19 de mayo de 2014

Sobre el azar, el Eclesiastés y las traducciones


En este blog ya he hablado del azar, usando esta palabra en el más común de sus sentidos. Todo lo que sucede de manera no reglada, no predecible, decimos que ocurre por azar. Sin embargo, puede que acontecimientos que creemos que ocurren por azar, ocurran por causas concretas y determinadas, pero que no conocemos. Para alguien que conociera esas causas, estos acontecimientos serían predecibles, no sujetos al azar.

En la ruleta —en una ruleta ‘honrada’— la bola cae por puro azar en cualquiera de los números. Siempre habrá algún jugador empecinado en descubrir alguna regla o norma para predecir los resultados. Los falsos conceptos en este terreno son muy numerosos. Si ha salido, por ejemplo, el número siete tres veces seguidas, alguien puede pensar que ya es más difícil de lo normal que salga otra vez en la tirada siguiente. Se equivocaría en esto, aunque tal vez no sería fácil convencerle de su error.

El concepto de azar está íntimamente ligado al de probabilidad. A pesar de ello, el estudio cuantitativo y formal de la probabilidad no se inicia hasta el siglo XVI, en Europa y más concretamente en Italia. Por el contrario, la idea abstracta del azar, de su influencia en los seres humanos, es mucho más antigua. Existe en China desde tres mil años antes de nuestra era y también en la literatura sapiencial bíblica de hace unos dos mil trescientos años. En ese bellísimo libro, Eclesiastés, se puede leer (9,11): I have seen something else under the sun: The race is not to the swift or the battle to the strong, nor does food come to the wise or wealth to the brilliant or favor to the learned; but time and chance happen to them all (he visto algo más bajo el sol: la carrera no la gana el rápido o la batalla el fuerte, ni el alimento va al sabio o la riqueza al brillante o el favor al estudioso; el tiempo y el azar cuentan para todos). 

He tomado el texto inglés por dos razones. La primera, porque, en ese idioma, en la inexhaustible —no está en el DRAE, aunque sí inexhausto, que no es lo mismo; qué cosas, ¿verdad?— Internet, puedo leer diecinueve versiones del párrafo en cuestión. La segunda, porque me da pie para alguna consideración sobre el tema de la traducción.

Todas las versiones inglesas tienen aproximadamente la misma extensión, excepto la de New Living Translation, algo más larga, que copio en español: Observé algo más bajo el sol. El corredor más veloz no siempre gana la carrera y el guerrero más fuerte no siempre gana la batalla. Los sabios a veces pasan hambre, los habilidosos no necesariamente son ricos y los bien instruidos no siempre tienen éxito en la vida. Todo depende de la suerte, de estar en el lugar correcto en el momento oportuno.

Esta versión inglesa persigue, según proclaman sus autores, trasladar el “sentido” del hebreo y griego antiguos al lector moderno y se basa en las recientes ideas sobre la teoría de la traducción. La meta del traductor es crear un texto que produzca el mismo impacto en la vida de los modernos lectores que produjo el original en los antiguos. Esto se logra traduciendo “pensamientos enteros” y no simples palabras.

Nada más opuesto a lo que yo busco al traducir. A mí me gusta la traducción lo más literal posible, salvo cuando se pueda escapar el sentido de lo que se traduce. Es difícil conocer el impacto del texto en los antiguos lectores y tratar de reproducirlo. Y el lector tiene el derecho de elaborar sus pensamientos en base a lo que está escrito, sin intermediarios. Reconozco que la traducción más larga de New Living Translation se entiende mejor o más rápidamente. Aun así, supone una interpretación del primer autor y eso no me gusta, no es mi manera de traducir. No me puedo imaginar al autor del Eclesiastés —Cohélet, hijo de David, rey en Jerusalén; alude a Salomón, pero esto es imposible— usando esa expresión tan americana de “in the right place at the right time” (en el lugar correcto en el momento oportuno). Me duelen los oídos.

17 de mayo de 2014

Un confesionario en la bella Galicia


He estado en la dulce Galicia y regreso con la inevitable saudade. Ya contaré mis impresiones, sin referirme mucho a las cualidades del paisaje, a la infinita gama de sus verdes, a los brillantes colores de la jara y la retama en primavera; o al rojo pulido y sangrante de la digital (la Digitalis purpurea), que ya había visto otras veces allí. Lo que siempre sorprende a mis ojos es la práctica desaparición del suelo, de la tierra, ocultada por la ubicuidad lujuriante de los brezales y praderas, de los altivos árboles. Hablaré de otros temas, porque no me fue dado el don de la descripción sabia y minuciosa de las cosas; me desenvuelvo algo mejor en ámbitos más apartados de lo concreto.

