7 de mayo de 2015

De las notas musicales y teclas del piano


Palabras clave (key words): Guido d’Arezzo, notas musicales, frecuencias del piano.

En mi anteriores entradas mostré vínculos para música del Padre Antonio Soler (1729-1783). En cualquier enciclopedia se puede consultar su vida y obra. Y, de paso, leer sobre el italiano Domenico Scarlatti (1685-1757), que vivió los últimos veinticinco años de su vida en Madrid, a donde vino por haber enseñado música a la princesa portuguesa Bárbara de Braganza, que casó luego con Fernando VI de España. Y buscar algo sobre Luigi Boccherini (1743-1805), italiano de Lucca, que llegó a España por amor, persiguiendo desde Paris a Clementina Pelliccia, que venía a nuestro país con la Compañía de Ópera del boloñés Luigi Marescalchi. Boccherini vivió aquí desde los veinticuatro años hasta su muerte, nombrado violoncelista y compositor de la capilla real del infante Luis Antonio. Los tres músicos forman un destacadísimo grupo de compositores de la España del siglo XVIII, con formas y estilos parecidos.

Querría decir algo muy elemental sobre los nombres de las notas musicales: do, re, mi, fa, sol, la, si. Provienen del siglo XI, cuando el monje benedictino Guido d’Arezzo, que creó un sistema de notación musical bastante similar al actual, las tomó de las primeras sílabas de los versos de un himno a San Juan Bautista, Ut queant laxis, escrito por otro monje benedictino del siglo VIII, Pablo el Diácono. Al principio eran seis notas y luego se añadió la nota Si. En el siglo XVII, se cambió la Ut por Do. La notación musical en el mundo anglosajón, en cuanto a los nombres de las notas, es totalmente diferente. Comenzando la octava en la nota La, a esta se le asigna la letra A y luego van las siguientes letras del alfabeto: B (Si), C (Do), D (Re), etc.

Quizá es menos conocida la relación entre las frecuencias de las distintas notas y, sin embargo, se trata de un asunto muy sencillo. Entre esas notas, la diferencia es un tono, excepto entre Mi y Fa, y entre Si y Do, que es un semitono. En un piano, las teclas blancas corresponden a esas notas. Ahora bien, entras las teclas separadas por un tono, hay otras teclas, negras, que son un semitono más alto que la nota blanca anterior. La tecla negra entre el Do y el Re es el Do sostenido, etc.

Un piano de 88 teclas, los más corrientes, tiene siete octavas; es decir, siete grupos de doce teclas (siete blancas y cinco negras), más una tecla blanca al final y tres teclas (dos blancas y una negra) al principio. 7 x 12 = 84 + 4 = 88. En un piano ideal, la frecuencia teórica de cualquier tecla de uno de esos grupos es justamente el doble de la tecla homónima del grupo u octava anterior. La frecuencia La4 (el La de la cuarta octava) es el doble de La3 (el La de la tercera octava).

Y la frecuencia de cada tecla, considerando las blancas y negras juntas, es igual a la frecuencia de la precedente multiplicada por la raíz duodécima de 2, que es igual a 1,05946… La nota La4, que está en la posición 49 del teclado, al afinar se ajusta a la frecuencia 440 Herz (ciclos por segundo). La frecuencia del La4# (el La sostenido, la tecla negra entre La y Si) es 440 x 1,05946… La frecuencia de la tecla en la posición n del piano es: f(n) = 1,05946 n-49 x 440 Herz. O, si se quiere, 2 (n-49)/12 x 440 Herz.

La tecla que corresponde a una determinada frecuencia (f) del piano es:

n = 12 x log2 (f / 440) + 49.

No hay por qué asustarse. Los logaritmos de base 2, o logaritmos binarios, muy utilizados en informática, teoría de la información, etc., son muy fáciles de calcular, con cualquier calculadora científica elemental, porque ocurre que:

log2(n) = log10(n) / log10(2). Y también, log2(n) = ln(n) / ln(2), donde ln quiere decir logaritmo neperiano. Esta entrada tiene números; ya sabéis que me gustan.

3 de mayo de 2015

Clave y piano, modos de actuar sobre las cuerdas


Palabras clave (key words):Fandango para clave, mecanismos para hacer vibrar la cuerda.

En mi última entrada di el vínculo para Fandango, del padre Soler, ejecutado al piano. Doy ahora otro para clave o clavecín (harpsichord), por si alguno prefiere la interpretación en este instrumento: https://youtu.be/LMvgGUGn1-E. El artista es Rafael Puyana, un ilustre clavecinista colombiano, muerto en París en el año 2013. Está ilustrado con un cuadro de Goya, El quitasol, de 1777.

Ya dije que meterse con las diferencias entre los diversos tipos de instrumentos musicales es tarea difícil, complicada. No obstante, me gustaría insistir en la radical diferencia entre el clavecín —y otros instrumentos relacionados, como el virginal, la espineta, etc.—, por una parte, y el piano, por otra, en cuanto al modo de producir el sonido, de inducir la vibración de la cuerda.

