21 de abril de 2014

Belleza, arte, Schoenberg y triskaidekafobia


Me acerco a las cien entradas del blog y el azar me lleva a insistir sobre una de sus ideas centrales. Leo una anécdota de Arnold Schoenberg, cuando un magnate de la industria de Hollywood trató de halagarle, diciendo que su música era deliciosa —es la traducción que escojo aquí para lovely—. Schoenberg le replicó inmediatamente: “mi música no es deliciosa”. La historia viene en Art and the arts, de Theodor W. Adorno.

No soy un experto en música, pero doy decididamente la razón al célebre músico en cuanto a su obra, a la reducida parte de su obra que he podido conocer. Schoenberg, también un apreciable pintor, propuso y defendió cambios en la estructura tonal de la composición musical, desarrolló la técnica dodecafónica y fue extraordinariamente influyente en la cultura musical del siglo XX. Su original estilo no fue entendido por todos. Maurice Ravel, según cuenta Alma Mahler en su libro Mein Leben (Mi vida), afirmó: Non, ce n'est pas de la musique... c'est du laboratoire (No, esto no es música, esto es cosa de laboratorio).

Traigo aquí a Schoenberg como paradigma de una cierta manera de entender la creación artística. Para él lo importante en una obra de arte es la pura aportación del artista y el placer del espectador no debe ser un objetivo en ningún caso. Lo que cuenta es la perfección de la obra en sí, su harmonía interna, la propia satisfacción del creador. Richard Taruskin, un musicólogo americano nacido en Nueva York en 1945, califica esta idea como una pura ‘falacia poyética’.

En mi modesta opinión, lo que resulta obligatorio es la creación de belleza, una belleza que pueda ser percibida y gozada por el espectador. Naturalmente, habrá casos en que se requiera una especial formación de este y admito que no todas las obras son para todos los públicos. Lo que me resulta inadmisible, en una obra de arte, es que esté orientada a la mera y simple distracción del público, a hacerle pasar el rato. Eso puede existir, no está prohibido, pero no es arte.

Schoenberg es uno de los casos más conocidos de triskaidekafobia. Con ese nombre tan raro —tan sencillo también: es el número trece en griego y el término fobia. O sea, temor al trece— se designa una extendida superstición, presente en muchas culturas, que considera nefasto dicho número. En el caso de nuestro músico, la fobia era extrema. Se piensa que hasta pudo tener algo que ver con su muerte real.

Tenía pavor a los años múltiplos de 13. Ya en 1939 —en realidad, 1939 no es múltiplo de 13, aunque 39 sí lo sea, pero los supersticiosos no suelen ser muy científicos— estaba tan preocupado que para tranquilizarse encargó un horóscopo, en el que el astrólogo le certificó que sería un mal año, pero no fatal. Para esa predicción no hace falta ser astrólogo, ¿verdad?

En 1950 Schoenberg tenía 76 años y un amigo —para eso están los amigos— le avisó de que sería un año crítico, porque 7 + 6 = 13. Lógico, ¿no? El músico no había pensado en ello, pero ya sí lo hizo. De forma que el día 13 de julio de 1951, con setenta y seis años, y viernes —ya sabe todo el mundo que en USA el día nefasto es trece y viernes, no martes— estuvo todo el día en cama, angustiado y deprimido. Eran las 23.45, su pobre esposa Gertrud se decía que ya casi había pasado lo peor, cuando Schoenberg, tras un ruido extraño en su garganta, murió de repente. Todo muy triste, como en cualquier muerte. Pero aquí más dramático y hasta turbador.

Arnold Schoenberg había nacido un día trece y murió también un día trece. Pero nacer no es nada aciago. Y en muchas ocasiones, morirse, seguramente tampoco.

20 de abril de 2014

Gabriel García Márquez, la muerte, la inmortalidad


En mi anterior entrada citaba unas palabras de Gabriel García Márquez, “la muerte es una trampa, es una traición, que le sueltan a uno sin ponerle condición”, y prometí comentarlas. Mario Benedetti dijo algo parecido, “la muerte es una traición de Dios”, y no sabría yo ahora resolver la importantísima cuestión de quién habló de esto primero, si Márquez o Benedetti.

Pudiera ser que ninguno de los dos, excelsos como eran, meditaran con rigor sobre las alternativas a la muerte. Incluso las personas más dotadas no pueden razonar continuamente sobre todos los temas posibles y, como el resto de los mortales, hablan a veces alegremente. Si lo que insinúan es que estaría bien que la vida fuera más larga, muchos seres humanos, no todos, estarían de acuerdo. Si lo que se plantean es la pura inmortalidad, eso es completamente distinto.

