los libros es un embeleco para despistar, que lo que importa está en otra parte.

Como parte de esta maniobra de distracción surge el tema de la disposición de los 25 símbolos. Borges habla de combinaciones. Sin embargo, refiere la existencia de un libro, “que consta de las letras M C V, perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último”, lo que no puede darse en las combinaciones puras. Otra trampa más; de hecho, la pista más clara de la impostura la da, para mí, al final del párrafo, cuando cuenta que “los inventores de la escritura […] sostienen que los libros nada significan en sí”. Y añade, “ese dictamen, ya veremos, no es del todo falaz”.

No son combinaciones, sino variaciones con repetición, por lo que, dado que cada libro contiene 1312000 caracteres (410 páginas por 40 líneas por 80 caracteres), el número de libros posible es 25^1312000, igual a 1.956*10^1834097. Cifra impensable, desconcertante, pero de ningún modo infinita, como reconoce el propio Borges: “número aunque vastísimo, no infinito”. Entre esos libros, añado yo, tiene que haber uno sin letra alguna, totalmente en blanco, y otros que tendrán sólo una letra. Otros repetirán la misma letra de principio a fin. Otros no tendrán puntos ni comas, como algunos de narrativa ‘moderna’. Muchos no tendrán sentido, pero todas las grandes obras escritas por el hombre estarán allí, si constan de menos de 1312000 caracteres; si son más, estarán forzosamente fragmentadas. Esta entrada mía, desgraciadamente, no estará. ¿Sabes por qué?, lector. Porque tiene números y Borges no los consideró.

Este es Borges. Ni siquiera he analizado el relato entero, sólo una parte de las doce páginas de que consta, en tamaño bolsillo. Se comprende que el autor no quisiera embarcarse en la novela. Una novela de un cierto tamaño, con una escritura así de  compleja, sería inagotable, extenuante. Él decía que el argumento de una novela de cientos de páginas puede resumirse en unos minutos. Sus relatos pueden generar consideraciones diversas y sugerentes para ocupar cientos de páginas.

Además, muchas veces escribe en clave, en cifra. Como podría ocurrir en este caso concreto. Toda la trama del relato se complica sólo para esconder el significado profundo de la biblioteca. Existe otra complejidad subyacente y secreta. Conociendo a Borges, creo que es así. Los libros no son infinitos, pero la biblioteca sí lo es. Borges habla de que el número de galerías es quizá infinito y escribe: “Afirmo que la biblioteca es interminable”. Se deduce que la biblioteca está casi totalmente vacía. En otras palabras, los libros no explican ni constituyen el objetivo único o final de la biblioteca y el nombre es una falacia. Lo que cuenta es el edificio en sí, el espacio, su inmensidad. Su razón de ser, radica en la mera infinitud, en su monotonía, en su repetición, en su vaciedad, en la ansiedad y congoja que provoca en nosotros, incapaces de concebirla. Como nos ocurre con ese inmenso, grandioso y disparatado Universo, que es la otra conformación de la biblioteca. El nombre lo anuncia: Babel no fue una biblioteca.

Todas las literaturas, todas las historias posibles, todas las verdades y todas las mentiras están en los libros. Pero no caben las emociones, las puras y primigenias, las incontaminadas por el artificio o la cultura. Incluso la más simple de ellas es inabarcable e inaccesible para la palabra, que sólo la puede describir con vaguedad. Por no hablar de las más complejas, el amor, la muerte, la esperanza, las creencias. Ese es el sentido oculto de la biblioteca, junto a su infinitud: todo lo que no es razón, historia o lógica en nuestras vidas está fuera de los libros y hay que vivirlo en otro mundo, un mundo en el que no se movió con soltura el gran escritor y en el que está todo lo que nos hace felices o desgraciados, desvalidos o poderosos, derrotados o triunfadores... humanos. De ese mundo, de Borges en él, hablaré en otra próxima entrada.

