3 de enero de 2015

Sobre el amor al pasado


Palabras clave (key words): Robinson, amor al pasado, García Márquez, Leopardi

Ya dije, hablando de las pequeñas frases felices, que mencionaría a una escritora inglesa del XIX, Agnes Mary Frances Robinson. Cito unos versos de su obra An Italian Garden, de 1886, tal vez la cumbre de su producción poética: “In warm or wintry weather / the Siren loves the sea, but I the Past; / upon my rock I sing alone, alone”. Me interesa sólo el segundo verso: la sirena ama el mar, pero yo el Pasado. Encontré la referencia en un escritor francés de ese siglo, Paul Bourget, de la Académie Française, que empezó a estudiar Medicina y la abandonó para dedicarse a las Letras.

Robinson fue una autora famosa, aunque ahora casi nadie la recuerde. Un crítico de la época escribió de ella: “Perhaps no living English poet, after Swinburne, is nearly so well known abroad” (Quizá ningún poeta inglés, desde Swinburne, es tan bien conocido en el extranjero). Así es de fugaz la gloria literaria, como tantas otras famas. Traigo la cita aquí, porque yo también amo el pasado, con algo de apasionamiento.

El amor al ayer, que en casos excesivos puede constituir una patología, no es nada inusual o extraordinario. Unamuno, en su Vida de Don Quijote y Sancho, dice que “sólo lo pasado es hermoso” y Anatole France, en La azucena roja, afirma que “el pasado es la única realidad humana. Todo lo que es, es pasado”. Sin entrar en profundos análisis sobre esa realidad y su relevancia vital, es verdad que, cuando se escribe desde cierta edad, muchas veces se abre sin querer la flor nostálgica del pasado, de lo que fue y ya no existe. Hasta las personas más activas, que viven con intensidad su presente, se encaran a veces con los tiempos viejos, se refieren a ellos con frecuencia y se instalan en los recuerdos.

Todo tiene su justa medida; refugiarse en los dulces vestigios de los tiempos idos puede hasta malograr el presente. Pero también puede hacerlo renovado y espléndido. Gabriel García Márquez, en esa obra cenital que es El amor en los tiempos del cólera, cuenta que Fermina Daza, cuando después de casi toda una vida encuentra de nuevo a Florentino Ariza, su eterno enamorado, “sintió pasar el ángel quimérico del pasado, y trató de eludirlo”. “Porque todo ha cambiado en el mundo”, se justificó. A lo que Ariza contestó, tajantemente: “Yo no”. Al final, el nunca soterrado amor triunfa. Una de las muchas claves de la novela es la coexistencia de personas para las que el pasado se desvaneció para siempre, y otras que lo creen capaz de renacer, de volver ubérrimo.

Cuando el futuro se presenta limitado y nos coge ya cansados, encuentro razonable que uno torne su vista a los bellos momentos del ayer. Ese terrible y lúcido pesimista que fue Giacomo Leopardi los interpela muy directamente, en Le ricordanze: Chi rimembrar vi può senza sospiri, / o primo entrar di giovinezza, o giorni vezzosi, inenarrabili… (Quién os puede recordar sin suspiros, oh, primera entrada en la juventud, oh, días encantadores, inefables...).

Algo parecido podría escribir yo. Me ocurre que, al rememorar mi vida, siento un cierto rubor, porque ha sido relativamente amable conmigo, cuando es despiadada para mucha gente. Y eso no me parece justo. Pienso que no he hecho nada especialmente meritorio para haber disfrutado de esa ventaja. Salvo quizá ser poco ambicioso. A Nietzsche le parecía bien la gente así y esto me consuela. En el prólogo de Así hablaba Zaratustra, escribe: Ich liebe Den, welcher sich schämt, wenn der Würfel zu seinem Glücke fällt (amo al que se avergüenza si el dado cae a su favor). 

Lector, el dado cae a favor o en contra por puro azar; las tiradas son sucesos perfectamente estocásticos. Pero la vida no es un juego de dados y hay en ella demasiadas trampas.