Porque, y entro en la materia, para mí, nada más aterrador que la idea de ser inmortal. De un relato mío, El reino de Ta, copio las cogitaciones de Roberto, su protagonista: “Se había preguntado alguna vez, en abstracto, si sería tolerable cualquier tipo de eternidad. Estaba convencido de que los seres humanos hemos sido diseñados para morir, no se trata de algo surgido por azar. Cualquiera que conozca los procesos de envejecimiento celular lo comprenderá perfectamente. La caducidad está inscrita en nuestras vidas, inserta en el mismo núcleo de nuestra existencia.

De hecho, pensaba que nada sería tan insoportable como la inmortalidad. Había escrito una vez algo sobre el tema y sus palabras habían sido: Hay que ser indulgentes con el dios o los dioses, que permiten tantos desarreglos en el Universo, porque se comportan así aloquecidos por su inmortalidad, por la imposibilidad del olvido, por la eterna repetición de los aconteceres, por la insistente presencia de todo lo creado, por la imposibilidad de imaginar un futuro desconocido o distinto. Roberto se identificaba más con los que postulan que tras la muerte sólo hay el olvido y la nada”.

Lector, medita un poco sobre lo que te cuento. Imagínate viviendo cien, doscientos años… eternamente; con esta vida de aquí, con la que conocemos. Ni el más malvado de los dioses querría tal suplicio para sus criaturas. Otra cosa es, ya digo, pretender que la vida no fuera tan escandalosamente breve. A eso muchos humanos, entre los que afortunadamente me cuento, sí nos apuntaríamos.

En mi obra de teatro, Don Juan de Bergerac —y perdón por tanta autocita—, se habla también algo de todo esto. Transcribo, abreviadamente:

Don Juan — Platón, en un pasaje de su Político, recoge un antiguo mito griego y habla de una época en que el universo giró en sentido inverso y todos los seres mortales cesaron de envejecer y se hicieron cada día más jóvenes, hasta llegar a recién nacidos, tanto en el cuerpo como en el alma; tras de lo cual continuaban consumiéndose y se aniquilaban totalmente. En un mundo así, el destino del hombre sería infinitamente más amable, porque marcharíamos hacia la juventud, hacia la belleza, hacia la inocencia. Al final, también desapareceríamos en la nada, pero sin la angustia del envejecimiento y de la muerte. Inés, si yo pudiera vivir así ahora y hacerme más joven contigo.

Inés — (Bromeando) O sea, tú cada vez más joven y yo cada vez más vieja. Pues sí que estamos bien. Tú me cuidarías cuando yo fuera mucho mayor que tú.

         Don Juan —Quizá lo mejor sería que la vida fuera un camino de ida y vuelta: madurar, sin llegar a una vejez extrema e incómoda, y luego rejuvenecer. Sin repetirse las cosas, claro, “lo bailado, bailado”. O repitiendo lo que uno quisiera. En fin, todo podría ser, todo podría haber sido, de otra manera. Los gnósticos pensaron que la creación fue un error, la obra de una divinidad inferior que se creyó Dios.

Inés — Para mí, Don Juan, ya estás viviendo así, hacia atrás. Quisiera verte cada día más optimista, más feliz, más joven. También es hermoso entregarse de lleno a recoger lo que la vida ofrece todavía. Fin de la cita y de la entrada.

19 de abril de 2014

Gabriel García Márquez, otro gigante que nos deja


Siento la muerte de Gabriel García Márquez como si se tratara de alguien muy cercano, con un desgarro que me cuesta soportar. Eso no me ocurre tantas veces y me lleva ineludiblemente a preguntarme por qué. Le admiraba infinitamente y ya escribí en este mismo blog que la admiración es más innegociable que el amor, porque es más tenaz, menos sujeta a nuestro capricho. Si piensas que alguien es admirable porque hace algo como no lo hace nadie, es muy complicado arrancarle ese mérito, desposeerle de esa cualidad. El muy aborrecible te puede tener admirándole sin tregua toda la vida.

Pero tiene que haber algo más. Yo creo que se trata de la discreción con que ha vivido sus últimos años, la valentía y sinceridad de sus opiniones, su vocación irrenunciable por la literatura, su modestia, su llaneza, su desasimiento de muchas de las banalidades mundanas —parece que en un cierto momento, tras la concesión del Nobel, dijo que ya no quería más premios—. En fin, como tantas veces, el encanto, la atracción proviene no sólo de sus excelencias artísticas e intelectuales, sino de su actitud moral y vital, de su bonhomía.

