7 de octubre de 2014

A little bit of English (un poquito de inglés)


        Hablé hace poco del Manfred de Lord Byron y lo califiqué como lo que en inglés se llama closet drama. Son obras teatrales no destinadas a la representación, sino a la lectura, bien por un lector individual o en voz alta para un grupo reducido de personas. En ellas no hay mucha acción y predominan los diálogos y el pensamiento. Puede intentarse su montaje teatral, siempre con importantes dificultades adicionales, porque no están construidas para eso. Quizá sorprenda saber que las dos partes del Fausto de Goethe fueron diseñadas como closet dramas.
 
        Una obra teatral normal también puede reducirse a la lectura de la misma por varios intérpretes ante un auditorio. Es lo que se llama teatro leído y era algo corriente en mis tiempos de estudiante por su facilidad de ejecución. Es lo que se hace también cuando un autor presenta una nueva obra ante un grupo de actores. También hay closet screenplays en el caso de los guiones cinematográficos. La expresión to come out of the closet, implicando el descubrimiento final de algo mantenido en secreto, es propia del idioma inglés y nuestro “salir del armario”, tan popular ahora, sería un anglicismo.
 
        Esto me lleva a tratar de algunas expresiones inglesas, encontradas a menudo en textos españoles. Nunca oculté, lo he dicho otras veces, mis afanes didácticos en este blog. Self-fulfilling prophecy se refiere a una previsión de futuro hecha de tal manera que puede contribuir a su ocurrir efectivo. Por ejemplo, si unos soldados se dirigen hacia el enemigo, diciéndose unos a otros “ya veréis, nos las van a dar todas en el mismo lado”, pues puede que acabe así la cosa. Serían lo opuesto a aquellos “gritadores de insultos, que combaten con la palabra”, que había en el campo de batalla de Kurukshetra y que se describen en Mahabharata. Según las elegantes reglas de las guerras de entonces, no se les podía golpear, porque luchaban sin armas.
 
        Otra expresión típica inglesa es la de to be right for the wrong reason (acertar por una razón falsa). Contaré una vieja historia persa para ilustrarla. En un manicomio quieren dar de alta a tres pacientes y exploran su capacidad intelectual. Al primero le preguntan cuántas son dos por dos y responde ‘setenta y dos’. Al segundo le preguntan lo mismo y responde ‘martes’. El tercero responde ‘cuatro’. Van a dar de alta al último, pero el director quiere saber algo más. ¿Cómo encontraste la respuesta? Muy fácil. He restado martes de setenta y dos. Se quedó en el centro, por charlatán.
 
        Otra expresión usada frecuentemente en español: wishful thinking. Ya dije que se trataba de una forma de la catatimia, por la que pensamos de acuerdo con nuestros deseos y creemos lo que querríamos que fuera verdad. Es un fenómeno corriente, un alteración del correcto razonar, que puede llevarnos al engaño y al desastre. A tener en cuenta, por las personas y por los pueblos.

        A mi juicio, la expresión más tonta que cabe encontrar en cualquier idioma es la de “matar el tiempo”. Viviendo una vida tan corta, resulta increíble que nos dediquemos a perder el tiempo. Ya entiendo que muchas veces es sólo una distracción muy pasajera. Pero también hay gente que malgasta demasiado el tiempo, que lo mata muy repetida y continuadamente. Me sorprende que la expresión exista en todos los idiomas a los que me asomo. En inglés se dice “to kill time”; en francés “tuer le temps”; en italiano “ammazzare il tempo”. Sí, también los alemanes matan el tiempo, aunque lo hacen al revés: “die Zeit totschlagen”.
 
        Horrible, ¿verdad? Todos lo hacemos, yo también, claro. Pero es una expresión, una actitud estúpida. Otra expresión muy triste en cualquier idioma es la de “demasiado tarde”, cuando pasó el tiempo sin remedio, cuando algo se convirtió en imposible, cuando se nos quebró en mil pedazos un sueño. Para siempre, sin otra oportunidad. La Muerte nos asusta por eso.
 
        Es un sentimiento que durante una buena parte de la vida no debe existir, y que nos va cercando con los años. Lector, si eres joven, olvida esta última reflexión. Para ti todo es posible. Si de verdad quieres, puedes lograr todo lo que te propongas.

6 de octubre de 2014

Más sobre el olvido (fin)


El temor a olvidar puede llegar a angustiarnos. Los recuerdos son el hilo que vertebra nuestra conciencia, los materiales con los que  edificamos nuestra personalidad. Cuando en el año 138 a. C. las huestes romanas llegaron al río Limia, en Galicia —al que llamaban Lethe e identificaban con el Letheo, el río del Hades de la mitología griega, que borraba la memoria de los que lo cruzaban—, los legionarios se negaron a proseguir. El general que los mandaba, Décimo Junio Brutus Gallaicus, tuvo que cruzarlo el primero y ya en la otra orilla habló a sus veteranos en su lengua latina de siempre y los llamó por sus nombres, para disipar en ellos el miedo a la amnesia producida por sus aguas.

Para algunos, en el Hades había otro río, el Mnemósine, que tenía justamente los efectos contrarios: sus aguas hacían recobrar la memoria de todas las cosas. Después de la muerte, a cada uno se le ofrecería la posibilidad de elegir el agua de uno de los dos ríos para beber. O bien olvidarlo todo o bien recordarlo todo. Una elección quizá nada fácil, amigo lector, para muchos de los humanos.

