25 de agosto de 2015

Cumpleaños de Jorge Luis Borges


Palabras clave (key words): cumpleaños de Borges, Macedonio Fernández, Joaquín Soler.

Hoy, 24 de agosto de 2015 —lector, esto aparecerá en el blog mañana—, Jorge Luis Borges cumpliría 116 años, una longevidad extrema, pero no imposible para los seres humanos. Estoy seguro de que a él no le habría gustado llegar a tan viejo. Al cumplir los ochenta y cinco, ya decía que se ‘avergonzaba’ de haber llegado a esa edad, que estaba abusando. Ha sido tan estudiado que no diré aquí una sola palabra sobre su literatura y sólo dejaré constancia de que es uno de mis preferidísimos escritores, porque adoba su obra con los inestimables dones de la inteligencia y la cultura. La literatura puede, y en muchos casos debe, ser así. ¡Feliz cumpleaños, maestro!

Hay cosas que se pueden decir sólo cuando uno es Borges. Entonces se puede mentir, se puede falsear la realidad, porque es obvio que el lector entenderá, no se dejará engañar. Así, por ejemplo, cuando dice: “A mí personalmente no me gusta lo que escribo. Me he resignado, pero eso no quiere decir que lo apruebe”. Todo el mundo sabe cómo hay que interpretar eso. Pero lo traigo aquí para hacer una breve reflexión:

Pienso que el escritor —cualquiera, por insignificante que sea— cree en su obra, en su estilo, en su manera peculiar de escribir. Uno quiere hacer algo bello y lo intenta con esfuerzo y lo mejor de su arte y está convencido de que lo que escribe está bien, aunque, claro, puede estar equivocado. Por ello reclama con urgencia el juicio imparcial de sus lectores y de los críticos, para convencerse de que sus patrones estéticos son los adecuados, de que está en el camino correcto. Lo cual es perfectamente compatible con la conciencia de sus limitaciones, de que siempre habrá maestros inalcanzables. Sólo en algún escritor mercenario es pensable que pueda producir obras que no le satisfagan, por la imperiosa necesidad de cumplir compromisos editoriales.

Leer a Borges siempre fue para mí una verdadera fiesta, un paseo por el paraíso. Escucharle multiplicaba ese placer, porque era un conversador excelente, con una finísima ironía, con muy sutil retranca. Como Josep Pla, como Álvaro Cunqueiro. Todavía recuerdo la entrevista en TVE con aquel magnífico periodista, Joaquín Soler, en su programa A fondo.

He visto a Borges otras veces. Me viene a la memoria una entrevista en la que él contaba una conversación con el escritor Macedonio Fernández —amigo íntimo, inteligentísimo, que lo impresionó más que ningún otro, según confesó— y que ya mencioné en mi entrada del 14/12/2013, en este blog. Estaban oyendo tangos y Borges le preguntó: “¿Por qué no nos suicidamos para acabar con esta música?”. El entrevistador, también sagaz esta vez, replicó: “Pero por fin no se suicidaron”. A lo que respondió Borges, displicente: “No sé si nos suicidamos..., no me acuerdo”.

No recordaba. Hay muchas clases de muerte y algunas son irreconocibles; de manera que puede uno llevar años embarcado en una de estas defunciones silenciosas sin saberlo. Son vidas sin sorpresas, sin esperanzas, sin felicidad. Sí, esa felicidad humana incompleta, frágil, sin la que, a pesar de todo, es duro vivir. Una de las frases más repetidas de Borges es ese lamento: “He cometido el peor pecado que uno puede cometer; no he sido feliz”. Lector, estoy convencido de que era una pose, una ironía borgiana. Bastaba mirar su cara, ya de ciego, para comprender que no era verdad. Una vez dijo que se sentía más feliz de mayor que de joven. Los jóvenes pueden permitirse ciertos lujos, añado yo. Y también dijo: “He observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso. […] Uno debe ser feliz, no por uno mismo sino por las personas que lo quieren”.

Citaba yo en mi entrada anterior una cierta utopía: la posibilidad de un gobierno universal. A Borges le preguntaron una vez si creía que se podría lograr alguna vez la integración latinoamericana y respondió: “Y no solamente esa integración, sino la del planeta entero”. Se sentía ciudadano del mundo y en verdad lo era.

23 de agosto de 2015

De la omnipresente violencia


Palabras clave (key words): violencia, tragedias de Shakespeare, El tercer hombre.

Odio la violencia física en cualquiera de sus múltiples manifestaciones y también la violencia verbal. Tolero, hasta cierto punto y sólo en determinadas circunstancias, la de la palabra escrita, sobre todo si es sutil o contundente, bien adobada con humor o con justificado desdén. Y siempre que se dirija a algún entontecido, que hay bastantes.

Lector, sabes muy bien que no es lo mismo tonto que entontecido. Frente al tonto puro, que no es responsable de su falta, sólo cabe la compasión disimulada, para no herir su susceptibilidad, y la obligación de velar cuidadosamente por él. El entontecido, el tontivano, es algo muy diferente: es el engreído, el que se cree, por el motivo que sea, superior a los demás. Sucede, además, que muchas veces su encumbramiento deriva de logros discutibles o fraudulentos. La sabiduría popular distingue muy claramente entre esas dos tonteras: el tonto de la cabeza y el tonto del antifonario.

