13 de enero de 2017

Quizá un blog no deba ser eterno


Amigos lectores, he dejado entender más de una vez que todo cansa y eso incluye también a mi blog, aunque lo haya seguido escribiendo; los seres humanos somos así, inconstantes y erráticos, unos más que otros. En cualquier caso, para que no se me puedan aplicar gratuitamente las palabras de un coro de Los claveles, la zarzuela del maestro Serrano —dice que se va, dice que se va, dice que se va y vuelve—, querría desvelar algunos planes inmediatos.
No es que yo piense que exista una gran preocupación entre mis lectores por algo tan sin sustancia como si continúo o no con este cuaderno de bitácora. Pero tengo un especial agradecimiento y respeto por los que me han seguido estos años y me parece oportuno contarles lo que pienso hacer. El blog ha crecido demasiado y hay un solo responsable, que soy yo. Son ya casi mil páginas, calculando por el número de palabras que me indica el procesador de textos Word y la extensión de algún libro mío. Empiezo a no saber ya lo que he escrito hasta ahora, aunque puedo indagar en los índices para orientarme. Aun así, no creo que esto deba ser eterno, sobre todo siendo materia tan prescindible. Todo esto se entiende fácilmente.
No obstante, sería improcedente cortarlo definitivamente y para siempre. Tengo textos ya escritos, que no he podido publicar hasta ahora, porque otros los iban postergando. Desde mayo, cuando visité Batuecas, una muy bella y desconocida región de España, escribí unas páginas que me gustaría incorporar al blog. Desgraciadamente son unas cuantas y lo habré de hacer en varias entradas, como otras veces. Fue un trabajo al que dediqué algún tiempo y que, aunque sea algo largo, recoge y resume con alguna fidelidad lo leído en otros trabajos, muchos más extensos todavía.
También es probable que comente en alguna ocasión la inquietante actualidad política de nuestro país. Me consta que otra mucha gente lo hará mejor que yo, pero es difícil sustraerse al deseo, casi la necesidad, de expresar lo que uno piensa respecto a asuntos que nos afectan tan de lleno como los de naturaleza política. Estamos realmente en una situación nueva —sin exagerar, que ya se sabe que nihil novum sub sole— y bastante incomprensible. Incomprensible, porque no puedo entender que gentes tan sin preparación se arroguen el papel de descubridores infalibles de los remedios que necesita nuestro país. Para los mayores, que hemos conocidos otros ambientes y otras personas —no todas brillantes y, desde luego, no todas honestas—, a pesar de todo resulta inexplicable esa congregación de políticos nuevos tan extremadamente torpes. Pudieron tener un gobierno con sus hechuras y desperdiciaron clamorosamente la ocasión. Nadie se acusa de eso, pero sí piden perdón por cosas mucho más banales.
Quiero, pues, despedirme y lo haré más cumplidamente en mi próxima entrada. No es una despedida definitiva y espero que nos encontremos todavía de vez en cuando, en las páginas de este blog. Pero hay que domeñar a esta especie de Hidra de Lerna, la que Hércules mató en el segundo de sus doce trabajos, capaz de renovar y multiplicar incansablemente sus cabezas. Por cierto, leo en un escritor francés antiguo que hubo un decimotercer trabajo de Hércules, más difícil que los otros doce juntos. Cito textualmente: Avoir changé cinquante filles en femmes en une seule nuit (convertir cincuenta niñas en mujeres en una sola noche). Verdaderamente.
Quedará siempre lo ya escrito, con índices actualizados para la fácil búsqueda de los temas, e iré añadiendo alguna cosa tal cual vez. Más tarde, ya veremos. Quizá ahonde un poco más en vivencias y recuerdos personales, algunos esclarecedores de la sociedad en que he vivido. Nada parecido a unas memorias, que nunca he pensado en redactar. De hecho, he escrito pocas cosas personales en mi blog.
Todo lo mejor, queridos lectores. Hasta pronto, cuando me despida un poco más literariamente de vosotros. Hasta siempre.

