14 de diciembre de 2013

Frases felices


Ya escribí que hay artistas no profesionales muy capaces de realizar obra artística. Añado ahora mi convicción de que, en ciertos casos, creaciones de amateurs, de diletantes, breves y esporádicas, merecerían, sin más, formar parte de la historia universal del arte. Debería bastar un solo poema, un solo verso especialmente logrado, para pasar a la posteridad. Estos trabajos ayudan, además, a conocer mejor a sus autores. Ganivet dijo que “nada es más difícil que conocer a un hombre viéndole trabajar en su oficio; hay que estudiarle en sus ratos de ocio”.

En relación con la reciente doble pregunta que se está planteando hacer a los catalanes, leo en alguna parte que alguien propone el siguiente doblete: “¿Quiere usted que Cataluña sea Estado independiente? En caso afirmativo, ¿quiere que sea un continente?”. Creo que es muy agudo. Y pienso que muchos de los que contestaran afirmativamente la primera pregunta, no querrían que Cataluña fuera un continente.

He vivido algunos años en un país grande y poderoso, al que se referían sus ciudadanos como this great country of ours, este gran país nuestro. He vivido también en un país pequeño, tan próspero o más que el otro en lo material, en el que a menudo oía a sus gentes hablar de notre petit pays, nuestro pequeño país. Creo que la percepción que tienen los ciudadanos de su patria influye en su ánimo, en su idiosincrasia, en su manera de ser en el mundo. Los pueblos pequeños tienen el alma pequeña. Quizá muchos catalanes preferirían un país reducido, pacífico, neutral, laborioso, sin ejército (sin gastos militares), tolerante (sin excesivas intromisiones fiscales), mirífico, habitado sólo por ciudadanos pudientes y despreocupados. Un buen país para hacer negocios, para concentrarse en lo que de verdad importa en la vida. Que me perdonen si me equivoco.

En un relato de Borges, El hombre en el umbral, se revela que la India es más grande que el mundo. El señor Mas ha estado recientemente allí y podría haberse traído el secreto para aplicarlo a Cataluña. Quizá se encontró con aquellos hombres del mismo cuento que, al saber que la reina iba a mandar un juez para hacer cumplir la ley en el país, se alegraron, porque “sintieron que la ley es mejor que el desorden”. O tal vez se topó con aquel otro que, ante la búsqueda de uno de esos cuatro hombres rectos que apuntalan el mundo en cada generación, discurrió que “si el destino nos veda los sabios, hay que buscar a los insensatos”. Cuando se viaja se aprende mucho, ¿a qué consejos habrá atendido el señor Mas en su largo viaje?

Estas reflexiones nacen de la doble pregunta que se propone más arriba, que me parece oportuna, es una muestra de eso que los franceses llaman esprit y debería incluirse en cualquier historia universal del humor. Como, por citar otro caso, aquella ocurrencia de Edwin Mirvish, el judío fundador de la popular tienda Honest Ed’s de Toronto, en 1948, un almacén muy barato y conocidísimo allí. El bueno de Ed estaba casi siempre en el local, hasta su muerte con noventa y tres años (ver Internet para conocerlo). Era uno de los personajes más famosos de la ciudad. Dijo a un periodista que quería ser incinerado y que con sus cenizas hicieran un reloj, como los de arena, de manera que todo el mundo dijera al verlo: Mira, es el viejo Ed que no se está quieto ni un momento. Original, ¿no? Nunca olvidé esta ocurrente idea suya.

Es que hay anécdotas geniales. En una entrevista, cuenta Borges que estaba con el escritor Macedonio Fernández —amigo íntimo, inteligentísimo, que lo impresionó más que ningún otro, según confesó—, oyendo tangos, y le preguntó: ¿Por qué no nos suicidamos para acabar con esta música? El entrevistador replicó: Pero no se suicidaron. A lo que respondió Borges, displicente: No sé si nos suicidamos... no me acuerdo.

¡Cuánta gente interesante, curiosa! A veces me imagino un Cielo con Borges contando historias. Me veo en un gran corro, rodeando mis piernas con mis brazos, y las alas bien plegadas a mi espalda, oyéndole. Si yo supiera que el Cielo va a ser así, trataría de ser bueno.

13 de diciembre de 2013

Sobre el razonar


Hace casi cien años, Pavlov condicionaba perros en su laboratorio exponiéndolos a diversos estímulos. Cuando el animal era incapaz de identificar el tipo de estímulo —y  por tanto no sabía qué patrón de conducta seguir— entraba en un estado de agitación, gañendo, ladrando y mordiendo. ¿Te suena lo del verbo gañir?

En los años siguientes se realizaron experimentos análogos en otros animales: ovejas, gatos, cerdos o chimpancés; algunos de Liddell y Bayne son del año 1927. Al animal se le muestra, por ejemplo, una elipse y se le condiciona para que ejecute una acción determinada; se le muestra también una circunferencia, para que realice otra diferente. Si la elipse se va haciendo cada vez menos excéntrica (i. e., se va pareciendo a una circunferencia), llega un momento en que el animal ya no es capaz de catalogar el estímulo y empieza a comportarse extrañamente, como en los casos de Pavlov. A este trastorno, algunos lo han llamado, con más o menos acierto, neurosis experimental.

