31 de julio de 2014

El mejor pívot de la historia fue catalán (revisita)


Acaba de saltar a los medios de comunicación la confesión del señor Jordi Pujol, reconociendo que guardaba una cierta cantidad de dinero en Andorra, sin haberla declarado a la Hacienda española. Siento que esto sea así, sinceramente, y hubiera preferido que las sospechas sobre su conducta hubieran resultado totalmente infundadas. No me gusta hacer leña del árbol caído y en un relato mío declaraba firmemente que “no soy de los que condenan por meros indicios, tantas veces falsos y malintencionados, aunque tampoco podría garantizar la inocencia de nadie”.

El relato era de humor, no excesivamente ácido, y no mencionaba expresamente al ex-presidente catalán, aunque estaba claro que me refería a él. Dado que la situación que motivó aquel relato no ha cambiado en absoluto y que mi escrito tenía una clara intención didáctica o polémica, querría recordarlo a mis lectores. Es la entrada de mi blog del día 16 de diciembre de 2013, de título El mejor pívot de la historia fue catalán. El lector puede encontrarlo completo allí y leerlo o releerlo. Responde al tipo de entradas ligeras que planeé para esta tiempo de verano. La semana que viene empezaré a publicar por entregas otro relato mío, Mis antiguos encuentros con la Muerte. Feliz verano, amigos lectores.

30 de julio de 2014

El síndrome de Gervaise


He hablado recientemente de viajes y de gentes y he insinuado que ahora son estas últimas las que espolean más eficazmente mi interés cuando viajo. Estoy un poco harto de las visitas excesivamente circunstanciadas, de los itinerarios demasiado previstos y tiendo más bien a irme por donde el corazón me lleva, a la buena ventura. También los museos muchas veces me abruman, me desconciertan y me agobian un tanto.

Supongo que eso le pasará a otros y hasta sospecho que es una especie de trastorno bastante frecuente. Tan es así, que se podría considerar el conjunto de síntomas que delinearé más adelante, como un nuevo síndrome: síndrome de Gervaise, por lo que contaré. Sería un cuadro en cierto modo opuesto al de Stendhal.

El síndrome de Stendhal, o síndrome de Florencia, toma su nombre del famoso escritor francés, porque este, en su visita a la Basílica de la Santa Croce de esa ciudad,  exactamente el 22 de enero de 1817, experimentó cierto trastorno, que describió más tarde en uno de sus libros, Rome, Naples et Florence, más una crónica de sociedad que un libro de viajes. Parece que le ocurrió justamente en la capilla Niccolini, admirando los frescos de un pintor barroco, Baldassare Franceschini, il Volterrano (1611-1689): “Había llegado a ese punto de emoción en el que se unen las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, tenía palpitaciones, la vida se me agotaba, andaba con miedo de caer”. Todo esto está referido en mil sitios y no me entretendré más. La psiquiatra italiana Graziella Margherini creó el epónimo en 1979 y documentó más de cien casos, en parte ocurridos durante visitas a alguno de los cincuenta museos de la ciudad.

Para el tentativo síndrome de Gervaise, aduzco un texto de otro escritor francés, Émile Zola, de su obra L’assommoir (La taberna). Es algo extenso y he de mutilarlo sin piedad, sin indicar siquiera los cortes. El hecho ocurre en el museo del Louvre, a donde el señor Madinier, un antiguo obrero que llegó a patrón, lleva a los invitados de la boda de Gervaise Macquart, para gozar del arte. Cuenta Zola:

“Siguieron las salas, viendo pasar las imágenes, demasiado numerosas para ser bien vistas. ¡Cuántos cuadros, por Dios bendito! La boda se lanzó a la larga galería donde están las escuelas italiana y flamenca. Más cuadros, siempre cuadros, de santos, de hombres y mujeres con figuras que no se entendían, paisajes, una desbandada de gentes y de cosas y un alboroto de colores, que comenzaban a causar un dolor de cabeza. El señor Madinier ya no hablaba. Siglos de arte delante de su ignorancia aturdida: la fina sequedad de los primitivos, los esplendores de los venecianos, la alegre vida y la bella luz de los holandeses. El señor Madinier se equivocó, extravió a la boda a lo largo de salas desiertas, frías, amuebladas sólo con vitrinas severas, donde se alineaban innumerables vasijas rotas. La novia temblaba, se aburría. Cayeron después en el área de los grabados y dibujos, que no acababan nunca. Los salones sucedían a los salones, con hojas de papel garrapateadas, bajo cristales, contra las paredes. Subieron un piso y llegaron al museo de la Marina y se vieron entre instrumentos y cañones, mapas en relieve, barcos como de juguete. Después de un cuarto de hora de marcha, muy lejos, se encontró otra escalera, bajaron y se hallaron de nuevo en las salas de dibujos. Entonces cundió ya la desesperación, atravesando nuevas salas sin rumbo, las parejas siempre en fila, siguiendo al señor Madinier, que se secaba la frente, fuera de sí. En menos de veinte minutos se vieron en un salón cuadrado con vitrinas, en donde dormían los pequeños dioses del Oriente. Pensaron que jamás saldrían de allí. Con las piernas rotas, abandonándose, los invitados de la boda hacían una batahola enorme”.

