7 de octubre de 2016

La seducción y sus peligros


En mi entrada anterior, Seducción y Política, recogía un comentario del escritor judío-lituano Romain Gary (1914-1980) sobre el poder seductivo del general De Gaulle. Gary fue, él mismo, un gran seductor. En una obra suya, Clair de femme, alguien confiesa: “He conocido tantas mujeres que, en cierto sentido, siempre he estado solo. Muchas son nadie”, sentencia que podría retratarle. Entre tantas, quizá hubo alguna diferente, única. Myriam Anissimov, biógrafa del autor, señala que su solo amor fue la húngara Ilona Gesmay, que rechazó casarse con él: “Cuarenta años después de esa historia, le he visto sollozar al recordarla”, escribe. Eso es el amor, así de quemantes son los recuerdos. Conviene saber, no obstante, que se puede sollozar por varias.
Romain Gary llegó a Francia con catorce años y obtuvo la nacionalidad francesa con veintiuno. En 1938 ingresó en las Fuerzas Aéreas francesas y en 1940 pudo escapar y unirse a las de Francia libre, que operaban desde Inglaterra. Ha sido el único escritor que ganó dos veces el prestigioso premio Goncourt. Homme à femmes (mujeriego), confesó que “las dos cosas que le habían salvado eran la literatura y la sexualidad”. Bueno, pues hay medicaciones y remedios menos gratos que estos, pienso yo —lo digo por la literatura—. Pero nunca se salva uno del todo: terminó suicidándose de un tiro en la boca, un año después de la muerte de quien fue por cierto tiempo su esposa, la bella actriz americana Jean Seberg.
Jean Seberg nació el 13 de noviembre de 1938 en Marshalltown, Iowa. La familia provenía de Suecia y su apellido original era Carlson, pero el abuelo pensó que ya había demasiados Carlsons en el Nuevo Mundo y decidió cambiarlo. Cuando Jean hacía su segunda película, Bonjour, tristesse, dirigida por Otto Preminger en Francia, encontró al abogado francés François Moreuil. Se sedujeron mutuamente y volvieron juntos a Estados Unidos, a Nueva York; él trabajó en un taller de fotografía para que ella pudiera estudiar arte dramático. Se casaron, en Marshalltown, en 1958 (Jean no había cumplido aún los veinte años). Al año siguiente, en Los Ángeles, fueron invitados a cenar por Gary, cónsul francés allí entonces. Entró en juego otra vez la seducción, a pesar de que el escritor tenía veinticuatro años más que ella y de que los dos estaban casados. La seducción las gasta así. Jean se divorció de François y volvió a Francia con Gary. En 1962 tuvieron un hijo, Diego, que vivió parte de su niñez en España, con una niñera. El escritor renunció a su carrera diplomática, logró su divorcio y volvió a escribir. Se casaron en 1963.
En octubre de 1968, en un vuelo a Los Ángeles, Jean conoció a Hakim Jamal, un negro nacido en un gueto de Boston y relacionado con el movimiento de los Black Muslims, y fue su amante. Hakim Jamal sedujo también a Gale Ann Benson, hija de un diplomático británico. La seducción fue tan intensa que ella cambió su nombre a Hale Kimga, anagrama de Hakim y Gale. Se fueron a vivir a una comuna en Trinidad y allí, durante una ausencia de Jamal fue apuñalada y enterrada en un pozo. También Hakim Jamal fue asesinado por haberse casado con una mujer blanca.
La Seberg sedujo a muchos más —Clint Eastwood, Abdelaziz Bouteflika, Carlos Fuentes, etc.—. Este dijo de ella que era brillante, inteligente, bella y muy vulnerable. Parece que su recuerdo no le abandonó nunca, aunque vivieron un romance de apenas dos meses. Quizá fue hasta por eso mismo, maliciará alguno. En 1972, Jean encontró a Dennis Berry, hijo del director de cine John Berry, y tres semanas más tarde volaron a Las Vegas para casarse. Hacia 1977 la relación era insoportable y se separaron, aunque no se divorciaron; cuando murió Jean, Dennis seguía siendo su marido legal.
En 1979 la actriz, con cuarenta años, conoció a un argelino de diecinueve, Ahmed Hasni, que trató de apartarla del alcohol y prepararla para su nueva película. Se hizo cargo del poco dinero que tenía, se tornó posesivo y llegó a golpearla. Fue la última persona que la vio viva. Según el relato oficial de la muerte, Jean Seberg desapareció el 30 de agosto de 1979 de su apartamento parisino, envuelta sólo en una manta, entró en el asiento de atrás de su Renault aparcado en la calle y tomó una dosis letal de pastillas. La policía encontró el cadáver ocho días después, con una caja de barbitúricos, una botella vacía de agua  y una carta para su hijo: “Perdóname, no puedo vivir más con mis nervios”.  La autopsia reveló una dosis de alcohol en sangre capaz de provocar un coma en cualquier bebedor. Se consideró un suicidio. En julio había tratado de arrojarse al metro.
El otro seductor con el que empecé, Romain Gary, se suicidó el dos de diciembre de 1980 de un tiro en la boca en su apartamento de París. Tuvo una relación muy discreta con la actriz alemana Romy Schneider, que se suicidó el 29 de mayo de 1982, a los 43 años. No se hizo autopsia, pero se supone que la muerte fue por ingestión de alcohol y barbitúricos. Su hijo David había muerto trágicamente en julio del año anterior. Era de su primer matrimonio, con el actor alemán Harry Meyen, que se suicidó en abril de 1979, ahorcándose en su piso de Hamburgo.
Hay que tener cuidado con la seducción. Hegel, Kant, o una comadrona de mi pueblo muy dicharachera, no recuerdo quién ahora, dijo que “la suerte de la fea, la bonita la desea”. Podría ser.