Viene este exordio sobre la violencia por lo que conté en mi anterior entrada, al hablar de las muertes en el Titus Andrónicus, de William Shakespeare. Es verdad que es quizá la más sangrienta de todas sus obras. Pero también es verdad que el teatro inglés de la época está plagado de violencia y sangre y que esto era absolutamente tolerado por el público. Ya dije que en esa obra había nueve muertes en escena, muertes que ocurrían ante los ojos del espectador. Pero no es sólo eso: hay otras cinco muertes más, una mujer violada a la que después le cortan las manos y la lengua, más amputaciones de miembros, un quemado vivo, un caso de locura (fingida) y otro de canibalismo, cuando Titus da a comer a Tamora un pastel hecho con la carne de sus propios hijos. Y crueldades parecidas hay en otras obras del genial dramaturgo inglés: Hamlet, Macbeth, Julius Caesar, King Lear, Coriolanus, etc.

En el cine actual la violencia se halla igual de presente. Cuando veo en TV los anuncios y argumentos de películas, me sorprende la presencia constante de armas, cada vez más letales e inverosímiles, y luchas cada vez más absurdas. Si por azar caigo en uno de estos filmes, al aparecer un arma, desconecto enseguida. Hice la promesa de no ver ninguna película en la que aparezcan armas. Inmediatamente comprendí que no podría ver entonces, por ejemplo, una de mis preferidas, El tercer hombre. Y me digo que hay que contemporizar, si quiero ver esa largo y maravilloso plano secuencia final, en el que la bellísima, interesantísima, Alida Valli (Anna), una pobre actriz secundaria expuesta a ser expulsada del país, abandona el cementerio y Joseph Cotten (Holly Martins), un autor de novelas baratas del Oeste sin un céntimo, se dispone a un último, seguramente infructuoso, intento de conquistarla. Son sólo dos perdedores perdidos, pero queda la esperanza. Todo eso con la deliciosa música de Anton Karas y su cítara.

Ya sé que esa violencia no se da únicamente en la ficción, sino que está afianzada en la realidad de todas las épocas. Y hasta en un grado difícil de transferir a cualquier representación, por tratarse de acciones masivas con miles o millones de víctimas. No me refiero sólo a las bajas en guerra, sino a los innúmeros genocidios, los asesinatos de comunidades enteras indefensas. El gusto por los espectáculos sangrientos también tuvo un comienzo temprano en la humanidad. El ser humano puede convertirse en un animal sediento de sangre, capaz de los actos más extremos de crueldad. La realidad actual no invita a desligarse de esa opinión pesimista. Los medios de comunicación ofrecen cada día noticias de una maldad casi infinita, no fácil de concebir.

También estoy presto a reconocer que la mayoría de las personas con las que nos encontramos en nuestras vidas son más bien pacíficas y hasta benevolentes y se siente horrorizada por estos actos, que somos incapaces de evitar. ¿Cómo es posible que se produzcan? Siempre he pensado que hay algo radicalmente enfermo en nuestra propia arquitectura social de siglos, que los hace posibles. ¿Habrá alguna vez un gobierno universal justo y pacífico?, ¿será posible esa utopía? Algunos creen que sí y que es la única solución posible.

20 de agosto de 2015

De Timón de Atenas, de la misantropía


Palabras clave (key words): Timón de Atenas, Luciano de Samósata, William Shakespeare.

Pienso, con algún conocimiento de causa, que en la vejez se tiende a perdonar, a buscar el entendimiento, a considerar con levedad ciertas faltas. Son estas cualidades amables, positivas, por decirlo de alguna manera. En cambio, es muy difícil sustraerse a la nítida conciencia de la vacuidad del mundo y sus pompas y a una valoración bastante pesimista sobre la condición de los seres humanos, a una cierta misantropía.

En la historia, en la literatura, hay personajes que ejemplifican una determinada conducta o carácter. Uno de los más representativos de la misantropía es Timón de Atenas. Timón es un dialogo de Luciano de Samósata (ca. 120-180), un escritor griego —griego por la lengua en que escribe, ya que Samósata estaba en la margen occidental del río Eúfrates (sus ruinas yacen hoy sepultadas bajo la presa de Atatürk) y Luciano se presentaba él mismo como sirio— al que ya mencioné en un relato de mi libro El misterio de los editores, cuando hablé de una obra suya Muscae encomium (Elogio de la mosca), en la que, como su título indica, hace un elogio del diminuto animal.

Luciano, filósofo, jurista, escritor exquisitamente dotado para la sátira, anduvo durante gran parte de su vida como un sofista errante, por las todas las esquinas del mundo hablando a los corros. Fue muy famoso en su época y con una extensa y variada obra. Quedó eclipsado, como tantos otros autores griegos, durante el Medioevo, hasta que fue otra vez leído en el Renacimiento, influyendo con su estilo en no pocos de los escritores del momento, entre ellos Erasmo y Quevedo.

He leído este Timón a través de la traducción al castellano de Joan de Aguilar y Villaquirán, Regidor y Alguacil Mayor de la ciudad de Escalona (Toledo) de algunas obras de Luciano, en 1617, objeto de una excelente tesis doctoral (Teodora Grigoriadu, 2010). Los viejos somos algo peculiares y la flamante doctora me perdonará que, entre tantos valiosos datos, me fije en uno de sus agradecimientos: “a Soledad C. M. (dejo sólo las iniciales), la señora de la limpieza del Ayuntamiento de Escalona que, a falta de archivero, hacía las veces de guardián y que, muy amable y servicial, compartió conmigo varias mañanas, igual de heladas y sin brasero, en el Archivo Municipal”. Me conmueven estos detalles sencillos, humildes. No lo puedo evitar, son los años.

