16 de enero de 2015

Efimeridad de las rosas, de la vida (VI)


Palabras clave (key words): Ronsard, La Pléiade, García Márquez, Bibliothèque de La Pléiade

Mencioné algunas obras de Ronsard. Su poesía amorosa está siempre relacionada con alguna dama o damisela. En 1552 publicó Les Amours de Cassandre, en honor de Cassandre Salviati, hija de un banquero italiano. Al conocerse en un baile de la corte, en abril de 1545, ella tenía catorce años y él veinte. Fue un amor platónico y breve; la damita se casó al año siguiente con un tal Jean Peigné.

Le second livre des Amours es de 1555 y está inspirado en la relación, esta vez no platónica, con Marie Dupin, una campesina de quince años, del valle del Loira, que no todo van a ser cortesanías. Ya hablé de Sonnets pour Hélène. Pero hay también otros sonetos dedicados a Sinope, una joven de la que se sabe poco, y sonetos y madrigales para Astrea (en la vida real Françoise Babou de la Bourdaisière). Hay más mujeres en Ronsard: Marguerite, Jeanne, Madeleine, Rose, Genèvre, Isabeau.

Ronsard formó con otros poetas franceses el grupo La pléiade, integrado por siete miembros. Hay otros grupos con ese nombre en la historia de la literatura: en el período alejandrino (siglo III a. C.); en Toulouse en el XIV, formado este por siete hombres y siete mujeres. Hay una colección, Bibliothèque de la Pléiade, creada por Jacques Schiffrin en 1931 y comprada por Gallimard en 1933, que es una especie de Olimpo literario, para autores clásicos y para algunos contemporáneos absolutamente consagrados. André Gide fue el primero de estos en 1939, seguido de muy pocos más.

Conté que estaba leyendo El amor en los tiempos del cólera; para Márquez, su obra preferida. En ella se menciona bastante a las rosas. Un personaje, Jeremiah de Saint-Amour, extraviado ya por las brumas de la muerte, le dice a su amante: “Recuérdame con una rosa”. Y el propio protagonista, Florentino Ariza, siendo joven, “trastornado por la dicha, pasó el resto de la tarde comiendo rosas y leyendo la carta […] y comiendo más rosas cuanto más la leía”. Lector, muchas flores son comestibles, entre ellas las rosas. No todas las flores lo son, desde luego; algunas son tóxicas.

En la novela, cuando murió la madre de Florentino, la enterraron en el llamado Cementerio del Cólera y él sembró sobre la tumba una mata de rosas. Luego descubrió que muy cerca estaba también enterrada Olimpia Zuleta, una antigua amante. Cuando el rosal floreció, dejaba una rosa en esa tumba, si no había nadie a la vista, y más tarde le plantó una cepa del rosal de la madre. “Ambos rosales proliferaban con tanto alborozo que […] a la vuelta de unos años los dos rosales se habían extendido como maleza por entre las tumbas y el buen cementerio de la peste fue llamado desde entonces el Cementerio de las Rosas”. Hay más citas de rosas en la novela.

Casi siempre se habla de la urgencia de cosechar las rosas en la juventud. ¿Y si se está al final del camino? Se debería apremiar también, con mayor razón, a los ancianos: Anciano, coge esa rosa, que puede ser la última, ¿no? O es que al llegar a cierta edad ya no hay rosas. Lector, oye a García Márquez, lo que dice de Fermina Daza, de setenta y dos años, viviendo su amor con Florentino Ariza, de setenta y seis: “Descubrió que las rosas olían más que antes, que los pájaros cantaban al amanecer mucho mejor que antes […] que el amor era el amor en cualquier tiempo y en cualquier parte, pero tanto más denso cuanto más cerca de la muerte”. ¿Qué te parece?

Ronsard instaba a tomar desde el primer día las rosas de la vida. En sus póstumos Les derniers verses, plasmó la triste soledad de sus últimos tiempos, sus noches “de anhelar dormir, esperar el alba y rezar llamando a la Muerte”. Pero antes de llegar a esos extremos, en la vejez hay todavía fulgores intensos. Cher Monsieur Ronsard, permettez-moi ajouter à vos verses: Cueillez encore gaiement les dernières roses de la vie.
(continuará)

14 de enero de 2015

Efimeridad de las rosas, de la vida (V)


Palabras clave (key words): Ronsard, Sonnets pour Hélène, Le second livre des amours

El principal objetivo de estas entradas en cadena es mostrar, a propósito de las metáforas sobre rosas, textos de diversos autores; algunos de ellos nada actuales o poco conocidos. Uno de los versos más citados de este elenco es de un poeta francés del siglo XVI, Pierre de Ronsard: el celebérrimo Cueillez dès aujourd’hui les roses de la vie (Coged ya hoy las rosas de la vida). Es, como otros expuestos, un canto al tiempo presente, una llamada angustiada a gozar de la vida y desconfiar del futuro. Ronsard conoce bien a Horacio (tradujo sus Odas epicúreas) y además vivió pronto la brutalidad y aspereza de la muerte. Con doce años entró en la corte, al servicio del Delfín, que murió tres días después, con diecisiete años. Un año más tarde fue nombrado paje de su hermana, Magdalena de Francia, casada con el rey Jacobo V de Escocia, y la reina murió a los pocos meses, sin cumplir los diecisiete. Es fácil imaginar la impresión de estos tristes sucesos en alguien asomándose al umbral de la adolescencia.