29 de diciembre de 2014

De la cambiante Fortuna (fin)


Palabras clave (key words): Yusuf Ibn Tasufin, destierro y muerte en Aghmat

Al-Mutamid accedió al trono sevillano con veinticinco años y creó una corte exquisita, plena de poetas y literatos, entre los que se contaban su visir Ibn Ammar, Abd al-Jabbar ibn Hamdis, Ibn Zaydun, Ibn al-Labbana, Bakr ibn Abd as-Samad, etc. El mundo era todavía un jardín feliz y el rey siguió amando apasionadamente a su esposa, satisfaciendo todos sus caprichos, lo que quizá no es aconsejable, según los expertos. Cierta vez nevó en Córdoba, que había sido tomada por Al-Mutamid, e Itimad quedó tan encantada que pidió al rey vivir en un lugar en donde pudiera ver ese espectáculo cada invierno. Al-Mutamid hizo traer de la vega de Málaga más de un millón de almendros, que se plantaron en la ladera de la sierra, frente a los ventanales del Alcázar, para que su floración anual remedara un campo nevado. Así Itimad estuvo contenta y además hubo almendras para dar y tomar. Le dio al rey seis hijos y varias hijas, una de las cuales, Zubaydah o Zaída, se casó con Alfonso VI y también fue citada en este blog, junto a un Romance de la mora Zaída, lleno de inexactitudes históricas.

¡Cómo puede cambiar tan atrozmente la fortuna de los seres humanos! Todos sus hijos murieron en el campo de batalla, lo que rompió el corazón de los reyes. Ibn Ammar, su mentor y amigo, quizá también su amante en la juventud, lo traicionó y murió a sus manos. En la tercera oleada de los almorávides en Al-Andalus, su caudillo Yusuf Ibn Tasufin se apoderó de varias taifas y, tras seis días de matanzas, envió a Al-Mutamid y su familia al destierro en África, en el año 1091. El pueblo de Sevilla se llegó hasta las orillas del río para ver partir a sus reyes al cautiverio. Ibn Labbana describe la escena: “Todo lo olvidaré menos aquella madrugada junto al Guadalquivir, cuando estaban en las naves como muertos en sus fosas. Las gentes se agolpaban en las dos orillas, mirando cómo flotaban aquellas perlas sobre las espumas del río…”.

Los prisioneros fueron conducidos hasta Meknes y luego a Aghmat, un poblado bereber, primera capital de los almorávides, a unos treinta kilómetros de Marrakesh. Al-Mutamid se refugió en la poesía, recordando a veces su amada Sevilla: “Me pregunto si alguna vez pasaré una noche / con jardines de flores y estanques a mi alrededor, / donde haya verdes olivos plantados, / donde las palomas canten y resuene el suave cántico de los pájaros”. Pobre Al-Mutamid, no habrá otra noche así. Sólo tendrás el recuerdo.

Y la visión de su familia en la miseria. La cambiante Fortuna los arrojó a todos desde la cima del poder y la gloria a la abyección de la pobreza y el sufrimiento. A la vista de su esposa e hijas hilando, se lamentaba: “Ver tus hijas en harapos, hambrientas, / sin dinero, hilando para otras gentes, / pisando la dura arcilla, descalzas, humilladas, / como si jamás hubieran pisado almizcle y alcanfor”.

Todavía una pequeña, última, esperanza: uno de los hijos supervivientes, Abd al-Jabbar, se rebeló en Al-Andalus. En unos pocos meses la rebelión fracasó y el hijo fue muerto. Itimad, incapaz ya de soportar tanto dolor, enfermó gravemente y murió al poco tiempo. En el año 1095, Al-Mutamid, vencido cruelmente por el infortunio, encadenado desde que se conoció el levantamiento del hijo, murió, a la edad de cincuenta y dos años. La rueda de la Fortuna interrumpió ya su girar, consumado el descalabro. El Dios al que Al-Mutamid pidió morir en Sevilla no tuvo en cuenta su ruego y los restos de Itimad y Al-Mutamid se levantarán, tal vez airados, en la tierra de Aghmat, el día de la resurrección. En cambio, el caudillo Yusuf Ibn Tasufin, que desde el 1073 se titulaba ya emir, el que derrotó y desterró a Al-Mutamid, murió en el poder once años más tarde que este, con casi el doble de su edad, en el 1106, a los noventa y siete años, en la cercana Marrakesh. En un reducido espacio del mundo descansan los dos. La Muerte igualó al fin sus destinos.

28 de diciembre de 2014

De la cambiante Fortuna


Palabras clave (key words): Sevilla, rey poeta al-Mutamid, Itimad, poesía andalusí

Escribir un blog, escribir cualquier cosa, no deja de ser un suplicio, aunque pueda revelarse como irrenunciable: uno ha de estar pendiente del tamaño del texto, del tiempo que llevará leerlo. Vuelvo de Sevilla, de visitar los lugares de siempre, adobado todo con la nostalgia con que se reviven las cosas a una cierta edad. Describir someramente mis andanzas me llevaría montones de páginas, pero sólo referiré un episodio triste y sentimental. En mis condiciones todo está ya entreverado: con los recuerdos, la historia, la literatura y, casi siempre, con el desencanto y la compasión.

