21 de noviembre de 2014

Realidad y fantasía en la literatura (fin)


Nos encaminábamos ya hacia Murnau. Habíamos dejado atrás las congestionadas autopistas y conducíamos por esas bellas y cuidadas carreteras secundarias alemanas. En un mapa que estaba en el coche alquilado, vi una estrella azul, indicando un kloster, un monasterio de interés turístico, cercano a una pequeña ciudad, Bad-Tölz, sin indicar exactamente cómo llegar. Quisimos visitarlo y me aventuré por una vía muy secundaria, que se fue haciendo cada vez más estrecha. En la distancia se dibujaba la silueta de unos edificios grandes. La carretera estaba sin asfaltar en los últimos metros. Llegamos hasta los edificios, uno de los cuales era claramente una modesta iglesia rural.

La puerta estaba cerrada, pero se podía franquear. Entramos y nos encontramos con un grupo de poco más de veinte personas que asistían a misa. La iglesia era una de tantas, barroca, en el estilo de la zona, con profusión de santos, vírgenes y angelitos. Nos colocamos detrás del grupo, en silencio. Casi nadie notó nuestra llegada. El sacerdote se dirigió a una pareja de ancianos en la primera fila y les entregó un regalo. El hombre era bastante alto y la mujer parecía una de esas viejecitas que se consumen en vida, dándose, vaciándose, literalmente, en sus hijos, en sus nietos. Se oía una música dulce y lenta, interpretada claramente por alguien no profesional. Había un enorme contraste entre el ajetreo de las carreteras y aquel reducto de paz. Una señora de la última fila le habló a mi esposa, tuteándola, lo que no es nada frecuente en Alemania, y le dijo que la vería a la salida.

Nos quedamos hasta el final de la celebración. El ambiente era tan sosegado y agradable, que podríamos haber permanecido allí la mañana entera, el día entero. Después de días viajando por Alemania, estábamos un poco cansados. Al salir, la señora que había hablado a mi esposa se acercó y se excusó, de la manera más amable y utilizando el usted, naturalmente, por haberla confundido con otra. Contó que conmemoraban las bodas de oro de unos amigos. Seguimos el viaje, había que seguir, pero lo hicimos todavía hechizados por lo vivido tan impensadamente. No quedó tiempo para visitar la abadía de Benediktbeuern y no nos importó demasiado. A la llegada a Murnau, y luego en España, hemos sido incapaces, a pesar de estudiar mapas muy detallados, de localizar el lugar tan especial en que estuvimos, la pequeña iglesia bávara.

Grabé un corto video, con la cámara de fotos. Se oye y se ve mal, pero lo ofrezco para dar una idea de lo trato de describir. De todo esto, sin una conexión demasiado evidente o lógica, nació la idea del relato. Es así como ocurre normalmente.
 
 

20 de noviembre de 2014

Realidad y fantasía en la literatura (IV)


En la entrada del quince de noviembre terminó mi relato Un viaje a Baviera, una ficción que debe parte de su trama a hechos reales, como trataré de explicar, y como ocurre a veces en todos los escritores. Aunque esto, en mi opinión, no es demasiado frecuente y casi siempre lo escrito se debe a la pura imaginación del autor. Suele tratarse de hechos sólo indirectamente relacionados con lo que se narra.

 Hace unos años, mi mujer y yo recorríamos Alemania, desde Regensburg, la antigua Ratisbona medieval, en la confluencia de los ríos Danubio y Regen —la ciudad en que nació Don Juan de Austria, hijo del amor o de lo que fuera entre el emperador Carlos y Bárbara Blomberg— hasta Murnau, al sur de Munich, junto al lago Staffelsee. En la ruta, queríamos visitar la célebre abadía de Benediktbeuern, fundada en el 739, originalmente benedictina, aunque ahora la ocupaban los salesianos.

La abadía ya fue visitada por Goethe en su tercer viaje a Italia, en 1786, pero se hizo famosa por haberse descubierto en ella, en 1803, el único manuscrito existente de los Cármina Burana, colección de canciones de los siglos XII y XIII, escritas casi todas en latín. Cármina quiere decir poemas o cantos y Burana es el gentilicio de Bura, el nombre latino de la actual Benediktbeuern.

