10 de junio de 2015

La sociedad de la queja


Palabras clave (key words): Robert Hughes, cultura de la queja, recursos necesarios.

En la cabecera de este blog se explicita que no me preocuparé demasiado por la actualidad. Y ha sido así en la mayor parte de los casos, pero hay ocasiones en que a uno no le queda más remedio que hilvanar algún comentario. Sin recurrir a innecesarias referencias intelectuales, tomaré prestado el término ‘cultura de la queja’, de la obra de Robert Hughes, Culture of Complaint, de 1993, que trata de temas de multiculturalismo, separatismo, provincialismo intelectual, etc. Copio también: Echar la culpa a otro es uno de los trucos más viejos del arsenal demagógico. Para añadir que hay quienes echan la culpa a la propia sociedad, en su conjunto. Tiendo a ir en esa dirección.

En los primeros años setenta, mucho antes de la aparición de ese libro, en un estudio sobre la sanidad sueca, leí una predicción irónica sobre su futuro. Analizando estadísticas y gráficos, en los que se constataba el colosal aumento de trabajadores y gastos en el sector, el autor concluía: De seguir esta tendencia, en unos treinta años la mitad de la población de Suecia estará cuidando a la otra mitad.

Por el lugar central que ocupa la salud en las preocupaciones de los ciudadanos, en ese campo empezaron algunas exigencias a las autoridades y las correspondientes quejas. Obviamente, con ser el tema de la salud de fundamental importancia, otros no le van a la zaga. Comenzó así una interminable acumulación de problemas a los que se demandaba solución. ¿No hemos llegado ya a la sociedad de la abundancia y del bienestar? Pues a acometer los cambios necesarios para lograrlos inmediatamente.

Se inició la petición insistente del paraíso, que continuó y se multiplicó después. Había que luchar contra el hambre, la contaminación, la corrupción, la falta de viviendas, el cambio climático, la inseguridad ciudadana, el racismo, el maltrato animal, la falta de hospitales, el sistema de recogida de basuras, el acoso escolar, el acoso laboral, el acoso sexual, la centralización excesiva, la falta de libertades, la lentitud de la justicia, el hacinamiento en las cárceles, el servicio de correos, el estado defectuoso de las carreteras, el malfuncionamiento de los trenes, los accidentes de tráfico, la pobreza, la violencia de género, la desigualdad de hombres y mujeres, la energía nuclear, las técnicas de fracking… Lector, es una lista extensa, pero tú sabes bien que es incompleta, insuficiente. Añade las demandas que se te vayan ocurriendo; sobre cada una se podría escribir un largo ensayo.

Sucede que muchas de las medidas que se pueden arbitrar para arreglar estos males son de naturaleza puramente moral. Pero otras muchas reclaman ineludiblemente ingentes recursos, lo que no parece calmar las reclamaciones. Según la percepción de la masa, son peticiones justas, a las que se tiene derecho, y por tanto es misión del gobierno el encontrar los medios para su satisfacción. Si requieren aportes económicos enormes, que se busquen. Eso sí, sin lesionar los legítimos intereses de los ciudadanos con impuestos excesivamente gravosos.

Lo anterior es tan obvio, que lo recojo aquí sólo para insinuar lo que desarrollaré después. Frente a la percepción universal de estas necesidades, pocos piensan que buena parte de estas disfunciones son consecuencia de que vivimos en una sociedad enferma y mediocre, en la que valores esenciales se han olvidado y en la que las obligaciones, los deberes, que también han de tener sus miembros, apenas se mencionan o consideran. Nos hemos instalado en una especie de país de Jauja, pays de la Cocagne, Land of plenty, Schlaraffenland (el término existe en todas las culturas), donde todo es posible y exigible, con ningún o muy poco esfuerzo por parte de los demandantes. Frente a dos recientes casos de acoso escolar, se han pedido más psicólogos, más policías… Quizá se olvida que lo importante y urgente es formar jóvenes que sean incapaces de atentar frente a otros, de gozar con el sufrimiento ocasionado a otros. Algo que es factible, nada imposible.

7 de junio de 2015

Cuidado con las cenas, señor Sánchez


Palabras clave /key words): Domiciano, Frate Alberigo, Abul Abbas, Simón el Mago.

¡Vuelta otra vez con la actualidad! A veces la realidad es tan acuciante que no hay más remedio que referirse a ella. Escribo esto por la cena que ha reunido hace poco a dos jóvenes líderes políticos españoles, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias el Mozo (para distinguirlo del otro). Con las cenas, con los banquetes en general, hay que ser cuidadoso, como demuestra la evidencia acumulada en la historia. Me explico.

El emperador Domiciano invitó a varios senadores principales y otras personas nobles de Roma a una cena. La sala estaba completamente revestida de negro, suelo, paredes y techo, y llena de columnas funerarias en las que se habían grabado los nombres de los comensales. Aparecieron jóvenes, pintados también de negro, con espadas desnudas en sus manos, que se colocaron en torno a los triclinios de los invitados. La comida no estuvo mal, aunque se comprende que esto no tranquilizó mucho a ninguno de los presentes. Para hacer aún más tétrico el ambiente, el propio Domiciano contaba matanzas que había organizado otras veces sólo para distraerse. Se acabó la cena, el emperador despidió a aquellos infelices que estaban más muertos que vivos y en eso quedó todo, una broma quizá algo pesada. Lo cuenta Lucio Casio Dion, según refiere Jean Baptiste Crevier en su Historia de los emperadores romanos.