Iniciaré mi narración en los Alcázares Reales, en uno de sus bellos jardines, el de la Galera, donde hay una columna con unas palabras, una oración, de un rey poeta sevillano del siglo XI, Abu al-Qasim Muhammad ibn Abbad al-Mutamid: “Dios decrete en Sevilla la muerte mía y allí se abran nuestras tumbas en la resurrección”. Nada de eso ocurrió ni ocurrirá. El Destino tenía otros planes y los contaré brevemente.

Ya mencioné yo a este rey en mi blog, entrada del 19 de marzo de 2013, en sus días de vino y rosas, cuando conoció, junto a su amigo y visir Ben Ammar, a la hermosa esclava que sería luego su esposa, Itimad. La llamaban entonces Rumaykiya porque pertenecía a un mulero —sí, lector, un mulero— de nombre Rumayk ibn al-Hajjaj. El rey, que se enamoró nada más verla, la rescató. Tenían los dos diecinueve años. Y todavía hubo más tiempos felices, cuando Rumaykiya le dijo al rey, ya de mayores: “Te amo aún más que en nuestra juventud”. ¡Qué cosas, Dios mío, qué ternezas! ¿Se lo oiría esto don Claudio o se lo inventó también?, me preguntaba yo en aquella entrada, porque leí el formidable piropo en la novela Ben Ammar de Sevilla, de Sánchez Albornoz.

Ibn Bassam al-Shantarini fue un poeta e historiador nacido en Santarem, pero que vivió en Andalucía y murió en el año 1147. Su obra más conocida es la antología Dhakhira fî mahâsin ahl al-Gazira (Tesoro de los méritos de la gente de Iberia). Es muy interesante porque en ella recoge muchas noticias del Kitab al-Matin, de Ibn Hayyan (987-1075), historiador nacido en Córdoba, contemporáneo de al-Mutamid. Ibn Bassam dice del rey sevillano, que su poesía era más dulce que el cáliz en flor de las ‘plantas de olor’ y no tenía rival en cuanto a su ternura. Eran poemas dedicados al amor en general, a la deslumbradora belleza de las mujeres. Refiriéndose a una joven concubina, escribió: “Desabrochó su vestido, para que pudiera ver / su cuerpo, flexible como un árbol. / El cáliz se abrió entonces / y, ¡oh!, qué bella era la flor!”.

Otro poema de amor: “Sus penetrantes ojos partieron mi corazón en dos, / y mis ojos lloraron añorándola… / Besaría sus labios tras el velo, / abrazaría su collar de perlas sobre su chal bordado”. Otro poema, dedicado esta vez a Itimad, su esposa, mientras estaba en una campaña militar: “Desfallezco si estoy separado de ti, / embriagado por el vino de mi anhelo por ti; / enloquecido por el deseo de estar contigo, / de beber de tus labios y abrazarte…”.

Es todavía vida feliz, aunque hostigada por las ausencias, por la imperfección de este mundo. Porque, como el mismo Ibn Bassam advierte a los andalusíes: “Detrás de vosotros sólo están el Océano, los cristianos y los godos”. Todo cambiará después, para dejar paso al infortunio y la desolación, con la Muerte también jugando su eterno papel. Pero esto, lector, te lo tendré que contar otro día.

(continuará)

21 de diciembre de 2014

Pequeñas frases felices


Palabras clave (key words): belleza, amor, fugacidad, frases felices anónimas

Siempre he pensado que el ser humano fue creado para la belleza, que no puede luchar frente a la atracción que cualquier cosa bella ejerce sobre nosotros. A esa sujeción, a esa tiranía, corresponde un anhelo, una necesidad de crearla, de producirla, cuando nos es posible. En cuanto el hombre pudo elaborar alguna herramienta, con el fin de utilizarla, de que le fuera útil, enseguida sintió la necesidad de que también fuera bella, de tratar de adornarla de alguna manera.

Esa devoción fatal en la que creo, hace que no me resigne a establecer una tajante división entre unos pocos seres humanos que serían los encargados de crear belleza y el resto de los mortales. Naturalmente, no todos estamos dotados para las mismas cosas y es inevitable que haya personas que destaquen en la producción de diferentes tipos de belleza. Para mí sería absolutamente imposible dibujar un perro, porque no recuerdo muy bien si estos animales tienen dos o tres orejas —aquí tal vez estoy exagerando un poco—, pero a lo mejor sí puedo inventar una metáfora. Y ya sé que habrá mucha gente que las inventará mejores y en mayor cantidad, porque se dedican a eso, porque tienen más oficio. Pero, aun así, quiero que me dejen proponer la mía.

Cuento todo esto, porque, como es lógico, hay frases o ideas que son felices, hasta felicísimas, creadas espontáneamente por gentes que no son artistas profesionales, sino sencillos ciudadanos. En contados casos, alguno de esos logros debería garantizar en justicia un cierto e inequívoco reconocimiento para su descubridor.

