23 de enero de 2015

La gastronomía como sublime aventura intelectual


Palabras clave (key words): Nikola Tesla, Ferran Adrià, I+D+I, ADN, Maese Pedro

Vivir en Madrid, vivir en cualquier ciudad grande, tiene también sus ventajas; una de ellas la gran oferta cultural que tienen sus ciudadanos, aunque aquí cabrían muchas matizaciones, porque no es oro todo lo que reluce. En el momento actual, en el ‘Espacio Fundación Telefónica’ se están celebrando dos exposiciones temporales: una sobre el científico Nikola Tesla y otra del cocinero Ferran Adrià, esta de título Auditando el proceso creativo. No, no me he equivocado, el alquitarado título corresponde a la del chef y no a la del ilustre y visionario inventor e ingeniero.

De Tesla hay poco que decir. Quiero decir, que hay tanto que decir, que es mejor que el lector indague por su cuenta la vida y obra de este curioso y genial personaje. Nació en Smiljan, pueblo de Croacia, entonces en el Imperio austrohúngaro, en 1856, y murió en al año 1943, en Nueva York. En el folleto de la exposición ya se dice que tecleando el nombre de Nikola Testa en Google aparecen cinco millones de páginas que hablan de él; lo hago en mi ordenador, con el nombre entre comillas para evitar ganga informativa, y son 10.400.000. Haciendo lo mismo con el famoso chef catalán surgen 472.000. Pero podrían haber aparecido más, eso no quiere decir nada.

Fui a la exposición de Tesla y no a la de Adrià, entre otras razones, porque me asustó el título. Era fin de semana y no estaba uno para auditorías de ningún tipo. Pero sí cogí, con fundado temor, el folleto de Adrià y ya vi el comienzo, Decodificando la creatividad, que tampoco está mal para empezar. Y allí se cuenta que en 1993 se tomó la decisión de formar una “partida de creatividad”, signifique esto lo que signifique. Que sí, que significa algo, aunque no resulte evidente desde el primer momento. Se trataba de un equipo “dedicado únicamente a la experimentación y a la consecución de la excelencia creativa”. ¡Ah! Luego, después, en 2011, “hubo un nuevo giro para priorizar la creación de vanguardia y evitar la repetición”. ¡Ah!

Y sigue el folleto: Para potenciar la creatividad es crucial identificar los “genes” —así, entre comillas, aunque no hace puñetera falta, ya que la palabra lleva siglos en el DRAE— que componen su ADN. Entonces —sigue el román paladino— “el equipo de ‘elBullifoundation’ (sic) se sumerge en una profunda reflexión que ha dado como resultado el Mapa del Proceso Creativo”. ¡Ah! ¿Quedan claras las cosas o no? Luego se menciona el “diálogo de la gastronomía con otras disciplinas —olvidaron escribir menores, auxiliares, ancilares— como el arte y la ciencia”, la supresión de la carta y la implantación del menú degustación, “concebido como experiencia única y coherente”. El folleto sigue afirmando que “comer puede ser una experiencia sensorial tanto como intelectual”. ¿Ves, lector, por dónde van los tiros? Todo va dirigido al intelecto.

Puedo soportar que ahora los niños no quieran ser bomberos, ni jueguen a los médicos; que estén inmersos en las delicias de la cocina y sueñen ser ‘master-chefs’, con su candidez infantil. Pero, sinceramente, que un grupo de adultos se confabule para perpetrar un folleto como el que comento, con regusto a filosofía de la ciencia y fraseología de I+D+I, me preocupa. Porque la sola posibilidad de que sus papilas gustativas —que al fin y al cabo deciden en esto— pudieran estar infectadas con virus tan patógeno como el que afectó a la redacción del escrito, es para echarse a temblar. Nadie recordó al señor Adrià el sabio consejo de Maese Pedro al criado que prestaba voz al retablo: Llaneza, muchacho; no te encumbres, que toda afectación es mala.

Hace ya años que se veía venir todo esto. Un pasaje de mi novela, Las increíbles vidas de Roberto Milfuegos, muestra mis vaticinios y lo ofreceré pronto en este blog.

20 de enero de 2015

Diferentes modos de buscar citas


Palabras clave (key words): The Oxford Dictionary of Quotations, G. Bernard Shaw

Lector, encontré todas las citas de mis entradas anteriores a través de mis lecturas recientes. Algunas eran indirectas, como hice notar —quiero decir que en una obra hallé frases que provenían de otra, debidamente referenciada, lo que me permitió rastrearlas en el original—. Además, en ciertos casos utilicé enciclopedias, o la misma Wikipedia, para indagar más sobre las obras o sus autores. No tenía ningún interés en lograr una muy extensa relación de citas sobre las rosas.

