20 de marzo de 2014

La bella Zaida y el rey Alfonso VI


Tengo que hablar, sin falta, de Zaida, que tuvo amores con el rey Alfonso VI. Por ella empezó lo de traer aquí este asunto, porque su historia se parece algo a la del joven Carlomagno y la Galiana. Me cuesta trabajo abandonar la corte del emir de Sevilla al-Mútamid, aquel paraíso terrestre en donde “los poetas se balanceaban entre los reyes como los céfiros en los jardines”. Todo tan distinto de ahora, excepto quizá en los políticos. Abú Saíd, alfaquí cordobés de la época, los maldecía: “¡Raza de víboras! ¿Hasta cuándo van a chupar vuestra sangre, hijos de Al-Ándalus? Todo el que gobierna es peor que un salteador de caminos. Alá les ha dado el poder para vuestro bien y os sorben el tuétano. No se les ve en las mezquitas, pero podéis siempre verlos borrachos”.

Lector, no sé quién era este Abú Saíd; hay muchos con ese nombre en la historia. Hay uno en Granada, el sabio predicador Abu Said Faray b. Qasim, pero es del siglo XIV, según cuenta el viajero tangerino Ibn Battuta. A lo mejor se lo inventó todo don Claudio, en su novela. En ella se recoge también una de las citas más conocidas, la del califa Abd al-Rahman al-Nasir, que al morir dejó un billete que decía: “He vivido setenta años, he reinado cincuenta… he sido feliz catorce días”. Si alguien no conoce esta sentencia, me encantará que lo haga ahora por mí. O lo que le dijo Rumaykiya a su marido al-Mútamid, ya de mayores: “Te amo aún más que en nuestra juventud”. ¡Qué cosas, Dios mío, qué ternezas! ¿Se lo oiría esto don Claudio o se lo inventó también?

Ya dije que Zaida no era hija de al-Mútamid, sino su nuera; se había casado con el hijo de este, Abu Nasr Al Fath Al’Ma’mun, emir de Córdoba. La habían prometido, cuando tenía doce años, al rey Alfonso VI, pero a quien fuera se le olvidó este detalle. Zaida era inteligente, había gozado de una educación exquisita y pertenecía al grupo de los poderosos en la sociedad andalusí. Y era de una belleza extrema, que a lo mejor es lo más importante en el fondo; esto no lo afirmo. Yo sé, lector, que tú la has visto ya, pero te muestro una imagen suya, para ver si la reconoces. Una monada, ¿no?

En una de las invasiones de los almorávides, estos atacaron a sus hermanos de religión y tomaron Córdoba. Cortaron la cabeza al marido de Zaida, la pusieron en una pica y la pasearon por las calles de la ciudad. El pobre rey había dispuesto antes la huida de Zaida con otros cortesanos al muy fortificado castillo de Almodóvar del Río y pedido ayuda a Alfonso VI. Este envió tropas, al mando de Álvar Fáñez, que fueron vencidas. Zaida siguió al ejército cristiano en la retirada y fue llevada a la corte de Toledo. No tenía ya doce años; tenía veintiocho, que tampoco es mala edad.

Zaida estaba viuda —era hacia el año 1091— y el rey castellano estaba casado con Constanza de Borgoña, tratando de tener un hijo varón que le sucediera. La reina murió en 1093 y el rey se casó entonces con Berta, que no le dio descendencia y murió en 1099. ¿Se veía secretamente el rey con la bella mora en el castillo de La Adrada? Si no se veían allí, se veían en otra parte, porque tuvieron tres hijos y para eso hay que verse o, al menos, estar juntos. El primero fue el ansiado varón, Sancho Alfónsez, que murió en la batalla de Uclés, sin cumplir los quince años. Zaida había muerto en 1101, en su tercer parto —los dos últimos después de haber muerto la reina Berta—. ¿Se casó con el rey Alfonso? No está claro, pero seguramente sí. Se convirtió al cristianismo y tomó el nombre de Isabel. Está enterrada en el monasterio de benedictinas de Sahagún, junto con el rey y sus otras esposas.

La historia de Zaida y Alfonso no se parece demasiado a la del joven Carlomagno y Galiana. Sin embargo, como ya apunté, algunos críticos pensaron que pudiera haber influido en el autor del poema del siglo XII, Mainet. Sobre nuestra Zaida también hubo un poema en la época, que cantó sus amores con Alfonso VI. Está hoy perdido, aunque quizá queden vestigios. Voy a buscar y si hay algo lo cuento.

19 de marzo de 2014

Al-Mútamid, Ben Ammar y Rumaykiya


Lector amigo, ¿qué hace uno cuando se halla frente a dos caminos distintos, igualmente sugestivos y amables, y es forzoso escoger? Decidirse por uno es dejar escapar el otro, tal vez para siempre. Decía Ortega que, hasta cuando renunciamos a tomar una decisión, es que hemos decidido no decidir. La vida para los mortales es una renuncia constante, punzados por lo que los franceses llaman l’embarras du choix (la molestia de escoger). Para algunos, no para todos, habría que añadir inmediatamente. Para otros, para muchos, puede ser una derrota sin alternativas, sin esperanza.