Existen muchas fantasías sobre los medios para lograr el olvido. Aprovecho para recordar a mis lectores un escritor español del XVII, Cristóbal Lozano, del que no diré nada más, cuya biografía se puede leer fácilmente en la red. En el primer tomo de un curioso libro suyo, Historias y Leyendas, leo la de Moisés y Taibis, sin ninguna base histórica o documental. Según esta, Moisés habría permanecido en la corte del faraón, llegando a mandar el ejército egipcio. Derrotó a los etíopes y los persiguió hasta su país, en donde sitió la ciudad de Sabá, en la que se habían refugiado. Tenía el rey de Etiopía “una hija agraciada; aunque morena, donosa en el aseo, bizarra en el talle, briosa en las acciones”. Taibis, que ese era su nombre, enamorada de la fama de Moisés, andaba ansiosa por verle y lo logró, “dejándose cautivar de su gala y gentileza”.

Una noche, acompañada de una fiel criada y disfrazadas como varones, pudieron llegar hasta Moisés, quien, al saber que era la princesa, la trató con la debida cortesía. Confesó ella que “le estaba, por la fama, aficionada mucho, y habiéndoos visto, claro está que estaré más”. En fin, le dijo, “si lo inmenso de mi amor, si el extremo de mi arrojo, si lo grande de mi fe pueden recompensar y suplir la blancura que me falta, la beldad de que carezco, admitidme esclava con el honroso título de esposa, y yo pondré a vuestros pies esta ciudad y el reino de mi padre”. La princesa sabía hablar y ofrecerse.

Moisés quedo pasmado del suceso, sigue contando Lozano, y tras pedir consejo se avino a los propuesto. Con magnífica pompa fue recibido con los  suyos en la ciudad, en donde se casó y en tálamo real gozó de su enamorada etiopisa (sic). No duró mucho el casorio, porque, como apunta certeramente el escritor, “una negra, por más que le adornen los aseos es siempre cara de noche” —es que Lozano no conoció a la Naomí Campbell ni a otras bellezas de su raza—. Moisés empezó a preparar su vuelta a Egipto y cambió ostensiblemente en su comportamiento con la princesa. Esta reaccionó, como ocurre a veces, redoblando sus caricias y halagos.

Viendo Moisés que con desvíos y desaires no podía desasirse de ella, procuró valerse de  su ciencia, como famoso astrólogo que era. Fabricó un anillo de oro y en una piedra preciosa que le puso por engaste pintó su retrato. Taibis lo recibió gustosa y apenas lo miró “se llenó de olvidos del que idolatraba tanto”. Tan eficaz fue el tratamiento que cuando partía Moisés con sus soldados y con sus riquezas no hizo la princesa la menor demostración de sentimiento, sino que, olvidada de que era su esposo el que se ausentaba, le despidió con  mil agrados y se quedó contenta. Talmente como la hija de una amiga mía, que acaba de divorciarse, que se quedó como perro al que le quitan pulgas. Y sin necesidad de ninguna clase de anillo. Lo que son las cosas.

García Márquez habla en Cien años de soledad de ‘tiempos reservados al olvido’. Otros son dedicados al recuerdo. La vida nos va dictando sabiamente, en cada momento, lo que conviene. Es desolador saber que hay seres humanos que apenas tienen cosas felices que recordar. Quizá algo en su infancia. Demasiado poco. Nada.

Para terminar, como puro estrambote, una cita de William Bernbach, el conocido publicista estadounidense: La diferencia entre lo que se olvida y lo que permanece es el arte.

5 de octubre de 2014

Más sobre el olvido


Ya dije alguna vez que el Amor y la Muerte eran los dos grandes temas de nuestras vidas. El amor, tan inseguro y caprichoso; la muerte, tan cierta e inoportuna. Y expuse una vieja idea mía: la inmortalidad, la idea misma de ser inmortales, resulta insoportable para los seres humanos. Incluso acuñé un neologismo para intentar plasmar esa inquietud, esa desazón mental, frente a un tiempo infinito, una eternidad en la que hubiera de instalarse nuestra vida: eonofobia, temor a la eternidad.

Mejor esta humanidad nuestra, afirmaba entonces, de dioses ínfimos y mortales, gozando de la impagable libertad de equivocarnos, de errar el camino y empezar de nuevo. Bendita, sobre todo, la posibilidad de olvidar, vedada a los que no mueren: “We are immortal, and do not forget; we are eternal; and to us the past is, as the future, present” (Somos inmortales y no olvidamos; somos eternos, para nosotros el pasado está, como el futuro, presente), dice uno de los siete Espíritus a Manfred, en una obra de Byron de la que luego hablaré. Otro de los grandes temas: el olvido. Sobre esta realidad, esta característica funcional de nuestro cerebro, me gustaría hoy insistir un poco.

 Hay quien no quiere olvidar. Quizá recordéis, de Tristán e Isolda, aquel perro fantástico, Petit Cru, que un hada entregó al rey de Gales, con un cascabel, cuyo sonido tenía la magia de borrar todos los recuerdos tristes. Tristán padeció los peligros de la guerra, sólo para conseguirlo y enviarlo a Isolda, para que así olvidara. Isolda quiso compartir su sufrimiento con Tristán y arrojó el cascabel al mar. Para no olvidar, para no olvidar sola.

