10 de enero de 2015

Efimeridad de las rosas, de la vida (III)


Palabras clave (key words): rosas, Théophile Gautier, Pierre Félicien Letourneur

En el libro citado de Paul Bourget —su título es Sensations d’Italie, editado en París por Alphonse Lemerre, 1892—, en la misma página 129, encuentro otra cita que me apetece seguir: Respirons les roses tant qu’elles ressemblent à tes joues. Embrassons tes joues tant qu’elles ressemblent à les roses…, comme les convives des banquets païens. La traducción es un mínimo reto, la referencia a los banquetes paganos me conduce a una discreta ensoñación y, además de todo eso, me gustaría saber quién lo escribió. Lector, me interesan estas cosas, ¿qué puedo hacer?

Valoro mucho la labor de los traductores —es una tarea complicada— y me precio de tener a algunos como amigos. Después de alguna duda, traduzco: Respiremos las rosas, tanto se parecen a tus mejillas. Besemos tus mejillas, tanto se parecen a las rosas…, como los comensales en los banquetes paganos. Ça y est, ya está. Y ahora, a buscar. ¿Quién escribió esto?

El párrafo aparece en la que es quizá la mejor obra de Théophile Gautier, Mademoiselle de Maupin, de 1834, una de las más subversivas de todo el siglo XIX francés. La intriga no es totalmente nueva: una mujer, hastiada de la conducta de los hombres, decide hacerse pasar por uno de ellos y se convierte en Théodore, un joven de una extraordinaria belleza, igualmente seductor para hombres y mujeres. Hasta el viril D’Albert, siempre en busca de la mujer ideal, se enamora de él, aunque barrunta que ha de ser, forzosamente, una mujer disfrazada.

En el capítulo IX, el titulado Cela est ainsi…, se lo cuenta en una carta a su buen amigo Silvio y le habla del amor pagano: No es como el de las poesías eróticas de la era cristiana, un alma que pide a otra que la ame, le explica. El amor pagano, se podría concretar en estas palabras (traduzco, recorto y compongo), dirigidas a una mujer imaginaria: Cinthia, sois bella, daos prisa. ¿Quién sabe si viviréis mañana? Esas rosas que huelen bien hoy, tendrán mañana el olor de la muerte y no serán más que cadáveres de rosas. Respiremos las rosas, tanto se parecen a tus mejillas. Besemos tus mejillas, tanto se parecen a las rosas. Daos prisa, Cinthia; la más pequeña arruga puede ser la tumba de un gran amor.

Parecida expresión encuentro en una obra de Pierre Prime Félicien Letourneur (1737-1788), Le jardín anglois. Letourneur fue un literato francés y un excelente traductor. Fue el primero que dio a conocer a Shakespeare en Francia. Tradujo todas sus piezas teatrales, así como las de otros escritores ingleses. En la obra citada, en la que mezcla traducciones y materia propia, hallo estas palabras, otra vez con las consabidas referencias a las rosas y a ‘respirar su aroma’, en este caso, el de la violeta: Respirons les premiers esprits de la jeune violette, avant que le vent du midi ait épuisé son âme odorante. […] Qu’il est doux de cueillir sur les roses de tes lèvres le premier baiser, tandis que le merle réveille…! Aquí conservo el breve texto francés y traduzco: Respiremos los primeros espíritus de la joven violeta, antes de que el viento del mediodía haya agotado su alma olorosa […] ¡Qué dulce recoger sobre las rosas de tus labios el primer beso, mientras el mirlo despierta…!

Queda todavía que hablar de las rosas, pero será otro día.

(continuará)

8 de enero de 2015

Efimeridad de las rosas, de la vida (II)


Palabras clave (key words): Libro de la Sabiduría, Décimo Magno Ausonio, Garcilaso

La cita original la leo en casa, en mi Biblia de Jerusalén, y es del Libro de la  Sabiduría, 2, 8 (uno de los sapienciales del Antiguo Testamento). Esta obra, falsamente atribuida al rey Salomón, está redactada en griego y en realidad debió de ser escrita hacia mitad del siglo I, a. C., probablemente por un judío helenizado de Alejandría. Las palabras que me interesan se han conservado bien en las referencias posteriores y quiero dejarlas en un contexto original algo más amplio: Hartémonos de vinos exquisitos y de perfumes, / no se nos pase ninguna flor primaveral, / coronémonos de rosas antes de que se marchiten. Se trata del desacertado discurso de los impíos, se advierte.

El texto habla de flores primaverales, en general, y luego de las rosas. La rosa es considerada universalmente como la primera entre las flores, la reina, por sus cualidades y quizá también por su efimeridad. En francés existe la expresión mériter la rose, con el significado de ser el mejor entre los que rivalizan por conseguir algún premio o ventaja. Siempre, claro, que el torneo o concurso sea resuelto en justicia, lo que no ocurre siempre, en ningún país.