En relación con este tristísimo suceso, veo algo que me ha sorprendido. En la página web de Antonio Muñoz Molina, en la sección Escrito en un instante, leo la entrada titulada Un recuerdo, escrita el mismo día de la muerte de García Márquez. Son unas pocas líneas, pero en ellas no hay ninguna referencia a su grandiosa obra, ni se explicita cualquier sentimiento de tristeza o condolencia. Estoy seguro de que el sensible escritor ubetense comparte la orfandad que sentimos todos los que amamos la literatura, pero ha dejado de consignarlo por escrito en esta singular ocasión.

Habla en cambio, de ahí el título de la entrada, de su recuerdo de un Congreso de la Lengua, en Cartagena de Indias, hace siete años, y dice que “ya entonces García Márquez era una presencia muy lejana, quizás porque la enfermedad ya estaba afectándole”. Otra vez creo que falta algo; yo habría escrito “una venerable (o amable o querida, etc.) presencia muy lejana…”. En cambio, hace notar escrupulosamente que quizá la enfermedad ya estaba afectándole, aunque no concreta en qué o cómo.

En estas horas se han repetido bastante unas palabras del escritor fallecido sobre la muerte, extraídas de una entrevista en TV, del año 1995:  La muerte es una trampa, es una traición, que le sueltan a uno sin ponerle condición. Me gustaría comentar algo sobre esto, pero conviene dejarlo para una próxima entrada.

18 de abril de 2014

Inagotable, omnisciente Internet


Cada vez me sorprende más Internet. O, si se quiere, el ancho mundo de los saberes, datos y opiniones, que es ya casi lo mismo. Escribí ayer una entrada de este blog, con el título Merrill M. Flood y el problema catalán, en el que cuento el llamado ‘Dilema del prisionero’, de Flood y Dresher, y añado algunas consideraciones sobre el actual problema catalán, que no deja de preocuparme. Ambas cosas no están inmediatamente relacionadas, como reconozco en mi escrito, y la unión de los dos temas está más bien traída por los pelos.

El famoso dilema lo había encontrado en un libro de Jean-Claude Carrière,  Le Cercle des menteurs. Por otra parte, en otra entrada de mi blog, de hace unos tres meses, De la memoria y la inteligencia, prevenía yo sobre posibles plagios involuntarios: “uno puede estar plagiando sin darse cuenta; corremos el riesgo de plagiar sin querer”.

Pues ocurre que, escribiendo en Google ‘Merril M Flood problema catalán’, para ver si estaba ya referenciada mi reciente entrada, veo que lo está —aunque por ahora a través de otro blog intermedio en el que se cita al mío—, y me encuentro algo mucho más sorprendente: hay un título del año 2005, El dilema del prisionero: un acercamiento al laberinto catalán, alojado en un blog que no he podido, o sabido, seguir en fecha posterior. El contenido es completamente diferente al mío, pero es curioso que a otra persona se le ocurriera, hace nueve años, relacionar el célebre dilema con el problema catalán.

No hay plagio, claro, pero empieza a resultar casi imposible decir algo que no haya sido dicho antes. Que no se haya dicho y no haya sido recogido y grabado en la omnisciente red de redes. Y esto no ha hecho más que empezar.

17 de abril de 2014

Merrill M. Flood y el problema catalán


Lector, llevo ya tiempo escribiendo de amores y literaturas y cumple hablar también de números, de algoritmos, de lógica. Son temas interesantes y están cada vez más presentes en la realidad. Vivimos en un entorno digital, en el que quizá algún día los números constituyan la forma habitual de comunicación en muy diversas áreas.

Merrill M. Flood fue un matemático estadounidense que, junto con Melvin Dresher, ideó en el año 1950 un problema lógico, conocido más tarde como ‘Dilema del prisionero’, que forma parte de la llamada teoría de juegos o, en un marco más amplio, teoría de toma de decisiones. Me referiré sólo al problema y de la manera más breve.

Un policía detiene a dos sospechosos de robo, sin pruebas firmes, aunque los dos portaban revólver. Les hace, por separado, sin que puedan comunicarse entre ellos, la siguiente propuesta: Si confiesas contra tu cómplice, quedas libre y él será condenado a diez años de prisión. Si él también confiesa contra ti, serán cinco años para cada uno. Si ninguno confiesa, la condena es de seis meses de cárcel por tenencia ilícita de armas.

