21 de febrero de 2015

Masterchefs de los siglos XIV y XV (I)


Palabras clave (key words): Ferran Adrià, Les Rocquevillard, Jean de Belleville.

En alguna de mis entradas quizá parecí algo crítico respecto a la alianza de los placeres gastronómicos e intelectuales, que postula y propugna Ferran Adrià. Nada más alejado de mis convicciones. De hecho, reconozco que, entre dedicarse a desliar algunos pensamientos enmarañados, tras ingerir una Delikatesse del famoso chef, o hacerlo tras comer una buena fabada, hay diferencias sustanciales: mucho más funcional y efectivo lo primero. Claro, se me puede argüir, que también uno puede atacar resueltamente la fabada y dejar lo de pensar para mejor ocasión, lo cual es perfectamente lícito.

Me refiero al tema, porque acabo de leer otro de esos libros antiguos que me interesan por muchas razones, Les Rocquevillard, de Henry Bordeaux, 1906, encontrado en una librería de viejo. Bordeaux, nacido en la Haute-Savoie, ejerció como abogado durante toda su vida y fue elegido miembro de la Academia Francesa en 1919. No es un libro como para recomendar ahora, aunque, como suele suceder en estos casos, se encuentran en él detalles curiosos, difíciles de hallar en obras modernas. El azar ha hecho que encuentre allí una referencia a un famoso cocinero de principios del siglo XV, Jean de Belleville (no confundir con su coetánea Jeanne de Belleville, la ‘tigresa bretona’).

En la novela, ambientada a finales del siglo XIX, un noble, llamado M. de la Mortellerie, cuenta al protagonista —en realidad el protagonismo recae en toda una familia— que, en la recepción que Amadeo VIII de Savoya ofreció al emperador Segismundo el 14 de febrero de 1416, se dio un banquete “dressé par Jean de Belleville, l’inventeur du gâteau de Savoie. Les viandes étaient dorées, chargées d’ornements et de banderoles aux armes des convives et chacun recevait les mets qui lui étaient destines en portion simple, double ou triple suivant son rang. Il faut manger, non pas selon son appétit, mais selon son importance” (servido por Jean de Belleville, inventor del pastel de Saboya. Las viandas eran doradas, cargadas de ornamentos y banderolas con las armas de los comensales y cada uno recibía los platos que le estaban destinados, en porción simple, doble o triple, según su rango. Hay que comer, no según el apetito, sino según la importancia).

Estoy casi seguro de que algunas de estas ideas podrían serle útiles al señor Adrià en sus happenings. Cualquier especialista en heráldica, en un momento, puede informar sobre las armas y banderas de los comensales y una rápida consulta al Who’s who permite conocer su categoría de ministro, subsecretario o simple director general, para proceder en consecuencia al repartir las porciones.

Quise saber más de este Masterchef del siglo XV. No fue fácil, pero encontré un libro, publicado en Chambéry en 1861 y escrito por Gabriel de Mortillet, Guide de l’étranger dans les départements de la Savoie et la Haute-Savoie, con el siguiente texto: C'est dans le val de Belleville que naquit Jean de Belleville, cuisinier du Comte-Vert, de 1348 à 1367, qui s'est immortalisé en inventant le gâteau de Savoie (Fue en el valle de Belleville donde nació Jean de Belleville, cocinero del Conde Verde, de 1348 a 1367, que se inmortalizó por inventar el pastel de Saboya). ¿Pudo servir este chef el banquete mencionado, en el año 1416, o hay un error de Bordeaux o de Mortillet?

Lector, pretendía que esta entrada fuera breve y no lo logro. Te gustará, como a mí, saber algo más del cocinero, del Conde Verde, la receta del pastel de Saboya, la tigresa bretona, etc. Piensa que, tras el banquete, Amadeo VIII fue hecho duque y luego antipapa. Todo te será desvelado, si lees una próxima entrada que tendré que escribir.

(continuará)

17 de febrero de 2015

Eterna lucha entre animales inocentes


Palabras clave (key words): De Goupil à Margot, luchas animales, relato Juicio final.

He hablado algo del escritor francés Louis Pergaud y tomé una historia de su libro De Goupil à Margot. Me siento obligado a escribir un poco más sobre todo esto.

Hacia el siglo XII, la antigua palabra francesa ‘goupil’ —derivada de la latina vulpécula, diminutivo de vulpes— era la que designaba al animal que hoy se llama en francés moderno renard, zorro en español. El libro de Pergaud, cazador e hijo de cazadores, nacido y criado en un ambiente rural y conocedor profundo de la naturaleza, del bosque y de los animales que lo pueblan, narra la vida y los avatares de estos, a los que dota de rasgos antropomórficos, muy capaces de suscitar empatía en el lector.

También hay lugar para la fantasía y hasta para el capricho en las historias que lo componen: desde un zorro al que un cazador bromista le ata, después de cazarlo en una trampa, un cascabel al cuello, con lo que le resulta casi imposible cazar y casi enloquece, hasta una urraca, encerrada en una jaula en una taberna, a la que los clientes hacen beber alcohol y emborracharse. En un episodio de ebriedad hace caer una lámpara y muere abrasada viva. Es el más triste y cruel de todos los relatos.