Peor fue la cena de Alberigo dei Manfredi, señor de Faenza, el dos de mayo de 1285. A este fraile ya se lo encontró Dante en el infierno, en la tercera zona del círculo noveno, a pesar de que aún no había muerto, porque imaginó que, en algunos casos, los pecadores iban al infierno recién cometido el pecado y un demonio se encarnaba en su cuerpo hasta el final asignado a su vida. Este pobre fraile invitó, para reconciliarse, a algunos compañeros a un banquete suntuosísimo y al final dijo aquello de “fuera la fruta”, que era la señal convenida. Los sicarios entraron entonces en el refectorio y asesinaron a los que previamente les había indicado el anfitrión. Bueno, pues resulta que este fraile no podía llorar en el infierno, porque se le había formado hielo en los ojos y no se lo podía quitar y le pide a Dante que lo haga. El poeta no accede, porque piensa que la justicia divina debe proseguir su curso e intervenir sería ir contra Dios. Bien.

Tampoco estuvo mal el banquete que organizó el califa Abul Abbas, para celebrar la amnistía que había proclamado. Setenta omeyas estaban allí, cuando un poeta empezó a recitar versos exaltando a los abasíes y pidiendo matar a los omeyas. Educadamente, el califa dejó al poeta terminar su poema, que lo había escrito con mucho cariño. Acabó el rapsoda y entraron de pronto hombres armados con palos de lanza, que mataron a los comensales. Se tapó con alfombras a los muertos y moribundos y se continuó la fiesta, que no era cosa de pararla, una vez empezada y con los músicos pagados.

Nada de eso tiene que ver, por supuesto, con la cena entre nuestros dos políticos. Pero sí pudo ocurrir allí, o podrá ocurrir en el futuro, lo que le pasó a Simón el Mago con San Pedro. Este Simón había querido comprar a Pedro los dones del mismísimo Espíritu Santo —de ahí viene la palabra simonía—, para hacer milagros, que le parecía muy divertido. Como no hubo trato, quiso hacerlos por vía de magia. Pedro, para darle una lección, se remontó en el aire grácilmente. Simón lo imitó con sus artes y ascendió un buen trecho. Estaba, ya se puede comprender, contentísimo y sus correligionarios no paraban de jalearlo, talmente como en los mítines de ahora. Cuando Pedro vio que estaba ya bastante alto hizo que Simón cayese y se rompió varias costillas.

Es que los hay muy aviesos, señor Sánchez. Tenga usted cuidado a la hora de juntarse a cenar. Y encima, pagando, que fue usted quien pagó y por eso se pidió algo barato, una tortilla francesa. Al final, y esta es la razón y urgencia de mi escrito, estoy convencido de que los que pagaremos el asunto seremos los españoles, con el PSOE en cabeza. Y si no, al tiempo.

4 de junio de 2015

Algún sencillo consejo a Sor Lucía


Palabras clave (key words): el amor en peligro, monstruos, lo apolíneo y lo vulgar.

Bien sé que el amor lo perdona todo. Pero también, lector, es mudadizo, voluble. Puede desaparecer, volatilizarse, incluso cuando no hay nada que perdonar; de pronto muere, sin saber por qué. Hay un tipo de cáncer que me intrigó desde que empecé mis estudios. Los médicos distinguen entre lo que llaman cáncer primario, donde se inicia la enfermedad, y sus metástasis, las 'siembras' a distancia. Ocurre en ocasiones que sólo se encuentran las metástasis y ni siquiera se sabe de dónde proceden (CUP, cancer of unknown primary). Es como si te atacaran sin saber quién lo hace, desde qué lugar te hostigan. Eso pasa a veces con el amor, con cualquier amor, que no se sabe dónde principió la derrota. Vienen estas consideraciones sombrías porque a la monja enamorada de Artur Mas, podría ocurrirle algo terrible, inesperado, y de lo que, en realidad, nadie es responsable; sólo el puro azar, la caprichosa Fortuna. Me explicaré enseguida y todo se entenderá mejor.

El otro día se jugó un partido de fútbol en un inmenso estadio, un reducto tal vez infinito, lleno de una multitud interminable, bramadora y terrífica. Una masa así es algo imposible de clasificar: no es un ser humano, ni tampoco un conjunto de seres humanos. Es más bien un monstruo de innumerables cabezas, impredecible, pletórico de fuerza, de violencia, sin un mecanismo adecuado para guiarlo o conducirlo. Cien mil errores repetidos no conforman una verdad, cien mil gritos no construyen un pensamiento.

Vi una vez en la TV francesa una entrevista al inteligente presidente de un club de fútbol. Contaba este que durante un partido las cosas no iban bien para su equipo, que jugaba en campo propio, y la afición estaba muy irritada. Decía al entrevistador: “En el descanso bajé al vestuario para hablar con once descerebrados y atajar el peligro de los cincuenta mil descerebrados de las gradas. Es difícil tratar con once enloquecidos, pero es imposible hacerlo con cincuenta mil”. A veces yo he visto que quien paga los platos rotos es el entrenador, un hombre solo; quizá el más cuerdo de todos, pero uno.