Resumo la historia: Timón, ateniense rico y poderoso, llega a la pobreza por su prodigalidad y se ve abandonado por los mismos a los que otorgó tantos bienes y favores. Se queja a Júpiter, por no castigar a estos ingratos, y este le restituye su riqueza, que Timón utiliza entonces para la venganza y el escarmiento de los malhechores.

Timón de Atenas es también una tragedia de William Shakespeare, de las menos representadas y también de las más sombrías y amargas. El protagonista, Timón, no muere en escena, como ocurre en tantas obras del genial bardo —en Titus Andrónicus mueren así nueve personajes—, sino que se trata de algo más sutil y oscuro. Desaparece de la escena, lleno de odio y desprecio, pronunciando terribles palabras de maldición: Graves only be men’s works, and death their gain! / Sun, hide thy beams! Timon hath done his reign. (¡Sean las tumbas los únicos trabajos de los hombres y la muerte su ganancia! ¡Sol, oculta tus rayos! Timón acabó su reinado).

Y no reaparece más. Al final del último acto, el quinto, un soldado cuenta que ha hallado su tumba junto al mar. No se sabe cómo murió, no se sabe cómo llegó el cadáver hasta la orilla; todo queda envuelto en el misterio y la incertidumbre. El soldado ha sacado un molde de cera del epitafio y Alcibíades lo lee en escena: Here lies a wretched corpse, of wretched soul bereft. / Seek not my name, a plague consume you wicked caitiffs left! / Here lie I, Timon, who, alive, all living men did hate. / Pass by, and curse thy fill, but pass, and stay not here thy gait (Aquí yace un cuerpo desdichado, separado de un alma desdichada. ¡No indaguéis mi nombre, consuma la peste a los miserables cobardes que quedáis! Aquí yazgo yo, Timón, que en vida odió a todos los vivos. Pasa y maldice cuanto te plazca, pero pasa y no detengas aquí tu marcha).

17 de agosto de 2015

De algunos perros (II)


Palabras clave (key words): Jacques de Brézé, Souillard, Relais, Delta, Newton, Diamond.

Los perros que han pasado a la historia, por unas u otras razones, son casi infinitos. Hablaré sólo de unos pocos, algunos relacionados con la realeza. Ya vimos en la entrada anterior que un perro, Saur, fue rey, él mismo, en el país de Dromtheim.

Jacques de Brézé (1440-1494), gran senescal del rey Luis XI de Francia, se casó con Charlotte de Valois, que era hija bastarda de Carlos VII. Escribió un poema de cincuenta versos en honor del perro favorito del rey, Les dits du bon chien Souillard (Los dichos del buen perro Souillard). Este perro era bastante peculiar e inmodesto y se presenta: Je suis Souillard, le blanc et le beau chien courant, / de mon temps le meilleur et le mieux pourchassant... (Soy el blanco y bello perro corredor, / en mis tiempos el mejor y más rápido perseguidor…).

Este gran senescal tuvo poca suerte en algunas cosas. Su mujer era hija bastarda, de lo que se deduce que su suegra fue algo alegre, aunque montárselo con un rey puede tener toda clase de excusas. La hija salió a la madre; también es posible que el senescal, entre la caza y la literatura, descuidara otros menesteres. Estos asuntos son difíciles de juzgar. El hecho es que el 31 de mayo de 1477, en una cacería, después de cenar, el senescal se retiró a su habitación y su mujer, Charlotte, que seguramente se había aburrido todo el santo día con la dichosa caza y estaba interesada en otras artes, invitó a un tal Pierre de la Vergne, un gentilhombre de Poitou, a su cámara privada, para oír unos discos. Bueno, no había discos entonces…, lo invitó para lo que fuera. Y Pierre, que quizá no había cobrado pieza en la caza ese día, se dijo “esta es la mía”. Bueno, en realidad, era la de otro, pero esto puede olvidarse a veces con cierta facilidad.

El maître d’hôtel —siempre hay acusicas en estas lides— se lo dijo al marido y este cogió su espada, se fue al dormitorio de su cónyuge y allí mató a Pierre. Charlotte huyó a la habitación de los hijos, pero el senescal la sacó de allí y le hundió la espada en el pecho, mientras ella pedía por su vida de rodillas. Venganza excesiva, inútil, cruel y estúpida. Siempre. El senescal fue condenado a muerte, aunque su pena fue luego conmutada por una enorme multa de 100.000 ducados. Más suerte tuvo su hijo mayor, Louis de Brézé, que se casó con Diana de Poitiers, en 1515, mucho más joven, y fueron leales el uno al otro hasta la muerte del marido. Este negoció la boda del príncipe Henry con Catalina de Medicis y luego su viuda, Diana, formó con ellos un triángulo, que es como más distraído. Henry luchaba en dos frentes, lo que quizá le frenara en la búsqueda de más romances, y Catalina y Diana se ayudarían mutuamente para aguantar al ya rey. Una solución muy ensayada en todos los tiempos.