En cambio, la infantina Blanca Flor, en la deliciosa Farsa infantil de la cabeza del dragón, de Valle-Inclán, dice: Quiero olvidar. Y el Príncipe Verdemar contesta: No se olvida cuando se quiere. Y la infantina insinúa: Dicen que hay una fuente… Y el príncipe añade: Esa fuente está siempre al otro extremo del mundo. Para llegar a ella hay que caminar muchos años. ¿Se olvida al beber sus aguas?, pregunta de nuevo la infantina. Se olvida sin beberlas, contesta tajante el príncipe. Es el tiempo quien hace el milagro y no la fuente. Cuando una peregrinación es larga, se olvida siempre.

El olvido es algo tan importante, tan nuclear en nuestra existencia, que en muchas circunstancias sentimos la necesidad imperiosa de olvidar. O, por el contrario, nos asusta y aterra la posibilidad de olvidar. En la poesía, en el teatro, en las leyendas, en las historias, está muchas veces presente esta preocupación por el olvido; porque te olviden o por olvidar. Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido, cantaba Pablo Neruda. Otro poeta muestra sus preferencias: Mejor morir por tu amor que morir de tu olvido. Y a todos nos aterran muy particularmente esas enfermedades que tienen como rasgo común la pérdida de la memoria, la incapacidad para recordar.

La necesidad de olvidar, para tornar tolerable la vida, puede sentirse con gran intensidad. Manfred es un poema dramático —también es eso que se ha llamado en inglés un closet drama— que Lord Byron compuso a principios del siglo XIX, en medio de graves problemas personales y un rechazo social evidente, tras su fallido matrimonio y ciertas muy extendidas sospechas de una relación incestuosa con su hermanastra, Augusta Leigh. La obra es muy del gusto romántico, con espíritus, demonios, brujas, fantasmas y un final debidamente trágico. No falta nadie.

El protagonista, Manfred, es un noble atormentado por un violento  complejo de culpa. Su inquietud le lleva a invocar la ayuda, mediante conjuros, de Siete Espíritus. Cuando estos le preguntan, ¿Qué quieres de nosotros, hijo de mortales?, dice una sola palabra: olvidar. Los Siete Espíritus contestan que no está en su esencia, en su poder, el controlar los hechos pasados y no pueden satisfacer su demanda. Para olvidar tendrá que morir. Manfred muere y sus últimas palabras son para el abad de San Mauricio: Old man! ‘t is not so difficult to die (Anciano, no es tan difícil morir). He’s gone, his soul hath ta’en its earthless flight; whither? I dread to think (Se ha ido, su alma ha iniciado su vuelo no terrenal. ¿Adónde? Me asusta pensarlo), dice el abad.
(continuará)

3 de octubre de 2014

Sobre la catatimia


En mi entrega (mi post) de ayer, anuncié que hablaría de la catatimia y me pongo a la tarea. ¡Me gustaría tanto saber cómo reaccionan mis lectores cuando hago un aviso así! ¿Habrá alguno que no pueda dormir esperando mis palabras? No querría yo eso, de ninguna manera. Pero sí me sería útil saber más de sus opiniones, de sus gustos.

Alguien dijo que explicar algo mediante ejemplos demostraba una claudicación de la inteligencia. Es que los hay muy delicados, lector amigo, amantes sólo de las puras y cristalinas ideas platónicas. Pues esta vez, como sé que te gustan las historias, yo voy a empezar con una de ellas para contarte lo de la catatimia. Aunque luego, al final, te dé una definición más cumplida y ortodoxa. Me permito estas libertades, porque escribo sólo para los amigos: non scribo cuiqam nisi amicis.

Te contaré mi historia como ya hice en un antiguo librito mío. Había un viejo rey muy poderoso —pongamos que era un rey oriental— que, sin embargo, tenía un estómago débil, que le daba la lata; estos sin sentidos, estas injusticias, se dan. Con muy buen criterio, evitó ponerse en manos de médicos, hasta que ya no tuvo más remedio y se confió a uno de ellos. Consultar a varios sería complicar infinitamente el problema, pensó con gran prudencia. El médico le preguntó muchas cosas, para que el rey viera que se tomaba en serio su profesión, y al final le recomendó que comiera un palomino tierno. Con esto, vuestra majestad curará, le dijo con gran aplomo, salvo que su dolencia sea de aquellas que no responden a este tratamiento. La Naturaleza es muy variada, avisó ya el doctor, por si acaso. Los hombres son como los ríos, sólo el destino es inmutable, añadió, porque era uno de esos médicos descarriados en la literatura.

Una paloma que habitaba en la Corte, en cuanto oyó esta alarmante noticia, se llegó inmediatamente hasta el rey y le dijo: Te suplico que no te comas a mi hijo. El rey, que era, como todos los reyes, sensible y magnánimo, le respondió: ¿Y cómo voy a reconocerlo, cómo podré saber cuál es tu hijo? Es facilísimo, respondió la paloma, es el más bello, el más sano, el más robusto, el más esbelto de todo el palomar.

Enternecido el rey por tanto amor materno, cuando llegó la hora de cumplir el tratamiento, ordenó que le cocinaran el palomino más feo, el más débil, el que tuviese menos probabilidades de convertirse en el futuro en un palomo gallardo y longevo. Así lo hicieron los servidores reales. A la mañana siguiente, la paloma se presentó de nuevo al rey, llorando, asolada por el dolor: Mi rey, te has comido al pichón más bello de todo el palomar. A mi pobre hijo.