En el clave, muy utilizado durante los períodos renacentista y barroco, las cuerdas son punteadas, rasgueadas, como en el arpa o la guitarra. En estos dos últimos instrumentos se hace directamente, con los dedos de la mano, mientras que en el clavecín la pulsación es indirecta y mediante un mecanismo de cierta complejidad. Dicho mecanismo, a su vez, es distinto del utilizado en el piano.

El piano fue inventado hacia el año 1700 por Bartolomeo Cristofori, que lo llamó clavicémbalo col piano e forte, aludiendo a su capacidad de producir sonidos de distinta intensidad, suaves o fuertes, que deriva de su mecanismo peculiar para hacer vibrar las cuerdas, distinto al del clavecín. Esto es muy importante porque permite modulaciones acústicas que son imposibles con el clavecín. Luego se llamó sólo pianoforte y finalmente el nombre se redujo a piano.

En las figuras que he escogido para acompañar esta entrada, se ven claramente los dos mecanismos. En el caso del piano, la presión de la tecla lleva a golpear la cuerda, mientras que en el clavecín la cuerda es punteada por un pico de pluma de ganso, cuervo o cóndor, al que se llama plectro, que protruye de una pieza de madera, llamada martinete, que es la que se mueve al ser presionada la tecla. La acción se asemeja a la de hacer vibrar la cuerda en la guitarra mediante una púa. El volumen, la intensidad, del sonido apenas varía con la fuerza que se ejerza sobre las teclas, cosa que no ocurre con el piano. A cambio, el clave tiene una sonoridad metálica, un regusto antiguo y exótico, que lo puede hacer muy atrayente.

En el clavicordio —con el clavecín los dos instrumentos de cuerda más importantes desde el siglo XV al XVIII—, aunque el nombre pueda inducir a error, el sonido de la cuerda se produce por percusión, como en el piano. Aquí se trata de una pieza de metal, llamada tangente, que golpea directamente, sin recubrimiento, la cuerda, al ser accionada la tecla. En el piano, la pieza que percute la cuerda, el martillo o macillo, está revestida de cuero o fieltro. En el clavicordio, el sonido varía también según la presión ejercida sobre la tecla, pero por su mecánica tiene poca intensidad y no puede utilizarse en unión con otros instrumentos o para acompañar a la voz. En realidad, fue usado sobre todo para tocar en solitario o hacer prácticas con él.

Muestro dos figuras, tomadas de Wikipedia, que ilustran el mecanismo que induce la vibración de la cuerda en el clavecín y en el piano. Se intuye fácilmente cómo uno de ellos, el del piano, es capaz de modificar la intensidad del sonido, según la presión que se ejerza en la tecla.
 
Piano, percusión

 
Clave, punteo
 
 
 

29 de abril de 2015

Frederick Marvin y su Fandango del Padre Soler


Palabras clave (key words): fandango, Frederick Marvin, Padre Antonio Soler.

Repasando, y repensando, mis últimas entradas, en las que me referí a médicos e investigadores, cavilo que tal vez me excedí en asuntos demasiado técnicos o aburridos. No era, ciertamente, mi intención. Mencioné científicos con los que tuve algún leve contacto y que se me aparecen en cuanto trato de memorar mi vida. Hoy pretendo ser ameno y hablaré de música, aunque también mi relato irá trufado con recuerdos personales, con algún jirón de mi pasado.

La primera vez que oí entero el Fandango en D minor (re menor), del padre Antonio Soler, fue hace muchos años, al pianista Frederick Marvin, en un disco del sello Decca, que aún conservo. Nunca he encontrado otra versión que me gustara más, aunque estoy dispuesto a admitir que eso podría deberse al especial fulgor de nuestras primeras experiencias en los más diversos terrenos. También en el amor se proclama esta gran ventaja de las primicias. Un refrán español dice que “no hay luna como la de enero, ni amor como el primero”. Può darsi, es posible, que diría un italiano.

De todas maneras, Marvin, nacido en Los Angeles, pianista y musicólogo, cobra especial relieve en este caso. Debutó con gran éxito en el Carnegie Hall y recibió el premio que otorga la institución al mejor debutante de cada temporada... Pero, además, contribuyó al renacimiento de ese olvidado músico español del siglo XVIII, que fue Antonio Soler (1729-1783). Estudió más de dos años su obra, la presentó en Nueva York, en 1957, y atrajo poderosamente la atención sobre el compositor. Marvin recibió, entre otros muchos honores, el título español de Comendador de la Orden del Mérito Civil. Vivió algún tiempo en España, fue amigo de Salvador Dalí, etc.

Mervin recogió los manuscritos de más de ciento cincuenta sonatas del buen fraile, que con 23 años fue nombrado organista y maestro de capilla del monasterio de El Escorial y vivió allí hasta su muerte. Soler también escribió minuetos, rondós, polacas, etc. En el caso del fandango, sorprende la gracia, frescura y ritmo de la composición y cuesta trabajo pensar que surgiera en el ambiente frío y austero del sombrío edificio. Para mí —otra vez recuerdos personales— fue especialmente emotivo oírlo una noche de verano en el bello auditorio barroco situado enfrente del monasterio.

