1 de septiembre de 2015

Inexistente fuga de Clemente VII del castillo de Sant'Angelo


Palabras clave (key words): Bomarzo, Georg von Frundsberg, Cola di Rienzi, Gil de Albornoz.

Confesé ya otra veces que no tenía, al empezar este blog, ningún plan o programa preconcebido con obligación de cumplirlo. Tampoco lo he tenido después. Lo que no quiere decir que no haya una cierta estructura en su desarrollo, alguna escondida lógica que explique la secuencia de las entradas del mismo. En general, derivan de mis lecturas del momento y otras lecturas más antiguas a las que aquellas me remiten.

Estoy releyendo —ahora, como le sucede a otras personas de mi edad, releo más que leo, porque me interesa poco la literatura contemporánea— una extraordinaria novela de Manuel Mujica Láinez, Bomarzo y aquí tengo que intercalar una muy sentida recomendación al lector, por la que pido disculpas: Si no has leído esta novela, deja lo que estés haciendo, abandona tu casa y tu familia —bueno, tal vez esto no sea absolutamente necesario— y vete a la librería más próxima a comprarla o robarla, si estás apurado.

Durante el famoso saqueo de Roma por parte de tropas españolas y alemanas, en 1527, el Papa Clemente VII pudo huir desde el Vaticano al castillo de Sant’Angelo por corredores secretos. En la novela se cuenta que también huyó después del castillo hasta Orvieto “disfrazado de buhonero, con un solo acompañante”, gracias a la ayuda del cardenal Pompeyo Colonna. La situación era como para huir, porque al mando de las tropas teutonas venía Georg von Frundsberg —luterano, para quien el Papa era la encarnación del mal y el verdadero Anticristo— “blandiendo una soga con la que juraba ahorcar al vicario de Cristo”. El irascible perseguidor murió de una apoplejía y no pudo culminar su inocente propósito. Así es la vida, llena de frustraciones.

La novela de Mujica es de las históricas, lo que obliga a ser extraordinariamente cauto a la hora de creerse las cosas que se narran en ella. El autor fue persona muy culta y las inexactitudes en su obra no derivan de ignorancia de los hechos, sino de su intención estética y su designio de relatar la historia de una determinada manera. Lo cierto es que Clemente VII no huyó del castillo de Sant’Angelo, que dicha fuga no existió. En la realidad los acontecimiento fueron como reseño a continuación.

Las habitaciones destinadas al papa y a los cardenales estaban en el segundo piso del castillo y su custodia, educada, respetuosa, fue encargada a veteranos españoles venidos de Nápoles, al mando de Hernando de Alarcón. Había una gran preocupación por evitar cualquier evasión, por las funestas consecuencias que podrían derivarse para los propios evadidos, si caían en manos de tropas imperiales sin control, enzarzadas en el saqueo de la ciudad. Sólo el cardenal Trivulzio intentó escaparse, disfrazado de mercader, pero fue interceptado y reducido sin ulteriores represalias.

No hubo fuga del Papa. Clemente VII abandonó Sant’Angelo sólo tras firmar los pertinentes acuerdos con el emperador. Sí es verdad que salió de incógnito, mezclado con los capitanes españoles, para evitar ser reconocido por los lansquenetes, que no habían recibido aún su soldada y estaban muy agresivos. Pero huyó mediante trato pactado con el Príncipe de Orange, perfectamente conocido y avalado por Carlos V.

De manera parecida, cuenta Mujica, había intentado huir doscientos años antes Cola di Rienzi, con ropas de faquín y un colchón sobre la cabeza, pero fue reconocido por el brazalete de oro que llevaba. Y aquí ya surgió una de esas oscuras asociaciones que vertebran este blog. Porque Cola di Rienzi tuvo relación con un cardenal español que me es próximo: he comido su pan y he bebido su vino. Hablo de Gil de Albornoz, fundador del Colegio de San Clemente de los Españoles en Bolonia —la dotta, la grassa, la rossa—, en el que pasé algún tiempo de mi juventud. Los dos personajes son del siglo XIV y tengo que hablar de ellos en otra ocasión. Aviso ya de que no hay que confundir a este Albornoz con el también cardenal Gil Carrillo de Albornoz (1579-1649), hombre de confianza de Felipe IV y Gobernador unos años del Milanesado.

28 de agosto de 2015

Sobre la actriz Alida Valli


Palabras clave (key words): Alida Valli, Wilma Montesi, Piero Piccione.

Mencioné hace poco en este blog a una actriz extraordinariamente seductora, con aires de diosa inalcanzable: Alida Valli. Vino a mi entrada en relación con la película El tercer hombre, en la que actuó. Yo no sé si a los más jóvenes les suena esta mujer, que muchos colocan en el grupo de las míticas de todos los tiempos, como Greta Garbo, Marlene Dietrich o Ingrid Bergman. La secuencia final, con la cámara fija, del film citado es de una belleza y melancolía arrebatadoras. Lector, te ofrezco el vínculo y sólo por eso deberías estarme eternamente agradecido: https://youtu.be/5icX835oyh4. Además te muestro un par de fotos de la diosa y verás que no cabe aquí la exageración. No era mi intención hablar más de ella, pero cambié de idea y lo voy a hacer.

