20 de marzo de 2015

Más sobre Maledetti Toscani, de Curzio Malaparte


Palabras clave (key words): humor, vida terrena, rey y patria, locuras creativas.

Quiero hablar algo más del libro Maledetti Toscani, que tiene muchas vertientes, pero es, sobre todo, una obra de humor. Me gustaría mostrarlo en el italiano original, pero lo haré sólo con fragmentos muy cortos, para no alargar la entrada, al duplicar con la traducción.

Los toscanos, cuenta el autor, ven incluso sin mirar “e gli basta un’occhiata per contarti i peli del naso” (les basta una ojeada para contarte los pelos de la nariz). También son muy capaces —no se olvide la clave de humor— de traicionar a un amigo. Para traicionar a un enemigo vale cualquiera; no hay cosa más fácil y vulgar. Pero traicionar a un amigo requiere grandeza de ánimo, nobleza de sentimientos, altura de ingenio y, si la traición ha de ser perfecta, lealtad. Cuando habla de la vida eterna dice que será, sin duda, una muy bella vida, “ma nenmeno la vita terrena è da buttarsi alla spazzatura” (pero tampoco la vida terrena es para tirarla a la basura).

Alaba Malaparte a los toscanos, a los que juzga hombres libres. De ser hombre libre, añade, a tener poquísima estima por el que manda, la distancia es corta. Por ello relata con fina y corrosiva ironía lo que puede ocurrir cuando un general arenga a sus soldados para la batalla. Les habla de la gloria, de una muerte bella, del Rey y de la Patria… Si entre los soldados, en la última fila, hay un toscano que lo mira, el general se embrolla, enfunda la espada, arría la bandera y se larga. Cuando no hay esa risilla irónica para poner en su lugar a los generales, pasa lo que pasa. Cuántas desgracias se habrían ahorrado si Mussolini, en vez de hablar desde el balcón del Palazzo Venezia, en Roma, hubiera hablado desde la terraza del Palazzo Vecchio, en Florencia.

Hay momentos de innegable lirismo también. Habla el autor de la fascinación de Florencia para los pratenses —los de Prato, la ciudad donde nació—, de su afán por copiar los hábitos y costumbres de los florentinos: “A Firenze se fa così” (en Florencia se hace así), era casi un mandamiento para él, cuando era niño y se imaginaba a los florentinos como seres extraños y algo locos. Cuenta su primer viaje a la ciudad:

Comenzó para mí la carrera más extraña, el viaje más sorprendente de mi vida: Palazzo Strozzi, i Lungarni, Palazzo Pitti, Via degli Uffizi, Piazza della Signoria, el Bargello, Santa Croce, iglesias, palacios, monumentos, calles, plazas, callejones y, de repente, tras dos horas de ir y venir (andirivieni, en italiano, una bella palabra) de un extremo a otro de Florencia, desembocamos, no sé cómo, delante de Santa Maria del Fiore. [...] Ora capivo qual è la pazzia dei fiorentini. Tutti matti a Firenze, ma che razza di matti! (Entonces comprendí cuál era la locura de los florentinos. Todos locos en Florencia, pero ¡qué raza de locos!).

Es esa locura que a veces arrebata a los hombres y a los pueblos. Esa que, según la tradición sevillana, embargó a los canónigos cuando decidieron construir un nuevo templo, allá por el año 1401: “Hagamos una iglesia tan hermosa y tan grandiosa que los que la vieren labrada nos tengan por locos”. Es una locura divina, justamente la opuesta a la locura de la guerra y que es mucho menos frecuente, para nuestra desgracia.

Dije que el idioma italiano engaña, que no es tan fácil. Ahí va un texto del libro: Per evitare d’esser presi per mangiapreti, dir subito che per preti s’han da intendere i parrucconi, i codini, i collitorti, i biasciconi, i lumaconi, e tutti quelli che fanno il loro interese con l’aiuto della paura dell’inferno. Lo dejo así; no es nada importante. Para traducir algunas palabras me hizo falta un buen diccionario. Es la pura verdad, no quiero presumir. Porque en italiano se dice: chi si loda s’imbroda, quien se alaba se pringa, se ensucia.

18 de marzo de 2015

Sobre Maledetti toscani, de Curzio Malaparte


Palabras clave (key words): vanidad del mundo y de la gloria, de la lengua italiana.

En mi última entrada hablé de Curzio Malaparte, el conocido escritor italiano, fascista primero, comunista después, personalidad poliédrica y controvertida. Me referí a su libro, no muy conocido en España, Maledetti toscani, el último que escribió, en 1956, un año antes de su muerte. Me detengo aquí y te aseguro, lector, que es un buen sitio para reposarnos y charlar un rato.

La obra es una delicia, llena de humor, de inteligencia, de belleza, con un italiano excelente, de esos que te hacen ver que esa lengua, aparentemente fácil y próxima para los españoles, engaña y es más complicada de lo que parece. También hay en ella consideraciones morales —de una moral íntima, sincera y rotunda, que rezuma autenticidad y tiene carácter más bien afectivo—, demostrando que se puede divertir y hacer reflexionar a la vez, aunque la hazaña sea imposible para muchos.