Contaré, por ejemplo, lo que me ocurrió en la catedral de Santiago, tras el casi imprescindible vuelo del botafumeiro. Fue un impulso instantáneo e incontrolable. Después de tanto tiempo alejado de los confesionarios, una extraña fuerza me volcó sobre uno de ellos. Me acerqué hasta él, movido por una atracción invencible. El humo del incienso todavía difuminaba levemente los contornos de la portentosa fábrica y había una extraña paz. El sacerdote estaba sentado, desocupado, aislado de la multitud agitada y ajena, todavía estremecida por el espectáculo, esperando algún penitente. Me vio llegar y me sonrió. Yo había visto ya que confesaba en inglés y en gaélico —estaba muy claramente escrito en un cartel— y no puede contenerme. De la manera más delicada, aunque no exenta de un cierto grado de acucia, le pregunté sobre algunos temas que me interesan.

En un relato mío reciente, El reino de Ta, menciono a un caballero irlandés del siglo XII, Tnugdalus (Tondolus o Tundale, en las traducciones al inglés), cuya historia o leyenda  se cuenta en un texto latino escrito hacia el año 1149, Visio Tnugdali (Vision of Tnugdalus), extremadamente popular en la Edad Media. En mi relato, digo de él: “Fue un caballero que vivió en el siglo XII en Cork, en Irlanda, y que tenía costumbres no recomendables. Estando una vez en casa de una amiga (una amiga íntima, se entiende), enfermó y quedó inconsciente durante tres días y tres noches y todo el mundo lo creyó muerto. Durante ese tiempo, un ángel guió su alma por el  cielo y el infierno y le hizo experimentar, en este último lugar, alguno de los tormentos a que son sometidos los condenados; para que se fuera haciendo una idea. El caballero recobró finalmente el conocimiento y, como consecuencia lógica del asunto, cambió de manera de vivir y se hizo pío y cumplidor”.

El caballero contó toda esta historia a un monje itinerante, también irlandés, el hermano Marcos, que luego la escribió en latín, en el monasterio benedictino de San Jacobo, en Ratisbona, traduciendo todo lo que Tundale le había contado en gaélico. La obra, más de ciento cincuenta años anterior a la Divina Comedia del Dante, mezcla elementos de leyendas célticas respecto al mundo de ultratumba y otras propias de la tradición cristiana. Tuvo muchas traducciones a diversas lenguas vernáculas y luego perdió notoriedad. La literatura es así de pendona, si se me permite la expresión.

Hablé unos pocos minutos con el atildado y elegante sacerdote. Al principio en español y luego en inglés. Quería yo saber si había muchas diferencias entre el gaélico irlandés y el escocés —el tema de las lenguas goidélicas, las insulares descendientes del protocelta, es complicado y lejano para mí— y le hice alguna pregunta. Luego quise también saber si había confesado a muchos en gaélico. Se rio francamente y me contestó que sólo dos. ¿Cómo se confesará uno en gaélico? ¿Y cómo se pecará en gaélico? El asunto tiene su intríngulis, su morbo.

No me confesé, perdí esa oportunidad. No me ocurrió lo que a Paul Claudel, mientras oía el Magnificat en la iglesia de Notre-Dame, en la Navidad del 1886, como él mismo contó muchos años más tarde. Pero pasamos un ratito agradable: el confesor estaba seguramente un tanto aburrido de esperar inencontrables penitentes gaélicos, y yo últimamente pego la hebra con quien sea. Es por la edad, lo sé bien. Resulta agradable. No entiendo a la gente que tiene dificultades para hablar con el prójimo. Resumiendo, que me acerqué a un confesionario en Santiago. Todo lo que me sucede en Galicia me parece bien. Me tiene namorado, enmeigado.

15 de mayo de 2014

¿Es bueno recordar el pasado?


Hablaba en mi anterior entrada de cómo una cierta aura de felicidad puede hacer deslumbrantes nuestros recuerdos. Hasta el punto de que, para algunos, el pasado se convierte en un modelo o reclamo de cualquier paraíso ultramundano (ultraterreno no está en el DRAE; qué cosas, ¿verdad?). Este hermoseamiento del pasado puede ocurrir particularmente en los mayores y no ser siempre beneficioso. Paul Léautaud, en su obra Palabras efímeras, hizo notar que “los recuerdos de las cosas felices envenenan la vida, cuando estas ya no se pueden tener. El amor, por ejemplo”.

Yo no sé si hay una época de la vida en la que ya no se pueda tener el amor; ese amor concreto al que se refiere, sin duda, el autor. Lo que me importa resaltar ahora es que, como en tantas ocasiones, lo de refugiarse en el pasado —en la infancia, en la adolescencia, en la juventud— hay que saber dosificarlo. Un francés lúcido de casi noventa años, ha escrito: Adultes oublieux, ne dites point que l’adolescence est temps merveilleux. Et si vraiment la vôtre vous paraît telle, c’est qu’alors vous avez fait bien peu en votre maturité (Adultos olvidadizos, no digáis que la adolescencia fue un tiempo maravilloso. Si verdaderamente la vuestra os parece así, es que habéis hecho bien poco en vuestra madurez).