Su nombre entero era baronesa Alida Maria Laura Altenburger von Marckenstein-Frauenberg del Sacro Romano Germánico y nació en el 1921, en la ciudad italiana (hoy croata) de Pola, en el seno de una familia noble. Su primera intervención en el cine fue en 1934, con trece años, y ya en 1942 obtuvo un premio a la mejor interpretación en el Festival de Venecia. En 1944 se casó con Óscar de Mejo, un compositor italiano, del que se divorció en 1952. Fue en 1949 cuando participó en El tercer hombre.

La belleza también trae sus problemas, aunque sean de naturaleza amable la inmensa mayoría de las veces. O sea, que no recomendaría yo a las jóvenes que la posean que anden escondiéndola o traten de destruirla, aunque viendo cómo visten algunas bellas podría pensarse esto, con toda razón. Quizá el principal incordio sea el derivado de la maledicencia de las gentes. Es lógico que las guapas estén más en peligro de pecar contra la modestia y castidad que las otras, pero también es cierto que, de ser verdaderos todos los deslices que se propalan, las pobres pecadoras sólo tendrían tiempo en su vida para comer algún pincho e ir saltando de cama en cama.

Alida Valli no era sólo bella, sino que era profundamente interesante, que es otra cosa, aunque al final pudiera resultar que es lo mismo —lector, estarás hecho un lío; a mí me pasa los mismo con estos temas—. Lo que quiero decir es que hay mujeres tan hermosas que, hagan lo que hagan o digan lo que digan, resultan interesantes. En los años treinta se rumoreaba que la Valli era amante simultánea de dos hijos de Mussolini, Vittorio y Bruno, y también del general nazi Paul Joseph Göbbels. Può darsi (puede ser), que diría un italiano. Cuánto ajetreo, ¿verdad?

Más en serio, sí fue una gran desgracia en su vida el caso de Wilma Montesi, en abril del 1953, una oscura muerte que conmocionó Italia y que quedó sin resolver. Una guapa joven romana de veintiún años, aparece muerta un amanecer en la playa de Torvaianica, a unos cuarenta kilómetros de Roma. La chica había salido de su casa dos días antes, al atardecer. Se dijo que había ido hasta el mar para un pediluvio, por un eczema en un pie. Se hace una autopsia rápida y se da la historia por concluida.

Un mes más tarde, un semanario satírico retoma el asunto e involucra en el mismo al hijo de un ministro del gobierno, Piero Piccione, compositor. En octubre, la revista Attualità critica la lentitud de la investigación y sugiere favores políticos. Finalmente, en enero del 1954, diversos testimonios desvelan orgías de sexo y droga en Capocotta, en la finca de un marqués, cerca de donde se encontró el cadáver. Una testigo, apodada el Cisne por su largo cuello, antigua amante del marqués, da detalles comprometedores. Piccione —de nombre artístico Piero Morgan, autor de la banda sonora de muchas películas de Alberto Sordi— es imputado. Pero tiene coartada: el testimonio de Alida Valli, que declara en el juicio, en 1957, haber estado con él todo el día de los hechos y esto le salva. La sombra del perjurio la seguirá ya siempre. Todos resultan absueltos.

Una mezcla de todo. La belleza, la riqueza, la mentira, lo frívolo, lo escabroso, la maldad, quizá el perjurio. Es la vida, la dolce vita. Años más tarde Fellini hará una película con ese título y ganará la Palma de Oro en Cannes. Todo está ya olvidado.


 
 

25 de agosto de 2015

Cumpleaños de Jorge Luis Borges


Palabras clave (key words): cumpleaños de Borges, Macedonio Fernández, Joaquín Soler.

Hoy, 24 de agosto de 2015 —lector, esto aparecerá en el blog mañana—, Jorge Luis Borges cumpliría 116 años, una longevidad extrema, pero no imposible para los seres humanos. Estoy seguro de que a él no le habría gustado llegar a tan viejo. Al cumplir los ochenta y cinco, ya decía que se ‘avergonzaba’ de haber llegado a esa edad, que estaba abusando. Ha sido tan estudiado que no diré aquí una sola palabra sobre su literatura y sólo dejaré constancia de que es uno de mis preferidísimos escritores, porque adoba su obra con los inestimables dones de la inteligencia y la cultura. La literatura puede, y en muchos casos debe, ser así. ¡Feliz cumpleaños, maestro!

Hay cosas que se pueden decir sólo cuando uno es Borges. Entonces se puede mentir, se puede falsear la realidad, porque es obvio que el lector entenderá, no se dejará engañar. Así, por ejemplo, cuando dice: “A mí personalmente no me gusta lo que escribo. Me he resignado, pero eso no quiere decir que lo apruebe”. Todo el mundo sabe cómo hay que interpretar eso. Pero lo traigo aquí para hacer una breve reflexión:

Pienso que el escritor —cualquiera, por insignificante que sea— cree en su obra, en su estilo, en su manera peculiar de escribir. Uno quiere hacer algo bello y lo intenta con esfuerzo y lo mejor de su arte y está convencido de que lo que escribe está bien, aunque, claro, puede estar equivocado. Por ello reclama con urgencia el juicio imparcial de sus lectores y de los críticos, para convencerse de que sus patrones estéticos son los adecuados, de que está en el camino correcto. Lo cual es perfectamente compatible con la conciencia de sus limitaciones, de que siempre habrá maestros inalcanzables. Sólo en algún escritor mercenario es pensable que pueda producir obras que no le satisfagan, por la imperiosa necesidad de cumplir compromisos editoriales.