Mostraré una de estas ideas brillantes. Sabemos bien que el amor puede ser tiránico, quemante, llevarnos a la catástrofe más absoluta. Un personaje de Isabel Allende se queja frente a la causante de un amor así: “Me has perseguido sin tregua. No he podido amar a nadie en toda mi vida, sólo a ti”. Y esto no ocurre sólo en la literatura; en la vida real se dan casos de este tipo de fatalidad, de condena: gente esclavizada que no puede dejar de amar, y de sufrir, si no son correspondidos. La magia del amor hace que, incluso intuyendo perfectamente su posible brevedad, a veces estemos dispuestos a gozar de ese paraíso fugaz. Por ello, me parece juiciosa, oportuna y tierna la petición que hace una de esas almas entregadas sin remisión: “Si vas a jugar conmigo, procura que yo también me divierta”. Es el humilde ruego de quien no tiene otra opción, sabe que está condenado a sufrir después, y busca y acepta la felicidad por algún tiempo.

Un personaje de una novela mía, Marta, una jueza ya con algunos años e inmaculada, es víctima de una pasión intratable hacia su primo Roberto y se hace este planteamiento, de manera lúcida y fría, con el lenguaje de carretero que sabe adoptar a veces: “Tiene que ser él quien me ‘aplane’ a mí por primera vez. Me gustaría, para qué lo voy a negar, que me ocurriera eso con él, no con otro. Aunque luego se le pasara la ilusión y tuviera yo que quedar en manos de cualquier subalterno. Lo bailado, bailado. Pero con estas ideas, que no acabo de concretarlas en hechos, y con mi primo, que cada vez está más atontado y no se da cuenta de nada, los años pasan y como me descuide no voy a encontrar a nadie que esté por la labor. Aunque, gracias a Dios, todavía falta para eso y yo me encuentro de buen ver y noto que a algunos hombres los provoco, sin duda. Excepto al imbécil de mi primo, claro. Con lo que estamos donde siempre; es que este asunto no es nada fácil. Y con la solución tan sencilla que tienen estos problemas, si se miran de una cierta manera y se manejan con sensatez”.

Me voy de Madrid unos días. A mi vuelta mencionaré otra frase curiosa. Y tendré que hablar de una escritora inglesa, nacida en 1857, Agnes Mary Frances Robinson.

18 de diciembre de 2014

Templo de Hera Lacinia en Capo Colonna


Palabras clave (key words): templo de Hera, Zeuxis, Helena de Troya, Milón, columna de oro, Aníbal

Dije que hablaría del templo dedicado a Hera Lacinia —esposa de Zeus, diosa protectora de las mujeres y de la fertilidad—, junto a Capo Colonna, en las cercanías de Crotone, en la Magna Grecia, la parte de Italia y Sicilia a la que llegaron inmigrantes helenos. Los primeros colonos provenían de Graia, en Hélade, y de ahí los romanos derivaron en latín la palabra Grecia. Ulises, al regresar de Troya, anduvo perdido diez años por esa tierra, buscando sin descanso el retorno a su patria, a Ítaca.

El templo estaba cubierto de mármol blanco y el célebre pintor Zeuxis (siglo V a. C.) colgó en él su retrato de Helena de Troya, para el que sirvieron de modelo las cinco doncellas más bellas de la ciudad de Crotona, a las que el pintor pidió que le dejaran reproducir la parte más cautivadora y perfecta de cada una —partes todas honestas, se entiende—. También nació en la ciudad, un siglo antes, el famoso atleta Milón, seis veces vencedor absoluto de los Juegos Olímpicos, que casó con una hija de Pitágoras. El filósofo le estaba agradecido porque en una ocasión, mientras impartía una lección, el techo del recinto se vino abajo y el fortísimo Milón lo aguantó hasta que todos los asistentes salieron sanos y salvos. Y luego, encima, le colocó una hija.

Ese templo, del que ahora queda sólo una columna, era riquísimo. El historiador Tito Livio cuenta, en el capítulo III del libro XXIV de su Historia de Roma (abrevio el texto): Había allí un denso bosque y en el centro un claro con pastos, para el ganado consagrado a la diosa, del que no cuidaba nadie. Al acercarse la noche, en la sobretarde, los distintos rebaños se separaban y volvían a sus establos, sin que ningún animal de presa los acechase ni humano alguno los robase. Con las grandes ganancias obtenidas, se fabricó una columna de oro macizo dedicada a la diosa. El templo se hizo famoso tanto por su riqueza como por su santidad y se le atribuyeron muchos milagros.

