6 de marzo de 2017

Viaje a las Batuecas (6 de 6)


Dije que se podían distinguir tres visiones distintas del valle o región de las Batuecas y ya he descrito dos: la tenebrosa, poblada de salvajes y demonios, y la idílica, impregnada de misticismo e inmersa en un proceso de sacralización de la Naturaleza. Existe una tercera, parecida a la segunda, en la que la leyenda se enlaza y revitaliza con el nacimiento o renovación del mito del ‘buen salvaje’—el hombre es bueno por naturaleza y es la civilización la que lo corrompe— y el triunfo literario del Romanticismo, cuyo siglo de oro es el XIX, con alta difusión sobre todo en Francia, y que en las Batuecas es como una reliquia de la vida eremítica desaparecida.
Los orígenes del mito del buen  salvaje no nacen con Rousseau, Gueudeville o el pensamiento francés revolucionario del siglo XVIII, sino que muchos lo retrotraen al descubrimiento de América, cuando aparecen tribus y hombres nuevos, que obligan a reconsiderar la situación del ser humano fuera de las sociedades establecidas según nuestro modelo de convivencia europeo, llevando a la meditación moral y filosófica sobre el particular. El Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, de Jean-Jacques Rousseau, del año 1755, es muy posterior a todo esto. Antes, en 1721, el barón de Montesquieu (1689-1755) había escrito, en sus Cartas persas, que “los españoles han hecho hallazgos inmensos en el Nuevo Mundo y no conocen todavía su propio continente: existe sobre sus ríos tal puente que no ha sido aún descubierto, y en sus montañas naciones que les son ignotas”. Se refiere obviamente al viejo mito tantas veces descrito de las Batuecas. Todavía anterior es el Diálogo o conversaciones entre un salvaje y el barón de la Hontan, del francés Nicolás Gueudeville (1652–1721), publicado en 1704, en el que ya se recoge el mito del buen salvaje, con medio siglo de antelación a la citada obra de Rousseau. 
El espíritu del Romanticismo reinventa lo que de desierto, yermo o Tebaida tuvieran ciertos lugares santos para las personas de mentalidad religiosa. En el caso de las Batuecas, la difusión de la leyenda sigue teniendo un cauce literario, que mostraré, en el que perviven los fulgores épicos del mito: Paraíso, Edén, Jardín de las Hespérides. Es una belleza no perceptible para todos, sobre la que ya escribió el granadino Pedro Soto de Rojas en su críptico Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos, de 1652. Más tarde, geógrafos, ingenieros y sociólogos empiezan a estudiar el caso y hacen una revisión de las comarcas de Batuecas y Hurdes.
Hay una novela francesa posterior que resume esta visión nueva del valle. Se trata de Les Battuécas (1816), de la aristócrata francesa Felicité du Crest de Saint-Aubin, condesa consorte de Genlis (1746-1830), traducida al castellano en Valencia (1826), con el título de Plácido y Blanca. La escritora George Sand en sus Memorias afirma que leyó ese libro de niña y que le hizo profunda impresión en su ánimo, influyendo más adelante en el curso de sus ideas. Los Batuecos, explica y resume la Sand, son una pequeña tribu que ha existido, en la realidad o en la imaginación, en un valle de España rodeado de montañas inaccesibles. A consecuencia de no sé qué acontecimientos, escribe, esta tribu se encerró voluntariamente en un lugar “donde la naturaleza le ofrece todos los recursos imaginables, y donde se perpetúa hace muchos siglos, sin tener contacto alguno con la civilización actual”.
Félicité de Genlis —adoptó de casada el título de su esposo— fue una mujer de vida intensa, que no puedo sino esbozar. Exiliada en Inglaterra durante el Terror, pudo volver a Francia en 1801, gracias a Napoleón, que se sirvió de ella como espía. Compuso la novela que nos ocupa a la edad de setenta años. Es la historia de Adolphe y Calixte, novios de la aristocracia francesa, obligados a huir cada uno por su lado ante el peligro de la Revolución. Adolphe y su padre llegan a una aldea perdida, situada en las Batuecas. Madame de Genlis, citando supuestas fuentes, pero sin nombrar a Lope de Vega, presenta la versión del dramaturgo como un hecho histórico y cuenta que el valle fue descubierto por el Duque de Alba. En la aldea, Adolphe conoce al verdadero protagonista de la novela, Plácido, prodigio casi sobrenatural, de belleza incomparable, fuerza inigualable y preclara inteligencia, prototipo mejorado del buen salvaje rousseauniano. Doña Blanca es una viuda de veinte años, no batueca, rica, bella como un ángel y llena de talento. La trama es complicada y el final no tan usual. Y no cuento más, porque esto se ha hecho ya demasiado largo.
A pesar de las inexactitudes históricas y geográficas, la novela, bien escrita, hace una comparación entre la vida idílica de la aldea —una utopía socialista anticipada, en la que no hay ni propiedad ni guerra— y las sociedades llamadas civilizadas, en las que reinan injusticias sociales, miseria, lujuria e hipocresía. Como dije, se respeta la leyenda primitiva de que hacia el año 1009, un desvío del torrente del Tormes, cerró la única entrada por la que podían penetrar los extraños al valle de las Batuecas, como si el cielo hubiera querido asegurar eternamente la tranquilidad y seguridad de los pacíficos habitantes de aquella soledad, quienes por la dulzura y la pureza de sus costumbres merecían sin duda atraer sobre ellos la protección divina. Los Batuecos vivieron así algunos siglos en el centro de España, extranjeros en su patria y separados del resto del universo. Olvidaron su lengua materna, sus antiguas costumbres, las leyes que eran ya inútiles y hasta su origen, abrazando un nuevo culto sin templos ni sacerdotes.
Los Batuecos no tenían ambición, ignoraban que tal pasión pudiera existir, y sus limitadas posesiones eran más que suficientes para sus necesidades. No creían que fuera posible la existencia de manjares más sabrosos que sus yerbas y sus frutos, ni licor más delicado que el agua fresca y pura de sus fuentes, ni habitaciones más agradables que sus chozas. Vivían en dulce unión, porque nada podía excitar entre ellos la envidia o la emulación; la fuerza no tenía ningún poder, sólo apreciaban la igualdad, la paz y la tranquilidad. No habían visto nunca dar coronas al más osado, al más valiente o al más ingenioso. No ignoraban enteramente que existían otras criaturas fuera de los límites de su imperio, porque las habían divisado muchas veces desde lo alto de sus peñascos, pero el temor y la indolencia los tenían fijados para siempre en su tranquilo recinto.