Ahora imagínate, lector, un campo de futbol con cien mil espectadores adultos, escogidos al azar y que no son partidarios de los equipos que juegan. Los jugadores simulan un penalti clarísimo, indudable —en ciertos experimentos de psicología hay actores encargados de tales fingimientos—. Todos los espectadores ven el penalti. En otro momento, un delantero, sin que lo toque nadie, se tira al suelo, claramente. Todos los espectadores ven que no hay penalti. Por último, los jugadores simulan una falta verdaderamente dudosa, imposible de clasificar con absoluta certeza. En este caso ideal, es probable que el 50 % de los espectadores vea un penalti y el otro 50 %, no. Unos y otros estarán distribuidos al azar en las gradas del estadio.

Ahora imagina, lector, el mismo estadio, en un partido real, con cincuenta mil forofos del Madrid y otros cincuenta mil del Barça. Hay un penalti dudoso a un jugador del Madrid: los madridistas, todos, ven claramente el penalti, sin duda alguna; los del Barça no. Si el objeto de la falta es un jugador del Barça, ocurre exactamente al revés. Aquí, al contrario de los experimentos animales mencionados, no hay problemas en la identificación del estímulo, ni se altera ninguna pauta conductual. Los espectadores están convencidos de la rectitud y certeza de su apreciación.

La explicación no es muy complicada. En estos espectadores, a la hora de juzgar, entran en acción circuitos cerebrales, estructuras nerviosas, que impiden la apreciación justa e imparcial de la jugada. Se activan zonas del cerebro que nos hacen ver la total certidumbre de nuestro juicio; son las mismas que garantizan la verdad absoluta de la proposición dos más dos igual a cuatro. Este comportamiento cerebral se puede evidenciar hoy día con diversas técnicas exploratorias: potenciales evocados, PET, electrodos o chemitrodes implantados, etc. Ya lo había visto perfectamente Francis Bacon, al doblar el siglo XVI, con sus idola y otros filósofos anteriores. Hago notar que el espectador no es consciente de esa incapacidad suya para juzgar rectamente.

Estos comportamientos equivocados se dan no sólo en los campos de fútbol, sino en muchas otras actividades sociales. En las elecciones, en la política, las pasiones, los prejuicios, los intereses, los engaños más o menos fomentados o consentidos, nos llevan a veces a la imposibilidad de ver claro, de entender las situaciones y los fenómenos. Cuando esos condicionamientos son adquiridos en la infancia resultan prácticamente indestructibles. La razón se embota, la capacidad de discernir se pierde, la razón ‘se toma vacaciones’, como escribía yo en una entrada anterior. Es algo que conocen muy bien los educadores y embaucadores de todos los pelajes. Quizá a alguien le conviene todo eso. Hay que preguntarse siempre: Cui bono, cui prodest.

11 de diciembre de 2013

Catalanes


Han pasado casi veinte años y lo veo todavía allí, de pie, claramente derrotado. Estaba yo en Barcelona, con un compañero de profesión, sentados en el exterior de un bar, en una amplia plaza, cuyo nombre no recuerdo. El camarero estaba frente a nosotros. Debía de tener más de sesenta años; mal llevados, eso se notaba enseguida. Piel curtida y atezada, cara de pobre, con su chaqueta blanca, gastada. Parecía un poco ausente, seguramente era alguien de nuestro Sur. Era el atardecer y hacía aún calor.

No lo puedo evitar. Cuando veo a alguien realizar alguno de los infinitos trabajos duros y mal pagados —repartidores enloquecidos por el tráfico, inverosímilmente aparcados, acarreando los bultos ellos mismos—, si la persona es joven, pienso que quizá la vida pueda cambiar para él, que con suerte podría encontrar una ocupación mejor. Cuando es mayor, me digo: a ese la desgracia lo cogió bien cogido, lo enganchó para siempre y así terminará sus días. Y ya sé, lector, que hay cosas peores; hablo de lo que veo más a menudo.

         Me entristece pensarlo y surge casi siempre la misma pregunta: ¿Qué oportunidades tuvo este? ¿Qué hizo mal? Leo una cita de San Bernardo, cuya autenticidad no garantizo: “Yo soy la causa de mi desdicha”. Pues, lo dijera quien lo dijera, en eso se equivocaba. O, para ser más cautos, quizá era aplicable a él, en algún momento, pero no universalmente, a todos los mortales.

Mi amigo le habló en catalán y pidió lo que fuera. El camarero preguntó algo pertinente, en castellano, y obtenida la información se retiró. Cuando quedamos solos, mi amigo dio un fuerte golpe en la mesa, lleno de ira, lo que me sorprendió muchísimo, porque no acertaba a entender la causa. Si le hablo en catalán, me tiene que contestar en catalán, me explicó enseguida.

Pero este pobre hombre no es de aquí, quizá no lo hable bien, le respondí. Y sabe de sobra que tú entiendes perfectamente su lengua, la que él habla normalmente. Y ha sido correcto y preguntó algo sólo para servirnos mejor. Fue inútil, comprendí que era imposible razonar con él de este asunto. Mi opinión sobre este amigo quedó dañada para siempre, aunque todo ocurrió con el camarero ausente. Si el camarero hubiera estado allí, me habría despedido y no lo habría visto más en mi vida.