En tareas como esta, se puede trabajar de otras maneras, naturalmente. Tecleando la expresión “sobre las rosas” en Google, aparece un cierto número de citas sobre estas flores, aunque no demasiadas. Veo que aparecen muchas más si se teclea en inglés (“quotations on roses” o “quotations about roses”), lo que es explicable. Con este procedimiento se puede conseguir muy pronto una amplia lista de citas y no hay nada censurable en ello.

Ocurre, sin embargo, que estas citas suelen estar poco seleccionadas y hasta pueden aparecer algunas no pertinentes en absoluto. Tampoco está garantizada su calidad o su autenticidad y en muchos casos no se recoge detalladamente la fuente. En fin, como nunca negué que a veces tengo cierta modesta intención didáctica en este blog, si alguien escogiera este approach (esta aproximación, este abordaje) para coleccionar citas literarias, yo le aconsejaría otra vía: consultar un excelente diccionario de citas, The Oxford Dictionary of Quotations. Naturalmente los autores en lengua inglesa son los más frecuentes en él, pero los índices están muy bien elaborados y casi siempre se especifica la fuente íntegra: autor, obra, página o escena, etc.

No es un libro para traducir, porque perdería gran parte de su valor al no mostrar, en la mayoría de los casos, las citas en su lengua original, y supongo que no está traducido. Al menos, no está en la Base de datos española del ISBN. Sí es casi seguro que esté digitalizado y se podrá descargar de la red, aunque no sé si será gratuito; esto no lo he mirado. En fin, lector, hazlo tú, y no olvides el título, si te interesa esta clase de libros. La tercera edición, la que yo tengo, es de 1979 y consta de unas novecientas páginas. La primera edición fue en 1941, en plena guerra mundial.

Precisamente en Internet encuentro, para terminar con el tema de una vez, otra cita sobre las rosas, de George Bernard Shaw: ¿Qué hombre inteligente, si le dieran a elegir entre vivir sin rosas o vivir sin berzas, no correría a asegurar las berzas? Esta cita no viene en el Oxford, ni buscando por roses ni por cabbage. Esto, y la fama que tiene Bernard Shaw de haberse puesto a decir de muerto cosas que nunca dijo de vivo, me hace dudar de que sea correcta la atribución. Nada importante, después de todo.

Recuerdo, una vez más, que el principal objetivo de estas citas fue mostrar autores antiguos, casi siempre, poco conocidos en la actualidad.

18 de enero de 2015

Efimeridad de las rosas, de la vida (fin)


Palabras clave (key words): Azar, Letourneur, Edward Young, Voltaire

Lector, el azar irrumpe con frecuencia en nuestras vidas y el mundo está lleno de casualidades. Pensé hablar de las rosas en la literatura, porque encontré un par de citas en Paul Bourget. Luego, por no sé qué motivo, leí algo de El amor en los tiempos del cólera y no pude parar, hasta leerla entera por tercera vez. Hay rosas en ella y ya las mostré. Ahora leo, en la página 168, que el doctor Juvenal Urbino pidió a su librero de París “las obras de los escritores más leídos, entre ellos Anatole France y Pierre Loti, y de los que más le gustaban, entre ellos Remy de Gourmont y Paul Bourget”. A Anatole France lo cité en este blog el 3 de enero y a Gourmont el 4 de mayo del año pasado.

Coincidencias, ¿verdad? Aunque también podría tratarse de lo que vio Heráclito de Éfeso, aquello de que “los que están despiertos habitan un mismo mundo; en cambio, los que duermen, viven cada uno en el suyo”. O sea, que el doctor Urbino y yo tenemos gustos comunes, quizá porque estamos despiertos. Como, seguramente, lo estaba el propio García Márquez. Otra cosa es el fruto que cada uno saque de su estar despierto. Eso es otra cosa y no es culpa de nadie. Yo hice lo que pude, feci quod potui.

Esta entrada final va a ser un descanso de tanta rosa. Mencioné a Letourneur, traductor de Shakespeare al francés en el XVIII, y como conoció detalles del encuentro entre Edward Young y Voltaire, y me apetece hablar algo de esto, me permitiré una breve desviación en mi tema.

Letourneur, en efecto, tradujo la obra Night Thoughts, de Young, 1742, en la que un viajero solitario reflexiona en un camposanto. Cualquier sitio es bueno, ¿no? Young fue uno de los llamados ‘poetas de cementerio’, considerados prerrománticos y antecesores del género gótico, cuya primera obra, en opinión de muchos, fue Castillo de Otranto (1764), del inglés Horace Walpole (1717-1797). Pues bien, Letourneur refiere lo que le espetó Young a Voltaire: You are so witty, profligate and thin, / at once we think thee Milton, Death and Sin (usted es tan ingenioso, disipado y fino, que inmediatamente le vemos como a Satán, la Muerte y el Pecado). Son tres personajes alegóricos del Paraíso perdido, de John Milton, al que Voltaire criticó duramente en presencia del irritado Young, durante la estancia del francés en Inglaterra.