5 de enero de 2017

Furor scribendi, la folie d'écrire, el ansia de escribir


He insinuado en alguna ocasión cierta desgana respecto a mi blog, a pesar de no haber sido el peor recompensado de mis afanes. En un blog hay que evitar que se haga eterno y esto puede hacer creer que es lo primero que nos vino a hartar. La verdad es que me cansé mucho antes de otras cosas: de publicar en papel, por ejemplo. Yo creo, lector, que uno se cansa de todo. Lo decía en mi anterior entrada, recurriendo al dicho francés, tout passe, tout casse, tout lasse, que traduje entonces, seguramente sin necesidad.
Otra vez declaré que, a mi juicio, la pasión más acuciante y obsesiva del ser humano es la de hablar en público; actividad infinitamente más atractiva que el sexo, el amor o cualquier otra cosa. Al menos en ciertas sociedades de literatos, según mi experiencia. Ahora me desdiría de esa idea: la pasión más irrefrenable no es la de hablar, es la de escribir, que se está convirtiendo en una verdadera epidemia. Al menos entre las gentes de mi edad, que andan casi todos redactando sus memorias.
¿Por qué tantos nos aprestamos a escribir? Denis Diderot pensaba que el papel de un escritor es bastante vano; es el de un hombre que se cree en grado de dar lecciones al público. El papel de un crítico es más vano aún, ya que se cree capaz de darlas al escritor. Todo podría ser verdad, aunque me apresuro a matizar que muchas veces se trata de una creencia inocente, no fruto de la vanidad. Yo mismo he confesado en este blog que me animaba a veces cierta intención didáctica. Siempre, por modesto que uno sea, piensa que puede enseñar algo. Diderot cuenta que un hombre solitario vivía en un valle rodeado de colinas. Era su universo y exclamaba: Sé todo, he visto todo. Un día trepó a la cima de una de las colinas y vio el inmenso espacio que se abría ante sus ojos. Se dijo entonces: No sé nada, no he visto nada. Otro personaje aún joven, Aristo, descubrió que todavía tenía mucho que aprender y se encerró en su casa durante quince años, dedicado a la historia, a la filosofía, a la moral, a las ciencias y a las artes. A los cincuenta años fue un hombre honrado, instruido, de buen gusto, gran escritor y excelente critico.
En un pasaje del Cándido de Voltaire se dice: On aime tant à courir, à se faire valoir chez les siens, à faire parade de ce qu’on a vu dans ses voyages… Todo esto puede confundirnos y llevarnos al convencimiento de que tenemos que relatar nuestras experiencias, contar nuestra vida y nuestros sueños. Nacen de aquí muchas obras detestables, ha sido siempre así. En su visita a Paris, Cándido se encontró con un abad del Périgord: — Señor, ¿cuántas obras de teatro tienen ustedes en Francia? El abad respondió que cinco a seis mil. — Son muchas, continuó Cándido: — ¿Y cuántas son buenas? — Quince o dieciséis, contestó el abad. —Son muchas, añadió Martín, el filósofo escéptico. El mismo que más tarde dudaba de que Cándido pudiera encontrar la felicidad con su amada Cunégonde. — Vous êtes bien dur, dit Candide. — C’est que j’ai vécu, dit Martin (Sois muy duro, dijo Cándido. Es que yo he vivido, dijo Martin).
En ese mismo libro, delicioso, sabio y pesimista, hay un Seigneur Pococuranté, algo excesivo en sus críticas, pero no exento de razón. Les sots admirent tout dans un auteur estimé (los tontos admiran todo en un autor de fama), sentencia en una ocasión. Je dis ce que je pense, et je me souci fort peu que les autres pensent comme moi (digo lo que pienso, y me importa bien poco que los demás piensen como yo), afirma en otra. Lo podría suscribir ahora mismo.
Acabo de releer La familia de Pascual Duarte, esa obra de la que se dice que transformó la novelística española de postguerra y de la que se cumplen ahora setenta y cinco años. Nunca me gustó del todo; siempre me pareció que albergaba demasiado horror y una violencia un tanto gratuita en sus páginas. No es fácil decir esto de una novela tan alabada, escrita por  un premio Nobel. Resulta atrevido y pensé que me sería difícil encontrar quienes compartieran mi opinión. Pero lo encontré. Empecé a sumar acción sobre acción y sangre sobre sangre y aquello me quedó como un petardo. El que habla así es el propio autor, el mismísimo don Camilo. Creo que llevaba razón.

31 de diciembre de 2016

De los blogs, del amor... y de que todo pasa


Hay muchas razones para empezar un blog y más aún para dejarlo. Cuando uno no recuerda bien los temas tratados e inadvertidamente repite una entrada ya publicada, quizá es un buen momento para ir pensando que el juego duró demasiado. También cuando el blog equivale a un libro de unas mil páginas y uno ve que demasiados blogs son vulgares o pedantes —entre ellos alguno de escritor famoso—. Pero, sobre todo, cuando uno ve que hay muchos excelentes.
La que señalo como primera razón acaba de sucederme. Mi divagación sobre la difusa relación entre ficción y realidad, una elucubración atractiva para muchos lectores que se preguntan de dónde extraen sus temas los literatos, me ha jugado esa mala pasada. Hablé de esto en una reciente entrada, con motivo de mi relato Viaje a Baviera, y ahora me doy cuenta de que ya lo había hecho hace unos dos años. Me exculpa algo el que, al consultar el catálogo de entradas previas —como hago siempre para evitar una posible repetición—, no encontré la palabra Baviera, porque el título de esa entrada previa era Realidad y fantasía en la literatura. Pido perdón. Y lo que me molesta es que tengo muchos temas esperando y he perdido tiempo. Entre ellos, desde mayo, algo que escribí sobre las Batuecas, tras un viaje a esa bella y desconocida parte de España.
Pero hay más cosas. Un viejo dicho francés reza: Tout passe, tout casse, tout lasse (todo pasa, todo se rompe, todo cansa), al que se han hecho añadidos más o menos felices: et tout se remplace o et tout s’efface o sauf la classe (y todo se reemplaza o y todo se borra o salvo la clase). Mi blog dura ya tres años y quizá es la hora de dejarlo quiescente. A pesar de ser tal vez la tarea literaria que resultó más cumplida: he tenido treinta mil lectores, siendo los más abundantes los españoles (33.2 % del total), seguidos de los estadounidenses (17.2 %) y los rusos (13 %).
Los empeños se agostan, perecen; pasa hasta con el amor. En un reciente artículo de Frontiers in Psychology, la conocida bióloga Helen E. Fisher, de la universidad de Rutgers, mantiene que las personas enamoradas muestran síntomas análogos a los que se presentan en las adicciones por drogas y conductuales: euforia, pulsiones intensas, dependencia física y emocional, etc. Para ella, el amor es una forma natural de adicción, no siempre positiva. El estudio del cerebro con técnicas de RNM lo confirma y muestra que en la persona enamorada se activan regiones cerebrales implicadas en el reward system (el sistema de gratificación), ricas en dopamina, como el área tegmental ventral y el núcleo caudado, tal como sucede en la adicción a drogas. Según Dietrich Klusmann, el NGF (nerve growth factor) también presenta niveles altos; así como la norepinafrina y testosterona, con niveles bajos de serotonina. Todo vuelve a la normalidad al cabo de un año. De esta ‘química del amor’ se habla desde hace ya muchos años y no explica el fenómeno total. Me gustaría seguir tratando esto, pero no puedo detenerme aquí.
Hay autores que distinguen tres fases en el proceso de formación de la pareja: en la primera la atracción sexual es dominante; en la segunda esta atracción se hace más selectiva y surge lo que podríamos llamar el amor romántico; en la tercera imperan los sentimientos de unión de la pareja. No siempre las fases van en ese orden. Se piensa que el amor romántico, que se desarrolló en los mamíferos hace unos cuatro millones de años, representa una gran ventaja para la estabilidad, al menos temporal, de la pareja y la cría conjunta de la prole. Se reveló un impulso mucho más fuerte que el sexual, argumenta Fisher. Si le pides a alguien que se vaya contigo a la cama y te rechaza, no entras en una depresión ni cometes suicidio, etc. Sin embargo, la gente puede sufrir terriblemente tras el rechazo en una relación romántica.
Obviamente estas fases pueden ser concebidas de otra manera, no son excluyentes entre sí y tampoco muestran siempre esta progresión fija. Pero parece haber una especie de built-in caducity (caducidad intrínseca) por la que el enamoramiento estricto no suele perdurar más de dos o tres años; biológicamente nuestro organismo no puede soportar mucho esa situación. Me gusta siempre recordar lo que contaba Unamuno: Al principio sólo tocar la pierna de mi mujer me excitaba, ahora es como si tocara la mía. Pero si tuvieran que amputársela, sería como si me la cortaran a mí. De todos esos cambios está hecho el amor. Yo suelo decir, resumiendo mucho: del sexo se pasa al cariño y de este quizá a la tranquila, casi inadvertida, felicidad de estar juntos.