Los animales expresan sentimientos semejantes a los humanos, de manera que se llega fácilmente a compartir sus temores y sus angustias. Son víctimas de otros animales y, por supuesto, de uno singularmente sanguinario: el hombre. Hay un topo, sujeto a un apareamiento necesario y brutal; una comadreja cogida en una trampa que logra liberarse, dejándose parte de sus patas anteriores en el cepo, y que al final muere al ser atrapada por un aguilucho, al que también es capaz de matar mientras se la lleva volando: los dos animales caen a tierra heridos de muerte. Está también la liebre Russard, que es atacada por una legión de conejos; la ardilla Guerriot, víctima de un cazador; la rana tragada por una culebra y que se libra cuando esta es atacada por un cernícalo… En fin, un libro de amor a la naturaleza y bella prosa, lleno de horrores y zozobras, que el autor sabe trasladar muy eficazmente desde los animales al hombre. Ya dije que fue premio Goncourt.

Tengo bastantes cosas escritas y he hurgado con mi pluma muchos aspectos de la realidad y los sueños. En un antiguo relato mío, de título El gran juicio, me refiero a esta lucha incesante por la supervivencia entre muchas especies animales, en el marco de un imaginado juicio final: “De repente, un grito de dolor agudísimo, de terror y espanto inauditos, sobrecogió a todos los presentes. El grito era como la condensación en un instante de todos los gritos que millones de animales habían proferido cuando habían sido abatidos por sus depredadores naturales a lo largo de los siglos. Tenía el sabor amargo de la muerte inesquivable, sentida ya, sin escapatoria posible, por seres inocentes, víctimas de otros seres inocentes, que los inmolaban sólo para poder vivir —porque éste había sido el torpe mecanismo dictado e impuesto para su supervivencia— y se derramó por el valle entero, haciendo temblar a los reunidos”.

En mi relato, en el enorme valle en que se hallan reunidos todos los seres de la creación para ser juzgados, también hay algunas preguntas difíciles al Dios, allí presente: “¿Por qué, clamó una voz más lejana, la ferocidad estaba inscrita en la vida misma de tantos animales que carecían de razón y mataban, porque estaban hechos y dotados exquisitamente para matar? ¿No podrían haber subsistido de alguna manera diferente, menos brutal y cruenta, sin destrozarse unos a otros?”.

Al final, un acontecimiento fortuito también me decidió a comentar el libro de Pergaud y mencionar mi viejo relato. He recibido, de uno de mis lectores más fieles, un vídeo, extraordinario en su realización —probablemente una composición—, pero también horrible. Lector, te doy aquí el vínculo, para que lo puedas ver:

14 de febrero de 2015

El cazador maldito, leyenda (fin)


Palabras clave (key words): Pergaud, Deubel, poetas suicidas, cazador salvaje, Conde Arnau.

Louis Pergaud nació en 1882, en la localidad francesa de Belmont, en el Franco-Condado y murió en Marcheville en 1915, con treinta y tres años. Lector, cuando encuentres un autor que muere tan joven, la causa bien puede ser esa locura que es la guerra. Como en este caso, porque Pergaud fue muerto en la primera Guerra Mundial, al atacar su regimiento las líneas alemanas, el siete de abril. Lo hirió una bala y cayó en las alambradas, de donde fue recogido por los soldados alemanes y llevado a un hospital de campaña. Al día siguiente murió allí, como resultado del bombardeo de las propias tropas, las francesas. La Muerte es a veces caprichosa e insistente.

No fue uno de esos triunfadores absolutos. Se hizo maestro, como su padre, se casó a los veintiún años y la felicidad, si llegó a mostrarse, lo acompañó poco más de tres años. Se separó entonces de su mujer y marchó a París, a la casa de otro escritor amigo, Léon Deubel, quizá el último de los poetas malditos. Este vivió treinta y cuatro años y se suicidó arrojándose al río Marne, en 1913, después de haber quemado muchos de sus escritos. Tiene una obra extensa para su corta vida y vivió y murió pobre. Pergaud escribió una muy bella introducción a su libro Régner. También fue uno de los que le identificaron en la morgue, después del suicidio. Eran poetas amigos a los que unió el destino, el infortunio, la inadaptabilidad y la desesperanza.

Deubel recibió en cierto momento una herencia de doce mil francos, una suma de cierta importancia en la época, pero se la gastó en poco tiempo. Parte en Italia, cuya luz lo embriagó y en donde quizá gozó esa pequeña parte de felicidad a la que se tiene siempre derecho. Lo sacaron del río a los seis días de su muerte y en sus bolsillos había seis francos. Cuando descolgaron el cadáver del poeta Gérard de Nerval, que se ahorcó en una farola de París una mañana del invierno de 1855, en su pantalón había dos francos, cantidad más o menos equivalente, considerando la depreciación de la moneda, según comentó Jean Mistler, Secretario perpetuo de la Academia Francesa.