Los poemas fueron escritos probablemente en Austria hacia el año 1230 y son un canto a la alegría de vivir y la búsqueda de los placeres terrenales, el amor carnal, el vino, el juego, la vida despreocupada de los estudiantes. También hay temas más filosóficos, como las estrofas dedicadas a la Fortuna, quizá las más conocidas de la obra, sobre todo desde que el músico alemán Carl Orff compusiera su famosa cantata del mismo título, Cármina Burana, estrenada en Frankfurt, en 1937.

Orff escogió veinticinco canciones y las ordenó para ser representadas. Desde joven conocía yo estos cantos, en la actualidad famosísimos, porque un discípulo destacado de Orff, el compositor español José Peris, que había estudiado bastantes años con él, decidió volver a España y tuvo una relación fugaz con mi Colegio Mayor de Madrid. Por todo ello, en mi viaje, buscaba yo la citada abadía, pero el azar me llevo a otro sitio que ni sé situar hoy con precisión. Dejo un vínculo para esa parte de la obra, la que canta a la Fortuna: http://youtu.be/GD3VsesSBsw. Las palabras iniciales son: O Fortuna, velut luna, statu variabilis, semper crescis aut decrescis…

(continuará)

17 de noviembre de 2014

A modo de aviso


Me prometí, y prometí, entradas menos frecuentes y más cortas en este blog. Sin embargo, acabo de enristrar tres, en días seguidos, y no cortas. Me justifico: era un relato, que no podía dividirse en demasiados fragmentos muy separados en el tiempo.

El título, Realidad y fantasía en la literatura, pretende explicar la trama de este relato concreto en virtud de hechos reales, vividos por mí y transubstanciados por mi imaginación; demoro su descripción, cumpliendo mi afán de moderar la frecuencia. Sirva esta nota para avisar a mis lectores: en próximos días escribiré más y me ajustaré al título de la entrada. Hablaré de un viaje a Baviera, de la abadía de Benediktbeuern, los Cármina Burana, Carl Orff, etc. Hasta pronto.
 
Me atrevo a sugerir o recomendar, a los lectores que visiten diariamente este blog, si los hubiere, que, cuando no haya entradas nuevas, lean alguna de las anteriores. Hay listas de ellas en los días 18 y 19 de octubre de 2014.

15 de noviembre de 2014

Realidad y fantasía en la literatura (III)


Este relato ya me llamó poderosamente la atención, cuando lo leí por primera vez, y ahora buscaba con su relectura alguna claridad en lo que intuí confusamente entonces. Porque, aunque para mí y para todo el mundo la historia parecía una simple ficción, nacida de la imaginación de mi tío, se dio la circunstancia de que, a partir de aquel viaje, empezó a tener un comportamiento extraño y una actitud diferente frente a la vida.

Siempre fue un hombre peculiar, pero desde entonces parecía vivir en otro mundo, inaccesible y secreto. Se jubiló enseguida, en contra de sus planes anteriores, y estaba siempre metido en la biblioteca de su casa, sin apenas salir. Hablábamos por teléfono algunas veces y me contaba su reciente pasión por el arameo, que estudiaba solo y que llegó a traducir con cierta soltura. Por ello, cuando he visto en un anaquel de su biblioteca el Sefer ha-Zohar, o Libro del Esplendor, de Moisés de León, un judío español del siglo XIII, que nació en Guadalajara o en León, lo he cogido sin vacilar. Este escritor atribuyó la obra a Shimón bar Yochai, un rabí del siglo II, que la habría escrito durante trece años, escondido en una cueva y estudiando sin descanso la Torah. Es quizá el libro fundacional de la literatura mística judía, la Kabbalah, y lo más probable es que se trate de un pseudoapócrifo y lo escribiera el propio Moisés de León, casi todo en arameo. Fue mi tío quien me dio estos detalles y quien me dijo que sólo unas veinte mil personas hablan hoy esa lengua en nuestro planeta.