25 de diciembre de 2016

Amores con final infeliz


En la reciente representación de mi obra de teatro Don Juan de Bergerac, al final tuve que agradecer al público su benevolencia. Como entre los asistentes había dos amigas mías —mi admirada cantautora Chili Valverde, que ha puesto música a más de treinta textos de Juan Ramón Jiménez y Carmen Hernández-Pinzón, sobrina del poeta y conocida estudiosa de su obra— quise incluir unas palabras sobre nuestro Premio Nobel. También sucede que la cuarta entrada más leída de mi blog, la del tres de marzo de 2014, trata de Margarita Gil Roësset, la escultora madrileña que con veinticuatro años se suicidó por amor a Juan Ramón.
Para llegar hasta este hecho luctuoso, empecé diciendo: “Han visto ustedes una obra de amor con final feliz; no siempre es así”, y cité lo que cuenta un personaje de la misma, doña Rosa, en una de las escenas: El amor no siempre nos hace felices, también nos puede hacer muy desgraciados. Siempre hay alguien que espera en vano. Siempre hay alguien que quiere a quien no le quiere. Y sufre, sufre tanto como con la más atroz de las desgracias. Como ejemplo de amor con final trágico, me referí después a la tristísima carta que Margarita dejó a Zenobia, la mujer del poeta, conservando la peculiar puntuación del original: Zenobita… vas a perdonarme… ¡Me he enamorado de Juan Ramón! Y aunque querer… y enamorarte es algo que te ocurre porque sí, sin tener tú la culpa […] le he dicho … que le quiero… y le he pedido que se case conmigo…¡estaré loca!... pero como él… te quiere… ¡te quiere!... pues me ha dicho.., que no… que nunca… perdóname… porque si me hubiera dicho que sí… ay… a pesar de que la idea de amistad es para mí sagrada…y tú eres mi amiga… y de verdad te quiero mucho… […] habría pasado por todo […] Creo mucho mejor matarme ya… que sin él no puedo… y con él no puedo.
Alguien ha llamado a Margarita la Camille Claudel española, aunque casi la única similitud entre ambas es que las dos fueron escultoras. Camille, hermana del poeta Paul Claudel, vivió un romance largo y apasionado con el escultor Augusto Rodin, que vivía con  Rose Beuret, una modistilla analfabeta, a la que conoció con veinticuatro años, con la que nunca apareció en sociedad y con la que se casó poco antes de morir, cuando ella tenía más de setenta años. Camille, bella, delicada y llena de talento, entró en el taller de Rodin con diecinueve años y enseguida surgió el amor o lo que sea. Parece ser que Rodin, de cuarenta y tres años, la poseyó por primera vez sobre el mismo suelo del taller, al pie de su hermosa obra Fugit amor (aunque en este caso, el amor más que huir llegó). Cómo se pueden conocer estos detalles íntimos, estas incomodidades, me pregunto siempre; es el estilo típico de los malos biógrafos y periodistas.
Cuando ya Camille era una escultora reconocida, amó simultáneamente a Claude Debussy, también casado, en una relación con poco porvenir. La desgracia sí la hermanó con la española. Camille empezó a tener crisis nerviosas que terminaron en una esquizofrenia. Al inaugurar una exposición, podía acabar destruyendo con un martillo sus propias obras hasta reducirlas a esquirlas, como hizo también Margarita con gran parte de sus esculturas antes de morir. Camille estuvo recluida en sanatorios psiquiátricos los treinta últimos años de su vida, sin que la visitara nadie de su familia, que atribuyó sus trastornos mentales a su vida desenfrenada, relación causal difícil de demostrar. Quizá los hubiera tenido aunque hubiera profesado como monja Bernarda.
Tanto si se logra el ansiado amor como si no, al final uno ha de estar de acuerdo con lo que escribió Stendhal: El amor es una maravillosa flor, pero es necesario tener el valor de ir a buscarla al borde de un horrible precipicio. Quizá por eso mucha gente prefiere encontrar el amor en los relatos y novelas, en la literatura, en la ficción, que es menos peligroso. Antoine Hamilton, un escritor poco conocido hoy, que nació en 1645 en Escocia y emigró con su familia a Francia, huyendo de la dictadura de Cromwell, escribió sobre la literatura francesa de la época: Todos vuestros escritos en verso o en prosa son relatos de amor; casi todos vuestros poemas, elegías, églogas, idilios, canciones, epístolas, comedias, tragedias, óperas son relatos de amor. Tenéis los relatos de amor como única alimentación y no os cansáis de ellos jamás. Era verdad entonces y quizá siempre.