2 de marzo de 2017

Viaje a las Batuecas (5 de 6)


Abandono la digresión sobre el Paraíso y prosigo con la conformación de la nueva idea sobre el valle de las Batuecas, en la que se destierra definitivamente la concepción demoniaca del lugar y, por el contrario, se cimenta la imagen amable y paradisiaca del mismo. Vuelvo a citar a Tomás González de Manuel, quien en el  prólogo de su obra ya citada explica que se pone a escribir la obra para contestar a alguien que le pide información sobre la región, y se queja: “esta ficción de las Batuecas está de tal suerte introducida, que ya la tienen por asentada y verdadera, sin haber quien nos desengañe”. […] “Y así me fue preciso el escribir este corto tratado, para desengaño de este sujeto y de aquellos que viven en el mismo error”. También se hace una pregunta retórica, pero pertinente: Desde La Alberca, ¿cómo pudieron estar tantos siglos sin descubrir ese valle, no habiendo mar ni río, no otro impedimento que lo estorbase?
Explica el autor que estas peculiaridades que se cuentan del lugar, junto a la falsedad de los salvajes y demonios, es anterior a la llegada de los carmelitas al convento fundado. “Yo traté y comuniqué con personas de toda fe y crédito de esta tierra, que conocieron lo de las Batuecas antes de fundarse en ellas el convento dicho y de que los religiosos de él hubiesen venido por esta tierra.” “No he hallado persona que de tal descubrimiento se acuerde, ni lo haya oído decir, ni en los libros de bautizados, que los hay bien antiguos, hay noticias de nadie nuevamente convertido”.  
En el capítulo IV de la obra cuenta: La fertilidad del suelo de este valle es tan abundante, que algunos han dicho que es remedo del Paraíso Terrenal, y lo parece por la fragancia de tanta flor de albaca, cinamomos, arrayanes, cedros, cipreses, naranjos, limones y frutales, aceite y vino, todo lo da el valle, aunque pan nada… Las aguas en abundancia, muy delicadas y cristalinas, en cuyos arroyos hay abundancia de truchas y peces. Sólo reconoce la inexistencia de tierras aptas para el cultivo de trigo u otros cereales.
No es sólo Tomás González: los propios monjes del Santo Desierto de San José idealizan también el territorio en que viven, que pasa así, de ser un lugar tenebroso, habitado por hombres salvajes adoradores del demonio, a constituir un marco idílico en donde el hombre puede reencontrarse con dios en una refundación del Edén. En un siglo crearon los carmelitas seis ‘desiertos’ en España, siendo el de Batuecas el tercero, tras Bolarque y Las Nieves en Málaga; el plan formaba parte del nuevo espíritu de la Contrarreforma. También se fundaron ‘desiertos’ en Italia, Francia, Austria, Portugal.
Alonso de la Madre de Dios fue el primer carmelita que visitó el valle en 1597. Tomás de Jesús, recién elegido Provincial de Castilla la Vieja, ya había sugerido la creación del yermo batueco y sabiendo que fray Alonso iba a cortar leña a San Martín de Castañar, próximo al lugar, le pidió que preguntara, sin descubrir el propósito, si había un sitio apropiado para la fundación. Luego el propio fray Tomás quiso ver la zona y marchó a La Alberca. Los lugareños ya hablaban de la leyenda citada, pero no la creían naturalmente, y se extrañaban de que los monjes preguntaran por hechos relacionados con la misma.  
No se habla ya, pues, de demonios o salvajes y fray José de Santa Teresa en su Historia General de los Padres Carmelitas Descalzos, Madrid, 1693, describe el encantador paisaje. Leo la cita en inglés, que traduzco, en Sacred space in Early Modern Europe, de Will Coster and Andrew Spicer, 2005, en el capítulo 10, Jardineros de Dios, los desiertos carmelitas y la sacralización del espacio natural en la España de la Contrarreforma: Pequeños manantiales de varias partes descienden de las montañas buscando el río […] multitud de árboles del bosque, hermosos barrancos por la variedad de plantas, todo en un profundo silencio venerando la Suprema Majestad.
Fray Tomás de Jesús (1564-1627) concibió la idea de comunidades medio cenobíticas y medio eremíticas. El número de religiosos en cada desierto era de veinticuatro, los eremitas habitaban en rocas, cuevas y hasta en habitáculos arbóreos. Tenían una dieta mínima, sin carne, sólo para sostener la vida. No podían abandonar sus celdas sin permiso. Escribió un tratado de más de 900 páginas, publicado en Amberes, en 1613: De procuranda salute ómnium gentium, schismaticorum, haereticorum, iudaedorum, sarracenorum, caeterorumquen infidelium libri XII. (Para procurar la salvación de todas las gentes, cismáticos, herejes, judíos, sarracenos y otros infieles).
A mediados del siglo XVII la región es objeto de una potente acción eclesiástica; a partir de 1654 también por parte de los Jesuitas. Hay textos que descubren su belleza y su afinidad con el Paraíso. La primitiva leyenda está ya en decadencia; queda sólo como recurso sarcástico, tal que en el muy posterior artículo de Larra, Carta a Andrés, escrita desde las Batuecas por El Pobrecito Hablador, que es de 1832.
Para terminar, traeré aquí unas palabras de Sor Cecilia del Nacimiento Sobrino de  Morillas (1570-1646): Descripción de nuestro desierto de San José del Monte, en Batuecas: “Dios ha dispuesto un nuevo paraíso poniendo a la luz una segunda demostración de la admirable sabiduría de su amistad”. El mito de belleza paradisíaca y exotismo sobrevivió en una tradición secular que hermoseó la flora y fauna del lugar y motivó incluso una expedición científica para estudiarla en 1857: Expedición científica y artística a la Sierra de Francia, relatada en una memoria publicada en 1883 en el Boletín de la Real Academia de la Historia. Esta política de los desiertos duró algo más de cien años.  La mayoría de ellos se disolvió en los siglos XVIII y XIX.
(continuará)

26 de febrero de 2017

Viaje a las Batuecas (4 de 6)