La historia de siempre: la verdad se insinúa y escabulle entre proposiciones contrarias y resulta siempre difícilmente asible (asible no está en el DRAE, pero sí inasible; qué cosas, ¿verdad?). Somos nosotros los que tenemos que ordenar el mundo y hacerlo nuestro. Sin excesos, para que los demás puedan también habitarlo. Si uno se fabrica un mundo demasiado personal, corre el riesgo de quedarse solo.

Tengo que copiar ahora un fragmento de un escrito mío, para dar una idea de estas vaharadas entrañables que nos vienen del pasado: “Y todo enredándose, enzarzándose, con los recuerdos; con los más bellos, los de la infancia. Veo todavía aquellos campesinos de mi tierra, que vendían los chumbos por las calles. Llevaban una minúscula navaja y con extraordinaria maestría cortaban los dos extremos del chumbo y los separaban, como dos opérculos, para luego hacer una incisión longitudinal a lo largo del fruto, muy poco profunda; lo justo para despegar, con la misma navaja, en un momento, la corteza y descubrir, ante nuestros asombrados ojos de niño, la roja y sangrante pulpa, carnosa y resbaladiza, que recogíamos ya con la mano.

Lo hacían todo con gran habilidad y precisión, porque el chumbo no debe tocar la piel, pues tiene unas espinas, muchas casi invisibles, que pican y son muy molestas. Era todo tan fácil, tan bonito de ver, tan dulce y rico de comer. Aquellos hombres rudos, sencillos, te ofrecían en un minuto la felicidad, el milagro de una pequeña felicidad”.

¿Volcarse en el pasado? ¿Huir de él? Todo viene de que no sabemos en realidad qué es la vida y cada uno trata de vivirla a su manera. Un escritor español, cuyo nombre no hace al caso, medita sobre esto y escribe: “La vida es un largo ensayo hacia la nada, un rumor de siglos devastados, el naufragio de las ideas, la angustia de la palabra deshuesada. No existe la verdad y la juventud se disuelve entre la alucinación y el júbilo de la ceniza”. Bueno, lector, quizá ya me conoces. Si pones todas las frases al revés, la verdad del párrafo —lo que haya de verdad en él— se transforma en otra verdad distinta, igualmente válida. Es evidente que con una prosa así no se persigue la verdad. Se busca sólo la eufonía, el juego, el malabarismo de las puras palabras. Pero ese juego me gusta, no lo puedo remediar.

Sin embargo, el mismo Paul Léautaud, el famoso crítico literario que citaba antes, está en contra: “No me gusta la gran literatura. Sólo me gusta la conversación escrita. […] La búsqueda de una palabra, incluso si es necesaria, es un atentado contra lo natural. Debe escribirse con las palabras que uno conoce, que uno tiene en la cabeza”.

Dios mío, ¿por qué resulta tan bello y elusivo el mundo de las ideas?

14 de mayo de 2014

El pasado y la felicidad


Hablé del pasado y, casi sin darme cuenta, me dirigí al mío, a mi pasado. Yo creo que esto es bastante inevitable. Hablo de mí porque soy el hombre que tengo más a mano, se excusaba Laín Entralgo cuando abría los pasadizos del alma a los demás. Lo mismo podría decir yo y cualquier lector de este blog. Pero son esos hombres que tenéis todos a mano los que me interesan, porque son los que existen sólo para vosotros, si no los sacáis a la luz. Son los que fuisteis en algún momento, que ya nadie recuerda, los que soñasteis ser, los que quisisteis ser, los que no pudisteis ser, porque en la vida no siempre vienen bien las cosas y mucho de nosotros se queda sin volcarse al mundo.

Tengo ahora la retina llena de amarillos, de blancos, de verdes, de violetas. Estoy en Galicia y apenas puedo entrever el color de la tierra, que parece esconderse pudorosa por mostrar tanta belleza; todo está cubierto por una vegetación amable e infinitamente relajante. Esto lo contare otro día; ahora quiero terminar las líneas que empecé sobre el pasado.

Ese pasado que a menudo se reviste de algo muy parecido a la felicidad. E importa poco si fue más o menos real; el pasado no es como fue, sino como se recuerda. Tan es así que puede convertirse en un refugio acogedor, cuando se extravía nuestra vida, nuestro presente. Ampliaré un poco más las palabras del escritor francés que ya cité, Maurice Bedel, que recomienda con ardor visitar nuestro pasado. Traduzco: “Hay cuentos en donde se ven Aladinos y Alicias internarse por arte de magia en mundos rebosantes de maravillas. ¡Pero tú tienes la lámpara de Aladino! ¡Se abre a ti el país de Alicia! ¿Por qué te quedas dudando en el umbral de tus riquezas? Entra, franquea el rastro de silencio que separa lo que es de lo que ha sido”.