Hay diferentes preferencias en cuanto a escuchar la obra en piano o en clavecín. Meterse en los detalles de estos instrumentos sería un dislate. A mí, quizá por esa devoción hacia las primicias, me gusta mucho la interpretación de Marvin para piano. Cuando Soler llegó al monasterio, en el 1752, ya había ya allí un pianoforte (antiguo nombre del piano) y luego llegaron más. Soler lo conocía bien y escribió muchas de sus sonatas para piano. Ni puedo entrar en todo esto. La diferencia esencial entre el piano y el clavecín y análogos es que en aquél las cuerdas son percutidas, mientras que en estos son punteadas. Los sonidos de ambos tipos de instrumentos son parecidos, aunque perfectamente diferenciables. Entiendo que alguien pueda preferir uno de ellos.

Me alegró comprobar, curioseando en Internet, que Frederick Marvin sigue vivo, a sus 95 años, y felizmente casado. Se casó hace apenas cuatro años con Ernst Schuh, de 89, sobreviviente de la batalla de Stalingrado, cuando las leyes lo permitieron,—eran hombres los dos—. Llevaban 52 años juntos, desde que se encontraron en la abadía de San Florián, en Austria, a donde llegaron para acercarse a la tumba de Anton Bruckner. Se pelean a veces, confiesan, como todos los matrimonios.

El fandango de Soler es una delicia, en el que, para mí, destaca ese crescendo del ostinato de la mano izquierda, cada vez más rápido, hasta la apoteosis final. No diré una palabra más. En YouTube hay otras muchas versiones, para piano, harpsichord, etc. Lector, ojalá te guste esta de Frederick Marvin que te ofrezco, para piano. Ahí va el vínculo: https://youtu.be/_hzlfKJmeyU (el sonido no es óptimo). Encontrarás muchas más.

25 de abril de 2015

Adrian Kantrowitz, mecánico del corazón


Palabras clave (key words): cirugía experimental, balón intraaórtico, LVDA, Glick.

Ya conté que Adrian Kantrowitz trató de realizar un trasplante de corazón en junio de 1966, sin que finalmente se llevara a cabo. En noviembre de 1967 otro recién nacido, con malformaciones cardíacas incorregibles, fue considerado un buen candidato para trasplante y se comenzó a buscar un donante. Kantrowitz, que había hecho más de cuatrocientos trasplantes experimentales en cachorros de perros y gatos, cuenta que, en esta espera forzosa, su hija le despertó un tres de diciembre para anunciarle que Christiaan Barnard, con mucha menos preparación previa, había logrado el primer trasplante de corazón en el mundo, en Suráfrica. El cirujano del Maimónides se lo tomó con filosofía: “No se puede ser siempre el primero. Unas carreras se pierden, otras se ganan”.

En esa carrera también perdieron los doctores Lower, Shumway y algún otro. Kantrowitz, tres días después, cuando se encontró el donante, un recién nacido con anencefalia, realizó el segundo trasplante mundial, el primero en un niño y en Estados Unidos, tras aguardar a que el  corazón del donante cesara de latir, como era obligado en ese tiempo. La operación transcurrió sin incidencias y el corazón trasplantado empezó a funcionar. El receptor tenía diecinueve días y sobrevivió sólo seis horas y media.

A pesar del resultado de esta primera experiencia, Kantrowitz realizó dos meses más tarde, en enero de 1968, un nuevo trasplante —era ya el quinto en los Estados Unidos—, esta vez en un adulto, que sobrevivió también muy poco tiempo. No hizo ya más trasplantes y pensó que había que esperar a que surgieran fármacos anti-rechazo más efectivos. Se dedicó otra vez a las ayudas mecánicas al corazón de pacientes con insuficiencia intratable, que era su área de investigación de siempre y para lo quizá estaba mejor dotado. Ya en los primeros años cincuenta, trabajando con su hermano Arthur, un físico, empezaron a diseñar un balón intraaórtico para facilitar lo que se conoce como contrapulsación, que impele sangre en las coronarias durante la diástole y ha ayudado a salvar miles de vida; se han tratado así más de tres millones de pacientes desde los años ochenta. Desarrolló igualmente más de veinte artilugios electrónicos y mecánicos para ayudar a enfermos de corazón y también a parapléjicos. Quizá los más conocidos son los left ventricular assist devices (LVADs), prótesis implantables que bombean sangre del ventrículo izquierdo a la aorta y mejoran la función cardíaca.

Kantrowitz era capaz de trabajar dieciséis horas diarias y aún encontraba tiempo para montar en moto y pilotar su propio aeroplano. Tenía también sentido del humor. En una conferencia, discutiendo precisamente sobre los LVADs dijo: “Cuando empezamos a trabajar con ellos la gente pensó que era una estupidez. No se tiene realmente una buena idea hasta que la gente piensa que es estúpida”.