Otra visita a Barcelona. Al salir de la estación de Sants,  me dirijo a un taxi y un segundo después alguien cuya cara me suena se dirige al mismo coche. Era Carlos Sobera, un presentador de televisión. La llegada fue casi simultánea. El taxista dudó un momento, pero me tomó a mí, porque había llegado un poco antes. Luego me explicó que su hijo hacía cosas para la tele y estaba empezando. Era obvio que hubiera preferido coger al otro viajero, pero no lo hizo. Era catalán, fue serio, fiable y educado. Si eso me hubiera ocurrido en mi Madrid, el taxi hubiera sido para el Sr. Sobera, como hay Dios; eso lo saben hasta en el Polo. "Ya se apañará con otro; hay muchos taxis, ¿no?", habría pensado el taxista.

Este blog está para hablar de otras cosas. Ocurre que, desgraciadamente, hay problemas serios y acuciantes. Cuando veo en la tele discusiones sobre el tema con algún soberanista catalán, noto inmediatamente cómo la razón se toma vacaciones. Se entra en reductos del pensamiento impermeables al raciocinio. En cierto sentido, todo lo que no tiene una urdimbre racional es un capricho. El nacionalismo es un capricho más, de pocos o de muchos. Es de los más terribles, extremadamente peligroso y mortífero.

Nota: los dos hechos que relato son rigurosamente ciertos. Hay muchos más.

9 de diciembre de 2013

Piazza Grande, de Lucio Dalla


En mi entrada anterior te remitía, lector, a una muy bella canción de Domenico Modugno, Vecchio frak. En su letra se habla algo de sueños y no necesitaba yo más pretextos para mostrártela. Ahora, para terminar este corto ciclo musical, te voy a llevar hasta otra canción italiana, pero esta vez es algo distinto: se trata de una canción que cito en mi novela Las increíbles vidas de Roberto Milfuegos. Y no es una cita circunstancial, sino que allí explico que los sentimientos —la ‘filosofía’— de la canción coincidían con los sentires de uno de los personajes centrales de mi obra, el doctor Ordóñez.

La canción se llama Piazza Grande y el autor es Lucio Dalla, el mismo de la conocidísima Caruso, cantada, entre otros, por el mismo Pavarotti; esta es del año 1986, aquella fue presentada en el Festival de San Remo de 1972. En esa época yo vivía en Italia y te contaré algo de mi vida de entonces, tal como el doctor Ordóñez lo cuenta a una buena amiga suya, Marta. Copio de la novela, con alguna modificación:

“Tampoco podré olvidar jamás mis casi diarias escapadas gatunas, para hacer algo que me tenían prohibidísimo, desde el Rector hasta el último de los criados del colegio en el que vivía, pero que jamás dejé de hacer cuando me venía el deseo, invencible: subirme al tejado de nuestra capilla, por una escalerilla perdida y casi secreta que nacía en una alejada habitación del último piso, para contemplar el sol ponentisco, herido y sangrante, incendiando los palacios y murallas de aquella querida Bolonia. Aparte de la belleza casi insoportable, estaba el hecho tentador de que unos cinco siglos antes, en aquel mismísimo lugar, sobre el campanario exactamente, el día catorce de julio de 1468, a las nueve de la noche, en medio de una horrible tempestad, se apareció el demonio. Quién sabe, pensaba, si con un poco de insistencia no me sería dada, también a mí, la fortuna de que se presentara otra vez el diablo y pudiera yo conocerle tan de cerca. Me pasaba a veces horas enteras observando la rotación puntual de las constelaciones, el orto y el ocaso de los astros y tenía la impresión de que el universo y yo andábamos a la par y habría de ser así siempre. Esa idea me confería una confusa conciencia de eternidad.

Nunca ha habido desde entonces atardeceres iguales. Cuando llegas a convencerte de algo así, en cualquier ámbito de la vida, también te ataca una inevitable tristeza. Muy soportable, porque es una tristeza muy dulce, que ofrece todavía, oscuramente, la posibilidad incierta de la repetición. Fíjate, Marta, que digo que ofrece la posibilidad del redescubrimiento, no la certeza. No sé si ahora las cosas serían iguales, pero sí te digo que no quiero dejar este mundo sin tratar de revivir esa experiencia.

Apareció por entonces aquel cantautor, nacido en esa misma ciudad, Lucio Dalla, que cantaba que su verdadera casa era una plaza grande, en la que se daba y se recibía el amor, en libertad. Yo me lo imaginaba, y me imaginaba a mí mismo, en esa incierta, innominada, plaza grande. Se juntaba todo: una nostalgia ya indestructible y un confuso deseo de llevar una vida anárquica, como no la he podido llevar nunca. Y surgió ese inconcreto y vago designio: quiero todavía sentarme en alguna parte, en alguna plaza de esa querida ciudad, y dejar pasar el tiempo. Sin buscar ya nada, sin ambicionar ya nada. Después de haber vivido, en la medida que me han dejado, la vida que yo quería.

Echado en la acera, Marta, sin cuidarme de nada, sin molestar a nadie, esperando allí la mano que habrá de tomarme. Sería hermoso morir libre, apurando la libertad hasta los posibles y razonables límites. Y tener suerte quizá, y disfrutar, al final, de una muerte súbita, como la que proclamaba Plinio el Viejo que era la postrera felicidad de la vida. Sí, tengo mis planes de soledad en Italia, con la muerte delicadamente al fondo.