7 de marzo de 2016

De las bibliotecas: la de Babel (I)

Hay algo que deslumbra al ser humano en las bibliotecas. De algunas, como la de Alejandría, sólo perdura el asombro, el tremor del nombre; su destrucción fue tan repetida y total que ni puede ubicarse con certeza su emplazamiento. Otras tienen una antigüedad de unos pocos siglos y almacenan sus tesoros, los incunables y manuscritos, en salas innumerables, verdaderas joyas arquitectónicas. Las más recientes ocupan altos, enormes y audaces edificios, llenos de luz. Parece como si el hombre tuviera una clara conciencia de la gran importancia de los libros y buscara sedes monumentales para albergarlos y protegerlos. Entre tantas, me referiré sólo a tres, en varias entradas.
La primera de la que quiero hablar es insólita, harto conocida entre los interesados por la literatura y cierta clase de metafísica. Nació en 1941, en un rincón oscuro y pensante; me refiero a esa área indefinida del cerebro, sepultada en la cripta craneal y espléndidamente capaz de crear. La elaboró un poderoso escritor argentino, Jorge Luis Borges, y la llamó Biblioteca de Babel. Tiene la particularidad de que se corresponde con el Universo, de ser el Universo; se la puede nombrar de las dos maneras.
Se compone de un número indefinido —tal vez infinito, aclara su creador— “de galerías hexagonales con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas”. No escribe cámaras o recintos, sino galerías, porque los hexágonos están conectados entre sí y son, sólo en cierto sentido, subterráneos. No aclara si los hexágonos son regulares, los pozos de ventilación están “en el medio”. No escribe centro, lo que implicaría la regularidad del hexágono, o centroide, que supondría la irregularidad. Quizá deliberadamente, no da pistas. Seguramente se trata de hexágonos regulares ya que esta figura geométrica, junto al triángulo y el cuadrado, tiene la ventajosa propiedad de cubrir, teselar, el espacio, sin superposiciones y sin vacíos.
Debo simplificar, porque si no, no acabaría nunca. En cuatro de los seis lados del hexágono, se dice que hay anaqueles llenos de libros, cinco en cada lado. Un quinto lado del hexágono comunica con otro hexágono, exactamente igual al primero y a todos. Hay un “angosto zaguán” entre ambos —la racionalidad y la geometría demandan que su área provenga, sea sustraída, de ambos— con dos gabinetes minúsculos en los extremos; uno permite dormir de pie y el otro satisface las necesidades fecales.
Una lectura poco atenta podría suscitar la pregunta que un día me asaltó a mí: ¿Qué hay o se guarda en el último lado del hexágono, el que se silencia? No podía concebir que Borges olvidara ese lado libre y pensé que el escritor buscó una cierta inconcreción en su descripción para despistar al lector, para que no reparara en este olvido, que no puede ser casual. Intrigado por el misterio de ese lado estéril, y lo que pudiera ocultar, me fijé en algún detalle más. Unos párrafos más adelante, Borges escribe: “a cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles”. Y ya no dice que sólo cuatro muros están cubiertos de libros; prescinde de esa exactitud minuciosa, tan querida por el argentino.
Leyendo después con más cuidado, se desvanece este misterio, aunque persistan otros arcanos y dudas. El lado de cada hexágono, que comunica con otro, reclama otro igual en el segundo para la conexión. Hay, pues, un lado de salida y otro de entrada, porque todos los hexágonos, sin excepción, están conectados entre sí; no hay ninguno con una conexión sola, que pudiera considerarse inicial. Todos son iguales y tal vez eternos; pueden crecer indefinidamente, multiplicarse sin tregua. Su número debe de ser infinito, aunque esto no se afirma decididamente.

Cada anaquel, prosigue Borges, encierra 32 libros de 410 páginas, de 40 renglones y unas ochenta letras de color negro. Esa es la descripción de un libro moderno, no se trata de rollos de papiro, ‘becerros’, etc. Miro en mi biblioteca un libro de esas páginas, con tapa dura, y no llega a una anchura de 4 cm. Así, los 32 libros ocuparían 128 cm (1.28 m). Un hexágono de ese lado, aplicando la fórmula A= l^2* 3*SQR(3)/2, [SQR quiere decir square root, raíz cuadrada], tendría un área de 4.26 metros cuadrados, a los que habría que restar el vacío del pozo de ventilación, que no puede ser pequeño, ya que un hombre de la biblioteca afirma: “Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable”. Para un tamaño del pozo de al menos 80 cm de diámetro, el espacio habitable del hexágono sería escaso, un pasillo circular de 88 cm de anchura en los vértices y 71 cm en el centro de los lados (apotema); eso, sin contar la profundidad de los anaqueles. La claustrofobia resultaría intolerable, alienante.
(continuará)

26 de febrero de 2016

En recuerdo del poeta Jaime Ferrán (III, fin)