La belleza del pasado puede hasta condicionar nuestra idea del cielo, del paraíso. Fernando Pessoa, el gran escritor portugués, añora la casa de su niñez y un pasado de té y tostadas servidas en la tarde, cuando las mujeres acababan por fin sus tareas de coser y hacer punto, con el reloj del salón midiendo, o creando, el tiempo. Una añoranza bien terrestre y familiar que le hace exclamar, dirigiéndose confusamente a alguien que fuera encargado de administrar la verdad y el tiempo de la eternidad en otra vida: “Me veo aquel que fui en la infancia... Dame esto otra vez, tal cual era, con el reloj tictaqueando al fondo, y guárdate para ti todos los dioses. ¿Qué es para mí un Olimpo que no me sabe a las tostadas del pasado? ¿Qué tengo yo que ver con unos dioses que no tienen mi reloj antiguo? Restitúyeme el pasado y guárdate la verdad. Dame otra vez la infancia y llévate contigo a Dios.” Sí, lector, todo puede ser excesivo. Pero para eso está uno, para matizarlo, para suavizarlo, para adaptarlo a nuestro pensamiento o nuestro corazón.

Sin tanta acritud, un escritor español, Andrés Trapiello, imagina también una eternidad bien mundana: “Nuestra vida, si se sabe vivir, es como la misma gloria, y yo diría incluso que no quiero más eternidad que una hecha de estas mismas cosas, con todas nuestras cuitas y afanes, sólo que sin dolor y sin muerte”. Yo quitaría algo de todo esto. Las cuitas, a veces muy urentes. Los afanes, a veces vehementes e insensatos. Y no querría un mundo con los tontos que uno se encuentra por aquí. Ni con vanidosos. En realidad, los tontos y los vanidosos son los mismos. Para mí, y lo digo con absoluta convicción, si alguien es vanidoso es también tonto. Por eso, una de las palabras más reveladoras y profundas de nuestra lengua es la de tontivano. En fin, yo querría un mundo libre de turpitud y, por supuesto, de agresividad.

8 de mayo de 2014

Del pasado y de números


Siempre dije que amaba los números, que soy sensible a su poder y hasta a su magia. Ofrecen una vía para abordar el mundo, para desvelar sus misterios, que es única y eficacísima. Me gusta estudiarlos, mencionar sus propiedades o exponer sus secretos. La parte más personal de mi actividad profesional la dirigí a maximizar el rendimiento diagnóstico, mediante algoritmos apropiados, de las exploraciones médicas que tienen resultados numéricos. Como hablé recientemente de mi padre y de los problemas que me ponía de niño, recojo aquí uno, del que me acuerdo muy nítidamente. El enunciado tiene la inocencia de los que ya conté y se encuentran en el libro del matemático indio Bhaskara, del siglo XII, de título Lilavati, el nombre de su hija. 

“Un hombre es atropellado por un coche que se da a la fuga. Cuando la policía le pregunta por detalles del vehículo, la víctima contesta que no sabe. Sólo recuerda que la matrícula tenía seis dígitos, el primero de los cuales era un uno. Y que si se ponía ese uno al final, el nuevo número era el triple del primitivo”. Sagaz y excelente calculador el atropellado, que resultó casi ileso. No quiero que se preocupe nadie por él.

Siempre que lo cuento, incluso ya de mayor, trato de enfatizar que de las seis cifras de la matrícula sólo se conoce una, la primera. Y que quedan por averiguar las otras cinco; que hay cinco incógnitas. Lo digo por si cuela; es una mentira muy gorda. Las cinco cifras forman un solo número y hay una sola incógnita. Aplicando una ecuación, la solución es inmediata. La escribo, lector, por si formas parte de la inmensa legión que olvidó cuidadosamente sus matemáticas. Es muy fácil:
(100000 + x) * 3 = 10 * x + 1      (el asterisco indica multiplicación).

Resolviendo la ecuación, el número es: 142857. En efecto, cambiando el uno de la primera posición a la última, queda 428571, que es el triple de 142857.