La decisión que debo tomar ahora, al escribir sobre la bellísima Zaida, como prometí en una entrada anterior, es si quiero seguir estrechamente los datos históricos o perderme discretamente por los caminos de la leyenda. Quizá tampoco sea necesaria una separación estricta de los dos mundos. En este caso, el corazón me lleva por el sendero de los sueños y las leyendas. Dejemos para el historiador la tarea de ajustarse a los hechos reales. Hablé yo de Zaida, porque algunos comparaban su romance con Alfonso VI, con el de Carlomagno y la Galiana. Y de Zaida me remonté al rey poeta de Sevilla Al-Mútamid, su amada Rumaykiya y el visir Ben Ammar. Y a la novela de don Claudio Sánchez Albornoz, Ben Ammar de Sevilla.

¿Cómo conoció Al-Mútamid —era un joven príncipe entonces— a Rumaykiya? De eso se sabe todo, hasta las primeras palabras que se cruzaron. El príncipe iba con su amigo del alma (algunos piensan que eran hasta demasiado amigos) Ben Ammar, paseando por las orillas del Guadalquivir e improvisando poemas. El príncipe declamó: El viento transforma el río / en una cota de malla, y pidió a Ben Ammar que siguiera. Bueno, pues este, con lo gran poeta que era, aquí anduvo un poco lento y una muchacha que pasaba por allí fue la que continuó: Mejor cota no se halla / como la congele el frío. Quizá estos dos versos no te entusiasmen demasiado, lector. Los del príncipe tampoco eran como para desmayarse. La que sí estaba que tiraba de espaldas era la muchacha; su nombre era Itimad, pero la llamaban Rumaykiya, porque era esclava de un tal Rumayk.

¿Y qué tiene esto que ver con Zaida? Pues que el príncipe compró a Rumayk su bella esclava y se casó con ella y Zaida fue hija de ambos. Eso no es verdad, lector, pero ya te dije que me iba a ir por el sendero de la leyenda. Por otra parte, en la realidad histórica era su nuera y es bien sabido que hay nueras que se quieren como si fueran hijas. Especialmente si son como Zaida, que era una belleza más allá de toda ponderación, y culta y cantaba y bailaba como las huríes del paraíso. Si no estás viendo ya a Zaida, querido amigo, no sé yo si vas a seguir bien mis pobres relatos, que cuentan siempre contigo. Piensa que yo trato de anovelar (no viene en mi DRAE, 21ª ed.) aunque viene anovelado), pero la imaginación tienes que ponerla también tú.

Ben Ammar en algún momento tuvo una esclava llamada Zaida, que no tiene nada que ver con la otra. Ben Ammar estaba mucho menos interesado en el amor que Al-Mútamid y un día dijo, que lo oyó don Claudio y lo puso en su novela, que “por cima del amor está la gloria”. La gente es como es. Pero era un buen poeta, en un momento de grandes poetas: Ben Suhayd, Ben Házam, Ben Zaydún, Ben al-Labbana, Abi Ishak, Sumaisir, etc. Y jugaba al ajedrez de manera extraordinaria, lo que le sirvió para evitar una guerra con Alfonso VI y salvar a Sevilla. Lo apostaron en una partida y Ben Ammar la ganó. Y paro, que de quién he de hablar es de Zaida. Lo haré en una próxima ocasión.

17 de marzo de 2014

Un estadounidense y un catalán


No, no es uno de esos chistes en que hay personajes de varios países. En un breve circuito turístico por España, he coincidido con un matrimonio de Estados Unidos, que no hablaba nada de español. Aunque el guía se dirigía a ellos en inglés, mi esposa y yo tuvimos ocasión de ayudarles con el idioma y se inició así una relación.

El marido, ya jubilado, fue profesor en una Universidad americana —no daré datos innecesarios— y es experto en Software Architecture, un concepto desconocido hasta ahora por mí y no inmediatamente entendible. Se refiere a las estructuras de más alto nivel en un sistema de software, a la disciplina para crear dichas estructuras. Su experiencia docente le permitió exponer el tema y hacerlo medianamente comprensible. Cuando ya empezó a hablar de niveles de abstracción la comunicación se hizo más fluida y, finalmente, pudimos charlar ampliamente sobre la utilización inconsciente por parte de los médicos de algoritmos numéricos en el proceso diagnóstico, idea en la que he insistido en algunas publicaciones mías.

Al despedirnos ocurrió el normal intercambio de direcciones y los deseos y casi promesas de vernos en el futuro, con invitaciones sinceras a los hogares respectivos. Todo muy agradable, muy educado y muy internacional; muy propio del mundo en que nos ha tocado vivir, que tiene también sus aspectos positivos.

También había en el grupo una pareja de catalanes; él era abierto y algo lenguaraz. Durante una comida, compartiendo mesa, le pregunté, con una sonrisa: ¿Y qué, se van a independizar ustedes? Contestó, también sonriendo, que era imposible la independencia para un país pequeño y habló de Andorra, que vive, dijo, sólo gracias al turismo de esquí. Estas fueron sus palabras y no entraré en la ligazón lógica o el carácter rebatible de su pensamiento; trato únicamente de describir un personaje, unas escenas. Lector, en esta narración no hay ni una sola palabra que no sea verdad.