Ironiza cariñosamente sobre los toscanos, su inteligencia, su amor a la libertad, su capacidad para intimidar y desconcertar al resto de los italianos. Todo es una broma, naturalmente, pero que descubre también la miseria y la boria (la vanidad) de las cosas terrenas e incita a pensar. Aprovechando que Prato, la ciudad toscana en la que nació el autor, a quince kilómetros de Florencia, es uno de los centros textiles más importantes de Europa y allí se reciben, para reciclarlos, retazos, trapajos, andrajos y pingajos de toda Italia y de otras partes del mundo, escribe:

A Prato, dove tutto viene a finire: la gloria, l’onore, la pietà, la superbia, la vanità del mondo. [...] Mentre gli altri credono che tutto sia di buona lana, i pratesi sanno che tutto è fatto di cenci. [...] Della grandezza umana, della superbia degli uomini, ridono, perché sanno di che son fatte. [...] Sono esempio di semplicità e di lealtà in un mondo, dove tutti cercano di nascondere quel che sono, e che erano, e si dànno l’aria d’essere il contrario di quel che sembrano. Traduzco:

“En Prato, donde todo viene a acabar: la gloria, el honor, la piedad, la soberbia, la vanidad del mundo. Mientras los demás creen que todo es de buena lana, los prateses saben que todo está hecho de guiñapos. De la grandeza humana, de la soberbia de los hombres se ríen, porque saben de qué están hechas. Son ejemplo de simplicidad y lealtad en un mundo en el que todos buscan esconder lo que son, o eran, y se dan aires de ser lo contrario de lo que parecen”.

Lector, este es el italiano fácil (hasta pensé en no traducirlo), pero no todo es así. Trapero, por darte ya un ejemplo, es cenciaiolo (pezzaio, barattiere), no tan entendible ya, ¿verdad? Por cierto, la cita más conocida que conozco sobre Marañón es la que afirma que era un “trapero del tiempo” (por saber aprovechar bien los ratos perdidos).

Es imposible extenderse más, porque lo que habría que hacer es leer el libro entero. Pero los editores españoles no lo han traducido —cada vez me irritan más— y se puede leer sólo en italiano. ¿Por qué no se ha vertido al español? Seguramente, porque no es un libro para grandes masas. Leo una crítica, italiana: Non è, in tutta franchezza, un libro che si possa consigliare a chicchesia (No es, con franqueza, un libro que se pueda aconsejar a cualquiera). Y sigue: Ribadisco: un libro per pochi. Ma che piacere leggere certi passi, anche per la lingua! (Repito: un libro para pocos. Pero qué placer leer ciertos pasajes, ¡también por el lenguaje!). No estoy de acuerdo: es un libro para cualquiera que tenga sensibilidad. Lo mostraré un poco más en la siguiente entrada.

15 de marzo de 2015

De cosas que, al principio, no se entienden


Palabras clave (key words): anuncio cervecería, ideas fuerza, Curzio Malaparte.

Amigo lector, no tengo arreglo. Las dos últimas entradas de mi blog son sendas listas de todas las publicadas, por orden cronológico y alfabético. Las hice porque había llegado a las 250 entradas… ¡y casi 200.000 palabras! Me formulo otra vez el propósito de hacerlas más cortas y me temo que no me es posible. Lo único que se me ocurre es ir escribiendo poco a poco y que se me vaya siguiendo, si hay voluntad.

He estado unos días fuera de Madrid y me encontré con un gracioso anuncio en la cervecería de una ciudad costeña: “Se necesitan clientes. No hace falta experiencia”. Y me dije, lo contaré en mi blog: algo sencillo, breve, sin complicaciones. Luego recordé algunas frases, más o menos profundas, que han influido en mi manera de entender la vida —así, como suena, la vida— y que no tienen puñetera relación con el anuncio. Detrás vino lo de las ‘ideas fuerza’, de las que se hablaba más en mi juventud que ahora. ¿No podría olvidarme de todo eso y dejar sólo el anuncio? Pues no, ese es mi problema.

Iré contándolo todo, pêle-mêle (en desorden), poco a poco. Lo de las ideas fuerza viene de Alfred Fouillée y daré aquí la definición que encuentro en el Diccionario de filosofía, de Nicola Abbagnano: “encuentro de lo interno y de lo externo, una forma que lo interno toma por la acción de lo externo y por la reacción propia de la conciencia (L’évolutionnisme des Idées-forces, 1890)”.

No se entiende demasiado, ¿verdad? Podría dejarlo así, pero estoy leyendo a Curzio Malaparte, que escribe algo aplicable al caso y con gracia. Se refiere a un dicho de una ciudad de la Umbria: “un antico proverbio di Gubbio, che non si sa bene quel che voglia dire, ma qualcosa deve pur voler dire” (un antiguo proverbio de Gubbio, que no se sabe bien lo que quiere decir, pero alguna cosa debe de querer decir). Pues eso pasa con lo de las ideas fuerza, tal y como las resume Abbagnano. Y hay muchas cosas así, en ciencia y literatura.