El poema aún permanece en todos nosotros, los colegiales de entonces, a más de medio siglo de distancia. Se cuela en nuestros sueños, en nuestros escritos, sin que nos demos cuenta. Junto al nombre de Jaime, aquel poeta que conocimos de jóvenes, el primer poeta que conocimos, que andaba despreocupado por el Colegio, con cierto desaliño bohemio, habitante ya del Parnaso y tan accesible. En unos versos en broma, ripiosos, que escribí a un amigo, eminente médico y poeta —ahora conozco a bastantes—, se coló de rondón el famoso viento tejano, agazapado en el recuerdo, siempre esperando, pronto a renacer. Contaba yo a mi amigo, Francisco Loredo (Floredo en su antiguo e-mail), mis venturas de amor en Nueva York. La primera fue precisamente con una tejana, que trabajaba junto a mi Servicio en el hospital. Quizá es algo divertido y copio una parte; así me desvío un momento hacia lo liviano en esta última entrada:

La primera flor
de este largo cuento
de amores lejanos
era de un desierto;
porque era de Tejas,
¡qué tiempos aquellos!
Trabajaba al lado
y ahuyentó al invierno.
Yo la fui cercando,
andaba al acecho.
Un día propicio
la ataqué certero.
“Flor —le dije, impávido—,
aquí está tu tiesto”.
Luego el resultado
fue justo el inverso.
No sé si me explico,
pero yo me entiendo.
Ella me miró
y cedió, riendo.
¡Si no cegué entonces,
nunca seré ciego!
Viento
de
Tejas.
Amor
en el
aire.
Jamás
podré
olvidarte.
Y dejo
mi corazón
en prenda.
Todo está muy bien,
pero en estos versos
has pulverizado
las rimas en e, o,
puede que me digas,
querido Floredo.
Y ante tal reproche,
presto te contesto:
Es que no son míos,
estos van en serio.
Son de un poeta amigo,
del mismo Colegio,
que se llama Jaime
y Ferrán lüego.

No era el viento de Tejas, pero en Nueva York también el amor endulzaba el aire. El azar me lo trajo con una chica tejana. ¿Quién sabe qué vueltas dio el famoso viento de Jaime? Quizá lo respiró allí mi amiga y por eso fue amable conmigo. Los vientos son libres, soplan cuando quieren y hacia donde quieren y lo único que cabe hacer es aprovecharlos cuando vienen de cola y tratar de arreglarse con ellos cuando son de cara. Y encontrar, si hay suerte, el que nos envuelva y lleve durante toda la vida.

Digo otra vez que aquellos viejos versos están bien interiorizados, asimilados y rebrotan en cualquier momento. Se me asomaron a mí, contemplando no hace tanto tiempo los olivos de mi tierra:
Úbeda,
al caer
la tarde.
Azogue y plata,
los olivares.
El esfuerzo
en los surcos
y el amor
en el aire.
Volveré siempre
y dejo
mi corazón
garante.

Son versos inspirados en los de Jaime, sin su gracia. Pero no son plagio, porque, en este caso, se cumple lo que decía de las coplas el otro Machado, Manuel: y cuando las canta el pueblo, / ya nadie sabe el autor. Aquí, el pueblo somos todos aquellos jóvenes estudiantes, que un día aprendimos un pequeño poema, escrito por uno de nosotros, una especie de hermano mayor, y ya no lo hemos querido o podido olvidar.

He escrito muy recientemente de una desviación que puede darse, más o menos consciente, en algunos obituarios: que sirvan de ocasión, con el pretexto de recordar al difunto, para hablar de uno, aunque sea al explicar la relación con el fallecido. No querría, en manera alguna, que este fuera mi caso. He hablado de Jaime, de mi relación con él, porque es la más poderosa razón que me ha llevado a traerle a estas páginas. Como dije al principio, no me atrevería a analizar el conjunto de su obra, porque no la conozco con el debido detalle. En los tiempos del Colegio me la sabía mejor, y pienso que su estilo se ha mantenido más o menos constante. De todas maneras, me siento obligado a dar algunos datos de su biografía, que resumiré muy brevemente.

Jaime Ferrán y Camps nació en Cervera (Lérida) en 1928 y en su juventud formó parte del grupo de poetas catalanes que integraron la llamada ‘generación del Medio Siglo’: Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goitysolo, Alfonso Costafreda, etc. Cuando vivió en el Colegio, ya había publicado algunos libros de poemas: Desde esta orilla (1952), Poemas del viajero (1953), Descubrimiento de América (1957), Canciones para Dulcinea (1959). Por el primero obtuvo un accésit en el prestigioso premio de poesía Adonais, de Editorial Rialp, en 1952, con sólo veinticuatro años.