Cada uno de los detenidos decide acusar al cómplice, porque cree que es la estrategia más segura. Piensa que si no lo hace, y el otro le acusa, puede ser condenado a diez años. Acusándole, puede quedar incluso libre, si el otro no le acusa. En el peor de los casos, si el otro también acusa, tendrá una pena reducida de cinco años. Es, sin duda, la decisión menos arriesgada.

— Fray Gerundio, fray Gerundio…
— Dime, hijo.
— No se le habrá ido un poco la cabeza, si me permite decirlo. Porque, ¿qué tiene que ver todo esto con el problema catalán?
— Pues mucho. Ten un poco de paciencia, espera y no me interrumpas.

Lector, te habrás dado cuenta de que la estrategia de confesar es la apropiada…, sólo hasta cierto punto. Porque sería mucho mejor que ambos negaran el hecho y fueran condenados a una pena única de seis meses de cárcel por tenencia de armas. O sea, lo mejor sería no confesar, si uno confiara en que el otro va a hacer lo mismo. ¿No es así? Por supuesto, aquí no se consideran los aspectos morales del asunto.

— Fray Gerundio, eso también está claro. Pero, perdóneme, ¿qué tiene que ver esto con el problema catalán?

Lector, te contesto a ti y a mi interlocutor invisible. Esta solución óptima, la de no confesar ninguno de los dos, requiere que los dos hombres puedan hablar y comunicarse sinceramente sus planes. O que cada uno confíe en la inteligencia, el buen sentido del otro. Como reza el dicho: hablando se entiende la gente… y además se hacen amigos.

Comprendo que la relación del problema lógico del ‘Dilema del prisionero’ con el contencioso catalán no es nada inmediata. En realidad, esto último lo traigo aquí porque me tiene bastante preocupado. La gente parece no contemplar ningún escenario excesivamente pesimista y confiar en que todo se resolverá sin grandes estridencias. Yo pienso que cuando en la solución de los problemas se involucra a los pueblos, a las masas, nada está garantizado y se desatan procesos que se sabe cómo empiezan pero no cómo acaban. Los ejemplos que estamos viendo ahora mismo en Europa no son nada alentadores. En todo caso, haré constar, por si ayuda a justificar el título de mi entrada, que Flood aplicó sus técnicas a la solución de problemas públicos y del sector militar.[

8 de abril de 2014

Cuentos y sueños de hoy


Estoy preocupado por el problema catalán, como otros, y me fui hace poco hasta Barcelona. Indagué cuidadosamente, porque quería conversar con un buen conocedor de la historia y de la política, alguien que las haya sabido ver desde arriba, reflexivamente, con madurez. Por fin encontré un hombre así, al que se podría calificar con justicia de sabio. Logré verle y le pregunté, de la manera más natural: ¿Por qué queréis la independencia?

El sabio me respondió: Tardaría diez años en explicártelo y no lo comprenderías. Al ver mi cara de desilusión, añadió: Pero si vas a una montaña que no está muy lejos de aquí, encontrarás a un pensador, que ha meditado su vida entera sobre esto, y te lo explicará en cinco minutos. Me dio una dirección y nos despedimos.

Fui a la montaña y encontré al otro sabio. ¿Por qué queréis la independencia?, le pregunté. Porque somos diferentes, me contestó sin vacilación. ¿Cuáles son esas diferencias que obligan tan irremediablemente a la independencia?, pregunté. Me contestó: Tardaría diez años en explicártelo y no lo comprenderías.

Estoy siempre dispuesto a reconocer mi incapacidad para entender muchas cosas. Pero también recordé en esos momentos la anécdota del ladrón de oro, que se puede leer en el Lie Tseu, uno de los tres grandes libros clásicos del taoísmo, atribuido a Lie Yukou. Cuenta de un hombre cuya única pasión era el oro. Una mañana fue al mercado, vio el puesto de un vendedor de oro, cogió todo el que pudo y huyó rápidamente. Lo cogieron enseguida y el juez le preguntó: ¿Cómo fuiste tan loco que robaste ese oro ante tanta gente que te vio y que te conoce? Señor juez, respondió el ladrón, en ese momento no veía a nadie, sólo veía el oro.

 Sí, a veces no se entiende algo, porque el que explica, aunque sea un hombre valioso y sabio, no tiene la verdad, la verdad completa; está ofuscado y sólo ve una parte de la realidad, no ve más, no ve el resto. Y una parte de la realidad no puede explicar la realidad total, la realidad real. Es así de sencillo.