Yo no he podido o querido olvidar; me he dedicado más bien a agavillar mis recuerdos y recrearme con ellos. Sería hermoso decir adiós al mundo en una gran plaza, al atardecer, solo, sin que nadie sufra por mí, libre y rodeado de gente libre, de gente sin jefes, sin vanos proyectos ya, sin obligaciones absurdamente impuestas, sin necesidades artificiales, conocedora al fin de lo que la vida es: Voglio morire in Piazza Grande, / tra i gatti che non han padrone, come me, / attorno a me (Quiero morir en la Plaza Grande, / con gatos que no tengan jefe / en torno a  mí)”.

Las canciones —las más corrientes, esas que escuchamos constantemente— en ocasiones están muy ligadas a nuestras vidas, a nuestros recuerdos. Es el caso de esta que te ofrezco, obra de un músico extraordinario y polifacético, que nos dejó no hace mucho, tres días antes de cumplir los sesenta y nueve años. No murió al aire libre, en alguna plaza grande; murió en un hotel de Montreux, Suiza, en donde había actuado el día anterior. Lo traicionó el corazón; lo tenía gastado y arruinado por la belleza. Se equivocó la muerte estrepitosamente. El vínculo: http://youtu.be/CZNiQJgrCq8. Creo que es la versión original, la de San Remo, de 1972.

7 de diciembre de 2013

Vecchio frak


Lector, esta entrada quiero que sea alígera, que es tiempo de descansar un poco. Pero hay que cuidar, eso sí, las palabras, escogerlas, mostrarlas quizá a alguien por primera vez; no puedo renunciar a ese afán didáctico, modesto y leve.

Hay un pequeño truco, que ya no sé si es mío o lo tomé de alguien, que me va muy bien para conseguir más libertad en mis charlas. Cuando quiero salirme un poco del guión establecido, suelo decir que jamás he permitido que el título de un discurso se interponga entre mí y el público. Bueno, es una manera quizá graciosa de decir que voy a hablar de lo que me dé la gana, aunque me salga un poco del tema previsto. La gente lo acepta bien siempre; entre otras cosas porque no tiene otro remedio.

Viene esto porque hoy, lector, quiero que oigas una canción, que a mí me encantó y me encanta. Es de 1955, de Doménico Modugno, y se llama Vecchio frak, no de las más conocidas suyas. La encuentro elegante, sobria, triste, refinada, melancólica… Pienso que hasta podría justificar su inclusión ahora, en este blog, después de varias entradas hablando de sueños, porque en la letra —que copio con alguna palabra traducida para ayudar— también se habla de un sogno mai sognato, un sueño no soñado nunca. En este mundo, cada hombre viene con unos sueños que soñar y conviene no olvidarlos, para que no se marchiten. Hay muchas cosas que no podremos hacer nunca, pero siempre podemos soñarlas. Mira cómo razonó un rey en una novela mía: “Sólo podré conseguirlo en los sueños, a través de los sueños, se dijo muy certeramente el rey, así que tendré que soñarlo. Y lo soñó, sin tregua, durante siete años, sin que fallara un solo día…” (de Las increíbles vidas de Roberto Milfuegos).

Te dejo ya el vínculo para el vídeo de Modugno: http://youtu.be/l9u2gJexQfQ. Hay varios, he escogido el que me gusta más, el más sencillo de orquestación. Que lo disfrutes. Trata de oírlo leyendo las palabras que te copio.

Vecchio frak

Domenico Modugno

È giunta (ha llegado) mezzanotte,
si spengono (se apagan) i rumori,
si spegne anche l'insegna (rótulo) di quell'ultimo caffè.
Le strade son deserte,
deserte e silenziose,
un'ultima carrozza cigolando (chirriando) se ne va.
Il fiume scorre lento,
frusciando (sonando) sotto i ponti;
la luna splende in cielo,
dorme tutta la città.
Solo va un uomo in frak.

Ha il cilindro (sombrero hongo) per cappello (sombrero),
due diamanti per gemelli,
un bastone di cristallo,
la gardenia nell'occhiello (ojal)
e sul candido gilè,
un papillon (una pajarita), un papillon di seta blu.

S'avvicina lentamente
con incedere (marcha) elegante,
ha l'aspetto trasognato,
malinconico ed assente,
non si sa da dove vien,
ne dove va;
chi mai sarà,
quell'uomo in frak.

Bon nuit, bon nuit, bon nuit, bon nuit.
Buona notte
va dicendo ad ogni cosa,
ai fanali (farolas) illuminati,
ad un gatto innamorato
che randagio (vagabundo) se ne va.

È giunta ormai l'aurora,
si spengono i fanali,
si sveglia (despierta) a poco a poco tutta quanta la città;
la luna si è incantata,
sorpresa e impallidita,
pian piano scolorandosi nel cielo sparirà (desaparecerá).

Sbadiglia (bosteza) una finestra
sul fiume silenzioso
e nella luce bianca galleggiando (flotando) se ne van:
un cilindro, un fiore e un frak.