Y no dejan de ser un modelo de belleza nombrado constantemente en muchos textos literarios. En una obra de François L'Hermite, Señor de Soliers, conocido como Tristan l’Hermite, La Marianne (1636), se lee : Tu ne devrais jamais marcher que sur des roses (Deberías marchar sólo sobre rosas). En otra obra de Pierre Jean de Béranger (Octavie, 1812), encuentro: Ne livre plus les roses de ta bouche / aux baisers morts d'un fantôme impuissant (No ofrezcas las rosas de tu boca / a los besos muertos de un fantasma impotente).

En un célebre poema, De rosis nascentibus, de Décimo Magno Ausonio, un poeta latino del siglo IV, uno de los versos es el profusamente citado en muchas antologías: Collige, virgo, rosas, dum flos novus, et nova pubes, et memor esto aevum sic properare tuum (Recoge, muchacha, las rosas, mientras está fresca tu juventud, y recuerda que así pasa también tu vida).

También se menciona la rosa en un bellísimo soneto de Garcilaso de la Vega y se aconseja gozar de la primavera antes de que sea demasiado tarde: Coged de vuestra alegre primavera / el dulce fruto, antes que el tiempo airado / cubra de nieve la hermosa cumbre; marchitará la rosa el viento helado.

De un poeta inglés del siglo XVII, Robert Herrick, tomo un poema, muy citado en la literatura inglesa, To the virgins, to make much of time (A las doncellas, para que aprovechen el tiempo): Gather ye rosebuds while ye may, / old time is still a-flying: / and this same flower that smiles to-day / to-morrow will be dying (Coged las rosas mientras podáis, el tiempo veloz vuela: la misma flor que hoy sonríe, mañana morirá).

Entre los poemas que mencionan a las rosas, el más conocido, probablemente, de la historia de la literatura, es el de un poeta francés del siglo XVI, Pierre de Ronsard. De este poema y algunos más hablaré en próximas entradas. Pero antes me referiré a la segunda cita sobre estas flores, la que encontré también en mi libro de Paul Bourget: Respirons les roses Los colores diferentes en el texto no persiguen ningún efecto estético : sólo tratan de separar las fuentes y facilitar la lectura.

(continuará)

6 de enero de 2015

Efimeridad de las rosas, de la vida (I)


Palabras clave (key words): Rosas, juventud, moral, Voltaire, Bossuet, Gellert

Me gusta citar, lo confieso. Busco a veces un refrendo a alguna idea mía, pero sobre todo lo hago por comodidad, por vaguería, por pereza. ¿A qué tratar de componer de nuevo un pensamiento si alguien lo ha expresado ya con acierto? Además, la cita abre al lector un horizonte nuevo, un autor que puede resultarle interesante.

Prácticamente siempre, encuentro las citas en mis lecturas. La cita de Robinson de mi entrada anterior me vino de leer a Paul Bourget (1852-1935). Si lees buenos libros, encuentras buenas citas; es así de simple. Pues, en ese mismo libro, encuentro un par de referencias a las rosas y ahí empieza este camino de hoy, que ni sé cuánto puede durar. Pero que querría un camino de rosas. Como aquel sobre el que andaba la sultana Sheraa en la dedicatoria del Zadig de Voltaire: Charme de prunelles, tourment des cœurs, lumière de l’esprit, je ne baise point la poussière de vos pieds, parce que vous ne marchez guère, ou que vous marchez sur des tapis d’Iran ou sur des roses (Niña de mis ojos, tormento de corazones, luz del espíritu, no beso el polvo de vuestros pies porque apenas marcháis o andáis sobre alfombras de Persia o sobre rosas).

La primera cita en Bourget era, exactamente: Couronnons-nous de roses, devant qu'elles ne soient flétries, comme les impies dont parle l’Ecriture (Coronémonos de rosas, antes de que se marchiten, como los impíos de que hablan las Escrituras). Se indica el origen de la cita, pero yo quería saberlo con más precisión. Para eso, para todo, es muy útil el buscador de Google. Escribo allí el principio de la frase y me aparecen esas palabras en la obra del famoso predicador francés Jacobo Benigno Bossuet. Veo que es una referencia suya a la cita de la Sagrada Escritura, y sigo indagando.

El buscador me lleva después a un libro de 1772, traducción francesa de una obra alemana. Son Conferencias Académicas sobre Moral, leídas en la Universidad de Lepzig por Christian Fürchtegott Gellert (1715-1769). Gellert fue un precedente de Schiller y Goethe, admiradísimo en su época. Innovador en literatura, escribió fábulas a la manera de La Fontaine, novelas sentimentales y canciones espirituales, algunas musicadas por Beethoven. Fue el más noble y amigable de los hombres, tierno de corazón, generoso, de piedad y humildad sinceras y escribió para mejorar el carácter moral del pueblo, leo en Wikipedia (casi la única enciclopedia que manejo ahora).