En el partido del otro día, de repente, gran parte de los espectadores se puso a gritar, a pitar, parecía el ruido infernal que precederá al fin del mundo, según los relatos apocalípticos. Y allí, solo, en la tribuna de autoridades estaba el rey, nuestro rey, el rey de todos. Yo no soy monárquico y, si tuviéramos una república, no movería un dedo por hacer venir un monarca. Por lo mismo, teniéndolo, tampoco movería un dedo por traer la república. De los países más civilizados y prósperos, unos son monarquías y otros son repúblicas. Seguramente, el asunto no es tan importante. Claro, se puede argüir lo de la igualdad de oportunidades. ¿Es esa la única desigualdad en nuestra sociedad?

El rey estaba allí, erguido, sereno, con la mirada alta y como perdida. A mí me pareció que su actitud fue noble, pero yo estoy ya algo viejo y tengo ideas anticuadas. Y al lado estaba, y siento decirlo, la persona a la que le tocó el papel de un Macbeth de guiñol pueblerino, sin ni siquiera la grandeza de lo trágico. Escondido entre la masa, hermético, hosco, quizá esbozando una sonrisa. O a lo mejor avergonzado en el fondo, atemorizado por la quimera, por la Medusa que entre unos y otros habían creado.

¿Cómo vería todo eso la sor Lucía enamorada? ¿Percibiría ella esa diferencia de modos de ser, de estar en el mundo? Las mujeres son sensibles a esas cosas. ¿Titubearía su pasión ante aquel espectáculo grotesco, con su héroe convertido en un pelele empequeñecido y vacuo, tal vez arrepentido. Hay algo en nosotros que nos exige elegancia en el  comportamiento, en el vivir. Llega un momento en que ética y estética se funden, porque quizá son la misma cosa, y lo apolíneo triunfa sobre lo vulgar.

No me gustan los finales tristes y me atrevo a susurrar algún consejo: Sor Lucía, los seres humanos somos frágiles y falibles. Hay que saber compadecerles y acompañarles en los momentos en que la Fortuna los desnuda y los muestra en su insignificancia. Lo que parece una revelación definitiva es sólo una vuelta más en la rueda de la mudable diosa, que seguirá girando. Tenga paciencia, tenga caridad.

2 de junio de 2015

Monjas enamoradas y astutas


Palabras clave (key words): poseídas clarividentes, Fray Toribio, Urbain Grandier.

Con las supuestas posesiones de monjas en San Plácido, se desató la imaginación de los madrileños. Se pensaba que tras la posesión demoníaca las víctimas adquirían el don de la clarividencia y otros conferidos por el demonio, como un exquisito detalle de agradecimiento. El propio Jerónimo de Villanueva creyó en los poderes de la abadesa y recomendó al Conde-Duque, preocupado por no haber logrado un hijo varón en su matrimonio, ir al convento y tratar de lograr la intercesión del demonio Peregrino.

No sé si el noble, algo amigo de lo hechiceresco, se sometió a la rutina habitual en estos casos, que describe Carolina Alonso-Cortés en su obra Villamediana: se recurría a realizar el ayuntamiento conyugal dentro del convento, rodeados por once monjas, que representaban el número de los apóstoles, excluido Judas Iscariote, como pedía el rito.

Muchos hombres cortejaban a las monjas. Estos amadores, llamados galanes monjiles, asistían a las misas y novenas que se celebraban en las iglesias conventuales y también a los locutorios, a los tornos, en los que podían dialogar con sus adoradas, mezclando sutilmente el amor divino y humano. Las profesas gracejaban con soltura y recibían de los caballeros estampas de santos, dulces, frutas, etc. La situación debió de hacerse conocida y hasta los extranjeros contaban con asombro las cosas que habían visto en Madrid. Los herejes iluministas trataban de alcanzar la gracia pecando. Los clérigos de la secta tenían que unirse a mujeres santas para engendrar profetas y decían a las monjas que esos pecados eran gratos a Dios, sobre todo los de la carne.

En realidad, por razones que no son para desarrollar aquí, existía una clara diferencia entre dos clases de monjas: las que tenían verdadera vocación, llamadas monjas de coro, y las monjas de grada, que hacían una vida muy secularizada. Recibían a familiares y a hombres que hacían pasar por parientes. Algunas tenían legiones de admiradores, de los que a veces conseguían dádivas de diversa importancia.

Encuentro en la inagotable Internet un libro inédito, de 1680, Tira la piedra y esconde la mano, de fray Toribio Cornelio Cabeza de Baca, natural de la ilustre villa de Cabra, del que ha hecho una edición crítica, como tesis, una Doctora en Literatura, Paula Martínez Sagredo, de Chile. La obra narra el acerbo desencanto de una relación con una monja, doña Joana Eufemia, y el autor aclara que lo escribe como “antídoto contra el veneno de tocas infiziondas” (pestíferas). De ella cuenta: “Ydolatrada prenda de un ziego benefiziado que, proterbo en su [ ]belesso y pertinaz en su engaño, juzga ser el vnico unicornio de su entretenido empleo, siendo actual vigésimo primo amante”.