Una de esas nuevas visiones del valle de las Batuecas, a las que aludía en mi anterior entrada, se inicia con la fundación de un convento de Carmelitas Descalzos, el Santo Desierto de San José de las Batuecas, entre La Alberca (Salamanca) y Las Mestas (Cáceres), en 1597 por fray Tomás de Jesús, en el que se ofició la primera misa el día cinco de junio de 1599. Algunos pensaban, como ya dije, que la zona estaba poblada por restos de los árabes expulsados — alarbes, como escribe el historiador Luis Cabrera de Córdoba (1559-1623)— y se contaban los hechos fantásticos que ya referí. Fue Pedro García de Galarza (1538-1604), obispo de Coria, quien dio la licencia para la fundación del convento, que se crea porque en los años 1590s los carmelitas descalzos empezaron a fundar los llamados desiertos o yermos en áreas rurales remotas, movidos por la vocación eremítica del primitivo Monte Carmelo. Se vive entonces en la Orden una especie de nostalgia de un paraíso perdido y se siente la necesidad de sacralizar el espacio de los penitentes; esto coincide con un cambio, una crisis, en el sentir de los europeos respecto a la relación con el mundo natural, justamente al principio de lo que podría considerarse la revolución industrial, que supone una diferenciación entre la admiratio mundi y la dominatio mundi. Es un rasgo de la mentalidad monástica típico de la Contrarreforma: la infusión de un sentido sacro en el desnudo ambiente del desierto. Se piensa en la Naturaleza como la casa que ayuda a la vida devota.
Se vuelve a hablar entonces del Paraíso Terrenal y se lanzan diversas ideas sobre su posible localización. De hecho, una razón por la que estoy escribiendo sobre las Batuecas es lo leído en un periódico local —cuando viajo me gusta hojear la prensa del lugar— en el que se habla del valle de ese nombre “como un jardín o edén, en el cual incluso, como hizo el escritor jesuita Juan Eusebio Nieremberg, se ha situado y localizado el propio Paraíso Terrenal” (sic), aquel donde vivieron nuestros primeros padres. Como se ve, la visión del lugar pasa de ser concebido como un lugar habitado por demonios a transformarse en un auténtico Edén. El cambio no puede ser más radical. Todo esto me hizo buscar en literatura antigua, la del siglo XVII.
Comprobé así que en realidad el jesuita Nieremberg nunca afirmó que el Paraíso Terrenal pudiera haber estado en el valle del que hablamos. En la omnisciente red pude encontrar lo dicho por el jesuita en sus Obras philosophicas del Padre Juan Eusebio Nieremberg de la Compañía de Jesús, vol. 6, y dedicaré unas líneas a su discurso. El autor critica la idea de que el Paraíso estuviera en Ceilán (actual Sri Lanka), “como refieren Horta Argensola y Ludovico Romano y en la que creen los naturales de allí”. Cuenta Nieremberg que hay en esa isla una cumbre que llaman Pico de Adán en la que existe una huella de pie de unos dos palmos, que sería la del propio Adán, del que dicen que allí lloró e hizo penitencia. También hay un árbol mediano que algunos piensan que es el Árbol de la Vida o de la Ciencia, y afirma tajantemente el jesuita: “ni de uno ni de otro lo creo, fuera de que el Paraíso ha de caer por Mesopotamia”.
O sea, el Paraíso no estuvo en Ceilán, sino que seguramente hubo de estar en Mesopotamia. Nieremberg no excluye la posibilidad de que todavía perviva en alguna parte oculta del mundo y se enfrenta a los que niegan esa posibilidad. Y es entonces cuando menciona a las Batuecas (actualizo su castellano): El argumento que hacen algunos para negar la permanencia del Paraíso […] de que no se halle ahora […] aunque parece fuerte no concluye, pues vemos que, en medio de España, se nos ha encubierto por inmemoriales años unos valles que llamamos ahora las Batuecas, sin saber nosotros de ellos, ni los que estaban allí de nosotros, criándose en aquel espacio breve como bestias, sin religión, sin noticias de más mundo, y pues si en la frecuencia del mundo, sin extraordinaria providencia del cielo, se nos ocultó aquella tierra hasta estos días, qué mucho si el Paraíso se nos escondiese por singular consejo de Dios, y ministerio de los Ángeles. Nieremberg no postula tampoco, pues, las Batuecas como posible localización del Paraíso, sino que pone su ejemplo para indicar sencillamente que el Paraíso podría estar escondido y ser hallado todavía en algún momento futuro, como se encontró este valle en la propia España.
Mucho más tarde, es el Padre Feijoo quien toca el tema de un posible descubrimiento del Paraíso. Se muestra contundente: “Hoy, que no hay porción alguna de tierra donde verisímilmente pueda colocarse el Paraíso que no esté hollada y examinada por innumerables Viajeros, y Comerciantes Europeos, carece de toda probabilidad la opinión que le juzga existente”. Enfangado yo en el tema, encuentro una ubicación curiosa del Paraíso en el pasado, pero no en Mesopotamia, ni siquiera en Europa, sino en el Nuevo Mundo, en América del Sur. Lo leo en Hombres y documentos de la filosofía española, volumen cuatro, de Gonzalo Díaz Díaz y se trata de la hipótesis de León Pinelo, en la que me detendré un momento.
Antonio de León Pinelo, de ascendencia judía —su abuelo, el médico Juan López, había muerto en la hoguera—, nació en Lisboa en 1590 y con dos o tres años pasó con sus padres a Valladolid y luego a Córdoba (Argentina). Completó estudios superiores en la Universidad de Lima y en 1623 regresó a España y fue nombrado Cronista mayor de las Indias, en 1658. Amigo de Nieremberg, Lope y Ruiz de Alarcón, escribió El Paraíso en el Nuevo Mundo, entre 1640-1650, en dos volúmenes de 239 y 288 hojas, en los que se esfuerza con muchos argumentos en situar el Paraíso Terrenal en la zona amazónica regada por los ríos de la Plata, Amazonas, Magdalena y Orinoco, y da muchos detalles topográficos, de su flora y fauna. Según él, Noé construyó el arca en las cercanías de Lima y durante el Diluvio las corrientes oceánicas la llevaron a Europa, donde el género humano reinició su historia. Parte de ese pueblo volvería después a América, a través del estrecho de Behring. Es que todo tiene su explicación, lector, si se sabe buscar.
(continuará)

22 de febrero de 2017

Viaje a las Batuecas (3 de 6)