Leer a Borges siempre fue para mí una verdadera fiesta, un paseo por el paraíso. Escucharle multiplicaba ese placer, porque era un conversador excelente, con una finísima ironía, con muy sutil retranca. Como Josep Pla, como Álvaro Cunqueiro. Todavía recuerdo la entrevista en TVE con aquel magnífico periodista, Joaquín Soler, en su programa A fondo.

He visto a Borges otras veces. Me viene a la memoria una entrevista en la que él contaba una conversación con el escritor Macedonio Fernández —amigo íntimo, inteligentísimo, que lo impresionó más que ningún otro, según confesó— y que ya mencioné en mi entrada del 14/12/2013, en este blog. Estaban oyendo tangos y Borges le preguntó: “¿Por qué no nos suicidamos para acabar con esta música?”. El entrevistador, también sagaz esta vez, replicó: “Pero por fin no se suicidaron”. A lo que respondió Borges, displicente: “No sé si nos suicidamos..., no me acuerdo”.

No recordaba. Hay muchas clases de muerte y algunas son irreconocibles; de manera que puede uno llevar años embarcado en una de estas defunciones silenciosas sin saberlo. Son vidas sin sorpresas, sin esperanzas, sin felicidad. Sí, esa felicidad humana incompleta, frágil, sin la que, a pesar de todo, es duro vivir. Una de las frases más repetidas de Borges es ese lamento: “He cometido el peor pecado que uno puede cometer; no he sido feliz”. Lector, estoy convencido de que era una pose, una ironía borgiana. Bastaba mirar su cara, ya de ciego, para comprender que no era verdad. Una vez dijo que se sentía más feliz de mayor que de joven. Los jóvenes pueden permitirse ciertos lujos, añado yo. Y también dijo: “He observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso. […] Uno debe ser feliz, no por uno mismo sino por las personas que lo quieren”.

Citaba yo en mi entrada anterior una cierta utopía: la posibilidad de un gobierno universal. A Borges le preguntaron una vez si creía que se podría lograr alguna vez la integración latinoamericana y respondió: “Y no solamente esa integración, sino la del planeta entero”. Se sentía ciudadano del mundo y en verdad lo era.

23 de agosto de 2015

De la omnipresente violencia


Palabras clave (key words): violencia, tragedias de Shakespeare, El tercer hombre.

Odio la violencia física en cualquiera de sus múltiples manifestaciones y también la violencia verbal. Tolero, hasta cierto punto y sólo en determinadas circunstancias, la de la palabra escrita, sobre todo si es sutil o contundente, bien adobada con humor o con justificado desdén. Y siempre que se dirija a algún entontecido, que hay bastantes.

Lector, sabes muy bien que no es lo mismo tonto que entontecido. Frente al tonto puro, que no es responsable de su falta, sólo cabe la compasión disimulada, para no herir su susceptibilidad, y la obligación de velar cuidadosamente por él. El entontecido, el tontivano, es algo muy diferente: es el engreído, el que se cree, por el motivo que sea, superior a los demás. Sucede, además, que muchas veces su encumbramiento deriva de logros discutibles o fraudulentos. La sabiduría popular distingue muy claramente entre esas dos tonteras: el tonto de la cabeza y el tonto del antifonario.

Viene este exordio sobre la violencia por lo que conté en mi anterior entrada, al hablar de las muertes en el Titus Andrónicus, de William Shakespeare. Es verdad que es quizá la más sangrienta de todas sus obras. Pero también es verdad que el teatro inglés de la época está plagado de violencia y sangre y que esto era absolutamente tolerado por el público. Ya dije que en esa obra había nueve muertes en escena, muertes que ocurrían ante los ojos del espectador. Pero no es sólo eso: hay otras cinco muertes más, una mujer violada a la que después le cortan las manos y la lengua, más amputaciones de miembros, un quemado vivo, un caso de locura (fingida) y otro de canibalismo, cuando Titus da a comer a Tamora un pastel hecho con la carne de sus propios hijos. Y crueldades parecidas hay en otras obras del genial dramaturgo inglés: Hamlet, Macbeth, Julius Caesar, King Lear, Coriolanus, etc.

En el cine actual la violencia se halla igual de presente. Cuando veo en TV los anuncios y argumentos de películas, me sorprende la presencia constante de armas, cada vez más letales e inverosímiles, y luchas cada vez más absurdas. Si por azar caigo en uno de estos filmes, al aparecer un arma, desconecto enseguida. Hice la promesa de no ver ninguna película en la que aparezcan armas. Inmediatamente comprendí que no podría ver entonces, por ejemplo, una de mis preferidas, El tercer hombre. Y me digo que hay que contemporizar, si quiero ver esa largo y maravilloso plano secuencia final, en el que la bellísima, interesantísima, Alida Valli (Anna), una pobre actriz secundaria expuesta a ser expulsada del país, abandona el cementerio y Joseph Cotten (Holly Martins), un autor de novelas baratas del Oeste sin un céntimo, se dispone a un último, seguramente infructuoso, intento de conquistarla. Son sólo dos perdedores perdidos, pero queda la esperanza. Todo eso con la deliciosa música de Anton Karas y su cítara.

Ya sé que esa violencia no se da únicamente en la ficción, sino que está afianzada en la realidad de todas las épocas. Y hasta en un grado difícil de transferir a cualquier representación, por tratarse de acciones masivas con miles o millones de víctimas. No me refiero sólo a las bajas en guerra, sino a los innúmeros genocidios, los asesinatos de comunidades enteras indefensas. El gusto por los espectáculos sangrientos también tuvo un comienzo temprano en la humanidad. El ser humano puede convertirse en un animal sediento de sangre, capaz de los actos más extremos de crueldad. La realidad actual no invita a desligarse de esa opinión pesimista. Los medios de comunicación ofrecen cada día noticias de una maldad casi infinita, no fácil de concebir.

