4 de diciembre de 2013

Sobre la fantasía en la ficción


A pesar de los lógicos titubeos iniciales, debe quedar claro que este en un blog con preocupaciones fundamentalmente literarias. Querría exponer en él, de la manera más sencilla, mis opiniones sobre temas de literatura, estilo, obras, escritores, etc.

En las entradas etiquetadas Cuentos y Sueños he hablado de cómo la fantasía es un componente importante del mundo de la ficción. Lo cual no quiere decir que no quepan otros enfoques más austeros y realistas en el abordaje de la creación literaria. A lo largo de la historia, la orientación realista o fantástica ha tenido diverso predicamento. Pero, incluso refiriéndonos a los trabajos más libres y ensoñadores, conviene recordar que in medio stat virtus, que la virtud está en el término medio. Frente a la imaginación desbordada cabe también recomendar la restricción, la moderación.

Me ampararé en la obra de un escritor, poco conocido en la actualidad, para abonar mis ideas al respecto. Antoine Hamilton es un escritor medio escocés, medio francés, que nació en 1645 en Escocia y siendo niño tuvo que emigrar con su familia a Francia, huyendo de la dictadura de Cromwell. Conviene recordar ahora que la primera traducción a una lengua europea de las Mil y una noches, la de Antoine Galland, es de 1704, en diez volúmenes (en 1717 aparecieron dos más).

Hubo entonces en Francia un verdadero auge de los cuentos orientales y fantásticos, que llena el principio del siglo XVIII. Como reacción frente a esa moda, y con la intención de ironizar sobre el mundo caprichoso de magias y encantamientos que se desplegaba en esas historias, en el que todo es posible y nada parece sujeto al imperio de la razón, escribió Hamilton algunos relatos, muy al final de su vida. De hecho, Hamilton murió en 1720 y sus cuentos fueron publicados sólo diez años después, en 1730, con un éxito extraordinario.

En su obra Histoire de Fleur d'épine, escribe Hamilton: Oh!, que les enchantements sont d’un grand secours pour le dénouement d’une intrigue et la fin d’un conte! (¡Oh, qué gran ayuda son los encantamientos para la solución de una intriga y el final de un cuento!). Pero su obra va mucho más allá de ese simple propósito paródico y demuestra el talento excepcional del autor, al que se le considera el iniciador del cuento libertino y satírico del siglo XVIII francés, muy imitado, por Crébillon y Voltaire, entre otros.

Tomo un fragmento curioso de Fleur d’épine. Había una princesa que, cuando miraba con sus hermosísimos ojos, causaba la muerte a los varones y dejaba ciegas a las mujeres —lector, eso no es ninguna tontería— y todo el cuento trata de la búsqueda del remedio contra esta molesta condición; molesta sobre todo para los conocidos y amigos de la princesa, víctimas involuntarias de sus miradas. La faute en est aux Dieux qui la firent si belle, / et non pas à ses yeux (la falta es de los dioses que la hicieron tan bella, / y no de sus ojos), opina Hamilton. Pues sí, puede que lleve razón, que no fuera culpa suya, que fuera de los dioses, a los que culpamos de todo tan a menudo. Pero el daño estaba ahí y era inevitable.

Me encanta la fantasía en el terreno de la ficción y trato de que esté presente en mi modesta obra. Me gusta especialmente mezclar lo real y lo imaginario, dejando al lector la tarea de desenmarañar el asunto; descubrí hace tiempo que es muy capaz de hacerlo. Busco y necesito la complicidad del lector; ese lector atento e inteligente que buscamos incansablemente todos los que escribimos.   

3 de diciembre de 2013

Más cuentos y sueños


Desde siempre me han atraído y deslumbrado las leyendas, los relatos sencillos y llenos de enjundia, de sabiduría o misterio, los sueños. Uno de los más bellos cuentos que conozco es de origen persa; viene de un poeta de entre los siglos XII y XIII, Farid ud-din Attar, farmacéutico (eso es lo que quiere decir attar), y en la tantas veces citada Antología de la literatura fantástica, de Borges et al., lleva el título de El gesto de la muerte. La versión allí es de Jean Cocteau y está quizá excesivamente abreviada. Tomo otra, un poco más larga, tal como aparece en el encabezamiento de un relato mío, Mis antiguos encuentros con la muerte. El visir se dirige a su califa:

  Esta mañana, al cruzar la plaza para venir a palacio, he
visto a la Muerte mirándome fijamente.
— ¿La Muerte?
— Sí, la Muerte. La he reconocido, toda vestida de negro
con un chal rojo. Me busca, estoy seguro. Deja que
abandone la ciudad ahora mismo. Cogeré mi mejor
caballo y escaparé. Esta misma  noche llegaré a
Samarkanda. Permite que me vaya, te lo suplico.