Sin embargo, afirmó que en el referéndum, cuya celebración daba por segura, votaría que sí, para cargarse de razón frente a Madrid. No utilizó la expresión “Madrid nos roba”, pero dejó claro que en lo de las cuentas salían perdiendo. Lo traté con guante de seda, utilizando ese rincón del cerebro que uno guarda para las conversaciones mundanas o vulgares y al que no se debe renunciar jamás. Como era simpático, le conté que algunas personas divertidas que yo había conocido eran catalanas. Me dio la razón con entusiasmo y expuso su idea de que los mejores cómicos que se podían ver —en la tele, por ejemplo— eran catalanes. No hablo de payasos, para eso están los andaluces, aclaró con indisimulable desdén. Con esa parte del cerebro de la que hablé antes, mencioné a Albert Boadella, lo que no le hizo gracia. Ese se vende al mejor postor, sentenció. Yo creo que es inteligente, me atreví a decir. Para venderse hace falta ser inteligente, me ilustró, con la convicción de haber dicho algo memorable y profundo. También ironizó  sobre la mirada de Oriol Junqueras, que no se sabía a dónde la dirigía. O algo así, no le entendí bien esto.

Estuvo, dicho en castizo, sobradísimo, casi como el señor Artur Mas. Estaba claro que me consideraba un privilegiado por poder charlar con él. Menos mal que no le dije que yo era andaluz; a veces ni me acuerdo de este detalle importantísimo. La esposa escuchaba en silencio, con ese aire de mártir de las mujeres que llevan una vida entera oyendo desvariar al cónyuge. Yo adopté alborozado el apropiado papel de discente. Fue todo absolutamente divertido e inocuo. No nos intercambiamos direcciones, eso no.

Estos son el norteamericano y el catalán de mi historia, conocidos en un viaje de turismo, en un ambiente relajado y proclive a la comprensión y al perdón. ¿De dónde han surgido estos nuevos catalanes? Antes no eran así. Seguramente, la culpa será de Madrid. ¿Y cuántos son? Eso no se sabrá con el referéndum que se planea, si se celebra, sesgado y metodológicamente inválido desde el principio.

9 de marzo de 2014

Sobre el estilo de los autores


Leo el relato de un autor amigo y se me avivan las reflexiones de otras veces. Escribe de manera muy natural, reconozco con una cierta envidia. Y para conformarme, me afianzo en mi vieja concepción de que cada autor escribe como puede, que no es libre a la hora de escoger su estilo. Uno trata de escribir como lo hacen sus ídolos, pero al final tiene su modo personal de hacerlo, al que está condenado fatalmente. 

Yo no podría, no sabría, escribir como este amigo mío. Cuando escribo, es como si mis ideas preexistieran, fueran por delante, y yo las fuera encaminando con mis palabras, como el pastor guía a sus ovejas con su pértiga. Es una escritura pensada, no directa, no espontánea. No hablaré mal de mi manera de escribir —sería el único escritor del mundo en hacerlo—, pero creo sinceramente que se adivina en ella el cañamazo original, el cartón del tapiz. Me hago la objeción de que yo soy consciente de lo que me cuesta ir enderezando mis escritos y en cambio veo los otros, los de mi amigo y los demás, ya hechos, ya nacidos. Esto explicaría parte del asunto. Pero hay más.

Mi amigo, por ejemplo, escribe de alguien, que está hablando de su propia muerte: “Quiero que Dios me saque de este engaño sin que me dé ni cuenta…”. Aparte de calificar brillantemente, con una sola palabra, lo que quizá sea la vida —la vida es un engaño puede ser tan presumiblemente definitorio como la vida es sueño, etc.—, a uno le queda la sospecha de si la expresión es, como parece, una frase común, un dicho. Un personaje de su obra, un enterrador, pondera su oficio: “¡Si somos más necesarios que las comadronas!, ya que algunos se escurren solos, ¡digo!, pero ninguno se despide por sus medios…”. Esas expresiones tan ajustadas a la realidad, tan ‘sentenciosas’, ¿no pertenecen al acervo popular? Lo parecen, ciertamente. Tienen esa simplicidad, esa frescura.

En cuanto a las maneras de escribir, los lectores también tienen sus preferencias, que son muy variadas y deben defenderse con medios razonables. Jacques Vaché, un escritor e intelectual francés, en el estreno de una obra de carácter surrealista de Apollinaire, Les Mamelles de Tiresias, sacó una pistola, amenazó al público y exigió que se suspendiera la función, porque “la consideraba demasiado artística”. O sea, que escribir fino tiene sus peligros. El pobre Vaché, que había sido herido en la Gran Guerra, apareció muerto en una habitación de hotel, junto a un amigo, el seis de enero de 1919, acabada ya la contienda. La causa más probable: la ingestión de opio. Tenía sólo veintitrés años. Prácticamente dejó sólo una obra, Lettres de guerre, que incluye, entre otras, cartas a su amigo André Breton, que le consideraba un iniciador del surrealismo.

Cada uno de los que escriben tiene su público. Hay autores premiosos que parece que tejieran el tiempo, que descomponen cualquier acción o pensamiento en infinitas y minúsculas secuencias. Otros, por el contrario, tienen un rayo en la pluma. Algunos buscan una escritura enteramente desprovista de cualquier artificio, absolutamente natural. Paul Léautaud, el acedo crítico literario francés, afirmaba: “La búsqueda de una palabra, incluso si es necesaria, es un atentado contra lo natural. Debe escribirse con las palabras que uno conoce, que uno tiene en la cabeza. [...] No me gusta la gran literatura. Sólo me gusta la conversación escrita”. No coincido en esto con él. La obra literaria es una obra de arte y exige planificación y artificiosidad; esto es casi una tautología. Reclama el trabajo plateresco de la forma, el exquisito cincelado de las palabras.