Lector, esto no es un tratado de historia y no tengo obligación de ser siempre veraz. Pero que había una columna de oro macizo, eso me parece seguro. ¿Que por qué? Pues porque frente a tanta columna expoliada y tanta desolación, también tiene que haber algo alegre y esperanzador en esta vida. Te digo que existió esta columna de oro. Es más, alguien, seguramente, tuvo la buena idea de enterrarla en alguna parte y debe de estar todavía por allí, esperando al afortunado que la encuentre, que no todo van a ser desgracias y calamidades. Y habrá más columnas parecidas, de oro, en el mundo.

Aparte de su función religiosa, el templo servía también tradicionalmente como lugar de cobijo para navegantes y mercaderes. Por ser lugar sagrado ofrecía protección frente a los ladrones y muchos fieles guardaban allí sus riquezas. La práctica de utilizar los templos como bancos era normal. En Roma, las vestales eran depositarias de testamentos y contratos, y en el templo de Saturno Erario estaba depositado el tesoro de la ciudad. O sea, templos y riqueza unidos, hermanados. Nihil novum sub sole.

Aníbal retornó desde este lugar a Cartago, al final de la segunda Guerra Púnica. Mandó colgar en las paredes del templo unas placas de bronce contando sus gestas en tierra italiana y de paso saqueó el tesoro para resarcirse de los gastos de las mismas, que nada es gratis y todo tiene su contabilidad.

15 de diciembre de 2014

Templo de Hera Lacinia en Capo Colonna


Palabras clave (key words): Templo de Hera Lacinia, Capo Colonna, desolación, Agrigento

El corazón humano es caprichoso y también certero. Tiene sus razones propias; se apasiona y burbujea en el pecho por motivos que no aparecen claros al entendimiento. Yo diría más bien, que fuerzan al entendimiento a esclarecerlos. Cuento esto tras haber leído el relato de un viajero francés del siglo XIX en Calabria y ver después una foto que me ha conmovido profundamente, que me ha hecho pensar. He visto ruinas de muchas clases en diferentes países; sé que hay ciudades antiguas que ni siquiera podemos localizar, que no se sabe dónde estuvieron… Aun así, lo que muestra la foto es, para mí, mucho más desolador e inquietante. Se trata de lo que queda del templo de Hera Lacinia, en Capo Colonna (cabo de la columna), en la Calabria italiana.


Hasta el siglo XVI este cabo se llamaba “Capo delle Colonne” —antes de que hubiera allí templo alguno, su nombre era Lacinion—, porque, si hemos de creer a otro viajero de esa época, todavía quedaban cuarenta y tres columnas en pie. Las columnas eran de estilo dórico, de unos ocho metros de altura y las derribaban para utilizarlas en otras construcciones.  El templo fue construido a finales del siglo VI a. C. , en lo que se ha llamado la Magna Grecia. En 1638 ya sólo quedaban dos columnas y una de ellas fue derruida ese año por un terremoto. Ahora queda una y, como dijo un rústico del lugar: E col tempo anche questa caderà.

Te das cuenta, lector, sólo una columna. Ella sola, arañada por el viento, roída por el tiempo, da una idea, por remota que pueda ser, de lo que fue el templo. Se conserva bella, altiva, representante del supremo arte griego, testimonio de la vulnerabilidad de las obras humanas, a la orilla misma de un mar azul intenso, como de zafiro fundido. Tal vez es una prueba de la determinación de la diosa de no abandonar el lugar donde fue adorada y honrada durante siglos. Y sirve como señal a los pescadores que se buscan trabajosamente la vida en estas aguas no siempre calmas.

Si esa columna cae, por la razón que sea, ningún viajero encontrará ya nada que estimule su imaginación; tendrá que recurrir a las enciclopedias o a los museos… y no es lo mismo. Yo no siento la necesidad incoercible de descubrir ninguna de las ciudades que se han perdido. Pero conservar esa columna sí me parece que me concierne. Porque no es sólo la columna. Es toda la melancolía que despierta, las enseñanzas que revela, lo aleccionador de su presencia. Contemplar esa imagen es conocer lo que es la vida, lo que nos aguarda a todos, es descubrir la urdimbre del tiempo y la terrenidad.

No sé si me hago entender. Lector, te muestro otra foto de otro templo, también atribuido a Hera, en el Valle de los Templos, en Agrigento, en Sicilia. En ella se puede ver todavía lo que fue la fábrica original, se adivina claramente su estructura. Nada de eso ocurre con esa columna aislada que nos habla de destrucción sin límites y sugiere los peores augurios. El sentimiento de que esa columna está llamada a desaparecer, que sucumbirá indefectiblemente un día, del que sólo falta la fecha, es lo que prevalece aquí y es una emoción triste y desesperanzada. Por eso conmueve tan sin descanso.