Y pienso en más cosas relacionadas. Así funcionan estas entradas, lector. Cuento una simpleza de cierta (presunta) gracia; te doy una expresión francesa que se utiliza a veces (por gente algo o muy pedante); te digo algo de las ideas fuerza, que desarrollaré después; te acerco a Malaparte, a un delicioso libro suyo, Maledetti Toscani, sin traducir al español aisladamente, aunque supongo que estará en sus Obras completas, que sí existen.

En fin, voy dando pistas, para que los lectores las sigan, si les apetece. Así es como me gustan mis entradas y espero que haya gente a la que le guste leer cosas así. Termino esta, ya más corta, y seguiré con el tema, con los temas.

5 de marzo de 2015

Sobre los idiomas, sus dificultades, su olvido (fin)


Palabras clave (key words): Joaquín Vallvé, invasión de Al-Andalus, Estoria de España.  

Mi conocimiento del profesor Vallvé era superficial. Ha sido ahora, hurgando en su biografía, cuando he descubierto sus interesantes estudios, alguno hasta sorprendente. En mi recuerdo era un compañero más del Colegio Mayor, de edad inconcreta, aunque, pensándolo bien, tenía que ser un tanto mayor que yo. Y lo era; nació en el 1929, en Tetuán, estudió Semíticas en Granada e hizo su doctorado en Madrid, donde fue luego catedrático de Árabe, desde 1973 hasta su jubilación. Elegido miembro de la Real Academia de la Historia, leyó su discurso de ingreso en 1989. Murió en el 2011.

Fue precisamente en ese discurso donde expuso sus ideas más controvertidas, haciendo ver que algunos de los topónimos citados en fuentes árabes sobre la invasión de España, podrían corresponder a lugares de la región de Murcia. Al-buhaira sería el Mar Menor o incluso la laguna o albufera que rodea Cartagena por el noroeste. Y el Wadi-l-Tin, sería el río Guadalentín o Sangonera. En fin, Qartachana se referiría a la propia ciudad de Cartagena, no a la Carteya de la bahía de Algeciras.

Para Vallvé, el nombre Al-Andalus, que aparece ya en la poesía árabe preislámica, no derivaría del de los vándalos, que cruzaron la península hacia África en el año 429. Tras el análisis de diversas fuentes, grecolatinas, árabes y romances, sostiene que el nombre Al-Andalus vendría de la Atlántida, la isla del mito platónico, que pervivió en muchos autores griegos y latinos.

Hay que leer con cuidado su tesis sobre la invasión de la península por los árabes, de cronología muy confusa. Se dice que Musa ben Nusayr envió a Tarif a España y que desembarcó con cuatro barcos, cuatrocientos hombres y cien caballos. Sin embargo, hace notar Vallvé, los textos árabes norteafricanos u orientales no lo mencionan y un autor hispanoárabe apunta que el nombre de Tarifa deriva, mucho más tarde, de un hereje llamado Tarif. Musa envió después a su lugarteniente Tárik, con 1700, 7000 o 12000 hombres, según los cronistas, en la primavera del 711. Las fuentes no están de acuerdo en la cifra de combatientes, los tiempos, lugar de desembarco, itinerario, etc. Parece que los asaltantes llegaron en varias oleadas, lo que dio tiempo al rey Rodrigo, que luchaba contra los vascos, a organizar un ejército e intentar la resistencia.

Tárik, tras una gran victoria en Écija, se dirigió a Córdoba y después a las coras de Rayya, Ilbira y Tudmir (Málaga, Granada y Murcia). Vallvé piensa que el camino habría sido el inverso, lo que replantearía el mapa de la invasión. Conviene hacer constar  que, en la Estoria de España, que ordenó compilar Alfonso X, no queda claro el lugar de la batalla final. Voy al texto de la Primera Crónica General, de Menéndez Pidal, 1906: El rey Rodrigo quando lo sopo, ayunto todos los godos que con ell eran; et fue mucho atreuudamientre contra ellos, et fallolos en el rio que dizen Guadalet, que es acerca de la cibdad de Assidonna, la que agora dizen Xerez. E los cristianos estauan aquend el rio et los moros allende, pero algunos dizen que fue esta batalla en el campo de Sangonera, que es entre Murcia et Lorca. Esto último es lo que apunta Vallvé. En el encabezamiento de este texto en la obra, leo: De cómo los moros entraron en Espanna la tercera uez et de cómo fue perdudo el rey Rodrigo. Lector, tras enterarte de esto, puedes decir cáspita u otra palabra de más calado.