Y esto siempre, en todas las circunstancias. Balzac, en su Physiologie du mariage, cuenta la siguiente historia. Un hombre, un extraño —no sería tan extraño, digo yo—, está en la cama con la mujer de un académico, cuando este llega a su casa. El hombre, el amante, al ver la llegada del marido, le reprocha a la esposa infiel: Quand je vous avertissais, madame, qu’il fallait que je m’en aille…, s’écrie l’étranger. — Eh!, Monsieur, dites au moins: Que je m’en allasse!, reprend l’académicien (Os advertí, señora, que era preciso que me vaya…, gritó el extranjero. — Eh!, señor, decid, al menos, que yo me fuera, prosiguió el académico). Muy bien corregido, porque era pertinente, en esa ocasión y en cualquier otra. Y estoy seguro de que también le recriminó otras cosas, que todo se puede hacer a su debido tiempo. Educadamente, como cabe esperar de un académico.

Lo he dicho muchas veces: al escribir, todo está permitido. Porque queda siempre un último baremo: la belleza, la claridad conseguidas. Es difícil ser dogmático aquí. Lector, para mí la literatura es ante todo un juego entre tú y yo; en cuanto junto unas palabras, siempre pienso que estás al otro lado del espejo. Salta a esta parte de una vez y cuéntame. Ayúdame a caminar en la tiniebla de los gustos literarios. Y hazlo pronto, antes de que sea tarde. ¡Es tan quebradiza, tan fugaz, nuestra presencia en el mundo!

8 de marzo de 2014

Bradamante, Mainet y la Galiana


Amigos míos, acercaos otra vez, para que termine la historia del pobre rey moro Bradamante. Ya expliqué que la bella, puede que algo caprichosa, Galiana, de quien estaba enamorada era del joven rey franco Carlomagno, que estaba entonces en Toledo, de incógnito. Según Menéndez Pidal, hay tres leyendas sobre las mocedades de este rey, una de las cuales, la de Mainet —el falso nombre del rey—, se forjó en esa ciudad y está llena de tradiciones, recuerdos y lugares de allí. Se trata de un poema del siglo XII, escrito en francés por alguno de los franceses que vivían en Toledo; tan numerosos que los fueros de la ciudad los mencionan como el tercer componente de la población: “Castellanos, Mozárabes atque Francos”. Existen relatos análogos en otras literaturas medievales (francesa, franco-italiana, alemana, etc.) con las naturales variantes. En la versión española, del siglo XIII (Primera Crónica General), Mainet llega a Toledo desterrado, huyendo de su padre, el rey Pipino, por haberse rebelado frente a su autoridad. En otras versiones, huye de sus hermanos bastardos, Rainfroi y Heudri.

El joven Carlos llegó a Toledo acompañado de su ayo Morante y otros nobles franceses, siendo recibido por el rey moro Galafre, padre de Galiana, al cual sirve en guerras. Al morir Pipino, Mainet vuelve a su tierra, recibe el reino de Francia y regresa a Toledo. Se casa con la princesa Galiana y se la lleva a Francia, en donde la corona como reina. Alguna versión cuenta el asunto de manera distinta: “aviendo salido un día Galiana a holgarse a los palacios de la Huerta del Rey, donde se solía ir a bañar, la hurtó Carlos, y por la senda que llaman Galiana —resto de la vía romana que por Zaragoza llegaba a las Galias— se la llevó a Francia y se casó con ella en Burdeos”. ¿Qué más da que se casara en Toledo o Burdeos? El caso es que se casó, que cumplió. Aunque luego se casó con otras, cumplió con otras. La vida es así. ¿Cómo le habrían ido las cosas a la Galiana si se  hubiera casado con Bradamante? No se sabe.

Carlomagno no sólo le quitó la novia al moro Bradamante, sino que además lo mató, lo que ya me parece excesivo. Porque lo primero se olvida con el tiempo y hasta hay casos en los que la gente se alegra, después, de no haber conseguido la dama. El que pierde a una mujer no sabe lo que gana, se dicen, y a lo mejor llevan razón. Pero lo segundo no tiene solución y no deja oportunidad para ninguna reflexión posterior. ¿Y dónde ocurrió este combate? En Val Salmorial, junto a Toledo. Pedro de Alcocer escribió: “Carlos hizo armas con Bradamante en el lugar que agora llaman Balsalmorial, dos leguas y media desta cibdad”. El francés se apoderó de la famosa espada Durandarte, que era del vencido, y luego se la pasó a su sobrino Roldán. Ahora la espada está en el lago de Carucedo, en el Bierzo, como se sabe perfectamente.

A mediados del siglo XIX, algunos críticos literarios encontraron similitudes entre el destierro de Carlomagno en Toledo y el de Alfonso VI el Bravo en la misma ciudad y aventuraron que el juglar del Mainet pudo fantasear un poco para su poema con los amores de Alfonso y la bellísima Zaida que, históricamente, son casi cuatrocientos años posteriores —pero anteriores a la redacción del Mainet—. Las relaciones de estos dos últimos no son nada parecidas a las de Mainet y la Galiana, pero me hacen recordar el tiempo del rey poeta de Sevilla Al-Mútamid, su amada Rumaykiya y el visir Ben Ammar. Lo que provoca uno de esos tajantes, impertinentes, consejos míos. Lector, deja este blog, deja todo lo que estés haciendo, vete a la librería más cercana y compra la novela histórica Ben Ammar de Sevilla, de Claudio Sánchez-Albornoz; el número 1502 de la incomparable Colección Austral. Dejo para otro día el contarte algo de esta nueva historia.