Debería ser breve, pero no puedo dejar de citar el principio del poema al que pertenece el verso de más arriba. Está en los  Sonnets pour Hélène, que Ronsard escribe, por sugerencia de la reina Catalina de Médicis, para tratar de consolar a la bella y virtuosa Hélène de Surgères, una dama de su corte que acaba de perder en la guerra al capitán Jacques de La Rivière, de quien estaba enamorada: Quand vous serez bien vieille, au soir, à la chandelle, / assise auprès du feu, dévidant et filant, / direz, chantant mes vers, en vous émerveillant: / Ronsard me célébrait du temps que j’étais belle ! […] Vivez, si m’en croyez, n’attendez à demain: Cueillez dès aujourd’hui les roses de la vie (Cuando seáis anciana, al atardecer, a la luz de las velas, / sentada junto al fuego, devanando e hilando, / diréis, cantando mis versos, maravillándoos: / ¡Ronsard me celebraba en tiempos que era bella! […] Vivid, si me creéis, no esperéis al mañana: Coged ya hoy las rosas de la vida).

Todo tiene su justa medida, lector. En otro soneto de Ronsard, de título Toma esta rosa, esta palabra se repite nueve veces. El primer cuarteto es: Toma esta rosa, amable cual tú eres; / rosa entre rosas bellas, la más rosa; / diosa en flor entre flores, la más diosa, / de las Musas, la Musa de Citeres. Tanta repetición cansa y los retruécanos y juegos de palabras. Sin embargo, hay ritmo, hay música, hay ingenio: es poesía. Otro poema de Ronsard comienza Mignonne, allons voir si la rose…, a la que ya en el siglo XVI le puso música Jehan Chardavoine y figura en cancioneros desde 1575.

No me resisto a copiar un par de cuartetos, de otro poema que está en Le second livre des amours, de1555, aunque me aparte del tema. Es sobre el amor y recuerda sin duda a otro famosísimo y excepcional de Lope de Vega: C’est mille maux pour une seule œillade, / c’est estre sain, et feindre le malade, / c’est en mentant se parjurer, et faire / profession de flatter et de plaire. / C’est un grand feu couvert d’un peu de glace, / c’est un beau jeu tout remply de fallace, / c’est un despit, une guerre, une tréve, / un long penser, une parole bréve. Grafía de francés antiguo. La traducción española: Es mil males por sólo una mirada, / es estar sano y fingirse enfermo, / es perjurar mintiendo, y hacer / profesión de adular y complacer. Es un gran fuego envuelto en poco hielo, / un bello juego repleto de falacia, / es un despecho, una guerra, una tregua, / un largo pensar, una palabra breve.

Soy un fiel admirador de la gran literatura francesa. Pero si comparo estos versos con los de nuestro Lope, tengo que decir que hay gran trecho entre ambos, a favor del español. Hablaré un poco más de Ronsard y de La Pléiade en otra entrada.

(continuará)

11 de enero de 2015

Efimeridad de las rosas, de la vida (IV)


Palabras clave (key words): Eclesiastés, Horacio, Torquato Tasso, Luis Alberto de Cuenca

En todas las literaturas se encuentran metáforas o símiles que relacionan las rosas —su belleza, su caducidad— con el propio devenir de nuestras vidas. Todo responde al doloroso sentimiento de que el mundo es bello, pero imperfecto, y la vida fugaz. Algo que desgarró pronto el corazón del hombre y fue proclamado desde las más antiguas narraciones. De todos esos antiguos relatos tristes y pesimistas, uno de los más hermosos y profundos es el Eclesiastés. Sin embargo, no se encuentra en él, ni una sola vez, la palabra rosa, como ejemplo de la vanidad última de la existencia.

Como reacción frente a esa pobre realidad, una de las expresiones más conocidas es carpe diem (aprovecha el día), acuñada por el poeta latino Horacio, en su libro primero de Odas, la número once, exactamente, dirigida a Leucónoe; la que empieza: No preguntes, Leucónoe —pues saberlo es sacrilegio— qué final nos han marcado a mí y a ti los dioses. En ella no aparece tampoco la palabra rosa, aunque sí se habla de algo remotamente vegetal, un producto derivado de la uva: el vino.