2 de octubre de 2016

Seducción y política


Recién regresado a Madrid, veo que el 1 y 2 de octubre se celebra el Día Mundial de las Aves. Como, por otra parte, leyendo La travesía del pacífico, de Mark Twain, me entero de la existencia de un ave, extinta desde hace unos pocos centenares de años, que pesaba unos 250 kilos y medía casi tres metros de alta —no muy distinta de los actuales avestruces—, pensaba yo dedicar una corta entrada al bicho en cuestión.
Sin embargo, los avatares políticos me fuerzan una vez más, muy en contra de mi voluntad, a hablar de la situación del país. Ha dimitido Pedro Sánchez, después de una tormentosa reunión del Comité federal. Me entristece ver cualquier árbol caído, aunque confieso que será un alivio no ver de momento al personaje en la TV, repitiendo aquella retahíla del “gobierno progresista-reformista” y del “no es no”. En política, el uso de los tópicos y las firmezas es tolerable; lo que no se puede hacer es engañar, embaucar. Justificaba Sánchez su no abstención en la investidura de Rajoy, para que el PP “no tuviera un gobierno sin oposición”. Investido Rajoy, podrá contar sólo con sus 137 diputados; gobernar así no será ni fácil ni grato ni quizá posible. Por lo tanto, la excusa es una tontería o una perversidad. O las dos cosas. De todas maneras, el político más torpe de la panda fue Pablo Iglesias, que tuvo en sus manos la formación del “gobierno de cambio” por el que tanto clama, apoyando a Sánchez en su investidura. No hacerlo fue un error tan grande que nadie, ni él mismo, podrá perdonárselo.
Estos de Podemos también están ahora con los matices. Uno de ellos habla de la necesidad de seducir más. Lleva toda la razón. En el prólogo de Une histoire de la séduction politique, de Christian Delporte, viene una cita de Frédéric Mistral —que compartió premio Nobel en 1904 con nuestro José Echegaray—, que traduzco: Sea con las mujeres, con los reyes o con el pueblo, quien quiera reinar debe agradar (plaire: complacer, seducir, dar gusto, placer, que existe este verbo en español).
Cita Delporte al escritor Romain Gary, que dijo del general De Gaulle: Il avait l’art de séduire et en avait besoin (Tenía el arte y la necesidad de seducir). También menciona a Pompeyo, ofreciendo a los romanos juegos grandiosos; a Hitler, con su retórica grandilocuente y venenosa; a Kennedy… De todos el más directo fue Napoleón: No tengo más que una pasión, una querida (maîtresse), Francia; me acuesto con ella.
Seducere en latín quiere decir apartar, arrastrar, corromper, pervertir. Algunos de estos sememas conservan plenamente su sentido negativo en español. En el DRAE, la primera acepción de seducir es: engañar con arte y maña; persuadir suavemente al mal. La segunda acepción es más neutra: embargar o cautivar el ánimo. La seducción supone una atracción irresistible, una relación  de dominio temible para el seducido o seducida. Un peligro real.
El problema es que no seduce quien quiere sino quien puede. El seductor ha de atraer y para ello ha de planear una estrategia basada en apariencias: ha de resaltar su físico, usar con habilidad sus sentidos, su voz, sus gestos, su mirada, ha de deslumbrar con sus palabras. Me pregunto si los de Podemos estudian estos detalles y tratan de acomodarse a lo acostumbrado y atrayente en nuestra sociedad. Su palabrería, sus citas, su actitud en el Congreso, su desparpajo a veces, su convencimiento de que todo lo han descubierto, de que lo anterior es caduco y reclama la sustitución urgente, su inmadurez y soberbia, no son quizá los mejores medios para seducir a la mayoría.
Lo visto en los alrededores de la sede del PSOE en Ferraz es inadmisible y vergonzoso. El Congreso es el Congreso, una sede es una sede y la calle es la calle. Los afines a Sánchez eran vitoreados, los contrarios abucheados y tratados de traidores o golpistas. Simplemente, por pensar de otra manera. Había también simpatizantes de Podemos. No se seduce así.