En 1960 marchó como profesor de literatura a la Colgate University y en 1963 empezó en la Syracuse University. Ha publicado también en prosa, ha escrito ensayos sobre Lope y Josep Vicenç Foix y traducido, con su esposa Carmen, a Yeats, Ezra Pound y Mary McCarthy. En el 2001, Ferrán reunió sus recuerdos personales y literarios en Memòries de Ponent, escrita en catalán y galardonada con el Premio Gaziel, en donde cuenta su infancia, sus tiempos de estudiante en Barcelona y Madrid y sus años de profesor en Estados Unidos.

Es triste escribir obituarios. Llevo muy mal que se mueran mis amigos. Morirse uno es más sencillo, menos complicado, más cómodo. Y no hay que asistir a ningún funeral en donde alguien, sin gran experiencia personal directa, hable de lo bien que se pasa de muerto. En este tema, la suprema sabiduría la condensó la señora aquella que argüía: Bonito el cielo, sí, pero como en casa no se está en ninguna parte.

Más en serio: ir quedándose solo tampoco es nada bueno. En un relato mío, El reino de Ta, cuento lo siguiente: Piasta, el rey de los veranos gaélicos, en una edad ya avanzada quiso viajar a Tirnanoge, la tierra de la perpetua juventud, nunca visitada por la Muerte. Preparaba el viaje cuando se le presentaron unas hadas y le preguntaron: Rey Piasta, ¿te gustaría seguir viviendo cuando ya hayan muerto tus caballos y tus canes, los maestros que te guiaron en la vida, las mujeres que te dieron su amor, los armados compañeros de las batallas? ¿Te gustaría vivir en un mundo en el que no tendrás a nadie con quien compartir un recuerdo de infancia y mocedad? El rey se llegó hasta la ribera de un río y meditó las preguntas de las hadas. Al final, después de haberlo pensado mucho, decidió no ir a Tirnagoge, y dejarse morir, cuando le llegase su hora.

Sólo queda ya la esperanza de encontrar a Jaime en algún otro sitio. De que, finalmente, el viento de Tejas nos encuentre juntos y nos arrebate a los dos. Y a Carmen, claro. Y a los colegiales que pasaron por el Colegio y lo conocieron u oyeron hablar de él. Y a las mujeres que nos acompañaron en nuestras vidas. En fin, a todos. Con el amor ya afianzado y dueño definitivo e indiscutible del aire.

25 de febrero de 2016

En recuerdo del poeta Jaime Ferrán (II)


En Otoño ya empiezan las filosofías, mala cosa. Cuando se es feliz, la vida —la naturaleza, la esencia de la vida— no preocupa gran cosa: se vive, simplemente. En el primer poema de este apartado, ya se ponen límites al amor, ya se habla de cosas imposibles. Durante una buena parte de la vida, lo imposible, en un cierto sentido, no existe. Un buen día se instala tal noción entre nosotros y ya no puede ser desterrada. Amamos lo imposible. / Buscamos más allá / de lo que ven los ojos / la última verdad / y nunca la encontramos, / se evade una vez más. Y un poco más tarde, aparece la odiosa, la obscena palabra: Envejecer es irse despidiendo / de todos y de todo. Envejecer es irse / poco a poco. La vejez puede ser otras cosas —puede ser la ocasión para vivir vidas que no fueron posibles antes—, pero repito lo que ya dije al principio: la poesía no demanda, ni tolera, ser analizada. La poesía es la gran sugeridora de temas, la ganzúa, la falsa llave, que es capaz de abrir puertas muy diversas, esa es su virtud.

En Invierno, se concretan los malos augurios avanzados en otros momentos; llega el final, el que se presume y anticipa desde el mismo principio. El poeta confiesa: No estaba preparado / para el final. Nunca lo estamos. /Llegó por la mañana. […] Vino la enfermera… / Se pararon dos ciervos / en el jardín. / Cuando nos lo dijeron / ya no estaban. Tú también te habías ido. No se puede aludir de forma más alígera y elusiva a la muerte. Unas páginas más adelante, Carmen ya está ausente, presente de otro modo, para siempre, definitivamente: Eres ahora / ya presencia encantada, / ceniza de aquel fuego / que nunca se apagara, / calor en el invierno / y murmullo del agua / en la tierra sedienta, / luz en la noche clara…