El califa, que sentía gran afecto por su visir, lo dejó partir.
Por la tarde, salió de su palacio disfrazado,
 como hacía a veces, y él también vio a la Muerte en la plaza y le
preguntó: ¿Por qué has asustado esta mañana a mi visir?
No le asusté —contestó la Muerte— me extrañó verle aquí,
porque tengo una cita con él, esta noche en Samarkanda.


Entiendo que es difícil resumir en menos palabras la inexorabilidad del destino, la imposibilidad de evadirlo, la impotencia de los seres humanos para esquivar su sino, aciago o venturoso. Encierra todo el pathos de una tragedia griega en unas pocas líneas aladas, llenas de gracia y, presuntamente, preñadas de sabiduría. De este mismo poeta persa, su epopeya Mantiq al-tayr (La conferencia de los pájaros), de unos cuatro mil quinientos versos, viene citada en mi reciente relato El reino de Ta.

Si te gustan estos temas, si los mezclas en tus escritos, forzosamente acabas inventando cosas parecidas. En una conferencia mía sobre El nacimiento del concepto de probabilidad —que para mí podría datarse muy probablemente en la Italia del siglo XVI, con Girolamo Cardano y Ludovico Ferrari—, en un determinado momento de mi charla me dejé llevar por una ensoñación que me transportó, a mí y a mis oyentes, a la Bolonia de esa época. Copiaré ahora el fragmento en que describo mi última entrevista con Cardano, antes de mi regreso a España:

“La última vez me regaló un bellísimo libro, impreso por el viejo Manuzio, con una  amable dedicatoria, que he guardado siempre junto a los amados elzevirios que compré en Italia. Lo encontré, en la medida en que esto era posible en él, dulce, sereno, resignado y más clarividente y agudo que nunca. Se lo hice notar, con admiración y cariño, y recuerdo que me contestó, sonriendo: “Seguramente llevaba razón Hegel cuando afirmó que la lechuza de Minerva levanta el vuelo a la hora del crepúsculo”. Me quedé muy perplejo, al principio, porque, de repente, comprendí que él no podía citar entonces a Hegel, ni yo reconocer la frase, por la sencilla razón de que Hegel había de tardar todavía en nacer algo más de doscientos años.

Y, en un momento, entendí confusamente que todo aquello era un sueño, un sueño que yo tendría que soñar después, cientos de años después, cuando viviera de verdad, cuando me tocara vivir mi vida real (es una manera de hablar, porque sabía muy bien que nunca viviría tan intensa y poderosamente como estaba viviendo entonces). Aunque también pudiera ser que lo que fuera un sueño sea esto de ahora, que yo les esté soñando, en esta melancólica tarde de invierno madrileño.

Porque, cuando dentro de poco nos separemos y nos perdamos cada uno en nuestro mundo, ¿qué quedará de todo esto? ¿Y mañana? ¿Y cuando nos hayamos olvidado de hoy? Cuando se olvida, ¿qué diferencia hay entre los olvidos? ¿Qué más da un olvido de diez años u otro de cuatrocientos? Pero, sobre todo, ¿qué diferencia hay entre la realidad y los sueños? Conozco más a Cardano que a muchos de ustedes, a pesar de estar casi exclusivamente rodeado de amigos”.

Lector, cuando se ha enfrentado uno algunas veces a distintos públicos, se nota muy bien cuando se ha sabido llegar hasta ellos. Simplemente, tratando de ser sencillo, pero cuidadoso con el lenguaje, preparando con mimo lo que se va a decir. Para mí, en el fondo, la literatura es siempre oral. Hasta cuando escribo, me gusta imaginar al lector oyéndome y próximo. Y los sueños, la fantasía, lo no trillado, lo cándidamente expuesto es fundamental para no aburrir y hasta para gustar. Aquí, en este blog, dejo estos cuentos y leyendas que he ido recogiendo en mis lecturas, porque me acompañan muy a menudo también cuando me pongo a escribir.

2 de diciembre de 2013

Senador Everett M. Dirksen


En mis entradas trato de ser breve, que no anda bien de tiempo la gente. A veces pienso luego que debería completar algo de lo dicho, atar algunos cabos sueltos. Como me ocurre ahora con el senador republicano de Illinois, Everett Dirksen, al que mencioné en Un político catalán. Dije allí que era un amante apasionado de las caléndulas, sin más. La verdad es que trató de que fuera nombrada flor nacional de los Estados Unidos, lo que no logró. Dirksen había nacido en Pekin (Pekin, Illinois) y muy poco después de su muerte, ocurrida en 1969, empezó a celebrarse allí un Festival Anual de Caléndulas en memoria suya. También la ciudad se ha otorgado el título de Capital Mundial de las Caléndulas. En más de una ocasión, el veterano senador, en medio de crispados debates políticos, rebajaba la tensión hablando a sus compañeros de esta flor singular. Todos se lo toleraban y seguramente se lo agradecían; estaba enamorado de una flor. Alfred Tennyson escribió que si pudiéramos comprender una sola flor sabríamos quiénes somos y qué es el mundo.