Todo esto vino por lo del perro Souillard. El rey Louis XII también tuvo su perro favorito, Relais, que le había sido regalado de cachorro, cuando era duque de Orleans. Francia entera fue testigo de las hazañas de este animal, terror de todas las bestias a las que dio caza. Il marchait comme un général à la tête de tous les autres […] il était chéri de tout le monde et surtout de son roi qui lui fit l’honneur d’être son historiographe. O sea, el propio rey escribió la historia del perro, fue su biógrafo.

Un descendiente de este perro, con el mismo nombre, Relais, acompañó a su dueño, el mariscal de Gié, en su peregrinación a Santiago y se perdió a la vuelta. Una tarde, cuando el mariscal había ido según su costumbre a socorrer a sus vasallos pobres, lo vio en el camino y el pobre perro murió de alegría al reencontrar a su dueño.

Tantos perros de los que hablar. En las excavaciones de Pompeya, se encontró a uno, de nombre Delta, abrazando a un niño, como protegiéndolo. En su collar se leía que le había salvado ya antes la vida en tres ocasiones.

Newton quería mucho a su perro, Diamond, y contó a un amigo que el perro le había ayudado a formular dos teoremas en una sola mañana, aunque uno tenía un error y el otro una excepción. O sea, que el perro ayudaba, pero se equivocaba. Claro que también pudo ser Newton el que se equivocó y le echó la culpa a Diamond. Et cétera...

14 de agosto de 2015

De algunos perros (I)


Palabras clave (key words): Snoopy, Uggie, Argos, Homero, Zeus, Laelaps, Saur

Dos noticias, alegre una y luctuosa la otra, me llevan hoy a hablar de perros. Por un lado, Snoopy, el simpático perro de Carlitos —personajes ambos del genial dibujante Charles M. Schulz— ha cumplido 65 años. Por otro, Uggie, el famoso can del filme El artista, de Michel Hazanavicius, ha muerto de cáncer de próstata y hubo de ser sacrificado en Los Ángeles. Dejó autobiografía: Uggie, my story, de 2012.

Lector, hay infinidad de perros famosos, cuyos nombres se hallan a menudo en la prensa, porque han aparecido en películas, han viajado en naves espaciales, pertenecen a dueños de gran notoriedad pública, etc. Yo voy a referirme a los que pasaron a la historia en tiempos pretéritos y por ello no son tan conocidos en la actualidad.

Algunos están presentes en las leyendas y mitologías griegas. Uno de los más célebres es el perro Argos, cuyo dueño fue Ulises. Cuando este vuelve de la guerra de Troya, tras veinte años de ausencia, disfrazado de mendigo, el fiel Argos, que ha sido descuidado y maltratado durante todo este tiempo y está lleno de pulgas, como refiere Homero en Odisea, libro XVII, reconoce a su dueño, que lo había criado de pequeño, y muere en el acto, víctima de una emoción fatal, al no poder acercarse hasta él, que está al otro lado de una cerca. Emaeus, sirviente de Ulises, no supo identificar al recién llegado, al que trató bien, pese a su condición de indigente, de “sin papeles”.

Zeus, el padre de los dioses griegos, fue puesto de niño bajo la protección de un perro, de nombre Laelaps, que tuvo una agitada vida con diferentes masters, según leo. Porque parece que fue el mismo animal que Zeus entregó a la bella Europa, después de raptarla y llevarla a la isla de Creta. Zeus aquí fue un raptor educado y hasta exquisito, que trató de seducir a su prisionera no de manera violenta, sino con presentes y mimos. Le regaló el gigante Talos, hecho totalmente de bronce, también una jabalina con la que se acertaba siempre y este perro Laelaps, que tenía la virtud de capturar cualquier presa. Europa, como pasa a veces con los regalos, se lo dio luego al rey Minos, quien a su vez lo ofreció a Procris, como hacen a veces ciertos pacientes, que le había curado de una enfermedad grave. Al final, este perro, capaz de cazar a todos los animales, fue enviado a capturar a la zorra teumesia, que aterrorizaba a la ciudad de Tebas y que no podía ser apresada por nadie. O sea, el perro lo cazaba todo, pero a esta zorra no la cogía nadie. Las cosas pueden ser así de complicadas en la mitología y en el mundo. Zeus se hartó de estas inconsecuencias, no vio cómo resolver la situación y convirtió a los dos animales en piedra, en trance de perseguirse perpetuamente. Más tarde los transformó en estrellas y los envió al firmamento como constelaciones, Canis Major (perro) y Canis Minor (zorra), un recurso no infrecuente en la mitología griega. Sirio, la estrella más brillante del cielo nocturno, es la Alfa de Canis Major.

Otro perro, de nombre Saur, incluso reinó. En las sagas islandesas se cuenta que un rey, Eystein el Malo, conquistó el reino de Dromtheim y puso en el trono a su hijo Onund, que fue luego depuesto por los naturales del país. Eystein volvió a Dromtheim, arrasó sus campos y para humillar a sus habitantes prometió un nuevo rey, pidiéndoles que escogieran entre un esclavo suyo o un perro. Los consultados escogieron al perro, que resultó un perro muy particular ya que las mismas sagas afirman que tenía la sabiduría de tres hombres y pronunciaba una palabra por cada dos ladridos.