Voltaire estaba en Londres cuando murió Sir Isaac Newton, el 27 de marzo de 1727. En su entierro, en Westminster Abbey, llevaron el féretro el Lord Canciller, los duques de Montrose and Roxburgh y los condes de Pembroke, Sussex and Macclesfield, todos miembros de la Royal Society, cuyo presidente había sido Newton, y Voltaire fue un espectador más. Poca de aquella gente había leído los trabajos de Newton, pero su nombre era reverenciado y la nación entera se sumió en duelo.

Me sigo apartando del tema, para descansar un poco de tanta rosa, y por hablar un poco de ese poliédrico Voltaire, que en su retiro de Ferney vivió uno de los períodos más activos de su vida. Dueño allí de una granja, quiso convertirla en un modelo de organización, pero no pudo con las rencillas locales y hasta hubo de presentarse ante la justicia por haber golpeado a uno de los trabajadores. Restauró la iglesia e hizo esculpir en su fachada la inscripción Deo erexit Voltaire (para Dios la erigió Voltaire). El escurridizo ateo o agnóstico erigiendo un templo a Dios.  

Vuelvo ya a las rosas; recientes, de hace unas horas. Me llega un mensaje, por lo del ataque a la revista francesa Charlie Hebdo, con un cuadro de una gentil pintora, al que acompaña una leyenda: “Podrán cortar todas las rosas, pero la primavera llegará puntualmente”. Siempre las rosas. No sé si se trata de una cita nueva o una alteración de la de Neruda: “Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”. Qué más da.

Última entrada de citas. En la próxima hablaré algo sobre la metodología seguida.

16 de enero de 2015

Efimeridad de las rosas, de la vida (VI)


Palabras clave (key words): Ronsard, La Pléiade, García Márquez, Bibliothèque de La Pléiade

Mencioné algunas obras de Ronsard. Su poesía amorosa está siempre relacionada con alguna dama o damisela. En 1552 publicó Les Amours de Cassandre, en honor de Cassandre Salviati, hija de un banquero italiano. Al conocerse en un baile de la corte, en abril de 1545, ella tenía catorce años y él veinte. Fue un amor platónico y breve; la damita se casó al año siguiente con un tal Jean Peigné.

Le second livre des Amours es de 1555 y está inspirado en la relación, esta vez no platónica, con Marie Dupin, una campesina de quince años, del valle del Loira, que no todo van a ser cortesanías. Ya hablé de Sonnets pour Hélène. Pero hay también otros sonetos dedicados a Sinope, una joven de la que se sabe poco, y sonetos y madrigales para Astrea (en la vida real Françoise Babou de la Bourdaisière). Hay más mujeres en Ronsard: Marguerite, Jeanne, Madeleine, Rose, Genèvre, Isabeau.

Ronsard formó con otros poetas franceses el grupo La pléiade, integrado por siete miembros. Hay otros grupos con ese nombre en la historia de la literatura: en el período alejandrino (siglo III a. C.); en Toulouse en el XIV, formado este por siete hombres y siete mujeres. Hay una colección, Bibliothèque de la Pléiade, creada por Jacques Schiffrin en 1931 y comprada por Gallimard en 1933, que es una especie de Olimpo literario, para autores clásicos y para algunos contemporáneos absolutamente consagrados. André Gide fue el primero de estos en 1939, seguido de muy pocos más.

Conté que estaba leyendo El amor en los tiempos del cólera; para Márquez, su obra preferida. En ella se menciona bastante a las rosas. Un personaje, Jeremiah de Saint-Amour, extraviado ya por las brumas de la muerte, le dice a su amante: “Recuérdame con una rosa”. Y el propio protagonista, Florentino Ariza, siendo joven, “trastornado por la dicha, pasó el resto de la tarde comiendo rosas y leyendo la carta […] y comiendo más rosas cuanto más la leía”. Lector, muchas flores son comestibles, entre ellas las rosas. No todas las flores lo son, desde luego; algunas son tóxicas.

En la novela, cuando murió la madre de Florentino, la enterraron en el llamado Cementerio del Cólera y él sembró sobre la tumba una mata de rosas. Luego descubrió que muy cerca estaba también enterrada Olimpia Zuleta, una antigua amante. Cuando el rosal floreció, dejaba una rosa en esa tumba, si no había nadie a la vista, y más tarde le plantó una cepa del rosal de la madre. “Ambos rosales proliferaban con tanto alborozo que […] a la vuelta de unos años los dos rosales se habían extendido como maleza por entre las tumbas y el buen cementerio de la peste fue llamado desde entonces el Cementerio de las Rosas”. Hay más citas de rosas en la novela.