Su oratoria era rebuscada y florida, su voz grave y persuasiva. Era muy popular. Grabó cuatro álbumes de discursos y alocuciones sobre diversos temas y uno de ellos, Gallant men, estuvo en puestos altos de las listas de ventas y hasta ganó un Premio Grammy en 1968. Aparecía a menudo en los programas de televisión e hizo también algún cameo en alguna película. Era querido y respetado, tanto por los miembros de su partido como por los de la oposición. Murió al ser intervenido (se le practicó una lobectomía) por cáncer de pulmón, un poco después de mi vuelta a España. Ocupa un lugar destacado en mis recuerdos de aquellos años, para mí felices.

Otra puntualización. He hablado en este blog de cuentos y sueños y he copiado alguno de ellos. Naturalmente, esto lo puede hacer cualquiera con la simple intención de dar a conocer pequeñas piezas de literatura que pueden resultar nuevas para algunos lectores. Como cualquiera puede construir un blog; lo escribo yo y lo puedes hacer tú, lector. Lo único que querría apuntar es que cuentos y sueños han ocupado de siempre un lugar en mis escritos y en mis charlas.

En la próxima entrada me referiré a un cuento persa, bellísimo, que es el epígrafe, el inicio de uno de mis relatos, Mis antiguos encuentros con la Muerte. Y también a una ensoñación mía, desarrollada en la Bolonia del siglo XVI, que constituyó parte de una conferencia de hace ya unos años, sobre la formación del concepto de probabilidad. Para mí, los relatos, un género variablemente valorado a lo largo del tiempo, forman una parte sustancial e imprescindible de la historia de la literatura.

1 de diciembre de 2013

El ciervo escondido





Sigo sin saber por qué derroteros navegará este blog. No lo quería preocupado con temas de actualidad y ya me he referido a alguno de ellos, en una entrada sobre un político catalán. Claro que el problema no es nada banal y quizá ha entrado ya en esas vías de irracionalidad que privan a los humanos de la mejor parte de su cerebro.

Me gustan mucho más otros temas. Como el de los sueños en la literatura, del que también hablé, incitado por la lectura de un blog amigo. Del incierto y sutil entreverado de realidad y sueño trataba mi entrada El sueño de Pao Yu. Mucho más sencillo, y aún más inquietante, es el titulado Sueño de la mariposa, de Chuang Tzu, un filósofo chino del siglo IV a. C. Hay diversas versiones del mismo; usaré la recogida en la Antología de la literatura fantástica, de Borges et al. Es cortísimo: “Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o era una mariposa y estaba soñando que era Tzu”. Lector, hay cuentos más cortos —quizá algún día hable de ellos—, pero te aseguro que son también bastante más simples.

En la literatura, a veces los cuentos se continúan, se complementan. En mi entrada Cuentos y Sueños, contaba yo aquella historia de un hombre de El Cairo, Yakub el Magrebí, que soñaba y completaba luego su sueño con el de otro hombre en Persia. Una obra absolutamente maestra de cuentos sucesivos, enlazados, es El ciervo escondido, escrito por Liehtsé, contemporáneo de Chuang Tzu y también de la escuela taoísta. Es un juego delicioso, perturbador e inquietante de alternancias entre realidad y ensueño, que llega a confundir, que es precisamente de lo que se trata:

“Un leñador de Cheng se encontró en el campo con un ciervo asustado y lo mató. Para evitar que otros lo descubrieran, lo enterró en el bosque y lo tapó con hojas y ramas. Poco después olvidó el sitio donde lo había ocultado y creyó que todo había ocurrido en un sueño. Lo contó, como si fuera un sueño a toda la gente. Entre los oyentes hubo uno que fue a buscar al ciervo escondido y lo encontró. Lo llevó a su casa y dijo a su mujer:

—Un leñador soñó que había matado un ciervo y olvidó dónde lo había escondido y ahora yo lo he encontrado. Ese hombre sí que es un soñador.

—Tú habrás soñado que viste un leñador que había matado un ciervo. ¿Realmente crees que hubo un leñador? Pero como aquí está el ciervo, tu sueño debe de ser verdadero —dijo la mujer.

—Aun suponiendo que encontrara al ciervo por un sueño —contestó el marido—, ¿a qué preocuparse averiguando cuál de los dos soñó?