El libro es un lento canto a Carmen, cuyo rostro aparece sobre un fondo negro en la portada. Es una confesión sincera, una profesión rotunda e incondicional de amor, como quizá sólo hacemos a alguien que está ya en la otra orilla. Porque la percepción del amor se acrecienta y magnifica con la ausencia definitiva y uno se libera del pudor que impone la cercanía, el que permanece incluso en la entrega más rendida. En el libro, sin embargo, la tristeza nunca parece excesiva, está embellecida por el consentimiento y una resignación generosa y lúcida. Es una tristeza bella, una dulce melancolía, como corresponde a un poeta enamorado y agradecido, que conoce y valora el privilegio de una relación intensa, excepcional. La contención verbal y la delicadeza acompañan cada página del libro. Nada es exagerado o excesivo. Los recursos verbales son los justos y apropiados. Si alguien ha sugerido que el buen estilo literario está hecho de renuncias, aludiendo a la exclusión de lo innecesario y superfluo, se puede afirmar que ese es el estilo del poeta, sereno, horaciano.

Es también, sin proponérselo, una breve biografía, la historia de una vida, o de dos, como la de cualquiera de nosotros; por eso es tan entendible, tan compartible. Los detalles, los acontecimientos se narran sin intención, sólo para acompañar, para situar lo que va aconteciendo con los años, en torno a lo principal, a lo que de verdad cuenta, a lo único que importa: la permanencia del amor, la unión sagrada entre dos seres.

En una carta de hace bastantes años, la recientemente fallecida Carmen Balcells mencionaba a Jaime Ferrán, de quien era amiga desde su juventud, y me anunciaba el envío de ese libro suyo, Libro de Horas, al que calificaba como “pequeña joya”, el que he utilizado para espigar mis citas. Doña Carmen entendía de literaturas y me adhiero a su calificación del libro. En mi contestación le escribí: “Lleva usted razón, el libro es una joya. Su estilo es el de siempre: íntimo, tierno, sencillo y amable. Como él mismo. Leo sus poemas y vuelvo a oírle. Siempre nos saludaba llamándonos ‘viejo’, ‘maestro’, etc. En el Colegio, era un poco nuestro hermano mayor, el de todos. Le puedo asegurar que se le quería como a tal. En su casa eran diez hermanos, nosotros éramos doscientos”.

Porque yo había coincidido con el poeta, hace casi sesenta años, en un Colegio Mayor de Madrid. Al principio, era yo de los más jóvenes allí y él quizá el mayor, con su carrera terminada. Ya había publicado libros y eso le revestía, ante mí y ante todos nosotros, de una irrebatible magnificencia. Era además extraordinariamente accesible. Recuerdo que en una ocasión le pregunté que si sabía de la existencia de un Jaime Ferrán famoso —yo pensaba en Jaime Ferrán y Clua, el ilustre médico catalán que había diseñado algunas vacunas— y me contestó enseguida: Claro que sí, viejo, soy yo.

Mencioné antes un poema de Jaime que conocíamos todos en el Colegio. Era muy sencillo y corto y, cuando nos poníamos estupendos, lo que sucedía con frecuencia, lo recitábamos coralmente, en noches inolvidables, quizá después de haber asistido todos juntos a algún episodio de Los intocables, de Elliot Ness, que daban entonces en la incipiente televisión española. Eran impresionantes las doscientas voces declamando:              

Viento
de
Tejas.
Amor
en el
aire.
Jamás
podré
olvidarte.
Y dejo
mi corazón
en prenda.

Oigo el poema, todavía, con una acuidad que no tienen las voces y sonidos de ahora. No lo he olvidado; ciertas cosas no se pueden olvidar. Jaime estaba allí, sonriente y complacido. Nos había dicho muchas veces que el poema lo había escrito durante un concierto al aire libre, una noche de verano en Tejas, que era ya, también para nosotros, inolvidable, insuperable. Lo había escrito en el estrecho margen del programa y por eso era de versos tan cortos. Lector, créeme, si cierro un momento los ojos, lo vuelvo a oír, exactamente como entonces. ¡Qué misterio el de nuestros recuerdos!

Ese viento de Tejas era ya también nuestro, incorporado a nuestro inocente y virginal pasado. Y en Tejas, según certificaba nuestro querido Jaime, que tenía mucha más experiencia en todo que nosotros, el amor —ese amor por el que suspirábamos y que nos hostigaba entre clases y exámenes y siempre— estaba allí, en el aire; es decir, libre, ubérrimo, permeándolo todo, ofrecido a todos, para quien quisiera abrazarlo y apropiárselo. ¡Ah, Tejas, Estados Unidos…! ¿Cómo sería, en verdad, el viento de allí? ¿Y ese amor que habitaba en el aire? Habría que ir a ese país alguna vez, como había ido ya Jaime. Sí, habría que ir...
(continuará)