Todos estos detalles hicieron pensar a nuestro arabista que el desembarco de los árabes en la península pudo tener lugar en las costas murcianas y que la primera ciudad conquistada fue Cartagena. Esto no quiere decir que no hubiera llegadas anteriores. O sea, la duda es sobre la lucha última y definitiva entre los invasores y el rey Rodrigo. Los textos de Estoria de España, como los de la General Estoria, están llenos de ambigüedades. Gonzalo Fernández de Oviedo, el ilustre militar y cronista del siglo XVI, escribió, refiriéndose a la última: En todas las que andan por España (al menos las que yo he visto), no hallo una que conforme con otra, e en muchas cosas son diferentes.

3 de marzo de 2015

Sobre los idiomas, sus dificultades, su olvido (II)


Palabras clave (key words): Asín y Palacios, letras árabes, deseos imposibles de viejos.

Lo de mis estudios de árabe parece increíble y tengo que contarlo un poco mejor. No pude jamás asistir a las clases en la facultad, porque trabajaba ya en mi hospital, y no sé cómo se desarrollaban. No sé si se leía algo en árabe, si los alumnos se iniciaban en la conversación, etc. En el examen, se trataba sólo de traducir uno de los textos que integran la última parte del libro Crestomatía de árabe literal, del insigne arabista Miguel Asín y Palacios. La obra consta también de una primera parte de gramática y de un reducido diccionario en el que figuran todas las palabras que aparecen en los textos finales, lo que facilita la traducción de los mismos.

La dificultad de los exámenes era, pues, razonable. Y luego estaba aquella joven, licenciada o doctora en árabe, cuyas clases particulares me recomendaron los expertos, para aprobar la asignatura, dedicándole uno o dos meses. No pertenecía al claustro, pero la conocían en toda la facultad. No escribiría aquí su nombre y tampoco lo recuerdo. En clase, por la tarde, en su casa, éramos unos seis o siete alumnos, todos con el mismo propósito: pasar el examen de una lengua no fácil, de la que ignorábamos todo.

Al principio ni sabíamos los nombres de las letras. La segunda letra del abecedario árabe, Ba ͗, cuando va aislada o al final de palabra se escribe y no era infrecuente referirse a ella como ‘la barquita con el punto debajo’. Lector, para hacer este alarde de conocimientos he tenido que valerme del libro de Asín, que conservo, porque todo esto lo tengo olvidado con desmesura, como ya afirmé. Bueno, pues con algún empeño nuestro y la rara y portentosa habilidad de aquella buena mujer, bastantes de los discípulos congregados en sus clases lográbamos pasar el examen; hasta con nota. Refiero estos detalles para hacer verosímil mi relato; espero haberlo conseguido.

Con esta base tan inestable no es de extrañar que haya olvidado mi árabe. Aun así, me sorprende la magnitud del desastre, el derrumbe tan total de aquel pobre armazón que pude construir en algún tiempo. En ninguna otra área del conocimiento me ha sucedido algo parecido. De hecho, hasta existe la vaga creencia popular de que ciertas cosas no se olvidan nunca, o se conservan en buena parte, o son fáciles de recordar de nuevo. Quizá las hay, como montar en bicicleta, patinar… No el árabe, no el mío.

Escribiendo esta entrada he querido revivir aquella historia, aquel trozo de mi vida. Esto es algo que ocurre frecuentemente cuando se tienen ya unos años: el deseo, a veces repentino e imperioso, de reconstruir un determinado escenario del pasado. Daría cualquier cosa por saber el nombre de la joven arabista, dotada por el buen Dios para hacer que sus alumnos aprobaran árabe, quizá con la ayuda directa en el examen del mismo Dios que le dio a ella el don. Y he querido saber de mi amigo, mi profesor de árabe, para tratar quizá de verle y contarle que se equivocó conmigo cuando me aprobó, que debiera haber previsto que cincuenta años más tarde yo no sabría una palabra de árabe, que lo engañé sin querer —no, no, queriendo— y, en fin, para charlar un rato.

 He mirado, claro, en Internet. Y como ya me ha ocurrido algunas veces en trances parecidos, me aguardaba el desastre, la noticia pésima, la tristeza. Joaquín Vallvé Bermejo, de quien no sabía nada desde los tiempos del Colegio Mayor, no podrá ya nunca reunirse conmigo. No es la primera vez, ya digo, y siempre me deja el mismo amargor. Porque veo que me descuidé mucho, que debería haber gestionado antes el reencuentro. Que la vida había pasado ya y demasiadas cosas no tenían remedio. Me gustaría decir algo de él póstumamente y lo haré en otra entrada, si no os parece mal.

(continuará)

1 de marzo de 2015

Sobre los idiomas, sus dificultades, su olvido (I)


Palabras clave (key words): Unamuno, García Lorca, idioma árabe, Joaquín Vallvé.

He escrito cuatro entradas sobre dos cocineros de los siglos XIV-XV. Y todo, en el fondo, porque quise saber si Jean de Belleville, uno de ellos, ‘ofició como cocinero’ —la reverente expresión no me parece desajustada, hoy día— en un banquete que se celebró el 14 de febrero de 1416, en Chambéry, de Francia. Alguien podría pensar, y yo mismo, que estoy perdiendo el oremus, que se me fue la cabeza. Por si acaso, cambiaré de rumbo y contaré ahora algo de mi vida. Lo hago con reluctancia, pero el asunto me parece medio divertido y me permitirá alguna elucubración.