También estoy presto a reconocer que la mayoría de las personas con las que nos encontramos en nuestras vidas son más bien pacíficas y hasta benevolentes y se siente horrorizada por estos actos, que somos incapaces de evitar. ¿Cómo es posible que se produzcan? Siempre he pensado que hay algo radicalmente enfermo en nuestra propia arquitectura social de siglos, que los hace posibles. ¿Habrá alguna vez un gobierno universal justo y pacífico?, ¿será posible esa utopía? Algunos creen que sí y que es la única solución posible.

20 de agosto de 2015

De Timón de Atenas, de la misantropía


Palabras clave (key words): Timón de Atenas, Luciano de Samósata, William Shakespeare.

Pienso, con algún conocimiento de causa, que en la vejez se tiende a perdonar, a buscar el entendimiento, a considerar con levedad ciertas faltas. Son estas cualidades amables, positivas, por decirlo de alguna manera. En cambio, es muy difícil sustraerse a la nítida conciencia de la vacuidad del mundo y sus pompas y a una valoración bastante pesimista sobre la condición de los seres humanos, a una cierta misantropía.

En la historia, en la literatura, hay personajes que ejemplifican una determinada conducta o carácter. Uno de los más representativos de la misantropía es Timón de Atenas. Timón es un dialogo de Luciano de Samósata (ca. 120-180), un escritor griego —griego por la lengua en que escribe, ya que Samósata estaba en la margen occidental del río Eúfrates (sus ruinas yacen hoy sepultadas bajo la presa de Atatürk) y Luciano se presentaba él mismo como sirio— al que ya mencioné en un relato de mi libro El misterio de los editores, cuando hablé de una obra suya Muscae encomium (Elogio de la mosca), en la que, como su título indica, hace un elogio del diminuto animal.

Luciano, filósofo, jurista, escritor exquisitamente dotado para la sátira, anduvo durante gran parte de su vida como un sofista errante, por las todas las esquinas del mundo hablando a los corros. Fue muy famoso en su época y con una extensa y variada obra. Quedó eclipsado, como tantos otros autores griegos, durante el Medioevo, hasta que fue otra vez leído en el Renacimiento, influyendo con su estilo en no pocos de los escritores del momento, entre ellos Erasmo y Quevedo.

He leído este Timón a través de la traducción al castellano de Joan de Aguilar y Villaquirán, Regidor y Alguacil Mayor de la ciudad de Escalona (Toledo) de algunas obras de Luciano, en 1617, objeto de una excelente tesis doctoral (Teodora Grigoriadu, 2010). Los viejos somos algo peculiares y la flamante doctora me perdonará que, entre tantos valiosos datos, me fije en uno de sus agradecimientos: “a Soledad C. M. (dejo sólo las iniciales), la señora de la limpieza del Ayuntamiento de Escalona que, a falta de archivero, hacía las veces de guardián y que, muy amable y servicial, compartió conmigo varias mañanas, igual de heladas y sin brasero, en el Archivo Municipal”. Me conmueven estos detalles sencillos, humildes. No lo puedo evitar, son los años.

Resumo la historia: Timón, ateniense rico y poderoso, llega a la pobreza por su prodigalidad y se ve abandonado por los mismos a los que otorgó tantos bienes y favores. Se queja a Júpiter, por no castigar a estos ingratos, y este le restituye su riqueza, que Timón utiliza entonces para la venganza y el escarmiento de los malhechores.

Timón de Atenas es también una tragedia de William Shakespeare, de las menos representadas y también de las más sombrías y amargas. El protagonista, Timón, no muere en escena, como ocurre en tantas obras del genial bardo —en Titus Andrónicus mueren así nueve personajes—, sino que se trata de algo más sutil y oscuro. Desaparece de la escena, lleno de odio y desprecio, pronunciando terribles palabras de maldición: Graves only be men’s works, and death their gain! / Sun, hide thy beams! Timon hath done his reign. (¡Sean las tumbas los únicos trabajos de los hombres y la muerte su ganancia! ¡Sol, oculta tus rayos! Timón acabó su reinado).

Y no reaparece más. Al final del último acto, el quinto, un soldado cuenta que ha hallado su tumba junto al mar. No se sabe cómo murió, no se sabe cómo llegó el cadáver hasta la orilla; todo queda envuelto en el misterio y la incertidumbre. El soldado ha sacado un molde de cera del epitafio y Alcibíades lo lee en escena: Here lies a wretched corpse, of wretched soul bereft. / Seek not my name, a plague consume you wicked caitiffs left! / Here lie I, Timon, who, alive, all living men did hate. / Pass by, and curse thy fill, but pass, and stay not here thy gait (Aquí yace un cuerpo desdichado, separado de un alma desdichada. ¡No indaguéis mi nombre, consuma la peste a los miserables cobardes que quedáis! Aquí yazgo yo, Timón, que en vida odió a todos los vivos. Pasa y maldice cuanto te plazca, pero pasa y no detengas aquí tu marcha).

17 de agosto de 2015

De algunos perros (II)


Palabras clave (key words): Jacques de Brézé, Souillard, Relais, Delta, Newton, Diamond.

Los perros que han pasado a la historia, por unas u otras razones, son casi infinitos. Hablaré sólo de unos pocos, algunos relacionados con la realeza. Ya vimos en la entrada anterior que un perro, Saur, fue rey, él mismo, en el país de Dromtheim.