7 de marzo de 2014

Encontrado el antiguo túnel de Bradamante


En mi última entrada contaba yo de un amor trágico, que terminó en la muerte de una joven, Marga, de veinticuatro años. Ahora, si os acercáis, os hablaré —adopto el tono apropiado para contar historias— de otro amor triste, no correspondido, en el que la víctima fue un hombre. En esto del amor, las derrotas andan repartidas y unas veces los perdedores son hombres y otras mujeres. No me refiero a los hechos violentos que, vergonzosamente, tienen casi siempre a los hombres como cobardes ejecutores.

El rey  de Toledo, Galafre, era hijo de un reyezuelo de África, Alcamán, y de la condesa Faldrina, viuda del conde don Julián. Dejo las genealogías, porque no acabaríamos nunca. Reinaba allí hace muchos, muchos años, como unos mil trescientos, y por sus buenas prendas era respetado y querido por todos, tanto los de su nación como los mozárabes. Tenía una hija, bienplaciente más allá de cuanto podáis imaginar. Se llamaba Galiana y le llovían los pretendientes, que no sabía ya qué hacer. Su padre veía sólo por sus ojos y construyó para ella varios suntuosos palacios en un campo que hay a orillas del Tajo, como a un kilómetro de la ciudad, en la llamada Huerta del Rey. En uno de ellos había dos albercas que se henchían y vaciaban con exacta progresión en veintinueve días, según el creciente o menguante de la luna. Cuando el agua estaba alta surtía el palacio que el rey tenía dentro de la ciudad.

Para que lo sepáis, esos palacios estaban cerca de la torre desde la que el rey Rodrigo, oculto tras una cortina, veía a Florinda, bañándose en el río con otras jóvenes, midiéndose todas las piernas para ver quien las tenía más largas y mejor formadas. Si Florinda hubiera tenido la pantorrilla fea o la rodilla mal moldeada, los árabes no habrían invadido España. Pero por desgracia, Florinda tenía el pie pequeño y la pierna más bonita y más blanca del mundo, como todo el mundo reconoce, los que la vieron y los que la soñaron. Amigos, si no veis esa pierna ahora, no nos entenderemos bien. ¿Y cómo sería la pierna de la Galiana?, me pregunto yo.

Uno de los enamoradísimos de Galiana, el más constante, era un gigantesco moro, régulo de Guadalajara, de nombre terrible, Bradamante, que no era nada correspondido. Estas cosas pasan. Pero Bradamente era porfiado y a pesar de los desaires viajó muchas veces desde su reino a Toledo, sólo para ir a ver a la hermosa y tratar de ablandarla. Su deseo de verla y hablarle eran tan grandes que hizo construir un camino secreto entre las dos ciudades para transitarlo rápidamente, él solo con su escolta. Cristóbal Lozano lo recoge puntualmente: “costábale su buen rato de trabajo hablarla y verla, por lo que desde Guadalajara hasta Toledo abrió camino oculto, por donde de rebozo y de secreto venía a ver y hablar a la idolatrada hermosura.

Teófilo Gautier, en su Viaje a España, demostró, más allá de toda duda razonable, que este camino era subterráneo. De estos caminos secretos, sabidos por muy pocos, había muchos en aquellos siglos. Gerardo del Rosellón, par de Carlomagno —que tenía un palomar y una flauta, según atestiguan las historias—, era el único que conocía un atajo que va de Roma a París y lo hacía en tres horas, sin ayudarse de nadie.

He tenido la inmensa fortuna de encontrar parte del famoso túnel, del que os mando una foto. No se lo digáis a nadie. Estudiando las coordenadas geográficas de las dos ciudades, he calculado la orientación  que habría de tener el túnel y coincide exactamente con la del tramo hallado. Está enteramente cubierto, aunque no se puede decir que sea propiamente subterráneo. El suelo es de tierra, muy bien nivelado y embellecido por el césped. Es bellísimo, recatado, umbroso, lleno de adornos vegetales dispuestos de la manera más graciosa, con alternancia de vistosos colores, y está vallado con una celosía que llega hasta el techo y deja entrar una luz muy matizada y suave.

Como hecho por alguien que constantemente albergara la ilusión de traerse de vuelta —alguna vez, cuando Alah quisiera— a la persona amada. No se hace un túnel así para transitarlo sin más. Hasta se ve a la derecha un cómodo banco para descansar. No yendo hacia Toledo, a ver a la Galiana, que en esa dirección Bradamante iba siempre corriendo como loco, sino para ese feliz retorno soñado a su Guadalajara, con la bella ya seducida, que el moro tuvo que imaginar mil veces, y en el que tendría pensado actuar con la más extremada galantería, sin que se le notaran prisas excesivas por la posesión total, que no quedan bien, ni con la mujer ya entregada. Todo tiene sus ritmos y sus prudentes esperas y también tiene su gracia un comedido retardo.