Me resisto a hablar directamente de mí. Otra cosa es lo que se trasluzca en mis escritos, que eso resulta inevitable. Me ha llevado a vencer esta discreción mía, el haber encontrado coincidencias entre mi caso y lo ocurrido con Don Miguel de Unamuno y García Lorca. Que parentescos me busco, ¿verdad? Bueno, me explico enseguida.

Don Miguel, en el prólogo a la tercera edición de su interesante, e insistente, Vida de Don Quijote y Sancho —todo lo que roza al Quijote está mágicamente destinado a encandilar y pervivir—, escribió: “He olvidado todo el poquísimo árabe que me enseñó el señor Codera en la Universidad de Madrid, ¡y me dio el premio en la asignatura!”. Francisco Codera Zaidín fue un filólogo, arabista y erudito español, que desempeñó la cátedra de griego en Granada, hebreo en Zaragoza y árabe en Madrid. Fue sobre todo arabista y entendidísimo en arqueología numismática.

Pero, querido Don Miguel, ¿cómo pudo usted olvidar todo el árabe que aprendió? Es que hay cosas que no se entienden. Federico García Lorca no tuvo quizá ni ocasión de olvidar, porque seguramente aprendió mucho menos que Don Miguel. Mi deducción se basa en que ni siquiera se presentó a examen, aunque se había matriculado, según leo en la excelente y minuciosa biografía de Ian Gibson.

¿Y qué me pasó a mí? Pues que, por haber hecho el bachillerato de Ciencias, no estudié griego y por ello, al llegar a la facultad de Filosofía, me decidí por el árabe. Simultaneé los estudios con los de medicina, pero el árabe no pude y lo fui dejando. Me examiné en junio del 63, ya con mi carrera de médico terminada y con deberes profesionales. Y, lo que son los milagros, fui capaz de traducir los textos que nos dieron y obtuve Sobresaliente en el primer curso y Notable en el segundo, que los hice a la vez. ¿Y por qué cuento esto? Para presumir, ¿no? ¿Y que tiene esto de medio divertido?

Un momento, lector, dame un respiro. Lo que quiero hacer constar es que, como Don Miguel, he olvidado todo, absolutamente todo, mi árabe y sé muy bien que eso ya no podré enmendarlo. Lo que me lleva a hacer algunas consideraciones, sobre los idiomas y el saber en general, que dejaré para otra entrada. Lo de medio divertido viene de que, en los meses anteriores al examen, comía casi todos los días con el profesor de la Complutense que me tenía que examinar, Joaquín Vallvé Bermejo, en el Colegio Mayor Menéndez Pelayo, en el que estábamos ambos. Al aproximarse la fecha fatídica, las bromas y la rechifla de los colegiales —unos cuarenta— eran continuas, rogando todos al profesor Vallvé que se apiadara de mí y sacándome los colores continuamente. Luego, cuando aprobé con buenas notas, Joaquín defendió siempre que había sido justo al calificarme. Y yo creo, sinceramente, que lo fue y perdón por la inmodestia.

¿Pero cómo se puede olvidar tan completa e irremediablemente lo que se aprende? No recuerdo ni siquiera el vocabulario, sólo las tres primeras letras, y no identifico las figuras de las mismas. ¡Qué desengaño, qué inmensa tristeza! Es la ignorancia la que no ocupa lugar; el saber sí. Y además exige trabajar sobre él para no agostarse y acabar en la nada.

(continuará)

27 de febrero de 2015

Masterchefs de los siglos XIV y XV (fin)


Palabras clave (key words): Conde Verde, Amadeo VIII, Jeanne de Belleville.

Quedan cabos por atar. El arranque de estas entradas sobre cocineros medievales partió de una novela de Henry Bordeaux, Les Roquevillard, donde se menciona a Jean de Belleville como oficiante del banquete ofrecido por Amadeo VIII de Savoya al emperador Segismundo, el 14 de febrero de 1416. Vimos que la autoría no era cierta, pero sí lo es que Jean de Belleville fue cocinero de Amadeo VI, el Conde Verde, de 1348 a 1367, e inventor del famoso pastel de Saboya. Esto está documentado en el citado libro de Gabriel de Mortillet (1821-1898), eminente arqueólogo y antropólogo, dedicado a la investigación de la prehistoria y el Paleolítico y erudito de toda garantía. Al Conde Verde lo llamaban así porque en los torneos iba vestido de verde, con banderolas y miembros de su escolta vestidos de ese color. Era valiente y tenía el dudoso defecto de ser bastante mujeriego. De eso quizá le vino ser astuto, taimado y hábil mediador en conflictos, como el surgido entre Pisa y Florencia en 1364. Para compensar su afición por el mujerío, fundó la Orden de la Santísima Anunciación.