Jacques de Brézé (1440-1494), gran senescal del rey Luis XI de Francia, se casó con Charlotte de Valois, que era hija bastarda de Carlos VII. Escribió un poema de cincuenta versos en honor del perro favorito del rey, Les dits du bon chien Souillard (Los dichos del buen perro Souillard). Este perro era bastante peculiar e inmodesto y se presenta: Je suis Souillard, le blanc et le beau chien courant, / de mon temps le meilleur et le mieux pourchassant... (Soy el blanco y bello perro corredor, / en mis tiempos el mejor y más rápido perseguidor…).

Este gran senescal tuvo poca suerte en algunas cosas. Su mujer era hija bastarda, de lo que se deduce que su suegra fue algo alegre, aunque montárselo con un rey puede tener toda clase de excusas. La hija salió a la madre; también es posible que el senescal, entre la caza y la literatura, descuidara otros menesteres. Estos asuntos son difíciles de juzgar. El hecho es que el 31 de mayo de 1477, en una cacería, después de cenar, el senescal se retiró a su habitación y su mujer, Charlotte, que seguramente se había aburrido todo el santo día con la dichosa caza y estaba interesada en otras artes, invitó a un tal Pierre de la Vergne, un gentilhombre de Poitou, a su cámara privada, para oír unos discos. Bueno, no había discos entonces…, lo invitó para lo que fuera. Y Pierre, que quizá no había cobrado pieza en la caza ese día, se dijo “esta es la mía”. Bueno, en realidad, era la de otro, pero esto puede olvidarse a veces con cierta facilidad.

El maître d’hôtel —siempre hay acusicas en estas lides— se lo dijo al marido y este cogió su espada, se fue al dormitorio de su cónyuge y allí mató a Pierre. Charlotte huyó a la habitación de los hijos, pero el senescal la sacó de allí y le hundió la espada en el pecho, mientras ella pedía por su vida de rodillas. Venganza excesiva, inútil, cruel y estúpida. Siempre. El senescal fue condenado a muerte, aunque su pena fue luego conmutada por una enorme multa de 100.000 ducados. Más suerte tuvo su hijo mayor, Louis de Brézé, que se casó con Diana de Poitiers, en 1515, mucho más joven, y fueron leales el uno al otro hasta la muerte del marido. Este negoció la boda del príncipe Henry con Catalina de Medicis y luego su viuda, Diana, formó con ellos un triángulo, que es como más distraído. Henry luchaba en dos frentes, lo que quizá le frenara en la búsqueda de más romances, y Catalina y Diana se ayudarían mutuamente para aguantar al ya rey. Una solución muy ensayada en todos los tiempos.

Todo esto vino por lo del perro Souillard. El rey Louis XII también tuvo su perro favorito, Relais, que le había sido regalado de cachorro, cuando era duque de Orleans. Francia entera fue testigo de las hazañas de este animal, terror de todas las bestias a las que dio caza. Il marchait comme un général à la tête de tous les autres […] il était chéri de tout le monde et surtout de son roi qui lui fit l’honneur d’être son historiographe. O sea, el propio rey escribió la historia del perro, fue su biógrafo.

Un descendiente de este perro, con el mismo nombre, Relais, acompañó a su dueño, el mariscal de Gié, en su peregrinación a Santiago y se perdió a la vuelta. Una tarde, cuando el mariscal había ido según su costumbre a socorrer a sus vasallos pobres, lo vio en el camino y el pobre perro murió de alegría al reencontrar a su dueño.

Tantos perros de los que hablar. En las excavaciones de Pompeya, se encontró a uno, de nombre Delta, abrazando a un niño, como protegiéndolo. En su collar se leía que le había salvado ya antes la vida en tres ocasiones.

Newton quería mucho a su perro, Diamond, y contó a un amigo que el perro le había ayudado a formular dos teoremas en una sola mañana, aunque uno tenía un error y el otro una excepción. O sea, que el perro ayudaba, pero se equivocaba. Claro que también pudo ser Newton el que se equivocó y le echó la culpa a Diamond. Et cétera...

14 de agosto de 2015

De algunos perros (I)


Palabras clave (key words): Snoopy, Uggie, Argos, Homero, Zeus, Laelaps, Saur

Dos noticias, alegre una y luctuosa la otra, me llevan hoy a hablar de perros. Por un lado, Snoopy, el simpático perro de Carlitos —personajes ambos del genial dibujante Charles M. Schulz— ha cumplido 65 años. Por otro, Uggie, el famoso can del filme El artista, de Michel Hazanavicius, ha muerto de cáncer de próstata y hubo de ser sacrificado en Los Ángeles. Dejó autobiografía: Uggie, my story, de 2012.

Lector, hay infinidad de perros famosos, cuyos nombres se hallan a menudo en la prensa, porque han aparecido en películas, han viajado en naves espaciales, pertenecen a dueños de gran notoriedad pública, etc. Yo voy a referirme a los que pasaron a la historia en tiempos pretéritos y por ello no son tan conocidos en la actualidad.

Algunos están presentes en las leyendas y mitologías griegas. Uno de los más célebres es el perro Argos, cuyo dueño fue Ulises. Cuando este vuelve de la guerra de Troya, tras veinte años de ausencia, disfrazado de mendigo, el fiel Argos, que ha sido descuidado y maltratado durante todo este tiempo y está lleno de pulgas, como refiere Homero en Odisea, libro XVII, reconoce a su dueño, que lo había criado de pequeño, y muere en el acto, víctima de una emoción fatal, al no poder acercarse hasta él, que está al otro lado de una cerca. Emaeus, sirviente de Ulises, no supo identificar al recién llegado, al que trató bien, pese a su condición de indigente, de “sin papeles”.