El perro fue tratado como un verdadero rey y estampaba su zarpa en los documentos de la Corte. Para librarse de él —¿por qué, me pregunto, si era tan sabio?— sus súbditos recurrieron a una estratagema. Cuando se presentó una manada de lobos, de las que a veces asolaban el país, le pidieron que, como rey, defendiera sus ganados. Saur pasó al ataque y fue devorado por los lobos, con lo que terminó su reinado. Debería haber sido más prudente, lo que es siempre recomendable en los políticos. Y en los demás.

(continuará)

23 de julio de 2015

De la sabiduría y los años


Palabras clave (key words): sabiduría y edad, Sinesio de Rodas, Basílides, Palas Atenea.

Los años traen la sabiduría, eso no lo discute nadie. Tampoco lo afirma nadie muy tajante y probadamente, esa es la verdad. O sea que, como tantas veces, hay opiniones divididas al respecto. Algunos arguyen que los años podrían traer menos sapiencia y afectar menos a la próstata, por ejemplo; muchos hombres aceptarían esta componenda. Es que vivimos en un mundo imperfecto, diseñado quizá con prisas. Eso lo he pensado siempre, pero lo sé muy bien ahora, desde anteayer. Lo que me sucedió ese día me obliga a intervenir en este debate, porque dispongo de tiempo, como casi siempre en mi vida, y porque ahora puedo aportar pruebas incontrovertibles.

Estaba yo comiendo un bocadillo de panceta —siendo un decidido admirador de todos los productos del cerdo— y en pleno deleite prandial me vino a la memoria Sinesio de Rodas, filósofo y obispo de fines del siglo IV y principios del V, al que conozco vagamente a través del escritor mejicano Juan José Arreola, que lo encontró casi perdido en las páginas de la Patrología graeca, de Jacques Paul Migne. Sinesio aceptaba el Paraíso tal como lo habían concebido los Padres de la Iglesia, pero despoblado de ángeles, ya que sostenía que estos residen en la Tierra, junto a nosotros, y son los encargados de recibir nuestras plegarias y administrar las contingencias humanas. Admitía también la presencia de demonios, que tratan de sabotear las acciones de los ángeles. También recordé a Basílides, un gnóstico más conocido, que vivió en la Alejandría del siglo II y sostenía que el Dios Supremo creó 365 cielos y los ángeles del más bajo fueron los que hicieron la Tierra, gobernados por un Demiurgo subalterno. Esto explicaría muchas de las fallas de nuestro mundo.

Estaba yo reinando sobre estos temas —lector, mira el DRAE, segunda acepción de reinar—, cuando se me presentó de improviso la mismísima Palas Atenea, que surgió, como se sabe, armada y pertrechada de la frente de Zeus. Medía más de dos metros y apareció con casco, égida, escudo argólico y lanza, y afirmo que, al pronto, acongoja lo suyo. Yo, por ser algo pequeño, gusto de las mujeres grandes — y de las pequeñas también, y me enorgullezco de ello, que no van a ser sólo los gays los que anden por ahí presumiendo—, pero sé que esta bella diosa tiene a gala su virginidad y, aunque se la adivinaba tentadora a través del peplo, ni se me ocurrió buscarle la entrepierna.

Palas me miró sonriente y me dijo: “Desde hoy eres sabio”. Lo hacía todo con gran fruición y se veía que experimentaba gran placer en el cumplimiento de su misión. Por eso permanece virgen y no necesita más emociones. Como en éxtasis amoroso, me otorgó el preciado don del conocimiento y me apoyó la lanza sobre el hombro izquierdo. Y, como pasa con las mujeres corrientes, que pueden ser algo agresivas en la sacudida erótica, según atestiguan los entendidos, me pegó un golpe más fuerte de lo necesario y todavía me duele. A cambio, ya soy sabio. Supongo que a otros viejos les habrá pasado lo mismo. Y si no, les pasará, porque es una ceremonia indispensable; nadie es sabio sin ella y siempre es la diosa Palas la encargada del trámite.

Desde que adquirí esta nueva acuidad mental, desde anteayer, sé por qué he tenido siempre tiempo en mi vida: porque no he sido ambicioso, no he sido demasiado sensible a las vanidades. Al final de mi novela, Las increíbles vidas de Roberto Milfuegos, un personaje piensa: “Le resultaba imposible luchar contra esa inclinación, que le había acompañado inalterable desde que podía recordar, desde que tuvo uso de razón: despedirse secreta, velada y solitariamente del mundo. De un mundo que nunca llegó a interesarle, a ofuscarle, a engañarle del todo”. Podría ser yo.

Desde este estado nuevo, desde esta sabiduría recién estrenada, certifico que los años traen la sabiduría, pero siempre a través del rito apropiado y no a todos. A mí me llegó, ya digo, anteayer.

21 de julio de 2015

De la bendita España, de sus avatares (fin)


Palabras clave (key words): silogismos, modos, errores, sofismas, secesionismos, ubetenses.

Queridos lectores, tengo que pediros perdón: soy un malqueda, no cumplo mis compromisos. Había prometido dejar los temas de actualidad, me había despedido de los enojosos asuntos del día a día, y resulta que hoy voy a continuar con ellos. Sólo tengo la disculpa de que lo hago ex necessitate rei, como decían los latinos, porque lo pide la materia, por pura necesidad de la cosa.

Hablé en mi entrada anterior de los políticos, del secesionismo catalán, etc. y, con toda seguridad, no dije nada extraordinario o excesivamente original. El que algo no sea extraordinario no excluye que sea verdadero. Si alguien afirma que la Tierra gira alrededor del Sol —o al revés, que no recuerdo bien ahora— no dice nada nuevo o inusual, pero dice la verdad.