Ya sabes, lector agudo, lo que es la catatimia; no harían falta más palabras mías, ¿verdad? Pero, para satisfacer a los exquisitos, a los académicos, definiré el término con unas pocas palabras. Se trata de la distorsión, la inadecuación, que se produce en ciertos contenidos psíquicos de la esfera cognitiva —en la percepción, en datos de conciencia, en la facultad de razonar— motivada por la afectividad de la persona. Viene del griego κατά y θῡμός, dos palabras de traducción muy polisémica. Yo escogería: ‘según el alma, el espíritu’. La deformación del conocimiento objetivo, según la conformación, el estado de nuestra alma. El wishful thinking inglés, bastante popular en la actualidad, es una de las formas de la catatimia.

La catatimia modifica la realidad según los deseos, las vivencias o los temores del sujeto. Por ella, la persona considera a los seres o cosas que aprecia como revestidos de excelsas cualidades que en realidad no poseen, mientras que a los que desprecia los considera imperfectos y defectuosos.  Si esta deformación de la percepción se hace muy general y afecta a todo el entorno vital del sujeto —lo vemos todo radiante o todo negro, como ocurre en las fases maníaca y depresiva de los trastornos bipolares— suele hablarse de holotimia. En la valoración del pasado, de nuestros recuerdos, de nuestra propia persona, y en muchos otros casos, la catatimia puede jugar un papel decisivo, y por ello me referí a ella en mi entrega anterior, Un mundo que se fue.

2 de octubre de 2014

Un mundo que se fue (fin)


Mi entrada de ayer, Un mundo que se fue, se entenderá mejor hoy. Escribí influido por la noticia de una iniciativa consensuada en el Senado para prohibir las novatadas universitarias. En la actualidad, suponen, con cierta frecuencia, tratos vejatorios, humillaciones, amenazas o maltratos. En nada se parecen a las de mis tiempos, a las de ese mundo que desapareció. Contaré algunas.

Relatar algo que a uno le hace gracia, porque lo vivió y conoció las circunstancias, comporta el riesgo de errar en la apreciación y aburrir. Espero que no sea este el caso. Lo hago para que quede constancia de una manera de vivir, de entender la vida, que, desgraciadamente, cambió. Alguien dijo que cuando se muere un viejo es como si se quemara una biblioteca, por la información que se pierde. Yo querría ahora dejar testimonio de algunas novatadas de las que fui testigo en mi juventud.

En mi Colegio Mayor las mesas del comedor eran de seis. La sirvienta ponía lo que fuera en el centro de la mesa y cada uno cogía la sexta parte. A veces alguien calculaba mal y tomaba de más, lo que originaba leves protestas. Un amigo mío decía: ¡Coño, pero si es muy fácil! Se divide por seis, se coge un poco más y ya está. Un poco más, ese era el secreto, no mucho más. Como en la vida, quizá.

En una de las bromas a los novatos, los recién llegados, nos sentábamos a la mesa, con él, cinco veteranos, uno de los cuales se había lavado escrupulosamente las manos y se ofrecía a repartir, por ejemplo, los filetes con salsa que estaban en la bandeja central. ¿Quieres salsa, nos preguntaba, a los otros veteranos primero? Decíamos que sí, y con la mano echaba la salsa sobre nuestro plato. Al novato se le preguntaba lo mismo y solía decir que no, que no quería salsa. Entonces el oficiante cogía el filete y con las dos manos lo escurría muy bien para quitarle la salsa. El novato, resignado, comía su porción, espantado sin duda por nuestros curiosos hábitos.

Otra broma, más ingeniosa, era como sigue. Llegaba el novato por primera vez a su habitación, abría su maleta y ordenaba y distribuía sus cosas. Cuando veíamos que bajaba a cenar, nos reuníamos allí unos veteranos, escondíamos cuidadosamente todo en el armario y nos poníamos a hacer algo. Volvía el novato, abría la puerta y se excusaba por haberse confundido de habitación. Cuando no encontraba su habitación por ninguna parte, su perplejidad iba en aumento. Hasta que le informábamos del asunto, siempre entre risas. Y ya quedaba insertado en el grupo, en el Colegio.

Otra, algo más macabra. El novato iba a cenar y le acompañábamos unos veteranos. Mientras, uno de nosotros se colocaba en su armario, aparentemente colgado de una cuerda en la barra para las perchas, como si se hubiera ahorcado. Volvíamos juntos, con algún pretexto, a la habitación y en el momento oportuno alguien abría el armario ante la vista del novato y aparecía el cadáver. El susto solía ser mayúsculo.

Menos elaborada, la broma más extendida era algún tipo de relato que permitiera la exageración progresiva. Los veteranos hablaban entre sí de las portentosas facultades de alguien, en cualquier actividad, mientras el novato atendía a la conversación. ¡Cómo comía Fulano!, decía un colegial viejo, por ejemplo. Se comió una vez un pollo en una sentada, en un momento. Yo le he visto, añadía otro, comerse dos pollos en quince minutos. Eso no es nada. Yo le vi… Y así hasta que el novato se daba cuenta de que todo era mentira, de que le estaban tomando el pelo. Unos tardaban más y otros menos en descubrir el engaño. Teníamos así una idea de su candidez, de su credulidad.

Nunca vi otras violencias ni humillaciones. Entonces éramos así. No éramos santos, pero no éramos agresivos, con las naturales excepciones. Era un mundo más tranquilo, más sosegado, más respetuoso, más ordenado. Teníamos que esforzarnos con ahínco para conseguir las cosas. No nos habían atiborrado de regalos, de caprichos. Un mundo que se fue. Espero no haber escrito bajo los efectos turbadores de la catatimia. De ese palabro, de la catatimia, hablaré el próximo día.