Busco en esas Leçons de Morale y encuentro la cita. Te copio el párrafo entero, lector: “¿Qué es lo que el hombre joven, estima como bueno, noble o malo y molesto?”, se pregunta Gellert. Y razona: “La sabiduría que él quiere seguir es la que le empuja a librarse al juego, al vino, a gozar sin límites. Pasemos alegremente nuestros días, [...] coronémonos de las rosas que la Primavera de la edad hace florecer para nosotros y no esperemos a ornar nuestras cabezas con ellas, cuando el invierno de la vejez las haya marchitado. Riámonos de los viejos y de sus bellos discursos: ¿razonarían tan fríamente si no estuvieran ya helados por su edad?”.

Para mí fue una pequeña fiesta perderme en estos vericuetos de la literatura, la historia y la moral. Para eso hace falta tener tiempo y que te guste este jaleo. Lector, yo quisiera distraerte siempre, pero has de ser un poco especial. El tema es largo y lo dejo para otras entradas. Te anticipo que la respuesta final al enigma la encontré en mi casa, en mi Biblia de Jerusalén. Queda mucho que hablar de las rosas.
(continuará)

3 de enero de 2015

Sobre el amor al pasado


Palabras clave (key words): Robinson, amor al pasado, García Márquez, Leopardi

Ya dije, hablando de las pequeñas frases felices, que mencionaría a una escritora inglesa del XIX, Agnes Mary Frances Robinson. Cito unos versos de su obra An Italian Garden, de 1886, tal vez la cumbre de su producción poética: “In warm or wintry weather / the Siren loves the sea, but I the Past; / upon my rock I sing alone, alone”. Me interesa sólo el segundo verso: la sirena ama el mar, pero yo el Pasado. Encontré la referencia en un escritor francés de ese siglo, Paul Bourget, de la Académie Française, que empezó a estudiar Medicina y la abandonó para dedicarse a las Letras.

Robinson fue una autora famosa, aunque ahora casi nadie la recuerde. Un crítico de la época escribió de ella: “Perhaps no living English poet, after Swinburne, is nearly so well known abroad” (Quizá ningún poeta inglés, desde Swinburne, es tan bien conocido en el extranjero). Así es de fugaz la gloria literaria, como tantas otras famas. Traigo la cita aquí, porque yo también amo el pasado, con algo de apasionamiento.

El amor al ayer, que en casos excesivos puede constituir una patología, no es nada inusual o extraordinario. Unamuno, en su Vida de Don Quijote y Sancho, dice que “sólo lo pasado es hermoso” y Anatole France, en La azucena roja, afirma que “el pasado es la única realidad humana. Todo lo que es, es pasado”. Sin entrar en profundos análisis sobre esa realidad y su relevancia vital, es verdad que, cuando se escribe desde cierta edad, muchas veces se abre sin querer la flor nostálgica del pasado, de lo que fue y ya no existe. Hasta las personas más activas, que viven con intensidad su presente, se encaran a veces con los tiempos viejos, se refieren a ellos con frecuencia y se instalan en los recuerdos.

Todo tiene su justa medida; refugiarse en los dulces vestigios de los tiempos idos puede hasta malograr el presente. Pero también puede hacerlo renovado y espléndido. Gabriel García Márquez, en esa obra cenital que es El amor en los tiempos del cólera, cuenta que Fermina Daza, cuando después de casi toda una vida encuentra de nuevo a Florentino Ariza, su eterno enamorado, “sintió pasar el ángel quimérico del pasado, y trató de eludirlo”. “Porque todo ha cambiado en el mundo”, se justificó. A lo que Ariza contestó, tajantemente: “Yo no”. Al final, el nunca soterrado amor triunfa. Una de las muchas claves de la novela es la coexistencia de personas para las que el pasado se desvaneció para siempre, y otras que lo creen capaz de renacer, de volver ubérrimo.

Cuando el futuro se presenta limitado y nos coge ya cansados, encuentro razonable que uno torne su vista a los bellos momentos del ayer. Ese terrible y lúcido pesimista que fue Giacomo Leopardi los interpela muy directamente, en Le ricordanze: Chi rimembrar vi può senza sospiri, / o primo entrar di giovinezza, o giorni vezzosi, inenarrabili… (Quién os puede recordar sin suspiros, oh, primera entrada en la juventud, oh, días encantadores, inefables...).