24 de septiembre de 2016

Leve reprimenda papal


El motivo por el que consulto Wikipedia u otras enciclopedias y tesauros es el de completar con ellas lo hallado en las más variadas fuentes. El tema de hoy me viene de dos muy distintas: un libro de Medicina Laboral, The diseases of occupations, de Donald Hunter, y una de las novelas más originales y divertidas de la literatura inglesa, Tristram Shandy, de Laurence Sterne, escrita hace unos 250 años. Ambas incluyen el texto de una excomunión papal.
El libro de Hunter lo hace al tratar el tema del alumbre, un sulfato de aluminio y potasio —mencionado  ya en el papiro egipcio de Ebers, que tiene una antigüedad de unos 3500 años—, utilizado para preservar las pieles y como mordiente en tintorería. Tiene otros muchos usos en los que no entraré aquí. En el siglo XV el alumbre requerido por Europa provenía de Siria, pero con la caída de Constantinopla en manos de los turcos (1453), Giovanni de Castro, que había hecho una fortuna importándolo desde allí, regresó a Italia. Poco después descubrió, en el territorio papal de Tolfa, un mineral que tratado de cierta manera produce alumbre. Se llamó alumbre romano  y fue monopolizado por el Papa Pío II, que obtuvo así inmensas ganancias.
Un inglés, Thomas Chaloner, visitó Italia al fin del siglo XVI y vio que el suelo de los alrededores de Tolfa era similar al de la zona de Guisborough, en Inglaterra ; en ambos sitios las hojas de los árboles tenían un color especial verde pálido. Hacia el año 1600 se empezó a extraer mineral de allí, aunque para aprender los secretos de la preparación del alumbre se dice que tuvo que sobornar a algunos trabajadores papales, a los que sacó de Italia en un barco, escondidos en barriles. Esto motivó su excomunión papal, en términos que resumiré luego. En la novela Tristram Shandy, un personaje de la misma, Dr. Slop, lee también una excomunión papal en latín, aplicándola con humor a Obadiah, un sirviente algo torpe. Es más extensa, pero casi idéntica a la del libro de Hunter.
Las dos provienen de un texto redactado, quizá sólo copiado, por un monje benedictino francés, Ernulf (1040-1124), también jurista y arquitecto, que fue prior de Christ Church en Canterbury y responsable de la expansión de su catedral; más tarde fue nombrado obispo de Rochester. El Textus Roffensis, escrito entre 1122 y 1124, ha tenido una historia turbulenta de accidentes y pérdidas; se conserva ahora en el Medway Archives and Local Studies Centre en Strood, Kent. La excomunión no estaba dirigida a ninguna persona concreta, aunque quizá se redactó pensando en los ladrones de manuscritos. Piénsese que, hace mil años, la tarea de copiar un libro era realmente ardua y requería el trabajo de un monje volcado sobre un pergamino, escribiendo seis horas diarias, seis días a la semana, durante seis meses, para un libro sencillo. La exactitud era primordial porque cualquier error se transmitía a las siguientes copias. Resumo este texto de excomunión:
Por la autoridad de Dios Todopoderoso, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo y de los santos cánones, y de la inmaculada Virgen María, madre y patrona de nuestro Salvador, y de todos las celestiales virtudes, ángeles, arcángeles… excomulgamos y anatemizamos:
Que el Padre que creó al hombre lo maldiga. Que el Hijo que sufrió por nosotros lo maldiga. Que el Espíritu  Santo que nos fue dado en el bautismo lo maldiga …
Que la santa y eterna Virgen maría, madre de Dios, lo maldiga. Que San Miguel, abogado de las almas santas lo maldiga. Que todos los ángeles y arcángeles…
Que pene en cualquier sitio que esté, en la casa o en los establos, el jardín o el campo, en el camino o en el sendero o en el bosque o en el agua o en la iglesia. Sea maldito al vivir, al morir. Que padezca comiendo, bebiendo, con hambre, de pie, echado, trabajando, descansando, meando, cagando…
Sea dañado en el pelo de la cabeza… sea dañado en su frente, en sus oídos, en sus cejas, en sus mejillas, en su mandíbula, en su nariz… Sea dañado en su boca, en su pecho, en su corazón y sus entrañas, hasta el mismo estómago. Sea dañado en sus riñones, en sus ingles, en sus genitales y en sus caderas…
Sea dañado en todas las articulaciones de sus miembros, desde el vértice de su cabeza hasta la planta de sus pies. ¡Que no haya nada sano en él!
Como ves, lector, nada parecido a lo que ocurre entre nuestros políticos, ángeles en comparación. Muchos de ellos muy torpes, pero buena gente.

21 de septiembre de 2016

Robespierre y el pararrayos de Saint-Omer


En mi entrada del ocho de septiembre, me referí a algunos líderes políticos. De tres cifré sus nombres, para que sólo los extremadamente sagaces pudieran identificarlos; a uno de ellos le llamé el Incorruptible. Esto me recordó un caso, en el que intervino en su juventud el conocido personaje francés con ese sobrenombre, Maximilien Robespierre. El asunto fue célebre en la Francia y Europa de finales del siglo XVIII: el pararrayos de Saint-Omer.
Todo empezó con un abogado de Saint-Omer, pequeña localidad cerca de Calais, Charles-Dominique de Vissery, muy aficionado a las ciencias y que contaba ya con varios inventos, entre ellos uno para respirar aire fresco, incluso sumergido en las aguas más profundas. En mayo de 1780 decidió, tras estudiar los trabajos de Benjamin Franklin, instalar un pararrayos en su domicilio, lo que llenó de inquietud a sus vecinos, que pensaron que semejante artilugio sólo podría traer desgracias. Presentaron una demanda sobre el particular, argumentando que atraería a los rayos, haciéndoles caer sobre la villa. La justicia anduvo rápida esta vez y en sentencia de 14 de junio juzgó que el experimento de De Vissery era peligroso y alarmaba al vecindario. Se decretó su supresión.
De Vissery recurrió la sentencia. El abogado Antoine-Joseph Buissart, con parecidas aficiones y colaborador regular del Journal de physique, tomó el caso y juró que lo haría triunfar. Redactó una memoria, probando la inocuidad del sistema y basada en razones científicas. Se dirigió a juristas y físicos conocidos, a Condorcet, Gerbier, Target, etc., para concluir que el aparato no atrae el rayo, sino que protege la casa en la que está instalado y las vecinas. El documento tuvo acogida favorable en las Academia de Dijon y Montpellier. En poco más de un año muchos grupos de eruditos se interesaban por el asunto. Buissart nombró entonces para defender el caso a un desconocido abogado de Arras, Maximilien Robespierre, recién inscrito en el Colegio. En su intervención este demostró talento y dotes oratorias y su defensa fue impresa. El Consejo de Artois falló a favor de Vissery en mayo de 1783 y en el periódico Mercure de France del 21 de junio, se pudo decir que el joven abogado mostró gran elocuencia, sagacidad y conocimientos.
De Vissery reinstaló su pararrayos un mes después y murió al año siguiente. Dejó disposiciones testamentarias que obligaban a sus herederos a conservar el ingenio, pero estos vendieron la casa y el nuevo propietario demandó un peritaje local, que decidió que el aparato no podía subsistir en el estado en que se encontraba, por lo que el ya célebre pararrayos de Saint-Omer fue desmontado definitivamente.
En una carta del 9 de noviembre de 1782, Jean-Baptiste Le Roy, famoso físico francés y uno de los mayores redactores  de la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert,  había escrito: Cuesta trabajo creer que a cincuenta leguas de París y al final del siglo XVIII, unos magistrados hayan podido emitir una sentencia tal. Pues así fue, lector. No basta con tener razón, hace falta que te la den. Es mucho más difícil derrotar un prejuicio que una ciudad amurallada. Ha sido siempre así. También ahora.
Robespierre era detestado por Marie Jeanne Rolland, aunque los dos reprobaban los toscos modales de Danton. Madame Rolland murió en la guillotina, tras gritar: aquello de: ¡Oh, Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre! En otra ocasión había dicho, en referencia a la Asamblea Nacional: una colección de zoquetes a dieciocho francos diarios, que no siempre comprenden el asunto sobre el que son llamados a votar.
Los modales de Robespierre tampoco eran exquisitos. La Rolland contó al general venezolano Francisco de Miranda —políglota, humanista y el más universal de todos los ciudadanos de Venezuela— que cuando ella indicó a Robespierre que había que apelar a la virtud de los ciudadanos, este le contestó: ¿Sabe, señora, qué es para mí la virtud? Lo que hago con mi señora en la cama todas las noches. Otro demócrata desengañado también sentenció, sobre los que se titulan amigos del pueblo: El pueblo sería muy feliz si no tuviera tantos amigos. En fin, nihil novum sub sole.