Muestro también una emotiva declaración de otro poeta francés, Léon Bocquet, en la que menciona a Deubel y Pergaud, muertos ya ambos: Te nombro, Léon Deubel, como otras veces. Te llamo al país de las sombras en donde se te ha unido Pergaud. ¿Me oyes, reconoces mi voz? Escucha y sé feliz. Hay jóvenes […] que te prometen que mañana tus versos florecerán en los labios de mujeres hermosas.

¡Cuántos poetas tristes! ¡Cuántos escritores acabaron voluntariamente sus vidas! He citado a Nerval; hizo una traducción del Fausto, que entusiasmó a Goethe, que llegó a decir que la prefería al original alemán. O José Asunción Silva, el poeta colombiano que a los treinta años hizo que un médico, amigo de la infancia, le dibujara una cruz en el lugar exacto del corazón y se disparó un tiro al día siguiente. Su último cheque fue a un florista, para que enviaran un ramo de flores a su hermana menor. O Ángel Ganivet, que saltó al río Dvina desde el vapor que cada día lo llevaba al trabajo. Lo recogieron los viajeros y hubo de saltar una segunda vez, para pasar por fin a la otra orilla tenebrosa de la existencia, con treinta y dos años. O Vladimir Maiakovski, o Cesare Pavese, o Paul Celan, que se arrojó a otro río, al Sena, desde el puente Mirabeau, en 1970.

Quería haber dicho algo del libro de Pergaud, poco conocido —es infinitamente más popular su La guerra de los botones, de 1912, llevada al cine—. Y sobre la leyenda del cazador maldito, el mito europeo y universal del Wild Huntsman, seducido por el demonio, que cabalga en la noche y puede aparecerse a los mortales. En España, en la mitología catalana, el conde Arnau es condenado a montar eternamente durante la noche en un caballo negro que echa fuego por la boca y los ojos…

Quizá en alguna otra entrada...

13 de febrero de 2015

El cazador maldito, leyenda (I)


Palabras clave (key words): Louis Pergaud, Goncourt, leyenda del cazador maldito.

Ya dije que amo los libros antiguos. También los modernos, claro: amo los libros. Leo ahora uno que fue premio Goncourt hace más de cien años, en 1910. Lo compré sólo por eso, pero luego alguna razón más me ha hecho traerlo a este blog. Se titula De Goupil a Margot y su autor es Louis Pergaud. Como mis lectores gustan de leyendas, tomo una de él. C’était il y a des temps, des temps… Me encantan estas fórmulas algo alambicadas que se usan en muchos idiomas para empezar un cuento. Es un aviso del narrador para indicar que se parte hacia un mundo diferente, extraño y fantástico. Ahí va:

Una mujer muy mayor cuenta la historia a un grupo, en torno a la chimenea: Era Nochebuena y se acercaba la hora del oficio divino. En el castillo, cuyas ruinas todos conocéis, apareció un hombre al que nadie había visto jamás por estas tierras y preguntó por el conde. Habló con él y le dijo: Señor conde, hay cientos de jabalíes reunidos en el fondo del valle de los lobos y con el bello claro de luna será fácil darles caza.

En un momento, el conde, cazador apasionado, olvidó sus deberes religiosos, llamó a sus criados y mandó ensillar los caballos y preparar los perros. Sin embargo, su piadosa esposa lloró tanto y le rogó tanto, que el conde consintió por fin en ir al oficio y ocupar su puesto en la iglesia, en el sillón rojo, bajo el baldaquín dorado, que le estaba reservado por su dignidad.

Ya habían comenzado los cantos y el conde aún estaba con el ceño fruncido, a disgusto. En ese momento, el mismo misterioso desconocido entró en la iglesia y, sin persignarse ni tomar el agua bendita, se dirigió de nuevo al noble y le habló al oído. El débil conde ya no pudo aguantar más y, a pesar de las miradas suplicantes de su dama, salió de la iglesia, seguido de sus criados. Muy pronto se pudo oír el ladrido de los perros y durante la misa se percibían como una blasfemia los gritos de la lejana caza en el valle. Los asistentes a la misa tenían lágrimas en los ojos y rezaban con fervor.

El ajetreo duró la noche entera hasta que, de repente, cesaron los ruidos. Pero el señor conde no volvió al castillo y nunca más apareció de nuevo. Como si la tierra se lo hubiera tragado, junto a sus criados y la jauría. Es fama desde entonces que su impiedad fue condenada por Dios y que está en el infierno expiando su sacrilegio. Además está condenado a volver cada cien años, en Nochebuena, con sus perros y andar vagando de caza toda la noche. La pobre condesa murió poco después de tristeza en un convento y en cuanto al misterioso personaje que propuso la caza, nunca más se le vio por la comarca y todo el mundo quedó convencido de que era el Diablo.

La vieja que contaba la historia junto al fuego, rodeada por todos los miembros de la familia, añadió que ella no había oído jamás esa caza nocturna, pero su madre le contó que su abuela sí la había oído una vez. En ese mismo instante, unos gritos lúgubres se dejaron oír y atravesaron el pueblo dejando una estela de horror. Ante los quejidos desgarradores, los perros empezaron a ladrar desesperadamente. Los gritos crecían amenazadores y acababan  como en un llanto. Terminaban y volvían a empezar otra vez, el aquelarre no acababa nunca. Sus modulaciones eran siempre angustiosas y se prolongaban, siguiendo un ritmo monótono y horrendo.