Mucho más tarde, el benedictino Padre Feijoo, en su Teatro crítico universal, tomo cuarto, discurso décimo, se refiere a la Fábula de las Batuecas, relacionándola con la idea de la ‘pérdida de España’: godos invadiendo a los romanos, árabes a los godos, etc., con la consecuencia del olvido de la verdadera religión y la vuelta a los ídolos y espíritus malignos. El tema del demonio es constante en toda exposición del mito de las Batuecas. Y confiesa el buen padre que él mismo dio asenso a la historia, hasta que un amigo le avisó de que el retiro y descubrimiento de las Batuecas era una mera fábula “para cuyo desengaño me citó la Crónica de la reforma de los Descalzos de nuestra Señora del Carmen”. Reconoce el Padre Feijoo que “notable es la autoridad que logran, y en todos tiempos lograron, no sólo en el vulgo, mas aún en mucha gente de letras, las tradiciones populares”. Como excusa y ejemplo cita a Olao Magno, eclesiástico e historiador sueco, autor de la Historia de Gentibus Septentrionalibus, que relata “que habiéndose desgajado por un monte altísimo la poca nieve que en la cumbre había movido con sus uñas un pajarillo, se fue engrosando tanto la pella con la nieve que iba arrollando en el camino, que hecha al fin otro monte de nieve, arruinó una población situada al pie de la montaña. Este suceso es símil tan ajustado al asunto que vamos tratando, que omitimos la aplicación por ser tan clara”. Dice después que las Batuecas fueron descubiertas en los tiempos de Felipe II.
Feijoo ya no cree, pues, en la fábula y transcribe palabras de la Crónica de la Reforma del Carmen, como se hallan en el tomo tercero, impreso en Madrid, año de 1683, libro 10, cap. 13, en el que se refiere la fundación de un convento en ese valle por los Carmelitas descalzos, como explicaremos después, se hace una exacta y amena descripción de todo el sitio y se desmonta la extendida leyenda:La extrañeza y retiro de estos montes, de estas rigurosas breñas, habían derramado en los pueblos circunvecinos opinión, que allí habitaban demonios. […] En los pueblos más distantes corría fama que en tiempos pasados había sido aquel sitio habitación de salvajes y gente no conocida en muchos siglos, oída ni vista de nadie, de lengua y usos diferentes de los nuestros; que veneraban al demonio; que andaban desnudos; que pensaban ser solos en el mundo, porque nunca habían salido de aquellos claustros”.
Esta relación, prosigue la cita Feijoo, sólo tiene de verdad la fama que en La Alberca y otros pueblos cercanos había, de que los pastores veían y oían algunas figuras y voces de demonios. También tiene de verdad, que después de que la Religión allí entró, y se dijeron misas, cesó todo. “Lo demás de la historia dicha, es relación de griegos, sin día, ni cónsul: y ficciones poéticas para hacer comedias, como se han hecho y creído en Salamanca, Madrid, y otras ciudades, de aquellos que sin examen reciben lo que oyen”. Hallándose ya en aquel yermo, refiere el historiador carmelitano, los religiosos preguntaron a muchas personas de la Serranía, de las más antiguas y de mayor razón, el fundamento de esta fama. Y refiere el Padre Francisco de Santa María: Unos se reían de nosotros, con ser ellos serranos, de que hubiésemos creído semejante fábula: otros se quejaban de los de La Alberca, diciendo que, por hacerles mal, la habían inventado, dándoles opinión de hombres bárbaros y silvestres; y unos y otros juraban que era novela, y que ni a padres, ni a abuelos la habían oído, ni jamás en sus pueblos hubo tal noticia.
Hasta aquí el historiador Carmelitano, explica Feijoo, de cuya narración se colige con toda certeza que cuanto se ha dicho del retiro, barbarie, y descubrimiento de los Batuecos todo es patraña y quimera. Y para abundar en esta idea, cita la obra de Tomás González de Manuel, que ya mencionamos nosotros, cuyos argumentos no vamos a repetir para no hacer interminable este escrito. Y elucubra sobre el poder de convicción de las leyendas y tradiciones: “A vista de tantas tan patentes pruebas de ser falso lo que se dice de los habitadores de las Batuecas, ¿quién no admirará, que esta fábula se haya apoderado de toda España? ¿Qué digo yo España? También a las demás naciones se ha extendido; y apenas hay geógrafo extranjero de los modernos, que no dé el hecho por firme. Así se halla relatado en el Atlas Magnus o Atlas Maior, del cartógrafo holandés Juan Blaeu, de 1650; en el Diccionario Universal Geográfico e Histórico, de Tomás Cornelio; en el Grand Dictionnaire historique del francés Luis Moreri, y otros muchos, que hablan de un valle muy fértil que llaman Valle de Batuecas. ¿Qué cosa tan absurda, como colocar muchos pueblos en un valle tan estrecho, que según las noticias seguras que hoy tenemos, apenas da espacio para una muy pequeña población? ¡Oh qué desengaño para tantos crédulos contumaces, que están siempre obstinados a favor de tradiciones populares y opiniones comunes!
 Esta sería la primera leyenda respecto a la comarca, combatida ya por autores de fundamento. Otras dos versiones surgen después, forjando visiones de las Batuecas muy distintas a la descrita, y hablaremos de ellas en las próximas entradas.
(continuará)

16 de febrero de 2017

Viaje a las Batuecas (2 de 6)


Dije en mi anterior entrada sobre Mogarraz, que comenzaba por lo más fácil. Porque hablar del conjunto de las Batuecas, no es sencillo. Incluso geográficamente, la definición de la zona ha sido confusa a lo largo de la historia, ya que las Batuecas propiamente dichas son una parte de una comarca mucho mayor, que se conoce con el nombre de Hurdes o Jurdes, en la provincia de Cáceres, pero el término ha designado a veces a la comarca entera. La gran difusión de la leyenda de las Batuecas se debió en buena parte a la literatura, a partir del siglo XVII. En realidad, se podría hablar de tres leyendas, o tres visiones muy distintas del lugar, como trataré de mostrar.
Aquí casi siempre está presente la literatura. La mención inicial, escrita, del mito o leyenda de las Batuecas, que contaré enseguida, aparece en la comedia de Lope de Vega Las batuecas del Duque de Alba, cuya versión impresa es de 1638, aunque la composición es muy anterior. No figura en la lista de obras de Lope, en la edición de El peregrino en su patria de 1604, y sí en la de 1618, lo que indica que fue escrita entre esos años. La tradición en que se fundamenta debió de recogerla el autor en los últimos años del siglo XVI, cuando tuvo una larga residencia en Alba de Tormes y visitó, según se sospecha por fuertes indicios, una parte de la Extremadura Alta. Por la ambientación de la obra en tiempos de los Reyes Católicos y por el estilo de los versos, Morley y Bruerton, en su Cronología de las comedias de Lope de Vega, de 1940 (traducción en Gredos, 1968), piensan que la obra debió de ser compuesta entre 1598 y 1600.
La leyenda la recoge también Alonso Sánchez, que fue amigo de Lope, en el capítulo De Batuecis, de su De rebús Hispaniae Anacephaloesis libri septem. A condita Hispania ad annum 1633 —un compendio de la historia del Padre Mariana, escrita en un latín muy elegante, según Pío Tejera—. Como esta obra es muy posterior a la propuesta para la redacción de la de Lope, parece razonable considerar a este como el introductor literario de la leyenda, recogiendo tradiciones orales. Las crónicas de los carmelitas descalzos que se establecieron en la zona desmintieron el mito, a pesar de lo cual este empezó a cobrar veracidad y a difundirse por todo el mundo.
Lope recoge la leyenda: el fabuloso descubrimiento de un escondido valle, las Batuecas, hecho por una doncella y un paje de la Casa de Alba. Contra este relato fantástico escribió Tomás González de Manuel, presbítero de La Alberca, su Verdadera relación y manifiesto apologético de la antigüedad de las Batuecas y su descubrimiento, casi un siglo después, en 1693, arremetiendo contra los que habían creado y divulgado la leyenda del salvajismo del valle, especialmente contra el citado Alonso Sánchez.
Del propio González tomo, por comodidad, un breve resumen de la trama de la comedia, con grafía moderna: Un hombre y mujer de la familia del Señor Duque de Alba se habían enamorado, y por huir de la ira de el Duque, no teniéndose por seguros en España, se habían ido a unas Montañas distantes de Salamanca como doce leguas, que por su aspereza no habían sido penetradas de ninguno de sus vecinos. Y subiendo por aquellos Montes, pareciéndoles que habían llegado al Cielo, habían descubierto un Valle, y en él unos hombres sin culto, ni ornato del cuerpo, y de lenguaje no conocido, si no es algunos términos semejantes a los de los tiempos de los Godos, idólatras, como los Indios, aunque habían hallado algunas Cruces algo perdida la forma de ellas.
La propagación del mito de las Batuecas se debió, como digo, a la literatura. Aparte de Lope de Vega, hay dos refundiciones del mito: Juan Claudio de la Hoz y Mota (1622-1714), dramaturgo español de la escuela de Calderón, escribió sobre el mismo tema El descubrimiento de las Batuecas y Juan de Matos Fragoso (1608-1689), dramaturgo y poeta español de origen portugués, uno de los autores más prolíficos del siglo XVII, escribió El Nuevo Mundo en Castilla, sobre la obra de Lope, publicada en Comedias nuevas escritas por los mejores ingenios de España, 1671, donde regularizó un tanto la trama y suprimió algunos personajes. Sobre esta misma leyenda, Juan Eugenio Hartzenbusch escribió una comedia de magia, Las Batuecas, estrenada en Madrid, en 1843, con poco favor del público, pero con estimación de los doctos y discretos. En todas estas obras se mantiene la creencia en un valle poblado por gentes atrasadas y extrañas. Estos primitivos seres se creían solos en el mundo y no conocían que existieran otras criaturas en él. El valle estaba poblado por brujas, demonios y otros seres monstruosos, que tenían atemorizados a sus habitantes y disuadían de entrar en el territorio a los vecinos de la zona.
Hay una obra más, Nuevo mundo en España, que no he podido rastrear, pero que Tomás González cita en el capítulo XVII de su ya mencionada obra: “Otro concolega, que con él venía, dixo, que era cierto, que él había visto la comedia intitulada, Nuevo Mundo en España. Yo le dixe, que también la había visto compuesta por el Doctor Juan Pérez de Montalbán…” (conservo la grafía y signos de puntuación del original). He fatigado los catálogos de la BNE y otras bibliotecas y no encontré más mención de la misma. Pérez de Montalbán era muy amigo de Lope y se dice que murió desequilibrado por la muerte de este en 1635. Escribió la primera de sus biografías, Fama póstuma, sólo un año después de su fallecimiento.
(continuará)