La leo en la espléndida traducción de las Odas, de mi buen amigo el profesor José Luis Moralejo, que pronunció, hace ya algún tiempo, unas palabras en la presentación de uno de mis libros en Madrid. Es al final cuando Horacio escribe: Carpe diem, quam mínimum crédula postero (échale mano al día, sin fiarte para nada del mañana). En Odas I, 9 ya está prefigurada esta urgencia por sacar todo el partido posible a la vida. Tampoco hay aquí referencias a las rosas, pero sí, otra vez, al vino: Y cada día que la Fortuna te conceda, sea como sea, apúntalo en tu haber y vierte sin tasa de un ánfora sabina vino de cuatro años. Sin embargo, en Odas I, 5, sí se habla de rosas, en el apropiado contexto de un feliz encuentro amoroso: ¿Qué esbelto mozo, en medio de abundantes rosas y bañado en límpidas fragancias, te abraza, Pirra?

Otro autor de la misma tierra italiana, Torquato Tasso (1544-1595), pobre poeta lleno de dudas y de temores, atenazado por el constante terror de haber caído en la herejía y que murió atormentado por la locura, insiste en recomendar esta manera de afrontar la existencia. Y también menciona a la rosa: Mentre che v’apre il ciel puro il giorno, / cogliete, o giovinette, il vago fiore / de vostri più dolci anni. […] Verrà poi’l verno, che di bianca neve / sole i poggi vestir, coprir la rosa. Mientras que el cielo os abre puro el día, / coged, oh jovenzuelas, la flor vaga de vuestros más dulces años. […] Vendrá luego el invierno que de blanca nieve / suele vestir las cumbres, cubrir la rosa.

Querría terminar esta entrada con los versos de un poeta español contemporáneo, Luis Alberto de Cuenca, que toma el título de Ausonio: Collige, virgo, rosas. Es uno de los que con más ardor y vehemencia instan a gozar del instante, a arrancar las rosas, con una violencia casi excesiva y con una referencia final muy española y trágica a la Muerte. Dice el poema: Niña, arranca las rosas, no esperes a mañana. / Córtalas a destajo, desaforadamente, / sin pararte a pensar si son malas o buenas. / Que no quede ni una. […] Y que la negra muerte te quite lo bailado. La invitación —podría escribirse la orden, el ultimátum— es clara, no tiene nada de ambigua.

Obviamente, para enfatizar la brevedad de la vida y aconsejar el disfrute de los placeres mientras se pueda, no hace falta citar a las rosas. Pero es verdad que en muchos casos, los escritores lo han hecho así. He recogido aquí algunos ejemplos, tratando de mostrar autores de diversas épocas. Quiero terminar esta pequeña antología con el poeta francés que ya mencioné, Pierre de Ronsard, y con alguien más, pero será otro día.

(continuará)

10 de enero de 2015

Efimeridad de las rosas, de la vida (III)


Palabras clave (key words): rosas, Théophile Gautier, Pierre Félicien Letourneur

En el libro citado de Paul Bourget —su título es Sensations d’Italie, editado en París por Alphonse Lemerre, 1892—, en la misma página 129, encuentro otra cita que me apetece seguir: Respirons les roses tant qu’elles ressemblent à tes joues. Embrassons tes joues tant qu’elles ressemblent à les roses…, comme les convives des banquets païens. La traducción es un mínimo reto, la referencia a los banquetes paganos me conduce a una discreta ensoñación y, además de todo eso, me gustaría saber quién lo escribió. Lector, me interesan estas cosas, ¿qué puedo hacer?

Valoro mucho la labor de los traductores —es una tarea complicada— y me precio de tener a algunos como amigos. Después de alguna duda, traduzco: Respiremos las rosas, tanto se parecen a tus mejillas. Besemos tus mejillas, tanto se parecen a las rosas…, como los comensales en los banquetes paganos. Ça y est, ya está. Y ahora, a buscar. ¿Quién escribió esto?

El párrafo aparece en la que es quizá la mejor obra de Théophile Gautier, Mademoiselle de Maupin, de 1834, una de las más subversivas de todo el siglo XIX francés. La intriga no es totalmente nueva: una mujer, hastiada de la conducta de los hombres, decide hacerse pasar por uno de ellos y se convierte en Théodore, un joven de una extraordinaria belleza, igualmente seductor para hombres y mujeres. Hasta el viril D’Albert, siempre en busca de la mujer ideal, se enamora de él, aunque barrunta que ha de ser, forzosamente, una mujer disfrazada.

En el capítulo IX, el titulado Cela est ainsi…, se lo cuenta en una carta a su buen amigo Silvio y le habla del amor pagano: No es como el de las poesías eróticas de la era cristiana, un alma que pide a otra que la ame, le explica. El amor pagano, se podría concretar en estas palabras (traduzco, recorto y compongo), dirigidas a una mujer imaginaria: Cinthia, sois bella, daos prisa. ¿Quién sabe si viviréis mañana? Esas rosas que huelen bien hoy, tendrán mañana el olor de la muerte y no serán más que cadáveres de rosas. Respiremos las rosas, tanto se parecen a tus mejillas. Besemos tus mejillas, tanto se parecen a las rosas. Daos prisa, Cinthia; la más pequeña arruga puede ser la tumba de un gran amor.