Los hombres descolgaron sus fusiles y las mujeres y los niños se agolparon en torno al fuego, refugiándose en la claridad y el calor, y buscando protección frente al peligro desconocido que los amenazaba. Recemos, hijos míos, recomendó la abuela, por el alma del pobre conde. Por fin pasó todo, renació la calma y los presentes entendieron que nadie volvería a tener esta visión horrísona hasta pasados otra vez cien años.

He de contar cosas del autor y de la leyenda. Será en una próxima entrada.

(continuará)

8 de febrero de 2015

La sposa del re (La esposa del rey), leyenda (fin)


Palabras clave (key words): leyenda, sirenas, rescate de la reina, justicia.

La joven reina, sigue la leyenda, no merecía la muerte porque era “bella, buena y obediente”. En el fondo del mar fue acogida por una multitud de hermosas sirenas, que cantaban dulcemente, de un modo jamás oído. La condujeron a sus ricos alojamientos y allí pudo ver a muchos hombres y mujeres, a los que el canto fascinante y traidor de las sirenas había atraído y vencido para siempre durante siglos.

Mientras tanto, el cortejo llegó al palacio real, rebosante de damas y caballeros. El rey ofreció el brazo a la desposada y al mirarla quedó como fulminado. ¡Qué fea es la reina, pensó, y a mí me pareció la más bella del mundo! También los presentes estaban maravillados y se miraban en silencio. Sólo la madre de la reina rebosaba de gozo. El rey le preguntó la razón de aquel cambio súbito y ella respondió, con el desparpajo propio de estos casos: Maestà, passò la luna, e le tolse la fortuna; passò il sole, e le tolse lo splendore. Dejo el italiano y traduzco: Majestad, pasó la luna y le quitó la fortuna; pasó el sol y le quitó el esplendor.

Se suspendieron las fiestas, el rey se refugió en sus habitaciones y estuvo tres días y tres noches sin ver a nadie, sin tomar alimento, desahogando en llanto el dolor de su amarga desilusión. Pasado un tiempo, quiso tomar un poco de aire fresco y salió al campo, solo, sin acompañamiento. Sin darse cuenta llegó hasta el mar y lanzó un hondo suspiro. Le pareció entonces oír una voz melancólica que venía de lo profundo de las  aguas: Oh, tú, que vienes a esta playa, ve al rey y cuéntale mi historia. ¿Quién eres tú, gritó el monarca, y qué quieres del rey? Entonces la voz, que era la de la obediente e infortunada reina, le contó la historia de su viaje y de sus desgracias.

El rey estaba fuera de sí ante tanta maldad. ¿Qué debo hacer para sacarte del mar y conducirte a la corte?, preguntó. Es inútil cualquier remedio, pero preguntaré a la Madre de las Sirenas. Vuelve mañana a este mismo lugar y te diré su respuesta, contestó la voz. El rey volvió al día siguiente y la misma voz le dijo: La Madre de las Sirenas me ha dicho el remedio, pero es muy arduo y complicado. Además, pienso yo que el rey ya se habrá consolado de mi ausencia y me creerá muerta.

No, no, exclamó el rey. Lo conozco y sé que es el más infeliz de los hombres desde tu desaparición. Dime el medio para salvarte. Pues bien, para que vuelva a tierra es preciso echar al mar una gran carga de vino, de queso y de pan, para saciar a las sirenas y sus prisioneros que no han comido desde hace mucho tiempo y sobrepasan en número a todos los habitantes de la tierra. Así lo cumplieron todos los súbditos del reino y así pudo regresar la reina a tierra, en los amantes brazos del rey, que la tuvo escondida hasta la noche. Se anunció que habría una gran fiesta en palacio.

En la fiesta, llena de cortesanos, la reina auténtica estaba disfrazada con ropas de forastera. El rey se inclinó ante la falsa reina y dijo a todos: Señoras y señores, os he reunido para que cada uno de vosotros cuente una historia, de amor o tristeza, que aporte alguna distracción a mi desolado ánimo. Cada uno de los invitados contó su historia, provocando las lágrimas o sonrisas del auditorio. Hasta que llegó el turno de la bella desconocida, la forastera, que contó su historia, la verdadera, la ocurrida durante el viaje del cortejo real. Todos se horrorizaron por aquella crueldad incalificable.

Cuando terminó, el rey preguntó a sus nobles: ¿Qué pena merecen los que traicionaron a esta pobre mujer? Todos propugnaron que juzgara la reina. La falsa reina, pálida como la muerte, se vio obligada a decir: Merecerían la muerte. Sea tal, decretó el rey. Entraron entonces hombres armados, que quitaron todas sus joyas a la falsa reina y la sacaron fuera, con su madre. El rey presentó a sus cortesanos la reina verdadera. Tenía los ojos del color del mar y los cabellos del color del sol.

Es una leyenda sencilla, poco conocida y levemente disparatada, que fue traducida al inglés y francés. La  presento ahora en español. La reina era un encanto, aunque quizá un poco sorda.