 Los tontuelos me sacan de quicio. Ahora resulta que uno de esos jóvenes políticos de ahora no quiere saber nada de los antiguos dirigentes de Izquierda Unida. El partido comunista de Madrid tenía, no sé si todavía, un piso cerca de mi casa en el que vivieron, sucesivamente, Julio Anguita y Gerardo Iglesias. Al primero lo vi alguna vez haciendo footing suave, tras su infarto de miocardio; con el segundo me crucé alguna vez. Anguita es una persona culta y amable. Gerardo Iglesias ha sido el más honrado y ascético de todos los comunistas que han ocupado puestos directivos.

El título de la entrada viene de lo que cualquiera podría decir frente a las soflamas, roncerías y sofismas de los soberanistas catalanes: Nego majorem, ergo nego consequentiam (Niego la mayor y por tanto la conclusión). En los silogismos hay dos premisas, mayor y menor, y de su trabazón lógica deriva la conclusión. Esto ya estaba en Aristóteles, pero los escolásticos medievales hilaron muy fino y distinguieron 19 modos correctos, de los 64 posibles, al integrar en estos silogismos cuatro tipos de proposiciones: dos generales, A y E (afirmativa y negativa) y dos particulares, I y O (afirmativa y negativa). ¿Se acuerda alguien de aquellas extrañas y misteriosas palabras del bachillerato: Bárbara, Celarent, Darii y Ferio? Complicado, ¿verdad? Lo dejo ya.

Si digo Todos los hombres son inmortales, Pedro es un hombre, luego Pedro es inmortal, el encadenamiento lógico es perfecto, pero la conclusión es falsa, porque lo es la premisa mayor. Alguien podría argüir entonces: Nego majorem… Y eso es lo que ocurre con los secesionistas catalanes, aunque no se trate aquí de silogismos en sentido estricto —muchos razonamientos son fácilmente convertibles en silogismos—. No votar el sí es votar contra Cataluña. Niego la mayor. Arriba a la derecha, en un mapa de España, hay un país, ese es el problema, dice otro, sin más explicaciones y como descubriendo la piedra filosofal. Niego la mayor y digo que también arriba, a la izquierda, está Galicia. Son dos territorios, dos tierras entrañables para la mayoría de los españoles. No votar el sí es dejar a Cataluña en una vía muerta. Niego la mayor. Madrid nos roba. Niego la mayor. O incluso, si Madrid roba, que se aclare el tema y se devuelva urgentemente lo robado. Los españoles no nos quieren, nos humillan constantemente. Niego la mayor. Recurrimos a procedimientos anormales porque no estamos en un país normal, dice un recién llegado al barullo, como si lo normal en otros países fuera estar continuamente votando secesiones que rompan su integridad. Al contrario, creo que muchos gobiernos extranjeros quizá no fueran tan pacientes.

Preferiría que fueran más claros, que dijeran que les conviene independizarse por razones mercantiles y no trataran de justificarlo con sofismas fácilmente rebatibles. No puedo dejar de pensar lo que hubiera podido ser este país nuestro, España, sin los terribles problemas que hemos tenido, que tenemos, con los separatismos.

No estoy en ninguna red social, pero algunas de mis entradas sé que circulan por ellas y allí he tenido comentarios cariñosos de mis paisanos ubetenses, que agradezco. Alguno se lamenta de no tener más fácil acceso a mis escritos. He hecho casi todo lo razonable para que fueran más conocidos en Úbeda, pero con poco éxito.

20 de julio de 2015

De la bendita España, de sus avatares


Palabras clave (key words): bendita España, políticos, frailes, monjas, Artur Mas, Martín de Riquer.

Llegó el estío, como era forzoso, y empezó bravío y se pasó con las temperaturas. Huyendo de esta desconsiderada ola de calor, he estado unos días en el norte de España, para comprobar otra vez la variedad y belleza de nuestra tierra. Mis amigos extranjeros, cuando me visitan, la llaman God blessed country (país bendito por Dios). Para comprender, cada vez menos, el deseo de fracturarla, de amputarla, sin necesidad objetiva alguna.

Prometí para este verano entradas alegres y festivas. En los momentos actuales no son las primeras que me vienen a la cabeza, pero trataré de cumplir mi palabra. Pocas situaciones tan propicias al desánimo como la actual. Resulta imposible no referirse a los políticos, aunque siempre he sostenido que, en democracia, la crítica a estos se transfiere automáticamente a los ciudadanos que los eligen. Esto, claro está, en una democracia perfecta, que no existe en ningún país. Los poderes fácticos —los factores que juegan un papel incontrolable y torvo en la dinámica social— son capaces de influir en el cuerpo electoral y llevarle a caminos erróneos y a elecciones impuras.

Los nuevos políticos no tienen nada que envidiar a los antiguos. Los veo enzarzados en el mismo afán turbio de poder, en las viejas maquinaciones de siempre. Una valenciana, desde que su grupo ganó, con otros, las elecciones, no ha cesado de aparecer en la TV con una sonrisa de oreja a oreja imperecedera, de éxtasis continuo, como señal de haber llegado a algún tipo de paraíso personal. Otros no dejan de insultar a los oponentes y de ofrecer recetas envejecidas hace siglos. Todos proclaman la posibilidad y urgencia de alcanzar la felicidad total, pero no dan la fórmula. Se pasan de un grupo a otro, hacen y deshacen alianzas y componendas, etc., a vertiginosa velocidad.