En una narración exagerada, humorística, que habla de cefaleas, temblores, aburrimiento, desesperación, cansancio extremo, turpitud. En verdad, puede haber algo de angustioso, de inabarcable en los museos. Lo descrito deslavazadamente por Zola se podría oponer a lo descrito por Stendhal, que tampoco fue un modelo de precisión. Nada hay demasiado científico en todo esto.

29 de julio de 2014

De las gentes en los viajes


Lector, estuve hace poco en Galicia y te hablé de un clérigo de la catedral que confesaba en gaélico. Ahora, recién llegado de Alemania, te muestro una foto de un organillero en Berlín, junto a la puerta de Brandenburgo. Cada vez me fijo más en las gentes, en sus costumbres, en sus diferencias, en sus semejanzas. Me recuerdan a otras gentes y hasta se mezclan con personajes que yo he creado con cariño.

Junto a la foto de este organillero berlinés verás las de otro en Almuñécar, de hace unos seis años. El mundo puede ser muy parecido, de unos confines a otros. Alguien podría pensar que deformo las cosas que cuento para hacerlas más interesantes o curiosas. No es así. Pero sí te diré que una de las músicas del órgano en Berlín era esa canción alemana que ya mencioné en este blog, Wo die Nordsee wellen (entrada del 9/6/2014). En un momento canté algunas palabras de la misma y seguramente el alemán se sorprendió de que un extranjero conociera parte de la letra.

En Almuñécar la músicas eran francesas y una señora belga y yo nos atrevimos a cantar. Estos organillos me han deslumbrado siempre; en algún momento de mi niñez debí de encontrarme con ellos y me encandilaron. Quizá su nombre francés, orgues de Barbarie, que ni se sabe bien de dónde viene, contribuyó después a darles un tinte exótico, que me los hace misteriosos, vagantes y bohemios. Y lo que ocurre ahora es que todos esos confusos sentimientos y emociones cristalizaron en un entrañable personaje de mi novela Las increíbles vidas de Roberto Milfuegos. Te copio el pasaje, abreviado, en el que reconocerás los rasgos del organillero de Almuñécar.

“Allí, casi enterrado bajo un montón de cosas gastadas y derrotadas por la usura del tiempo, había un organillo de mediano tamaño, uno de esos Strassenorgeln que se ven frecuentemente en toda la Europa central, con un nombre grabado en el frente: Michelle. También había un sombrero hongo, una pajarita blanca y unos grandes y graciosos bigotes retorcidos hacia arriba, notoriamente exagerados.

Marta, dijo el médico, cuando yo vivía en Suiza, conocí a un alemán, de nombre Max. Creo que ha sido la persona más buena y pacífica que he encontrado en mi vida. Había tenido que luchar en las dos grandes guerras mundiales; en la primera, cuando apenas acababa de cumplir los dieciocho años. Estaba obsesionado por la idea de que pudiera haber hecho daño a alguien. Estoy seguro de que yo no maté a nadie, me decía. Si supiera que lo había hecho, creo que no podría vivir ni un momento más. En el frente, hacía justo lo necesario para que los oficiales no tomaran  represalias conmigo. Fui obediente y disciplinado, traté sólo de defenderme y sobrevivir. Prefería que me mataran a que yo tuviera que matar a nadie. Quien no haya estado en una guerra no puede imaginarse lo que es esa locura, esa barbarie.

Conocí a Max en el hospital en el que yo trabajaba; estaba ya muy enfermo. En cuanto se recuperaba un poco volvía a la orilla del lago con el organillo que él mismo había construido y al que había dado el nombre de la que había sido su mujer: Michelle, una francesa, una ciudadana del país contra el que había luchado dos veces, de la que se enamoró perdidamente y con la que se casó en París al poco de terminar la segunda guerra. Era bastante más joven que él, pero murió muy pronto. Desde entonces, Max, siempre con su sombrero hongo y sus enormes bigotes postizos, se dedicó a tocar su organillo, lleno de canciones francesas, de Piaf, de Brassens, de Charles Trenet, de Brel y de tantos otros, en los sitios frecuentados por los turistas. Eran canciones amables y melancólicas, canciones de amor, de recuerdos, de felicidades que siempre duraban poco. Movía el manubrio con su mano derecha, mientras llevaba el ritmo muy solemnemente con la izquierda y cantaba por lo bajo algunas de las canciones. Como aquella de Mon amant de Saint-Jean, de Edith Piaf, que terminaba: Moi qui l'aimais tant, mon bel amour, mon amant de Saint-Jean, il ne m'aime plus. C'est du passé, n'en parlons plus (Yo, que le amé tanto, mi bello amor, mi amante de San Juan, él no me ama ya. Es el pasado, no se hable más).