Aquella noche el leñador volvió a su casa, pensando todavía en el ciervo, y realmente soñó, y en el sueño soñó el lugar donde había ocultado el ciervo y también soñó quién lo había encontrado. Al alba fue a casa del otro y encontró al ciervo. Ambos discutieron y fueron ante un juez, para que resolviera el asunto. El juez le dijo al leñador:

—Realmente mataste un ciervo y creíste que era un sueño. Después soñaste realmente y creíste que era verdad. El otro encontró al ciervo y ahora te lo disputa, pero su mujer piensa que soñó que había encontrado un ciervo. Pero como aquí está el ciervo, lo mejor es que os lo repartáis.

El caso llegó a oídos del rey de Cheng y el rey de Cheng dijo:

—Y ese juez, ¿no estará soñando que reparte un ciervo?”.

Lector, puede que yo ahora esté soñando que te cuento una vieja historia de Liehtsé sobre un ciervo y que todo esto sea sólo un sueño. Aunque también podría ocurrir que tú estés soñando que alguien te cuenta la historia de un ciervo. Como se dice en el cuento —para mí, es el clímax del relato—, ¿a qué preocuparse averiguando cuál de nosotros dos está soñando?



 

 

30 de noviembre de 2013

Más artistas no profesionales


Ya escribí una entrada con el título Artistas no profesionales. Era un poco el corolario de otra anterior, una crítica a un discurso reciente de Muñoz Molina, en la que exponía mi idea de que mucha gente puede tener notables habilidades artísticas sin ser profesionales en sentido estricto.

Esta nota de ahora reafirma esta concepción mía. Recientemente, he tenido que ponerme en manos de amables compañeros traumatólogos —averías de chapa; son mis dolencias 'reales'— y traté de contarlo a mis amigos de forma un poco humorística. Todos entendieron muy bien la broma y supieron continuarla en sus respuestas, algunos con muy buen estilo y bastante gracia e ingenio. Uno de ellos, que daba una conferencia sobre el Valor terapéutico del humor, me pidió enseguida permiso para utilizar algo de mi relato en la misma. Ninguno de ellos es profesional de la pluma.

Incidiendo en todo esto, querría incluir ahora un vínculo para un video hecho por el hijo de unos amigos míos. Me sería imposible juzgar sobre la calidad musical del mismo, porque no soy experto y además no podría ser imparcial. El autor, uno de los niños a los que veía tantas veces jugar incansables en mi urbanización de la sierra, resulta que ahora hace estas cosas y es capaz, incomprensiblemente para mí, de manejarse ya solo por el mundo, sin haber siquiera cumplido los cuarenta años. Increíble, ¿verdad?

El hijo de mis amigos compone muy diversas músicas, toca el piano, atreviéndose con grandes conciertos clásicos, hace arreglos para dicho instrumento y su profesión es la de Finance Manager. El vínculo que muestro más abajo es el de un himno a la Gloria del Real Madrid —el mejor club del mundo, según se explica y demuestra—, obra suya, con letra de un economista, ingeniero y matemático, ya jubilado. Está debidamente inscrito en el Registro General de la Propiedad Intelectual.

En fin, lo que trato de sostener: mucha gente hace cosas con gracia y de mérito, sin ser profesionales en la materia. El vínculo es: http://youtu.be/mS6EwHIiDoE. Los no forofos del Real Madrid, que pudieran sufrir o padecer con la audición, verán allí otras composiciones del autor, algunas de tema religioso, y a él mismo interpretando  un concierto de Bach y otras obras. Mi joven amigo vive ahora en los Estados Unidos.

29 de noviembre de 2013

Un político catalán


Acabo de conocer en una tertulia de la tele a AB, catalán. Me llamó tan poderosamente la atención que enseguida me metí en Internet a indagar. Antes de contar lo que vi en la red, diré algo sobre lo que predicó en el programa.

Allí distinguió muy sutilmente entre vivos y muertos y expresó su convicción de que las constituciones y las leyes, escritas y refrendadas por ciudadanos ya extintos y finiquitados, no debieran aplicarse a las generaciones de vivientes. Son los vivos los que tienen que decidir, vino a decir, lo que no deja de ser razonable. Si se quiere cambiar la camiseta del Barça, por ejemplo, no va uno a elucubrar sobre las preferencias de los contemporáneos de Gaudí. Es mucho más fácil y práctico preguntar a los que pasean ahora mismo por las Ramblas. Bien visto, estoy de acuerdo. Por no hablar de la constitución norteamericana de 1788, esa antigualla. ¿Qué tiene que ver con la realidad y aspiraciones de los ciudadanos actuales de Estados Unidos? Nada. Lo que pasa es que allí no conocen a AB y son como salvajes, dicho sea sin ánimo de ofender.

Se le olvidó recordar que lo de estar vivo no es una condición permanente. Quiero decir que, ¡ay!, los que estamos vivos hoy podemos no estarlo en cien o doscientos años, o incluso antes. Lo cual no invalida la brillante idea de que el derecho a decidir pertenece a los vivos, no se me malinterprete. A lo único que obliga es a preguntar a los vivos de vez en cuando, que tampoco cuesta tanto trabajo. Una generación de catalanes puede querer ser independiente, pero la siguiente puede querer unirse a Escocia o a Rusia o a Murcia, ¿por qué no? Y así sucesivamente. ¿Qué habría de malo en eso? Bien organizado, podría ser hasta divertido.