16 de septiembre de 2016

El Gran Visir y su biblioteca ambulante


Trataré de apartarme poco a poco del tema de los políticos, esa desgracia nacional que padecemos —si sigo un poco más, esto se convertirá un caso típico de paralipsis—, perdidos tozudamente en lo accesorio, siempre que sirva para desacreditar al adversario. Ya sé que no son todos así, pero lo son muchos, demasiados. ¡Qué diferencia con aquel gran visir persa, Abdul Kasem Ismael, de hace más de mil años, poseedor de una de las más curiosas y fantásticas bibliotecas que han existido en el mundo!
Durante la Edad Media, la invasión árabe de Persia cambió su modo de vida y su cultura. Sin embargo, algunos grupos resistieron esa influencia, llegaron a reconquistar su independencia y reavivaron su identidad histórica durante los siglos IX y X. Se conservó así la lengua persa, que es la oficial hoy día, y se desarrolló además una literatura autóctona, que fue capaz de influir en la poderosa civilización musulmana. Fue en esta época cuando Abdul Kassem Ismael fue nombrado Gran Visir.
Este hombre sabio (938-995), lector infatigable, logró formar una biblioteca de 117.000 volúmenes de la que, si hemos de creer la leyenda, jamás se separaba y llevaba consigo en los frecuentes y largos viajes a los que estaba obligado por sus misiones de guerrero y estadista. Tan valiosa carga era transportada por cuatrocientos camellos, amaestrados cuidadosamente para que marcharan lentamente y en orden alfabético, de manera que los camelleros-bibliotecarios pudieran encontrar rápidamente la cita o información buscada. Cada camello portaba unos trescientos manuscritos en idiomas persa o árabe, así como incontables dibujos e ilustraciones. Si un camello rompía la formación, de dos kilómetros de larga, era castigado severamente por los encargados de mantenerla. Este visir no sólo era persona culta sino de trato muy afable, lo que le valió entre sus súbditos el sobrenombre de Saheb, el camarada.
Uno de nuestros brillantes políticos, conocido ya por la hondura de sus citas, ha vuelto a tomar ideas de una pegadiza canción actual, en su crítica a un célebre caso de corrupción, de un partido al que se censura mucho por eso. Quizá debiera reflexionar sobre el dicho popular alemán Gelegenheit macht Diebe, la ocasión hace ladrones, y ser más cauto por si alguna vez su grupo accede al gobierno y a su enorme poder de perversión.
Dos últimas palabras para informar de que todavía existen en ciertos países de África librerías ambulantes servidas también por camellos, para que puedan llegar los libros a las regiones más apartadas, donde no existen  carreteras ni caminos practicables para medios mecánicos.