La tal monja cuenta con muchos amadores y a todos engaña. Escribe a uno:  “Bien mío, tu papel es la atriaca, contra el beneno de ausenzia, y con él oi se restaura mi salud, feliz mil bezes quien mereze tal mañana. […] Pero alivia mis congojas el deseo y la esperanza, de que si oi no puedo berte para otro día abrá grada. Tuia, doña Joana”.

Escribe a otro y organiza su tiempo: “Para las dos de la tarde, hijo, te aguarda vn desperdizio de amor que vibe de oras menguadas. […] Y mira, no vengas antes ni después, porque ocupada me tiene oi la priora en unos dulzes, mal aia término tan limitado en una triste enzerrada cuio sujeto albedrío malogra sus esperanzas. Perdóname si soi brebe, que aún para este alibio falta tiempo. […] Siempre tuia, doña Joana”.

Habría para escribir mucho más sobre el tema. Un caso parecido al de San Plácido fue el ocurrido en el convento de Ursulinas de Loudun, Francia, que terminó con el sacerdote Urbain Grandier quemado vivo en la hoguera. ¡Qué diferencia, en este caso, frente a la lenidad en  España! Escribí con algún detalle sobre esto en el segundo tomo de mis ensayos Por si ayudaran…

En resumen, recomiendo a sor Lucía que se venga ya para Madrid, que aquí no estamos ocupados con secesiones y tratamos de vivir alegres los cuatro días que nos dan. Podrá escoger galán, amar totis viribus a quien quiera y olvidará sus cuitas. Otra monja, Santa Teresa, pensaba que el demonio era infelicísimo porque no podía amar.

30 de mayo de 2015

Más sobre monjas del antiguo Madrid


Palabras clave (key words): monjas endemoniadas de San Plácido, herejía iluminista.

Conviene no perder de vista que el objetivo principalísimo de este escrito es el servir de guía y consuelo a la monja catalana, tan perdidamente enamorada de Artur Mas. Y hacerle ver que si no se ve correspondida, no es por su falta de méritos o virtudes, sino porque, desgraciadamente, ha venido a colocar sus afanes amatorios en un ser casi mítico, o directamente mítico, forjador de pueblos, alumbrador de naciones. El amor humano en personas así, ocupa necesariamente un lugar secundario y su despego es el producto de sublimes compromisos, nunca del desdén o la maleficencia.

Otros sucesos, ocurridos en el convento mencionado en mi entrada anterior, dieron lugar a uno de los más sonados procesos de la Inquisición, el de las monjas endemoniadas de San Plácido. En el año 1628, cuatro años después de la fundación, la abadesa era doña Teresa Valle de la Cerda y el párroco y confesor, el padre Francisco García Calderón, natural de Barcial de la Loma, en Tierra de Campos, reconocido como uno de los varones más santos de la iglesia o, si se prefiere, uno de los santos más varones, y ya se verá por qué digo esto. Una de las monjas presentó entonces síntomas de lo que podría ser una posesión diabólica, dando voces extrañas y haciendo gestos obscenos, por lo que el padre Francisco realizó un exorcismo, que resultó ineficaz. Síntomas parecidos se extendieron pronto a otras monjas, que manifestaron ser poseídas por el demonio, al que dieron en llamar el Peregrino Raro. La presa predilecta fue la propia abadesa, demostrando el diablo, en esto, modales y respeto de la jerarquía.

Al mismo tiempo, el padre Francisco, con fama de teólogo sapientísimo, enseñó a las  novicias un agradable modo de alcanzar la gloria de Dios a través de actos carnales hechos en caridad —como por hacer un favor, digamos— y por tanto no pecaminosos. A la primera que convenció fue a la abadesa, que, pese al cargo, tenía a la sazón menos de treinta años. En total, parece que el padre Francisco, ya de cincuenta y cuatro, se la llevó por delante, junto a veinticinco de las treinta monjas recluidas.

La tortura reveló estos hechos lascivos, ocurridos en terreno sacro, y rasgos de superstición, libertinaje y herejía iluminista. El Padre Francisco negó el cargo de iluminado, aunque reconoció que había embaucado a las monjas por puro placer carnal, sin fin alguno de adoctrinamiento en herejía —para distraerse, para pasárselo bien juntos, como si dijéramos— y esto le rebajó en mucho la pena, dado que en esta bendita España este tipo de pecados tiene fácil y casi automático perdón, quizá porque los jueces envidian sincera y secretamente a los afortunados reos. La sentencia lo condenó a la reclusión por vida en un convento, privación de cargos, a pan y agua tres veces por semana y alguna cosilla más. Tal vez el condenado pensó que, una vez pasado el temporal, podría continuar con sus chiquilladas conventuales y compensar los ayunos en los días libres. La abadesa fue enviada al convento de Santo Domingo el Real de Toledo, perdonada en breve y restituida en su cargo y puesto. Las otras monjas tuvieron penas menores: tras abjuración, se las dispersó a diversos conventos.