Vivía con lo que le daban, muy modestamente, pero sin estrecheces; apenas tenía necesidades. Cuando estaba ante el público, se volcaba en lo que estaba haciendo y se olvidaba de todo. Sus ojos eran dos lagos azules y cuando los mirabas atentamente era como si te sumergieras en ellos, como si vieras el mundo desde dentro de él, tal como lo veía él. Era un mundo limpio y alegre. Jamás le oí quejarse. No tenía muchos amigos, gustaba de la soledad. Un poco antes de morir, cuando entendió que era el final, que ya no iba a salir más a la calle, me dijo que el organillo era para mí, que se lo guardara, “por si volvía, quién sabe. Si vuelvo tendré que hacer otra vez lo mismo; no sé, no quiero hacer otra cosa”. Me lo dio, porque quizá se había dado cuenta de que yo, cuando lo veía actuar y lo sabía feliz y ausente, le tenía una secreta envidia. Estoy seguro de que cantaba con Michelle, le cantaba a Michelle, ebrio de soledad y de nostalgia. Murió también sin una queja, sin rebelarse; seguramente, no le importaba ya.

Y desde entonces, siempre pensé que yo podría hacer lo mismo que el buen Max. Las músicas eran conocidas y dulces, el público se paraba a escucharlas. Era bonito hacer que la gente pasara un momento agradable. No sé si acabaré haciéndolo alguna vez, Marta, pero te aseguro que no me importaría probar, que me gustaría intentarlo. Yo también he nacido para la soledad. No total, no para siempre, se entiende. Ese es el tipo de vagabundaje en el que pienso muchas veces, cuando hablo con los íntimos, aunque nunca he contado estos detalles a nadie. Ahora ya sabes el secreto de Michelle”.
 
 
 
 



28 de julio de 2014

De los varios disfraces de la Muerte


Quedé en ir dando por entregas, en estos días de verano, uno de mis relatos cortos, bastante autobiográfico, Mis antiguos encuentros con la Muerte, y eso haré. Antes, querría decir unas palabras sobre las varias formas de la Muerte, sus disfraces. Un acontecimiento reciente me llevó una vez más a una reflexión, absolutamente obvia.

Lector amigo, entiendo que hay muchas formas de morirse. Te daré un ejemplo: la muerte, muy sentida por mí, de una bellísima inglesa, residente en Nueva Zelanda y casada con un médico neozelandés, más bien del tipo deportivo, un bel homme, lo que no resulta infrecuente con estas divinidades. La conocí hace más de treinta años, en Hong-Kong, y al despedirnos supe muy bien que se iba a morir. Contaba un viaje suyo a Inglaterra, llevando como regalo para su familia una canal entera de oveja, debidamente preparada, a la que paseó en el asiento de un taxi por Londres, para sorpresa de más de un viandante. Era una delicia reír con ella. Como lo hubiera sido llorar con ella o, simplemente, estar con ella, contemplándola. La recuerdo todavía porque era graciosa desmenuzando su historia y porque —no sé si lo he dicho ya— era una muy bella mujer. Entonces no había e-mail y lo de andar escribiéndose era relativamente tedioso, aunque nos intercambiamos las inevitables tarjetas. En fin, comprendí claramente que no la vería nunca más. Así ha sido y siempre he pensado que eso es morirse, una de las muchas maneras de morirse.

El acontecimiento reciente al que aludo, es que hemos viajado, mi esposa y yo, a Alemania. Hemos estado muchas veces en ese país, de manera independiente, pero esta vez busqué lo fácil y decidimos enrolarnos en uno de los infinitos circuitos de las agencias de viaje. Todo tiene sus ventajas e inconvenientes, pero no hablaré de ello. Lo que me importa señalar es que viajamos formando parte de un grupo y que al llegar a Barajas, tras haber pasado unos días amables —de modo casi incomprensible y culpable, en un mundo en el que se abatían aviones civiles sobre Ucrania y la interminable herida de Oriente Próximo sangraba a borbotones, por no mencionar otros sitios—, volvieron a producirse esas muertes de las que hablo. Ahora no es exactamente lo mismo y la intercomunicación es mucho más fácil. A pesar de todo, porque hay una cierta mecánica de las cosas que conduce forzosamente a su terminación y porque no es lo mismo encontrarse con alguien, aisladamente, que hacerlo con un grupo en el que, al final, nos conocíamos un poco y sabíamos las gracias de cada uno, todos intuíamos que ese viaje era ya un capítulo cerrado de nuestras vidas, sin retorno posible. Vi a alguna persona tragándose las lágrimas. Los seres humanos también somos así.

Nada nuevo. Esto me ha pasado desde siempre, aunque ahora quizá me resulte un poco más triste, y lo he llevado muy mal toda mi vida, en la que muertes así han sido constantes. Es el precio que hay que pagar por haber conocido a gentes de países lejanos y no me ocurre solamente a mí. Estas separaciones son formas disfrazadas de la muerte, una fuente más de melancolía y reconcomio en nuestra imperfecta existencia.