A los once o doce años, yo no sabía nada de ecuaciones, claro. Pero es fácil deducir que, como el nuevo número ha de acabar en 1, el último del original ha de ser forzosamente 7 (al multiplicarlo por tres, da 21, que termina en 1). Siguiendo de atrás a adelante, por la ‘cuenta de la vieja’ se van hallando los dígitos sucesivos. Y así los calculé, poco a poco, para satisfacción mía y no digamos de mi padre. Por todo ello, cuando alguien le dijo que yo no era de los más torpes en la escuela (en esto pudo muy bien equivocarse), se animó a darme estudios, sin dudas o titubeos. Influyó mucho la educación que mi padre, un trabajador sencillo, había recibido de los escolapios, antes de que dejaran Úbeda en 1920, porque el Ayuntamiento no pagaba lo necesario para la conservación del antiguo convento trinitario, adyacente a la Iglesia de la Trinidad, en donde estaba la escuela. Si alguien quiere saber algo más, puede leerlo en la excelente Historia de Úbeda, de Juan Pasquau.

Es un recuerdo del pasado, que explica cómo fue fácil, nacido en una familia modesta, encarrilar mis pasos hacia los estudios desde el principio. Quizá el proceso de mejora social es lento y puede llevar más de una generación. También digo que, en el fondo, el cambio de estatus social no deja de ser una pamema y nada importante cambió en mí, desde mi niñez hasta ahora. Y fin, que partimos hacia la bella Galicia.

7 de mayo de 2014

Algo de mi pasado en Úbeda


En mi entrada anterior hablé del pasado, de su sentido íntimo para los seres humanos, especialmente al llegar a una cierta edad. Sobre esto del pasado, presente y futuro, se ha pensado y escrito bastante. Para algunos, el futuro es incierto e incluso puede no llegar. El pasado ya fue, está ido y es inmodificable. Proclaman que lo único que cuenta es el presente, lo que estamos viviendo, e insisten en el Carpe diem (aprovecha el día) horaciano. Ya sabemos que todo es discutible. Yo tiendo a pensar en el pasado como descanso, como recreación y venturoso refugio, como lo que no nos puede ser ya arrebatado y nos pertenece y es nuestro por los siglos de los siglos.

— Fray Gerundio, yo creo, y perdone mi atrevimiento, que usted se pasó un poquito con lo que dijo sobre el pasado y la vida de cualquiera. Aquello de que estaba llena de hazañas, de heroísmos, de aventuras prodigiosas… Parece que todos fuéramos como el don Aquiles aquel, que le decían de los pies ligeros, que es como decir que era muy rápido corriendo. Y que iba siempre persiguiendo a una tortuga, a la que no alcanzaba nunca, porque corría todavía más que él. Que también es raro esto, tratándose de una tortuga. Es que usted cuenta cosas muy extrañas, si lo puedo decir.

  Hijo mío, y qué bendito simple eres. ¿Cuándo he dicho yo que Aquiles fuera corriendo siempre detrás de una tortuga?

— Pues no hace tanto, en este mismo blog. Y mencionó entonces a un tal Zenón de Elea, que por lo visto fue el que contó toda la historia. Porque el propio Aquiles no dijo ni palabra del asunto, seguramente porque le daba vergüenza no poder coger al animal.

— ¡Dios mío! Y cómo puedes enmarañar las historias. Pero dejemos esto ahora, porque se nos va el tiempo y quiero yo decir, hablando del pasado, del mío, que parte de lo fácil que fue mi vida se lo debo a los padres escolapios de mi pueblo.

— Fray Gerundio, usted no es ningún mozalbete, pero esos buenos padres se fueron de Úbeda en 1920 y usted nació mucho después.

— Eso es verdad. Pero mi padre sí había nacido por entonces y se educó con ellos —cuando yo era niño, me ponía problemas matemáticos no fáciles—. Por eso, cuando de chico alguien pensó que yo tenía algo de facilidad para los estudios, comprendió enseguida que tenía que estudiar y punto. Personas muy valiosas de mi pueblo, tuvieron que luchar contra el designio paterno de incorporarles al negocio familiar, una vez terminada la enseñanza obligatoria. Eran padres tan amantes de sus hijos como el mío, pero que veían la situación de otra manera y hubieron de ser convencidos. Afortunadamente, lo fueron, para bien de los hijos y de todos.

— Es que la educación es muy importante en la vida de las sociedades; y lo digo yo que soy bien simple. El saber requiere esfuerzo y, por cierto, ocupa lugar. Lo que no ocupa lugar es la ignorancia.

— Lo que dices está muy bien. Yo sigo tan agradecido a estos padres escolapios, que querría investigar algo sobre los últimos años de su colegio en Úbeda. He tenido la suerte de encontrarme con uno de ellos, sabio, don Valeriano, encargado del archivo en Madrid y persona muy amable. Cuando le dije mi edad, me contestó que yo era un crío; él tiene unos cuantos años más que yo, está despiertísimo y no para de trabajar.