Es una edición en castellano y dentro he encontrado unas hojas escritas con la menuda letra de mi tío, que conozco perfectamente. En un párrafo escribió:

 Aunque trato de acomodarme a mi nueva realidad, no sé hasta cuándo podré soportar este sentimiento de privación y desamparo. Tras haber visto lo que he visto, no tiene sentido permanecer en el mundo. No lamento mi experiencia en Baviera y lo me pregunto es por qué me sucedió a mí. Conozco bien la tradición mística, del antiguo Israel, de los cuatro sabios que vieron al Paraíso. El primero, Shimón ben Azai, lo contempló y murió en el acto. El segundo, Shimón ben Zoma, miró la ‘Luz Brillante del Ha-Shem’, no pudo resistirla y perdió la razón por completo. El tercero, Elisha Aher, vio la misma luz, comprendió que nada existe sino Dios, que nada vale ante Él, y abandonó para siempre el estudio de la Torah. El cuarto, el rabí Akiva ben Yosef, nombrado en el Talmud ‘cabeza de todos los sabios’, regresó esclarecido e indemne. Murió en Cesarea, mártir de los romanos, recitando la ‘shemá’, lleno de gozo y alegría. Yo también regresé, pero temo volverme loco, como Ben Zoma, y anhelo con toda mi alma revivir lo que viví.

He leído más papeles de mi tío y estoy seguro de que él creyó que había estado en alguna forma de Paraíso: en un lugar inhallable de Baviera, a donde llegó de manera casual; en un perdido monasterio que ni existe, ni existió nunca. ¿Estuvo allí en realidad? ¿Lo contó, veladamente, en la revista local y no quiso decir más entonces? Quizá él pensó que había tenido realmente una visión del paraíso. Después, trabajado por la soledad y la fatiga de vivir, siguió dando vueltas a esa oscura experiencia que se alejaba, cada vez más tentadora, y se adentró en las aguas oscuras y mistagógicas de la Kabbalah, para no retornar ya.

Otra posibilidad: todo fue una ficción, desde el principio, una ficción de escritor. Una historia que imaginó como juego y que luego tal vez lo trastornó, hasta el punto de hacerle cambiar su vida. ¿Puede alguien llegar a creerse tan perturbadoramente sus propias imaginaciones?

El mundo está lleno de misterios. En un libro de texto de mi carrera, leí unas palabras del rabí Akiva ben Yosef a su discípulo: “Hijo mío, por mucho que el ternero quiera mamar, es más lo que la vaca desea darle”. Quedó su nombre en mi memoria, sin más. Ahora, treinta años después, lo vuelvo a encontrar en la casa de mi tío muerto, y me entero de que este rabí pudo haber vislumbrado el paraíso y regresar sin perder la cordura. Esta caprichosa reaparición en mi propia vida también me turba; quizá tiene un sentido, que no sé descubrir. Los griegos no concebían la eternidad y les cautivaba la idea del retorno. Yo estoy solo ahora —con esa soledad que es necesaria para entender a los solitarios— y quiero descubrir hasta donde llegó mi tío en lo que probablemente fue un fatigoso camino de iniciación.
(continuará)

14 de noviembre de 2014

Realidad y fantasía en la literatura (II)


Alquilé un coche para ir desde Regensburg (la antigua y bellísima Ratisbona medieval) hasta Murnau, muy cerca del lago Staffelsee, al sur de Munich. En la guantera había un mapa de la región, bastante detallado, en el que pude ver, marcado con una estrella azul como monumento interesante, un ‘Kloster’, un monasterio, situado cerca de una ciudad de nombre Bad Tölz. No había ido para hacer turismo, pero como apenas tenía que apartarme de mi ruta, pasando un par de pequeñísimos pueblos, de cuyos nombres me acuerdo perfectamente, decidí acercarme a visitarlo.

Llegué, en efecto, a lo que parecía un pequeño monasterio. Estaba cerrado y llamé, sin que contestara nadie. Cuando ya me marchaba, vi a la derecha una puerta abierta. Era un salón recoleto y lleno de encanto, con altos zócalos de cerámica azul, como la que vi fabricar hace ya muchos años en Iznik, en Anatolia. Dentro había gentes que celebraban algo, no sé exactamente qué, en un ambiente amable, vestidos todos de un blanco inmaculado. Se oía la música de esa cítara popular en Baviera —y en la vecina Austria; como la que toca Anton Karas en la película ‘El tercer hombre’, de Carol Reed— y alguien interpretaba muy lentamente una melodía dulcísima.