Parecida expresión encuentro en una obra de Pierre Prime Félicien Letourneur (1737-1788), Le jardín anglois. Letourneur fue un literato francés y un excelente traductor. Fue el primero que dio a conocer a Shakespeare en Francia. Tradujo todas sus piezas teatrales, así como las de otros escritores ingleses. En la obra citada, en la que mezcla traducciones y materia propia, hallo estas palabras, otra vez con las consabidas referencias a las rosas y a ‘respirar su aroma’, en este caso, el de la violeta: Respirons les premiers esprits de la jeune violette, avant que le vent du midi ait épuisé son âme odorante. […] Qu’il est doux de cueillir sur les roses de tes lèvres le premier baiser, tandis que le merle réveille…! Aquí conservo el breve texto francés y traduzco: Respiremos los primeros espíritus de la joven violeta, antes de que el viento del mediodía haya agotado su alma olorosa […] ¡Qué dulce recoger sobre las rosas de tus labios el primer beso, mientras el mirlo despierta…!

Queda todavía que hablar de las rosas, pero será otro día.

(continuará)

8 de enero de 2015

Efimeridad de las rosas, de la vida (II)


Palabras clave (key words): Libro de la Sabiduría, Décimo Magno Ausonio, Garcilaso

La cita original la leo en casa, en mi Biblia de Jerusalén, y es del Libro de la  Sabiduría, 2, 8 (uno de los sapienciales del Antiguo Testamento). Esta obra, falsamente atribuida al rey Salomón, está redactada en griego y en realidad debió de ser escrita hacia mitad del siglo I, a. C., probablemente por un judío helenizado de Alejandría. Las palabras que me interesan se han conservado bien en las referencias posteriores y quiero dejarlas en un contexto original algo más amplio: Hartémonos de vinos exquisitos y de perfumes, / no se nos pase ninguna flor primaveral, / coronémonos de rosas antes de que se marchiten. Se trata del desacertado discurso de los impíos, se advierte.

El texto habla de flores primaverales, en general, y luego de las rosas. La rosa es considerada universalmente como la primera entre las flores, la reina, por sus cualidades y quizá también por su efimeridad. En francés existe la expresión mériter la rose, con el significado de ser el mejor entre los que rivalizan por conseguir algún premio o ventaja. Siempre, claro, que el torneo o concurso sea resuelto en justicia, lo que no ocurre siempre, en ningún país.

Y no dejan de ser un modelo de belleza nombrado constantemente en muchos textos literarios. En una obra de François L'Hermite, Señor de Soliers, conocido como Tristan l’Hermite, La Marianne (1636), se lee : Tu ne devrais jamais marcher que sur des roses (Deberías marchar sólo sobre rosas). En otra obra de Pierre Jean de Béranger (Octavie, 1812), encuentro: Ne livre plus les roses de ta bouche / aux baisers morts d'un fantôme impuissant (No ofrezcas las rosas de tu boca / a los besos muertos de un fantasma impotente).

En un célebre poema, De rosis nascentibus, de Décimo Magno Ausonio, un poeta latino del siglo IV, uno de los versos es el profusamente citado en muchas antologías: Collige, virgo, rosas, dum flos novus, et nova pubes, et memor esto aevum sic properare tuum (Recoge, muchacha, las rosas, mientras está fresca tu juventud, y recuerda que así pasa también tu vida).

También se menciona la rosa en un bellísimo soneto de Garcilaso de la Vega y se aconseja gozar de la primavera antes de que sea demasiado tarde: Coged de vuestra alegre primavera / el dulce fruto, antes que el tiempo airado / cubra de nieve la hermosa cumbre; marchitará la rosa el viento helado.

De un poeta inglés del siglo XVII, Robert Herrick, tomo un poema, muy citado en la literatura inglesa, To the virgins, to make much of time (A las doncellas, para que aprovechen el tiempo): Gather ye rosebuds while ye may, / old time is still a-flying: / and this same flower that smiles to-day / to-morrow will be dying (Coged las rosas mientras podáis, el tiempo veloz vuela: la misma flor que hoy sonríe, mañana morirá).

Entre los poemas que mencionan a las rosas, el más conocido, probablemente, de la historia de la literatura, es el de un poeta francés del siglo XVI, Pierre de Ronsard. De este poema y algunos más hablaré en próximas entradas. Pero antes me referiré a la segunda cita sobre estas flores, la que encontré también en mi libro de Paul Bourget: Respirons les roses Los colores diferentes en el texto no persiguen ningún efecto estético : sólo tratan de separar las fuentes y facilitar la lectura.

(continuará)

6 de enero de 2015

Efimeridad de las rosas, de la vida (I)


Palabras clave (key words): Rosas, juventud, moral, Voltaire, Bossuet, Gellert

Me gusta citar, lo confieso. Busco a veces un refrendo a alguna idea mía, pero sobre todo lo hago por comodidad, por vaguería, por pereza. ¿A qué tratar de componer de nuevo un pensamiento si alguien lo ha expresado ya con acierto? Además, la cita abre al lector un horizonte nuevo, un autor que puede resultarle interesante.