Algunos son jóvenes cronológicamente, no por sus ideas o proyectos. Jamás montaría en un avión que fuera pilotado por ellos, no les entregaría nunca un pleito por sencillo que fuese. Si tuviera que ser operado y me los encontrara, todavía despierto, en el quirófano, saltaría de la camilla y no pararía de correr hasta alejarme a muchos kilómetros del hospital.

 Hay antiguos frailes, que hablan todavía con la parsimonia y melifluidad del claustro. Monjas de aquellas que Santa Teresa proclamó capaces de deshacer, una sola, el convento entero. Gentes que, casi ochenta años después de nuestra guerra civil, andan en iniciativas a veces comprensibles y otras con el tufo de una inextinguible ansia de venganza. Con la que está cayendo, se preocupan por cambiar nombres de calles y condenar al olvido a cualquiera relacionado con los vencedores de aquella barbarie de todos. Nuestro cerebro tiende a desterrar los recuerdos lúgubres del pasado y conservar los felices. Lo que es bueno para el individuo es bueno también para los pueblos.

Del independentismo catalán, ¿qué decir? Se hace tras décadas de adoctrinamiento intensivo, según parece; sin ninguna exigencia de mayoría cualificada; con promesas que nadie trata de demostrar; ignorando que los sentimientos de los pueblos son, como en cualquier materia viva, cambiantes en su expresión, su intensidad, sus propuestas de solución. Bueno, más bien conscientes de ello, de que la realidad es cambiante, pero tratando de aprovechar, hic et nunc, la que parece por el momento favorecedora.

Frente a ese secesionismo, tengo una discrepancia incluso estética. Cuando veo a sus oficiantes, no entiendo que puedan arrastrar a personas de una mínima exigencia intelectual. El señor Mas, enamorador involuntario de monjas, cada vez me parece más vacuo, frívolo y revestido de cierta majeza goyesca. Junto al rey pierde aún más y adquiere aire de villano de farsa. Creo, honradamente, que debería evitar situarse a su lado, para no arruinar el prestigio que pueda tener para algunos. Si al frente del catalanismo hubiera alguien como mi admirado, adorado, copiado, llorado Martín de Riquer Morera, conde de Casa Dávalos, profundo conocedor de la lírica provenzal, capaz quizá de instaurar una corte de trovadores en la Cataluña, lo vería tal vez de otra forma.

Tierra bendita de Dios esta España, ya digo, ya lo dicen mis amigos extranjeros. Pero plagada de mascalzoni, de coquins, de balourdise, de lapalissades… de vulgaridad. Como tantas otras. O algo más. De verdad, no lo sé con total seguridad.

Es mi despedida de los temas de actualidad. Empieza ya el cogollo veraniego (de Virgen a Virgen) y lo dedicaré a contar otras cosas.

8 de julio de 2015

Otro periodista de antes: Jaime Campmany


Palabras clave (key words): Jaime Campmany, El pecado de los dioses, Laura Campmany.

Hablé de algunos periodistas españoles de antes y querría terminar este minúsculo ciclo con Jaime Campmany (1925-2005). Sobre todo, porque fue un periodista inteligente, de fino humor casi siempre, culto, buen conocedor de nuestro idioma y que escribió, además de múltiples artículos y columnas en diversos medios, libros de poesía y alguna novela de más que regular mérito. Alguien de mi familia tenía una cierta relación con él y pude haberle conocido, pero finalmente no lo hice, lo que alguna vez me reprocho, porque tenía fama de ser un conversador extraordinariamente ameno.

Había estudiado Derecho y Filosofía y Letras en Murcia y luego periodismo en Madrid. Fue corresponsal en Roma de la agencia Pyresa, director del periódico Arriba, fundador de la revista Época, participante en muchas tertulias de radio, etc. En toda su vida literaria obtuvo más de ciento diez premios de variada importancia.

He releído recientemente una novela suya, la primera de una trilogía, de título El pecado de los dioses, de 1998, sobre el delicado tema del incesto, que es tratado con gran contención y con indudable ternura y comprensión, evitando los aspectos más turbios del mismo, en la medida de lo posible. Abundan las pinceladas para retratar de un solo trazo a un personaje. De una mujer de las fáciles de seducir, cuenta que “se tendía al primer envite”. De un jardinero, hombre tranquilo, callado y algo filósofo, que vive su vida y no se mete en la de los demás, acompañado siempre de sus dos perros, la señora de la mansión, situada a la orilla del lago Maggiore, en Italia, dice que “es como si tuviéramos tres perros”. Otros caracteres de la novela están, por supuesto, mucho más detalladamente dibujados. La prosa tiene momentos felices: “Esperaba como una virgen temerosa y anhelante, inocente y perversa”.

Campmany maneja con soltura el castellano, como ya dije, y sabe muy bien encontrar adjetivos de uso infrecuente, algunos no bendecidos por la RAE. Escribía a veces sus columnas en forma de romance corrido, sin separación gráfica de los versos. De una de estas, tomo una ristra de insultos, referidos a un político del momento: panoli, simple, pardillo, zambombo, gilí, bambarria, correlindes, tiracantos, tuerce botas, majagranzas, cazador de gamusinos y pagador de fantasmas.