Algo parecido podría escribir yo. Me ocurre que, al rememorar mi vida, siento un cierto rubor, porque ha sido relativamente amable conmigo, cuando es despiadada para mucha gente. Y eso no me parece justo. Pienso que no he hecho nada especialmente meritorio para haber disfrutado de esa ventaja. Salvo quizá ser poco ambicioso. A Nietzsche le parecía bien la gente así y esto me consuela. En el prólogo de Así hablaba Zaratustra, escribe: Ich liebe Den, welcher sich schämt, wenn der Würfel zu seinem Glücke fällt (amo al que se avergüenza si el dado cae a su favor). 

Lector, el dado cae a favor o en contra por puro azar; las tiradas son sucesos perfectamente estocásticos. Pero la vida no es un juego de dados y hay en ella demasiadas trampas.

29 de diciembre de 2014

De la cambiante Fortuna (fin)


Palabras clave (key words): Yusuf Ibn Tasufin, destierro y muerte en Aghmat

Al-Mutamid accedió al trono sevillano con veinticinco años y creó una corte exquisita, plena de poetas y literatos, entre los que se contaban su visir Ibn Ammar, Abd al-Jabbar ibn Hamdis, Ibn Zaydun, Ibn al-Labbana, Bakr ibn Abd as-Samad, etc. El mundo era todavía un jardín feliz y el rey siguió amando apasionadamente a su esposa, satisfaciendo todos sus caprichos, lo que quizá no es aconsejable, según los expertos. Cierta vez nevó en Córdoba, que había sido tomada por Al-Mutamid, e Itimad quedó tan encantada que pidió al rey vivir en un lugar en donde pudiera ver ese espectáculo cada invierno. Al-Mutamid hizo traer de la vega de Málaga más de un millón de almendros, que se plantaron en la ladera de la sierra, frente a los ventanales del Alcázar, para que su floración anual remedara un campo nevado. Así Itimad estuvo contenta y además hubo almendras para dar y tomar. Le dio al rey seis hijos y varias hijas, una de las cuales, Zubaydah o Zaída, se casó con Alfonso VI y también fue citada en este blog, junto a un Romance de la mora Zaída, lleno de inexactitudes históricas.

¡Cómo puede cambiar tan atrozmente la fortuna de los seres humanos! Todos sus hijos murieron en el campo de batalla, lo que rompió el corazón de los reyes. Ibn Ammar, su mentor y amigo, quizá también su amante en la juventud, lo traicionó y murió a sus manos. En la tercera oleada de los almorávides en Al-Andalus, su caudillo Yusuf Ibn Tasufin se apoderó de varias taifas y, tras seis días de matanzas, envió a Al-Mutamid y su familia al destierro en África, en el año 1091. El pueblo de Sevilla se llegó hasta las orillas del río para ver partir a sus reyes al cautiverio. Ibn Labbana describe la escena: “Todo lo olvidaré menos aquella madrugada junto al Guadalquivir, cuando estaban en las naves como muertos en sus fosas. Las gentes se agolpaban en las dos orillas, mirando cómo flotaban aquellas perlas sobre las espumas del río…”.

Los prisioneros fueron conducidos hasta Meknes y luego a Aghmat, un poblado bereber, primera capital de los almorávides, a unos treinta kilómetros de Marrakesh. Al-Mutamid se refugió en la poesía, recordando a veces su amada Sevilla: “Me pregunto si alguna vez pasaré una noche / con jardines de flores y estanques a mi alrededor, / donde haya verdes olivos plantados, / donde las palomas canten y resuene el suave cántico de los pájaros”. Pobre Al-Mutamid, no habrá otra noche así. Sólo tendrás el recuerdo.

Y la visión de su familia en la miseria. La cambiante Fortuna los arrojó a todos desde la cima del poder y la gloria a la abyección de la pobreza y el sufrimiento. A la vista de su esposa e hijas hilando, se lamentaba: “Ver tus hijas en harapos, hambrientas, / sin dinero, hilando para otras gentes, / pisando la dura arcilla, descalzas, humilladas, / como si jamás hubieran pisado almizcle y alcanfor”.

Todavía una pequeña, última, esperanza: uno de los hijos supervivientes, Abd al-Jabbar, se rebeló en Al-Andalus. En unos pocos meses la rebelión fracasó y el hijo fue muerto. Itimad, incapaz ya de soportar tanto dolor, enfermó gravemente y murió al poco tiempo. En el año 1095, Al-Mutamid, vencido cruelmente por el infortunio, encadenado desde que se conoció el levantamiento del hijo, murió, a la edad de cincuenta y dos años. La rueda de la Fortuna interrumpió ya su girar, consumado el descalabro. El Dios al que Al-Mutamid pidió morir en Sevilla no tuvo en cuenta su ruego y los restos de Itimad y Al-Mutamid se levantarán, tal vez airados, en la tierra de Aghmat, el día de la resurrección. En cambio, el caudillo Yusuf Ibn Tasufin, que desde el 1073 se titulaba ya emir, el que derrotó y desterró a Al-Mutamid, murió en el poder once años más tarde que este, con casi el doble de su edad, en el 1106, a los noventa y siete años, en la cercana Marrakesh. En un reducido espacio del mundo descansan los dos. La Muerte igualó al fin sus destinos.