Prácticamente siempre, encuentro las citas en mis lecturas. La cita de Robinson de mi entrada anterior me vino de leer a Paul Bourget (1852-1935). Si lees buenos libros, encuentras buenas citas; es así de simple. Pues, en ese mismo libro, encuentro un par de referencias a las rosas y ahí empieza este camino de hoy, que ni sé cuánto puede durar. Pero que querría un camino de rosas. Como aquel sobre el que andaba la sultana Sheraa en la dedicatoria del Zadig de Voltaire: Charme de prunelles, tourment des cœurs, lumière de l’esprit, je ne baise point la poussière de vos pieds, parce que vous ne marchez guère, ou que vous marchez sur des tapis d’Iran ou sur des roses (Niña de mis ojos, tormento de corazones, luz del espíritu, no beso el polvo de vuestros pies porque apenas marcháis o andáis sobre alfombras de Persia o sobre rosas).

La primera cita en Bourget era, exactamente: Couronnons-nous de roses, devant qu'elles ne soient flétries, comme les impies dont parle l’Ecriture (Coronémonos de rosas, antes de que se marchiten, como los impíos de que hablan las Escrituras). Se indica el origen de la cita, pero yo quería saberlo con más precisión. Para eso, para todo, es muy útil el buscador de Google. Escribo allí el principio de la frase y me aparecen esas palabras en la obra del famoso predicador francés Jacobo Benigno Bossuet. Veo que es una referencia suya a la cita de la Sagrada Escritura, y sigo indagando.

El buscador me lleva después a un libro de 1772, traducción francesa de una obra alemana. Son Conferencias Académicas sobre Moral, leídas en la Universidad de Lepzig por Christian Fürchtegott Gellert (1715-1769). Gellert fue un precedente de Schiller y Goethe, admiradísimo en su época. Innovador en literatura, escribió fábulas a la manera de La Fontaine, novelas sentimentales y canciones espirituales, algunas musicadas por Beethoven. Fue el más noble y amigable de los hombres, tierno de corazón, generoso, de piedad y humildad sinceras y escribió para mejorar el carácter moral del pueblo, leo en Wikipedia (casi la única enciclopedia que manejo ahora).

Busco en esas Leçons de Morale y encuentro la cita. Te copio el párrafo entero, lector: “¿Qué es lo que el hombre joven, estima como bueno, noble o malo y molesto?”, se pregunta Gellert. Y razona: “La sabiduría que él quiere seguir es la que le empuja a librarse al juego, al vino, a gozar sin límites. Pasemos alegremente nuestros días, [...] coronémonos de las rosas que la Primavera de la edad hace florecer para nosotros y no esperemos a ornar nuestras cabezas con ellas, cuando el invierno de la vejez las haya marchitado. Riámonos de los viejos y de sus bellos discursos: ¿razonarían tan fríamente si no estuvieran ya helados por su edad?”.

Para mí fue una pequeña fiesta perderme en estos vericuetos de la literatura, la historia y la moral. Para eso hace falta tener tiempo y que te guste este jaleo. Lector, yo quisiera distraerte siempre, pero has de ser un poco especial. El tema es largo y lo dejo para otras entradas. Te anticipo que la respuesta final al enigma la encontré en mi casa, en mi Biblia de Jerusalén. Queda mucho que hablar de las rosas.
(continuará)

3 de enero de 2015

Sobre el amor al pasado


Palabras clave (key words): Robinson, amor al pasado, García Márquez, Leopardi

Ya dije, hablando de las pequeñas frases felices, que mencionaría a una escritora inglesa del XIX, Agnes Mary Frances Robinson. Cito unos versos de su obra An Italian Garden, de 1886, tal vez la cumbre de su producción poética: “In warm or wintry weather / the Siren loves the sea, but I the Past; / upon my rock I sing alone, alone”. Me interesa sólo el segundo verso: la sirena ama el mar, pero yo el Pasado. Encontré la referencia en un escritor francés de ese siglo, Paul Bourget, de la Académie Française, que empezó a estudiar Medicina y la abandonó para dedicarse a las Letras.

Robinson fue una autora famosa, aunque ahora casi nadie la recuerde. Un crítico de la época escribió de ella: “Perhaps no living English poet, after Swinburne, is nearly so well known abroad” (Quizá ningún poeta inglés, desde Swinburne, es tan bien conocido en el extranjero). Así es de fugaz la gloria literaria, como tantas otras famas. Traigo la cita aquí, porque yo también amo el pasado, con algo de apasionamiento.