20 de diciembre de 2016

Del alcalde de Alcorcón y los mitos griegos


Este blog no se preocupa mucho por la actualidad; le dedico hoy una entrada por el azar de estar en la calle por la que pasaba una manifestación y haber oído claramente la conversación entre algunas de las mujeres que participaban. Una de ellas, grande y sólida, muy rotunda en su físico y en sus afirmaciones, decía a sus acompañantes:
— Os digo que el alcalde expresó un juicio universal, afirmativo, categórico y apodíctico, que una sabe de qué habla.
— Pues yo creo que no lo dijo de todas, intervino otra señora, sino que matizó con un “a veces”. O sea, que el juicio era particular y contingente.
— Déjate de florituras, replicó la mujerona; el alcalde dijo claramente que todas las feministas son mujeres frustradas, amargadas, rabiosas y fracasadas.
— De todos modos, añadió una tercera mujer más joven, conviene diferenciar si el juicio era determinativo, atributivo o limitativo.
— Tú mejor cállate, contestó enfadada la que se atribuía el papel de jefa. A ti te gustan demasiado los hombres y te dejas tumbar al primer envite; que te conocemos.
Esta charla me llamó la atención por el alto tono intelectual, tan frecuente en las movilizaciones callejeras, trufado con rasgos caracteriales típicos de nuestro pueblo. Supe luego que el  alcalde de Alcorcón había criticado a las feministas en estos términos, aunque dijo “a veces” y no se refirió a todas. Con esta restricción, sus palabras pueden aplicarse a ese movimiento, a juezas, maestras, abogadas, etc. Y lo que parece excesivo es que se pretenda descabalgar sólo por un comentario quizá imprudente a alguien que ocupa un cargo público ganado de manera rigurosamente democrática.
En realidad, este alcalde resume y epitomiza, sin poder evitarlo, tradiciones seminales de nuestra cultura clásica occidental. En Las Euménides, de Esquilo, Apolo se dirige al Corifeo: La madre no es la engendradora del que se llama su hijo, sino la nodriza del germen recién sembrado. El que engendra es el hombre. Y también Paris recomienda a Helena: Calla, oh mujer, hablar de guerra no es asunto tuyo. Limítate a cumplir el papel que te ha asignado la naturaleza, que es, en definitiva, el de yacer a mi lado. Los griegos pensaban y hablaban así de sus mujeres. Para ellos, el terror y la desgracia, tenían casi siempre rostro femenino: Harpías, Grayas, Moiras, Erinnias, Telquinas, Gorgonas y tantas más. Las Empusas, hijas de Hécate, eran demonios con apariencia de mujer y nalgas de burro, que ocultaban bajo sus faldas. Se colocaban en los cruces de caminos y atraían a los viandantes mostrándoles sus senos; después les mordían en el cuello y les chupaban la sangre hasta dejarlos a la puerta de la muerte.
Lamia, hija de Belos y Libia, fue amante de Zeus, con el que tuvo hijos, pero Hera, la esposa del dios, los fue matando a todos. Como venganza, Lamia salía por las noches y asesinaba a niños ajenos. Para que su aspecto resultara más horrible e inquietante, Zeus le otorgó la facultad de quitarse y ponerse los ojos de las órbitas a su antojo. Mientras dormía, los aislados ojos montaban guardia, expectantes. Peor era lo de las Grayas, monstruos con rostro de mujer, hermanas de las Gorgonas. Nacieron viejas y tenían sólo un ojo y un diente para las tres y se turnaban en su uso.
Las Erinnias eran también tres, con rostro de perro, alas de murciélago, cabellos serpentiformes y un látigo en la diestra: Megera, Alecto y Tisífone (odio, cólera y venganza). Refiriéndonos a humanos, las mujeres de la isla de Lemnos mataron a sus maridos y vivían solas. Cuando llegaron los Argonautas, en busca del vellocino de oro, pensaron que convendría ser fecundadas y se les ofrecieron. A nadie le amarga un  dulce: tocaron a catorce hembras por cabeza, o lo que sea, y zanjaron el asunto en siete días y siete noches. No un récord, pienso yo, sin nada más que hacer.
Atalanta era mujer y podría considerarse como precursora del feminismo. Mató a dos centauros que intentaron violarla y los castró; su historia se parece un tanto a la de Turandot. Las Moiras eran también mujeres: Cloto, hila y produce hebras, Láquesis, mide el estambre y Átropos lo corta con sus tijeras. Aquiles, cuando murió su amigo Patroclo, fue displicente y conminatorio con las mujeres: Oh, mujeres, en vez de arrancaros inútilmente los cabellos, lavad el cuerpo de mi pobre amigo, bañad de aceite sus martirizadas carnes, etc. Ate, diosa del error, camina sobre la cabeza de los hombres con pasos ligeros y los induce a equivocarse sin que ellos se percaten.
En casi todas las culturas hay amazonas. Una de sus reinas, Antianara, pensaba que el hombre cojo es más hábil en los juegos amorosos, ya que la energía del miembro que falta se dirige al pene. Otra reina, Pentesilea, era tan bella que todos los hombres intentaban violarla, por lo que iba siempre vestida, incluso en verano, con una armadura de bronce. Según una versión, Aquiles la venció y mató y la gozó después de muerta. Heinrich von Kleist, un poeta romántico alemán, escribió un drama, Pentesilea, en el que es ella la que derrota a Aquiles y lo devora en un exceso de entusiasmo erótico.
Lector, podría seguir hasta aburrirte. Pero había también varones nefastos y hembras bienhechoras en la mitología griega. Todo es una broma mía; escribo así porque me irrita que una frase poco feliz de un alcalde desencadene este embrollo para quitarle el cargo. Por eso he querido emparentarlo con famosos antecedentes helenos.