10 de febrero de 2017

Viaje a las Batuecas (1 de 6)

Ya dije que sería improcedente cortar el blog para siempre. También conté que tenía textos ya escritos, como el de mi viaje de hace casi un año a las Batuecas, una muy bella y desconocida región de España. Es algo largo y recoge y resume con fidelidad lo leído en otros trabajos, mucho más extensos todavía. Ahí va ahora, en seis entradas.

He estado unos días por una región más nombrada que conocida: las Batuecas, en la Sierra de Francia. Hace algún tiempo solía yo escribir pequeñas crónicas de mis viajes, pero curé ya de eso. En este caso haré una excepción, por razones que se irán descubriendo en mi relato. Adelanto una: se trata de un trozo de España que yace en nuestro imaginario colectivo. Constituye una entrada independiente del DRAE, como ‘valle de la provincia de Salamanca’, y allí figura la expresión ‘estar en las Batuecas’, con significado equiparable al de ‘estar en Babia’: estar distraído y como ajeno a lo que se trata. Quizá perciba yo una sutil diferencia semántica: estar en Babia es estar ‘apartado de la realidad’, estar en las Batuecas es ‘estar en otra realidad’.
El viaje fue en mayo, de este año más bien lluvioso. El campo estaba ubérrimo y glorioso y no diré más porque no tengo tanto tiempo y porque no soy nada bueno en describir cualquier cosa que sea. Omnipresente el verde, aunque en la paleta no hubiera demasiadas gradaciones o matices. Había sobre todo árboles, robles y castaños, con abundante sotobosque y las inevitables jaras de diversos colores. Claramente un locus amoenus, de los muchos que se refieren en las historias antiguas y en las literaturas; un sitio poco poblado, en el que apenas se ven alquerías o casas de labranza y en el que bien podría haber estado el Paraíso terrenal. Ya se verá por qué escribo esto.
Nos hospedábamos en la localidad de Mogarraz, declarada Conjunto Histórico Artístico, una de las pocas juderías que se cristianaron totalmente. Empiezo mi relato por aquí, porque se trata de lo más fácil. El lugar tiene hoy menos de cuatrocientos habitantes de derecho y estuvo más poblado, hasta que muchos vecinos empezaron a emigrar. El trazado de sus calles mantiene su estructura medieval y las casas tienen la arquitectura típica de la zona, como ocurre en otros núcleos de población cercanos. El pueblo está limpio y aseado, aunque algunas casas desocupadas y ruinosas dan a unos pocos rincones un aspecto peculiar que a mí me recordó, no sé bien por qué, otro lugar muy distante que visité hace tiempo, el Nepal. El entramado de madera en las paredes y los balcones y terrazas volados, quizá me causaron esta impresión.
Hay poco turismo y poca gente en las calles. El silencio es casi total, interrumpido ocasionalmente por el ruido siempre amable del agua corriendo en las numerosas fuentes y albercas públicas, con fechas grabadas en la piedra, alguna del año 1600. El país entero es abundante en aguas y hay muchos manantiales y veneros. La fuente más legendaria de toda la zona es la de San Juan, que está en el pueblo de Santibáñez de la Sierra, en el lugar en que hubo una antiquísima ermita homónima —citada por el historiador español del siglo XVI Ambrosio de Morales—, en la que, según cierta tradición, vino a refugiarse el vencido rey godo don Rodrigo, huyendo de los moros invasores. Muchos nombres de las fuentes en los pueblos de esta sierra son curiosos, evocadores: Fuente Grande, del Médico, de los Frailes, del Obispo, de la Gitana, etc.
La paz es perfecta. Al caer la tarde el pueblo entero parece vacío y dormido, desierto, como existente en una dimensión distinta, no la habitual. Hay un detalle que quizá contribuya a esa sensación. En el año 1967, hace cincuenta años, un fotógrafo local, Alejandro Martín Criado, fotografió para el trámite de obtención del carnet de identidad, a todos los mayores de la localidad; se han conservado 388 fotos. La mayoría de estos habitantes permanecieron en el pueblo y no emigraron, como hicieron otros. Con este archivo icónico, un pintor, Florencio Maillo, natural del mismo Mogarraz, ha realizado pinturas encáusticas, sobre chapa metálica, de buen tamaño, prendidas en las fachadas de las casas en que habitaron los retratados. Nada está exento de polémica, tampoco esta iniciativa. En casos aislados, los familiares han borrado las imágenes.
Dada la fecha de las fotos, es obvio que la mayoría de estas personas ya no están vivas. Pero están allí, en las casas que habitaron, más allá del tiempo, impasibles y resignadas, como avisándonos de la futilidad y brevedad de la vida. Todo ello, con la luz difusa del anochecer en las angostas calles, se traduce en una ambiente especial, que deja lugar para la reflexión y hasta un poco para el azoramiento. Se ve uno allí, solitario, compartiendo la soledad y el silencio con los que ya no están, rodeado de muertos, que parecen avisarnos de que al final nos encontraremos otra vez con ellos en alguna parte, alejados definitivamente del ruido del mundo.