Son detalles estos de mi pasado, que quería mencionar. Escribí la entrada de hoy casi pensando sólo en mis paisanos de Úbeda, sobre todo los de mi edad, que conocen o adivinan las circunstancias de lo que cuento. Se la dedico a ellos, con mis mejores saludos. Es algo distinta de las habituales. Estoy de buen humor; mañana nos vamos a Galicia, otra tierra que amo.

6 de mayo de 2014

Del telón corto y del pasado


Amigo lector, en mi anterior entrada te animaba a recitar con el telón corto —el que no está bajado del todo y su borde inferior queda a alguna distancia del suelo del escenario— a tu espalda. Pero tengo que decirte la verdad: pensaba en otro. Veía muy claramente, con una acuidad que el tiempo no ha logrado destruir, a Manuel Dicenta, hace unos sesenta años. Recitaba en un teatro madrileño, delante del telón corto, frente al público, el bello prólogo de Los intereses creados, de Benavente, con aquella voz grave y rota, inigualable. Cuando se asiste a algo así, a los dieciséis o diecisiete años, eso ya no se olvida, eso te queda para siempre. Y te impone un canon, unas exigencias en tu apreciación artística frente a las que no puedes hacer nada, sino obedecerlas y seguirlas. Es el pasado, tu pasado, y es para siempre. Dicenta era un formidable actor que lleva demasiados años muerto, desde 1974. Si eres joven, no lo conocerás; quizá sí a su guapa, vivaracha y graciosa nieta, Natalia Dicenta.

Un poco de aquel prólogo: “He aquí el tinglado de la antigua farsa, la que alivió en posadas aldeanas el cansancio de los trajinantes, la que embobó en las plazas de humildes lugares a los simples villanos, la que juntó en ciudades populosas a los más variados concursos, como en París sobre el Puente Nuevo, cuando Tabarín desde su tablado de feria solicitaba la atención de todo transeúnte, desde el espetado doctor que detiene un momento su docta cabalgadura para desarrugar por un instante la frente, siempre cargada de graves pensamientos, al escuchar algún donaire de la alegre farsa, hasta el pícaro hampón, que allí divierte sus ocios horas y horas, engañando al hambre con la risa…”. Ahí está, para que lo juzgues. Lee la obra cuando puedas.

Es mi pasado. Cuando iba al teatro de claquero, de ilustre oficiante de la claque, institución insigne nacida en los tiempos de Nerón, comprando aquellas entradas de precio reducido, francamente aéreas, que el jefe de la claque vendía siempre en algún bar cercano al teatro. Recuerdo que en otra ocasión, con familiares de Úbeda, fuimos al famoso teatro Lara, no de claque, pero con entradas también de altura. Mi tío se pasó llorando la mayor parte del tiempo —era una obra de Calvo Sotelo, que hizo furor por entonces—. Aquellas profundas emociones se trocaron en auténtico pánico cuando vimos, desde aquel barandal de la luna, a otra familia ubetense, que estaba en el mismísimo patio de butacas. Y nosotros allí, colgados del aire.

Es mi pasado. El mismo que lleva a tantos viejos a querer dejar alguna especie de ‘memorias’, para que quede la debida constancia de que existieron. Porque la vida, la de cualquiera, está llena de hazañas, de heroísmos, de aventuras prodigiosas, de recuerdos a los que embelleció el tiempo; también de derrotas de las que se aprendió y se logró olvidar. Los antiguos dijeron que la vida era breve y el arte largo. Te doy, lector, la cita entera —en latín, no en griego—, que está en el principio de una obra del médico griego Hipócrates, sus Aforismos: Vita brevis, ars longa, occasio praeceps, experimentum periculosum, iudicium difficile (la vida es breve, el arte largo, la ocasión fugaz, el experimento peligroso, el juicio difícil).

En el fondo, la vida no es tan breve, a cada uno de nosotros nos han sucedido miles de cosas. Es el mundo el que es enorme, absolutamente inabarcable y preñado de otros mundos, igualmente infinitos. La facilidad actual para viajar, para trasladarnos de un lado a otro del planeta, puede deslumbrarnos, engañarnos y ocultarnos nuestra menesterosa condición.

El pasado, que tiene también algo de infinito, es acogedor, íntimo y tierno. Nos ha ido haciendo poco a poco; somos lo que somos por él. Un escritor francés del que un día hablaré, Maurice Bedel (1883 – 1954), ganador del premio Goncourt en 1927, escribió un libro titulado Plaisir du passé, en el que recomienda: Aux jours de disette, tu recueilleras les nourritures de ta joie dans le plaisir du passé (en los días de escasez, recogerás el alimento para tu alegría en el placer del pasado).