15 de diciembre de 2016

De lo imaginado y lo vivido (final)


He contado ya algo ‘imaginado’ en las tres entradas anteriores: el relato de un extraño viaje en Baviera —en realidad, es un relato sobre otro relato; lo escrito por un sobrino sobre algo que había publicado su tío—. Ahora resumiré brevemente lo ‘vivido’, los acontecimientos reales que, en cierto modo, dieron lugar al relato; obviamente, la relación es muy laxa y nada directa. En su génesis, influyeron más mis lecturas que ninguna vivencia biográfica. Es lo que suele suceder en mi caso.
Hace unos años, recorríamos mi mujer y yo Alemania, desde Regensburg, la antigua Ratisbona medieval, en la confluencia de los ríos Danubio y Regen —la ciudad en que nació Don Juan de Austria, hijo del amor o de lo que fuera entre el emperador Carlos y Bárbara Blomberg— hasta Murnau, al sur de Munich, junto al lago Staffelsee. En la ruta, queríamos visitar la célebre abadía de Benediktbeuern, fundada en el 739, originalmente benedictina, aunque ocupada ahora por los salesianos. La abadía fue visitada por Goethe en su tercer viaje a Italia, en 1786, pero se hizo famosa por haberse descubierto en ella, pocos años después, en 1803, el único manuscrito existente de los Cármina Burana, una colección de cantos de los siglos XII y XIII, escritos casi todos en latín. Cármina quiere decir poemas o cantos y Burana es el gentilicio de Bura, el nombre latino de la actual Benediktbeuern.
Nos dirigíamos ya hacia Murnau. Habíamos dejado atrás las congestionadas autopistas y conducíamos por esas bellas y cuidadas carreteras secundarias alemanas. Me perdí y llegué a una vía muy secundaria, que se fue haciendo cada vez más estrecha. En la distancia se dibujaba la silueta de unos edificios grandes. La carretera estaba sin asfaltar en los últimos metros, lo que me pareció muy raro. Llegamos hasta los edificios, uno de los cuales era claramente una modesta iglesia rural.
La puerta estaba cerrada, pero se podía franquear. Entramos y nos encontramos con un grupo de poco más de veinte personas, que asistían a misa. La iglesia era una de tantas en el estilo de la zona, barroca y con profusión de santos, vírgenes y angelitos. Nos colocamos detrás del grupo, en silencio. Casi nadie notó nuestra llegada. El sacerdote bajó del altar, se dirigió a una pareja de ancianos en la primera fila y les entregó un regalo, un libro. El hombre era bastante alto y la mujer parecía una de esas viejecitas que se consumen en vida, dándose, vaciándose, literalmente, en sus hijos, en sus nietos. Se oía una música dulce y lenta, interpretada claramente por alguien no profesional. Había un enorme contraste entre el ajetreo de las carreteras y aquel reducto de paz. Una señora de la última fila le habló a mi esposa, tuteándola, lo que no es nada frecuente en Alemania, y le dijo que la vería a la salida.
Nos quedamos hasta el final de la celebración. El ambiente era tan sosegado y agradable, que podríamos haber permanecido allí la mañana entera, el día entero. Después de días viajando por Alemania, estábamos un poco cansados. Al salir, la señora que había hablado a mi esposa se acercó y se excusó, de la manera más amable y utilizando por supuesto el usted, por haberla confundido con otra. Contó que estaban conmemorando las bodas de oro de unos amigos. Nos despedimos y proseguimos el viaje —había que seguir—, pero lo hicimos todavía hechizados por lo vivido tan impensadamente. No quedó tiempo para visitar la abadía de Benediktbeuern y no nos importó demasiado. En Murnau, y luego en España, hemos sido incapaces, a pesar de estudiar mapas muy detallados de la región, de localizar el lugar tan especial en que estuvimos, aquella pequeña y perdida iglesia bávara.
Grabé un corto video, con la cámara de fotos. Se oye y se ve mal, pero lo ofrezco para dar una idea de lo que trato de describir. De todo esto, sin una conexión demasiado evidente o lógica, nació la idea del relato. Es así como ocurre normalmente.
 
 
 

11 de diciembre de 2016

De lo imaginado y lo vivido (3 de 3)