Galleggiando dolcemente,
lasciandosi cullare (dejándose acunar)
se ne scende lentamente
sotto i ponti verso il mare,
verso il mare se ne va;
chi mai sarà,
chi mai sarà quell'uomo in frak.

Adieu, adieu, adieu, adieu, addio al mondo.
Ai ricordi del passato,
ad un sogno mai sognato,
ad un attimo (instante) d'amore,
che mai più ritornerà.

6 de diciembre de 2013

La magia de los números


Querría terminar lo que podría considerarse mi ‘rodaje’ con este blog. Ya he abordado algunos de los temas que me interesan; me falta decir algo sobre otro campo que me atrae a menudo: los números. Esta entrada cumple esa misión.

La proyección de la magia en los números es universal y antiquísima. Pondré un ejemplo muy actual. En la Sagrada Familia de Barcelona, quizá la última catedral construida en Occidente, el escultor José María Subirachs esculpió los grupos escultóricos de la llamada Fachada de la Pasión. En la escena del beso de Judas, se puede observar un escudo tallado en piedra con dieciséis cuarteles, ocupados todos por números. En un folleto sobre esta fachada, que consta de 32 páginas, cinco están dedicadas a mostrar gráficamente, una por una, las 88 posibilidades de que estos números del escudo, en grupos de cuatro, sumen —en vertical, horizontal, diagonalmente, o de alguna otra manera— la misma cifra, exactamente 33, que se supone que fue la edad a la que murió Cristo. Frente a la belleza y fuerza, inquietantes y telúricas, de las figuras de Subirachs, el que una buena parte del folleto esté dedicada a esta buscada curiosidad numérica es un índice de la fascinación que ejercen estas elucubraciones, que en este caso se enlaza con el ambiente misterioso que ha rodeado siempre la construcción de las grandes catedrales de los tiempos pasados.

Estos ‘criptogramas’ numéricos son de muy antigua tradición. En un libro del jesuita alemán del siglo XVII, Atanasio Kircher, hombre preocupado por los más dispares saberes, ya aparecen y se dice que fueron ideados por los “sabios antiguos”, sin mayores precisiones. El correspondiente al cuadrado con 16 números (4x4) —todos ellos correlativos, como tiene que ser—, es llamado Sello de Júpiter y en él los números repiten, en las diferentes direcciones, la misma suma, que es 34.

En el escudo que se muestra de la Sagrada Familia, para que los números sumen 33, se ha alterado la continuidad numérica; como se ve, se han repetido los números 10 y 14, y faltan el 12 y el 16. Todo ello para lograr, ya digo, que la suma sea 33, en lugar de 34. Trabajo quizá innecesario, puesto que nadie sabe con certeza la edad a la que murió Cristo, que podía haber sido 34 o hasta alguno más.




Hay muchos juegos con números que incluyen problemas cuya solución demanda ingenio o habilidad y se han convertido en pasatiempos sociales. Existen muchos libros de “carnavales” o “festivales” matemáticos, que tratan sobre la materia. En la matemática india ya existían textos análogos, con planteamientos muchas veces de gran candor o ingenuidad, lo que no quiere decir que sean de solución fácil, sobre todo si no se recurre al empleo de ecuaciones.

No resisto la tentación de incluir un pequeño párrafo del libro de matemáticas que el sabio Bhaskara, un matemático y astrónomo indio (1114-1181), tituló con el nombre de su hija, Lilavati, para que se pueda apreciar el estilo, la delicadeza y la discreta complejidad del problema y de los cálculos para su solución. Dice así: La quinta parte de un enjambre de abejas se posó en la flor de Kadamba, la tercera parte en una flor de Silinda, el triple de la diferencia entre estos dos números voló sobre una flor de Krutaja, y una abeja quedó sola en el aire. Dime, bella niña, ¿cuál es el número de abejas que formaba el enjambre?

La exposición del problema, ¿no es deliciosa? La solución es 15; se trataba de un enjambre de 15 abejas. Pequeño, ¿verdad? Si hubieran quedado en el aire 10 abejas, con los otros datos invariables, la solución sería 150. Si hubieran quedado 100 abejas en el aire, el enjambre sería de 1500 abejas. Podemos tener enjambres de todos los tamaños que queramos.

No todos los problemas son igualmente inocentes y seráficos. Copiaré otro más atrevido, aunque desde el punto de vista matemático muy parecido. En plena lucha amorosa se rompió el collar de la muchacha. Una tercera parte de las perlas cayó al suelo, una quinta parte quedó sobre la cama, una sexta parte fue recuperada por la propia joven, mientras que una décima parte fue recogida por el amante. Sólo seis perlas quedaron todavía engarzadas en el hilo del collar, sin desprenderse. ¿Cuántas perlas tenía el collar? La solución, lector, es treinta, el collar tenía treinta perlas.

De este problema, se pueden sacar más conclusiones de cierta trascendencia. No se deben llevar los collares constantemente puestos, no todas las ocasiones son propicias a lucirlos y en ocasiones es mejor quitárselos, especialmente si son frágiles y delicados. También se puede constatar que la chica fue más hábil que el amante, o puso más interés, a la hora de recoger las perlas caídas y recogió casi el doble. El amante, en esto, anduvo un poco torpe, si se puede decir. Se me puede objetar que el amante no fue allí para eso, para recoger perlas. Incluso se puede argüir que el propio hecho de que el collar se rompiera parecería indicar que se logró una atmósfera de alta tensión emocional, que era al fin y al cabo de lo que se trataba, lo que hablaría en su favor. En contra, se podría sospechar que quizá fue un poco rudo. Pero también es verdad que hay muchos tipos de rudeza, no igualmente condenables todos. Muy complicado todo, como suele ocurrir en cuanto se mete uno en filosofías. En fin, para terminar, yo creo que las joyas hay que quitárselas, cuando llega su tiempo.