7 de febrero de 2015

La sposa del re (La esposa del rey), leyenda (I)


Palabras clave (key words): leyenda, reina bella, buena, obediente… un poco sorda.

 
Buceando otra vez en libros antiguos, me encuentro con Superstizioni, pregiudizi e tradizioni in Terra d’Otranto, de Giuseppe Gigli, 1893 —citado en la obra de Paul Bourget, Sensations d’Italie—, en el que está recogida una curiosa fábula, La sposa del re (La esposa del rey). El primer libro lo pude encontrar en ese tesoro que es Internet. Es una obra de un sencillo escritor local, que sólo el empeño universal de hacer asequibles las más diferentes obras en la red, explica que se pueda encontrar allí.

Es un libro modesto, perdido en el tiempo y quizá en el olvido y, precisamente por ello, espoleó mi deseo de conocerlo, después de verlo citado en el de Bourget. Cuento la historia, porque tengo el fundado presentimiento de que mis lectores aman esta clase de leyendas. Gigli la oyó de viva voz, en dialecto local, a gentes de la villa de Manduria, en la Puglia, en el tacón de la bota italiana.

No me resisto a copiar las primeras líneas en italiano: C’erano una volta due comari, che si volevano un gran bene. Una di esse aveva una figliuola bellissima, in suoi diciott’anni, dagli occhi color di mare e da capelli color di sole (Éranse una vez dos comadres que se querían mucho. Una de ellas tenía una hija bellísima, de dieciocho años, con ojos color del mar y cabellos color del sol). Sigo en español:

Esa madre murió y dejó la hija encomendada a la amiga, que tenía otra hija de la misma edad, pero fea y deforme, con ojos blancos como los de los gatos y cabellos erizados como los de una bruja. Bueno, sabido es que Dios reparte caprichosamente sus dones. El caso es que un día pasó por allí un alto y poderoso rey, vio a la huérfana, se enamoró perdidamente de ella y decidió esposarla. No se dice si el rey le preguntó su opinión a la bella muchacha o no. De haberlo hecho, casi seguro que la joven habría estado de acuerdo; un rey tira mucho. Se casaron en un santiamén y, tras la ceremonia, el rey la hizo subir en una carroza espléndida y empezaron el viaje hasta la corte.

La madre de la hija fea, antes le había pedido una gracia al rey: “Majestad, recogí a la que es ya vuestra esposa cuando era pobre y estaba abandonada. En recompensa, no os pido ni oro, ni joyas, ni títulos. Permitidnos, simplemente, a mi hija y a mí, subir a la carroza de vuestra esposa. Es la última vez que nuestra humilde condición nos permitirá estar cerca de ella”. El rey le concedió lo que pedía tan razonablemente y el cortejo inició su marcha, yendo él a caballo a la cabeza del mismo.

Al poco tiempo llegaron a un castillo, teñido de rojo por los rayos del sol ponentisco. Mirad, dijo el rey a la recién casada, acercándose a la carroza y llamándola por su nombre, ese castillo es nuestro y allí pasaremos los meses de verano. El ruido de las ruedas del carruaje no dejó oír las palabras del rey y la esposa preguntó: ¿Qué ha dicho el rey? La madre de la chica fea contestó: Que cambies tus vestidos con los de mi hija. La ya reina juzgó que era un capricho bastante extraño, pero obedeció, porque para ella la voluntad del rey era sagrada.

Una hora más tarde, la caravana llegó a un bosque con altos y frondosos árboles. El rey se acercó de nuevo a la carroza, llamó a su esposa y le dijo: Mira, qué hermoso bosque. Aquí vendremos a cazar liebres y jabalíes. Tampoco le oyó la esposa y preguntó de nuevo: ¿Qué ha dicho el rey? Y la madre contestó: Ha dicho que deis vuestras joyas, vuestros ornamentos y vuestra corona real, llena de piedras raras y costosas, a mi hija. La reina se sonrió ante este nuevo capricho y obedeció.

No mucho después llegaron hasta la orilla del mar. El viento soplaba fortísimo y las nubes anunciaban lluvia y tempestad inminentes. El rey se acercó de nuevo a la carroza y dijo: Mi reina, mira este mar. Aquí remaremos solos en la blanca y ágil nave real. Tampoco oyó esta vez las palabras reales la reina y preguntó: ¿Qué ha dicho el rey? Le respondió la mujer: Que os arrojéis al mar. Enseguida se oyó el ruido de un cuerpo cayendo al agua y la infeliz y obediente reina fue tragada por las olas del mar.
(continuará)

4 de febrero de 2015

Sobre la momentánea derrota del Tiempo (fin)


Palabras clave (key words): Thomas Jefferson, trasplante renal, trasplante de corazón

Conviene recordar que la compra de Luisiana, en 1803, duplicó el tamaño de los Estados Unidos y constituye hoy el 23 % del país. De sus ideas sobre la esclavitud y de la relación con su esclava Sally Hemings —algo íntimas, porque tuvieron juntos seis hijos— no diré nada más. Jefferson ha sido considerado como el apóstol de la libertad e inspirador de partidos políticos y disidentes liberales en muchos países.