En 1970 decidió cambiar de hospital para potenciar sus investigaciones y marchó de Nueva York a Detroit. No era un simple cambio de barrio y, sin embargo, veinticinco miembros de su equipo, cirujanos, ingenieros y enfermeras, se trasladaron con él a Detroit. Esto da idea de su liderazgo, de su capacidad para entusiasmar a su gente. Dejo aquí dos fotos suyas.

No puedo extenderme más, es un tema árido. Volviendo a Seymour Glick —yo estaba bien atento a sus progresos en RIA—, diré que él era bastante joven cuando coincidimos en Nueva York. Miré hace días en Internet y veo que emigró a Israel, su nombre ahora es Shimon Glick, y tiene 45 nietos y 23 bisnietos. Ha recibido un Lifetime Achievement Award (premio por los logros de toda una vida). ¿Cómo pudo cambiar tanto el mundo? Leo que es opuesto a las huelgas de médicos. En el judaísmo, dice, el tratamiento a un paciente no es un contrato privado, sino una obligación religiosa, un mandato bíblico. Aunque por otras razones, estoy plenamente de acuerdo con él.


23 de abril de 2015

Portada del Quijote, tomo I, del año 1604.


Hoy, día de la Fiesta del Libro, se conmemora la muerte de Miguel de Cervantes, e interrumpo mi ciclo o serie sobre el cirujano americano Adrian Kantrowitz, del que queda sólo una entrada más —¡ánimo lector!—, para insertar una pequeña curiosidad, que me llegó hace ya unos años.

El primer tomo del Quijote fue impreso en la imprenta de Pedro de Madrigal, regentada desde su muerte por su viuda, María Rodríguez de Rivalde, aunque quien figuraba comercialmente como responsable fuera su yerno Juan de la Cuesta, el nombre que nos resulta familiar a casi todos. Se publicó en 1605, pero, naturalmente, los ochenta y tres pliegos de que constaba empezaron a imprimirse con anterioridad, en el verano de 1604, o quizá antes. La licencia es de septiembre y la impresión debió de terminarse hacia noviembre, porque el testimonio de erratas tiene fecha de uno de diciembre. Hubo que esperar, sin embargo, la Tassa, la fijación del precio, que se rubricó el veinte de ese mismo mes. La composición final todavía requirió algún tiempo y el libro apareció por fin a primeros del año 1605.

Antes se debieron de hacer algunas pruebas, de algún pliego o partes, y en una de ellas estaba la portada, con fecha todavía de 1604. Esa hoja, impresa sólo por una cara, se encontró envolviendo un legajo de manuscritos, que no tienen nada que ver con el Quijote. Estaba arrugada y con la tinta algo borrada, pero fue “amorosamente lavada, cuidadosamente planchada y orgullosamente reproducida”. Una de estas reproducciones, numeradas, me llego a mí y la ofrezco hoy como simple dato curioso a mis lectores. La fecha que aparece es 1604.

He obtenido estos datos de uno de los envíos periódicos, Aguinaldos, nº 8, de Gráficas Almeida, imprenta madrileña de más de sesenta años, situada en pleno barrio de las Letras, no lejos de donde vivió Cervantes y de donde se imprimió por primera vez el inmortal libro.

22 de abril de 2015

Fallido trasplante cardíaco de Kantrowitz (1966)


Palabras clave (key words): Medicina Nuclear, Adrian Kantrowitz, failed heart transplant.

Seymour M. Glick, uno de los primeros colaboradores de Berson y Yalow, trabajaba sobre hormona de crecimiento, oxitocina, etc. en el Maimonides Medical Center, Servicios de Coney Island Hospital. Resultó que el laboratorio de RIA formaba parte del departamento de Medicina, del que Glick era el Jefe, y yo llegué adscrito al de Medicina Nuclear. Pero también allí se hacían cosas nuevas, con las gamma cameras, que empezaban entonces para los estudios de imagen, investigaciones sobre la cinética de diversos procesos biológicos, etc. Y empezamos a buscar oro en la sangre —quiero decir que tratábamos de medir su concentración en pacientes de artritis reumatoide tratados con sales de oro— mediante una técnica de nombre arcano y magnífico, X-ray fluorescence, que demandaba aparatos que no existían en ningún hospital, pero sí en una gran empresa con la que colaborábamos.

 La cooperación con el núcleo central del Maimonides era intensa y a veces trasladábamos alguna ‘vaca’ —todos llamaban así, moly cow, a los generadores de 99mTecnecio a partir del 99molibdeno—, y lo hacíamos en una ambulancia, con la sirena funcionando sin necesidad. Yo,  nacido en una pequeña ciudad andaluza, no acababa de creerme que anduviera en estos trajines en la que era entonces, sin duda, la capital del mundo. La vaca se ‘ordeñaba’, haciendo una elución (ordeño) para obtener el 99mTecnecio.