1 de octubre de 2014

De un mundo que se fue


¡Qué alegría, escribir de lo que a uno le gusta, sin atender a cualquier actualidad estúpida! Me referiré hoy, con cariño y nostalgia, por lo de las novatadas en los colegios universitarios al comenzar el curso, ahora en otoño, a cosas de mi pasado, de un mundo que ya se fue, que desapareció. Todos tenemos un mundo así, el de cada uno, que no pudo aguantar el soplo poderoso y ciego del tiempo.

Hablar de uno mismo tiene varias exigencias. La primera, la más importante, la de ser veraz. Consideraría una hecatombe moral el distorsionar, el embellecer espuriamente el pasado y transmitir una idea falsa y edulcorada de la propia historia. Sólo un vanidoso y tonto e inmoral puede hacer algo así. En la vida de cualquiera ha habido episodios poco honrosos, que no querríamos que fueran conocidos. Con no contarlos basta. Pero tergiversarlos, suplantarlos, eso jamás; eso me repugna. Y conviene contar lo que sea, sin tomarse demasiado en serio, tratando de unir el humor a lo que se vaya desvelando. Por último, hablar de uno, sólo un poquito.

Conté cosas de Amsterdam hace poco. Pero no dije nada de mi llegada a un concierto allí, aupado en la bicicleta de una amsterdanesa joven y bastante guapa —no viaja uno de París a Amsterdam por una cualquiera—. La conocí, con otra amiga suya, cuando hacían autostop. Iba yo con mi R-8 (un antiguo coche Renault, para los que tenga pocos años) a París y las subí. Yo tenía poco menos de treinta años, no era exactamente un muchachito. Al terminar mi estancia en París, salí disparado para Holanda, avisando previamente. A esa edad, qué cordura se puede exigir. En cualquier caso, yo no la tenía, no la había reunido aún.

Llegué a la casa en que vivía sola la chica y no recuerdo siquiera si dormí allí. Sí recuerdo perfectamente que había comprado entradas para un concierto y me llevó en el asiento de atrás de su bicicleta. Y recuerdo muy bien que tenía en gato y que todas sus caricias fueron para él —un gato odioso, naturalmente— y que a mí me olvidó, me postergó injustamente. Fue educada y hospitalaria, pero nada más. Mi cerebro se ha vengado de tanto desafuero, olvidando su nombre y sus facciones. Sólo recuerdo mi llegada al centro de la ciudad a lomos de esta holandesa, fuerte, hábil con la bicicleta y amante suprema de gatos.

Cuando hablé ayer de mi conocido, el de la Paulina, no me extendí en ciertas consideraciones pertinentes, de índole moral. Ya dije que su esposa era muy bella; el personaje de un relato mío, Kitza, que murió en un accidente de coche, está inspirado en ella. La real, era bastante mal bicho, para entendernos. Si hubiera tenido un accidente, seguramente le habría pasado lo que a aquel conde francés que se cayó con su caballo por un terraplén y recibió cientos de llamadas interesándose por el caballo. Era guapa pero perversa, que no tiene nada que ver una cosa con la otra.

No habría metido yo esa mujer en mi vida por nada del mundo. Ahora bien, lo de acompañarla un buen fin de semana en un lugar tranquilo es muy distinto. Y mi pregunta es la siguiente: ¿Hubiera sido eso pecado? Porque yo no deseaba a esa mujer del prójimo de ninguna manera, sólo tenerla para un ratito libre.

Los diez mandamientos vienen explicitados en el Pentateuco, en Éxodo 20:2-17 y en Deuteronomio 5:6-21. En ambos, se dice claramente: no codiciarás la mujer de tu prójimo […], ni su siervo, ni su sierva. Pero no se habla de un préstamo temporal, discreto. Sí extiende la prohibición a los siervos; o sea que de la Paulina, la criada, a olvidarse. Se habla también del adulterio, pero no se veda nada a un hombre y mujer libres. Lo tengo que charlar con mi párroco; no quiero que me acusen de corruptor de los  mayores que me lean. Los jóvenes están ya suficientemente corrompidos en esto.

Quería comentar lo de las novatadas y me alargué demasiado. Son tan distintas de las de mi época, que por eso hablo del tiempo que se fue. Lo contaré todo en mi próxima entrada.

30 de septiembre de 2014

La Paulina, Escocia y Cataluña


Estoy persuadido de que con cualquier nacionalismo la razón se toma unas largas vacaciones. Esperar de los oficiantes del secesionismo catalán declaraciones llenas de lógica, de sentido, revelaría un optimismo absolutamente impropio. Lo que sí se puede encontrar son piezas de pensamiento tremendamente originales. Resumo unas recientes declaraciones del señor Artur Mas, refiriéndose al resto de los españoles: Nos quieren. Muy bien. Pues si nos quieren que nos respeten y dejen votar.

Tan enhebrada argumentación me hizo recordar el caso de un conocido mío, que tenía una muy bella esposa y una joven criada, de nombre Paulina, también de buen ver. El marido un día, casi sin querer y porque estaba aburrido, le tocó distraídamente el antifonario a la doncella, sin que esta diera inequívocas señales de disgusto o enfado. Animado por el resultado del experimento, continuó estas exploraciones preliminares con el resultado de que la joven perdió a los pocos días su doncellez. Desde entonces, el buen hombre repartió sus deberes entre las dos mujeres, sin grandes problemas y en una situación vital personal cercana, próxima a la felicidad.