Nada que ver aquella reunión de premios Nobel con la nuestra, infinitamente más modesta. Pero algunos de nosotros habían trabajado con pioneros en medicinas o cirugías de vanguardia y se charló sobre ellos, comentando detalles interesantes o curiosos. Hablando de trasplantes renales, se mencionó a los gemelos Rafael y Robert Mendez, que hacían esa cirugía hacia 1970, en Los Angeles, años después de que Joseph Edward Murray realizara el primer trasplante con éxito definitivo en Boston, en el año 1954, lo que le valió el Premio Nobel en 1990. Murray presumía de no haber investigado nunca, como expuso en la autobiografía que envió al Instituto Karolinska al recibir el premio.

Antes de 1954, el nefrólogo Jean Hamburger, de París, inventor del primer riñón artificial, había impulsado al equipo quirúrgico de Louis Michon, a realizar el primer trasplante renal en el hospital Necker, el día de Navidad de 1952, en el paciente Marius Renard. Jean Hamburger fue uno de los tres grandes ‘Jean’ de la medicina francesa del siglo XX, con Jean Bernard y Jean Dausset. Los dos primeros escribieron también obras no médicas. Hamburger tiene una, espléndida: Le journal d’Harvey, biografía algo novelada del descubridor de la circulación de la sangre.

Los citados Mendez eran hijos de un personaje singular, Rafael Méndez, nacido en Jiquilpan, Méjico, en 1906, trompetista de fama mundial, de repertorio clásico, popular mejicano y jazz, que murió en el año 1981. Tiene su estrella en el Paseo de los Inmortales de Hollywood. Este Rafael era el cuarto hijo de quince y con sólo cinco años empezó a tocar la corneta y a acompañar a su padre en la orquesta que había fundado y que fue contratada por Pancho Villa. Se dice que en la guerra la orquesta tocaba todos los días a las cinco de la tarde y se hacía una tregua. Luego, continuaba el combate. Los cirujanos Mendez también tocaban la trompeta y acompañaron alguna vez a su padre.

Alguien de nosotros pudo conocer a uno de los fundadores de la hematología, William Dameshek, nacido en Rusia y que llegó a Estados Unidos con sólo tres años. Otro era residente en el Maimonides Hospital de Nueva York aquel 6 de diciembre de 1967, cuando Adrian Kantrowitz realizó el primer trasplante de corazón en un niño, el segundo en el mundo, tres días después del de Barnard. Se comentaba entonces en el Maimonides que días antes, por circunstancias fortuitas, no se había podido hacer allí un trasplante, que habría sido primicia mundial. Kantrowitz y Michael DeBakey, en 1965, ya habían implantado un artificio mecánico para ayudar al corazón insuficiente. En 1967 había cuatro cirujanos preparados para el salto definitivo: Norman Shumway, de Stanford University; Richard Lower, en Virginia; el propio Kantrowitz  y Christiaan Barnard, en Sudáfrica. Fue este el que llegó primero a la meta.

Gente excepcional, activísimos todos y muchos longevos. DeBakey murió a punto de cumplir 100 años, Jean Bernard con 99, Murray con 93 y Kantrowitz con 90. Hablar de ellos, recordarles con sencillez y cariño, fue una fiesta. Con la alegría y el pasmo de haber rozado a gente admirable. No olvidamos a nuestros maestros españoles, presentes en nuestras recordaciones de ese día y siempre. Entendemos que todo ha sido como una bendición, algo por lo que deberemos estar siempre agradecidos, y lo estamos. De la distendida charla, cito aquí sólo los asuntos de interés más general.

Se habló de gastronomía; un momento, para saludar y felicitar a la cocinera. Había mil temas mucho más interesantes; si lo puedo decir, sin ofender a algún chef famoso.

2 de febrero de 2015

Sobre la momentánea derrota del Tiempo


Palabras clave (key words): Platón, Ferran Adrià, John F. Kennedy, Thomas Jefferson.

Platón, en un pasaje de su Político, refiere un antiguo mito griego: el universo giró en sentido inverso y los seres mortales cesaron de envejecer y regresaron a la juventud y la niñez. Hace unos días ocurrió algo parecido. No para todos los mortales, pero sí para los nueve amigos que estábamos reunidos en casa de uno de nosotros, compartiendo mesa y mantel. Para nosotros, el cosmos entero se aquietó y el tiempo volvió atrás más de medio siglo, hasta nuestros años de estudiantes de Medicina, en Madrid.

Cualquier acontecimiento esplendente y gozoso alberga en su núcleo la amarga semilla de una tristeza posterior inevitable. De la apoteosis del sexo deriva la tristitia post coitum, como designaban los romanos al sentimiento de soledad y vacío que puede suceder a la plenitud amorosa. Del hecho que cuento, también quedó la melancolía de su fugacidad, de su imposible continuación, de la evanescencia final del alegre estado de ánimo en el que el tiempo pareció derrotado. Hay una tristitia post concilium.