28 de diciembre de 2014

De la cambiante Fortuna


Palabras clave (key words): Sevilla, rey poeta al-Mutamid, Itimad, poesía andalusí

Escribir un blog, escribir cualquier cosa, no deja de ser un suplicio, aunque pueda revelarse como irrenunciable: uno ha de estar pendiente del tamaño del texto, del tiempo que llevará leerlo. Vuelvo de Sevilla, de visitar los lugares de siempre, adobado todo con la nostalgia con que se reviven las cosas a una cierta edad. Describir someramente mis andanzas me llevaría montones de páginas, pero sólo referiré un episodio triste y sentimental. En mis condiciones todo está ya entreverado: con los recuerdos, la historia, la literatura y, casi siempre, con el desencanto y la compasión.

Iniciaré mi narración en los Alcázares Reales, en uno de sus bellos jardines, el de la Galera, donde hay una columna con unas palabras, una oración, de un rey poeta sevillano del siglo XI, Abu al-Qasim Muhammad ibn Abbad al-Mutamid: “Dios decrete en Sevilla la muerte mía y allí se abran nuestras tumbas en la resurrección”. Nada de eso ocurrió ni ocurrirá. El Destino tenía otros planes y los contaré brevemente.

Ya mencioné yo a este rey en mi blog, entrada del 19 de marzo de 2013, en sus días de vino y rosas, cuando conoció, junto a su amigo y visir Ben Ammar, a la hermosa esclava que sería luego su esposa, Itimad. La llamaban entonces Rumaykiya porque pertenecía a un mulero —sí, lector, un mulero— de nombre Rumayk ibn al-Hajjaj. El rey, que se enamoró nada más verla, la rescató. Tenían los dos diecinueve años. Y todavía hubo más tiempos felices, cuando Rumaykiya le dijo al rey, ya de mayores: “Te amo aún más que en nuestra juventud”. ¡Qué cosas, Dios mío, qué ternezas! ¿Se lo oiría esto don Claudio o se lo inventó también?, me preguntaba yo en aquella entrada, porque leí el formidable piropo en la novela Ben Ammar de Sevilla, de Sánchez Albornoz.

Ibn Bassam al-Shantarini fue un poeta e historiador nacido en Santarem, pero que vivió en Andalucía y murió en el año 1147. Su obra más conocida es la antología Dhakhira fî mahâsin ahl al-Gazira (Tesoro de los méritos de la gente de Iberia). Es muy interesante porque en ella recoge muchas noticias del Kitab al-Matin, de Ibn Hayyan (987-1075), historiador nacido en Córdoba, contemporáneo de al-Mutamid. Ibn Bassam dice del rey sevillano, que su poesía era más dulce que el cáliz en flor de las ‘plantas de olor’ y no tenía rival en cuanto a su ternura. Eran poemas dedicados al amor en general, a la deslumbradora belleza de las mujeres. Refiriéndose a una joven concubina, escribió: “Desabrochó su vestido, para que pudiera ver / su cuerpo, flexible como un árbol. / El cáliz se abrió entonces / y, ¡oh!, qué bella era la flor!”.

Otro poema de amor: “Sus penetrantes ojos partieron mi corazón en dos, / y mis ojos lloraron añorándola… / Besaría sus labios tras el velo, / abrazaría su collar de perlas sobre su chal bordado”. Otro poema, dedicado esta vez a Itimad, su esposa, mientras estaba en una campaña militar: “Desfallezco si estoy separado de ti, / embriagado por el vino de mi anhelo por ti; / enloquecido por el deseo de estar contigo, / de beber de tus labios y abrazarte…”.

Es todavía vida feliz, aunque hostigada por las ausencias, por la imperfección de este mundo. Porque, como el mismo Ibn Bassam advierte a los andalusíes: “Detrás de vosotros sólo están el Océano, los cristianos y los godos”. Todo cambiará después, para dejar paso al infortunio y la desolación, con la Muerte también jugando su eterno papel. Pero esto, lector, te lo tendré que contar otro día.