Otro día te hablaré de lo que fue ese viejo templo condenado a desaparecer del todo, ese templo del que sólo queda una columna.

12 de diciembre de 2014

La impotencia del poder (fin)


Palabras clave (key words): coronación, Carlos V, Bolonia, Papa Clemente VII

Lorenzo de Médici, el emperador Federico II Hohenstaufen, el dominico Savonarola, pudieron comprobar que el poder nunca es absoluto, siempre es inestable, evanescente. Ni los emperadores, ni los Papas acaban de dominarlo, de poseerlo enteramente. En una ensoñación mía —en un relato, La Fortuna y el Tiempo— sobre la coronación del emperador Carlos V en Bolonia, lo contaba yo así. Lector, te ofrezco un fragmento; es un día de febrero del año 1530:

Cruzan de cuando en cuando raudas bandadas de pájaros. Tiemblan las veletas con el vientecillo delgado de la campiña romañola. Voltean las campanas enloquecidas, heridas por los rayos del sol y desangrándose en fulgores bermejos. Desde el palacio en el que reside Carlos V hasta la iglesia de San Petronio, lugar en donde tendrá lugar la  coronación, se ha construido un pasadizo abierto, que atraviesa toda la plaza y por el que se puede llegar al interior del templo. El laurel abraza los escudos imperiales y papales; banderas y oriflamas se agitan al viento; el estrépito es ensordecedor. Se oyen sin cesar gritos de ¡Imperio, imperio! ¡Libertad, libertad!

Ya sale el séquito de la iglesia. Los primeros son los familiares de los cardenales y de los príncipes. Siguen después los regidores de la ciudad, los rectores de las Universidades, los doctores de los Colegios, en lugar muy destacado los españoles del Colegio de San Clemente. Después los clérigos, los acólitos con hachones de cera encendidos, los príncipes, duques, marqueses, condes. Los cardenales, de dos en dos. Nacen luceros fugaces en las armaduras de los caballeros. Se oye el roce cortesano de las sedas y los tafetanes, de los brocados, de los terciopelos, de los nobles tejidos de oro y de plata. Cruzan la puerta del templo el marqués de Monferrato, el duque de Urbino, el duque de Baviera y el duque de Saboya, que llevan, en ese orden, acompañados cada uno de quince criados, los signos de la majestad imperial: el cetro, la espada, el orbe y la corona.

De la iglesia sale, por fin, el emperador y, tras él, el papa, que le había traicionado primero y coronado después. Se prepara un palio para cubrirlos. Siguen detrás los embajadores, los obispos, los altos prelados. Desfila pesadamente el cortejo bajo los arcos triunfales recubiertos de hiedra y de flores, entre el ruido trepidante de los tambores y timbales. Va precedido por los toques marciales de las trompetas incansables, quebrantadas por la furia de las bocas febriles. El sol golpea e incendia los vitrales enmarcados en plomo.

Todo el poder y la gloria reventando en una plaza rebosante de hombres y mujeres, que apuran anhelantes la visión fugaz e imperecedera. Todo el poder y la gloria del mundo y de los cielos. En la enorme ciudad, quizá sólo dos personas son realmente conscientes de la última banalidad del espectáculo: el papa y, sobre todo, el propio emperador, que ha sabido ya muchas veces de la impotencia de su poder.

Sí, exactamente: de la impotencia de su poder.

11 de diciembre de 2014

La impotencia del poder (II)


Palabras clave (key words): poder, Savonarola,  Federico II Hohenstaufen, muerte

El de Lorenzo era sólo un poder terrenal frente a otro infinitamente más fuerte, tocado de eternidad, el de Savonarola, que lo maldijo en vez de absolverlo y lo dejó inconfeso en los mismos umbrales de la muerte. Sin el consuelo del perdón, justamente cuando le llegaba la hora de dar cuenta de todos los actos de su vida, incluida la masacre de Volterra, ante el severo tribunal de Dios.

Poder terrible, el de Savonarola, que no le sirvió a él tampoco cuando, seis años más tarde, fue hecho prisionero por orden del Papa, declarado hereje y condenado a morir. Savonarola se había amparado en el poder de Carlos VIII de Francia; poder que se esfumó, en un momento, cuando el rey murió, con sólo veintisiete años, tras un accidente en un partido de pelota. El ejército del Papa Alejandro VI entró en Florencia y el monje hubo de esconderse en el convento de San Marcos. Lo hicieron prisionero y lo torturaron durante cuarenta y dos días, hasta que firmó una confesión de la que se arrepintió enseguida. El veintitrés de mayo en la Piazza della Signoria, fue estrangulado por garrote vil y luego llevado a la hoguera, en la que, según testigos, tardó en quemarse varias horas y se le sacó y devolvió al  fuego varias veces hasta convertirlo en cenizas, que fueron arrojadas al río Arno. Ese fue el fin del poderoso dominico.