 En fin, os digo que este moro estaba en todo y era un encanto y a lo mejor la Galiana era muy guapa, pero un poco creída o no sabía discernir. Porque os contaré ahora que, entre tantos perseguidores, había uno que sí le gustaba a Galiana, como suele suceder en estos casos, a pesar de no haber construido ningún túnel. Era el mismísimo Carlomagno, que vivía entonces en Toledo de incógnito, huésped del rey y bajo el nombre de Mainet. El bueno de Bradamante acabó de mala manera, ya lo insinué, precisamente a sus manos. Pero todo esto os lo tendré que contar otro día, en otro momento, para no eternizarme aquí. Cuelgo una foto de uno de los palacios de Galiana.


 
 

3 de marzo de 2014

Margarita Gil Roësset (Marga)


No se suele uno emocionar al redactar una entrada de un blog, como es lógico. Y hoy, sin embargo, escribo atenazado por cierta emoción, temeroso de adentrarme en un territorio íntimo y secreto que quizá debiera estarme vedado. Lo hago por lo que escribo todo en este blog, y espero que me valga de justificación: revelar algo a algún lector. Algo interesante, algo digno de ser conocido; en este caso, algo también tristísimo y trágico. Que permaneció oculto casi setenta años. Que se publicó hace ya diecisiete.

Me refiero al suicidio por amor de una mujer muy joven, de veinticuatro años. Se llamaba Margarita Gil Roësset, Marga, y se había enamorado un par de años antes, sin remedio, sin esperanza, del poeta Juan Ramón Jiménez. Ya hay mucha gente que lo sabe. Lo supieron muy pocos hasta el siete de febrero de 1997, cuando Blanca Berasátegui publicó la historia, una real scoop, en el ‘cultural’ de ABC.

Se da también la circunstancia —no sé por qué, turbadora— de que hoy es el día de nacimiento de Marga. Nació en Madrid, el 3 de marzo de 1908. Murió el 28 de julio de 1932, en un pequeño chalet de Las Rozas, de un tiro en la cabeza. No escribiré mucho más; quiero que sea ella la que hable: en la carta que dejó a Zenobia, en algún fragmento de su diario. No se trataba de una joven enamorada sin más. Era una artista, escultora y dibujante, relativamente granada, a pesar de su juventud. Había empezado de niña. Con doce años ilustró un cuento de su hermana Consuelo, El niño de oro, y un año después otro, también de Consuelo, en francés, Rose des bois. Por entonces había comenzado ya a esculpir. Lector, estas informaciones están en donde está todo, en la red. Copio parte de la carta a Zenobia, tal como la veo escrita:

Zenobita… vas a perdonarme… ¡Me he enamorado de Juan Ramón! Y aunque querer… y enamorarte es algo que te ocurre porque sí, sin tener tú la culpa […] le he dicho … que le quiero… y le he pedido que se case conmigo…¡estaré loca!... pero como él… te quiere… ¡te quiere!... pues me ha dicho.., que no… que nunca… perdóname… porque si me hubiera dicho que sí… ay… a pesar de que la idea de amistad es para mí sagrada…y tú eres mi amiga… y de verdad te quiero mucho… […] habría pasado por todo […] Creo mucho mejor matarme ya… que sin él no puedo… y con él no puedo.

En su diario, que dejó en la casa del poeta el mismo día del suicidio —este no lo leyó hasta después—, Marga había escrito dos días antes: Qué dulce es el amanecer del día último… se te adentra en el alma por los ojos… manos … boca… parece que soy yo la que amanezco, azul y nueva. Y la víspera del luctuoso día: Noche última… que querría… tanto a tu lado… y estoy sola… sola!... no… estoy contigo.

Hoy, hace más de cien años, nacía en Madrid un criatura destinada a sufrir; como tantas otras, más que otras. La Muerte no sólo pone huevos en las heridas terribles, los pone a veces en la misma cuna de los recién nacidos. Me conmueve esta historia como si hubiera ocurrido ayer; por eso la traigo aquí. También tengo que decir que, con mis años, con lo que uno ha vivido y visto, si me encontrara alguna joven Marga, le diría, con la más absoluta convicción, que es insensato matarse por amor; que el amor es infinitamente más breve que la muerte. Que me hiciera caso, es otra historia.

1 de marzo de 2014

Citando a Josep Pla (final)


Hablé de Pla y tengo que seguir un poco. En la entrada anterior mostré cómo abominaba de la prosa rebuscada, aunque él mismo escribía así a menudo. Los seres humanos tenemos estas contradicciones, a veces sin malicia. De Balzac dijo que era pesado, aburridísimo; que no había manera de encontrar en su obra un “adjetivo preciso, exacto, un adjetivo que responda a la verdad”. Sobre el paisaje del Empordà, Pla escribe que “no es nunca linfático, ni fláccido, ni delicuescente”. Maestro, ¿son estos, por ventura, los adjetivos pertinentes? Pudiera ser que no.

El pesimismo, el descreimiento algo teatral del ampurdanés son legendarios. No es de extrañar, por la edad a la que escribió El cuaderno gris (sobre los veinte años). A esa edad hay un pico en la prevalencia de esos sentimientos, al descubrirse de manera definitiva que el feliz mundo de la niñez ha desaparecido para siempre. Pla opone tajantemente la ficción a la realidad. “Los libros nos dicen que existe el amor, la gloria, la bondad, la grandeza. La vida nos dice que no hay nada”. Y un poco más adelante insiste: lo que dicen los libros sirve para disimular, para camuflar la vida mediocre y acomodaticia. No hay nada de lo que dicen los libros.