En la tertulia alguien dijo, por llevar la contraria y fastidiar, que ante una posible consulta en Cataluña, todos los españoles habrían de votar. Pero este AB se las sabe todas y apuntó, apocalíptico, que eso sería un mal negocio, porque podría darse el caso de que los ciudadanos vascos votaran masivamente a favor de la independencia catalana con lo que —al buen entendedor pocas palabras bastan— el problema se multiplicaría. O que lo hicieran los vecinos de mi pueblo, añado yo, buenas gentes, pero algo impredecibles. En cambio, votando sólo los catalanes, los vascos y otras comunidades a lo mejor ni se dan cuenta, los coge distraídos. En fin, lógica de altura sólo equiparable a la de aquel cojo que se iba rezagando y gritaba a quienes huían de un toro escapado: No corráis que es peor.

Los médicos, y perdón por la digresión, en el proceso diagnóstico saltan pronto, en cuanto tienen algunos datos fiables, a una hipótesis provisional, que tratan de contrastar más adelante. El cerebro humano funciona así, utiliza siempre los atajos. No se comporta como los sistemas de inteligencia artificial, que funcionan con algoritmos heurísticos muy diferentes. Digo esto porque, por deformación profesional, con lo que oí a AB, sin más, ya tuve yo una idea de su personalidad y capacidades. De todas maneras, fui a Internet.

Nuestro hombre es escritor, ensayista, novelista, político y uno de los autores más premiados y con más éxito de la literatura catalana. Los títulos de las obras, los premios, etc., todo está bien salpimentado de catalanismo, a lo que no tengo nada que objetar. No he leído nada de él; con sus aires y los razonamientos de su prédica, tengo bastante. Me asomé a la democracia en mi juventud, en Nueva York. Era alcalde John Lindsey, gobernador Nelson Rockefeller y senador Bob Kennedy. Por no hablar del elegante senador de Illinois, Everett Dirksen, llamado cariñosamente the Wizard of Ooze por su oratoria, amante apasionado de las caléndulas, con el que trataba de mejorar yo mi inglés. Nada que ver con algunos de los políticos catalanes actuales (no hablaré de otros aquí). No me explico cómo estos son elegidos; no lo serían en muchas otras partes del mundo.


 

Hay momentos, en la historia de los pueblos, en que los vivos pierden el norte y andan perdidos. El separatismo catalán, incubado en clases medias y altas, ha cambiado. Si la finca se independiza, la van a disfrutar los antiguos guardeses. ¿Y por qué no? Los políticos americanos, eso sí, tan interesados en la psicología y peculiaridades de los pueblos pequeños, entenderán perfectamente, las quejas de un país tan victimizado. Conmovidos por manifestaciones oportunas, como la producida durante el pasado maratón de Nueva York, exigirán a España la inmediata liberación de los oprimidos.

26 de noviembre de 2013

Más sobre el pendrive


En una entrada anterior hablé del pendrive y de un significado de la palabra pen en inglés (small place of confinement or storage”). Pero algún lector puede argüir, con toda razón, que pen también significa pluma en ese idioma. Querría decir unas palabra sobre esto.

Todos los idiomas son complicados y el inglés es uno de los que más en cuanto a los diversos orígenes de su vocabulario. El pen que significa pequeño espacio —leo en el Oxford Dictionary of English— viene del Old English penn y tiene un origen desconocido. En cambio, el pen que significa pluma viene sucesivamente del Middle English, del antiguo francés penne y del latín penna (pluma). En latín también existe la palabra pluma, con la misma significación.

Lector, yo ya me pierdo en esto y sólo lo menciono para que se vea la complejidad de cualquier asunto y la necesidad de recurrir a los expertos. En inglés la pluma de las aves es feather y quise saber la etimología de la palabra, tan distinta fonéticamente de pen. Y veo, en el citado diccionario, que en el Old English existía la palabra fether, relacionada con el holandés veer y el alemán feder, derivadas todas de una raíz indoeuropea, compartida por el sánscrito patra (ala), el latín penna (pluma) y el griego pteron (ala). O sea que, a través de mil pasos intermedios, en la palabra feather también hay raíces que empiezan por el fonema [p].

Por la función del artilugio que se designa como pendrive en el mundo de los ordenadores, el significado más pertinente es el de lugar de almacenamiento. Aunque mucha gente lo relacione con la idea de pluma. Lo que ocurre es que la otra acepción de pen es mucho menos conocida, en general.