Es muy difícil juzgar en una líneas a una persona y no es esa mi intención. Una hija suya, poetisa —si nadie se ofende por esta forma del femenino, cosa que puede ocurrir ahora, sin que acierte yo a discernir la causa—, Laura Campany, escribió un epicedio en romance, imitando a su padre, en la tercera de ABC, de título Un año sin Campmany, al cumplirse un año de su muerte. Aun teniendo en cuenta que es la hija la que escribe, veo en él algunas valoraciones que me parecen compartibles y que atañen a cualidades del escritor, que fueron evidentes en su vida.

Escribe la poetisa, en el primer párrafo: Y si hay un cielo donde el alma vibra más allá de este cuerpo que habitamos, ese cielo le cuadra por derecho, porque en verdad fue un ser extraordinario. Porque era un hombre bueno como pocos, porque era inteligente y se hizo sabio, porque tuvo a raudales los amigos y ese algún enemigo necesario...

Lector, que no te pase desapercibido el ritmo y la rima del romance, en los dos fragmentos que te muestro, del padre y de la hija. Están hechos un poco a vuela pluma, ya se entiende, pero son dignos. El de la hija rebosa ternura, admiración, arrobamiento, como es lógico. Tratando de ser imparcial, yo creo que Jaime Campmany fue un excelente periodista y una persona sencilla, valiente, llena de humanidad. De esas con las que se puede pasar un buen rato, en una tarde cualquiera.

30 de junio de 2015

Sobre algunos periodistas de antes


Palabras clave (key words): periodismo, Jacinto Miquelarena, Eduardo Haro Tecglen.

En mi entrada anterior prometía decir algo sobre la labor profesional de algunos periodistas, sobre ese equilibrio que han de lograr entre su vocación literaria y su misión informativa. Esto importa sobre todo en corresponsales en el extranjero, puesto para el que se escoge a veces a escritores de buena pluma como el citado Miquelarena, Julio Camba, Eugenio Montes, César González Ruano, Rubén Darío y otros.

 Eduardo Haro Tecglen escribió en el 2001 un artículo, El extranjero en su patria, en el que expone los dos modelos que se propugnan para estos corresponsales. Para unos, conviene que permanezcan afincados algunos años en los países de destino, para conocer así su idioma, sus costumbres, su cultura, etc. Por el contrario, otros opinan que esto les priva de esa sensación inicial de novedad, de asombro, que debe informar sus crónicas desde un país diferente y extraño.

También discute Haro en este artículo sobre el estilo literario y el contenido informativo de sus crónicas. En él hay uno de esos párrafos espléndidos que se espigan a veces en la literatura periodística. Critica con humor el excesivo primor literario en ciertos casos: “Se podía llegar a extremos como el de que un corresponsal de ABC en Berlín, no sé si Ruano o Montes, publicara una bella crónica sobre el canto de los pájaros al atardecer en la Unter-den-Linden, el famoso bulevar berlinés, el mismo día en que se incendiaba el Reichstag”. Es una exageración, pero está llena de gracia, de intención. Al morir Miquelarena, se le encontró en el bolsillo una carta de su periódico en la que lo criticaban por “dedicarse más a lo literario que a la información”.

En mi entrada anterior hablé de Miquelarena y Pedro Mourlane, dos periodistas de la corte literaria falangista. En esta hablo de Eduardo Haro Tecglen, inclinado hacia la izquierda gran parte de su vida. Al terminar la guerra civil, su padre fue condenado a muerte y fue él, su hijo, quien solicitó el indulto, siéndole conmutada la pena por treinta años de cárcel. Haro en sus primeros trabajos escribió a favor del régimen franquista. En  un artículo de Informaciones, del veinte de noviembre de 1944, Dies irae, escribió: “Se nos murió un Capitán, pero el Dios Misericordioso nos dejó otro. Y hoy, ante la tumba de José Antonio, hemos visto la figura egregia del Caudillo Franco”. Lo justificó después por la necesidad de salvar a su padre. Luego se consideró un exiliado interior, explicó que su vida le había sido robada con la caída de la República y militó activamente en una izquierda bastante radical. En otro artículo sobre las brigadas internacionales en nuestra guerra, del dos de enero de 1999 en El País, las palabras finales son: “Gracias por todo, Stalin”.

Suelo olvidarme de las filiaciones políticas, a veces cambiantes, de las personas que evoco en estas entradas. Veo sólo seres que ya han desaparecido; los percibo a través de la confusa niebla de la muerte, varados, silenciosos y expectantes en una orilla lejana, víctimas de una ausencia desproporcionada y excesiva. Alguna vez fueron imponentes, pero ahora aparecen tenuemente iluminados en una noche eterna, inmutable, sin aurora posible. Los veo sencillos, pacíficos, sin lamentarse por la interrupción de su descanso, agradecidos y amables. Los evoco y acuden, despojados de cualquier vestigio de sus muertes diversas.

Me quedo con la graciosa y feliz ocurrencia de Eduardo Haro. Y echo de menos que, en estos días de terribles atentados en tantas partes del mundo, no haya ningún periodista que escriba sobre el canto de los pájaros en el atardecer, desde algún lugar tranquilo, y nos aleje un poco de esta oleada de furor y fuego, que arrasa a la comunidad de los hombres.