No discutiré esto ahora. Lo que afirmo es que, si la realidad es tan desdichada, razón de más para que exista la literatura, un reino en el que triunfen los valores y virtudes tan ampliamente derrotados en el mundo real. Todos los que pergeñamos páginas de ficción, nos hemos preguntado alguna vez si tenía sentido, si era lícito hacerlo, entre los terribles y acuciantes problemas de la existencia. Y nos hemos contestado que sí, que sobre todo en un tal mundo. Es verdad que también hay una malsana necesidad de hablar, de escribir. Pla ironiza, pero quizá no exagera: “los hombres quieren que les escuchen; es lo que les gusta más. Les gusta más que el dinero, que las mujeres y que comer y beber bien”. En algún momento he estado en posición de poder influir en que se escuchase a algunos y fui asediado por los postulantes más de lo razonable.

Una última cita, que me preocupa en el momento actual. Pla tiene mala opinión de los políticos —en esto no es nada original— y critica al poeta D’Annunzio, convertido en la gran vedette de la política internacional, que grita como un poseso: la fiamma è bella…, la fiamma è bella. “Esos gritos, un día u otro se pagarán”. Se refiere Pla, aunque no lo menciona, al final de una tragedia del poeta italiano, La figlia di Iorio, en la que la protagonista, Mila, hija del mago Iorio, va a morir en la hoguera por haber mentido, atribuyéndose, para salvar a su amado, la muerte del padre de este. Mila pronuncia esas palabras al inmolarse. Ese ambiente heroico y exaltado en el que se mueve D’Annunzio, tuvo más tarde terribles consecuencias en la historia. Me asustan, como a Pla, esas llamadas a lo que en el hombre puede devenir irracional e incontrolable; las apelaciones a las masas, las cadenas, las manifestaciones…

28 de febrero de 2014

Citando a Josep Pla


Este blog empieza a tener cierto volumen y no recuerdo con precisión todo lo que he escrito en él. En alguna parte, hablando de literatura, habré expresado mi convicción de que el lenguaje literario ha de ser exquisito y trabajado. Lo que no quiere decir obviamente que, si se narra un diálogo entre estibadores, estos tengan que expresarse como catedráticos de Lingüística. De estas ideas mías hablo con largueza en mis Apuntes sobre literatura.

No todo el mundo está de acuerdo con este modo de ver la creación literaria. Josep Pla, en su obra El cuaderno gris, protesta sobre lo que llama provenzalismo, el enzarzarse en el juego literario de las formas, y critica a los que creen que la literatura es un arte retórico y ‘formalístico’ (sic), cuyo fin es la construcción de frases. Estas ideas de la literatura noble imperaron durante siglos, dice, pero hoy no valen, ni siquiera en el país más académico del mundo, que es Francia.

Dice eso, pero luego, en muchas ocasiones, escribe textos bastante rebuscados: “Cuando la tarde cae, las montañas de poniente, la raya de su perfil, se aureola de una luz arcaica”. Y hasta los explica, lo que es relativamente insólito: “¿Qué es una luz arcaica? Quiero decir una luz de cuadro antiguo, la luminosidad que queda sobre el cuadro cuando se le ha puesto la pátina de polvo y de engrudo que depositan los siglos”. Tampoco es parco a la hora de acumular adjetivos. Habla de las personas románticas: “Son impenetrables, inasequibles, imposibles, inaferrables —el adjetivo no está en el DRAE, pero lo veo en otros textos, en el sentido de inasible—, inabordables, intocables, impalpables, irreductibles”. O también: “Ahora hay tierras de color de rosa. Los humos y las evaporaciones de la tarde ponen sobre el paisaje rosado una tenue pincelada de color azul claro”. Describe una locomotora, en la sobretarde: Como va con leña, la máquina centellea como un dragón furioso.

No se trata sólo de la forma, pero esta cuenta, y mucho, en la buena literatura. Hay más cosas, en las que Pla se mueve con ingenio y soltura. Habla de un verso de un poema perdido de Homero: Sabía muchas cosas, pero todas las sabía mal. Es una cita que está, referida allí a un poeta sin nombre, en el Segundo Alcibiades, un diálogo platónico, seguramente apócrifo. Pla hace afirmaciones, con las que estoy totalmente de acuerdo: “De joven se tiene una llamarada de vanidad, que no suele durar. Si perdura es un síntoma de estupidez considerable”. En otro momento, no parece considerarla tan circunstancial: “La vanidad parece segregarse de la estructura misma de los tejidos humanos”. Lo de siempre: nada es sencillo, definitivo.

24 de febrero de 2014

Antonio Machado, a los setenta y cinco años de su muerte


Tengo que hablar de Antonio Machado, aun a sabiendas de que todo ha sido ya dicho. Analizo esta necesidad, esta urgencia, y descubro que responde a un sentimiento que podría calificarse de amistad. Muchos, quizá más si tenemos algunos años, nos sentimos amigos de don Antonio: admiradores, seguidores…, pero también amigos; empatizamos con él, con su mundo. ¿Por qué?