12 de septiembre de 2016

Mi visita a la Ciudad Universitaria de Madrid


No será fácil que escriba más sobre temas políticos, que no son los que más me interesan. Lo he hecho últimamente por la excepcional circunstancia española y mi hartazgo de nuestros líderes políticos. Felipe González propone que, de haber terceras elecciones, ninguno de los actuales debería presentarse. Yo pediría su inhabilitación por un período mínimo de diez años, hasta que maduren.
Hoy hablaré de mi visita a mi antigua Facultad de Filosofía y Letras en la Ciudad Universitaria madrileña. Fue fácil aparcar, aunque no en las inmediaciones. Quería ver a alguien en Filología, en otro edificio vecino, y tuve que bajar la larga escalera exterior que existe. Al final, ya en el suelo, bien colocado para ser visto, había un gran letrero: “Aprobar no es aprender”, mensaje que no es una falsedad absoluta, pero que deja en al aire la inquietante duda sobre la utilidad o necesidad de aprobar e incluso, más aún, la de estudiar o esforzarse en cualquier cosa. ¿Se aprenderá más suspendiendo?
A la vuelta subí en un bonito ascensor exento, revestido de listones de madera para armonizar con el arbolado paisaje, que se continua con un pasillo horizontal suspendido en el aire hasta llegar a la cota superior. Toda la gracia del conjunto había sido destruida con innumerables graffiti, manchas de pintura y suciedad de todo tipo. Fue una impresión penosa; en cualquier lugar, pero más en ese recinto sagrado.
Al volver al coche, que había quedado un poco apartado, vi en el suelo restos de un paquete de “toallitas íntimas“ y un par de condones en sus envoltorios e intactos. El presunto utilizador de los mismos quizá fue sorprendido intempestivamente en la dulce tarea o recibió una imprevista negativa de su pareja o, simplemente, sobrestimó su capacidad amatoria. Nada de esto es grave; tal vez revele una de las posibles alternativas a lo de aprobar —que ya se sabe que no es  aprender— y más fácil y agradable. Me dejó todo una sensación de desaseo vulgar, incivilizado y torpe.
Fui después a las instalaciones deportivas que hay frente al Museo del Traje, en donde hay un sencillo bar, desde el que se ve el Colegio Mayor en el que viví durante mi carrera. Había alguna gente haciendo deporte. El día no era muy caluroso y a la sombra la temperatura era perfecta. En unas mesas unidas, unas diez personas, varias con mono de trabajo, empleados del lugar, desayunaban sin prisas, junto al regente del bar. Al terminar, separaron las mesas, limpiaron los restos y los depositaron en los contenedores pertinentes. Parecían alegres y contentos. No vi ningún letrero que dijera “Ser limpios no es ser felices”, u otra perla de pensamiento parecida, sino otro con la leyenda: “No cuentes los días; haz que los días cuenten”. No es una cita cimera de Hegel, pero creo que buena parte de la pobreza cultural y moral de la juventud anida más entre estudiantes.
Yo vivía ya en el pasado, arropado por mis recuerdos, contemplando lo que fue mi mundo durante años, asombrado de la inmutabilidad relativa de las cosas, que contrasta con nuestro descaecer, perdido gozosamente entre nombres que se agolpaban en mi cerebro, algunos de ellos de desaparecidos para siempre. La paz inundaba el aire, el mundo parecía primitivo y simple, hecho por algún Dios benigno y cuidadoso. Era feliz.
También comprendí que otras cosas habían cambiado. Reconocí con orgullo que los de mi generación, que andamos ahora por los setenta, hicimos la gran revolución que este país necesitaba. Muchos salimos fuera para aprender —eso sí que era, sin duda, aprender— y traer aquí lo nuevo y valioso encontrado. Por el esfuerzo de todos, España cambió y fue esa urdimbre previa la que hizo posible e inaplazable la transición a la democracia.
La nuestra fue una juventud seria y esforzada, sustentada en padres laboriosos, que también supieron cumplir su misión y estar a la altura de las circunstancias. Por todo ello, me parece injusto —y amparado sólo en falsedades e hipocresías— esa premura de los líderes jóvenes del momento por arrinconar lo viejo y proclamarse depositarios únicos de la verdad y la justicia. Creo, sinceramente, que fuimos una juventud infinitamente más limpia y austera que la actual, envuelta en consignas facilonas y engañosas, a la que quizá se ha mimado en exceso y consentido todo. Somos muchos los que pensamos así; los nuevos líderes deberán tenerlo en cuenta al interpretar los resultados de las elecciones y planear cómo cambiarlos a su favor.
De mis entradas 'políticas' alguien podría deducir que siempre he votado a cierto partido y se equivocaría. Lo que me ocurre tiene más que ver con la célebre, muy citada y caprichosamente traducida frase de Goethe, escrita en su diario durante el sitio de Maguncia (Mainz en alemán, 1793), cuando intervino en favor de un incendiario francés, al que la gente quería linchar: Es liegt nun einmal in meiner Natur, Ich will lieber eine Ungerechtigkeit begehen als Unordnung ertragen (En verdad está en mi naturaleza, prefiero cometer una injusticia que soportar el desorden). También digo que, con estos jóvenes lideres de ahora, ya sé a quién voy a votar en adelante. Tapándome la nariz o con escafandra, si hace falta. La corrupción puede curarse; la vacuidad intelectual, no.

8 de septiembre de 2016

Quo usque tandem abutemini, politici, patientia nostra? (II, fin)