 

24 de noviembre de 2013

A night in New York


Ya dije que estoy empezando con este blog y aún no sé nada bien cuál será su conformación final. De momento voy escribiendo las sucesivas entradas sin ningún tipo de ordenación o método y cambiando de tema muy a menudo. Los franceses definen esto como passer du coq à l’âne, una expresión de muy antiguo origen, pero que es plenamente actual. En español podría decirse, con el mismo sentido, “hablar del mar y los peces”. Y ocurre que, como a Lope en aquel soneto que le mandó hacer Violante, yo pensé que no hallara consonante, / y estoy a la mitad de otro cuarteto…

Eso sí, la preocupación de siempre: me pregunto si esto tendrá alguna utilidad. Conocer expresiones de alguna lengua extranjera puede tener su gracia. Y corregiré algún error. El término inglés pendrive, por ejemplo, se ha hecho popularísimo. Como se trata de un dispositivo en el que se almacena digitalmente algo que se ha escrito, identificar pen con pluma era casi inevitable. Pero pen, en este caso, se refiere a “small place of confinement or storage” (pequeño lugar de almacenamiento), y designa muy bien el artilugio; no tiene nada que ver con una pluma.

En fin, incluía yo en mi entrada anterior el principio de un relato mío, Una noche en Nueva York, en español. Querría hacerlo ahora en inglés, pidiendo excusas de antemano por una traducción que seguramente tendrá sus faltas. Por si alguien quiere leerlo en inglés o no conoce nuestro idioma. La traducción automática que hace el propio blog no deja de ser milagrosa y vale en algunos fragmentos. Pero está llena también, como es lógico, de errores insalvables.
 

A NIGHT IN NEW YORK
 
                                                           It is such an amazing fantasy of stone, glass, and
                                                           iron, a fantasy constructed by crazy giants,                        
                                                           monsters longing after beauty, stormy souls full of  
                                                           wild energy. All these Berlins, Parises, and other                  
                                                          "big" cities are trifle in comparison with New York
                                                                           (letter from Máxim Gorki to Leonid Andreev on his
first impressions of New York, April 11th, 1906)                                     

These were already years of apathy and boredom. He came to New York as an obliged step in his rational approach to the problem, because he wanted to have all the data and with all possible accuracy. He did not travel to this city as often as before but he had always thought that, faced with a life threatening disease, he would like to rely on some other medical opinion, precisely here, taking advantage of the relative ease to come and the friends and connections that he still had. Then, once in the city, he had decided not to contact anyone until knowing the definitive results of the tests and medical examinations. But this was not planned, this was a last minute decision.

And there also was that other desire, large and turbidly caressed: that of coming here to die, disturbing no one, far from his reduced family and the old friends, in the city where he was so happy and where, in a certain sense, he had achieved everything. The city that he had nevertheless abandoned later. He had always experienced his return to Spain as a sort of betrayal to this New York in which his best dreams had become true. Why had he not remained here, why had he not spent his life here? Is that we know why we do the things we do?

Many a time he had imagined himself awaiting serenely his death at night, in some quiet place, isolated in the immense city, gazing once more at the fascinating spectacle of the nocturnal town that he had seen so many times coming to Manhattan, or returning, crossing some of the bridges that he normally transited, Queensboro or Brooklyn. New York is a city of light, of activity, of night and dreams. He still remembered his first trips on board the Staten Island ferry, in working days —“There are more lights then”, he had been told¾, with the skyscrapers ablaze, alone or with some other friends, other foreigners like him, taking part in the tours organized by the club in which he inscribed himself just upon his arrival, located in the very center of Manhattan, the Midtown International Center.

In these tours the guide, a volunteer, a Jew of German background but born already here, would always pose questions, happy to be able to show for the first time so intense beauty to such heterogeneous groups: what do you think, what does it remind you, what does it suggest to you? ¡And so many different answers! All loaded with emotion, pointing all out the glorious show of the city flooded with light, exploding in light, like some inextinguishable fireworks, sprouting unstoppable from the waters, planted there by the effort of true titans, full of energy and life. It was a magic vision that evoked hidden and powerful giants, men capable of looking face to face to gods, men who were as worthy as gods, who perhaps were real gods and had forever stolen the sacred fire from the gods.

That wonder finished slowly and not completely every night, but one had the certainty of its daily and eternal renewal. And the same thing when crossing the innumerable bridges or climbing the Empire State or going to the delightful bar at the top floor of 666 Fifth Avenue. It would truly be a privilege to have that image in front of the eyes while bidding farewell to the world, to have it in the retina when everything were over.

19 de noviembre de 2013

Una noche en Nueva York


Ya dije antes que estoy empezando con este blog y cada poco descubro nuevos aspectos del mismo, nuevas maravillas, que aumentan mi interés por la literatura y el mundo digital. Mirando en su detallado apartado de Estadísticas, encuentro que donde más me leen es, como era esperable, en España. E inmediatamente después en Estados Unidos, lo que me anima a traer aquí el principio de un relato mío, Una noche en Nueva York. Me es particularmente querido, porque apareció en mi primer libro de ficción, que lleva ese mismo título, y es una recreación apasionada y nostálgica de la ciudad en la que viví unos años y en la que fui muy feliz.