Fue uno de esos momentos insólitos que se viven a veces y que justifican, por sí solos, cualquier viaje. Los reunidos me vieron llegar, me invitaron a entrar cortésmente y hablaron conmigo, como si me conocieran de toda la vida. Había una atmósfera de paz y serenidad, como yo nunca había vivido hasta entonces. Era, sobre todo, la luz; una luz limpia y distinta, que parecía ser la única realidad existente. Así debió de ser la del primer día de la Tierra, cuando Dios dijo “Haya luz”, antes de que fuera creado el Sol (Génesis, 1, 3, primer relato de la creación). Venía de arriba, del techo, de una tenue niebla resplandeciente, que aislaba del mundo y que, junto con la música, te hacía flotar en un estado de felicidad imposible de describir. Por desgracia, tenía que seguir mi viaje y me despedí, ya con una anticipada y dolorosa nostalgia.

Lo que ha ocurrido después, ya en España, es de todo punto incomprensible. He buscado en las más completas enciclopedias el nombre del monasterio y no lo he podido encontrar. Lo mismo pasa con los dos pueblecitos que hube de cruzar para llegar al lugar. No existen, no hay constancia de sus nombres en ninguna parte. Es como si se los hubiera tragado la tierra. Estaba tan perplejo, que telefoneé al consulado alemán y tampoco allí supieron darme noticias.

La situación me parecía inexplicable y llamé a la empresa a la que alquilé el coche. Les pedí con todo interés que me dijeran, en el mapa del sur de Baviera —el editado por ellos mismos y que yo había manejado—, en la zona que les indiqué con toda precisión, el nombre del monasterio, que aparece con una estrella azul, y el de los dos pueblecitos que hay que pasar para llegar a él, partiendo de Bad Tölz. Me contestaron que habían estudiado el mapa y no había ninguna estrella azul, ni ningún monasterio en la zona. Quedaron en enviarme el mapa por correo.

Hace una semana me llegó el mapa; idéntico al que yo utilicé durante mi viaje, sin lugar a dudas. Efectivamente, no aparecen en él por ninguna parte, no existen, ni el monasterio que yo visité, ni los pueblos que atravesé. Quizá tampoco eran reales los lugares y los seres que me encontré en mi camino ese día. Parece que nada de eso hubiera ocurrido en este mundo.

También me llegaron las fotos que tomé durante el viaje, con una nota de la empresa encargada del revelado, en la que me dan algunos datos y me piden información. Dicen que una parte del rollo apareció tan intensamente velada, que sugiere la exposición a una luz de extraordinaria potencia. No sólo las sales de plata han sido extremadamente alteradas, sino que la matriz en la que van suspendidas, y hasta el propio soporte, el celuloide, han sido descompuestos y modificados de manera extrañísima. Nunca han visto algo parecido y me preguntan, con gran interés, en qué lugar utilicé la cámara. Se refieren a la parte del rollo entre Regensburg y Murnau, el que corresponde a las fotos que hice en el monasterio, que faltan todas. Ya no sé qué pensar de todo esto y, desde luego, no encuentro explicación para lo ocurrido; ni con la filmación, ni con la insólita desaparición del lugar.
(continuará)

13 de noviembre de 2014

Realidad y fantasía en la literatura (I)


Amigo lector, aquí estoy otra vez, que nunca dije que mi abandono del blog hubiera de ser definitivo y total. Y querría hoy empezar un tema algo complicado y que no puede ser breve, ex necessitate rei: la mezcla de realidad y fantasía en la literatura, que tantas veces intriga a los lectores. Además, al final quiero insertar un video propio, aventura absolutamente inédita en estas lides mías y de la que espero salir airoso. En fin, empezaré y sea lo que Dios, o el demonio, quiera.

Pretendo explicar la génesis de un relato corto mío, de índole fantástica, Viaje a Baviera, de mi libro El misterio de los editores; mostrar los sucesos reales que me sugirieron la trama del relato. En estas historias, la mayoría de las veces todo nace del magín del escritor, pero también hay algún caso en que la realidad es misteriosa y desconcertante y te brinda la urdimbre del cuento. Pensé en resumir este y veo que es imposible. Lo copio, pues, íntegro, dividido en tres partes, y luego comentaré cómo nació. Mi propósito de abreviar las entradas no será fácil de cumplir en muchos casos; lo que sí haré es hacerlas menos frecuentes. En esas estamos.