(continuará)




2 de febrero de 2017

In memóriam: Bernardo Cano Hueso (2 de 2)

        En el fondo, no sé mucho más de la vida del Bernardo real; yo hablo y requiero al de mis tiempos de Úbeda, al dependiente de mercería, a la persona que, por ser unos años mayor, me enseñó cosas que, viniendo de él, no podían ser sino buenas. A la persona que fue capaz de conservar una carta mía durante más de cincuenta años, para devolvérmela después. Ocurre, eso sí, que ha arrastrado tras de sí a gentes de mi niñez, que también tengo presentes en mi memoria. El mundo estaba poblado en aquel tiempo por seres grandiosos, exquisitos y benéficos. Algunos eran tan próximos, que romperé mis normas y mencionaré sus nombres. Lo hago desde el cariño y la nostalgia, desde el desconsuelo de saber que a muchos no los podré ver nunca más, porque ya no existen. La muerte de Bernardo me ha hecho rememorar a gentes que quedaron atadas a mi vida y estarán conmigo mientras me quede aliento: Francisco Delgado, Luis Monforte, varios hermanos Palacín, los hermanos Ortiz, Antonio Gutiérrez, el que poco tiempo después sería llamado por todos cariñosamente el Viejo. Gentes que en vida quizá no imaginaban que yo, después de tantos años fuera, pudiera acordarme de ellas. Y a su conjuro renació un mundo de ‘sabatinas’ en iglesias frías y oscuras; de oraciones, cánticos, murmullos y risillas infantiles. Y alguna mirada a la bancada de al lado, porque nos sentábamos los chicos en un lateral de la iglesia y las chicas en el otro. De promesas a los santos o a la Virgen, que atañían a los pecados más arraigados, seguramente inocentes y nada terribles: Eso que me cuesta tanto y que te prometo para mañana, rezábamos. Y pensábamos en ese pecadillo que era el más difícil de vencer, cada uno en el suyo.
Y me veo de nuevo en la iglesia San Isidoro. Y también en la de la Santísima Trinidad, donde cruzando el coro se llegaba a la sede de Acción Católica. En el claustro del convento adyacente, treinta años antes, mi padre había estudiado, hasta que los Escolapios se marcharon de Úbeda, en el 1920. Habían estado en la ciudad desde 1861 y se fueron porque no hubo dinero para pagar las inaplazables obras que necesitaba el convento y la escuela. Hace poco quise esclarecer hasta dónde había llegado mi padre en sus estudios. Conocí así a don Valeriano, archivero de la orden, con bastantes más años que yo —cuando le dije mi edad, me dijo, ¡bah, eres un chaval!—, pero activo como un veinteañero. Gracias a su extrema amabilidad pude hojear, en la calma casi monacal de la residencia que tienen estos Padres en la calle Gaztambide, las actas del convento de Úbeda, de los primeros años del siglo XX, en las que se reflejan las actividades docentes y otras, redactadas todavía en latín. Lamentablemente no había detalles sobre los alumnos de entonces o sus currículos estudiantiles.
Cómo han podido cambiar tanto las cosas. Ahora voy a Úbeda y casi no conozco a nadie, ni nadie me conoce a mí. Ya sé que es lo normal, pero no deja de ser perturbador y casi increíble. En un relato mío, Semana Santa en Úbeda, cuento de un personaje: Germán intentó verlo todo de nuevo con ojos de niño, predispuesto al misterio y al milagro. Le llamó la atención la escasez de rostros conocidos entre aquella muchedumbre bulliciosa y cambiante. Dios mío, casi no conozco ya a nadie, se dijo, para añadirse después que, al fin y al cabo, era lo lógico. Hacía muchísimos años que no vivía allí y la mayoría de los participantes en la procesión, era gente joven; también los espectadores. Y de los mayores, seguramente a muchos no los había conocido jamás y otros habrían cambiado tanto como él mismo, hasta hacerse mutuamente irreconocibles. Quizá incluso algunos sí eran capaces de identificarlo, pero no se atrevían a saludarlo, por alguna de las innumerables variantes de la timidez”.
Ese era el relato, y el sentir de Germán coincide exactamente con lo que yo mismo siento. Todo lo que era amable, íntimo y abierto se ha tornado indiferente y casi desconocido. Incluso he tenido alguna experiencia desagradable e incomprensible, al tratar de contactar con algunas de estas gentes más modernas. Quizá también es culpa mía, que he buscado refugiarme en mis recuerdos, tan importantes, tan decisivos en la vida de los seres humanos. Un notable ensayista español, gallego de nación, Vicente Risco, que en enero de 1935 hizo un llamamiento desde el Heraldo de Galicia “para reconquistar Galicia para Dios”, escribió: Se Platon dixo que saber é lembrar, eu digo mais: vivir é lembrar (Si Platón dijo que saber era recordar, yo digo más: vivir es recordar). Estoy muy de acuerdo. Los franceses dicen que son las raíces las que diferencian un árbol de un poste; los recuerdos son nuestras raíces.
          Pensaba hablar sólo de mi relación personal con Bernardo, muy circunscrita a una cierta época y de una intimidad relativa; al fin y al cabo, yo era poco más que un niño y él era ya un adulto. Pero querría terminar con unas pocas palabras sobre sus empeños literarios. Bernardo era persona sencilla y discreta y no se prodigó mucho en la publicación de sus escritos; sólo ocasionalmente en revistas de ámbito local ubetense. Lo poco que he leído de él me ha parecido suficientemente digno. En un artículo suyo, algo simbolista y mistérico, críptico y bello, aparecido en una de estas revistas y de título Mi amigo el loco, habla de alejarse de un pueblo, de una marcha hacia el Norte, del propósito de “poner púlpitos en los veladores de los bares”. Me parece entrever cierta metaforismo autobiográfico. Menciona “los trillones de hombres que callaron la palabra que le aleteaba en el corazón”. Yo no he querido ser uno de esos hombres y he sacado palabras que guardé desde siempre en mi interior más íntimo para que se oreen hoy al sol. Se las debía a Bernardo y también querría que llegaran hasta las gentes de entonces, las que nos conocieron a los dos. A él se las debía por muchos motivos, no sólo por el insólito hecho de haber guardado una carta mía durante más de medio siglo.

In memóriam: Bernardo Cano Hueso (1 de 2)