El amor al ayer, que en casos excesivos puede constituir una patología, no es nada inusual o extraordinario. Unamuno, en su Vida de Don Quijote y Sancho, dice que “sólo lo pasado es hermoso” y Anatole France, en La azucena roja, afirma que “el pasado es la única realidad humana. Todo lo que es, es pasado”. Sin entrar en profundos análisis sobre esa realidad y su relevancia vital, es verdad que, cuando se escribe desde cierta edad, muchas veces se abre sin querer la flor nostálgica del pasado, de lo que fue y ya no existe. Hasta las personas más activas, que viven con intensidad su presente, se encaran a veces con los tiempos viejos, se refieren a ellos con frecuencia y se instalan en los recuerdos.

Todo tiene su justa medida; refugiarse en los dulces vestigios de los tiempos idos puede hasta malograr el presente. Pero también puede hacerlo renovado y espléndido. Gabriel García Márquez, en esa obra cenital que es El amor en los tiempos del cólera, cuenta que Fermina Daza, cuando después de casi toda una vida encuentra de nuevo a Florentino Ariza, su eterno enamorado, “sintió pasar el ángel quimérico del pasado, y trató de eludirlo”. “Porque todo ha cambiado en el mundo”, se justificó. A lo que Ariza contestó, tajantemente: “Yo no”. Al final, el nunca soterrado amor triunfa. Una de las muchas claves de la novela es la coexistencia de personas para las que el pasado se desvaneció para siempre, y otras que lo creen capaz de renacer, de volver ubérrimo.

Cuando el futuro se presenta limitado y nos coge ya cansados, encuentro razonable que uno torne su vista a los bellos momentos del ayer. Ese terrible y lúcido pesimista que fue Giacomo Leopardi los interpela muy directamente, en Le ricordanze: Chi rimembrar vi può senza sospiri, / o primo entrar di giovinezza, o giorni vezzosi, inenarrabili… (Quién os puede recordar sin suspiros, oh, primera entrada en la juventud, oh, días encantadores, inefables...).

Algo parecido podría escribir yo. Me ocurre que, al rememorar mi vida, siento un cierto rubor, porque ha sido relativamente amable conmigo, cuando es despiadada para mucha gente. Y eso no me parece justo. Pienso que no he hecho nada especialmente meritorio para haber disfrutado de esa ventaja. Salvo quizá ser poco ambicioso. A Nietzsche le parecía bien la gente así y esto me consuela. En el prólogo de Así hablaba Zaratustra, escribe: Ich liebe Den, welcher sich schämt, wenn der Würfel zu seinem Glücke fällt (amo al que se avergüenza si el dado cae a su favor). 

Lector, el dado cae a favor o en contra por puro azar; las tiradas son sucesos perfectamente estocásticos. Pero la vida no es un juego de dados y hay en ella demasiadas trampas.

29 de diciembre de 2014

De la cambiante Fortuna (fin)


Palabras clave (key words): Yusuf Ibn Tasufin, destierro y muerte en Aghmat

Al-Mutamid accedió al trono sevillano con veinticinco años y creó una corte exquisita, plena de poetas y literatos, entre los que se contaban su visir Ibn Ammar, Abd al-Jabbar ibn Hamdis, Ibn Zaydun, Ibn al-Labbana, Bakr ibn Abd as-Samad, etc. El mundo era todavía un jardín feliz y el rey siguió amando apasionadamente a su esposa, satisfaciendo todos sus caprichos, lo que quizá no es aconsejable, según los expertos. Cierta vez nevó en Córdoba, que había sido tomada por Al-Mutamid, e Itimad quedó tan encantada que pidió al rey vivir en un lugar en donde pudiera ver ese espectáculo cada invierno. Al-Mutamid hizo traer de la vega de Málaga más de un millón de almendros, que se plantaron en la ladera de la sierra, frente a los ventanales del Alcázar, para que su floración anual remedara un campo nevado. Así Itimad estuvo contenta y además hubo almendras para dar y tomar. Le dio al rey seis hijos y varias hijas, una de las cuales, Zubaydah o Zaída, se casó con Alfonso VI y también fue citada en este blog, junto a un Romance de la mora Zaída, lleno de inexactitudes históricas.

¡Cómo puede cambiar tan atrozmente la fortuna de los seres humanos! Todos sus hijos murieron en el campo de batalla, lo que rompió el corazón de los reyes. Ibn Ammar, su mentor y amigo, quizá también su amante en la juventud, lo traicionó y murió a sus manos. En la tercera oleada de los almorávides en Al-Andalus, su caudillo Yusuf Ibn Tasufin se apoderó de varias taifas y, tras seis días de matanzas, envió a Al-Mutamid y su familia al destierro en África, en el año 1091. El pueblo de Sevilla se llegó hasta las orillas del río para ver partir a sus reyes al cautiverio. Ibn Labbana describe la escena: “Todo lo olvidaré menos aquella madrugada junto al Guadalquivir, cuando estaban en las naves como muertos en sus fosas. Las gentes se agolpaban en las dos orillas, mirando cómo flotaban aquellas perlas sobre las espumas del río…”.