¡Ah, los Papas, el terrible poder de los Papas! Sobre todo esto meditaba yo el otro día, cuando recordé el libro del senador Fulbright, La arrogancia del poder, y me perdí por esos caminos. Pero ya conté hoy las pesadillas que asediaron a Lorenzo en su muerte. Para comprobar, una vez más, que nada hay más inestable y engañoso que el poder; ni siquiera el amor, ese brillante fuego de artificio creado por la Naturaleza para asegurar la perpetuación de los humanos. Hace tiempo que descubrí esa característica del poder y lo plasmé en un relato histórico, La Fortuna y el Tiempo.

Otro grande del mundo, Federico II de Hohenstaufen (1194-1250), al que se llamó stupor mundi (pasmo del mundo), rey de Sicilia, Chipre, Jerusalén y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, se quejaba de ese poder de los pontífices, contra el que batalló toda su vida. Por su atuendo y costumbres parecía uno de los sultanes de Oriente a los que había conocido y tratado durante su participación en la sexta cruzada. Refiriéndose a ellos decía, cargado de ironía: “¡Que felices son por no tener delante a ningún Papa!”. Federico II murió en Castel Fiorentino, el trece de diciembre de 1250, en su cama, vestido con el hábito cisterciense. No tomó parte en la última campaña contra Inocencio IV, porque probablemente estaba ya cansado de batallar, de intrigar, de tratar de convencer, de pactar, de amenazar, de castigar. Estaba cansado de vivir y decidió refugiarse en esa paz que trae siempre la Muerte.

Era inteligente, culto, soñador y escéptico; hablaba nueve lenguas y era capaz de escribir en siete. Tenía sólidos conocimientos de astronomía, medicina, matemáticas y filosofía. Seguramente compartiría el espíritu del epitafio en versos latinos que un famoso escritor francés, hacia el fin del siglo XIX, pudo ver en Brindisi, la ciudad portuaria situada en el extremo final de la Vía Apia. Estaba inscrito en la tumba de un navegante y decía: “Caminante, detente. He recorrido muchas veces los mares con las velas al viento, he pisado tierras desconocidas y aquí he llegado a mi fin. Ahora no temo ni los vientos, ni las tormentas, ni el mar cruel, ni los piratas. A ti, oh, Muerte, que me has liberado de mis preocupaciones, te saludo, Diosa bienhechora”.

(continuará)

10 de diciembre de 2014

La impotencia del poder (I)


Palabras clave (key words): Lorenzo de Médici, muerte, absolución, Savonarola

Prometí hablar de la muerte de Lorenzo de Médici, el Magnífico, cuya vida coincide con el esplendor máximo de la república florentina. No mencionaré ahora su importante mecenazgo en todas las artes, su contribución al inicio del Renacimiento italiano y su difusión a otros países europeos. Como político, trató en muchas ocasiones de ser conciliador y buscar la paz. No era un personaje sediento de sangre, pero la situación de Florencia era tan convulsa que hubo de permanecer constantemente a la defensiva y recurrir a la guerra en ciertos casos.

Uno de ellos fue contra la vecina ciudad de Volterra. Al hacerse inevitable el enfrentamiento, Lorenzo contrató los servicios del condottiere Federico da Montefeltro, duque de Urbino, que unió sus tropas a las florentinas y a otras milanesas. Cuando la ciudad se vio definitivamente perdida, aceptó la rendición, el dieciséis de junio de 1472, con garantías explícitas de Lorenzo, asegurando la paz sin castigo o venganza. Sin embargo, dos días más tarde la tropas del Montefeltro entraron y masacraron un gran número de ciudadanos. Eran actos corrientes en la época, pero el saqueo de Volterra fue, según todos los indicios, especialmente cruel y despiadado.

Se cargó la culpa sobre el duque de Urbino, los mercenarios milaneses y hasta sobre los mismos volterranos, que, para algunos, habrían roto la tregua y atacado primero. Sin embargo, la mayoría culpó, quizá con toda razón, a Lorenzo, que había urgido a terminar la lucha “con menos interés en la seguridad de la ciudad que en ganar la guerra del modo que fuera, [...] para hacer entender a los volterranos su error al no haber tenido miedo al saqueo”. Montefeltro se excusó diciendo que no pudo controlar a los soldados, no todos suyos. Pero no se compadece esta afirmación con el hecho probado de que decretara que el saqueo no debería durar más de doce horas. ¡Cuánto horror, destrucción y muerte se puede producir en doce horas! Cuando Lorenzo conoció la noticia, se entristeció y dijo: “No hablemos más de eso y tratemos de olvidarlo lo antes posible”.