Todavía dudo sobre qué cosas ofrecer al lector; siempre con la idea de explicarme, de exponer mis ideas, de ser quizá útil. Más arriba he hablado, por ejemplo, de “mi interés por la literatura y el mundo digital”. Si esto fuera un artículo científico, pondría el adjetivo en plural, ‘digitales’, para indicar, sin ambigüedad, que me refiero a la literatura digital, la no impresa. Aquí me decido por el singular porque es más eufónico, suena mejor y también se entiende. ¿Razonable?

En mi entrada anterior, El pescador y el genio, mencionaba yo la “arena de la playa que se roseaba en el atardecer”. Lo hice porque quería recoger ese hermoso verbo, rosear —mostrar color parecido al de la rosa (DRAE)—, que no es muy utilizado. Y leyendo un libro encuentro la expresión “me mezo”, que me hizo dudar: ¿me mezo, me mezco? Es, naturalmente, me mezo. Porque el verbo mecer es regular, aunque con cambio ortográfico. En cambio, se dice crezco, pertenezco, etc. Pues a lo mejor esto le sirve a alguien. Hay que mimar las palabras; son más bellas que la luz, dijo Goethe.

Y ahora, sin más preámbulos, el principio del relato que anuncié: 


UNA NOCHE EN NUEVA YORK

It is such an amazing fantasy of stone, glass, and
iron, a fantasy constructed by crazy giants,
monsters longing after beauty, stormy souls full
of  wild energy. All these Berlins, Parises, and
other "big" cities are trifle in comparison with New York.
(de una carta de Máximo Gorki a Leonid Andreev, sobre sus
primeras impresiones de Nueva York, once de abril, 1906)
 
Eran ya algunos años de desgana y hastío. Había venido a Nueva York como una etapa obligada en su aproximación racional al problema, porque quería tener todos los datos, con toda la exactitud posible. Ahora ya no venía a esta ciudad tan a menudo como antes, pero siempre había pensado que, enfrentado a una enfermedad amenazadora y seria, le gustaría tener otra opinión médica precisamente aquí, aprovechando la relativa facilidad para venir y los amigos y conexiones que todavía  tenía.  Luego,  una  vez  en  la  ciudad, había decidido no ponerse en contacto con nadie, hasta conocer ya con toda seguridad el resultado de las pruebas y las exploraciones. Pero esto no fue algo planeado, fue una decisión de última hora.

Y luego estaba el otro deseo, larga y turbiamente acariciado: el de venir a morir aquí, sin molestar a nadie, lejos de su reducida familia y de los amigos de siempre, en la ciudad en la que había sido tan feliz y en la que, en cierto sentido, había conseguido todo. Y a la que, sin embargo, había abandonado después. Siempre había vivido su vuelta a España como una especie de traición a esta Nueva York en la que se habían cumplido sus mejores sueños. ¿Por qué no se había quedado, por qué no había gastado la vida aquí? ¡Se sabe por qué hacemos las cosas que hacemos!

Muchas veces se había imaginado esperando serenamente a la muerte, durante la noche, en algún lugar tranquilo y aislado de la inmensa urbe, contemplando una vez más el fascinante espectáculo de la ciudad nocturna, el que había visto tantas veces al acercarse a Manhattan, o al regresar, cruzando alguno de los puentes que utilizaba normalmente, el de Queensboro o el de Brooklyn. Nueva York es una ciudad de luz, de actividad, de noche y de ensueño. Todavía recordaba sus primeros viajes en el ferry de Staten Island, en algún día laborable — “Hay más luces entonces”, le habían dicho—, con los rascacielos ardiendo, solo o en compañía de otros amigos, de otros extranjeros como él, en las visitas organizadas por el club internacional de estudiantes en el que se inscribió recién llegado, situado en el centro mismo de Manhattan, el Midtown International Center.

En estas excursiones, el guía, un voluntario judío de origen alemán, pero nacido ya aquí, preguntaba siempre, feliz por haber podido mostrar por primera vez tanta belleza a aquellos grupos heterogéneos: ¿qué os parece, qué os recuerda, qué os sugiere? ¡Y tantas respuestas! Todas entrecortadas por la emoción, resaltando todas el glorioso espectáculo de la ciudad inundada de luz, explotando en luz, como unos fuegos artificiales imperecederos, surgiendo incontenible de las aguas, plantada allí por el esfuerzo de indudables titanes, cargada de energía y de vida. Era un visión mágica que evocaba a ocultos gigantes poderosos, a hombres capaces de mirar cara a cara a los dioses, a hombres que valían tanto como los dioses, que quizá eran dioses y habían robado para siempre el fuego a los dioses.