En efecto, aunque mi tío siempre fue un hombre peculiar, desde entonces parecía vivir en otro mundo. Se jubiló enseguida, en contra de sus planes anteriores, y estaba siempre metido en la biblioteca de su casa, sin apenas salir a la calle. Hablábamos por teléfono algunas veces y me contaba su reciente pasión por el arameo, que estudiaba solo y llegó a traducir con cierta soltura. Por ello, cuando he visto ahora en un anaquel de su biblioteca el Sefer ha-Zohar, o Libro del Esplendor, de Moisés de León, un judío español del siglo XIII, que nació no se sabe si en Guadalajara o León, lo he cogido sin vacilar. Este escritor atribuyó la obra a Shimón bar Yochai, un rabí del siglo II, que la habría escrito durante trece años, escondido en una cueva y estudiando sin descanso la Torah. Es quizá el libro fundacional de la literatura mística judía, la Kabbalah, y lo más probable es que se trate de un pseudoapócrifo y lo escribiera el propio Moisés de León, casi todo en arameo. Fue mi tío quien me dio estos detalles y quien me dijo que sólo unas veinte mil personas hablan hoy esa lengua en nuestro planeta.
Es una edición en castellano y dentro he encontrado unas hojas escritas con la menuda letra de mi tío, que reconozco perfectamente. En un párrafo escribió:
 Aunque trato de acomodarme a mi nueva realidad, no sé hasta cuándo podré soportar este sentimiento de privación y desamparo. Tras haber visto lo que he visto, no tiene sentido permanecer en el mundo. No lamento mi experiencia en Baviera y lo que me pregunto es por qué me sucedió a mí. Conozco bien la tradición mística del antiguo Israel, la de los cuatro sabios que vieron en vida el Paraíso. El primero, Shimón ben Azai, lo contempló y murió en el acto. El segundo, Shimón ben Zoma, miró la Luz Brillante del Ha-Shem, no pudo resistirla y perdió la razón por completo. El tercero, Elisha Aher, vio la misma luz, comprendió que nada existe sino Dios, que nada vale ante Él, y abandonó para siempre el estudio de la Torah. El cuarto, el rabí Akiva ben Yosef, nombrado en el Talmud ‘cabeza de todos los sabios’, regresó esclarecido e indemne. Murió en Cesárea, mártir de los romanos, recitando la ‘shemá’, lleno de gozo y alegría. Yo también he podido regresar, pero temo volverme loco, como Ben Zoma, y anhelo con toda mi alma revivir mi experiencia para poder explicármela.
He leído más papeles de mi tío y estoy seguro de que él creyó que, por razones que era incapaz de comprender, se le había permitido conocer alguna forma de Paraíso en un lugar inhallable de Baviera, a donde llegó de manera casual, buscando un monasterio que no existe, ni existió nunca. ¿Lo contó veladamente, en la revista local, y no quiso decir más entonces? ¿Estuvo allí en realidad? ¿O quizá lo imaginó, conjeturó que había tenido realmente una visión del paraíso? Después, trabajado por la soledad y la fatiga de vivir, siguió añorando y dando vueltas a esa visión que se alejaba, cada vez más tentadora, y se adentró en las aguas oscuras y mistagógicas de la Kabbalah, para no retornar ya a la realidad.
La otra posibilidad: que todo fuera pura ficción, desde el principio; una ficción de escritor. Una historia que imaginó como juego y que luego tal vez lo trastornó y lo fue poseyendo, hasta el punto de hacerle cambiar su vida. ¿Puede alguien llegar a creerse tan perturbadoramente sus propias imaginaciones?
No lo sé, el mundo está lleno de misterios. En un libro de texto de mi carrera, Samson Wright’s Applied Physiology, había una cita con palabras del rabí Akiva ben Yosef a un discípulo: “Hijo mío, por mucho que el ternero quiera mamar, es más lo que la vaca desea darle”. Quedó el nombre del autor en mi memoria, sin más. Ahora, treinta años después, lo vuelvo a encontrar en la casa de mi tío muerto, y me entero de que este rabí pudo haber vislumbrado el paraíso y regresar sin perder la cordura. Esa caprichosa reaparición en mi vida también me turba, porque quizá pudiera tener algún sentido, que yo no sé descubrir. Los griegos no concebían la eternidad y les cautivaba la idea del retorno. Yo estoy solo ahora —con esa soledad que es necesaria para entender a los solitarios— y también me pierdo en divagaciones extravagantes y quizá fútiles y me inquieta el redescubrimiento, el retorno inesperado, de este taná, este sabio rabínico, que vivió a finales del siglo I y principios del II de la Era Cristiana. Fue capturado por los romanos y torturado hasta la muerte en el año 135. Su vida y su obra me han interesado y quiero conocer mejor su obra. Me he empeñado también en descubrir hasta dónde llegó mi tío en lo que probablemente fue un fatigoso camino de iniciación.

7 de diciembre de 2016

De lo imaginado y lo vivido (2 de 3)

Llegué, en efecto, a lo que parecía un pequeño monasterio, que estaba cerrado. Cuando ya me marchaba, vi a la derecha una puerta abierta, que daba entrada a un salón recoleto y lleno de encanto, con altos zócalos de cerámica azul, como la que vi fabricar hace ya muchos años en Iznik, en Anatolia. Dentro había gentes que celebraban algo, no sé exactamente qué, en un ambiente amable, vestidos todos de un blanco inmaculado. Se oía la música de esa cítara popular en Baviera —y en la vecina Austria, como la que toca Anton Karas en la película El tercer hombre, de Carol Reed— y alguien interpretaba muy lentamente una melodía dulcísima.
Fue uno de esos momentos insólitos que se viven a veces y que justifican, por sí solos, cualquier viaje. Los reunidos me vieron llegar, me invitaron a entrar cortésmente y hablaron conmigo, como si me conocieran de toda la vida. Había una atmósfera de paz y serenidad, como yo nunca había vivido hasta entonces. Era, sobre todo, la luz; una luz limpia y distinta de la habitual, que parecía ser la única realidad existente. Así debió de ser la del primer día de la Tierra, cuando Dios dijo “Haya luz”, antes de que fuera creado el Sol (Génesis, 1, 3, primer relato de la creación). Venía de arriba, del techo, de una tenue niebla resplandeciente, que llegaba hasta nosotros y nos aislaba del mundo y, junto con la música, nos hacía como flotar en un estado de calma y felicidad imposible de describir. Por desgracia, era absolutamente forzoso seguir mi viaje y me despedí, ya con una anticipada y dolorosa nostalgia.
Lo que ha ocurrido después, vuelto ya a España, es de todo punto incomprensible. He indagado en las más completas enciclopedias la existencia de un monasterio en la zona y no lo he podido encontrar. Lo mismo pasa con los dos pueblecitos que hube de cruzar para llegar al lugar. No existen, no hay constancia de sus nombres en ninguna parte. Es como si se los hubiera tragado la tierra. Estaba tan perplejo, que telefoneé al consulado alemán y tampoco allí supieron darme noticias con mis datos.
La situación me parecía inexplicable y llamé a la empresa en la que alquilé el coche. Les pedí con todo interés que me dijeran, en el mapa del sur de Baviera —el editado por ellos mismos y que yo había manejado en mi viaje—, en la zona que les indiqué con toda precisión, el nombre del monasterio señalado con una estrella azul, y el de los dos pueblecitos que hay que pasar para llegar a él, partiendo de Bad Tölz. Di los nombres de estos pueblos y me contestaron que habían estudiado el mapa y no había ninguna estrella azul, ni ningún monasterio en esa zona concreta; tampoco figuraban esos dos pueblos ni nadie los conocía. Pensaron que yo estaba equivocado y quedaron en enviarme el mapa por correo.
Hace una semana me llegó, idéntico al que utilicé, sin lugar a dudas. Efectivamente, no aparecen en él por ninguna parte —no existen— ni el monasterio ni los dos pueblos que atravesé. Empecé a pensar que quizá tampoco eran reales los lugares y los seres que me encontré en mi camino ese día. Parece que nada de eso hubiera ocurrido en este mundo.
También me llegaron las fotos del viaje, con una nota de la empresa encargada del revelado, en la que me dan algunos datos y me recaban información. Dicen que una parte del rollo apareció tan intensamente velada, que sugería una exposición a una rara luz de extraordinaria potencia. No sólo las sales de plata han sido extremadamente alteradas, sino que la matriz de gelatina en la que van suspendidas, y hasta el propio soporte, el celuloide, han sido descompuestos y modificados de manera extrañísima. La cinta era tan frágil y quebradiza en ese tramo que se rompía al tocarla y tuvieron que suprimirla. Me cuentan que no han visto nunca algo parecido y me preguntan, con gran interés, en qué lugar y con qué luz utilicé la cámara. Se refieren a la parte del rollo entre Regensburg y Murnau, el que corresponde a las fotos que hice en esa especie de monasterio fantasma; faltan todas esas fotos, no hay ninguna. Ya no sé qué pensar de todo esto y, desde luego, no encuentro explicación para lo ocurrido; ni con la filmación dañada, ni con la aparente e insólita desaparición del lugar.