Vuelvo a Ferran Adrià y a esas simplezas de la alianza entre lo gastronómico e intelectual. En nuestro caso, fueron experiencias nada relacionadas. Hubo un ambiente culto y delicioso, fruto de las aportaciones de los reunidos. Porque no fue sólo el sentimiento agradable del reencuentro y la remembranza, sino que hubo también un rico intercambio de ideas. Para eso, la gastronomía no ayuda nada y hasta puede estorbar, si se topa uno con algún cocinero lenguaraz. Entre los nueve, sumábamos casi siete siglos. Y hemos dejado atrás muchas cosas, quizá no del todo: las vanidades, las intrigas, ya leves o inexistentes. Estamos todavía en una orilla placentera y dulce de la vida. Algunos de los asistentes han tenido un más que discreto éxito profesional y académico, pero todo eso quedó fuera y quedaron sólo las reflexiones y los afectos.

El 29 de abril de 1962, el año que terminamos la carrera, hubo una famosa cena en la Casa Blanca, en honor de los Nobel americanos. Se celebró “in the State Dining Room and the Blue Room” y asistieron cuarenta y nueve Premios Nobel y diversas personalidades de las artes, la ciencia, rectores de Universidad, etc. El presidente Kennedy los saludó así: I want to tell you how welcome you are to the White House. I think this is the most extraordinary collection of talent, of human knowledge, that has ever been gathered together at the White House, with the possible exception of when Thomas Jefferson dined alone (Quiero decirles lo bienvenidos que son ustedes en la Casa Blanca. Creo que es la más extraordinaria colección de talento, de conocimiento humano, que jamás se ha reunido en esta Casa Blanca, con la posible excepción de cuando Thomas Jefferson cenaba aquí, solo).

Me gustó siempre esta anécdota, su fina ironía y el claro y explícito tributo a la inteligencia individual. Creo en las virtudes del equipo, pero también en las del genio aislado. Sin entrar en el lado oscuro y sombrío de Jefferson —no hay ser humano que no lo tenga—, este presidente fue un hombre excepcional. Kennedy continuó: Someone once said that Thomas Jefferson was a gentleman of 32 who could calculate an eclipse, survey an estate, tie an artery, plan an edifice, try a cause, break a horse, and dance the minuet (Alguien dijo una vez que Thomas Jefferson fue un caballero de 32 años, que podía predecir un eclipse, regir una hacienda, ligar una arteria, planear un edificio, juzgar una causa, domar un caballo y bailar un minueto).

Jefferson fue el principal redactor de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y el primer Secretario de Estado de la joven nación (1789-94). Luego fue segundo Vicepresidente (1797-1801) y tercer Presidente (1801-09). Compró Louisiana a los franceses, fue un apasionado defensor de la separación de la Iglesia y el Estado e hizo de la libertad individual el núcleo central de la revolución americana.

(continuará)

30 de enero de 2015

Los discretos avisos de la Muerte


Palabras clave (key words): Recuerdos, adolescencia, avisos de la Muerte

Nunca me preocupó demasiado el tema de la muerte. Mis fundamentales ideas sobre la misma se forjaron cuando apenas había cumplido los doce años. Yo tenía un tío abuelo que era médico y un día, cuando él ya estaba enfermo de aquella enfermedad incurable, en su casa, en un elegante salón con amplios sillones tapizados de un color azul suave, pude asistir brevemente a una distendida, culta, casi susurrada charla con sus amigos, algunos médicos también, sobre el tema universal y omnipresente de la muerte. “Yo prefiero tener una muerte consciente, lúcida y tranquila, con las cosas viéndolas venir, en su debido orden. Para irme acomodando, para poder despedirme galantemente del mundo”, decía mi tío. “Ah, no, Ramón, yo no quiero ni enterarme. Prefiero que me fulmine en un instante, que se presente sin anunciarse, sin asustarme ni entristecerme”, replicaba alguien. Yo era todavía un niño y ni repararon en mí. Pero los oía y me dio miedo de lo que hablaban. Y al mismo tiempo no me podía marchar, estaba pendiente de sus palabras, de sus gestos, hechizado por sus cuidados ademanes, por la manera en que desvelaban sus pensamientos, asomado a un mundo que me trascendía y al que adivinaba que un día tendría que llegar.

Durante muchos años ni recordaba esa escena y ahora, cuando tengo la edad de los que estaban allí reunidos, me doy cuenta de que algo de lo que se dijo entonces quedó sembrado en mi alma, oculto, latente, indestructible, para surgir alguna vez, para hacerse presente y exigir también mi respuesta de adulto, mi solución personal al infausto dilema, mis preferencias respecto a la forma de morir. Y veo claramente que lo que pienso al respecto es lo mismo que, confusamente, pensé entonces, a los doce años, en un instante en que acerté a comprender lo que estaba oyendo y tomé ya tímidamente partido para mis adentros. La verdad es —he aprendido después— que la Muerte avisa casi siempre, si se sabe escuchar. Contaré una muy vieja historia china:

Un mercader marcha hacia una feria algo alejada de su casa. En el camino, se acerca a un río para refrescarse, y en el agua, de pronto, ve la imagen de la Muerte y la reconoce horrorizado. “¿Qué quieres de mí?, le preguntó. Soy joven y tengo todavía muchas cosas por hacer”. La Muerte le contestó con las palabras más tranquilizadoras. “Cálmate, no es por ti por quien vengo. Cuando llegue tu hora, no me llegaré hasta ti sin prevenirte antes; te lo prometo y yo cumplo mis promesas”.