         El viejo político al que me referí reconoció que Rajoy fue el más votado, aunque añadió con gracejo que también el más ‘vetado’. Ingenioso, ¿verdad? Sería un error quedarse sólo con el juego de palabras y desaprovechar la profunda sabiduría que esconde el díctum. Tan sutil distinción podría revolucionar el sistema electoral: habría un día para votar y otro para vetar; todos los ciudadanos votarían y vetarían. Un algoritmo matemático combinaría los dos resultados en un parámetro único y definitivo, evitando así que los que votan sean unos y los que veten otros. Hay que desvahar nuestra democracia, según lo descubierto por el avezado político: a Rajoy lo votaron unos ocho millones de españoles y lo vetan sólo unas cuantas cabezas pensantes en el Congreso, que nunca podrán ser más de trescientas cincuenta, obviamente. Desequilibrado, ¿no?
A continuación hablaré de líderes, pero de tres cifraré sus nombres, para que sea totalmente imposible identificarlos: el Empecinado, el Incorruptible y el Mozo.
Empecinado es un apelativo que ha tenido algún otro personaje histórico español, pero no tan justificadamente como el líder que oculto. No se ha dado cuenta todavía de que perdió las elecciones, las últimas y las anteriores, e intenta maniobras cada vez más retorcidas e ininteligibles. Con gran solercia se autodesignó y se erigió en candidato umbrático, convocando una rueda de consultas con todos los partidos políticos. Eso también mejora la democracia, introduciendo la ‘pluricandidatura’ con ‘pluriconsulta’. El mecanismo está abierto al resto de los líderes. De forma que, en su estado de máxima perfección, si hay n líderes, habrá n*(n-1)/2 encuentros distintos. Si son diez, habrá cuarenta y cinco reuniones diferentes. Por muy reducido que sea un partido, es justo que su líder tenga derecho al juego. La diputada de CC, por ejemplo, que está sola, ¿por qué no ha de poder andar enredando con esas ruedas, con lo divertido que es? Este Empecinado me parece demasiado agresivo y esto no es bueno nunca. Llevo meses viéndole muy dispuesto a gritar “Muera yo con los filisteos”.
Incorruptible es apelativo que también figura en la historia, pero a nadie conviene tan merecidamente como al líder que oculto. Está contra la corrupción. Pero no como tú o yo, lector, sino de forma visceral, irrenunciable e inenarrable, lo que le faculta a nombrar los candidatos de los otros partidos. Es otro mecanismo perfectivo de la democracia: se corrige así la voluntad del pueblo que no sabe lo que quiere, que no sabe elegir, y que, como ya apuntó agudamente Mónica Oltra, la de otrora eterna sonrisa, gusta de votar a delincuentes. Si los ciudadanos eligen a un partido, pero este escondido líder designa luego al candidato del mismo, se mejora mucho el funcionamiento de la cosa pública. También reclama la absoluta centralidad y pacta con unos o con otros, según convenga. Todo eso, ironías aparte, no es lo peor que se ha visto, sinceramente. Pero me parece mal que dé por terminados los pactos con tanta brevedad y premura y pueda hacerlos durar sólo unos días. Sus peroratas son ejemplos de buenismo y me recuerdan las de los proclamados ‘príncipes’ en los colegios de Jesuitas.
Mozo es apelativo muy corriente en nuestra historia, pero nadie pueda ostentarlo —sobre todo en campaña, según confesó a la Grisso— como otro líder nuestro. Citaré al pintor y arquitecto Francisco de Herrera el Mozo, al también arquitecto Juan Gil de Hontañón el Mozo, al conquistador Francisco de Montejo el Mozo... Colocaré aparte al enamoradizo Álvar Fáñez el Mozo, cuyo homónimo, que vivió un siglo antes, se menciona tantas veces en el Cantar de mio Cid. Fue en mi pueblo donde este mozo inventó lo de ‘por los cerros de Úbeda’. El líder que oculto, también enamoradizo, suele adoptar actitudes seráficas, que no le impiden atacar muy duramente cuando le peta. Se golpea la cara en las sesiones para indicar la cara dura de algún orador; es puro lenguaje corporal. Su erudición es quizá infinita, pero prefiere moverse en la insipiencia, citando a Hermano Lobo, los teleñecos o la serie Juego de tronos; lo hace sólo para no tediar. Confunde, como sus adláteres, el Congreso con aquella Puerta del Sol llena de tiendas de campaña.
Hay muchos otros congresistas que me llaman la atención. De Alberto Garzón me admiró un día su coraje y valentía, inauditos, cuando dijo sin estremecerse aquello de “el ciudadano Felipe de Borbón”, para referirse al rey. Lástima que naciera muerto ya Franco, porque este hubiera sido capaz de llamarle en su cara Paco Medallas o sabe Dios qué. Esta gente audaz nos llegó tarde por desgracia. También me fijé en Gabriel Rufián, con su cara de niño bueno, que la hoscosa barba no logra agriar y que tiene algún remoto vínculo con mi tierra andaluza. Inocente como paloma, parece persona sensible, se emociona fácilmente con la épica nacionalista y enhebra discursos destrabados, ingenuos y soñadores. Muy diferente de su vecino de escaño Tardà, eternamente enojado con el mundo.
Al final, la verdad es que todo es tolerable en nuestro Congreso. No como en el Senado —en el Senado romano quiero decir— donde Marcus Tullius Cicero, clamaba frente a Catilina: ¿Cuántas veces intentaste matarme siendo cónsul electo y siéndolo en ejercicio? ¿Cuántos golpes, al parecer imposibles de evitar, has dirigido contra mí y yo esquivé ladeándome o, como suele decirse, hurtando el cuerpo? Nada parecido entre nosotros. Aquí son buena gente y no se mata a nadie. Algo torpes al dialogar, eso sí. ¡Que Dios los ilumine y a nosotros nos proteja!

5 de septiembre de 2016

Quo usque tandem abutemini, politici, patientia nostra? (I)