Mis elucubraciones pueden ser equivocadas, pero son sinceras y sentidas. Hace casi sesenta años, un verano, al final de un encuentro de estudiantes en Cádiz, me encargaron que dijera unas palabras, que serían aplicables ahora y de las que tomo algún párrafo: “Esta es noche de despedida y estamos un poco tristes. Hace poco tiempo, casi ninguno de los que estamos aquí juntos nos conocíamos y, sin embargo, hoy, cuando llega la hora de marchar, nos cuesta trabajo renunciar a esta pequeña y entrañable comunidad que hemos formado”. Y seguía luego: “Pero estamos también muy alegres, porque esta amistad nueva, sincera y honda, que brota por doquier en el cálido hogar de la Patria, cuando unos hombres viven juntos algún tiempo, es el más dulce presagio para nuestro futuro. Estamos alegres, porque, sin hablar, nos sentimos perdonados en nuestras faltas. Porque perdonamos con humildad y pedimos perdón sin soberbia, estamos alegres”. Eran palabras inocentes, de un joven que no podía entender que cualquier desarreglo del mundo pudiera durar. Al fin y al cabo, hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios. Luego va uno descubriendo que quizá es al revés.

La Muerte, en un sentido amplio y metafórico, adopta, pues, muy diversas formas. En mi relato, que publicaré en los días siguientes, cuento cómo la encontré algunas veces en mi juventud. Fue galante y llegamos a conocernos un poco. Feliz verano.

9 de julio de 2014

Sobre vuelos y literaturas


Lector, esta es la entrada ciento cincuenta del blog y te daré un descanso. Es verano y además me voy de viaje. No me gusta demasiado volar. No es por miedo; es el medio de transporte más seguro y yo soy una persona racional y me rijo por evidencias como esa. Te cuento lo que me ocurre, en pocas palabras.

Hice la milicia universitaria en Aviación, en Burgos, y mi primer vuelo fue en una Bücker, legendarias avionetas de doble ala, que ya se utilizaron en nuestra guerra civil. El primero en avión grande, fue en un Douglas DC-3, uno de los modelos más famosos de la historia de la aviación, de Burgos a Madrid. Un coronel del Aire había volado con él desde Cuatro Vientos, para asistir a nuestra jura de bandera, y nos enteramos de que para la vuelta tenía alguna plaza libre. Las ordenanzas no permitían que los pasajeros excedieran el número de paracaídas en el avión y los aspirantes a viajar éramos alguno más. Echamos suertes y nos quedamos dos fuera, plantados allí en la pista de despegue. Qué cara de desolación tendríamos, que el buen coronel al final dijo: Arriba todos, que nos vamos a Madrid. ¡Cuánta felicidad pueden traer a veces unas pocas palabras!

Volar era entonces, en esas primeras experiencias, hacerlo al aire libre, entre compañeros, no entre desconocidos, en un espacio cerrado. Ahí, tengo algo de claustrofobia, me encuentro incómodo. A pesar de todo, he volado en ocasiones en aviones que quizá no eran los más seguros del mundo, con compañías nepalíes o chinas de hace años. No me importó demasiado. Sé que no cabe esconderse de Dios, Él sabe cómo hallarnos y, como recoge la sentenciosidad (no está en el DRAE, en inglés se dice sententiousness; qué cosas, ¿verdad?) árabe, “puede ver una hormiga negra en una montaña negra en una noche negra”. El problema es que, si al que busca Dios es al piloto, los pasajeros hacemos de comparsa, tontamente. Y pienso yo que, si uno tiene que morir, que sea de la muerte que le corresponda a uno, ¿no?

Dije que me atrevería a contar cosas mías y lo voy haciendo. También critiqué ya a escritores famosos, como Virginia Woolf y algún otro, español. Y lo haré alguna vez más. No causaré grandes perjuicios; será siempre a gentes buen atrincheradas en sus puestos y yo soy sólo un ingenuo soñador, que lucha con una espada de madera, sin lorigón o loriga, con un escudo de cartón. De loriga me sirve un antiguo jersey de punto muy grueso, que me hizo mi abuela, que guardo todavía y que pienso que me protegerá un poco de las posibles lanzadas. A mi edad, todo eso me importa bien poco. Más imprudente fue aquel cura que se empeñó en llevar la procesión por la vía del tren.

Cuando miro hacia atrás, me doy cuenta de que dediqué una buena parte de mi vida a leer y compruebo que esas lecturas no me instruyeron en cosas que den fama o riqueza, pero me enseñaron a desdeñar a ambas. Al fin y al cabo, como escribió Sir Thomas  Browne, un sabio y erudito médico inglés, a veces de difícil y oscura lectura  —como debe ser en los médicos—, del siglo XVII, en su obra Hydriotaphia, Urn-Burial (1658), la mayor parte de los hombres ha de contentarse con ser como si no hubiera sido, con encontrarse en el registro de Dios, no en las actas de los hombres. También en la tumba romana de John Keats está escrito, según su deseo, el siguiente epitafio: Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua. ¡Qué enorme alivio, qué alegría!, pasar desapercibido. Fernando Pessoa incluye, en El libro del desasosiego, unos versos muy sencillos: No soy nada. / Nunca seré nada. / No puedo querer ser nada. / Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

He empezado a contar algo de mi vida y espero no aburrir y que se me perdone. El relato más autobiográfico que tengo es quizá Mis antiguos encuentros con la Muerte y se me ha ocurrido que podría ofrecerlo aquí, por entregas, en este tiempo estival. Empezaré a hacerlo a mi vuelta. ¡Feliz verano a todos, lectoras y lectores!