Zeus, el padre de los dioses griegos, fue puesto de niño bajo la protección de un perro, de nombre Laelaps, que tuvo una agitada vida con diferentes masters, según leo. Porque parece que fue el mismo animal que Zeus entregó a la bella Europa, después de raptarla y llevarla a la isla de Creta. Zeus aquí fue un raptor educado y hasta exquisito, que trató de seducir a su prisionera no de manera violenta, sino con presentes y mimos. Le regaló el gigante Talos, hecho totalmente de bronce, también una jabalina con la que se acertaba siempre y este perro Laelaps, que tenía la virtud de capturar cualquier presa. Europa, como pasa a veces con los regalos, se lo dio luego al rey Minos, quien a su vez lo ofreció a Procris, como hacen a veces ciertos pacientes, que le había curado de una enfermedad grave. Al final, este perro, capaz de cazar a todos los animales, fue enviado a capturar a la zorra teumesia, que aterrorizaba a la ciudad de Tebas y que no podía ser apresada por nadie. O sea, el perro lo cazaba todo, pero a esta zorra no la cogía nadie. Las cosas pueden ser así de complicadas en la mitología y en el mundo. Zeus se hartó de estas inconsecuencias, no vio cómo resolver la situación y convirtió a los dos animales en piedra, en trance de perseguirse perpetuamente. Más tarde los transformó en estrellas y los envió al firmamento como constelaciones, Canis Major (perro) y Canis Minor (zorra), un recurso no infrecuente en la mitología griega. Sirio, la estrella más brillante del cielo nocturno, es la Alfa de Canis Major.

Otro perro, de nombre Saur, incluso reinó. En las sagas islandesas se cuenta que un rey, Eystein el Malo, conquistó el reino de Dromtheim y puso en el trono a su hijo Onund, que fue luego depuesto por los naturales del país. Eystein volvió a Dromtheim, arrasó sus campos y para humillar a sus habitantes prometió un nuevo rey, pidiéndoles que escogieran entre un esclavo suyo o un perro. Los consultados escogieron al perro, que resultó un perro muy particular ya que las mismas sagas afirman que tenía la sabiduría de tres hombres y pronunciaba una palabra por cada dos ladridos.

El perro fue tratado como un verdadero rey y estampaba su zarpa en los documentos de la Corte. Para librarse de él —¿por qué, me pregunto, si era tan sabio?— sus súbditos recurrieron a una estratagema. Cuando se presentó una manada de lobos, de las que a veces asolaban el país, le pidieron que, como rey, defendiera sus ganados. Saur pasó al ataque y fue devorado por los lobos, con lo que terminó su reinado. Debería haber sido más prudente, lo que es siempre recomendable en los políticos. Y en los demás.

(continuará)

23 de julio de 2015

De la sabiduría y los años


Palabras clave (key words): sabiduría y edad, Sinesio de Rodas, Basílides, Palas Atenea.

Los años traen la sabiduría, eso no lo discute nadie. Tampoco lo afirma nadie muy tajante y probadamente, esa es la verdad. O sea que, como tantas veces, hay opiniones divididas al respecto. Algunos arguyen que los años podrían traer menos sapiencia y afectar menos a la próstata, por ejemplo; muchos hombres aceptarían esta componenda. Es que vivimos en un mundo imperfecto, diseñado quizá con prisas. Eso lo he pensado siempre, pero lo sé muy bien ahora, desde anteayer. Lo que me sucedió ese día me obliga a intervenir en este debate, porque dispongo de tiempo, como casi siempre en mi vida, y porque ahora puedo aportar pruebas incontrovertibles.

Estaba yo comiendo un bocadillo de panceta —siendo un decidido admirador de todos los productos del cerdo— y en pleno deleite prandial me vino a la memoria Sinesio de Rodas, filósofo y obispo de fines del siglo IV y principios del V, al que conozco vagamente a través del escritor mejicano Juan José Arreola, que lo encontró casi perdido en las páginas de la Patrología graeca, de Jacques Paul Migne. Sinesio aceptaba el Paraíso tal como lo habían concebido los Padres de la Iglesia, pero despoblado de ángeles, ya que sostenía que estos residen en la Tierra, junto a nosotros, y son los encargados de recibir nuestras plegarias y administrar las contingencias humanas. Admitía también la presencia de demonios, que tratan de sabotear las acciones de los ángeles. También recordé a Basílides, un gnóstico más conocido, que vivió en la Alejandría del siglo II y sostenía que el Dios Supremo creó 365 cielos y los ángeles del más bajo fueron los que hicieron la Tierra, gobernados por un Demiurgo subalterno. Esto explicaría muchas de las fallas de nuestro mundo.

Estaba yo reinando sobre estos temas —lector, mira el DRAE, segunda acepción de reinar—, cuando se me presentó de improviso la mismísima Palas Atenea, que surgió, como se sabe, armada y pertrechada de la frente de Zeus. Medía más de dos metros y apareció con casco, égida, escudo argólico y lanza, y afirmo que, al pronto, acongoja lo suyo. Yo, por ser algo pequeño, gusto de las mujeres grandes — y de las pequeñas también, y me enorgullezco de ello, que no van a ser sólo los gays los que anden por ahí presumiendo—, pero sé que esta bella diosa tiene a gala su virginidad y, aunque se la adivinaba tentadora a través del peplo, ni se me ocurrió buscarle la entrepierna.