*** VIAJE A BAVIERA (relato) *** 
 
¡Oh, gentes de Al-Ándalus,
... el paraíso sólo está en vuestra tierra!
Abu Ishaq Ibn Ibrahim Ibn Abu Al-Fath Ibn Khafajah (1058-1139)

Mi tío ha muerto recientemente y ahora sé que nunca llegué a conocerlo bien. Él vivía en su bella ciudad, en la provincia de Jaén, viajaba a Madrid sólo ocasionalmente y era yo el que venía a veces aquí, a su casa, en donde estoy ahora. De joven, me intimidaba un poco, aunque siempre fue cariñoso y afable conmigo. Lo veía lejano y sabio, viviendo solo en este caserón enorme, sin familiares cercanos, eternamente sumido en lecturas e indagaciones a las que le llevaba su trabajo de bibliotecario y su condición de cronista. Hablaba de cosas amenas, pero desconocidas de casi todos y a menudo ligeramente misteriosas o indescifrables.

Los últimos tiempos estaba como perdido. Su muerte, relativamente inesperada, a pesar de sus setenta y nueve años, me entristeció mucho. Vine una vez más a esta ciudad para el entierro y unas semanas después he tenido que hacerme cargo de la casa, porque me la dejó a mí, uno de sus tres herederos, con todas sus pertenencias. He decidido pasar aquí unos días, sumergirme en los muchos papeles y fotos que ha dejado y revisar un poco su nutrida biblioteca.

He vuelto a leer el relato Viaje a Baviera, que apareció en la revista literaria local Bétula, de la que era habitual colaborador, hace ahora unos trece años. Lo transcribo entero, para que se entiendan mis sospechas e incertidumbres respecto a todo lo que contó en el artículo. Hago notar que es de mayo de 1998

Queridos lectores, este mes escribo sobre Baviera. Quizá también sobre algún otro lugar desconocido y oculto —un salón con el color azul cobalto fucilando en las paredes y una luz singular y distinta—, situado en alguna otra dimensión de la realidad. Intentaré explicarme.

Llevaba tiempo sin ir a esa tierra alemana, especialmente querida; seguramente, por tener algún conocimiento de su lengua, gracias a mi madre, que se empeñó en que la aprendiera de pequeño, con doña Hildegard, que me daba también clases de piano. Aunque viajé por motivos profesionales, he gozado otra vez de aquellos hermosos paisajes y de la alegría de sus gentes. Eso de que los alemanes no hacen mucho ruido cuando se reúnen es una de las numerosas ideas falsas que los diversos pueblos tienen unos de otros. Aquí, eso sí, hablamos todos a la vez y allí lo hacen algo más ordenadamente, casi siempre de uno en uno. Luego, las risotadas, las muestras de aprobación o desaprobación, las bromas y las canciones son igual de ruidosas o más que en España.
(continuará)
 

7 de noviembre de 2014

Sobre la dificultad de los idiomas (fin)


Leo en alguna parte que una determinada actuación fue el ‘clou de la velada’. La palabra en cursiva es francesa y significa clavo. Por el contexto se entiende el sentido de la expresión, pero busco en el oportuno diccionario y encuentro la expresión le clou du spectacle, con el sentido de atracción principal de un evento. Y también: clouer le bec à quelqu’un, cerrarle el pico a  alguien. Clouer quelqu’un au pilori, poner a alguien en la picota. Ma montre est au clou, mi reloj está empeñado. Être maigre comme un clou, estar delgado como un palillo. Ne pas valoir un clou, no valer un pito. Et cetera.

Encuentro igualmente, en una obra de Pierre Daninos, la expresión entre la poire et le fromage. Quiere decir, literalmente, entre la pera y el queso y alude a un tiempo relajado, para tratar cualquier tema con calma, sin prisas. El tiempo entre el postre y lo que he oído llamar a veces, en español, ‘repostre’ (no registrada en el DRAE).