(continuará)

21 de diciembre de 2014

Pequeñas frases felices


Palabras clave (key words): belleza, amor, fugacidad, frases felices anónimas

Siempre he pensado que el ser humano fue creado para la belleza, que no puede luchar frente a la atracción que cualquier cosa bella ejerce sobre nosotros. A esa sujeción, a esa tiranía, corresponde un anhelo, una necesidad de crearla, de producirla, cuando nos es posible. En cuanto el hombre pudo elaborar alguna herramienta, con el fin de utilizarla, de que le fuera útil, enseguida sintió la necesidad de que también fuera bella, de tratar de adornarla de alguna manera.

Esa devoción fatal en la que creo, hace que no me resigne a establecer una tajante división entre unos pocos seres humanos que serían los encargados de crear belleza y el resto de los mortales. Naturalmente, no todos estamos dotados para las mismas cosas y es inevitable que haya personas que destaquen en la producción de diferentes tipos de belleza. Para mí sería absolutamente imposible dibujar un perro, porque no recuerdo muy bien si estos animales tienen dos o tres orejas —aquí tal vez estoy exagerando un poco—, pero a lo mejor sí puedo inventar una metáfora. Y ya sé que habrá mucha gente que las inventará mejores y en mayor cantidad, porque se dedican a eso, porque tienen más oficio. Pero, aun así, quiero que me dejen proponer la mía.

Cuento todo esto, porque, como es lógico, hay frases o ideas que son felices, hasta felicísimas, creadas espontáneamente por gentes que no son artistas profesionales, sino sencillos ciudadanos. En contados casos, alguno de esos logros debería garantizar en justicia un cierto e inequívoco reconocimiento para su descubridor.

Mostraré una de estas ideas brillantes. Sabemos bien que el amor puede ser tiránico, quemante, llevarnos a la catástrofe más absoluta. Un personaje de Isabel Allende se queja frente a la causante de un amor así: “Me has perseguido sin tregua. No he podido amar a nadie en toda mi vida, sólo a ti”. Y esto no ocurre sólo en la literatura; en la vida real se dan casos de este tipo de fatalidad, de condena: gente esclavizada que no puede dejar de amar, y de sufrir, si no son correspondidos. La magia del amor hace que, incluso intuyendo perfectamente su posible brevedad, a veces estemos dispuestos a gozar de ese paraíso fugaz. Por ello, me parece juiciosa, oportuna y tierna la petición que hace una de esas almas entregadas sin remisión: “Si vas a jugar conmigo, procura que yo también me divierta”. Es el humilde ruego de quien no tiene otra opción, sabe que está condenado a sufrir después, y busca y acepta la felicidad por algún tiempo.

Un personaje de una novela mía, Marta, una jueza ya con algunos años e inmaculada, es víctima de una pasión intratable hacia su primo Roberto y se hace este planteamiento, de manera lúcida y fría, con el lenguaje de carretero que sabe adoptar a veces: “Tiene que ser él quien me ‘aplane’ a mí por primera vez. Me gustaría, para qué lo voy a negar, que me ocurriera eso con él, no con otro. Aunque luego se le pasara la ilusión y tuviera yo que quedar en manos de cualquier subalterno. Lo bailado, bailado. Pero con estas ideas, que no acabo de concretarlas en hechos, y con mi primo, que cada vez está más atontado y no se da cuenta de nada, los años pasan y como me descuide no voy a encontrar a nadie que esté por la labor. Aunque, gracias a Dios, todavía falta para eso y yo me encuentro de buen ver y noto que a algunos hombres los provoco, sin duda. Excepto al imbécil de mi primo, claro. Con lo que estamos donde siempre; es que este asunto no es nada fácil. Y con la solución tan sencilla que tienen estos problemas, si se miran de una cierta manera y se manejan con sensatez”.

Me voy de Madrid unos días. A mi vuelta mencionaré otra frase curiosa. Y tendré que hablar de una escritora inglesa, nacida en 1857, Agnes Mary Frances Robinson.

18 de diciembre de 2014

Templo de Hera Lacinia en Capo Colonna


Palabras clave (key words): templo de Hera, Zeuxis, Helena de Troya, Milón, columna de oro, Aníbal

Dije que hablaría del templo dedicado a Hera Lacinia —esposa de Zeus, diosa protectora de las mujeres y de la fertilidad—, junto a Capo Colonna, en las cercanías de Crotone, en la Magna Grecia, la parte de Italia y Sicilia a la que llegaron inmigrantes helenos. Los primeros colonos provenían de Graia, en Hélade, y de ahí los romanos derivaron en latín la palabra Grecia. Ulises, al regresar de Troya, anduvo perdido diez años por esa tierra, buscando sin descanso el retorno a su patria, a Ítaca.