8 de julio de 2014

La comparación o símil en literatura


Estoy llegando a las ciento cincuenta entradas en este blog. Dado que alcancé las cien el pasado veintidós de abril, la frecuencia de estas últimas es de más de una cada dos días. Esto no me gusta, no querría convertirme en un escritor compulsivo, porque no es nada bueno. Lector, es verano, me voy ahora un tiempo a Alemania, y te voy a dar un merecido descanso.

He sido algo prolífico, porque quería escribir sobre distintos temas y ver cuáles eran más aceptados. No he logrado saberlo. Quiero que en este blog las cuestiones literarias estén presentes y hoy hablaré de una figura retórica, la comparación o símil, que relaciona ideas u objetos distintos, pero que tienen algo en común. El enlace se realiza mediante los llamados en lingüística conectores de comparación (como, cual, parecido a, etc.), lo que la diferencia de la metáfora, en la que estos no existen —decimos labios de coral, no labios “tan rojos como el coral”—. Y diré que, a mi juicio, se abusa de ella en alguna literatura moderna. Copio, verbatim et literatim, un párrafo del prefacio de Las olas, de Virginia Woolf:

“Al acercarse a la playa cada barra se alzaba, se amontonaba sobre sí misma, rompía y se deslizaba un sutil velo de agua blanca sobre la arena. La ola se detenía, y después volvía a retirarse arrastrándose, con un suspiro como el del durmiente cuyo aliento va y viene en la inconsciencia. Poco a poco, la oscura raya en el horizonte se aclaraba, como si las partículas suspendidas en una vieja botella de vino hubieran descendido al fondo, dejando verde el vidrio. También más allá se aclaraba el cielo, como si el blanco poso hubiera descendido, o como si el brazo de una mujer recostada bajo el horizonte hubiera alzado una lámpara, y planas barras blancas, verdes y amarillas se proyectaban en el cielo, como las varillas de un abanico. Entonces, la mujer alzó más la lámpara, y el aire pareció devenir fibroso y apartarse de la verde superficie, chispeante y llameando, en rojas y amarillas hebras, como el humeante fuego que ruge en una hoguera”.

En 166 palabras —las cuenta Word— hay seis como. ¿No te fatiga, lector, tanta repetición? ¿No resulta cacofónica? ¿Añade alguna belleza o sentido esa insistencia? Claro que no. Para mí, lo único que logra es desviar constantemente la atención del lector y enfarragar (no está en el DRAE) el texto. Que por otra parte, incluso sin los como, resulta bastante insulso y sin especial gracia. No tengo el original inglés y no sé si alguna culpa le cabe al traductor, pero no lo creo.

Te hablaré ahora de un famoso escritor español, cuyo nombre no voy a dar. De unas pocas páginas, tomo: Como un viajero, como si no quisiera, como para no incurrir, como la ilustración, como la que provoca, como un ala, como un río, como si nunca, como si no hubiera, como si nunca, como si aquí, como un espía, como una lámina, como en abanicos, como islas, como el brillo, como intocado, como en las últimas acuarelas, como la sombra, como si no atendiera, como la cama de hierro, como una huella, como un escenario…

Ya se comprende que la mera repetición de una determinada palabra no es el problema; he escogido la palabra ‘como’, pero hay más comparaciones que ‘comos’, porque hay otros conectores para establecerlas. A cambio, la función del ‘como’ no es siempre comparativa. No hay leyes que limiten el uso de cualquier palabra. Lo que ocurre es que esa minuciosidad narrativa es estéril y tediosa, alarga y enlentece el discurso y no es muy fértil a la hora de describir, de modelar un sentimiento o una emoción. A mucha gente no le gusta esta literatura. Aunque, en el caso del autor español, es compatible con otros párrafos espléndidos y con una trama bien construida; en definitiva, con una buena novela. No es el caso de la obra de Virginia Woolf.

7 de julio de 2014

Candaules y Gyges


Cuando hablé de los vientos en mis entradas anteriores, tomé algunos datos de la Historia de Herodoto. En ella, muy al principio, el autor narra lo sucedido a Candaules, rey de Sardis (Lidia, en Anatolia occidental), que es un hecho relativamente conocido. Este rey debió de ser bastante fatuo y también medianamente ‘falto’. Enseguida se verá por qué lo digo.

Candaules estaba enamoradísimo de su esposa, lo que es relativamente normal en algunos casos y durante un tiempo que puede ser muy variable. Y pensaba —todo viene de lo mismo— que era la más bella y perfecta de las mujeres. Y lo andaba diciendo por ahí, por lo menos a un tal Gyges, que era el lancero en quien confiaba más y al que hacía partícipe de sus planes y secretos. Hasta aquí todo relativamente normal.

Un día el rey le dijo a este Gyges que temía que no le creyera, porque “los oídos de los hombres son menos dignos de crédito que sus ojos”. En esto llevaba razón, hay que reconocerlo. Y le pidió que tratara de ver desnuda a la reina, a lo que Gyges se opuso con vigor y dijo que no era necesario, porque él creía en la palabra de su rey. Bueno, pues el rey se empeñó en esa contemplación inocente.