Este relato de mi tío me llamó poderosamente la atención, cuando lo leí por primera vez, y ahora buscaba con su relectura alguna claridad en lo que intuí confusamente entonces. Porque, aunque para mí y para todo el mundo la historia parecía una probable ficción, nacida de la imaginación de un escritor, se daba la circunstancia de que, a partir de aquel viaje, mi tío empezó a tener un comportamiento extraño, una actitud diferente frente a la vida y el mundo.
(continuará) 

3 de diciembre de 2016

De lo imaginado y lo vivido (1 de 3)

Amigo lector, muchas veces la gente se pregunta algo intrigada de dónde sacamos los escritores de ficción las tramas, los asuntos de nuestros relatos. Yo creo que en la mayoría de los casos surgen sin más o incluso de manera algo forzada, respondiendo a una búsqueda intencionada por parte del escritor, que se estruja el magín. En ocasiones, sin embargo, sí puede haber algún suceso o evocación que espolee el proceso creativo. Un cuento mío responde a esta circunstancia y me ha parecido interesante exponer primero el relato y después el evento que influyó en su nacimiento. Ahí va la narración, lo imaginado y escrito. Después contaré el hecho real y hasta podré, espero, mostrar un vídeo. Como otras veces, divido la narración en fragmentos. Si a alguien no le gusta el procedimiento, sólo tiene que esperar al tercero y último y leerlos de un tirón.

DE LO IMAGINADO Y LO VIVIDO

Mi tío ha muerto recientemente y ahora sé que nunca llegué a conocerlo bien. Él vivía en su ciudad andaluza, venía a Madrid sólo ocasionalmente y era yo el que iba a veces a su casa, en donde estoy precisamente ahora. De joven, me intimidaba un poco, aunque siempre fue cariñoso y afable conmigo. Lo veía lejano y sabio, viviendo solo en este caserón enorme, sin familiares cercanos, eternamente sumido en lecturas e indagaciones a las que le llevaba su trabajo de bibliotecario y su condición de cronista. Hablaba de cosas amenas, pero desconocidas de casi todos y a menudo ligeramente misteriosas o indescifrables.
Los últimos tiempos estaba como perdido. Su muerte, relativamente inesperada, porque se encontraba bien a pesar de sus setenta y ocho años, me entristeció mucho. Vine entonces una vez más a esta ciudad para el entierro y unas semanas después he tenido que volver para hacerme cargo de la casa, ya que me la dejó a mí, uno de sus tres herederos, con todas sus pertenencias. He decidido pasar aquí unos días, sumergirme en los muchos papeles y fotos que ha dejado y revisar un poco su bien nutrida biblioteca.
He vuelto a leer un relato suyo, Viaje a Baviera, que apareció en la revista literaria local Bétula, de la que era habitual colaborador, hace ahora unos dieciocho años. Lo transcribo entero, para que se entiendan mis sospechas e incertidumbres respecto a todo lo que contó en el artículo. Hago notar que es de mayo de 1998:
VIAJE A BAVIERA

¡Oh, gentes de Al-Andalus... el paraíso sólo está en vuestra tierra! 
Abu Ishaq Ibn Ibrahim Ibn Abu Al-Fath Ibn Khafajah (1058-1139)