Queridos lectores, hace sólo dos semanas de mi última entrada y ya veis que estoy aquí de nuevo, por diversas razones. Una es porque algunos de vosotros me habéis enviado cariñosos mensajes que me hacen pensar que quizá mi blog logró algo de lo que yo pretendía. En inglés, alguien, que lee español con cierta dificultad, me escribe: it is with a certain sadness that I read your latest entry of your blog. On those times that I did  manage to read some of your eclectic subjects, invariably, I found them interesting and informative... (Con cierta tristeza leo la última entrada de tu blog. Siempre que pude leer algunos de tus eclécticos temas, invariablemente los encontré interesantes e informativos...). Otro mensaje, en español: la despedida que haces en tu blog me deja un tanto huérfano, aunque tengo la esperanza de que la cosa sea transitoria y que tu amor por la palabra y por contar cosas se imponga al cansancio momentáneo que pareces padecer. Tú necesitas escribir y nosotros necesitamos leerte, es una dependencia enriquecedora y amable… Este último viene de un querido amigo de la niñez, Fernando Hueso, desde Jerez.
Otra razón por la que abandono parcialmente el  blog es porque empezaba a ser una cierta amenaza para mi incurable eleutheromanía. La palabreja no es de las más  corrientes; no la oía yo a menudo por los alrededores de la Plaza de Abastos, en donde transcurrió buena parte de mi feliz infancia ubetense. La dejo así para que la busquéis con Google y os distraigáis haciéndolo. Sí, ya sé que hay cosas más distraídas.
La tercera razón es, con mucho, la más importante: me informan del fallecimiento reciente de Bernardo Cano Hueso, un amigo que emerge con absoluta nitidez del nada nebuloso mundo de mi niñez y adolescencia. Úbeda dejó de ser mi residencia habitual a mis quince años, cuando me vine a estudiar a Madrid, y lo que voy a contar es algo tan corriente y que le pasa a todo el mundo, que no me detendré mucho en ello, pero quiero señalarlo. Recuerdo personas y hechos de entonces con una acuidad que pocas de mis vivencias posteriores tienen. Mucha gente se sorprendería de hasta qué punto quedaron prendidas en mi retina las imágenes de entonces, las gentes de entonces.
Bernardo era de familia humilde, como yo. Trabajaba de dependiente en una mercería situada en lo alto de la calle Real. Yo iba por allí a menudo para verle. Éramos los dos de Acción Católica —numerario él, aspirante yo— y hablábamos del mar y los peces. La cháchara se interrumpía cuando llegaba una clienta, una ‘parroquiana’, y para mí era un placer ver cómo Bernardo la atendía, la asesoraba, la envolvía con su labia y le despachaba lo que quería y puede que hasta lo que no quería. Era divertido asistir a aquellas sencillas transacciones comerciales, que terminaban invariablemente en algún descuento. Todo el mundo quedaba contento, todo el mundo feliz. Qué fácil era todo.
Bernardo era entonces, y me consta que siguió siéndolo toda su vida, hombre de sólidas convicciones cristianas. Tenía unos ocho años más que yo y nos pastoreaba a los aspirantes. Era abordable, a pesar de ser mayor, era vivo, era listo. Era mucho más que eso: era inteligente. Lo era tan obviamente que un buen día alguien con cierta capacidad empresarial se dio cuenta y se lo trajo para Madrid y aquí terminó sus estudios superiores, que había empezado mientras estaba empleado. La buena gente de Úbeda, como era normal en aquel bendito tiempo, enseguida hablaron de sus éxitos en la capital. Seguramente estaban tan felices como él mismo por aquellas venturanzas.
Yo me había venido a Madrid mucho antes de todo eso. Recién llegado le escribí una carta. Era una carta preocupada, triste. Yo tenía quince años, ya lo dije, y de repente me encontré en la gran ciudad, por primera vez solo, sin mi familia, sin amigos de momento. No recordaba ya aquella carta, pero hace unos diez años, me llamaron por teléfono. Era Bernardo. Para decirme que sus hijos o sus nietos le habían regalado un ordenador y se había asomado a Internet. Estaba seguro, me dijo, de que allí encontraría algo de mí y así fue. Me anunció entonces que todavía, después de más de cincuenta años, tenía la carta que le había escrito desde Madrid y que me la enviaría.
¿Cómo se puede guardar tan celosamente, con la incesante mudanza de los tiempos, con las mil vueltas de la vida, con la familia haciéndose y los hijos viniendo, con tantas ocupaciones, con tantos problemas, la carta de un jovenzuelo? La recibí, la leí y no me reconocí en absoluto, porque se me había olvidado ese período difícil y duro de mi existencia, que fue real y bien plasmado en la carta. Hablamos más por teléfono y quise verle. Se negó. Estoy mal, no me encuentro bien —Bernardo tuvo un muy serio accidente de automóvil del que le quedaron secuelas— y no quiero que me veas así. Lo sentí, pero lo entendí, porque yo reaccionaré así, si alguna vez me golpea la vida tan ferozmente como sé que puede hacerlo. Poco después, en una Feria del Libro madrileña, en la caseta en que firmaba mis obras, vinieron dos de sus hijas, pero él no vino. Quizá llevaba razón. Así la imagen que tengo de él, indeleble, es la de aquella tienda de la calle Real, perteneciente a una familia a la que también recuerdo bien.
Me apetecía colar, meter a Bernardo en una obra mía, en mi novela corta Desaparición en el túnel, cuya acción ocurre en Úbeda, y lo hice. Aparece allí un Bernardo ‘cabrero’,ejemplo viviente de honestidad a toda prueba; su formalidad, su decoro, su honradez y su diligencia eran alabadas por todos. Casi cada año, traía un nuevo hijo al mundo y se las apañaba para aumentar también en dos o tres nuevas cabras el rebaño. Cada niño mío trae sus cabras bajo el brazo, Dios provee siempre, decía orgulloso. Era laborioso y cumplidor y jamás dejó de hacer una cosa que fuera un poco urgente, posponiéndola para el día siguiente. Vivía de la manera más sencilla, sin faltar nunca ni a su trabajo ni a las obligaciones religiosas que se imponía y que eran algo más de las normales para un feligrés de a pie.

Nota: Véase la entrada siguiente. No quiero interrumpir estas páginas ni hacer una entrada de tamaño excesivo, inacostumbrado. Por ello, he hecho dos entradas, pero las publico juntas, el mismo día, para que se puedan leer sin solución de continuidad.