Ten valor, Gyges, y no temas ni de mí ni de ella, porque no se dará cuenta, le dijo. Tú te colocas detrás de la puerta de mi dormitorio y verás cómo se va quitando sus ropas y colocándolas en una silla. Y cuando se venga ya a la cama, tú estarás a sus espaldas y podrás huir sin que te vea.

Por fin Gyges cedió e hizo lo que se le pedía, pero la reina pudo verlo en un momento. No dijo nada, aunque estaba llena de vergüenza —esto lo afirma Herodoto; a lo mejor no fue para tanto— y  al día siguiente mandó venir a Gyges y le dijo: “Hay dos caminos para ti y habrás de escoger. O matas a Candaules y así me poseerás, y al reino de Lidia, o te matas aquí mismo, ahora”. Ya se ve que la reina, en cuanto se le pasó la vergüenza, se puso la pobre a maquinar el asunto y dio con una solución que no le pareció mala, para ella. ¿Que cómo era Gyges? Lector, qué preguntas me haces. No lo sé. Pero los lanceros suelen ser fuertes y aguerridos y entre los reyes hay de todo.

Gyges al final tuvo que aceptar y preguntó a la reina cómo lo harían. Ella contestó que con la astucia que empleó para verla desnuda. Así que, cuando llegó la noche, le dio una daga y lo escondió detrás de la misma puerta de entonces. Y cuando Candaules estaba dormido, Gyges lo mató y se apoderó así de su esposa y de su reino.

Esto es lo que cuenta Herodoto, pero hay otras versiones. Platón en su República, dice que Gyges (murió hacia el 652 a. C.) era un pastor que encontró un anillo que le hacía invisible y con esa ventaja logró seducir a la reina y asesinar al rey. Una tercera versión es la de Nicolás de Damasco, del siglo I a. C., quien afirma, tomando como fuente a Xanthus, historiador lidio del siglo V a. C., que Gyges fue un oficial del ejército que mató al rey cuando la reina le acusó de haber intentado seducirla.

Abandono a Herodoto, que ya he hablado bastante de él. Antes de su época, diversos navegantes habían explorado el mundo (periplos de Hanón, de Necao, de Sataspes, de Scillex, etc.) y descubierto sus maravillas. No puedo hablar de ellos aquí. Sólo querría mencionar lo que leí en una descripción anónima del siglo VII a. C., sobre un pueblo, el de los cornios. Se dice de ellos que “tienen las mismas costumbres que sus vecinos, pues la vida les es indiferente”. De todos los variopintos pueblos que he visto descritos en diversas fuentes, este es el que más me sorprende y me disgusta. Porque se puede ser lo que sea y andar buscando por el mundo las cosas más peregrinas. Pero ser indiferente a la vida, ese don precioso, fugaz e irrepetible, es algo que jamás podré entender. La expresión más idiota que conozco es esa de “estar matando el tiempo”. Y una de las más tristes, en cualquier idioma, la de “ya es demasiado tarde”.

6 de julio de 2014

En recuerdo de Antonio Parra Cabrera


Escribir es muchas cosas y es también, casi siempre, abreviar. En mi entrada anterior mencioné dos poetas amigos, de ámbitos diferentes: Jaime Ferrán y Antonio Parra. Jaime, con el que coincidí en un Colegio Mayor de Madrid, era una persona absolutamente entrañable. En el Colegio, todos sabíamos de memoria uno de sus poemas y cuando nos poníamos estupendos, cosa que sucedía a veces, lo recitábamos coralmente. Era de versos muy cortos y él contaba que lo había escrito durante un concierto, en Tejas, en el estrecho margen del programa: Viento / de / Tejas, / amor / en el / aire. / Jamás / podré / olvidarte. / Y dejo / mi corazón / en prenda. Lo oigo todavía con una acuidad que no tienen las voces y sonidos de ahora. No lo he olvidado; ciertas cosas no se pueden olvidar. Jaime era algo mayor que nosotros y lo admirábamos y lo queríamos. Yo tenía sólo diecisiete años y tener algo de confianza con alguien que publicaba libros y había vivido en Estados Unidos era la pura gloria. Me preguntaba, ¿cómo será, en verdad, Tejas y el viento de allí? ¿Y ese amor que habita en el aire?

Más joven aún era yo, cuando ocurrió lo que cuento en mi libro de ensayos Por si ayudaran, vol. I: “Hay un tiempo en la vida en que las impresiones se fijan de manera indeleble y única, porque el alma es entonces cavadiza y tierna, y quedan henchidas de eternidad. No hace mucho tiempo tuve el privilegio de encontrarme, de manera casual, con un querido paisano, Antonio Parra, y me parece que se quedó al borde del pasmo cuando le empecé a recitar el poema con el que ganó la flor natural en unos Juegos Florales de Úbeda, hace apenas unos cincuenta años.

La explicación es, sin embargo, sencilla. Después de haber trotado un poco por el mundo, de haber asistido a momentos de exaltación de gente muy importante, para mí la gloria sigue teniendo unas coordenadas bastante concretas. Y veo a un joven Antonio Parra, subiendo lentamente al escenario del teatro Ideal desde el patio de butacas, a los acordes de la marcha triunfal de Aída. Yo era entonces casi un niño. Todo el esplendor, toda la gloria del mundo, reventando en esa escena irrepetible. Nada la ha superado después. Por eso me acuerdo tan bien de los detalles”.