Palas me miró sonriente y me dijo: “Desde hoy eres sabio”. Lo hacía todo con gran fruición y se veía que experimentaba gran placer en el cumplimiento de su misión. Por eso permanece virgen y no necesita más emociones. Como en éxtasis amoroso, me otorgó el preciado don del conocimiento y me apoyó la lanza sobre el hombro izquierdo. Y, como pasa con las mujeres corrientes, que pueden ser algo agresivas en la sacudida erótica, según atestiguan los entendidos, me pegó un golpe más fuerte de lo necesario y todavía me duele. A cambio, ya soy sabio. Supongo que a otros viejos les habrá pasado lo mismo. Y si no, les pasará, porque es una ceremonia indispensable; nadie es sabio sin ella y siempre es la diosa Palas la encargada del trámite.

Desde que adquirí esta nueva acuidad mental, desde anteayer, sé por qué he tenido siempre tiempo en mi vida: porque no he sido ambicioso, no he sido demasiado sensible a las vanidades. Al final de mi novela, Las increíbles vidas de Roberto Milfuegos, un personaje piensa: “Le resultaba imposible luchar contra esa inclinación, que le había acompañado inalterable desde que podía recordar, desde que tuvo uso de razón: despedirse secreta, velada y solitariamente del mundo. De un mundo que nunca llegó a interesarle, a ofuscarle, a engañarle del todo”. Podría ser yo.

Desde este estado nuevo, desde esta sabiduría recién estrenada, certifico que los años traen la sabiduría, pero siempre a través del rito apropiado y no a todos. A mí me llegó, ya digo, anteayer.

21 de julio de 2015

De la bendita España, de sus avatares (fin)


Palabras clave (key words): silogismos, modos, errores, sofismas, secesionismos, ubetenses.

Queridos lectores, tengo que pediros perdón: soy un malqueda, no cumplo mis compromisos. Había prometido dejar los temas de actualidad, me había despedido de los enojosos asuntos del día a día, y resulta que hoy voy a continuar con ellos. Sólo tengo la disculpa de que lo hago ex necessitate rei, como decían los latinos, porque lo pide la materia, por pura necesidad de la cosa.

Hablé en mi entrada anterior de los políticos, del secesionismo catalán, etc. y, con toda seguridad, no dije nada extraordinario o excesivamente original. El que algo no sea extraordinario no excluye que sea verdadero. Si alguien afirma que la Tierra gira alrededor del Sol —o al revés, que no recuerdo bien ahora— no dice nada nuevo o inusual, pero dice la verdad.

 Los tontuelos me sacan de quicio. Ahora resulta que uno de esos jóvenes políticos de ahora no quiere saber nada de los antiguos dirigentes de Izquierda Unida. El partido comunista de Madrid tenía, no sé si todavía, un piso cerca de mi casa en el que vivieron, sucesivamente, Julio Anguita y Gerardo Iglesias. Al primero lo vi alguna vez haciendo footing suave, tras su infarto de miocardio; con el segundo me crucé alguna vez. Anguita es una persona culta y amable. Gerardo Iglesias ha sido el más honrado y ascético de todos los comunistas que han ocupado puestos directivos.

El título de la entrada viene de lo que cualquiera podría decir frente a las soflamas, roncerías y sofismas de los soberanistas catalanes: Nego majorem, ergo nego consequentiam (Niego la mayor y por tanto la conclusión). En los silogismos hay dos premisas, mayor y menor, y de su trabazón lógica deriva la conclusión. Esto ya estaba en Aristóteles, pero los escolásticos medievales hilaron muy fino y distinguieron 19 modos correctos, de los 64 posibles, al integrar en estos silogismos cuatro tipos de proposiciones: dos generales, A y E (afirmativa y negativa) y dos particulares, I y O (afirmativa y negativa). ¿Se acuerda alguien de aquellas extrañas y misteriosas palabras del bachillerato: Bárbara, Celarent, Darii y Ferio? Complicado, ¿verdad? Lo dejo ya.

Si digo Todos los hombres son inmortales, Pedro es un hombre, luego Pedro es inmortal, el encadenamiento lógico es perfecto, pero la conclusión es falsa, porque lo es la premisa mayor. Alguien podría argüir entonces: Nego majorem… Y eso es lo que ocurre con los secesionistas catalanes, aunque no se trate aquí de silogismos en sentido estricto —muchos razonamientos son fácilmente convertibles en silogismos—. No votar el sí es votar contra Cataluña. Niego la mayor. Arriba a la derecha, en un mapa de España, hay un país, ese es el problema, dice otro, sin más explicaciones y como descubriendo la piedra filosofal. Niego la mayor y digo que también arriba, a la izquierda, está Galicia. Son dos territorios, dos tierras entrañables para la mayoría de los españoles. No votar el sí es dejar a Cataluña en una vía muerta. Niego la mayor. Madrid nos roba. Niego la mayor. O incluso, si Madrid roba, que se aclare el tema y se devuelva urgentemente lo robado. Los españoles no nos quieren, nos humillan constantemente. Niego la mayor. Recurrimos a procedimientos anormales porque no estamos en un país normal, dice un recién llegado al barullo, como si lo normal en otros países fuera estar continuamente votando secesiones que rompan su integridad. Al contrario, creo que muchos gobiernos extranjeros quizá no fueran tan pacientes.