El templo estaba cubierto de mármol blanco y el célebre pintor Zeuxis (siglo V a. C.) colgó en él su retrato de Helena de Troya, para el que sirvieron de modelo las cinco doncellas más bellas de la ciudad de Crotona, a las que el pintor pidió que le dejaran reproducir la parte más cautivadora y perfecta de cada una —partes todas honestas, se entiende—. También nació en la ciudad, un siglo antes, el famoso atleta Milón, seis veces vencedor absoluto de los Juegos Olímpicos, que casó con una hija de Pitágoras. El filósofo le estaba agradecido porque en una ocasión, mientras impartía una lección, el techo del recinto se vino abajo y el fortísimo Milón lo aguantó hasta que todos los asistentes salieron sanos y salvos. Y luego, encima, le colocó una hija.

Ese templo, del que ahora queda sólo una columna, era riquísimo. El historiador Tito Livio cuenta, en el capítulo III del libro XXIV de su Historia de Roma (abrevio el texto): Había allí un denso bosque y en el centro un claro con pastos, para el ganado consagrado a la diosa, del que no cuidaba nadie. Al acercarse la noche, en la sobretarde, los distintos rebaños se separaban y volvían a sus establos, sin que ningún animal de presa los acechase ni humano alguno los robase. Con las grandes ganancias obtenidas, se fabricó una columna de oro macizo dedicada a la diosa. El templo se hizo famoso tanto por su riqueza como por su santidad y se le atribuyeron muchos milagros.

Lector, esto no es un tratado de historia y no tengo obligación de ser siempre veraz. Pero que había una columna de oro macizo, eso me parece seguro. ¿Que por qué? Pues porque frente a tanta columna expoliada y tanta desolación, también tiene que haber algo alegre y esperanzador en esta vida. Te digo que existió esta columna de oro. Es más, alguien, seguramente, tuvo la buena idea de enterrarla en alguna parte y debe de estar todavía por allí, esperando al afortunado que la encuentre, que no todo van a ser desgracias y calamidades. Y habrá más columnas parecidas, de oro, en el mundo.

Aparte de su función religiosa, el templo servía también tradicionalmente como lugar de cobijo para navegantes y mercaderes. Por ser lugar sagrado ofrecía protección frente a los ladrones y muchos fieles guardaban allí sus riquezas. La práctica de utilizar los templos como bancos era normal. En Roma, las vestales eran depositarias de testamentos y contratos, y en el templo de Saturno Erario estaba depositado el tesoro de la ciudad. O sea, templos y riqueza unidos, hermanados. Nihil novum sub sole.

Aníbal retornó desde este lugar a Cartago, al final de la segunda Guerra Púnica. Mandó colgar en las paredes del templo unas placas de bronce contando sus gestas en tierra italiana y de paso saqueó el tesoro para resarcirse de los gastos de las mismas, que nada es gratis y todo tiene su contabilidad.

15 de diciembre de 2014

Templo de Hera Lacinia en Capo Colonna


Palabras clave (key words): Templo de Hera Lacinia, Capo Colonna, desolación, Agrigento

El corazón humano es caprichoso y también certero. Tiene sus razones propias; se apasiona y burbujea en el pecho por motivos que no aparecen claros al entendimiento. Yo diría más bien, que fuerzan al entendimiento a esclarecerlos. Cuento esto tras haber leído el relato de un viajero francés del siglo XIX en Calabria y ver después una foto que me ha conmovido profundamente, que me ha hecho pensar. He visto ruinas de muchas clases en diferentes países; sé que hay ciudades antiguas que ni siquiera podemos localizar, que no se sabe dónde estuvieron… Aun así, lo que muestra la foto es, para mí, mucho más desolador e inquietante. Se trata de lo que queda del templo de Hera Lacinia, en Capo Colonna (cabo de la columna), en la Calabria italiana.


Hasta el siglo XVI este cabo se llamaba “Capo delle Colonne” —antes de que hubiera allí templo alguno, su nombre era Lacinion—, porque, si hemos de creer a otro viajero de esa época, todavía quedaban cuarenta y tres columnas en pie. Las columnas eran de estilo dórico, de unos ocho metros de altura y las derribaban para utilizarlas en otras construcciones.  El templo fue construido a finales del siglo VI a. C. , en lo que se ha llamado la Magna Grecia. En 1638 ya sólo quedaban dos columnas y una de ellas fue derruida ese año por un terremoto. Ahora queda una y, como dijo un rústico del lugar: E col tempo anche questa caderà.

Te das cuenta, lector, sólo una columna. Ella sola, arañada por el viento, roída por el tiempo, da una idea, por remota que pueda ser, de lo que fue el templo. Se conserva bella, altiva, representante del supremo arte griego, testimonio de la vulnerabilidad de las obras humanas, a la orilla misma de un mar azul intenso, como de zafiro fundido. Tal vez es una prueba de la determinación de la diosa de no abandonar el lugar donde fue adorada y honrada durante siglos. Y sirve como señal a los pescadores que se buscan trabajosamente la vida en estas aguas no siempre calmas.