Aquella maravilla terminaba lenta y no completamente cada noche, pero te quedaba la certeza de su eterna y cotidiana renovación. Y lo mismo al pasar por los innumerables puentes o al subir al Empire State o al delicioso bar del último piso del número 666 de la Quinta Avenida. Verdaderamente, sería un privilegio tener esa imagen en los ojos al despedirse del mundo, llevarla en la retina cuando se hubiera acabado todo.

 

17 de noviembre de 2013

El pescador y el genio


En esta entrada voy a continuar con mis cuentos y te voy a contar, lector, otro de mis preferidos: uno muy viejo, de la tradición sufí islámica, que tiene quizá más de mil años. Ahora me tienes que ayudar un poco, tienes que olvidarte de que me estás leyendo e imaginar que me oyes. Y tienes que acertar además con el tono de mi voz, que ha de tener la calidad obligada para narrar historias. Sobre todo, historias sabias, como la que vas a oír —porque entiendo que ya me estás oyendo—, que son para desgranarlas casi al oído, junto al fuego, como yo las he escuchado de niño, en una pequeña ciudad andaluza. O para gritarlas a una multitud atenta y entregada, como las he visto narrar en una plaza con olor a jazmín y el sol desangrándose en el horizonte, en alguna ciudad del norte de África.

La historia que voy a referir tiene muchas variantes. La que más me gusta a mí, personalmente, es la que cuenta cómo un pobre pescador cogió con su red una vieja botella de cobre, cerrada con un tapón de plomo. Hoy sabemos muy bien, porque todos hemos leído ya mucho, las graves y extrañas cosas que pueden ocurrir al abrir una botella en estas circunstancias. Pero este modesto pescador no lo sabía y además era, como casi cualquier otro hombre, imprudente. Abrió la botella. El ser humano está hecho para conocer, para indagar, para explorar el universo y para sufrir en ocasiones por ello. No podemos ser de otra manera.

En cualquier caso, no sólo hay genios malos; también hay muchos genios buenos y el genio que tú, lector, sí sabes que estaba encerrado allí, resultó ser de los buenos. Tan pronto como el humo que salió de la botella se elevó en el aire, el genio tomó forma —una forma amable, imagínatela como quieras—, se dirigió al maravillado pescador y le dijo: “Me has liberado, pescador, y te estoy agradecido. Puedes pedirme tres deseos, los que tú quieras, aunque a ti te parezcan imposibles, y te los concederé. ¿Has entendido bien? Haré realidad esos tres deseos, los tres. Así que dime ahora, ¿cuál es tu primer deseo?”.

El pescador era humilde, prudente y despierto. Quizá, y espero que no te ofendas por lo que te digo, quizá más despierto que tú y que yo juntos. A pesar de no tener ninguna carrera, ni ser profesor de nada; eso pasa a veces. El hecho es que, sin pensarlo demasiado, le contestó al genio: “Mi primer deseo es que me des la inteligencia necesaria, para hacer una elección perfecta de los otros dos deseos”. Bueno, era una estrategia inmejorable la de este pescador sencillo, pero también sagaz, ¿no te parece? “Otorgado”, dijo el genio, “dime ahora cuáles son tus otros dos deseos”. El pescador reflexionó un momento, miró a su alrededor y vio la arena de la playa que se roseaba en el atardecer, en la sobretarde, y el mar que se oscurecía muy lentamente y cambiaba del brillante azul al azul turquesa —¡atención ahora, porque el pescador está aquí jugándose su destino, su vida entera, entiendes, lector!— y respondió: “Gracias. No tengo más deseos”.

¿Te sorprende el final del cuento? ¿Estás de acuerdo con lo que pidió, con lo que no pidió, el pescador? Ten presente que el genio lo había dotado ya con la inteligencia necesaria para hacer una elección perfecta. Yo pienso que, a la hora de estar contentos o no con nuestros logros, nos ayudaría ser como este pescador del cuento. Yo querría ahora ser como él. No sé si, a lo largo de mi vida, he querido siempre ser como él. Uno comete muchos errores y de unos se cura y de otros no. Muchas veces, por muy diversas razones, pretendemos demasiado, no nos acaban de salir las cuentas y podemos sentirnos frustrados. Si alguien no está muy contento con lo que ha logrado, con lo que ha conseguido, si le preocupa mucho no estar entre los primeros, quizá debería recordar aquellos espléndidos versos de León Felipe: “Voy con las riendas tensas/ y refrenando el vuelo,/ porque no es lo importante/ llegar solo ni pronto,/ sino llegar con todos/ y a tiempo”. Es muy difícil ser el primero, o ser de los primeros, y se va perdiendo demasiado en el camino.