Amadeo VIII, primer duque de Saboya, fue el verdadero artífice de la dinastía. En el año 1434, al morir su esposa, abdica, funda la Orden de San Mauricio y vive como un ermitaño con otros cinco caballeros en Ripaille, junto al lago Léman. Cinco años más tarde fue investido antipapa, cuando al entonces Papa Eugenio IV le arrebataron su dignidad y fue declarado hereje. ¡Cómo de mudable es la Fortuna, de Papa a hereje! Sin embargo, la realidad puede ser engañosa: Eugenio IV continuó siendo Papa y la vida de Amadeo VIII, antipapa Félix V, tampoco cambió. Recibió sus títulos en la catedral de Lausana, ante los pocos que reconocieron su autoridad, y ocupó este cargo en buena manera ficticio hasta que se sometió al Papa Nicolás V y fue hecho cardenal de Santa Sabina, en 1449. Murió dos años más tarde en Génova y fue enterrado en Ripaille, hasta que trasladaron su cadáver a la capilla de la Sindone, en Turín.

También dejé pendiente contar algo de Jeanne de Belleville (1300-1359), la ‘tigresa bretona’. Es más o menos coetánea de Jean de Belleville, nuestro cocinero, y también se la conoce como Jeanne de Clisson, porque contrajo segundas nupcias con Olivier IV de Clisson, en 1330. Este noble fue decapitado por orden del rey Felipe VI de Francia, en 1343, y la viuda juró que vengaría su muerte. Jeanne levantó un ejército contra el rey y mandó armar dos navíos para hostigar a los barcos franceses, a los que causó importantes daños, transformándose en una auténtica corsaria. Tras diversos encuentros, sus barcos fueron sometidos, pero Jeanne logró escapar con sus hijos en un bote. Refugiada más tarde en Inglaterra, casó de nuevo con un noble inglés, Walter de Bentley, que luchó en Francia con las tropas de Juan de Monfort. Ella  se retiró en Hennebont, en Bretaña, en donde murió en el año 1359.

También quedé en decir algo sobre el pastel de Savoya, creado por el chef Jean de Belleville. No puedo hablar aquí de sus ingredientes y elaboración, pero si alguien está interesado, le ruego que me lo haga saber. Lector, ya ves que en todas las épocas hay personas singulares y situaciones extrañas o paradójicas. En pleno siglo XIV, tienes a Jeanne de Belleville, hecha una tigresa y corsaria, guerreando contra el rey de Francia y a Jean de Belleville, tan feliz en su cocina, creando pasteles e inmortalizándose.

El cocinero Chiquart utiliza ya el baño María en el siglo XV. Ferrian Adrià, en nuestra época, utiliza el Rotavapor, un sencillo aparato de los años cincuenta, corrientísimo en cualquier laboratorio y que, en esencia, sirve para lograr la ebullición de los líquidos a menor temperatura, operando con presión reducida. Todo es diferente, todo es igual. Nihil novum sub sole.

25 de febrero de 2015

Masterchefs de los siglos XIV y XV (III)


Palabras clave (key words): cuisinier savant, recetas para enfermos, con oro, perlas…

Delineo un poco más la figura del cuisinier savant, que empieza a fraguarse ya en esta época medieval, prerrenacentista. Al no existir medicamentos eficaces para el tratamiento de las enfermedades, se recurre a las normas dietéticas en la lucha contra las epidemias. Por otra parte, la alquimia goza de gran popularidad y sus procedimientos y útiles se trasladan a la cocina, como el llamado baño María —este, en realidad, se remonta a la Alejandría de los primeros siglos de nuestra era, inventado por María la Hebrea, que desarrolló otros instrumentos mucho más complicados como el tribikos y el kerotakis—. Resulta, además, que en la corte del duque Amadeo VIII de Saboya, hay astrólogos y el médico italiano al que ya me referí, Antonius Guaynerius, estudioso del poder curativo de las piedras preciosas. Como ocurre otras veces, la conjunción de diversos factores crea el ambiente para que surja un nuevo fenómeno.

La cocina empieza a constituirse en un arte y una ciencia y el Maestro Chiquart, en sus recetas, no deja de utilizar palabras grandilocuentes para describir sus procesos culinarios innovadores y reclamar exigencia en las técnicas y resultados. Habla también de las normas de higiene y limpieza y enumera las necesidades de material de trabajo y personal competente para confeccionar los diferentes platos o salsas. Es algo más que un simple trabajador manual y se muestra vanidoso cuando explica su oficio. Recurre a veces a expresiones y citas de autores latinos para cimentar sus ideas. Es claro que ha manejado libros de medicina y enciclopedias, abundantes entonces. Compone hasta versos en francés. En fin, es un hombre culto, que ha trabajado y conoce de cerca a los poderosos del momento: emperadores, reyes, príncipes, etc.