Me despedí del sabio de la montaña de la manera más educada y estreché con fuerza su mano. En ese momento me desperté, con mi mano agarrando fuertemente el embozo de mi ropa de cama. Recordé que ese mismo día se discutía en el Congreso algo relacionado con el tema catalán. Y recordé también que me había dormido leyendo un relato del folclore judío, de alguien que quiso preguntar a unos rabinos sobre la justicia. Con el armazón de ese relato se tejió, se hilvanó mi ensueño. Ahora, despierto, mi viaje a Cataluña adquiere plenamente ese aire impreciso, e inquietante, que tienen en ocasiones los sueños.

En el frontispicio de este blog hice constar que la actualidad no sería una preocupación del mismo. Siempre hay excepciones y alguna vez ya escribí sobre temas del día. Hoy lo hago también, casi a disgusto, obligado por las circunstancias.

7 de abril de 2014

De las diversas tristezas


En una entrada reciente, hablé de los amores tristes. Y es verdad que algunos, hasta puede que muchos, lo son. El inmenso Valle-Inclán, en ese libro litúrgico que son sus Sonatas, en la de estío, hace decir a Bradomín que “dio hospedaje al amor más de una y de dos veces, y gustó sus contadas alegrías y padeció sus innumerables tristezas”. Innumerables tristezas, lector, y Bradomín sabía de esta pasión. Se da en él, además, la circunstancia, no exclusiva, de que la tristeza lo melancoliza y torna enamorado. “Yo soy un santo que ama siempre que está triste”, le confiesa a su prima Isabel en Sonata de Otoño. Amor y tristeza retroalimentándose, yendo el ‘uno del otro en pos’.

Pero no quiero hablar ahora de amores, quiero hacerlo sólo de tristezas. Hay gente que piensa que las cosas tristes, dolorosas, salpicadas por el infortunio, son más hermosas ante nuestra conciencia, encuentran más resonancias en nuestro espíritu, generan más simpatía —en el sentido más etimológico del término— que los sucesos alegres y felices. Tal vez porque la vida, la de cualquiera, no sea sino un lento naufragio y su balance final arroje un saldo de desilusión y desencanto, hasta en los más exitosos triunfadores. Un escritor francés, Paul Léautaud, en Palabras efímeras, escribió, hace ya casi un siglo: La palabra tarde es más hermosa que la palabra mañana; la palabra noche más hermosa que la palabra día; la palabra otoño más que la palabra verano [...] la melancolía más hermosa que la alegría. Aubrey Beardsley, el célebre ilustrador de Retrato de Dorian Gray y otras muchísimas obras, escribió también que “hay algo de maravilloso en el dolor”. Beardsley fue un dibujante absolutamente genial e innovador, del que conviene recordar que murió con sólo veinticinco años, de tuberculosis.

En el fondo de nuestras almas puede haber, en mayor o menor medida, un poso de desencanto, de melancolía. En francés se dice ‘il fait triste ici’, dando a la tristeza una dimensión espacial, ambiental, indefinible y angustiosa —lo leo en Maupassant, en Une vie—. Alphonse Daudet, en Safo, en un cierto momento de la narración escribe: “el mundo se va poniendo triste”, aludiendo a un sentimiento global, imparable y telúrico. Todo esto puede ocurrir; sobre todo, en las personas de edad, cuando se van —cuando nos vamos— quedando solos, cuando los amigos nos dejan. Amigos que nos conocieron de jóvenes, que fueron testigos de esas pequeñas glorias que todo el mundo ha gozado, que nos soportaron felices y nos sostuvieron derrotados. Pesadumbre que llega cuando nos vamos retirando lentos y silenciosos, como cumple a los héroes vencidos.

Se pone uno triste por muchas cosas. De un personaje de El amor en los tiempos del cólera, no recuerdo ahora quién, se dice que “sus lanceolados ojos de animal carnívoro se habían vuelto mansos y tristes de tanto mirar la lluvia”. Existen muchas clases de tristeza. Hay una que es dulce y exquisita, como un crepúsculo rojizo hasta la violencia, como el hundirse del sol en un gran mar inabarcable. Una tristeza que llega cuando también ocurre algo que es extremadamente hermoso: poder hacer con la propia vida lo que uno quiere, gobernar uno su razón y su corazón; cuando se temen y se ansían ya muy pocas cosas. Eso puede suceder en la vejez, que a veces es un período bastante feliz de la vida. Como contraste, Álvaro Cunqueiro, en El pasajero en Galicia escribió sobre “esos poemas tristes y desesperados, que se escriben solamente cuando uno es mozo y puede permitirse el lujo de aspirar a morir de pena y nada”.