El proceso fue revisado más tarde; se alegó que el fraile ejecutor de la denuncia, fray Alonso de León, era enemigo personal del Padre Francisco y que se tergiversaron las declaraciones de las monjas. Se abrió nuevo juicio, con una sentencia favorable y absolutoria en 1638. El único que no recibió el indulto fue el confesor.

Es una historia muy conocida y por eso la cuento. Pero lo que quiero mostrar, al sugerir un cambio de aires a Sor Lucía Caram, es el ambiente amoroso que endulzaba la vida de las monjas en el Madrid de siglos pasados y atraerla así a la capital, que parece proclive a estas inocuas felicidades. Y hacerle ver que, si en alguna parte no se corresponde adecuadamente a su amor, aquí podría ocurrir justamente lo contrario. Escribiré más de la grata vida monjil en Madrid, pero habrá de ser en otra entrada, avisando de que aquí no me he preocupado mucho en deslindar historia y leyenda.

28 de mayo de 2015

Monjas que hacían enloquecer de amor


Palabras clave (key words): Sor Margarita de la Cruz, convento de San Plácido, Felipe IV.

El caso de la monja que se ha declarado enamorada de Artur Mas, Sor Lucía, podría tener su lado tenebroso y triste: el del amor no correspondido o imposible, que ha sido, es y será uno de los más acerbos e injustos sufrimientos que el destino puede deparar a un ser humano. Me conmuevo ante esta posibilidad y me pregunto si, en el caso de que Sor Lucía fuera víctima inocente de esa desgracia, no haría bien tornando su mirada a otras tierras. Porque, ¿hay vida fuera de Cataluña? Yo creo que sí.

Lo digo, porque aquí, en Madrid, hay una cierta tradición de monjas arrasando en esto del amor y volviendo locos de pasión incluso a los mismos reyes. El caso de Sor Margarita de la Cruz fue tan sonado que casi no habría que contarlo. Un protonotario del siglo XVII, Jerónimo de Villanueva, un día se fue de la lengua y ponderó con entusiasmo la belleza de la monja, en presencia del monarca, que encandeció de amor al instante. Había que tener cuidado con estas alabanzas ante Felipe IV, que estaba muy atento a estos asuntos. Este era un Austria, no un Borbón, pero malicio yo que en estas cosas todos los reyes son parecidos y, a más a más, para emplear un catalanismo, son iguales que otros muchos humanos, aunque no pertenezcan a la realeza ni por asomo.

En Madrid quizá los aires son más propicios a este tipo de enredos. O sea, que si el señor Mas no responde como noble caballero a la sincera y apasionada confesión de Sor Lucía, podría la pobre venirse por aquí. Como será la cosa por estos lares, que Felipe IV no cejó hasta que, por un pasadizo secreto, pudo llegar al convento en el que vivía Sor Margarita, el de San Plácido, y a su mismísimo dormitorio.

La que no estaba por la labor era la monjita y, sabedora de las intenciones del rey, se lo contó a la abadesa, doña Teresa Valle de la Cerda, que habló con los nobles para que disuadieran al rey. Estos debieron de contestar algo así como “Madre Teresa, no conoce usted al pájaro”, por lo que la abadesa no vio otra solución que poner un ataúd en la celda de la monja, en el que colocó a Sor Margarita amortajada, con una cruz en las manos y rodeada de cirios ardientes. Cuando llegó el rey, pensó, con buen criterio, que llegaba tarde y a deshora y se torció el suceso. El engaño no duró mucho, que todo acaba sabiéndose, y el monarca entró de nuevo al convento. La monja pensó que lo de morirse dos veces el rey no se lo iba a creer, se rindió y este consumó sus deseos. ¿Cuántas veces? Y yo qué sé, lector. Me preguntas unas cosas…

Luego el rey se arrepintió un tanto —a buenas horas— y como desagravio mandó al convento el famoso Cristo yacente de Velázquez, que estuvo en la sacristía de la iglesia conventual hasta que fue trasladado al Museo del Prado. También se cuenta que envió un reloj que cada quince minutos tocaba a muerto y estuvo sonando todos los días, con sus noches, hasta que murió Sor Margarita, lo que no dejaría de ser un incordio. Quizá hasta la propia monja pensara que habría sido mejor entregarse de primeras, no hacerse la estrecha, y librarse así del dichoso reloj.

Estos rechazos monjiles no son raros. En mi novela Las increíbles vidas de Roberto Milfuegos, tengo yo contado que, en el barco en el que peregrinos se dirigían a Tierra Santa, “viajaba un caballero de Mandovi, que, enloquecido por el amor, había querido raptar a una monja en Fossano. A punto de conseguirlo, ella pidió a Dios que le mandara la lepra, para conservar intacta su pureza, lo que ocurrió e hizo huir al caballero, que se tornó pesaroso y penitente tras la milagrosa mudanza”. Es que el cambio no fue ninguna tontería. De abrazar las, se supone, tiernas y rosadas carnes de la monja, a quedarse con unos harapos humanos entre las manos, hay una diferencia. Aunque hay hombres, aviso, que una vez encarrilados no se paran en nada.

Tengo que hablar algo más del convento de San Plácido, porque ocurrieron allí otros sucesos menos conocidos. Pero será otro día.