4 de diciembre de 2013

Sobre la fantasía en la ficción


A pesar de los lógicos titubeos iniciales, debe quedar claro que este en un blog con preocupaciones fundamentalmente literarias. Querría exponer en él, de la manera más sencilla, mis opiniones sobre temas de literatura, estilo, obras, escritores, etc.

En las entradas etiquetadas Cuentos y Sueños he hablado de cómo la fantasía es un componente importante del mundo de la ficción. Lo cual no quiere decir que no quepan otros enfoques más austeros y realistas en el abordaje de la creación literaria. A lo largo de la historia, la orientación realista o fantástica ha tenido diverso predicamento. Pero, incluso refiriéndonos a los trabajos más libres y ensoñadores, conviene recordar que in medio stat virtus, que la virtud está en el término medio. Frente a la imaginación desbordada cabe también recomendar la restricción, la moderación.

Me ampararé en la obra de un escritor, poco conocido en la actualidad, para abonar mis ideas al respecto. Antoine Hamilton es un escritor medio escocés, medio francés, que nació en 1645 en Escocia y siendo niño tuvo que emigrar con su familia a Francia, huyendo de la dictadura de Cromwell. Conviene recordar ahora que la primera traducción a una lengua europea de las Mil y una noches, la de Antoine Galland, es de 1704, en diez volúmenes (en 1717 aparecieron dos más).

Hubo entonces en Francia un verdadero auge de los cuentos orientales y fantásticos, que llena el principio del siglo XVIII. Como reacción frente a esa moda, y con la intención de ironizar sobre el mundo caprichoso de magias y encantamientos que se desplegaba en esas historias, en el que todo es posible y nada parece sujeto al imperio de la razón, escribió Hamilton algunos relatos, muy al final de su vida. De hecho, Hamilton murió en 1720 y sus cuentos fueron publicados sólo diez años después, en 1730, con un éxito extraordinario.

En su obra Histoire de Fleur d'épine, escribe Hamilton: Oh!, que les enchantements sont d’un grand secours pour le dénouement d’une intrigue et la fin d’un conte! (¡Oh, qué gran ayuda son los encantamientos para la solución de una intriga y el final de un cuento!). Pero su obra va mucho más allá de ese simple propósito paródico y demuestra el talento excepcional del autor, al que se le considera el iniciador del cuento libertino y satírico del siglo XVIII francés, muy imitado, por Crébillon y Voltaire, entre otros.

Tomo un fragmento curioso de Fleur d’épine. Había una princesa que, cuando miraba con sus hermosísimos ojos, causaba la muerte a los varones y dejaba ciegas a las mujeres —lector, eso no es ninguna tontería— y todo el cuento trata de la búsqueda del remedio contra esta molesta condición; molesta sobre todo para los conocidos y amigos de la princesa, víctimas involuntarias de sus miradas. La faute en est aux Dieux qui la firent si belle, / et non pas à ses yeux (la falta es de los dioses que la hicieron tan bella, / y no de sus ojos), opina Hamilton. Pues sí, puede que lleve razón, que no fuera culpa suya, que fuera de los dioses, a los que culpamos de todo tan a menudo. Pero el daño estaba ahí y era inevitable.

Me encanta la fantasía en el terreno de la ficción y trato de que esté presente en mi modesta obra. Me gusta especialmente mezclar lo real y lo imaginario, dejando al lector la tarea de desenmarañar el asunto; descubrí hace tiempo que es muy capaz de hacerlo. Busco y necesito la complicidad del lector; ese lector atento e inteligente que buscamos incansablemente todos los que escribimos.   

3 de diciembre de 2013

Más cuentos y sueños


Desde siempre me han atraído y deslumbrado las leyendas, los relatos sencillos y llenos de enjundia, de sabiduría o misterio, los sueños. Uno de los más bellos cuentos que conozco es de origen persa; viene de un poeta de entre los siglos XII y XIII, Farid ud-din Attar, farmacéutico (eso es lo que quiere decir attar), y en la tantas veces citada Antología de la literatura fantástica, de Borges et al., lleva el título de El gesto de la muerte. La versión allí es de Jean Cocteau y está quizá excesivamente abreviada. Tomo otra, un poco más larga, tal como aparece en el encabezamiento de un relato mío, Mis antiguos encuentros con la muerte. El visir se dirige a su califa:

  Esta mañana, al cruzar la plaza para venir a palacio, he
visto a la Muerte mirándome fijamente.
— ¿La Muerte?
— Sí, la Muerte. La he reconocido, toda vestida de negro
con un chal rojo. Me busca, estoy seguro. Deja que
abandone la ciudad ahora mismo. Cogeré mi mejor
caballo y escaparé. Esta misma  noche llegaré a
Samarkanda. Permite que me vaya, te lo suplico.