El verde de indocianina era una buena sustancia para estudiar el funcionamiento hepático, pero resultaba demasiado cara. Llegó entonces al hospital un químico lleno de ilusiones, que podía producirla a bajo coste. “El procedimiento es algo explosivo, pero lo vamos a lograr”, decía divertido. Se formó en mí, ya para siempre, una idea del espíritu pionero y arriesgado de ciertos científicos, una imagen confiada y risueña de lo que podía ser la investigación, un sentimiento fáustico de que todo era posible, la optimista convicción de que el mundo era inmenso y ubérrimo, la vida casi eterna y había tiempo para todo. Sí, eso era lo que pensaba. Me pareció interesante conocer esa especialidad naciente, la Medicina Nuclear; de hecho, proseguí con ella luego en Suiza.

El mundo me parecía recién estrenado. Yo y todos mis amigos éramos jóvenes y en aquel orbe íntimo nunca tuve que asistir a un funeral; no existía la muerte. Sí apareció en la lejana España, hurgó con sus descarnados dedos los pulmones de mi padre y creció allí un tumor maligno, un cáncer ya intratable. Entendí por fin que el mundo no era un paraíso y que había que volver a la vieja tierra. Pero eso fue al final, el ensueño americano duró unos años.

Ya dije que en el Maimonides estaba Adrian Kantrowitz, el cirujano que hizo el segundo trasplante de corazón del mundo y pudo haber hecho el primero. En efecto, en mayo de 1966, dieciocho meses antes de la hazaña de Barnard, nació en ese hospital un niño con graves malformaciones cardíacas congénitas. Un mes después, en junio, se encontró en Oregon un donante apropiado, un niño anencefálico (sin cerebro), que fue trasladado en avión hasta Nueva York, y los dos niños fueron preparados para la cirugía. Según las normas de entonces hubo que esperar hasta que el corazón del donante dejara de latir, no bastaba el criterio de ‘muerte cerebral’, y cuando el corazón paró, los cirujanos comprobaron que estaba deteriorado y el trasplante y no se realizó.

Dejo una foto, tomada de la colección Profiles in Science, de la National Library of Medicine, para que se tenga una idea del tamaño del corazón de un niño de días; es como una castaña. En otra entrada contaré más sobre el primer trasplante de Kantrowitz y sus inventos en el campo de la cardiocirugía.

Volviendo a Solomon Berson, precisamente hoy, 22 de abril, habría cumplido 97 años, una edad no imposible. Murió con sólo 53. La Muerte se equivoca a menudo.

(continuará)


 
Corazón del donante, un niño de días

20 de abril de 2015

El pequeño laboratorio de Rosalyn Yalow y Solomon Berson


Palabras clave (key words): un pequeño laboratorio en el Veterans Hospital del Bronx.

He hablado de Rosalyn Yalow y Solomon Berson y dije que fueron científicos excelsos; eso lo sabe ya todo el mundo. Eran, además, de los que a mí me gustan más. Trabajaban en un pequeño equipo, sin apenas ayudas, sin grandes grants o fondos para investigación, con relativa calma, en un ambiente extraordinariamente grato, en un hospital no volcado especialmente a la investigación. Ros Yalow lo cuenta: “Ni Sol (Solomon) ni yo tuvimos un aprendizaje postdoctoral en investigación. Aprendimos y nos corregimos el uno al otro y éramos críticos muy severos con nosotros mismos”.

Berson estuvo en el Veterans de Bronx de 1950 a 1968, cuando marchó a la recién fundada Mount Sinai School of Medicine. En abril de 1972 fue elegido miembro de la National Academy of Sciences (NAS) y ese mismo mes murió de un infarto masivo. Yalow quiso que su servicio en el hospital llevara su nombre. La vida no se detuvo —no lo hace nunca— y de 1972 a 1976 el laboratorio publicó sesenta artículos. Yalow ingresó en la NAS en 1975 y fue premio Nobel en 1977. Se jubiló en 1991 y murió en el 2011.

En mis años de Nueva York, percibí lo que creo que es un rasgo típico de muchos científicos americanos: la espontaneidad y confianza en sus relaciones, estrechas en muchos casos, utilizando entre ellos los nombres familiares, etc. En 1947 Yalow conoció a Gioacchino Failla, nacido en Italia y un personaje entre los físicos médicos americanos. Tras charlar un rato, Failla telefoneó: “Bernie, si quieres montar un servicio de radioisótopos, tengo alguien aquí a quien tienes que contratar”. Así, sin más. Bernie era Bernard Roswith, Jefe de Radioterapia del Veterans de Bronx. Así se hizo.

Berson y Yalow tenían una dedicación llena de afecto hacia sus colaboradores. Sigue Ros: “Todos estos años, Sol y yo, hemos disfrutado del tiempo dedicado a los ‘hijos profesionales’ que se formaban en el laboratorio. Tratamos de que aprendieran, no sólo nuestras técnicas, sino nuestra filosofía”. En los primeros años sesenta, dos de ellos, médicos, fueron Jesse Roth y Seymour Glick. El cuarteto Yalow, Berson, Roth y Glick firmó un buen número de trabajos entonces. Más tarde Roth fue uno de los pioneros en el naciente campo de los receptores celulares de superficie, en los National Institutes of Health (NIH) y Glick marchó al Maimonides Medical Center.