Hasta que la legítima se enteró. Entonces se armó el consiguiente barullo y el hombre tuvo que estructurar su pensamiento, para decirle a su esposa: Afirmas que me quieres y deseas lo mejor para mí. Pues si es así, ¿por qué no aceptas que me acueste con la Paulina, sabiendo lo mucho que me gusta eso? En el fondo, mi felicidad te importa un pimiento. Si me quisieras, dejarías que siguiera disfrutando del privilegio de la Paulina. Es la misma certera lógica de Artur Mas. Bueno, pues con tan meditado razonamiento, no pudo convencer a la cónyuge. Es que nunca se avienen a razones.

Otras joyas de pensamiento se relacionan con el referéndum escocés. Algunos catalanes dicen, para molestar y enredar, que admiran y envidian la sabiduría, el fair play, del primer ministro británico, David Cameron, al permitirlo. Algunos españoles arguyen, igualmente para molestar, que admiran y envidian la sabiduría del pueblo escocés y que con pueblos así se puede ser liberal y permisivo, no con otros. En realidad, si lo miras bien —y hasta mirándolo de cualquier manera posible— el caso escocés y el catalán se parecen como un huevo a una castaña.

Jamás en mi vida me había yo ocupado de Escocia y andaba tan contento en esa ignorancia. Ahora lo he hecho y aprendí muchas cosas. Para empezar, Escocia tiene unas ochocientas islas, muchas más que Cataluña. Es un estado soberano independiente desde la alta Edad Media —de hecho, a principios del siglo XVII el rey escocés Jaime VI devino también rey de Inglaterra e Irlanda— y sólo en 1707 se unió voluntariamente a Inglaterra, para formar la Gran Bretaña. Y resulta que, con  sólo un poco más de cinco millones de escoceses, tienen diez premios Nobel —el más conocido de ellos es, sin duda, Alexander Fleming—. Las aportaciones de este pueblo han sido notabilísimas en todos los campos de la ciencia, la ingeniería, las comunicaciones, la cultura. Para quien quiera saber algo más de todo esto, le sugiero que lea, como paso inicial, un artículo de Wikipedia, Scottish Inventions and Discoveries (Invenciones y descubrimientos de los escoceses). Se trata, en verdad, de un caso extraordinario y peculiar.

No tienen en cambio un plantel de premios mundiales de motociclismo que se pueda comparar al catalán (creo yo que muchos de estos campeones son catalanes; de esto no sé nada, nunca vi una carrera de motos). Ni tienen un entrenador de fútbol que haya conseguido tantos trofeos como el que hasta hace poco lo fuera del Barça. Y que haya logrado, lo que es mucho más difícil, aburrir con el juego que postula a espectadores de toda Europa. Vayan unas cosas por otras. No se puede tener todo.

Qué fastidio tener que hablar de todo esto. Trataré de no hacerlo más, de verdad. En el fondo, el problema estricto del secesionismo catalán no me importa gran cosa. Lo que soporto mal es la irracionalidad, el engaño, la demagogia y el recurso más o menos permanente a las masas. En cuanto a sus adalides, ¿no pudieron encontrar otros?

29 de septiembre de 2014

La pequeña y verde Holanda


Nunca oculté algunas veleidades didácticas de este blog. Ayer expliqué un poco la confusa nomenclatura de cierta parte de Europa a lo largo de la historia (Holanda, Netherlands, Países Bajos, Flandes, etc.). Seguramente no fue excesivamente divertido, pero tiene que haber de todo. También afirmé que era poco necesario escribir cualquier croniquilla de viaje, con tanta información asequible en Internet. A pesar de todo, contaré algo de mis recientes impresiones sobre Holanda.

A veces erramos en nuestras apreciaciones; tendemos a pensar que la hierba es mejor al otro lado de la verja. La imagen de valquirias rubias atravesando en bicicleta, con la melena al viento, los verdes y llanos campos de Holanda puede no ajustarse a la realidad. En las ciudades hay tantas bicicletas que el tráfico se embarulla y hay ciclistas desconsiderados, que invaden las aceras y molestan a los peatones. El clima acompaña poco y, aun considerando todas las ventajas de este modo de locomoción, no hay que olvidar que existen ciudades que por su tamaño pueden negociarse a pie, caminando. Quiero decir, que la felicidad no consiste en ir en bicicleta a todas partes.

En Amsterdam hay novecientas mil bicicletas y encontrar sitio para aparcarlas es difícil. Se roban unas doscientas mil al año, según la información de un guía. Otro guía dijo que el promedio de estos robos era de tres por ciudadano y año, lo que me parece excesivo. Incluso admitiendo que el ciclista robado recurriera al sencillo expediente de robar a su vez otra bicicleta, los holandeses pasarían una buena parte de su tiempo robándose estos vehículos unos a otros. Además, el tiempo en Holanda es muy variable. La recomendación que cabe hacer a cualquiera, al salir cada mañana de su casa, es: No olvides coger algo de abrigo, que puede hacer frío; ni la gabardina por si llueve. Y toma también el bañador, por si el tiempo se pone bien y quieres acercarte a la playa.