17 de enero de 2017

Adiós, ma non troppo


Amigos lectores, yo sé que no todos habréis tenido el tiempo y la paciencia de leer regularmente mis entradas; eso lo entiendo. Pero el hecho de publicarlas, sabiendo que unos pocos de mis amigos las esperaban y las encontraban distraídas, me compensaba el muy razonable esfuerzo de escribirlas. Hay miles de escritores en busca desesperada de lector, pero creo que no soy de los más contumaces.
Esta es una carta de despedida, de adiós. En la literatura y también en la historia hay muchos adioses y partidas. Como el discurso de despedida de Hattusilis I, el rey hitita del siglo XVII a. de C., exhortando a su pueblo a la virtud y la moderación.  Como el adiós y bendición de Moisés a los hijos de Israel (Deuteronomio, 33, 1-29), antes de que estos entraran  en la tierra de Canaán, tierra que Moisés pudo ver pero no hollar con su pie, porque Yahvéh, desde la cumbre del Pisga, frente a Jericó, se la había mostrado y le había dicho: Esta es la tierra que bajo juramento prometí... Te la dejo ver con tus ojos, pero no pasarás a ella (Deuteronomio, 34, 1-4). En cambio, le había permitido vivir ciento veinte años. Muchos de los dioses de los que tengo noticia fueron caprichosos.
Quizá el más popular de los Leader de Goethe lleva por título Willkommen und Abschied (Bienvenida y adiós). Simone de Beauvoir escribió La ceremonia de los adioses, en 1981. El pobre José Rizal escribió en la víspera de su ejecución el estremecedor Último adiós. Está el Adiós a las armas, de Hemingway. El Adiós al mar, del cubano Reinaldo Arenas, que se suicidó, enfermo de sida. Goodbye, Mr. Chips, es del novelista inglés James Hilton —el creador del utópico Shangri-La—, que fue llevada al cine. La novela Goodbye, de William Sansom; el Adiós a María, del polaco Tadeusz Borowski. Raymond Chandler, el creador del detective privado Philip Marlowe, escribió The long goodbye. Hace ya casi un siglo que el portugués Antonio Nobre escribió Despedidas. Milán Kundera escribió, en checo, lo que se tradujo al inglés como Farewell Waltz. Philip Roth escribió Goodbye, Columbus, en 1959. Adiós al nido del pájaro es de un novelista finlandés, Joel Lehtonen, que la escribió en 1934, un poco antes de suicidarse.
Leif Panduro, danés, escribió Adiós, Tomás, y Sarah Millin, la novelista sudafricana, publicó Adiós, querida Inglaterra. El novelista japonés  Dazai Osamu dejó sin terminar, porque se suicidó, la novela titulada escuetamente Adiós. Kathleen Raine escribió Adiós, campos felices. Y Christopher Isherwood fue el autor de Adiós a Berlín. Otro dramaturgo, director y actor, el sudafricano Athol Fugard, escribió algo casi con el mismo título que Goethe, Hello and Goodbye. Por no hablar del Adiós, cordera; del Adiós, de Luis de Castresana; del Adios ríos, adios montes, de Rosalía de Castro. Hay una revista bimestral, editada en Brooklyn, que se llama precisamente Goodbye, en donde se recogen con exquisito cuidado las crónicas de los fallecidos recientes.
Dejo para el final a Jean Bodel, un juglar y dramaturgo francés de finales del XII, que quería ir a la Cuarta Cruzada y no pudo, porque enfermó de lepra y murió en un lazareto. Escribió Les congés (Las despedidas), en 1202. Y también al famoso escritor judío de principios del XII, Jehudah ben Shemuel ha-Levi, que trabajó de médico en Toledo. Escribió una colección de poemas alabando a Sión, y el Sefer ha-Kuzari, cuyo epílogo es una larga despedida de España.
Porque, en efecto, al final de su vida, Jehudah ha-Levi sintió la necesidad de marchar a Jerusalén. Partió de España en 1140 y el tres de mayo de ese año llegó a Alejandría y después a El Cairo. Jamás pudo arribar a Sión; murió al año siguiente, en Egipto. La leyenda, sin embargo, dice que sí llegó y que fue asesinado allí por un musulmán, cuando recitaba sus sentidos cantos a Jerusalén. Quizá algunos recordéis que dicha leyenda fue recogida, entre otros, por el poeta alemán Heinrich Heine, en 1851. Como tantas veces, no se sabe qué es más triste, si la realidad o la leyenda. Bueno, es bello morir cantando. Sí, pero desolador percibir que se muere por la mano de otro.
Dejadme que os cuente otra historia tangencialmente relacionada, extraña, tal vez inexplicable. El poeta provenzal Jaufré Rudel se enamoró tan perdidamente de la princesa siria de Trípoli —y sólo por las alabanzas que de ella habían hecho otros poetas—que se metió a cruzado, atravesó la mar y murió al contemplarla. Moisés no llegó; Jehudah ha-Levi, tampoco. Rudel alcanzó a ver lo deseado y cayó fulminado por su belleza. El mundo está lleno de historias tristes.
En fin, adiós, ma non troppo, porque seguiré por aquí. Queridos lectores, que viváis los años de Moisés, por lo menos. Y que lleguéis siempre a las tierras que ya amáis  o a las que podáis amar todavía.

13 de enero de 2017

Quizá un blog no deba ser eterno


Amigos lectores, he dejado entender más de una vez que todo cansa y eso incluye también a mi blog, aunque lo haya seguido escribiendo; los seres humanos somos así, inconstantes y erráticos, unos más que otros. En cualquier caso, para que no se me puedan aplicar gratuitamente las palabras de un coro de Los claveles, la zarzuela del maestro Serrano —dice que se va, dice que se va, dice que se va y vuelve—, querría desvelar algunos planes inmediatos.
No es que yo piense que exista una gran preocupación entre mis lectores por algo tan sin sustancia como si continúo o no con este cuaderno de bitácora. Pero tengo un especial agradecimiento y respeto por los que me han seguido estos años y me parece oportuno contarles lo que pienso hacer. El blog ha crecido demasiado y hay un solo responsable, que soy yo. Son ya casi mil páginas, calculando por el número de palabras que me indica el procesador de textos Word y la extensión de algún libro mío. Empiezo a no saber ya lo que he escrito hasta ahora, aunque puedo indagar en los índices para orientarme. Aun así, no creo que esto deba ser eterno, sobre todo siendo materia tan prescindible. Todo esto se entiende fácilmente.
No obstante, sería improcedente cortarlo definitivamente y para siempre. Tengo textos ya escritos, que no he podido publicar hasta ahora, porque otros los iban postergando. Desde mayo, cuando visité Batuecas, una muy bella y desconocida región de España, escribí unas páginas que me gustaría incorporar al blog. Desgraciadamente son unas cuantas y lo habré de hacer en varias entradas, como otras veces. Fue un trabajo al que dediqué algún tiempo y que, aunque sea algo largo, recoge y resume con alguna fidelidad lo leído en otros trabajos, muchos más extensos todavía.
También es probable que comente en alguna ocasión la inquietante actualidad política de nuestro país. Me consta que otra mucha gente lo hará mejor que yo, pero es difícil sustraerse al deseo, casi la necesidad, de expresar lo que uno piensa respecto a asuntos que nos afectan tan de lleno como los de naturaleza política. Estamos realmente en una situación nueva —sin exagerar, que ya se sabe que nihil novum sub sole— y bastante incomprensible. Incomprensible, porque no puedo entender que gentes tan sin preparación se arroguen el papel de descubridores infalibles de los remedios que necesita nuestro país. Para los mayores, que hemos conocidos otros ambientes y otras personas —no todas brillantes y, desde luego, no todas honestas—, a pesar de todo resulta inexplicable esa congregación de políticos nuevos tan extremadamente torpes. Pudieron tener un gobierno con sus hechuras y desperdiciaron clamorosamente la ocasión. Nadie se acusa de eso, pero sí piden perdón por cosas mucho más banales.
Quiero, pues, despedirme y lo haré más cumplidamente en mi próxima entrada. No es una despedida definitiva y espero que nos encontremos todavía de vez en cuando, en las páginas de este blog. Pero hay que domeñar a esta especie de Hidra de Lerna, la que Hércules mató en el segundo de sus doce trabajos, capaz de renovar y multiplicar incansablemente sus cabezas. Por cierto, leo en un escritor francés antiguo que hubo un decimotercer trabajo de Hércules, más difícil que los otros doce juntos. Cito textualmente: Avoir changé cinquante filles en femmes en une seule nuit (convertir cincuenta niñas en mujeres en una sola noche). Verdaderamente.
Quedará siempre lo ya escrito, con índices actualizados para la fácil búsqueda de los temas, e iré añadiendo alguna cosa tal cual vez. Más tarde, ya veremos. Quizá ahonde un poco más en vivencias y recuerdos personales, algunos esclarecedores de la sociedad en que he vivido. Nada parecido a unas memorias, que nunca he pensado en redactar. De hecho, he escrito pocas cosas personales en mi blog.
Todo lo mejor, queridos lectores. Hasta pronto, cuando me despida un poco más literariamente de vosotros. Hasta siempre.