Preferiría que fueran más claros, que dijeran que les conviene independizarse por razones mercantiles y no trataran de justificarlo con sofismas fácilmente rebatibles. No puedo dejar de pensar lo que hubiera podido ser este país nuestro, España, sin los terribles problemas que hemos tenido, que tenemos, con los separatismos.

No estoy en ninguna red social, pero algunas de mis entradas sé que circulan por ellas y allí he tenido comentarios cariñosos de mis paisanos ubetenses, que agradezco. Alguno se lamenta de no tener más fácil acceso a mis escritos. He hecho casi todo lo razonable para que fueran más conocidos en Úbeda, pero con poco éxito.

20 de julio de 2015

De la bendita España, de sus avatares


Palabras clave (key words): bendita España, políticos, frailes, monjas, Artur Mas, Martín de Riquer.

Llegó el estío, como era forzoso, y empezó bravío y se pasó con las temperaturas. Huyendo de esta desconsiderada ola de calor, he estado unos días en el norte de España, para comprobar otra vez la variedad y belleza de nuestra tierra. Mis amigos extranjeros, cuando me visitan, la llaman God blessed country (país bendito por Dios). Para comprender, cada vez menos, el deseo de fracturarla, de amputarla, sin necesidad objetiva alguna.

Prometí para este verano entradas alegres y festivas. En los momentos actuales no son las primeras que me vienen a la cabeza, pero trataré de cumplir mi palabra. Pocas situaciones tan propicias al desánimo como la actual. Resulta imposible no referirse a los políticos, aunque siempre he sostenido que, en democracia, la crítica a estos se transfiere automáticamente a los ciudadanos que los eligen. Esto, claro está, en una democracia perfecta, que no existe en ningún país. Los poderes fácticos —los factores que juegan un papel incontrolable y torvo en la dinámica social— son capaces de influir en el cuerpo electoral y llevarle a caminos erróneos y a elecciones impuras.

Los nuevos políticos no tienen nada que envidiar a los antiguos. Los veo enzarzados en el mismo afán turbio de poder, en las viejas maquinaciones de siempre. Una valenciana, desde que su grupo ganó, con otros, las elecciones, no ha cesado de aparecer en la TV con una sonrisa de oreja a oreja imperecedera, de éxtasis continuo, como señal de haber llegado a algún tipo de paraíso personal. Otros no dejan de insultar a los oponentes y de ofrecer recetas envejecidas hace siglos. Todos proclaman la posibilidad y urgencia de alcanzar la felicidad total, pero no dan la fórmula. Se pasan de un grupo a otro, hacen y deshacen alianzas y componendas, etc., a vertiginosa velocidad.

Algunos son jóvenes cronológicamente, no por sus ideas o proyectos. Jamás montaría en un avión que fuera pilotado por ellos, no les entregaría nunca un pleito por sencillo que fuese. Si tuviera que ser operado y me los encontrara, todavía despierto, en el quirófano, saltaría de la camilla y no pararía de correr hasta alejarme a muchos kilómetros del hospital.

 Hay antiguos frailes, que hablan todavía con la parsimonia y melifluidad del claustro. Monjas de aquellas que Santa Teresa proclamó capaces de deshacer, una sola, el convento entero. Gentes que, casi ochenta años después de nuestra guerra civil, andan en iniciativas a veces comprensibles y otras con el tufo de una inextinguible ansia de venganza. Con la que está cayendo, se preocupan por cambiar nombres de calles y condenar al olvido a cualquiera relacionado con los vencedores de aquella barbarie de todos. Nuestro cerebro tiende a desterrar los recuerdos lúgubres del pasado y conservar los felices. Lo que es bueno para el individuo es bueno también para los pueblos.

Del independentismo catalán, ¿qué decir? Se hace tras décadas de adoctrinamiento intensivo, según parece; sin ninguna exigencia de mayoría cualificada; con promesas que nadie trata de demostrar; ignorando que los sentimientos de los pueblos son, como en cualquier materia viva, cambiantes en su expresión, su intensidad, sus propuestas de solución. Bueno, más bien conscientes de ello, de que la realidad es cambiante, pero tratando de aprovechar, hic et nunc, la que parece por el momento favorecedora.

Frente a ese secesionismo, tengo una discrepancia incluso estética. Cuando veo a sus oficiantes, no entiendo que puedan arrastrar a personas de una mínima exigencia intelectual. El señor Mas, enamorador involuntario de monjas, cada vez me parece más vacuo, frívolo y revestido de cierta majeza goyesca. Junto al rey pierde aún más y adquiere aire de villano de farsa. Creo, honradamente, que debería evitar situarse a su lado, para no arruinar el prestigio que pueda tener para algunos. Si al frente del catalanismo hubiera alguien como mi admirado, adorado, copiado, llorado Martín de Riquer Morera, conde de Casa Dávalos, profundo conocedor de la lírica provenzal, capaz quizá de instaurar una corte de trovadores en la Cataluña, lo vería tal vez de otra forma.

Tierra bendita de Dios esta España, ya digo, ya lo dicen mis amigos extranjeros. Pero plagada de mascalzoni, de coquins, de balourdise, de lapalissades… de vulgaridad. Como tantas otras. O algo más. De verdad, no lo sé con total seguridad.

Es mi despedida de los temas de actualidad. Empieza ya el cogollo veraniego (de Virgen a Virgen) y lo dedicaré a contar otras cosas.