No tengo más remedio que mostrar la primera receta de las dedicadas a enfermos, en el capítulo Nota pro infirmis. Se trata de cocinar un capón con extractos de oro, perlas y piedras preciosas. Es muy larga y he de reducirla sin contemplaciones:

El que vaya a hacer el fortificante (restaurand, en francés del siglo XV), deberá tener un matraz ancho, sólido, que lavará y aclarará bien y delicadamente. Tomará uno o dos capones muy buenos, los desplumará y los picará muy finamente, carne y huesos juntos, para poder meterlos en el matraz, junto a agua de rosas, agua fresca y un poco de sal. También una onza o más de perlas finas, metidas en un saquito de seda fuerte o lino, que introducirá en el matraz. También piedras preciosas muy buenas y virtuosas, como diamantes, rubíes, zafiros, turquesas, esmeraldas, coral, crisolitos, berilio, topacio, calcedonias, crisoprasas (siempre las que el médico ordene), que meterá en otro saquito fuerte, para que no se rompa y las piedras no se mezclen con la carne del capón. Añadir 60 a 80 piezas de oro fino (ducados, joyas, etc., bien lavados), que puedan pasar por el cuello del matraz, que taponará para que no se escape el vapor.

A continuación, una marmita bien ancha, para que quepa en ella el matraz, se llenará de agua fresca y se hará hervir con un buen fuego de carbón, hasta que el fortificante este bien cocido. Se saca entonces el matraz y se coloca sobre una madera caliente cubierta con un paño, dejándolo allí hasta que se enfríe y se pueda coger con las manos sin quemarse. Se echa el contenido sobre un tamiz (un colador) nuevo, no utilizado antes, colocado en un plato de oro. Se retiran los saquitos de perlas y piedras y el oro y se prensa para obtener la mayor cantidad de filtrado. Este se pasa después a una cacerola de oro y se lleva al enfermo, que lo tomará según las órdenes del médico.

Me he demorado en la descripción de esta receta de Chiquart para dar una idea de cómo podía ser una cocina ducal del siglo XV. Quedan tantos cabos por atar, que tendré que escribir una entrada más. Y terminaremos.

(continuará)

22 de febrero de 2015

Masterchefs de los siglos XIV y XV (II)


Palabras clave (key words): Maistre Chiquart, piedras preciosas, Antonius Guaynerius.

No pensaba yo que se iba a complicar tanto esta entrada, pero el diablo enreda sin descanso y siempre encuentra en mí una presa facilona: me empeñé en saber si Jean de Belleville podía ser, a la vez, el cocinero de Amadeo VI de Saboya, de 1348 a 1367, tal como afirma Mortillet, y el de Amadeo VIII, en 1416, como cuenta Bordeaux. Incluso asumiendo que empezara con Amadeo VI, el Conde Verde, como simple pinche, tendría que haber nacido, como muy tarde, hacia 1300-1350 y habría de tener entre 81 y 86 años en 1416. Edad no imposible en ninguna época, —un día me gustará hablar de la diferencia entre ‘esperanza de vida al nacer’ y longevidad, que son términos nada sinónimos—, lo que es poco probable. Aparte de que en el texto de Mortillet se expresa claramente que tenía categoría de cocinero.

Y ya me tienes, lector, buscando e indagando como un poseso. Y si quizá el diablo me empujó en todo esto, el buen Dios me ayudó e hizo que diera, en un manuscrito de 1420 (el Ms. S 103, en la Biblioteca Cantonal de Valais, en Sion), con el libro Du fait de cuisine (Asuntos de cocina), del Maistre Chiquart. No, no tuve que ir hasta la bella ciudad suiza; la obra estaba, está, en la Red. Este Maistre Chiquart era, ni más ni menos, el cocinero de Amadeo VIII cuando escribió el libro, sólo cuatro años más tarde del banquete al Emperador, de 1416. O sea, que fue él, y no Jean de Belleville, quien lo sirvió y Bordeaux se equivoca.

El manuscrito es una colección de menús, recetas de cocina y consejos prácticos, con un prólogo, y seguramente fue escrito a instancias del duque. También hay una lista de alimentos recomendados o prohibidos en tiempos de peste. Casi todos los tratados médicos de esa época tienen una sección dedicada a la dieta que conviene adoptar en las epidemias y se estimaba que todo cocinero de corte debía conocer esa literatura. El duque fomentaba con pasión las ciencias y las artes y la cocina tenía su lugar entre ellas. Se observa un reflejo de este ambiente y auge cultural en el libro de Chiquart.

En esa época la alquimia gozaba de prestigio y por ello, en la receta 65, de la que hablaré más tarde, se puede ver cómo el oro, perlas y piedras preciosas se combinan con capones en ciertas preparaciones culinarias. En otro libro, escrito por el propio duque, se asegura que estas creaciones de Chiquart no son una fantasía insensata, sino que derivan de la realidad científica, según las mejores autoridades del momento. Téngase en cuenta que en la corte saboyana actuaba como médico extraordinario Antonius Guaynerius, famoso médico italiano que prescribía piedras preciosas para el tratamiento de diversas enfermedades. El cocinero había de tener en cuenta los gustos e ideas de su patrón y las comidas tenían que ser lo mejor y más sano que se pudiera servir entonces.