No lo olvidó tan rápidamente; no siempre es fácil olvidar. Cuando Lorenzo moría en su espléndida villa de Careggi, en las afueras de Florencia, viendo desde su ventana el bellísimo jardín, plantado de cedros siempre verdes y rosales siempre en flor, los recuerdos lo asaeteaban sin piedad y las crueldades de su poder le hacían temblar en el momento de entregar el alma. Llegó a pensar que la absolución que ya le habian dispensado los prelados amigos podría haber sido dictada sólo por el respeto o el miedo y por lo tanto inválida. Pidió entonces la absolución a alguien infinitamente alejado de él, a un monje dominico, implacable enemigo de su familia, Girolamo Savonarola. Este, que había empezado a estudiar Médicina, pero abandonó los estudios para dedicarse a la teología, fustigaba constantemente la vida y costumbres de la nobleza y el clero y llegaba a congregar en sus misas hasta quince mil fieles. Lorenzo le hizo venir y le pidió el perdón de sus pecados, la absolución total y definitiva. Savonarola no accedió a perdonarle tres pecados, uno de los cuales fue el saqueo de Volterra.

¡Qué membranzas debieron de agolparse en la mente de Lorenzo, enfebrecida por la agonía y asustada por la incansable ronda de la Muerte! ¡Cómo el pánico ante la condenación eterna debió de instalarse en su alma, ya sin arreglo posible! ¿En qué había quedado el poder del que disfrutó ávidamente en su vida? ¿Qué poder era ese que se desvanecía cuando más lo necesitaba? Un poder sin raíz, sin consistencia, expuesto a los vaivenes y caprichos de la fortuna, aniquilado por la certeza e inmediatez del castigo.

(continuará)

6 de diciembre de 2014

La arrogancia del poder


Palabras clave (key words): William J. Fulbright, política, arrogancia del poder.

Ya he visto que un gorrión atrevido escribió una entrada en este blog. No me importa; yo también soy atrevido al exponer aquí mis ideas, sentimientos o recuerdos, sin especiales méritos o razones para hacerlo. El gorrión dijo una cosa muy verdadera: que me lío escribiendo. Fíjate, lector, pensaba contarte algo de la muerte de Lorenzo de Medici, el Magnífico, en 1492, y, meditando sobre la fútil naturaleza del poder, recordé el interesante libro de 1966, The arrogance of power, del senador americano William J. Fulbright. Y dejo al Medici para otra entrada y te hablo del senador.

Estaba yo en Estados Unidos cuando la publicación del libro y conocía al autor de verlo en televisión. Era uno de esos políticos que piensan y, sinceramente, no sé si, aquí en España, son muchos o pocos así. Creo que los habrá en la misma proporción que en el resto de la población. Como sucederá con la corrupción; los políticos son una muestra del conjunto poblacional. Con más oportunidades para corromperse que la mayoría, eso sí. Es que hay mucha gente que no es corrupta porque no puede, no sabe, no ha aprendido.

El análisis de Fulbright es brillante. Escribe de los Estados Unidos, pero también de la historia: “La cuestión que me intriga es si una nación tan extraordinariamente dotada como los Estados Unidos podrá vencer esa arrogancia del poder que ha afligido, debilitado y, en algunos casos, destruido grandes naciones del pasado”. Y expone, a mi juicio muy sagazmente, el mecanismo psicológico que explica el origen de dicha arrogancia: “El poder tiende a confundirse con la virtud y un gran país es sensible a la idea de que su poder es un signo del favor de Dios”. Cuando se llega a esta convicción, las consecuencias son inmediatas e imparables. Un país tocado así por la gracia de Dios, recibe al mismo tiempo una responsabilidad especial hacia las otras naciones: “Hacerlas más prósperas, más felices y más sabias; rehacerlas a su propia brillante imagen”.

Fulbright luchó contra la campaña del senador McCarthy y se opuso después a la intervención en Vietnam, cuando el apoyo popular a la guerra no había disminuido todavía. Era un senador respetado, impulsor de un programa de becas para estudiar en USA, con un lado mucho más oscuro en cuanto a la integración racial. Me concedieron una de esas becas, pero renuncié, porque obtuve otra del Gobierno español. Me quedó el agradecimiento; en mi vida he tratado de ser agradecido.

Ya hablé en este blog de otro senador americano, exquisito de lenguaje y maneras: Everett M. Dirksen. Y hablaré pronto de Lorenzo el Magnífico. De su muerte, cuando comprendió por fin la fatuidad del poder, su banalidad, su evanescencia.