Todo esto es discutible y no todo el mundo suscribirá estas ideas. Quizá hay en nosotros, más o menos evidente, un fondo de tristura, de inconformidad —con nosotros mismos, con el mundo, con el existir, dependiendo de lo hondo que uno quiera calar—, que está ahí y con el que es preciso contar. Quiero terminar con una breve cita de un libro amado, Jacques le Fataliste, de Denis Diderot: rien n’est plus triste dans ce monde que d’être un sot (nada es más triste en este mundo que ser tonto).

6 de abril de 2014

De los amores ardientes


Ya vimos que hay muchas clases de amor. Hablaré hoy brevemente de uno: el amor ardiente, el amor quemante, como podría calificarse con toda propiedad. La princesa china Bibi Janum era tan menuda y frágil que, para traerla desde su país hasta Samarkanda y presentarla a Tamerlán, la metieron en una maceta de barro azul, muy bien acolchada entre capullos de seda, e hicieron el viaje en jornadas muy cortas. Se cuenta de ella que cuando sonreía por la noche su rostro irradiaba tal resplandor que no hacía falta ninguna otra luz. Su belleza era, como sucede tantas veces con las mujeres, irresistible, para los hombres que saben apreciarlas como se merecen.

Arqueólogos rusos abrieron la tumba de Tamerlán (del persa Timür-i lang, ‘Timur el Cojo’), y comprobaron que, efectivamente, era cojo, pequeño de estatura y tenía el brazo derecho atrofiado. No sabía leer ni escribir, pero era sagaz e inteligente y tenía conocimientos de astronomía y medicina, como se recoge en la autobiografía de Ibn Jaldún, que lo conoció tras el sitio de Damasco y señaló que le gustaba no sólo conversar, que esto es más corriente, sino razonar, lo que es más raro. Cuando Tamerlán vio a Bibí Janum, quedó instantáneamente prendado de ella y la hizo su esposa favorita, aunque siguió con sus campañas de guerra, que le obligaban a ausencias muy prolongadas.

Durante uno de estos prolongados viajes, Bibí quiso construir una mezquita como sorpresa para cuando volviera su esposo. Se dedico a esta tarea en cuerpo y alma. Iba cada día para observar los trabajos, controlar la progresión de los mismos, llevar las cuentas de los carísimos azulejos empleados, etc. El maestro constructor, un persa de nombre Guka Saniz, se enamoró perdidamente de ella y demoraba intencionadamente la obra para tener la oportunidad de seguir viéndola y tratándola, de mendigar su atención. Era el único alarife en todo el inagotable reino que conocía la secreta geometría indispensable para rematar la bellísima cúpula de color turquesa. Un día, enloquecido ya por el amor, le dijo a la princesa que no la acabaría si no se compadecía de sus sentimientos. Le pidió, de la manera más respetuosa, que le permitiera besarla.

Bibí, por ver de terminar los trabajos, y quizá porque Tamerlán llevaba mucho tiempo fuera y eso nunca es bueno, prometió dejarse besar en una mejilla. Guka aceptó, pensando que tampoco era un mal sitio para comenzar. Sin embargo, a última hora la bella princesa se arrepintió e interpuso la mano cuando el enardecido alarife se acercó a besarla. Cómo estaría el buen hombre, en qué estado de ignición, que sus labios le quemaron la mano —con razón hablo del amor quemante— y la lesión no había curado aún cuando llegó Tamerlán. La mezquita estaba terminada, a pesar de todo, porque Guka había perdonado los incumplimientos y renunciado a la felicidad, como saben hacer los hombres a menudo. Sin embargo, el rey preguntó a Bibí por la quemadura, supo los detalles y mandó que tiraran al alarife desde lo alto del minarete. Alah el Grande, el Misericordioso, no permitió que tan gran arquitecto muriera y lo facultó para que pudiera volar y escaparse. Hay otras versiones de la historia, pero prefiero esta, sin víctimas mortales.

Al rey leonés Alfonso VI, el Bravo, también le quemaron la mano en Toledo —cuentan las leyendas que la quemadura le horadó la mano—, en una situación muy distinta. Lector, hoy todo está en Internet; si quieres saber algo más de esto, míralo allí y sabrás encontrarlo enseguida. Así yo termino esta entrada y no me alargo más, que tampoco son buenos los excesos.

5 de abril de 2014

De los amores tristes


Hablé de amores que fueron y luego desaparecieron, arrasados por el vendaval maligno del tiempo. Como aquel que añoraba el trovador Raimbaut de Vaqueiras en su reino de Salónica, cuando escudriñaba el mar cada día, soñando arribadas imposibles. Amores que anidan en el recuerdo y siguen embelleciendo la vida, porque causan una clase de tristeza muy dulce. Lo entiendo muy bien: sé desde hace tiempo que el más preciado poso de la experiencia de una vida entera es el refugio en la nostalgia.