Olivier de la Marche (1425-1502), cronista de la corte de Borgoña, publicó en 1562 sus Memorias de Messire Olivier de la Marche y en ellas describe algunas de las funciones del maestro cocinero: “Debe mandar, ordenar y ser obedecido y debe tener una silla entre los trincheros y la chimenea, paras sentarse y reposarse si fuera necesario. La silla ha de estar colocada de forma que pueda ver y vigilar todo lo que se hace en la cocina. Y debe tener a mano un cucharón de madera que le sirve para dos fines: uno, para probar los potajes y las sopas, y dos, para echar a los niños de la cocina”. Me ha hecho gracia último este detalle y por eso lo cito.

Se ve cómo ha aparecido ya, en esta sociedad principesca, una figura de cocinero de altura, de prestigio, que no tiene nada que envidiar en consideración a sus colegas más actuales. La perfilaré más en una próxima entrada, que queda mucho en el telar.

(continuará)

21 de febrero de 2015

Masterchefs de los siglos XIV y XV (I)


Palabras clave (key words): Ferran Adrià, Les Rocquevillard, Jean de Belleville.

En alguna de mis entradas quizá parecí algo crítico respecto a la alianza de los placeres gastronómicos e intelectuales, que postula y propugna Ferran Adrià. Nada más alejado de mis convicciones. De hecho, reconozco que, entre dedicarse a desliar algunos pensamientos enmarañados, tras ingerir una Delikatesse del famoso chef, o hacerlo tras comer una buena fabada, hay diferencias sustanciales: mucho más funcional y efectivo lo primero. Claro, se me puede argüir, que también uno puede atacar resueltamente la fabada y dejar lo de pensar para mejor ocasión, lo cual es perfectamente lícito.

Me refiero al tema, porque acabo de leer otro de esos libros antiguos que me interesan por muchas razones, Les Rocquevillard, de Henry Bordeaux, 1906, encontrado en una librería de viejo. Bordeaux, nacido en la Haute-Savoie, ejerció como abogado durante toda su vida y fue elegido miembro de la Academia Francesa en 1919. No es un libro como para recomendar ahora, aunque, como suele suceder en estos casos, se encuentran en él detalles curiosos, difíciles de hallar en obras modernas. El azar ha hecho que encuentre allí una referencia a un famoso cocinero de principios del siglo XV, Jean de Belleville (no confundir con su coetánea Jeanne de Belleville, la ‘tigresa bretona’).

En la novela, ambientada a finales del siglo XIX, un noble, llamado M. de la Mortellerie, cuenta al protagonista —en realidad el protagonismo recae en toda una familia— que, en la recepción que Amadeo VIII de Savoya ofreció al emperador Segismundo el 14 de febrero de 1416, se dio un banquete “dressé par Jean de Belleville, l’inventeur du gâteau de Savoie. Les viandes étaient dorées, chargées d’ornements et de banderoles aux armes des convives et chacun recevait les mets qui lui étaient destines en portion simple, double ou triple suivant son rang. Il faut manger, non pas selon son appétit, mais selon son importance” (servido por Jean de Belleville, inventor del pastel de Saboya. Las viandas eran doradas, cargadas de ornamentos y banderolas con las armas de los comensales y cada uno recibía los platos que le estaban destinados, en porción simple, doble o triple, según su rango. Hay que comer, no según el apetito, sino según la importancia).

Estoy casi seguro de que algunas de estas ideas podrían serle útiles al señor Adrià en sus happenings. Cualquier especialista en heráldica, en un momento, puede informar sobre las armas y banderas de los comensales y una rápida consulta al Who’s who permite conocer su categoría de ministro, subsecretario o simple director general, para proceder en consecuencia al repartir las porciones.

Quise saber más de este Masterchef del siglo XV. No fue fácil, pero encontré un libro, publicado en Chambéry en 1861 y escrito por Gabriel de Mortillet, Guide de l’étranger dans les départements de la Savoie et la Haute-Savoie, con el siguiente texto: C'est dans le val de Belleville que naquit Jean de Belleville, cuisinier du Comte-Vert, de 1348 à 1367, qui s'est immortalisé en inventant le gâteau de Savoie (Fue en el valle de Belleville donde nació Jean de Belleville, cocinero del Conde Verde, de 1348 a 1367, que se inmortalizó por inventar el pastel de Saboya). ¿Pudo servir este chef el banquete mencionado, en el año 1416, o hay un error de Bordeaux o de Mortillet?

Lector, pretendía que esta entrada fuera breve y no lo logro. Te gustará, como a mí, saber algo más del cocinero, del Conde Verde, la receta del pastel de Saboya, la tigresa bretona, etc. Piensa que, tras el banquete, Amadeo VIII fue hecho duque y luego antipapa. Todo te será desvelado, si lees una próxima entrada que tendré que escribir.

(continuará)