Roth trabajó con Berson porque lo recomendó el profesor Irving London. Berson llamó a Roth y le dijo: “He recibido una carta del doctor London y me dice que debo contratarle. Ya está contratado. Dr. Glick llegó recomendado por el doctor Goldman. Advierto de que se trata de recomendaciones ‘americanas’, muy diferentes de las españolas. Como las cartas de recomendación, que son muy tenidas en cuenta. Allí, en general, se recomienda al que vale, no al sobrino, etc.

Roth cuenta que eran tratados like Pharaoh’s children (como hijos del faraón). El espacio era tan reducido que había que disputarlo a veces. Una mañana Glick y él llegaron a trabajar a las 5.30 y los jefes llegaron a las 6.30 y todo estaba ocupado por nuestras cosas, cuenta con humor. En un congreso, Glick presentó un trabajo común que tuvo un gran éxito. Muchos congresistas felicitaban a Berson: “Oh, Sol, qué gran trabajo has hecho.No, no, the boys did that(No, no, han sido los chicos), repetía él.

¡Qué delicia habría sido trabajar con ellos! Bueno, aún me quedaba Seymour Glick, en el Maimonides. Me reprocho no haber ido nunca, como en peregrinación, a visitar el pequeño laboratorio del Veterans y tratar de lustrarle los zapatos a alguien, al que se dejara. Habría sido fácil; un buen amigo mío, Ben Hadar, trabajaba allí como radiólogo. No lo hice, me lo perdí, como tantas cosas. Podría contar muchas más anécdotas, pero hay que parar. Enseguida hablaré de mi llegada al Maimonides y de Adrian Kantrowitz. No me pierdo, lector; sigo el hilo. Porque el hilo existe, créeme; me gusta enredarlo, enmarañarlo.

(continuará)
 
 
Rosalyn S. Yalow

 
Solomon A. Berson
 

 

 

18 de abril de 2015

Medir lo imposible: nacimiento del radioinmunoanálisis


Palabras clave (key words): Radioisótopos, medición de insulina, Nature y el JCI.

Mencioné en mi anterior entrada a Rosalyn Yalow y Solomon Berson. Hablar de personas como ellos es darse un paseo por algún cielo entrevisto, regresar al paraíso perdido. Quizá tuvieran algún defecto, pero con gentes así no acierto a ver nada que pueda empequeñecerlos. Justamente lo contrario de lo que me ocurre con los famosos que son meros bluffs, que no encuentro nada, aunque me esfuerce, que me los haga grandes.

Rosalyn Sussman (su nombre de soltera) nació en Nueva York, en el Bronx, en el 1921. Su padre era hijo de inmigrantes rusos; su madre llegó de Alemania con cuatro años. Rosalyn se graduó en el Hunter College. Durante la Segunda Guerra Mundial, los varones eran llamados a filas y las universidades empezaron a admitir más fácilmente a mujeres. Rosalyn pudo ingresar en la de Illinois donde terminó su doctorado en Física en 1945, casada ya con un compañero de estudios, Aaron Yalow. De vuelta a Nueva York, fue consultora en el Veterans Administration Hospital, en el Bronx, hasta que en 1950 se integró plenamente y contribuyó a desarrollar el Servicio de Radioisótopos. Allí encontró a Solomon Berson, un joven residente médico. El milagro empezó ahí, todo vino de ahí. Trabajaron juntos veintidós años, hasta la muerte de Berson.

Estas uniones de especialistas en distintos campos pueden ser extraordinariamente fructíferas. Empezaron a emplear isótopos radiactivos para muy distintos tipos de estudios: estimación del volumen de sangre, remoción del iodo por el tiroides y riñón y fisiología de proteínas y hormonas, sobre todo insulina. Descubrieron que esta hormona se eliminaba más lentamente en los diabéticos tratados que en normales sanos y pensaron que en los pacientes la hormona se ligaba a proteínas por lo que desaparecía más lentamente de la circulación. Postularon que la insulina suscitaba la formación de anticuerpos, idea que no fue aceptada al principio por la comunidad científica. De hecho tuvieron dificultades para que les publicaran sus trabajos.

Por fin, al final de la década de los cincuenta, publicaron lo que quizá fue su trabajo más importante y definitivo, en la revista Nature, de 1959: Assay of plasma insulin in human subjects by immunological methods, por Yalow, R. S., and Berson, S. A., firmando ella en primer lugar. Un año más tarde, en el 1960, apareció en el Journal of Clinical Investigation, otro trabajo suyo: Immunoassay of endogenous plasma insulin in man, otra vez con Rosalyn como primera firmante.