Guardo muy pocas cartas. Pero tengo la que me escribió su hijo Antonio, tres días después de la muerte del padre, en la que me contaba que este tenía mi primer libro encima de la mesa del despacho. Hay en ella un párrafo que transcribo, aunque me cuesta trabajo: “Mi padre le profesaba un afecto que se nota en las palabras que se ha cruzado con usted. Me consta del mismo modo, por los comentarios de mi madre sobre los encuentros de Alpedrete”. He decidido hacerlo por una razón: porque me sirve para proclamar que ese afecto era igualmente correspondido por mí, ni una parte de él se quedó sin la oportuna respuesta.  

No conozco su obra literaria en profundidad, pero lo que he leído siempre me pareció correcto, sincero y brillante. Y tuve la inmensa suerte de conocer a la persona. No he encontrado en este mundo nuestro mucha gente como él. Siempre estaba sonriente, incluso en medio de su grave enfermedad, siempre encontraba algo que alabar en los demás. Inspiraba una confianza que muy pocos son capaces de comunicar. Era —ya sé que esto suena a viejo y trasnochado— un auténtico caballero, un antiguo hidalgo, como aquel otro inmortal, inocente y bueno, que conocemos bien todos los que amamos las buenas letras. Pude asistir a su funeral en una iglesia céntrica de Madrid y había mucha gente. Si en Úbeda tenía grandes amigos, también supo hacérselos aquí.

¿Será cierto aquello que escribió el ingenioso dramaturgo norteamericano, Philip Barry —escribió su primer relato a los nueve años—, de que “todo lo que nos sucede después de los doce años carece de verdadera importancia”? Con las debidas cautelas, con la pertinente flexibilidad en la edad, podría tratarse de una gran verdad.

4 de julio de 2014

De los diversos vientos (final)


Amigo lector, ¡cuántas leyendas e historias sobre los vientos! Los pilotos árabes, en los tiempos del califato de Bagdad, creían que mediante magias ocultas se podía emparentar con un viento determinado y tenerlo siempre de popa, para llegar a donde el corazón mandara. No hay vientos así, tan constantes y dóciles. La vida consiste en aprovecharlos cuando soplan a favor y bolinear, cuando son contrarios. Es fama que esos pilotos árabes del Índico eran capaces de escuchar, desde muy lejos, los vientos y otros rumores útiles para marinear. Por eso, a algunos les crecían desmesuradamente las orejas. Pero lo más notable es que, de viejos, conservaban en sus oídos todo lo que habían escuchado y así podían dar clase en Basora a los navegantes jóvenes.

Hay muchas clases de vientos. Un portugués, que habitó en Nubia en los tiempos del Preste Juan, contó que soplaba el viento del Sur, que allí es oloroso y refrescante, cuando sacudían la capa pluvial del Rey de Reyes. Por ello, a veces, en las ventoladas, venían diamantes y perlas, que caían del rico estofado de la gran capa. Lo he podido leer en Álvaro Cunqueiro. En el libro cuarto de Gargantúa y Pantagruel, se menciona la Isla del Viento, en la que viven gentes que ni comen ni beben y sólo se alimentan del viento. Se agrupan en torno a las veletas y lo respiran allí.

El viento se usa para definir el carácter de los humanos, en sentido positivo o negativo. Cunqueiro afirma, en Un hombre que se parecía a Orestes, que “un hombre es un viento loco o no es nada”. Salvador Compán, ubetense, en Cuaderno de viaje, en un diálogo entre dos mujeres —creo recordar que suegra y nuera— hace decir a una de ellas: “Nos hemos casado con dos puñados de viento”. En el Satiricon también se dice que “el hombre no es más que un odre lleno de viento”. Torrente Ballester, en La isla de los jacintos cortados, cuenta que “Nyneve encerró a Merlín en un palacio de palabras, viento y ensueño”. Francisco Umbral escribe en Las ninfas: “Tanta soledad me inclina a abandonarme en el viento”. Cunqueiro nos recuerda, en El año del cometa, que “son inconstantes amigos, que traen la dulzura del aroma de la ciudad natal”.

Lawrence Durrell, en Justine, habla de un “viento de la noche que venía de los confines de Asia”. Joseph Roth, en La marcha Radetzky, escribe que “esperaban al viento; pero todos los vientos dormían”. Sócrates, en el Teeteto de Platón, pronuncia estas palabras: “Has parido viento y el hijo de tu cerebro no merece ser criado”. Un proverbio de no sé dónde proclama que “es sabio el que puede atrapar el viento en una red”. Muchos vientos tienen nombres propios, son íntimos, familiares y están asociados a leyendas. Como el écir, en Auvergne, al que cita un personaje de Guy de Chantepleure en Malencontre: Sa grande voix —comme je le pensais— me berce ainsi qu’un chant de nourrice… (Su potente voz, como me imaginaba, me mece como una canción de cuna). Hafed de Shiraz, un poeta persa del siglo XIV, escribió este ghazal: “No trates de retener al viento, incluso si sopla a medida de tu deseo”. Estos son unos pocos ejemplos, tomados de mis lecturas más o menos recientes.