Terminó, lector, la tregua de agosto, que duró exactamente un mes. Tenía la idea de escribir sólo entradas amables a mi vuelta y en eso estoy. Pero no tengo más remedio que referirme de nuevo a la situación política, pese a no ser la materia más querida para mi blog. Me excusa el que vivimos tiempos excepcionales, aunque ya señaló Ortega que todos los tiempos parecen tales para aquellos que los viven.
Mi percepción de la clase política, que no era buena, ha empeorado tras la sesión de investidura, que fue más bien de embestidura. No recuerdo haber padecido jamás, con las excepciones pertinentes, tal panda de impotentes, arrogantes y mezquinos sujetos, peligro y amenaza reales para cualquier país. Incluso me pregunto si alguno no estará incurriendo en pautas de conducta francamente delictivas, perseguibles de oficio por la justicia y las leyes. ¿Puede alguien infligir daños tan graves sin responsabilidad? Hablaré sobre todo de los principales líderes e intentaré tomar la cosa con algún humor. El candidato designado por el Rey, lo fue de acuerdo con el resultado de las elecciones: aquel que obtuvo mayor número de votos. Aquí ya surge una elucubración pertinente. Dado que alguien puede obtener más votos (o escaños) que los demás, pero menos que todos los demás juntos —de hecho, eso ocurre en la mayoría de las ocasiones—, es obvio que el derecho a ser elegido no asiste, sin más, al más votado.
Esta circunstancia se da en situaciones muy distintas. La dispersión de votos en contra del más votado puede ser la consecuencia de que partidos con ideologías parecidas se presentaron separadamente a la elección, por las razones que fueran. Estos partidos, a la hora de otorgar la cámara su confianza al candidato, pueden sumar sus votos coherentemente y abortar su nombramiento. A esto debería seguir la designación de otro candidato que aúne los votos de estos partidos compatibles y pueda obtener así la mayoría requerida. Una situación muy distinta se da cuando los menos votados, los perdedores, tienen programas tan diferentes u opuestos, que no permiten augurar una gobernanza normal al conjunto. Obviamente, también hay casos intermedios.
Lo que me importa manifestar es que, a mi juicio, ni ser el más votado supone un derecho per se a ser elegido, ni el de, todos juntos, sobrepasar al candidato en votos otorga automáticamente ese derecho a los coaligados. La democracia no es un sistema perfecto y no tiene soluciones fáciles para todo. Lo de que, pese a ello, sea el más razonable de todos los sistemas políticos, ni hace falta indicarlo aquí. Dicho todo esto, hay que convenir en que, ante la necesidad forzosa de que exista un gobierno —en principio, debe haberlo siempre, continuadamente—, ha de llegarse inevitablemente a una solución negociada. Y con la rapidez necesaria, anteponiendo todos el interés del país y sus ciudadanos a cualquier otro.
El compromiso es, pues, obligado y son los líderes políticos los llamados a configurarlo, lo que requiere en ellos condiciones necesarias y consustanciales a su dedicación a la política. Quien no las tenga debe autoexcluirse, o ser excluido, del juego político. Yo no pienso que estas cualidades estén ausentes en todos los políticos del momento en nuestro país, pero es cierto que nos encontramos con personas concretas que, todas, son valoradas muy pobremente por los ciudadanos, según muestran las encuestas. De hecho, mucha gente, que los conoció, añora los políticos de antaño, los de la transición, por agruparlos de alguna manera. Ya no nos acordamos bien, pero conviene recordar lo difícil que parecía aquello y cómo todos teníamos dudas sobre si podría llegar a buen término. Hubo generosidad, talento, racionalidad, y se llegó. Para que ahora algunos danzantes vengan a menospreciar la hazaña y hablen de enmendarla. No quiero ni imaginar la que podrían organizar en esa tarea. Lo pienso así, muy sinceramente.
Uno de estos ‘viejos políticos’ ha dicho que, en la circunstancia actual, el candidato más votado es también el más ‘vetado’. Quiero decir algo sobre esto, que no es sólo un jeu de mots, y entreverarlo con un poco de humor, como anuncié. Lo dejaré para la próxima entrada; la de hoy me determiné a tejerla cuando, inesperadamente, tras el fracaso de la investidura,en las últimas elecciones, me encontré otra vez en la tele a los líderes de siempre embarcados en su interminable campaña, con sus viejas coletillas y sus estólidos eslóganes, capaces de aburrir a las ovejas. ¿Por qué tengo que aguantarlos en mi casa? ¿Por qué se cuelan tan ineducada y abusivamente en mi sala de estar? ¿Hasta cuándo va a durar esto? Hace casi dos mil cien años, un ocho de noviembre, ante el Senado romano, alguien cuestionaba ya un abuso: Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? Yo también me pregunto, quo usque tandem abutemini, politici, patientia nostra?, ¿hasta cuándo, políticos, vais a seguir abusando de nuestra paciencia? Lo digo yo aquí, pero lo oigo continuamente a todo el mundo; es ya un imparable clamor. En ciertos casos se acompaña de la decisión a no votar jamás. El desastre está listo y todo el mundo lo sabe, excepto los políticos.
(continuará)

13 de agosto de 2016

Actualización de Indices

Amigos lectores, en mi entrada del 4 de agosto de 2016 os prometía un descanso en agosto; promesa que esta corta nota no incumple. Explico, simplemente, que he actualizado los índices alfabético y cronológico de todos los títulos (unos 350), conservando sus vínculos, lo que facilita la lectura de cualquiera de ellos. Bajo la foto de portada del blog, a la derecha, en letras verdes, están las dos pestañas que dan acceso a dichos índices, con un clic de ratón. Como ya hice otra vez, copio las últimas entradas, con sus vínculos. Os deseo de nuevo el más feliz verano, lo que va quedando de verano.