En el mismo libro encuentro la palabra sueca, Valborgsmässoafton. El sueco está fuera de mi horizonte lingüístico, pero me llamó la atención la enorme palabra. Designa una festividad similar a la Walpurgisnacht alemana. Ambas derivan de una fiesta celta, que marcaba el inicio del verano pastoral y la marcha de los ganados a los prados de montaña. Es la noche del treinta de abril al uno de mayo —para algunos, el cumpleaños de Satanás—y en algunos lugares se asocia a prácticas de brujería, por lo que se la conoció como noche de las brujas. Los romanos consagraban el mes de mayo a los antepasados y pensaban que estos podían aparecer entre los vivos. Recomendaban no casarse en ese mes, porque podía uno matrimoniar con una persona del otro mundo. Bueno, pues a lo mejor no resultaban peores, digo yo.

Tantas palabras, tantos giros, tantos idiomas. Escribo todo esto, no para mostrar cierto manejo de lenguas, sino justamente para lo contrario. Es casi imposible dominar perfectamente un lenguaje no materno, salvo quizá si se aprende muy tempranamente. La multiplicidad de lenguas —hay más de siete mil en el mundo— siempre me ha parecido un castigo, aunque cada una tenga su gracia y su belleza. No digamos si se emplean para justificar o fomentar diferencias, odios o exclusiones.

Tal vez he aburrido un poco, pero quería compartir estas ideas. Seguramente nos pasa a todos los que escribimos un blog: creemos que tenemos cosas que decir. Ocurre, sin embargo, que nos podemos pasar la vida entera muy equivocados con nosotros mismos. Creyéndonos guapos, listos, que escribimos bien… Por eso conviene recordar que la modestia no estorba nunca.

6 de noviembre de 2014

Sobre la dificultad de los idiomas


Al preparar hace poco el índice de temas, en las entradas del 18 y 19 de octubre, compruebo que en la del 24 de mayo traduje City Lights, la bella película de Charles Chaplin, por Candilejas. No sé en qué estaría pensando; esto me da pie para elucubrar un poco.

Los idiomas son traicioneros, engañosos. En un muy viejo chiste, un marinero llega a puerto y pregunta a alguien en el muelle: Parlez-vous français? Yes, responde este. Eso es inglés, dice el marinero (no se sabe en qué idioma). El otro lo entiende y dice: ¡Anda, ya sé otro idioma! Malo, malísimo, el chiste, para qué engañarnos.

Viene todo a que es muy difícil manejar bien, de verdad, un idioma extranjero. Creemos dominar una lengua y podemos estar muy equivocados. Un inteligente amigo de Toronto, después de leer una frase muy circunstancial de mi blog, me escribe: why such morose view of life? (¿Por qué esa triste visión de la vida?) Conozco el adjetivo, pero quiero saber si moroso, en español, tiene alguna acepción relacionada con su significado en inglés. No en el DRAE. En el Merriam-Webster, morose tampoco tiene acepción alguna ligada a ‘demora’.  Se trata, pues, de un típico caso de ‘falsos amigos’ (palabras parecidas en su grafía, en dos idiomas, que significan cosas muy distintas). En la descripción del término inglés se remite a los sinónimos: sullen, sulky, surly, dour, glum (no gloomy, más habitual). Conocer todas estas palabras, sus sutiles diferencias semánticas, etc., es algo que me sobrepasa claramente. No, no son fáciles los idiomas.

El título de la película de Chaplin en inglés es Limelight. La traducción de la voz candilejas es, sin embargo, footlights, aunque el título español de la película está muy bien escogido. Limelight —luz de calcio o de Drummond— se refiere a un tipo de iluminación especial usada en los escenarios en el siglo XIX, que no se usa hoy día, si bien se ha conservado el nombre. La potente luz que enfoca a veces un área reducida del escenario se llama spotlight. O sea, footlight, limelight, spotlight… Los idiomas, repito, no son fáciles.

Termino, para abreviar. Seguiré mañana y explicaré por qué dedico una entrada a este tema algo aburrido. Para compensar, me gustaría, lector, eso sí, que leyeras mi entrada del 24 de mayo, en la que hablo de Luces de la ciudad. Y te doy ahora, que no lo hice entonces, el vínculo para su final: http://youtu.be/C_vqnySNhQ0. Son unos minutos inolvidables: glorioso, puro, inmortal folletín.