23 de mayo de 2015

De Argentina a Cataluña, sin pasar por España


Leo en la prensa las palabras de una buena monja en un acto de la campaña electoral para el municipio de Barcelona. Y se trasluce un cierto rechazo del cronista frente a su intervención, que no acabo de entender del todo. Es verdad que la monja es dominica y quizá no dedica demasiado tiempo a la contemplación; es verdad que la monja es argentina de nación, lo que no empece sus éxtasis al reclamar una Cataluña libre e independiente; es verdad que la citada monja se autocalifica de ‘monja cojonera’, signifique eso lo que se quiera; es verdad que se declara también enamorada de Artur Mas, el actual presidente de la Generalitat y hombre casado. Todo eso es verdad.

¿Y qué?, me pregunto. La monja en cuestión, Sor Lucía Caram de nombre, ¿es que no puede extasiarse con lo que sea y enamorarse de quien quiera? O la querrían sus críticos siempre enfrascada en cánticos y rezos, en el coro de su iglesia conventual eternamente. Los tiempos han cambiado, no son los de antes. La citada monja ejerce una labor humanitaria digna de aprecio y alabanza en la ciudad condal. Es verdad que labor parecida la ejercitan cientos de miles de españoles y españolas, en los tiempos actuales y en otros, sin necesidad de andar incordiando a la ciudadanía y sin pensar que el hecho de hacer alguna cosa buena les autorice a cualquier clase de impertinencia.

Ni siquiera los tiempos de antes eran como antes. Hubo una famosa monja alférez, Catalina Erauso, nacida en San Sebastián en el año 1592, que en América, y ocultando su sexo, participó en bastantes guerras de conquista y fue promovida al empleo de alférez. No diré nada más, porque su caso es sobradamente conocido.

Y en mi mismísimo pueblo, en el 1617, hubo una novicia, en el convento, también de dominicas, de la Coronada, de nombre Magdalena Muñoz, de veintidós años, que según cuenta Fray Agustín de Torres, “era mujer varonil y echaba mano de la espada y disparaba un arcabuz y hacía otras cosas de hombre”. Trabajaba de ‘granera’ (encargada del grano) en el convento, en tareas que demandaban gran esfuerzo físico. Es muy poco conocida, pero la traigo aquí porque vivió en mi país, en mi nación, que es Úbeda. Por no citar otros casos de los que quizá hable otro día.

Quiero decir, resumiendo, que Sor Lucía Caram es, a mi juicio, muy libre de enamorarse de quien juzgue merecedor de tan extendida y banal devoción. El amor es ciego, se perora con razón, esta monja usa gafas... Con tal combinación, está claro que puede enamorarse perfectamente del muy honorable Artur Mas e incluso, si fuera ciega del todo, de Oriol Junqueras. Sor Lucía lo mismo enseña a preparar unas croquetas en la televisión que fabrica crucigramas de ambientación bíblica. Su amor a Mas, ¿será la causa última, el motor, de su portentosa actividad? Se conoce de antiguo la virtud ergogénica de esa pasión irrefrenable.

Es que todo el mundo tiene su corazoncito. Me llegan unos versos, dedicados a Artur Mas, que podrían ser escritos por la mentada monja, imitando algo a otros de don Francisco de Quevedo y Villegas. Los copio:

Te vi en un mitin y quedé transida,
como si todo se tornase en nada,
como si el mundo no tuviera vida
cuando tú callas la consigna alada,
esa que un ángel te dejó prendida
en la suave luz de una alborada.
Yo era monja ya, e iba vencida
por la dura y áspera jornada.
El encontrarte fue la presentida
llamada del pastor a la manada.
Monja soy, Mas mío, enternecida;
monja seré, mas monja enamorada.

7 de mayo de 2015

De las notas musicales y teclas del piano


Palabras clave (key words): Guido d’Arezzo, notas musicales, frecuencias del piano.

En mi anteriores entradas mostré vínculos para música del Padre Antonio Soler (1729-1783). En cualquier enciclopedia se puede consultar su vida y obra. Y, de paso, leer sobre el italiano Domenico Scarlatti (1685-1757), que vivió los últimos veinticinco años de su vida en Madrid, a donde vino por haber enseñado música a la princesa portuguesa Bárbara de Braganza, que casó luego con Fernando VI de España. Y buscar algo sobre Luigi Boccherini (1743-1805), italiano de Lucca, que llegó a España por amor, persiguiendo desde Paris a Clementina Pelliccia, que venía a nuestro país con la Compañía de Ópera del boloñés Luigi Marescalchi. Boccherini vivió aquí desde los veinticuatro años hasta su muerte, nombrado violoncelista y compositor de la capilla real del infante Luis Antonio. Los tres músicos forman un destacadísimo grupo de compositores de la España del siglo XVIII, con formas y estilos parecidos.

Querría decir algo muy elemental sobre los nombres de las notas musicales: do, re, mi, fa, sol, la, si. Provienen del siglo XI, cuando el monje benedictino Guido d’Arezzo, que creó un sistema de notación musical bastante similar al actual, las tomó de las primeras sílabas de los versos de un himno a San Juan Bautista, Ut queant laxis, escrito por otro monje benedictino del siglo VIII, Pablo el Diácono. Al principio eran seis notas y luego se añadió la nota Si. En el siglo XVII, se cambió la Ut por Do. La notación musical en el mundo anglosajón, en cuanto a los nombres de las notas, es totalmente diferente. Comenzando la octava en la nota La, a esta se le asigna la letra A y luego van las siguientes letras del alfabeto: B (Si), C (Do), D (Re), etc.