5 de mayo de 2014

Dos textos de Schwob y Borges


Lector, prometí hablar de Marcel Schwob y lo haré, lo estoy haciendo. En varias entradas, porque a pesar de ser en la actualidad casi un desconocido para el gran público, fue muy influyente en escritores tan famosos como Apollinaire, Artaud, Michel Leiris, Borges, Paul Claudel, André Gide, y fue amigo de infinidad de ellos. Paul Valéry, Oscar Wilde y Alfred Jarry le dedicaron obras suyas. Era de una erudición portentosa, hablaba varias lenguas, estudió el sánscrito con Ferdinand de Saussure… Se casó con una de las actrices más célebres de la época, Marguerite Moreno, francesa de madre española, musa sagrada del simbolismo.

Me fijaré por ahora en Borges, que reconoció explícitamente la influencia de Schwob, confesando que empezó a leerlo a los veinte años. Y porque quiero traer aquí dos textos de estos autores. El del francés está en Vidas imaginarias —es la de Lucrecio— y va ya en español. El del argentino se encuentra en su famosísimo relato El Aleph.

 Del primero: “Desde allí contempló la inmensidad hormigueante del universo; todas las piedras, todas las plantas, todos los árboles, todos los animales, todos los hombres, con sus colores, con sus pasiones, con sus instrumentos, y la historia de esas cosas diversas y su nacimiento y sus enfermedades y sus muertes. Y entre la muerte total y necesaria, percibió con claridad la muerte única de la Africana; y lloró”.

Lector, creo que ya nos conocemos un poco. Lo que sigue, también lo anterior, no es para leerlo meramente. Tienes que abandonar cualquier preocupación, cerrar con llave tu habitación y ponerte a declamar. Sí, declamar. Como si estuvieras en un gran teatro, con el telón corto detrás de ti. Un teatro antiguo, decadente, lleno de grandes y hermosas lámparas y molduras doradas. Ahora todas las luces están apagadas y sólo quedan las diablas enfocándote. Tú estás allí, solo, adelantado en el proscenio, y todo el mundo está pendiente de ti, escuchándote. Estás dentro de una caja dorada, una caja que parece hecha de oro, que quizá es de oro. ¿Listo? Empieza.

 “Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto rojo (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, [...] vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, [...] vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos, que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada en una playa del mar Caspio en el alba, [...] vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, [...] vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré...”.

El texto, lo he cortado algo, es de 1949, cuando Borges tenía cincuenta años. No se puede escribir así antes y quizá tampoco después. Lector, entiéndeme: estas son cosas que se dicen pour montrer de l’esprit, pero que no son verdad. Si te pones a mirar, nada es verdad. Se parece al de Schwob. ¿Plagio? No, claro. Hablaremos de esto otro día.

Esta entrada tiene poco mío y, sin embargo, me gusta. Porque, podría hacer que alguien quedara enganchado a la buena literatura —es lo que busco siempre en este blog—, esa en que las palabras se hacen música. La literatura incardina el tiempo, como la música y la danza. Es así un componente de aquella Gesamtkunstwerk (obra de arte total), que persiguieron Wagner y otros.

4 de mayo de 2014

Sobre el complejo de Eróstrato


Lector amigo, mencioné en una entrada anterior a Eróstrato y describí algo del templo de Artemisa en Éfeso, una de las siete maravillas del mundo antiguo, a través de un texto del francés Marcel Schwob, de quien prometí hablarte. Ya te conté de él que murió joven, que es —en muchos casos, quizá en la mayoría de los casos, pero tampoco en todos— lo peor que le puede ocurrir a uno. Como ya dijo el discretísimo Sancho, con palabras que también te transmití a su tiempo: “la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía”.

Pero antes de empezar con Schwob, querría contarte algo del llamado por algunos psicólogos ‘complejo de Eróstrato’, que agrupa a aquellos individuos poseídos por la irrefrenable pasión de ser famosos, de alcanzar universal e imperecedero renombre. Deriva esto, aunque no necesariamente, porque no siempre la expresión del trastorno psíquico es completa, de una excesiva apreciación de la propia valía, de la conciencia de superioridad sobre el resto de los mortales, que demanda y exige por consiguiente el pase a la posteridad, la inmortalización del nombre.

Te podría citar bastantes ejemplos de esto, pero prefiero seguir con Cervantes. Don Quijote refiere a Sancho (II, 8), después de haberle hablado de Eróstrato, algo que sucedió a Carlos V: Quiso ver el emperador aquel famoso templo de la Rotunda, que en la antigüedad se llamó el templo de todos los dioses […] él es de hechura de una media naranja, grandísimo en estremo, y está muy claro, sin entrarle otra luz que la que le concede una ventana, o, por mejor decir, claraboya redonda que está en su cima, desde la cual mirando el emperador el edificio, estaba con él y a su lado un caballero romano, declarándole los primores y sutilezas de aquella gran máquina y memorable arquitectura; y habiéndose quitado de la claraboya, dijo al emperador: Mil veces, sacra Majestad, me vino deseo de abrazarme con vuestra Majestad y arrojarme de aquella claraboya abajo, por dejar de mí fama eterna en el mundo. Yo os agradezco, respondió el emperador, el no haber puesto tan mal pensamiento en efeto, y de aquí adelante no os pondré yo en ocasión que volváis a hacer prueba de vuestra lealtad; y así, os mando que jamás me habléis, ni estéis donde yo estuviere. Se trata aquí, como vemos, de un complejo de Eróstrato atemperado, vencible.