Yo creo que pensamos que Machado, tan glorificado ahora con toda razón, fue un ser en el que se cebó el infortunio. Y surge en nosotros un deseo de reparación, forzosamente póstumo, pero acuciante y poderoso. Hace ahora setenta y cinco años que murió solo, derrotado, en un pueblecito francés, y nos decimos que esta vez tenemos que estar con él. No le vamos a fallar, cuando tantas cosas le fallaron en su vida.

Sin embargo, al escribir lo anterior, me doy cuenta de que esto no es tan verdad. Antonio Machado alcanzó en vida puestos y consideración no desdeñables. Nació en una familia ilustrada, no pobre. Fue catedrático de Instituto con treinta y dos años —conviene recordar que había terminado el bachillerato con casi, o sin casi, veinticinco años—. Había estado antes en París, con su hermano Manuel, en donde conoció a literatos famosos y trabajó en la editorial Garnier. A la vuelta, formó parte de la compañía teatral de María Guerrero. Como catedrático de Francés, anduvo por capitales o ciudades de provincias hasta llegar a Madrid en 1932. Cinco años antes había sido elegido miembro de la Real Academia Española.

Estuvo bien relacionado, fue amigo de muchos de los literatos famosos de la época. Su vida no fue, ciertamente, la de un triunfador, pero tampoco la de un marginado. Nada parecido al pobre Alejandro Sawa —también de Sevilla, inspirador del Max Estrella de Luces de bohemia—, que había vivido también unos años dorados en París y del que se contaba que no se lavaba desde que Victor Hugo lo había besado en la frente. O aquel Pedro Luis de Gálvez, que llevaba un niño muerto en una caja de zapatos y pedía ayuda para enterrarlo. Machado escapó en lo posible de las penalidades de la guerra civil y marchó a Francia al principio de la desbandada final. La falta de un éxito arrollador fue, como sucede en casos parecidos, también por su carácter, por carecer de una ambición decidida. ¿Por qué lo compadecemos todos, yo también, tanto?

La respuesta demandaría profundos estudios de psicología social. Contestaré por mí: porque era tierno, triste; porque tenía algo de angélico y existe la convicción de que los ángeles merecen ser felices. Porque era tímido, porque no tenía malicia, porque era paciente y resignado. Porque apenas conoció el amor. Sólo un amor, no fácil de catalogar, que le duró tres años. Cuando era feliz en París, estudiando Filosofía y con Leonor, ¿qué diosa Fortuna atroz los aniquiló?

Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

Y un extraño amor de siete años con la poetisa Pilar de Valderrama, la ‘Guiomar’ de sus versos, muy catalogable: el puro, el quemante, el cruel y terrible amor platónico.

¿Eres la sed o el agua en mi camino?
Dime, virgen esquiva y compañera.

Compadecemos a Machado, porque, abatido y conforme, se refugió en sus versos y se consoló con ellos; porque compartió con los demás su desesperanza, su conciencia de que la felicidad era siempre un fulgor efímero. Versos que además eran sencillos, directos, la destilación de muchas amarguras, en los que se transparentan virtudes que conforman y dan sentido a la belleza.

Yo no sé leyendas de antigua alegría,
sino historias viejas de melancolía.

***
Pregunté a la tarde de abril que moría:
¿ Al fin la alegría se acerca a mi casa?
La tarde de abril sonrió: La alegría
pasó por tu puerta. Y luego, sombría:
Pasó por tu puerta. Dos veces no pasa.

En mi caso, hay más. Me examiné en el Instituto en el que fue profesor siete años, en Baeza. Estudié luego en el Instituto Cardenal Cisneros, donde estudió él en Madrid. Y todavía me veo, de estudiante, haciendo autostop por Castilla, con un libro suyo y un amigo, recitando sus versos, peligrosamente olvidados de atender a los pocos coches que pasaban. Y recuerdo un viaje a Soria para participar en su homenaje, hace ya muchos años, en pleno franquismo. Había sido organizado por el Gobierno, para replicar a otro que la liviana Oposición de entonces celebraba en Baeza; yo estaba en un Colegio Mayor del SEU y acabé allí. Sus poemas nítidos, limpios, sonaron de nuevo en la Soria donde fue feliz algún tiempo y que abandonó luego, espoleado seguramente por intolerables ausencias. Los mismos versos que se oyeron en Baeza, claros vencedores sobre banderías políticas.  

Estas viejas y embellecidas vivencias motivaron mi visita emocionada y devota a su sencilla y convencional tumba en Colliure. El corazón me llevó también entonces, por la atormentada carretera de la costa, a otro lugar no lejano, Portbou, en donde está el monumento a Walter Benjamin (su cuerpo se ha perdido) y un estrecho túnel inclinado en cuyo final están el mar, la luz, la libertad y la nada. Benjamin, judío alemán, tan diferente a Machado, quizá aún más desdichado. Se suicidó, o lo asesinaron, con cuarenta y ocho años, recién llegado a España, apresado por un grupo de paramilitares. Al día siguiente se permitió seguir a sus compañeros. Dejó escrito en su cuarto del hotel: En una situación sin salida, no tengo otra elección que la de terminar. Es en un pequeño pueblo situado en los Pirineos, en el que nadie me conoce, donde mi vida va a acabarse. Esta ruta de muertos ilustres me la tenía prometida desde siempre.