Los prisioneros fueron conducidos hasta Meknes y luego a Aghmat, un poblado bereber, primera capital de los almorávides, a unos treinta kilómetros de Marrakesh. Al-Mutamid se refugió en la poesía, recordando a veces su amada Sevilla: “Me pregunto si alguna vez pasaré una noche / con jardines de flores y estanques a mi alrededor, / donde haya verdes olivos plantados, / donde las palomas canten y resuene el suave cántico de los pájaros”. Pobre Al-Mutamid, no habrá otra noche así. Sólo tendrás el recuerdo.

Y la visión de su familia en la miseria. La cambiante Fortuna los arrojó a todos desde la cima del poder y la gloria a la abyección de la pobreza y el sufrimiento. A la vista de su esposa e hijas hilando, se lamentaba: “Ver tus hijas en harapos, hambrientas, / sin dinero, hilando para otras gentes, / pisando la dura arcilla, descalzas, humilladas, / como si jamás hubieran pisado almizcle y alcanfor”.

Todavía una pequeña, última, esperanza: uno de los hijos supervivientes, Abd al-Jabbar, se rebeló en Al-Andalus. En unos pocos meses la rebelión fracasó y el hijo fue muerto. Itimad, incapaz ya de soportar tanto dolor, enfermó gravemente y murió al poco tiempo. En el año 1095, Al-Mutamid, vencido cruelmente por el infortunio, encadenado desde que se conoció el levantamiento del hijo, murió, a la edad de cincuenta y dos años. La rueda de la Fortuna interrumpió ya su girar, consumado el descalabro. El Dios al que Al-Mutamid pidió morir en Sevilla no tuvo en cuenta su ruego y los restos de Itimad y Al-Mutamid se levantarán, tal vez airados, en la tierra de Aghmat, el día de la resurrección. En cambio, el caudillo Yusuf Ibn Tasufin, que desde el 1073 se titulaba ya emir, el que derrotó y desterró a Al-Mutamid, murió en el poder once años más tarde que este, con casi el doble de su edad, en el 1106, a los noventa y siete años, en la cercana Marrakesh. En un reducido espacio del mundo descansan los dos. La Muerte igualó al fin sus destinos.

28 de diciembre de 2014

De la cambiante Fortuna


Palabras clave (key words): Sevilla, rey poeta al-Mutamid, Itimad, poesía andalusí

Escribir un blog, escribir cualquier cosa, no deja de ser un suplicio, aunque pueda revelarse como irrenunciable: uno ha de estar pendiente del tamaño del texto, del tiempo que llevará leerlo. Vuelvo de Sevilla, de visitar los lugares de siempre, adobado todo con la nostalgia con que se reviven las cosas a una cierta edad. Describir someramente mis andanzas me llevaría montones de páginas, pero sólo referiré un episodio triste y sentimental. En mis condiciones todo está ya entreverado: con los recuerdos, la historia, la literatura y, casi siempre, con el desencanto y la compasión.

Iniciaré mi narración en los Alcázares Reales, en uno de sus bellos jardines, el de la Galera, donde hay una columna con unas palabras, una oración, de un rey poeta sevillano del siglo XI, Abu al-Qasim Muhammad ibn Abbad al-Mutamid: “Dios decrete en Sevilla la muerte mía y allí se abran nuestras tumbas en la resurrección”. Nada de eso ocurrió ni ocurrirá. El Destino tenía otros planes y los contaré brevemente.

Ya mencioné yo a este rey en mi blog, entrada del 19 de marzo de 2013, en sus días de vino y rosas, cuando conoció, junto a su amigo y visir Ben Ammar, a la hermosa esclava que sería luego su esposa, Itimad. La llamaban entonces Rumaykiya porque pertenecía a un mulero —sí, lector, un mulero— de nombre Rumayk ibn al-Hajjaj. El rey, que se enamoró nada más verla, la rescató. Tenían los dos diecinueve años. Y todavía hubo más tiempos felices, cuando Rumaykiya le dijo al rey, ya de mayores: “Te amo aún más que en nuestra juventud”. ¡Qué cosas, Dios mío, qué ternezas! ¿Se lo oiría esto don Claudio o se lo inventó también?, me preguntaba yo en aquella entrada, porque leí el formidable piropo en la novela Ben Ammar de Sevilla, de Sánchez Albornoz.

Ibn Bassam al-Shantarini fue un poeta e historiador nacido en Santarem, pero que vivió en Andalucía y murió en el año 1147. Su obra más conocida es la antología Dhakhira fî mahâsin ahl al-Gazira (Tesoro de los méritos de la gente de Iberia). Es muy interesante porque en ella recoge muchas noticias del Kitab al-Matin, de Ibn Hayyan (987-1075), historiador nacido en Córdoba, contemporáneo de al-Mutamid. Ibn Bassam dice del rey sevillano, que su poesía era más dulce que el cáliz en flor de las ‘plantas de olor’ y no tenía rival en cuanto a su ternura. Eran poemas dedicados al amor en general, a la deslumbradora belleza de las mujeres. Refiriéndose a una joven concubina, escribió: “Desabrochó su vestido, para que pudiera ver / su cuerpo, flexible como un árbol. / El cáliz se abrió entonces / y, ¡oh!, qué bella era la flor!”.