Dos amigos poetas hablan también de vientos. Uno es Jaime Ferrán y Camps, nacido en Cervera en 1928, perteneciente a la generación del Medio Siglo, profesor de la Syracuse University, en el estado de Nueva York, y que vive todavía: “Viento de Texas, / amor en el aire, / jamás podré olvidarte”. El otro es Antonio Parra Cabrera, ya muerto, desgraciadamente, al que hoy se le rinde un merecido homenaje en Úbeda, ciudad de la que es hijo adoptivo, al que me sumo alborozado desde la modesta atalaya de mi blog. Del poema con que ganó unos Juegos Florales, tomo unos versos. Se los recité de memoria, hará ya trece o catorce años, para su sorpresa, cuando nos encontramos casualmente en un pueblecito de la sierra madrileña en el que veraneábamos los dos: “Un viento frío, seguro de su brío, /siembra de bayonetas el estero, / desterrando hacia el Sur las mariposas”.

3 de julio de 2014

De los diversos vientos (V)


Ayer hablé de vientos tenaces y felices que llevaron a descubrir tierras ignoradas y portentosas. Ahora querría entretenerme con vientos caprichosos, erráticos, de efectos prodigiosos, y de cómo los humanos se han relacionado con ellos.

Con los vientos amigos, los hombres han sabido corresponder. Turios fue una ciudad de la Magna Grecia y cuenta el historiador griego Pausanias que cierta vez, cuando venía contra ella una imponente armada enemiga, se desató un fuerte viento del Norte, el Bóreas, que la dispersó y alejó. La ciudad declaró al viento polites —es decir, lo hicieron ciudadano de la misma— y junto al nombramiento le regalaron una casa y una viña y una buena tierra de labranza. Es que Bóreas, además, fecundaba a las yeguas cuando soplaba sobre ellas y eso también es de agradecer.

Bóreas no era el único con estas habilidades. Plinio y otros autores cuentan que en Lusitania, en los alrededores de Olisipon (actual Lisboa) y del río Tagus (Tajo), las yeguas, vueltas hacia el viento favonius, respiran sus fecundantes auras y quedan preñadas. Con la particularidad de que los potros así engendrados salen rapidísimos en la carrera, si bien tienen una vida corta, inferior a los tres años.

Estas cosas parece que antes eran muy corrientes. Los caballos del rey tartesio Arganthonio eran tan ligeros por ser hijos del viento, que fecundaba a las yeguas cuando volvían la cabeza para evitar que les irritase los ojos. Ofrecían entonces la grupa y ocurría el milagro. Incluso a los vientos hay que darles ciertas facilidades.

Y no eran sólo las yeguas. Se cuentan cosas análogas de las amazonas que habitaban en las tierras del nuevo mundo. Estas iban siempre desnudas, lo que no es mala manera de empezar estos asuntos, y también concebían gracias al viento. Su reina se llamaba Coñorí y no iba desnuda, sino que iba vestida de esmeraldas.

Estas amazonas parece que existieron. El explorador Francisco de Orellana, que atravesó el continente desde Quito al Atlántico en una de las expediciones más portentosas de la conquista, dio nombre al río Amazonas, porque supo de estas mujeres. Fray Gaspar de Carvajal, miembro de la expedición, fue testigo de su valor y arrojo y fue herido por ellas de un flechazo que le hizo perder un ojo. Al llegar los españoles, los indios pidieron ayuda a las amazonas y llegaron diez o doce. Cuenta Carvajal que “estas mujeres son muy blancas y altas, y tienen muy largo el cabello y entrenzado y revuelto a la cabeza; y son muy membrudas y andan desnudas en cueros, tapadas sus vergüenzas, con sus arcos y flechas en las manos, haciendo tanta guerra como diez indios”.

Orellana se interesó por estas mujeres que ayudaron a los indios. Estos le dijeron que residían como a siete jornadas de la costa. El español —porque no sabía, o no se creyó, lo del viento— preguntó como procreaban sin hombres. Y contestó el indio que “en tiempos y cuando les viene aquella gana”, hacen guerra con un cacique vecino y raptan a los varones, reteniéndolos hasta que quedan embarazadas; luego los devuelven.

Un soldado alemán al servicio de España, Ulrico Schmidl, autor de Viaje al río de la plata, y el cronista y sacerdote Juan de Castellanos, que escribió Elegías de varones ilustres de Indias, con unos 114000 versos en octavas reales, las mencionan igualmente. Este último  refiere que un indio dijo a Orellana dónde vivían estas ‘maniriguas’, con fama grandísima de guerreras. Me imagino que alguno de nuestros conquistadores pudo preguntar entonces: Señor Indio, ¿y sabe usted, por un casual, si las señoras amazonas están ahora en el tiempo en que les viene aquella gana?, con la sana intención de ayudar, pero no veo esto reflejado en ninguna crónica.

Seguiremos hablando de vientos, de los muchos y diversos vientos.