El mercader recobró inmediatamente la paz, hizo sus negocios en la feria y volvió feliz a su casa. Pasaron muchos años, se casó, tuvo hijos, tuvo su primer nieto. Todavía podía trabajar y un buen día marchó a otra feria. Se llegó hasta la orilla de otro río y otra vez volvió a ver a la Muerte. No es fácil verla sin asustarse, pero él recordó sus palabras y su promesa y le dijo, con la más sincera convicción: “Tampoco esta vez puedes venir por mí, porque prometiste que me avisarías y no lo has hecho. Todavía no estoy preparado”. La Muerte le respondió entonces, fatigada por una explicación que había tenido que dar tantas veces en circunstancias parecidas: “Te he avisado de mil maneras. Cuando te mirabas al espejo y apenas podías reconocer las facciones de tu juventud. Cuando te fatigabas al andar, cuando empezaste a perder la vista, cuando ya no oías bien. ¿Cómo puedes decir que no te he avisado? Es la hora ya, esta vez sí es a ti a quién busco. No has sido prudente”. Y tomándole sin brusquedad, pero con determinación, lo arrastró hasta el fondo del río. Estaban solos, nadie presenció el suceso.

27 de enero de 2015

Sobre la exageración, la pedantería y el engaño


Palabras clave (key words): Ferran Adrià, El Bulli, Jules Renard, DRAE, RAE

Leyendo mi entrada anterior alguien podría creer que yo tengo algo contra la cocina de vanguardia o de autor o, concretamente, contra el laureadísimo Ferran Adrià. Se equivocaría casi completamente, si bien es cierto que escribí con ironía, suave, sobre el folleto de la exposición que se celebra en la sede de Telefónica, en Madrid. Porque rezuma una fraseología extremadamente pedante y ya algo antigua —de intelectual advenedizo, de espontáneo saltando por sorpresa al ruedo de la cultura—, que tendría que estar al borde de la extinción, aunque veo que persiste en algunos reductos.

Subrayo, eso sí, lo de equivocación ‘casi’ completa. Lo de casi viene de que a mí no me apasiona mezclar lo gastronómico y lo intelectual y no me parece nada mal mantenerlos separados. Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo, se lee en Eclesiastés, 3-1. Por otra parte, los placeres de la mesa nunca estuvieron entre los más indispensables para mí y, si hubiera residido en Barcelona, no habría hecho el viaje al restaurante El Bulli, de más de dos horas de coche, por ninguna degustación del mundo. Un viaje así, con un objetivo único, exclusivo, sólo puede justificarse si es para visitar alguna mujer esplendorosa y con plenas garantías previas. O sin garantías y confiando sólo en los recursos propios del arte.

Repito que no había desdén alguno en mis palabras. Ocurre que, cuando hablamos o escribimos, sobre todo en las breves entradas de un blog, mutilamos el pensamiento y no tenemos la seguridad de que el interlocutor interprete nuestro mensaje en su integridad y con el mismo sentido que nosotros le damos. Ya decía, irónicamente, el escritor francés Jules Renard que no deberíamos hablar, porque nunca se sabe cómo se lo va a tomar el otro. Aviso de que con Jules Renard está pasando lo que con Bernard Shaw, que a los dos les ha dado por hablar mucho después de muertos.

No todo en esta vida tiene explicación, pero algunas cosas sí. Comencé a odiar este lenguaje petulante y vacuo en un cierto momento en que la Sanidad española empezó a ser literalmente asaltada por gentes que, con el ambiguo título de gestores, pretendieron oficiar en altares justamente reservados a los profesionales sanitarios. Términos como eficiencia, eficacia, calidad total, gestión integral, excelencia global, etc., perfectamente lícitos, se propagaron con inaudito ardor y liviandad.

Bataholas de pequeñeces llenan también muchos de los currículos que he tenido que examinar en mi vida, por diversas razones. El conjunto de datos es tan abigarrado que resulta casi imposible discernir la importancia o trascendencia de lo que se presenta. El hecho es tan perturbador que en bastantes universidades se pide ya, para la provisión de cargos docentes, en cuanto a publicaciones, sólo su número total y el contenido de las cinco que se consideren más relevantes. También se analizan las citaciones logradas con los distintos trabajos. Estos metadatos son hoy fácilmente obtenibles.

He visto recientemente el currículum de un joven político español y es un ejemplo cumplido de lo que comento. Hay tal diversidad de materias, de escenarios, de actividades, etc., que es difícil no aburrirse y mantener la calma necesaria para enjuiciar. Revela, a mi juicio, lo errabundo, erradizo, erráneo, errante, errático, errátil del personaje. O un intento deliberado de confundir. O ambas cosas.

He escrito seis adjetivos más o menos sinónimos; todos están en el DRAE, 21ª edición. No aparece la cualidad abstracta correspondiente: errabundez, erraticidad, por proponer algunas. Tampoco, buscando en la web de la RAE. Existen, sin embargo, pudibundez, aromaticidad, hermeticidad, etc. ¡Qué cosas!, ¿verdad?