El paisaje sí tiene mucho de encantador y le recuerda a uno los conocidos cuadros de la pintura holandesa. La mirada se esparce en paz y sin tropiezos, la paleta de verdes es riquísima, en los canales estancados es como el jade. En primavera, cuando florecen los tulipanes, el campo es un tapiz delicado y precioso. Los animales están quietos, pastando incansables todo el día. No porque sean glotones, sino porque la hierba es un alimento pobre y son necesarias grandes cantidades para satisfacer las necesidades energéticas. Se ven sobre todo vacas, caballos y ovejas, cada uno a su bola, como se dice ahora. Al atardecer, vuelven ordenadamente al establo para su ordeño.

Ya dije que, nos guste o no, la organización social del país es a la que tienden otros países de nuestro ámbito cultural. El 67 % de los matrimonio acaba en divorcio, porcentaje no único en Europa. En La Voz de Galicia se cuenta hoy mismo que en esa comunidad se divorcian dieciocho parejas cada día. Una de las características más acusadas del ser humano es su extrema susceptibilidad al aburrimiento. Todas las fórmulas ensayadas para soslayar este inconveniente en las parejas, incluyendo la más ortodoxa y ritual, han sido un fracaso. El problema no tiene una solución fácil.

En Amsterdam se pueden comprar semillas de marihuana y hay pasteles y helados que contienen esa sustancia y se pueden adquirir libremente. Mi pregunta frente a esto, es siempre la misma. ¿Qué falta hacen en un mundo pletórico de belleza, de misterios y de interés? Entiendo que la vida puede ser también insoportable a veces. Hay que luchar para que esto no ocurra, para que no pueda ocurrir jamás. Es una tarea difícil, a la que no se coopera desde la evasión con las drogas.

A pesar de la permisividad general, hay sexo mercenario y el llamado Barrio Rojo de Amsterdam es un lugar irrenunciable para los turistas. Como el Reeperbahn de Hamburgo —los Beatles actuaron en algún club de allí antes de ser famosos—, como tantos otros. No ofrece nada nuevo, es lo mismo en todas partes. Sin embargo, hay un afán perentorio en visitarlo; también en las señoras. Para ver cómo son esas ‘otras mujeres’, qué ocultos atractivos pueden tener, estudiar algún pequeño ardid o atuendo que pueda ser honestamente copiado para encandilar de nuevo a los maridos, para mantenerlos eternamente enamorados. ¿Cómo son? ¿Son irresistibles bellezas? Hay de todo, como en todas partes. En esto, el mundo es bastante homogéneo y repetitivo. Infinitamente más interesante: el mercado de flores.




 

28 de septiembre de 2014

Nombres de los Países Bajos


Querría hablar sobre lo que los holandeses, con inteligencia y esfuerzo, han hecho en su pequeño país. Cuando ya toda la información está en Internet, cuando se puede tener acceso a millones de fotos de cualquier parte del mundo, resulta casi injustificable escribir crónicas de cualquier viaje, salvo para ofrecer análisis agudísimos sobre alguna realidad especial, lo que no es ciertamente mi caso. Sin embargo, el caso de Holanda es un poco singular hasta en la nomenclatura y me permitiré alguna digresión.

Se ha dicho que todo el mundo fue creado por Dios, excepto Holanda, que fue hecha por los holandeses. En efecto, casi un 20 % del país es tierra que ha sido ganada a lagos o al mar; desde el siglo XVI, no se trata de algo reciente. Simplificando mucho, la tarea consiste en construir un dique que separe del mar y desecar luego el pólder (la palabra está en el diccionario de la RAE) conquistado. Los molinos de viento, que se ven todavía en los idílicos paisajes del país, fueron empleados para esta labor, entre otras. Holanda es un país muy bajo y llano, y sólo la mitad tiene una altitud superior a un metro sobre el nivel del mar; una cuarta parte está por debajo de ese nivel.

Daré ahora unos datos, por si ayudan a desenmarañar un asunto que es un poco lioso. En inglés se suele designar al país como Netherlands (Tierras bajas), un término que surgió en el siglo XV. Holanda (del Norte y del Sur) son dos provincias, de las doce que tiene el país. En el siglo XVII eran las más prósperas y de ahí la metonimia. El territorio entero, y lo que hoy es Bélgica, Luxemburgo y partes de Francia y Alemania, formaban los Países Bajos borgoñones, en los siglos XIV y XV. A finales del XV adquirieron su autonomía y fueron luego conocidos como las Diecisiete Provincias. La guerra de los ochenta años originó una división: Provincias Unidas, al Norte, que obtuvieron la independencia, y Países Bajos del Sur, que permanecieron  vinculados a la dinastía de los Habsburgo. Tras otras vicisitudes, en 1830 la actual Bélgica se separó de Holanda definitivamente. Hoy día, si alguien habla de los Países Bajos se refiere a Holanda. Flandes es una de las tres regiones que integran Bélgica y ha tenido también una evolución complicada a lo largo de la historia.

Por su peculiar geografía, las inundaciones han supuesto un riesgo continuo para los holandeses. En 1287, afectaron a Holanda y Alemania y causaron más de 50.000 víctimas. Mucho más recientemente, en el 1953, la rotura de varios diques en el suroeste causó más de 1.800 víctimas. A partir de entonces, el gobierno comenzó un vasto programa de protección, el llamado plan o proyecto Delta, que ha construido más de 13.000 kilómetros de diques, en el mar y en los canales y ríos interiores. El proyecto ha sido considerado por la Sociedad Americana de Ingenieros Civiles como una de las siete maravillas del mundo moderno. Hay muchas fotos en la red.