Otro poema de amor: “Sus penetrantes ojos partieron mi corazón en dos, / y mis ojos lloraron añorándola… / Besaría sus labios tras el velo, / abrazaría su collar de perlas sobre su chal bordado”. Otro poema, dedicado esta vez a Itimad, su esposa, mientras estaba en una campaña militar: “Desfallezco si estoy separado de ti, / embriagado por el vino de mi anhelo por ti; / enloquecido por el deseo de estar contigo, / de beber de tus labios y abrazarte…”.

Es todavía vida feliz, aunque hostigada por las ausencias, por la imperfección de este mundo. Porque, como el mismo Ibn Bassam advierte a los andalusíes: “Detrás de vosotros sólo están el Océano, los cristianos y los godos”. Todo cambiará después, para dejar paso al infortunio y la desolación, con la Muerte también jugando su eterno papel. Pero esto, lector, te lo tendré que contar otro día.

(continuará)

21 de diciembre de 2014

Pequeñas frases felices


Palabras clave (key words): belleza, amor, fugacidad, frases felices anónimas

Siempre he pensado que el ser humano fue creado para la belleza, que no puede luchar frente a la atracción que cualquier cosa bella ejerce sobre nosotros. A esa sujeción, a esa tiranía, corresponde un anhelo, una necesidad de crearla, de producirla, cuando nos es posible. En cuanto el hombre pudo elaborar alguna herramienta, con el fin de utilizarla, de que le fuera útil, enseguida sintió la necesidad de que también fuera bella, de tratar de adornarla de alguna manera.

Esa devoción fatal en la que creo, hace que no me resigne a establecer una tajante división entre unos pocos seres humanos que serían los encargados de crear belleza y el resto de los mortales. Naturalmente, no todos estamos dotados para las mismas cosas y es inevitable que haya personas que destaquen en la producción de diferentes tipos de belleza. Para mí sería absolutamente imposible dibujar un perro, porque no recuerdo muy bien si estos animales tienen dos o tres orejas —aquí tal vez estoy exagerando un poco—, pero a lo mejor sí puedo inventar una metáfora. Y ya sé que habrá mucha gente que las inventará mejores y en mayor cantidad, porque se dedican a eso, porque tienen más oficio. Pero, aun así, quiero que me dejen proponer la mía.

Cuento todo esto, porque, como es lógico, hay frases o ideas que son felices, hasta felicísimas, creadas espontáneamente por gentes que no son artistas profesionales, sino sencillos ciudadanos. En contados casos, alguno de esos logros debería garantizar en justicia un cierto e inequívoco reconocimiento para su descubridor.

Mostraré una de estas ideas brillantes. Sabemos bien que el amor puede ser tiránico, quemante, llevarnos a la catástrofe más absoluta. Un personaje de Isabel Allende se queja frente a la causante de un amor así: “Me has perseguido sin tregua. No he podido amar a nadie en toda mi vida, sólo a ti”. Y esto no ocurre sólo en la literatura; en la vida real se dan casos de este tipo de fatalidad, de condena: gente esclavizada que no puede dejar de amar, y de sufrir, si no son correspondidos. La magia del amor hace que, incluso intuyendo perfectamente su posible brevedad, a veces estemos dispuestos a gozar de ese paraíso fugaz. Por ello, me parece juiciosa, oportuna y tierna la petición que hace una de esas almas entregadas sin remisión: “Si vas a jugar conmigo, procura que yo también me divierta”. Es el humilde ruego de quien no tiene otra opción, sabe que está condenado a sufrir después, y busca y acepta la felicidad por algún tiempo.

Un personaje de una novela mía, Marta, una jueza ya con algunos años e inmaculada, es víctima de una pasión intratable hacia su primo Roberto y se hace este planteamiento, de manera lúcida y fría, con el lenguaje de carretero que sabe adoptar a veces: “Tiene que ser él quien me ‘aplane’ a mí por primera vez. Me gustaría, para qué lo voy a negar, que me ocurriera eso con él, no con otro. Aunque luego se le pasara la ilusión y tuviera yo que quedar en manos de cualquier subalterno. Lo bailado, bailado. Pero con estas ideas, que no acabo de concretarlas en hechos, y con mi primo, que cada vez está más atontado y no se da cuenta de nada, los años pasan y como me descuide no voy a encontrar a nadie que esté por la labor. Aunque, gracias a Dios, todavía falta para eso y yo me encuentro de buen ver y noto que a algunos hombres los provoco, sin duda. Excepto al imbécil de mi primo, claro. Con lo que estamos donde siempre; es que este asunto no es nada fácil. Y con la solución tan sencilla que tienen estos problemas, si se miran de una cierta manera y se manejan con sensatez”.

Me voy de Madrid unos días. A mi vuelta mencionaré otra frase curiosa. Y tendré que hablar de una escritora inglesa, nacida en 1857, Agnes Mary Frances Robinson.