(continuará)

1 de noviembre de 2014

El hombre y el invento de la palabra


El premio “Príncipe de Asturias” de las Letras recayó este año en el escritor irlandés John Banville. Su discurso fue un encendido canto a la palabra. Cualquiera que haya seguido mis entradas o, simplemente, recuerde la viñeta que las acompaña, con la cita de Goethe sobre la palabra, entenderá que me gustó la prédica. Banville dijo, exactamente: “La invención más trascendental de la humanidad es la frase. Han existido grandes civilizaciones ignorantes del concepto de la rueda, pero poseían la frase, pues sin ella no habrían sido ni grandes ni civilizadas”.

Estoy completamente de acuerdo. El ser humano está especialmente dotado, pertrechado para la palabra, que sólo está ausente en los estadios más primitivos de su evolución. De hecho, su facilidad para crear o modificar un conjunto articulado de palabras, una lengua, podría hasta calificarse de excesiva. Bastan períodos relativamente cortos de aislamiento para que surja, como un milagro, un idioma distinto.

No se es hombre sin la palabra, porque todo gira en torno a ella. Dijo Banville:  “Con frases pensamos, especulamos, calculamos, imaginamos. Con frases declaramos nuestro amor, declaramos la guerra, prestamos juramento. Con frases afirmamos nuestro ser. Nuestras leyes están escritas con frases”. Obviamente, es lo mismo hablar de frases que de sus constituyentes esenciales, las palabras.

Sólo hay otra cosa que puede competir con la palabra: el número. Toda mi vida he estado muy atento a ellos y estoy persuadido de que los utilizamos, de manera inconsciente, más de lo que creemos. En un breve ensayo traté de demostrar cómo los médicos, para llegar al diagnóstico, manejan números, sin saberlo. En ciertas regiones del pensamiento, los números, con su inmanente rigor, son todo. Pero, argumenta Banville, la virtud del lenguaje radica precisamente en su ausencia de rigor, en su necesaria ambigüedad. Porque “la ambigüedad es la esencia de la vida”, añade.

El lenguaje es la lucha de la palabra por abarcar y describir la realidad. Esa quimera quizá resulte inalcanzable, pero en su camino el hombre encuentra y crea la belleza. Hay algo de sublime, de heroico, en el empeño humano por dibujar el contorno de las cosas, por apropiárselas con la palabra. Dice Banville que somos torpes para alcanzar con la palabra el corazón de las cosas. En ese eterno intento por lograrlo reside el ímpetu prometeico, fáustico del lenguaje. Y cita a Samuel Beckett para declarar que “nuestra gloria estriba en persistir, desalentados, pero jamás vencidos”.

Todo esto trasciende el carácter de oficio, de aprendizaje, que puede tener la escritura, sobre el que Muñoz Molina, premio del año pasado, insistió en su discurso de entonces. Existe, naturalmente, ese componente en la creación artística, pero, como ya apuntó Manuel de Falla, el artista supera lo que la técnica tiene de mero oficio. Lorca escribió que las normas en arte “son necesarias para los principiantes, después para los mediocres”. Para mí, el artista debe escuchar, sobre todo, el terror de la muerte, la fugacidad del amor y el paso inexorable del tiempo. Y trabajar movido por la intuición, no por reglas, que pueden ser moduladas, o adulteradas, por el oficio.

Breve, bello y sentido. Este es mi resumen del discurso de John Banville, premio Príncipe de Asturias del año 2014.

16 de octubre de 2014

Despedida, temporal y parcial (fin)


Lector amigo, una confesión pertinente: nadie me ayudó a difundir mis obras. Quiero decir, alguien con posibilidades de hacerlo de manera efectiva. Mis amigos han hecho lo que han podido, con la mejor intención. Pero personas a las que, por diversas razones, pude dirigirme —del mundo editorial, escritores, agentes literarios, críticos—, de esas, ninguna. Hasta he creído notar en ellas una reacción común. Algo así cómo: ¿qué quiere este médico, metiéndose en el mundo de la literatura? ¿No tiene bastante con lo suyo? ¿A quién quiere epatar? Lo conté en clave de humor en la primera entrada de este blog y ahora lo desgranaré un poco más. Antes de seguir, diré, con el mayor candor, que todos los que han leído escritos míos los han encontrado más que dignos: profesores, médicos, catedráticos de literatura, etc. Eran más o menos conocidos míos, pero uno nota cuando la gente es sincera, cuando le ha gustado lo que ha leído.