La verdad es que puede haber mucho de triste en los amores. Lancelot de Voiron era un paje de Alix de Orange, la más rubia, hermosa y alegre de las princesas del Delfinado, según el parecer y testimonio de todos los juglares. Para ambos, el paje y la princesa, fue el primer amor. No hay luna como la de enero, ni amor como el primero, dice la sabiduría popular. Un día, los sorprendió el padre de Alix, el príncipe Renault, cuando se besaban y el pobre Lancelot tuvo que huir más que deprisa. Cabalgó hacia Valence y se fue Ródano abajo hasta Marsella, lugar en que se embarcó para Jerusalén, en donde hacían entonces la cruzada los francos. Los azares de la guerra y el destino lo retuvieron quince años hasta que pudo regresar. Y cuentan las viejas crónicas que, justamente cuando entraba el caballero Lancelot en Valence, por la puerta que llaman del Imperio, oyó tocar a agonía las campanas de San Martín. Le hicieron saber que tocaban por su enamorada, por la bella Alix de Orange, que se moría con la misma tos de su hermana Beatriz, en la terraza de su palacio, el de los Tres Donceles. Llegó tarde; no pudo verse reflejado en sus ojos. ¡Tantas penas que pasó, tantos años esperando, para ser derrotado al final por la muerte!

Don Leonís de Arantes se enamoró de una princesa bizantina, hermosísima, pero con la salud quebrantada; tenía que tomar, mandadas por los médicos, unas raras hierbas de javaleño, que se dan sólo en Indias. Hasta aquel lejano país fue Don Leonís y peleó allí con un gigante y una serpiente, jugándose la vida y ganándola. Y realizó muchas otras hazañas, que no son para referir ahora, hasta que dio finalmente con las salutíferas hierbas y las trajo, ilusionado y feliz, a Constantinopla. Cuando entraba en la ciudad, por la puerta que nombran de las Abejas, un paseante, que lo reconoció por sus armas y sabía de sus amores pendientes, se dirigió hacia él y le avisó de que la princesa había muerto, hacía ya dos años, de una alferecía. O sea, que Don Leonís hizo en balde el viaje, salvo que echó fama de buen enamorado y eso quizá le sirvió luego de algo, en la vida que siguió, que no siempre las cosas acaban tan rematadamente mal.

Por la misma excepcionalidad del amor, por su delicada naturaleza, anida en él muchas veces la tristeza, en ocasiones muy sutil, apenas perceptible. Como la que destila ese verso de un poeta gaditano, Ángel García López: “Confieso que te quiero como nadie me quiso”, que no deja de ser una queja, aunque muy tenue e íntima.

Otras veces el amor es tan fulgurante que hasta puede matar. En Bretaña, en la dulce Francia, una doncella murió el primer día que bailó con un galán. Era su baile inaugural, recién llegada a la mayoría de edad y no pudo soportar la emoción y la felicidad. Esa es región de mujeres sensibles y, ante el temor de que esto pudiera ocurrir en más casos y poner en riesgo incluso el mantenimiento de la población, se decretó, en la ciudad, que las damas no bailaran hasta que hubieran tenido por lo menos un primer hijo. Y uno se pregunta, si podían morir por un baile, ¿cómo soportaban las maniobras necesarias para traer niños al mundo? Claro que esto está más enraizado en la naturaleza, me digo, y se tolera bastante bien, en general.

4 de abril de 2014

De los breves amores que fueron


Terminé mi entrada anterior diciendo que el vuelo de la felicidad era casi siempre corto, o algo así. Conté que Beatriz, su marido y su amante eran felices… hasta una sonochada de estío, cuando los imprudentes enamorados —el marido no entra en esto, claro; se entiende que estaba de caza— reparaban sus dulces fatigas sobre un oculto pradillo del jardín, embriagados con el aroma de la hierba recién cortada y durmiendo dulcemente, cubiertos con el manto del trovador. El marqués, Bonifacio de Monferrato, quizá arrepentido de haberse traído al insistente provenzal a palacio, los sorprendió y, con delicadeza y tacto, quitó la ropa del amante sin despertarlos y los cubrió con su propia capa, en la que estaban bordadas muy claramente las armas del marquesado. Al despertar, los dos se dieron cuenta de lo ocurrido, que volvían por veces al mundo, después de muy largas y felices ausencias. Algo parecido ocurrió cuando el rey Marc encontró yaciendo juntos a Tristán e Isolda e intercambió su anillo con el de ella y su espada con la de él. Son estas, ocurrencias que tienen a veces los engañados y que encierran ya, seguramente, un principio de comprensión, de absolución.