El califa, que sentía gran afecto por su visir, lo dejó partir.
Por la tarde, salió de su palacio disfrazado,
 como hacía a veces, y él también vio a la Muerte en la plaza y le
preguntó: ¿Por qué has asustado esta mañana a mi visir?
No le asusté —contestó la Muerte— me extrañó verle aquí,
porque tengo una cita con él, esta noche en Samarkanda.


Entiendo que es difícil resumir en menos palabras la inexorabilidad del destino, la imposibilidad de evadirlo, la impotencia de los seres humanos para esquivar su sino, aciago o venturoso. Encierra todo el pathos de una tragedia griega en unas pocas líneas aladas, llenas de gracia y, presuntamente, preñadas de sabiduría. De este mismo poeta persa, su epopeya Mantiq al-tayr (La conferencia de los pájaros), de unos cuatro mil quinientos versos, viene citada en mi reciente relato El reino de Ta.

Si te gustan estos temas, si los mezclas en tus escritos, forzosamente acabas inventando cosas parecidas. En una conferencia mía sobre El nacimiento del concepto de probabilidad —que para mí podría datarse muy probablemente en la Italia del siglo XVI, con Girolamo Cardano y Ludovico Ferrari—, en un determinado momento de mi charla me dejé llevar por una ensoñación que me transportó, a mí y a mis oyentes, a la Bolonia de esa época. Copiaré ahora el fragmento en que describo mi última entrevista con Cardano, antes de mi regreso a España:

“La última vez me regaló un bellísimo libro, impreso por el viejo Manuzio, con una  amable dedicatoria, que he guardado siempre junto a los amados elzevirios que compré en Italia. Lo encontré, en la medida en que esto era posible en él, dulce, sereno, resignado y más clarividente y agudo que nunca. Se lo hice notar, con admiración y cariño, y recuerdo que me contestó, sonriendo: “Seguramente llevaba razón Hegel cuando afirmó que la lechuza de Minerva levanta el vuelo a la hora del crepúsculo”. Me quedé muy perplejo, al principio, porque, de repente, comprendí que él no podía citar entonces a Hegel, ni yo reconocer la frase, por la sencilla razón de que Hegel había de tardar todavía en nacer algo más de doscientos años.

Y, en un momento, entendí confusamente que todo aquello era un sueño, un sueño que yo tendría que soñar después, cientos de años después, cuando viviera de verdad, cuando me tocara vivir mi vida real (es una manera de hablar, porque sabía muy bien que nunca viviría tan intensa y poderosamente como estaba viviendo entonces). Aunque también pudiera ser que lo que fuera un sueño sea esto de ahora, que yo les esté soñando, en esta melancólica tarde de invierno madrileño.

Porque, cuando dentro de poco nos separemos y nos perdamos cada uno en nuestro mundo, ¿qué quedará de todo esto? ¿Y mañana? ¿Y cuando nos hayamos olvidado de hoy? Cuando se olvida, ¿qué diferencia hay entre los olvidos? ¿Qué más da un olvido de diez años u otro de cuatrocientos? Pero, sobre todo, ¿qué diferencia hay entre la realidad y los sueños? Conozco más a Cardano que a muchos de ustedes, a pesar de estar casi exclusivamente rodeado de amigos”.

Lector, cuando se ha enfrentado uno algunas veces a distintos públicos, se nota muy bien cuando se ha sabido llegar hasta ellos. Simplemente, tratando de ser sencillo, pero cuidadoso con el lenguaje, preparando con mimo lo que se va a decir. Para mí, en el fondo, la literatura es siempre oral. Hasta cuando escribo, me gusta imaginar al lector oyéndome y próximo. Y los sueños, la fantasía, lo no trillado, lo cándidamente expuesto es fundamental para no aburrir y hasta para gustar. Aquí, en este blog, dejo estos cuentos y leyendas que he ido recogiendo en mis lecturas, porque me acompañan muy a menudo también cuando me pongo a escribir.

2 de diciembre de 2013

Senador Everett M. Dirksen


En mis entradas trato de ser breve, que no anda bien de tiempo la gente. A veces pienso luego que debería completar algo de lo dicho, atar algunos cabos sueltos. Como me ocurre ahora con el senador republicano de Illinois, Everett Dirksen, al que mencioné en Un político catalán. Dije allí que era un amante apasionado de las caléndulas, sin más. La verdad es que trató de que fuera nombrada flor nacional de los Estados Unidos, lo que no logró. Dirksen había nacido en Pekin (Pekin, Illinois) y muy poco después de su muerte, ocurrida en 1969, empezó a celebrarse allí un Festival Anual de Caléndulas en memoria suya. También la ciudad se ha otorgado el título de Capital Mundial de las Caléndulas. En más de una ocasión, el veterano senador, en medio de crispados debates políticos, rebajaba la tensión hablando a sus compañeros de esta flor singular. Todos se lo toleraban y seguramente se lo agradecían; estaba enamorado de una flor. Alfred Tennyson escribió que si pudiéramos comprender una sola flor sabríamos quiénes somos y qué es el mundo.