Queridos lectores, este mes escribo sobre Baviera. Quizá también sobre algún otro lugar desconocido y oculto —un salón de color azul cobalto fucilando en las paredes y una luz singular y distinta—, situado como en alguna otra dimensión de la realidad. Intentaré explicarme.
Llevaba tiempo sin venir por esta tierra alemana, especialmente querida; seguramente, por tener conocimiento de su lengua, gracias a que mi madre se empeñó en que la aprendiera de pequeño, con doña Hildegard, una de las pocas extranjeras que vivían entonces en Úbeda, que me daba también clases de piano. Aunque viajé por motivos profesionales, he gozado otra vez de sus hermosos paisajes y de la alegría de sus gentes. Eso de que los alemanes no hacen mucho ruido cuando se reúnen es una de las numerosas ideas falsas que los diversos pueblos tienen unos de otros. Nosotros, eso sí, hablamos todos a la vez y aquí lo hacen algo más ordenadamente, casi siempre de uno en uno. Aunque luego las risotadas, las muestras de aprobación o desaprobación, las bromas y las canciones sean igual de ruidosas o más que en España.
Alquilé un coche para ir desde Regensburg (la antigua y bellísima Ratisbona medieval) hasta Murnau, muy cerca del lago Staffelsee, al sur de Munich. En la guantera del coche había un mapa de la región, bastante detallado, en el que pude ver, indicado con una estrella azul como monumento interesante, un ‘Kloster’, un monasterio, sin nombre, situado cerca de una ciudad llamada Bad Tölz. No había venido para hacer turismo, pero como apenas tenía que apartarme de mi ruta, pasando un par de pequeñísimos pueblos, cuyos nombres recuerdo perfectamente, decidí visitarlo.

(continuará)

29 de noviembre de 2016

Resaca tras los momentos felices


Amigos lectores, perdonadme que hoy hable más explícitamente de mí —siempre que se escribe, de algún modo se habla de uno mismo—, de aconteceres más personales. El pasado día 25, viernes, se presentó, como audioteatro, mi obra Don Juan de Bergerac, en la recoleta biblioteca del Retiro de Madrid. Era una muy bella tarde de otoño, levemente incómoda por la lluvia y el frío. Muy soportable todo, por nuestro benigno clima, aunque quizá no tanto para algunas personas mayores, las personas de más edad.
La sala se llenó, a pesar de mi correo en el que rogaba a los más mayores que se quedaran en casa, recomendación que no todos siguieron (podría yo pasar al Guinness por ser el primer presentador de un evento que en la convocatoria recomienda la no asistencia). La tarde transcurrió sosegada y plácida y creo que la obra gustó y la interpretación de los actores también. Una vez que pasó todo, arrollado y destruido por el imparable caminar del tiempo, me asaltó de nuevo un viejo conocido, un sentimiento agridulce, que me suele acompañar en ocasiones así.
Leslie Alan Murray, gran poeta australiano nacido en 1938, escribió: “Y como siempre ocurre, después de un triunfo, / estuve, por supuesto, inconsolable”. En mi caso no había ningún triunfo, pero pienso que, para las personas sensibles, en cualquier situación venturosa y alegre siempre queda un rincón de insatisfacción y nostalgia, de recuerdos y sueños melancólicos, que sólo los más simples logran borrar del todo. Se percibe la fugacidad de los momentos gozosos, se anticipa la pronta huida de la felicidad y el éxtasis. La vida se cobra fatalmente su tributo de desesperanza, porque constatamos que al final, irremediablemente, todo está tocado de banalidad, de evanescencia.
Para mí, ¡todo fue tan espléndido! Ver a tantos amigos que quisieron compartir el día conmigo y verlos felices juntos, disfrutando de la reunión y del ambiente. Amigos de Madrid que por desgracia no nos encontramos tan a menudo; alguien de mi pueblo que no veía en casi sesenta años; un colega, que se había excusado por una operación de cataratas y de repente apareció allí, intervenido el día anterior. Gentes que ven o se mueven con dificultad, que salen poco ya de casa por la noche, y que se esforzaron por venir. Gentes para las que la amistad cuenta mucho, que han hecho de la camaradería un compromiso, un deber sagrado.
No todos eran mayores, claro. Había hasta hijos de amigos míos, a los que conozco desde que eran niños. En el bello prólogo de Los intereses creados —tuve la fortuna de oírselo a Manuel Dicenta y eso ya no se olvida jamás—, se dice: “Gente de toda condición, que en ningún otro lugar se hubiera reunido, comunicábase allí su regocijo, que muchas veces, más que de la farsa, reía el grave de ver reír al risueño, y el sabio al bobo”. En mi auditorio había catedráticos, académicos, presidentes de sociedades científicas y cívicas, alguna cantautora, expertos en poetas españoles, un arquitecto y dibujante brillante, que ilustró la contraportada de mi libro El secuestro del sabio, escritores, etc. Y nadie bobo, aunque sí gente más sencilla, unidos todos por su amistad y su benevolencia hacia mi persona.
No quiero hoy hacer literatura, sólo quiero expresar mis sentimientos. Es difícil, es imposible, no estar agradecido; no pensar que, gracias a ellos, pude gozar un momento mágico, quizá irrepetible. Cuando uno presenta un libro, el libro queda y se puede leer siempre. Una obra de teatro, y en eso reside buena parte de su magia, es algo distinto: nace para morir inmediatamente, como esos insectos del orden Ephemeroptera, de nombre efímeras o efémeras, que viven, como indica su nombre, muy poco, apenas un día; en ocasiones menos de una hora, como la Dolania americana.
Yo he escrito muy poco teatro: este Don Juan y una pieza corta, que compuse con poco más de veinte años, de cuyo texto, con versos de Alberti —algo que no era enteramente inocente en la época—, he perdido el rastro, aunque conservo el programa impreso. Eran dos intérpretes, uno de ellos fue luego un político muy conocido, que murió relativamente joven: Gabriel Cisneros (Gabi entre nosotros, los amigos). ¡Quién nos iba a decir entonces! Las Moiras nos eran totalmente ajenas, Átropos tenía bien escondidas sus terribles tijeras; ahora están más presentes. Os dejo unas fotos; en una de ellas estoy con una personificación del Antruejo, el bullicio, el Carnaval. Se abrazó a mí de joven y desde entonces no me ha dejado.
Gracias a todos; sabéis que escribo por y para vosotros.



Cincuenta y cinco años más tarde, en los mismos empeños.