Aprovechando la realidad de que la insulina, una proteína pequeña, inducía la formación de anticuerpos, desarrollaron una técnica —la llamaron radioinmunoanálisis (RIA)— que permitía medir su concentración. Era la primera vez que se utilizaban radioisótopos para evidenciar la reacción entre antígenos y anticuerpos, lo que causó una revolución en los estudios biológicos. Se abrió la posibilidad de medir otras hormonas o sustancias presentes en muy pequeña concentración en el organismo. Todo eso cambió radicalmente la realidad médica: para el diagnóstico, para muchos tratamientos, para la investigación de los más diversos mecanismos metabólicos, para la cuantificación de fármacos, detección de virus, etc.

Solomon A. Berson nació en Nueva York en 1918, hijo también de un inmigrante ruso, y quiso estudiar medicina, pero lo rechazaron en todas las escuelas. Hizo entonces un máster en Ciencias, hasta que por fin pudo ingresar en la New York School of Medicine, en 1941. Se casó un año después con Miriam Gittleson. Terminó Medicina en 1945, prestó dos años servicio en el ejército y luego hizo su residencia en el Veterans del Bronx, en donde encontró a Yalow, que andaba buscando un colaborador médico para sus investigaciones con isótopos. En una primera entrevista se dedicaron a resolver problemas matemáticos. Y ya dije que todo empezó ahí. Veinte años de trabajo sin pausa, de excitación continua. Y al final, la gloria… y la muerte. Lo contaré en otra entrada.

(continuará)

15 de abril de 2015

El primer trasplante de corazón en los Estados Unidos


Palabras clave (key words): Kantrowitz, Yalow, Berson, Glick, radioinmunoanálisis (RIA).

En mi entrada del cuatro de febrero de este año, mencionaba yo, muy de pasada, al doctor Adrian Kantrowitz, que realizó un trasplante de corazón a un niño en Nueva York, el seis de diciembre de 1967, tres días después de que Barnard hiciera el primero en el mundo. Querría ahora extenderme algo más, porque se dio la circunstancia de que yo estaba entonces en el centro médico neoyorquino en donde se hizo la operación y viví un poco aquello. También porque Adrian Kantrowitz fue un personaje excepcional en más de un sentido. Como contaba en mi entrada de febrero, todavía me embarga la alegría y el pasmo de haber rozado en mi vida a gente verdaderamente admirable.

Para hablar de Kantrowitz tengo que hablar antes de Solomon Berson y de Rosalyn Yalow. Yo funciono así, lector. Hablar de alguien, refiriéndose a él desde el principio, eso lo puede hacer cualquiera; yo necesito demorarme, perderme y recorrer antes algunos vericuetos, que creo que son amenos. Fíjate de quiénes voy a hablar: Yalow fue premio Nobel en 1977, la segunda mujer en recibir un Nobel en Fisiología o Medicina. Berson no pudo serlo, porque murió inesperadamente en 1972, con cincuenta y tres años, de un infarto masivo en Atlantic City, durante un congreso de la Federation of American Societies for Experimental Biology, y los premios no se dan póstumamente. Al recibir el preciado galardón, Rosalyn Yalow dijo que su única pena era que él no estuviera vivo para compartirlo. Habían trabajado juntos casi toda una vida. También me apena a mí todavía su mala suerte y había hablado con él  una sola vez.

¿Y por qué tengo que referirme a Yalow y Berson? Pues porque por ellos llegué yo al hospital donde estaba Kantrowitz, el Maimonides Medical Center. Ellos habían inventado, tras años de investigaciones fundamentales, el radioinmunoanálisis (RIA), una técnica que revolucionó la cuantificación de muchas sustancias biológicas, presentes en muy pequeña cantidad en el organismo. Eso permitió estudios que eran irrealizables hasta entonces. Luego vinieron otros procedimientos relacionados, FIA, EIA, etc. y se aplicaron al estudio de virus, fármacos, anticuerpos, etc. Casi cualquier molécula puede ser investigada y cuantificada con estas técnicas, lo que posibilitó estudios inimaginables hasta entonces.

Yalow y Berson, que jamás quisieron patentar su descubrimiento, trabajaban en el Veteran Administration Hospital, en el Bronx. Yo estaba en otro hospital, digamos más grande o conocido, para no molestar a nadie. A pesar de todo, a última hora, casi sin tiempo, quise ir allí. Hablé por teléfono con el Dr. Berson y me confirmó que era imposible, no tenían ni una plaza libre. Pero el doctor Seymour Glick, que con Jesse Roth había trabajado con ellos durante cierto tiempo y continuaba con sus investigaciones, estaba en un Servicio dependiente del Maimónides. Y allí sí pude ir. Y en el Maimónides operaba Kantrowitz, al que sólo vi alguna vez, naturalmente.

No soy un admirador fácil. Pero cuando admiro, lo hago sin reserva, sin límites. Digo en broma que podría dedicarme a lustrarle los zapatos a mis admirados cuando quisieran, cuantas veces quisieran. Se harían famosos por el brillo cegador de su calzado. Siempre pienso eso. No creo en la transmigración, pero me preocupa esa tendencia mía, esa pasión irrefrenable por limpiarle los zapatos a las personas que admiro. Hay un día de la semana, variable, en que finjo creer cosas en las que normalmente no creo. Esos días me pregunto, ¿habré yo vivido alguna vida anterior haciendo de limpiabotas? No lo sé, la verdad; si me entero, lo contaré enseguida.