Quizá es menos conocida la relación entre las frecuencias de las distintas notas y, sin embargo, se trata de un asunto muy sencillo. Entre esas notas, la diferencia es un tono, excepto entre Mi y Fa, y entre Si y Do, que es un semitono. En un piano, las teclas blancas corresponden a esas notas. Ahora bien, entras las teclas separadas por un tono, hay otras teclas, negras, que son un semitono más alto que la nota blanca anterior. La tecla negra entre el Do y el Re es el Do sostenido, etc.

Un piano de 88 teclas, los más corrientes, tiene siete octavas; es decir, siete grupos de doce teclas (siete blancas y cinco negras), más una tecla blanca al final y tres teclas (dos blancas y una negra) al principio. 7 x 12 = 84 + 4 = 88. En un piano ideal, la frecuencia teórica de cualquier tecla de uno de esos grupos es justamente el doble de la tecla homónima del grupo u octava anterior. La frecuencia La4 (el La de la cuarta octava) es el doble de La3 (el La de la tercera octava).

Y la frecuencia de cada tecla, considerando las blancas y negras juntas, es igual a la frecuencia de la precedente multiplicada por la raíz duodécima de 2, que es igual a 1,05946… La nota La4, que está en la posición 49 del teclado, al afinar se ajusta a la frecuencia 440 Herz (ciclos por segundo). La frecuencia del La4# (el La sostenido, la tecla negra entre La y Si) es 440 x 1,05946… La frecuencia de la tecla en la posición n del piano es: f(n) = 1,05946 n-49 x 440 Herz. O, si se quiere, 2 (n-49)/12 x 440 Herz.

La tecla que corresponde a una determinada frecuencia (f) del piano es:

n = 12 x log2 (f / 440) + 49.

No hay por qué asustarse. Los logaritmos de base 2, o logaritmos binarios, muy utilizados en informática, teoría de la información, etc., son muy fáciles de calcular, con cualquier calculadora científica elemental, porque ocurre que:

log2(n) = log10(n) / log10(2). Y también, log2(n) = ln(n) / ln(2), donde ln quiere decir logaritmo neperiano. Esta entrada tiene números; ya sabéis que me gustan.

3 de mayo de 2015

Clave y piano, modos de actuar sobre las cuerdas


Palabras clave (key words):Fandango para clave, mecanismos para hacer vibrar la cuerda.

En mi última entrada di el vínculo para Fandango, del padre Soler, ejecutado al piano. Doy ahora otro para clave o clavecín (harpsichord), por si alguno prefiere la interpretación en este instrumento: https://youtu.be/LMvgGUGn1-E. El artista es Rafael Puyana, un ilustre clavecinista colombiano, muerto en París en el año 2013. Está ilustrado con un cuadro de Goya, El quitasol, de 1777.

Ya dije que meterse con las diferencias entre los diversos tipos de instrumentos musicales es tarea difícil, complicada. No obstante, me gustaría insistir en la radical diferencia entre el clavecín —y otros instrumentos relacionados, como el virginal, la espineta, etc.—, por una parte, y el piano, por otra, en cuanto al modo de producir el sonido, de inducir la vibración de la cuerda.

En el clave, muy utilizado durante los períodos renacentista y barroco, las cuerdas son punteadas, rasgueadas, como en el arpa o la guitarra. En estos dos últimos instrumentos se hace directamente, con los dedos de la mano, mientras que en el clavecín la pulsación es indirecta y mediante un mecanismo de cierta complejidad. Dicho mecanismo, a su vez, es distinto del utilizado en el piano.

El piano fue inventado hacia el año 1700 por Bartolomeo Cristofori, que lo llamó clavicémbalo col piano e forte, aludiendo a su capacidad de producir sonidos de distinta intensidad, suaves o fuertes, que deriva de su mecanismo peculiar para hacer vibrar las cuerdas, distinto al del clavecín. Esto es muy importante porque permite modulaciones acústicas que son imposibles con el clavecín. Luego se llamó sólo pianoforte y finalmente el nombre se redujo a piano.

En las figuras que he escogido para acompañar esta entrada, se ven claramente los dos mecanismos. En el caso del piano, la presión de la tecla lleva a golpear la cuerda, mientras que en el clavecín la cuerda es punteada por un pico de pluma de ganso, cuervo o cóndor, al que se llama plectro, que protruye de una pieza de madera, llamada martinete, que es la que se mueve al ser presionada la tecla. La acción se asemeja a la de hacer vibrar la cuerda en la guitarra mediante una púa. El volumen, la intensidad, del sonido apenas varía con la fuerza que se ejerza sobre las teclas, cosa que no ocurre con el piano. A cambio, el clave tiene una sonoridad metálica, un regusto antiguo y exótico, que lo puede hacer muy atrayente.