Hay muchos ejemplos parecidos, pero trato de citar a Cervantes siempre que puedo. Es que, en ese mismo capítulo, a don Quijote se le ocurre decir nada menos que esto: ¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo; pero el de la envidia no trae sino disgustos, rancores y rabias (he respetado siempre la grafía de la época).

Dejo, pues, unas citas del mejor libro del mundo. Y con esto se ha ido el tiempo y el espacio que suelo dedicar a estas entradas, por lo que no te podré decir nada más de Marcel Schwob. Pero lo haré en otra ocasión y ahora, para seguir interesándote, te diré que el primero que lo estudió fue un novelista y crítico de arte francés, Remi de Gourmont (1858-1915). Ya entiendo que estos nombres no son de gran actualidad, que muchos no son muy conocidos. Pero eso no debe apenarte, lector, que el propio Gourmont escribió algo a propósito: “Saber lo que todo el mundo conoce es como no saber nada. El saber comienza allí donde el mundo comienza a ignorar”. Bueno, es un dicho más; los hay para cada ocasión. Lo cierto es que Borges se hacía leer nuevamente este ensayo sobre Schwob, en Ginebra, antes de morir en 1986.

29 de abril de 2014

Sobre las controversias


Me escribe un amigo —uno de estos que no insertaría su comentario en ningún blog, por nada del mundo— para decirme que le pareció algo tibia mi defensa de García Márquez, frente al innombrado crítico de mi entrada anterior. Aprovecho la ocasión para justificar mi actitud y decir dos palabras sobre cómo debiera entenderse la controversia en arte o ciencia. Este es un sencillo blog sin pretensiones, pero siempre pretendo un cierto rigor en mis afirmaciones y mis valoraciones.

El escritor y crítico de marras, que aviso que es doctorado en la Northwestern University, Evanston, IL,  afirma exactamente que Márquez “comenzó su carrera siendo un mal escritor y la terminó siendo pésimo”. Ya escribí yo que esto me parecía hartamente improbable, pero también dije que no conocía enteramente su bibliografía. Miro ahora en Wikipedia y veo que la primera obra suya que leí con toda seguridad, fue Los funerales de la Mamá Grande, de 1962. Pues bien, antes de esa hay, desde 1947, diecinueve más, en gran parte cuentos, de los que sólo he leído algunos en ediciones tardías (Doce cuentos peregrinos), pero no todos. En cuanto a sus últimas obras, no recuerdo si he leído El general en su laberinto (no la tengo en mi biblioteca), de 1989, y no he leído, sin duda, las posteriores Del amor y otros demonios o Memorias de mis putas tristes.

No se puede defender con ardor lo que no se conoce bien, si uno es exigente y honesto. Los juicios del citado crítico —del no citado crítico se podría también decir— me parecieron excesivos. Pero más aún los calificativos de sus agresivos detractores. Ese no es el clima en que puede desarrollarse una discusión constructiva. Me recuerda aquel chiste en el que un conferenciante es interrumpido varias veces en su discurso por un oyente que le grita: ¿Habrá controversia? El paciente conferenciante le contesta siempre que sí, que la habrá al final. Al acabar, pregunta por el señor que pedía controversia. Este se levantó, le chilló “¡Hijo de puta!” y se marchó sin más.

Y luego, incontinente,
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese y no hubo nada.
 

Nunca oculté mi intención de intentar ser útil, en la medida de mis posibilidades. Aprovechando que esta entrada es más corta de lo ordinario, contaré a mis lectores, por si no lo saben, que se pueden descargar artículos de Wikipedia, ya en formato PDF; aparece muchas veces una opción para ello en el margen izquierdo de la pantalla. Esto puede simplificar algo las cosas a la hora de pasarlos a los variados dispositivos de lectura.

Sobre la inmortalidad, de la que hablé en anteriores entradas, acabo de leer, atribuido a Borges: “La vida es demasiado pobre para no ser, también, inmortal”. Me permitiré disentir en esto con el maestro. Yo diría que la vida es demasiado pobre como para ser, además, inmortal. Todo normal. Ya escribí una vez que las grandes verdades tienen la peculiaridad de ser verdaderas ellas mismas y sus contrarias.