Si esa columna cae, por la razón que sea, ningún viajero encontrará ya nada que estimule su imaginación; tendrá que recurrir a las enciclopedias o a los museos… y no es lo mismo. Yo no siento la necesidad incoercible de descubrir ninguna de las ciudades que se han perdido. Pero conservar esa columna sí me parece que me concierne. Porque no es sólo la columna. Es toda la melancolía que despierta, las enseñanzas que revela, lo aleccionador de su presencia. Contemplar esa imagen es conocer lo que es la vida, lo que nos aguarda a todos, es descubrir la urdimbre del tiempo y la terrenidad.

No sé si me hago entender. Lector, te muestro otra foto de otro templo, también atribuido a Hera, en el Valle de los Templos, en Agrigento, en Sicilia. En ella se puede ver todavía lo que fue la fábrica original, se adivina claramente su estructura. Nada de eso ocurre con esa columna aislada que nos habla de destrucción sin límites y sugiere los peores augurios. El sentimiento de que esa columna está llamada a desaparecer, que sucumbirá indefectiblemente un día, del que sólo falta la fecha, es lo que prevalece aquí y es una emoción triste y desesperanzada. Por eso conmueve tan sin descanso.

Otro día te hablaré de lo que fue ese viejo templo condenado a desaparecer del todo, ese templo del que sólo queda una columna.

12 de diciembre de 2014

La impotencia del poder (fin)


Palabras clave (key words): coronación, Carlos V, Bolonia, Papa Clemente VII

Lorenzo de Médici, el emperador Federico II Hohenstaufen, el dominico Savonarola, pudieron comprobar que el poder nunca es absoluto, siempre es inestable, evanescente. Ni los emperadores, ni los Papas acaban de dominarlo, de poseerlo enteramente. En una ensoñación mía —en un relato, La Fortuna y el Tiempo— sobre la coronación del emperador Carlos V en Bolonia, lo contaba yo así. Lector, te ofrezco un fragmento; es un día de febrero del año 1530:

Cruzan de cuando en cuando raudas bandadas de pájaros. Tiemblan las veletas con el vientecillo delgado de la campiña romañola. Voltean las campanas enloquecidas, heridas por los rayos del sol y desangrándose en fulgores bermejos. Desde el palacio en el que reside Carlos V hasta la iglesia de San Petronio, lugar en donde tendrá lugar la  coronación, se ha construido un pasadizo abierto, que atraviesa toda la plaza y por el que se puede llegar al interior del templo. El laurel abraza los escudos imperiales y papales; banderas y oriflamas se agitan al viento; el estrépito es ensordecedor. Se oyen sin cesar gritos de ¡Imperio, imperio! ¡Libertad, libertad!

Ya sale el séquito de la iglesia. Los primeros son los familiares de los cardenales y de los príncipes. Siguen después los regidores de la ciudad, los rectores de las Universidades, los doctores de los Colegios, en lugar muy destacado los españoles del Colegio de San Clemente. Después los clérigos, los acólitos con hachones de cera encendidos, los príncipes, duques, marqueses, condes. Los cardenales, de dos en dos. Nacen luceros fugaces en las armaduras de los caballeros. Se oye el roce cortesano de las sedas y los tafetanes, de los brocados, de los terciopelos, de los nobles tejidos de oro y de plata. Cruzan la puerta del templo el marqués de Monferrato, el duque de Urbino, el duque de Baviera y el duque de Saboya, que llevan, en ese orden, acompañados cada uno de quince criados, los signos de la majestad imperial: el cetro, la espada, el orbe y la corona.

De la iglesia sale, por fin, el emperador y, tras él, el papa, que le había traicionado primero y coronado después. Se prepara un palio para cubrirlos. Siguen detrás los embajadores, los obispos, los altos prelados. Desfila pesadamente el cortejo bajo los arcos triunfales recubiertos de hiedra y de flores, entre el ruido trepidante de los tambores y timbales. Va precedido por los toques marciales de las trompetas incansables, quebrantadas por la furia de las bocas febriles. El sol golpea e incendia los vitrales enmarcados en plomo.

Todo el poder y la gloria reventando en una plaza rebosante de hombres y mujeres, que apuran anhelantes la visión fugaz e imperecedera. Todo el poder y la gloria del mundo y de los cielos. En la enorme ciudad, quizá sólo dos personas son realmente conscientes de la última banalidad del espectáculo: el papa y, sobre todo, el propio emperador, que ha sabido ya muchas veces de la impotencia de su poder.

Sí, exactamente: de la impotencia de su poder.