En el clavicordio —con el clavecín los dos instrumentos de cuerda más importantes desde el siglo XV al XVIII—, aunque el nombre pueda inducir a error, el sonido de la cuerda se produce por percusión, como en el piano. Aquí se trata de una pieza de metal, llamada tangente, que golpea directamente, sin recubrimiento, la cuerda, al ser accionada la tecla. En el piano, la pieza que percute la cuerda, el martillo o macillo, está revestida de cuero o fieltro. En el clavicordio, el sonido varía también según la presión ejercida sobre la tecla, pero por su mecánica tiene poca intensidad y no puede utilizarse en unión con otros instrumentos o para acompañar a la voz. En realidad, fue usado sobre todo para tocar en solitario o hacer prácticas con él.

Muestro dos figuras, tomadas de Wikipedia, que ilustran el mecanismo que induce la vibración de la cuerda en el clavecín y en el piano. Se intuye fácilmente cómo uno de ellos, el del piano, es capaz de modificar la intensidad del sonido, según la presión que se ejerza en la tecla.
 
Piano, percusión

 
Clave, punteo
 
 
 

29 de abril de 2015

Frederick Marvin y su Fandango del Padre Soler


Palabras clave (key words): fandango, Frederick Marvin, Padre Antonio Soler.

Repasando, y repensando, mis últimas entradas, en las que me referí a médicos e investigadores, cavilo que tal vez me excedí en asuntos demasiado técnicos o aburridos. No era, ciertamente, mi intención. Mencioné científicos con los que tuve algún leve contacto y que se me aparecen en cuanto trato de memorar mi vida. Hoy pretendo ser ameno y hablaré de música, aunque también mi relato irá trufado con recuerdos personales, con algún jirón de mi pasado.

La primera vez que oí entero el Fandango en D minor (re menor), del padre Antonio Soler, fue hace muchos años, al pianista Frederick Marvin, en un disco del sello Decca, que aún conservo. Nunca he encontrado otra versión que me gustara más, aunque estoy dispuesto a admitir que eso podría deberse al especial fulgor de nuestras primeras experiencias en los más diversos terrenos. También en el amor se proclama esta gran ventaja de las primicias. Un refrán español dice que “no hay luna como la de enero, ni amor como el primero”. Può darsi, es posible, que diría un italiano.

De todas maneras, Marvin, nacido en Los Angeles, pianista y musicólogo, cobra especial relieve en este caso. Debutó con gran éxito en el Carnegie Hall y recibió el premio que otorga la institución al mejor debutante de cada temporada... Pero, además, contribuyó al renacimiento de ese olvidado músico español del siglo XVIII, que fue Antonio Soler (1729-1783). Estudió más de dos años su obra, la presentó en Nueva York, en 1957, y atrajo poderosamente la atención sobre el compositor. Marvin recibió, entre otros muchos honores, el título español de Comendador de la Orden del Mérito Civil. Vivió algún tiempo en España, fue amigo de Salvador Dalí, etc.

Mervin recogió los manuscritos de más de ciento cincuenta sonatas del buen fraile, que con 23 años fue nombrado organista y maestro de capilla del monasterio de El Escorial y vivió allí hasta su muerte. Soler también escribió minuetos, rondós, polacas, etc. En el caso del fandango, sorprende la gracia, frescura y ritmo de la composición y cuesta trabajo pensar que surgiera en el ambiente frío y austero del sombrío edificio. Para mí —otra vez recuerdos personales— fue especialmente emotivo oírlo una noche de verano en el bello auditorio barroco situado enfrente del monasterio.

Hay diferentes preferencias en cuanto a escuchar la obra en piano o en clavecín. Meterse en los detalles de estos instrumentos sería un dislate. A mí, quizá por esa devoción hacia las primicias, me gusta mucho la interpretación de Marvin para piano. Cuando Soler llegó al monasterio, en el 1752, ya había ya allí un pianoforte (antiguo nombre del piano) y luego llegaron más. Soler lo conocía bien y escribió muchas de sus sonatas para piano. Ni puedo entrar en todo esto. La diferencia esencial entre el piano y el clavecín y análogos es que en aquél las cuerdas son percutidas, mientras que en estos son punteadas. Los sonidos de ambos tipos de instrumentos son parecidos, aunque perfectamente diferenciables. Entiendo que alguien pueda preferir uno de ellos.

Me alegró comprobar, curioseando en Internet, que Frederick Marvin sigue vivo, a sus 95 años, y felizmente casado. Se casó hace apenas cuatro años con Ernst Schuh, de 89, sobreviviente de la batalla de Stalingrado, cuando las leyes lo permitieron,—eran hombres los dos—. Llevaban 52 años juntos, desde que se encontraron en la abadía de San Florián, en Austria, a donde llegaron para acercarse a la tumba de Anton Bruckner. Se pelean a veces, confiesan, como todos los matrimonios.

El fandango de Soler es una delicia, en el que, para mí, destaca ese crescendo del ostinato de la mano izquierda, cada vez más rápido, hasta la apoteosis final. No diré una palabra más. En YouTube hay otras muchas versiones, para piano, harpsichord, etc. Lector, ojalá te guste esta de Frederick Marvin que te ofrezco, para piano. Ahí va el vínculo: https://youtu.be/_hzlfKJmeyU (el sonido no es óptimo). Encontrarás muchas más.