Después del suceso, el marqués Bonifacio no tuvo grandes problemas para convencer al trovador de la cabal conveniencia de peregrinar a Tierra Santa y dejar los entretenimientos. Los dos, el marqués juicioso y el trovador enamorado, se fueron de palmeros. Te contaré, lector, porque sé que estas cosas te interesan, que muchos otros pecadores arrepentidos iban en la misma nave, camino del perdón y de la aventura. Iba, encerrado en jaula de plata y amparado por un salvoconducto de los duques de Saboya, aquel monje de Chieri que quedó convertido en faisán por haber comido carne de ave en Viernes Santo. Iba aquel caballero de Mandovi, que intentó raptar a una monja en Fossano. Cuando estaba a punto de conseguirlo, ella pidió a Dios que le mandara la lepra para conservar intacta su pureza, lo que ocurrió en un instante, haciendo huir al caballero, que se tornó pesaroso y penitente tras la milagrosa mudanza. Viajaban entonces hacia Jerusalén gentes de toda condición, en busca de la gloria, de la muerte, del amor, del olvido, de sus respectivos e ignotos destinos.

 Monferrato, tras sólo un par de batallas, ganó el reino de Salónica, hizo a Raimbaut duque del mismo y lo nombró príncipe de Orfani. ¿Os dais cuenta? El pobre trovador hecho príncipe y gobernador de un reino. ¿Se puede pedir, se puede ambicionar más? Pues, fijaos lo que es el amor. El nuevo y flamante príncipe era víctima insalvable de la melancolía, olvidaba todas sus ventajas y conveniencias y sólo soñaba con Beatriz y le escribía sin cesar las más tiernas baladas, todas dirigidas al Bel Cavalier, declarándose prisionero en ultramar, herido de amor, infeliz e incurable. Mientras tanto, Beatriz le dio once hijos al Caretto, quien sabe si con pasión por medio, que esto es muy complicado de averiguar en las mujeres y es sabido que hay mil formas de fingimientos.
 
— ¿Y usted no cree, fray Gerundio, que en los momentos más desgarrados e íntimos, Beatriz quizá pensaba en su amante ausente, en su dulce trovador.
— Pues eso no lo sé, que en ciertas circunstancias los sentidos se descomponen, uno no rige muy bien y está como sonlocado. Sobre todo en los momentos del inmundo y breve placer.
— Fray Gerundio, qué duro e injusto es usted en sus calificativos. Tal vez usted, por su condición, no conoce bien… El juego no es tan aburrido y la prueba es que…
— No, si yo lo digo porque lo he leído así en una obra de Hanri Barbusse, un escritor francés hoy prácticamente olvidado.
— No me extraña que lo hayan olvidado.
 
Lector, perdona esta interrupción de mi interlocutor invisible, al que apenas estoy dejando hablar en este blog. Te diré que este tipo de digresión es el que odian algunos que me leen y cuentan que rompe el flujo narrativo. A mí es que el flujo ese me trae bastante sin cuidado y confío en la rapidez mental del lector. Esto es sólo un juego: hoy escribo yo y tú me lees y mañana puede ser al revés. Pero volvamos ahora a mi narración. Ponte ahora un poco malencónico (sic) para lo que sigue.
Raimbaut murió en su principado, añorando aquel lejano y perdido amor; entreviendo a su Beatriz, por siempre inalcanzable, en la distancia, en el horizonte engañoso e impasible del mar, que se divisaba desde la blanca terraza de mármol del palacio. En ocasiones, cuando los vientos eran mareros, creía oír su voz, que le llamaba con los nombres tiernos y secretos que se habían inventado y confiado tantas veces, juntos, en las tierras del marquesado de Monferrato, en la dulce Lombardía inolvidable. Ni un día dejó de pensar en ella, ni un día pudo desprenderse del infortunio, de la desesperación y de la nostalgia. Para lo bueno o para lo malo, nada sería lo mismo en el mundo sin el amor. Incluyo una canción que hizo por entonces: ¿De qué me valen, pues, conquistas ni riquezas? Porque yo me tenía por más rico cuando era amado y leal amigo y Amor me nutría. Prefería un solo placer que aquí gran corte y gran hacienda. ¡Ah, mi pobre Raimbaut, cómo puede ser de triste amar!