¿Concursos? Mi novela la presenté a dos concursos, sucesivamente: el Nadal y el Ciudad de Tal (callo el nombre, una capital de provincia importante, con antigua Universidad). La obra ganadora del primero era un engendro, sin paliativos. La leí como una penitencia y ni tomé notas, en contra de mi costumbre. Quizá no soy imparcial, ¿verdad? Lector, te ofrezco retazos de otra obra de la misma autora, de la que sí tomé algún apunte. Casi sin comentarios, para ajustarme a la extensión normal de mis entradas: “lejanía de la botella, ¡qué buen título para un poema!”. [...] “a cambio de sentir y, sintiendo, sentir que antes sintieron”. ¿Es esto una aliteración, un quiasmo, un retruécano? No hay figura retórica que alcance a designar este monumento al mal gusto, a la cacofonía. [...] “El peligro real nunca te pareció realmente peligroso”. [...] “casi simultáneamente se produjo el prodigio, o se prodigió el producto”. [...] “Evita a los demás sin evitarte”. [...] “¿Cómo podéis seguir pudiendo?”. [...] “Su súbito arrebato les había arrebatado”.

De la obra ganadora del segundo concurso: “Apenas tenía un beso que llevarse a la boca”. […] “Corría un reguero de sangre coagulada”. Una sangre coagulada no puede correr. Todo faltas menores, te oigo decir, lector. Bueno, espera. En una reunión de amiguetes, ya metidos en años, deciden irse de farándula, de ‘putillas’. Y entonces, el que se supone más gracioso de ellos, hace notar, no sin cierta consternación: “Pero, amigos míos, ¿quién pondrá el vigor en nuestros miembros viriles?”. […] Ante la muerte de un violinista, el autor de la novela maquina que le pongan el violín en el ataúd, justamente entre los muslos. Para que así, su viuda, en el entierro, pueda lamentarse en presencia de todos, justificadamente: “Ay, marido mío. Lo que nos divertíamos con lo que tienes entre las piernas; con el placer que me producía tu instrumento”. La viuda no es procaz en absoluto; habla así, porque sabe que el violín va a ser enterrado con su pobre marido. De todo este embrollo surge la finísima, la sutil hilaridad del asunto.

Ínfima, pésima literatura. ¿Y cuál es el problema? Pues que se presentaron a estos concursos centenares de obras y esto podría arrojar las más ominosas sombras sobre nuestra producción literaria. No es así, porque veo otras obras, desconocidas, que están muy bien escritas y no se parecen en nada a las aquí mostradas. Apenas se venden, sus autores son ignotos. ¿Cómo es esto posible? Pues ahí tienes, lector, la fuente de todas mis zozobras y lo que me tiene permanente maravillado y asombrado de nuestro mundillo literario, en el que los zorroclocos son demasiados.

Concedo a todo esto ninguna importancia. A mí me queda ya un solo anhelo: tener otra vez veinticinco años y conducir mi coche por la Quinta Avenida y eso no es fácil de conseguir, aunque ando en negociaciones. ¿Que con quién? Con quién va a ser, lector. Pero otros muchos autores no sentirán lo mismo. Debe de ser muy triste, para un escritor joven que empiece y quiera abrirse camino, comprobar tanta zafiedad triunfante y tanto compadreo. Se le quitarán forzosamente las ganas de seguir. ¿Qué interés puede tener ganar, en un juego en el que se hacen tantas trampas?

Publicar es un problema soluble; cada vez más, porque los medios digitales acabarán imponiéndose. Lo realmente complejo, o imposible, es lograr la difusión de lo publicado. Uno puede dirigirse a las páginas culturales de los periódicos. En algún caso lo hice, sin respuesta alguna. Las reseñas literarias están copadas por las editoriales. Queda un recurso: la señora Trévins, solterona, escribió su primera novela con unos ochenta años. Harta de que no se la publicara nadie, hizo imprimir un ejemplar único y se lo dedicó a sí misma. Lo cuenta Georges Perec, al que mencioné.

A lo que vamos: tras mi ducentésima entrada, cambiará el blog. Trataré de organizarlo, para facilitar la consulta  retrospectiva de las entradas. Las nuevas serán menos frecuentes y más cortas…, si me contengo. ¿Y qué voy a hacer con el tiempo ganado? Leer, releer… tal vez soñar.