(continuará)

10 de abril de 2015

Úbeda y el San Juan Bautista niño de Miguel Ángel (fin)


Palabras clave (key words): Francesco Caglioti, Condivi, Vasari, Zöllner, Fundación Medinaceli.

¿Por qué escribo todo esto? Por varias razones: Porque me agrada pensar que, hace casi veinte años, andaba ya interesado en lo que ahora resulta una espléndida realidad. Porque mi carta fue sencilla y directa y obtuvo una educada, informativa y agradecida respuesta, contando que ya estaban los restos de la estatua en Florencia, cosa que yo ignoraba. Porque me parece un ejemplo de esa fructífera comunicación en materias de arte o ciencia, que es consustancial con el mundo científico. Por último, porque me sirve para resaltar una constatación: la gente educada contesta siempre las cartas. Y yo sé muy bien por qué lo digo.

En materia de arte puede haber dudas, es muy corriente. El principal valedor de la autoría de Miguel Ángel en el San Juanito ubetense es Francesco Caglioti, profesor de Historia del Arte Moderno en la Universidad de Nápoles. La obra habría sido esculpida cuando el artista tenía sólo veinte años, en 1495, por encargo de Lorenzo di Pierfrancesco de’ Medici, primo segundo (biscugino) de Lorenzo el Magnífico. Ascanio Condivi lo dice claramente (al quale, Michelagnolo haveva fatto un San Giovannino) en su Vita de Michelangelo Buonarroti, de 1553, redactada bajo la supervisión del maestro (quizá hasta dictada por él). Igual ocurre en la segunda edición de las Vite de’ più…, de Giorgio Vasari, de 1568. Caglioti ha encontrado pruebas indiciarias, en el Archivo Estatal de Florencia, de un San Giovannino regalado en 1537 a Francisco de los Cobos, cultísimo Secretario del emperador Carlos V y personaje clave de su diplomacia. 

La obra se daba por perdida, pero a partir del 1800 se renovaron los intentos para encontrarla. Se pensó que podía estar en un museo de Berlín; luego la candidata fue una escultura de la Pierpont Morgan Library de Nueva York. O alguna de las estatuas de San Giovanni dei Fiorentini, en Roma, o una del Museo Bargello en Florencia, u otra de la National Gallery de Washington. Todas fueron finalmente descartadas.

En cuanto a la de Úbeda, postulada como de Miguel Ángel por Manuel Gómez Moreno desde 1930, Roberto Longhi, historiador de arte italiano de gran renombre, dijo que “era una obra de baja calidad”. Sin embargo, la Fundación Medinaceli, propietaria de los restos, los envió al laboratorio ya citado de Florencia, en 1995. Y allí estuvieron hasta que en el 2011 se aplicó la tecnología apropiada para intentar la ‘reconstitución’ de la estatua, de la que faltaba el 60 % del total, con fotos de los años treinta, cuando estaba intacta, y el empleo de técnicas de escaneo digital tridimensional. El laborioso proceso culminó en sólo ocho meses. Con la misma técnica que se propuso en 2009 para realizar una copia del Cupido descubierto por  Brandt, que lo reemplazara en el edificio de los Servicios Culturales de Francia, tras llegar a un acuerdo con el Metropolitan para albergar el original durante diez años. Allí está ahora, alojado en el patio Vélez Blanco, llamado así porque sus ornamentos arquitectónicos proceden del castillo cercano al pueblo español del mismo nombre, llegados al Met en 1964.

En la presentación de Caglioti sobre el tema, leo que fue aplaudido como una prima donna en la Scala. Carmen Bambach, conservadora del Metropolitano de Nueva York, habló de un gran descubrimiento. Frank Zöllner, autor de un catálogo de las obras de Miguel Ángel, critica la factura de los ojos y boca, incluso de las uñas de las manos y pies (ex ungue leonem, podría decirse aquí). Y además  arguye: ¿Cómo es posible que los documentos del Archivo florentino no mencionen nunca el nombre del autor, el más notorio artista italiano viviente. Argote tampoco lo hizo, pero esto es más entendible. Leo en la Biografía de Úbeda, de Juan Pasquau, que Alfredo Cazabán, en un artículo de 1914, atribuyó la obra a Benvenuto Cellini.

Quedan mil cosas en el tintero, pero me detengo aquí. No es este el lugar apropiado para desarrollarlas. Pronto, el San Juanito, aquel del que nos hablaban de niños y que nunca vimos, podrá ser contemplado por fin en Úbeda. ¡Enhorabuena!

Incluyo algunas fotos: el Cupido de New York, Mr. Draper y el Cupido en el Met, vista de la Metropolitan Opera House, el San Juanito intacto y el reconstituido en Florencia.