Su oratoria era rebuscada y florida, su voz grave y persuasiva. Era muy popular. Grabó cuatro álbumes de discursos y alocuciones sobre diversos temas y uno de ellos, Gallant men, estuvo en puestos altos de las listas de ventas y hasta ganó un Premio Grammy en 1968. Aparecía a menudo en los programas de televisión e hizo también algún cameo en alguna película. Era querido y respetado, tanto por los miembros de su partido como por los de la oposición. Murió al ser intervenido (se le practicó una lobectomía) por cáncer de pulmón, un poco después de mi vuelta a España. Ocupa un lugar destacado en mis recuerdos de aquellos años, para mí felices.

Otra puntualización. He hablado en este blog de cuentos y sueños y he copiado alguno de ellos. Naturalmente, esto lo puede hacer cualquiera con la simple intención de dar a conocer pequeñas piezas de literatura que pueden resultar nuevas para algunos lectores. Como cualquiera puede construir un blog; lo escribo yo y lo puedes hacer tú, lector. Lo único que querría apuntar es que cuentos y sueños han ocupado de siempre un lugar en mis escritos y en mis charlas.

En la próxima entrada me referiré a un cuento persa, bellísimo, que es el epígrafe, el inicio de uno de mis relatos, Mis antiguos encuentros con la Muerte. Y también a una ensoñación mía, desarrollada en la Bolonia del siglo XVI, que constituyó parte de una conferencia de hace ya unos años, sobre la formación del concepto de probabilidad. Para mí, los relatos, un género variablemente valorado a lo largo del tiempo, forman una parte sustancial e imprescindible de la historia de la literatura.

1 de diciembre de 2013

El ciervo escondido





Sigo sin saber por qué derroteros navegará este blog. No lo quería preocupado con temas de actualidad y ya me he referido a alguno de ellos, en una entrada sobre un político catalán. Claro que el problema no es nada banal y quizá ha entrado ya en esas vías de irracionalidad que privan a los humanos de la mejor parte de su cerebro.

Me gustan mucho más otros temas. Como el de los sueños en la literatura, del que también hablé, incitado por la lectura de un blog amigo. Del incierto y sutil entreverado de realidad y sueño trataba mi entrada El sueño de Pao Yu. Mucho más sencillo, y aún más inquietante, es el titulado Sueño de la mariposa, de Chuang Tzu, un filósofo chino del siglo IV a. C. Hay diversas versiones del mismo; usaré la recogida en la Antología de la literatura fantástica, de Borges et al. Es cortísimo: “Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o era una mariposa y estaba soñando que era Tzu”. Lector, hay cuentos más cortos —quizá algún día hable de ellos—, pero te aseguro que son también bastante más simples.

En la literatura, a veces los cuentos se continúan, se complementan. En mi entrada Cuentos y Sueños, contaba yo aquella historia de un hombre de El Cairo, Yakub el Magrebí, que soñaba y completaba luego su sueño con el de otro hombre en Persia. Una obra absolutamente maestra de cuentos sucesivos, enlazados, es El ciervo escondido, escrito por Liehtsé, contemporáneo de Chuang Tzu y también de la escuela taoísta. Es un juego delicioso, perturbador e inquietante de alternancias entre realidad y ensueño, que llega a confundir, que es precisamente de lo que se trata:

“Un leñador de Cheng se encontró en el campo con un ciervo asustado y lo mató. Para evitar que otros lo descubrieran, lo enterró en el bosque y lo tapó con hojas y ramas. Poco después olvidó el sitio donde lo había ocultado y creyó que todo había ocurrido en un sueño. Lo contó, como si fuera un sueño a toda la gente. Entre los oyentes hubo uno que fue a buscar al ciervo escondido y lo encontró. Lo llevó a su casa y dijo a su mujer:

—Un leñador soñó que había matado un ciervo y olvidó dónde lo había escondido y ahora yo lo he encontrado. Ese hombre sí que es un soñador.

—Tú habrás soñado que viste un leñador que había matado un ciervo. ¿Realmente crees que hubo un leñador? Pero como aquí está el ciervo, tu sueño debe de ser verdadero —dijo la mujer.

—Aun suponiendo que encontrara al ciervo por un sueño —contestó el marido—, ¿a qué preocuparse averiguando cuál de los dos soñó?

Aquella noche el leñador volvió a su casa, pensando todavía en el ciervo, y realmente soñó, y en el sueño soñó el lugar donde había ocultado el ciervo y también soñó quién lo había encontrado. Al alba fue a casa del otro y encontró al ciervo. Ambos discutieron y fueron ante un juez, para que resolviera el asunto. El juez le dijo al leñador:

—Realmente mataste un ciervo y creíste que era un sueño. Después soñaste realmente y creíste que era verdad. El otro encontró al ciervo y ahora te lo disputa, pero su mujer piensa que soñó que había encontrado un ciervo. Pero como aquí está el ciervo, lo mejor es que os lo repartáis.

El caso llegó a oídos del rey de Cheng y el rey de Cheng dijo:

—Y ese juez, ¿no estará soñando que reparte un ciervo?”.

Lector, puede que yo ahora esté soñando que te cuento una vieja historia de Liehtsé sobre un ciervo y que todo esto sea sólo un sueño. Aunque también podría ocurrir que tú estés soñando que alguien te cuenta la historia de un ciervo. Como se dice en el cuento —para mí, es el clímax del relato—, ¿a qué preocuparse averiguando cuál de nosotros dos está soñando?