4 de agosto de 2016       Sobre (algunos) políticos del momento
29 de julio de 2016        Mito de Endimión y Selene
25 de julio de 2016        Mitos griegos y actualidad española
19 de julio de 2016        Laodamia, Protesilao y las 'Dutch wives'
13 de julio de 2016        De encuestas y adivinaciones
8 de julio de 2016          Todo se debe a la neofobia
30 de junio de 2016        Política y racionalidad
25 de junio de 2016        De mi blog y de los referendos
21 de junio de 2016        Eonofobia, miedo a la eternidad (revisitada)
17 de junio de 2016        La taimada y traviesa apóphasis (II, fin)
14 de junio de 2016        La taimada y traviesa apóphasis (I)

4 de agosto de 2016

Sobre (algunos) políticos del momento

Cuando el país está inmerso en una crisis prolongada y profunda, con problemas que parecen insuperables; cuando, tras meses de interinidad, el candidato de un partido consigue cierta ventaja en las elecciones y recibe el encargo de formar gobierno, otros partidos, claves para el proceso, no hablan de nada de esto y teorizan sin tregua sobre si el designado ha de presentarse forzosamente a la sesión de investidura. Opinaron ya expertos en Derecho constitucional y, naturalmente, los periodistas y tertuliantes, que moran en los platós de televisión. Daré mi parecer, invocando sólo la lógica y el sentido común. El mandato de la Constitución es para formar Gobierno, una vez obtenida la confianza de la Cámara. Si el candidato no puede obtenerla, ¿para qué acudir a una investidura imposible, huera y condenada al fracaso? No es ni razonable ni útil.
La racionalidad no impera en la deslucida tropa de los políticos. No se han dado todavía cuenta de hasta qué punto la ciudadanía está harta de estos figurantes de un vodevil aburrido y perpetuo. Alguien habla de sostener a Rajoy, aunque no lo merezca. El problema no es sostener a Rajoy, sino dotar de gobierno a un país que lleva muchos meses ante acuciantes necesidades, sin un poder ejecutivo estable.
Si se estimara que el candidato queda obligado a la sesión de investidura, la Mesa del Congreso debe arbitrar medidas para reducir su duración, dando un minuto de la estólida farsa a cada uno de los participantes. Oírles otra vez las mismas necedades y nequicias, atentos a intereses de partido o personales, sin pensar en los de los españoles, roza la crueldad mental. Conocemos a los actores hace tiempo y sólo nos preguntamos cómo siguen todavía ahí estos bigardos altaneros, vacuos, impotentes y nefastos.
Convendría leer Psychopathology and Politics, un clásico de 1930, del profesor Harold. D. Lasswell, muy influido por Freud, que inició una nueva vía de abordaje para comprender mejor las figuras públicas, mediante “el escrutinio de su personalidad, según las técnicas de la psicopatología”. Los tratados sobre política no suelen detenerse en la psicología profunda de los líderes. Lasswell sí valoró esos rasgos, que afectan a miembros de los cuerpos legislativos, ejecutivos y judiciales. En esencia, viene a decir que “los prejuicios, preferencias y credos se formulan de manera racional, pero han crecido de forma irracional. Cuando se ven frente al desarrollo de la persona, adquieren un sentido nuevo”. Otro libro interesante, de 1956, es el de Wilhelm Lange-Eichbaum, Genie, Irrsinn und Ruhm: Eine pathographie der Genies (Genio, locura y Fama: una patografía del genio). Hay más autores: William I. Thomas, Möbius, Gould, etc.
Citaré un ejemplo algo alejado de la política, pero que tiene la ventaja de ser muy sencillo, el de un empresario de éxito, que dedica gran parte de su tiempo y su dinero en favor de los ciegos. El análisis de sus vivencias remotas reveló el incidente que originó este interés por ellos: cuando tenía tres o cuatro años, su hermana pequeña le sacó, jugando, un ojo al gato preferido del niño, lo que le causó una angustia terrible.
Si hay investidura forzosa, también se podría remedar el célebre debate del inglés Taumasto en París, en el que no se utilizaron palabras, sólo gestos. Fue breve y amable y los parisinos invitaron luego al inglés a comer y beber “a vientre desabrochado”; es decir, con las ventreras sueltas. Trasegaron todos arrobas de vino, porque andaban sedientos, sicut terra sine aqua. Seguro que los políticos, de elevada cultura, saben a qué me estoy refiriendo. Uno de nuestros líderes ha hablado de izquierdas y derechas, retrotrayéndonos al final del siglo XVIII; con Taumasto nos remontaríamos al siglo XVI. En las Mil y una noches, en el Conte d’Abdallah de la Terre et Abdallah de la Mer, el rey nombró un visir de la derecha y otro de la izquierda; talmente como aquí, ahora.
La atención continuada, fuera del estricto período electoral, a los políticos en los medios de comunicación tiene que acabarse; no puede someterse a los ciudadanos a ese suplicio pernicioso. Bastantes de ellos sólo saben nimiedades, relacionadas, no con la Política con mayúsculas, sino con los tejemanejes del mercadeo. Su pauperismo intelectual puede contaminar a los que los entrevistan y consultan tan sin descanso.
En momentos como los actuales florecen intelectuales que se aprestan gozosos a firmar cosa escrita que se les presente. De algunos de ellos, mejor no hablar; sus obras completas ocuparían unas pocas cuartillas. Otros sí han escrito y tienen obra, lo que, en ciertos casos, es infinitamente más grave. Los títulos de intelectual, maestro en dominó o mus, etc., son nombramientos auto-otorgados frecuentes entre nosotros.
Termino. Si se reclama el control psiquiátrico continuado de colectivos como el de pilotos, que pueden poner en peligro la vida de unos centenares de personas, ¿cómo no exigirlo para los políticos, que pueden arruinar un país entero en una legislatura? Cuando veo a sus líderes, acompañados siempre de sus camarillas clónicas, rebozados todos en el pensamiento único, custodiando fielmente unas pocas y simples consignas, me parece imposible que no lleguen a algún tipo de desequilibrio psíquico.
P. S.- Amigos lectores, he escrito esta entrada por pura necesidad psicológica, por no poder aguantar más. Mis planes son, salvo circunstancias excepcionales, daros, de momento, un merecido descanso este mes de agosto. Que paséis un feliz verano, lo que queda de verano. Pronto estaremos en Navidad; ya lo veréis, hacedme caso.