Holanda es un país muy interesante. En mi opinión, y nos guste o no, representa el futuro al que se encaminan otras naciones europeas y occidentales. Tiene la décima renta per cápita mundial y ocupa el cuarto lugar en el United Nations World Happiness Report, que pretende medir la calidad de vida de los distintos países. Es una sociedad tolerante y liberal, en la que están legalizados el aborto, la prostitución, la eutanasia y el uso limitado de drogas. Fue la primera en admitir, en 2001, el matrimonio homosexual. Siendo un país pequeño, sus exportaciones de productos agrarios constituyen el 21% del total nacional, con un volumen que es el segundo en el mundo, después del de USA. Exporta también una gran cantidad de plantas, flores y bulbos, hasta las dos terceras partes del total mundial.

Los estorninos pintos holandeses (adjunto foto) son confianzudos y vi cómo te pueden quitar la comida de tu propio plato. No sé cómo serán los de otros países. No conocía yo el nombre de estos pájaros y pregunté. Me lo dijeron en holandés: spreeuw. Sobre la marcha alguien lo tradujo al alemán y de ahí al castellano: estornino pinto. Tienen la gracia de los gorriones, aunque son algo más grandes.
 
 

27 de septiembre de 2014

El holandés y su carro


He estado algún tiempo fuera, en Bélgica y Holanda, huyendo de la barahúnda nacional. No lo hago a menudo por este motivo, sólo cuando el nivel de irracionalidad de la tribu supera cierto generoso dintel. No me gusta hacerlo, aunque también creo que uno tiene derecho a un poco de paz. Lo grave es que no hay un sitio en donde encontrarla. Lo único que uno puede hacer es aislarse en lo posible y esperar. Lo aún más grave: está claro que no hay mucho bueno que esperar.

Siempre ha sido así, lector amigo. Te contaré un secreto: Algunos escritores hebreos afirman que entre los cielos y la tierra vive un gallo salvaje, que tiene uso de razón y puede hablar. Se ha encontrado un pergamino antiguo, escrito con letra hebraica y lengua entre caldea, targúmica, rabínica, cabalística y talmúdica, con el título Scir detarnegòl bara letzafra —la traducción, por si alguien no lo entiende, Cántico matutino del gallo silvestre—, que se ha logrado descifrar, con infinito esfuerzo. De él son estas palabras que canta el gallo al amanecer y dirige al Sol: ¿Viste tú alguna vez a uno solo entre los vivientes ser feliz? ¿Viste nunca la felicidad dentro de los confines del mundo? ¿En qué campo mora, en qué bosque, en qué montaña, en qué valle, en qué país habitado o desierto, en qué planeta de los muchos que tus llamas iluminan y calientan? Y tú mismo, que velozmente, día y noche, sin sueño ni reposo, corres el desmesurado camino que te está prescrito: ¿eres feliz, o infeliz?

Lo de huir a otro país tiene la ventaja de que, al conocerlo menos, uno puede en algún momento arriesgarse a pensar que la vida en él es algo mejor, que algunas estupideces de los humanos les han sido perdonadas, condonadas. Uno se inventa así más fácilmente historias o vidas felices. Quizá yo me he inventado una en este viaje. Estábamos mi esposa y yo en el hotel, cerca del lugar en que había varios ordenadores para conectarse a Internet, cuando un señor mayor, pulcro, atildado, con pinta de ser quizá miembro de alguna de esas academias ilustres que hay en todas partes, se acercó y pidió ayuda para su mujer, que estaba luchando con uno de los monstruos y a punto de ser vencida y humillada. La ayudamos en lo que se pudo y luego charlamos un poco.

Lo poco que se puede charlar con alguien que habla sólo holandés y un poco de alemán. El señor resultó educado, algo dicharachero y gracioso. Y sincero y sencillo, esas divinas cualidades que cuesta tanto trabajo adquirir. Se excusaba por haber pedido ayuda. No sé nada de ordenadores; es mi mujer la que sabe un poquito. Yo me he pasado toda la vida de un lado para otro con mi caballo y mi carro y no sé nada de eso, nos contaba riendo. Y ya se me disparó a mí la imaginativa, como decían los antiguos, y lo veía en aquella plácida, aunque vulnerable, tierra, haciendo su trabajo diario, con uno de esos gigantescos caballos percherones que se ven por allí, ganándose con alguna holgura la vida, para acabar, al llegar la jubilación, bien vestido, con un aspecto envidiable y sin perder su simpleza de campesino. Me lo imaginé ya así y así quedará en mi memoria. Y envidié ese país, seguramente irreal, en el que un campesino al final de su vida puede parecer un académico y no al revés, como puede suceder en otros sitios.

Como me interesan sobre todo las personas, enseguida pensé que me gustaría contar esta historia, antes que cualquier otra, cuando hablara de este viaje. Y eso es lo que estoy haciendo y hasta quizá le ponga a esta entrada el título que pensé entonces: El holandés y su carro. Aunque si él pudiera leer esto, quizá me corregiría: Le aseguro que la vida no fue fácil para mí. Por no hablar de la tragedia de 1953, aquellas inundaciones terribles que dejaron casi dos mil muertos en mi país. Yo era entonces un niño y todavía inquietan mis sueños. Pero la vida es eso, ¿qué podemos hacer?

Se pueden hacer muchas cosas, contestaría yo. Esos problemas son solucionables con esfuerzo e inteligencia. Como han hecho ustedes, los holandeses. Otro día contaré algo más de todo esto.