Casi siempre se habla de la urgencia de cosechar las rosas en la juventud. ¿Y si se está al final del camino? Se debería apremiar también, con mayor razón, a los ancianos: Anciano, coge esa rosa, que puede ser la última, ¿no? O es que al llegar a cierta edad ya no hay rosas. Lector, oye a García Márquez, lo que dice de Fermina Daza, de setenta y dos años, viviendo su amor con Florentino Ariza, de setenta y seis: “Descubrió que las rosas olían más que antes, que los pájaros cantaban al amanecer mucho mejor que antes […] que el amor era el amor en cualquier tiempo y en cualquier parte, pero tanto más denso cuanto más cerca de la muerte”. ¿Qué te parece?

Ronsard instaba a tomar desde el primer día las rosas de la vida. En sus póstumos Les derniers verses, plasmó la triste soledad de sus últimos tiempos, sus noches “de anhelar dormir, esperar el alba y rezar llamando a la Muerte”. Pero antes de llegar a esos extremos, en la vejez hay todavía fulgores intensos. Cher Monsieur Ronsard, permettez-moi ajouter à vos verses: Cueillez encore gaiement les dernières roses de la vie.
(continuará)

14 de enero de 2015

Efimeridad de las rosas, de la vida (V)


Palabras clave (key words): Ronsard, Sonnets pour Hélène, Le second livre des amours

El principal objetivo de estas entradas en cadena es mostrar, a propósito de las metáforas sobre rosas, textos de diversos autores; algunos de ellos nada actuales o poco conocidos. Uno de los versos más citados de este elenco es de un poeta francés del siglo XVI, Pierre de Ronsard: el celebérrimo Cueillez dès aujourd’hui les roses de la vie (Coged ya hoy las rosas de la vida). Es, como otros expuestos, un canto al tiempo presente, una llamada angustiada a gozar de la vida y desconfiar del futuro. Ronsard conoce bien a Horacio (tradujo sus Odas epicúreas) y además vivió pronto la brutalidad y aspereza de la muerte. Con doce años entró en la corte, al servicio del Delfín, que murió tres días después, con diecisiete años. Un año más tarde fue nombrado paje de su hermana, Magdalena de Francia, casada con el rey Jacobo V de Escocia, y la reina murió a los pocos meses, sin cumplir los diecisiete. Es fácil imaginar la impresión de estos tristes sucesos en alguien asomándose al umbral de la adolescencia.

Debería ser breve, pero no puedo dejar de citar el principio del poema al que pertenece el verso de más arriba. Está en los  Sonnets pour Hélène, que Ronsard escribe, por sugerencia de la reina Catalina de Médicis, para tratar de consolar a la bella y virtuosa Hélène de Surgères, una dama de su corte que acaba de perder en la guerra al capitán Jacques de La Rivière, de quien estaba enamorada: Quand vous serez bien vieille, au soir, à la chandelle, / assise auprès du feu, dévidant et filant, / direz, chantant mes vers, en vous émerveillant: / Ronsard me célébrait du temps que j’étais belle ! […] Vivez, si m’en croyez, n’attendez à demain: Cueillez dès aujourd’hui les roses de la vie (Cuando seáis anciana, al atardecer, a la luz de las velas, / sentada junto al fuego, devanando e hilando, / diréis, cantando mis versos, maravillándoos: / ¡Ronsard me celebraba en tiempos que era bella! […] Vivid, si me creéis, no esperéis al mañana: Coged ya hoy las rosas de la vida).

Todo tiene su justa medida, lector. En otro soneto de Ronsard, de título Toma esta rosa, esta palabra se repite nueve veces. El primer cuarteto es: Toma esta rosa, amable cual tú eres; / rosa entre rosas bellas, la más rosa; / diosa en flor entre flores, la más diosa, / de las Musas, la Musa de Citeres. Tanta repetición cansa y los retruécanos y juegos de palabras. Sin embargo, hay ritmo, hay música, hay ingenio: es poesía. Otro poema de Ronsard comienza Mignonne, allons voir si la rose…, a la que ya en el siglo XVI le puso música Jehan Chardavoine y figura en cancioneros desde 1575.

No me resisto a copiar un par de cuartetos, de otro poema que está en Le second livre des amours, de1555, aunque me aparte del tema. Es sobre el amor y recuerda sin duda a otro famosísimo y excepcional de Lope de Vega: C’est mille maux pour une seule œillade, / c’est estre sain, et feindre le malade, / c’est en mentant se parjurer, et faire / profession de flatter et de plaire. / C’est un grand feu couvert d’un peu de glace, / c’est un beau jeu tout remply de fallace, / c’est un despit, une guerre, une tréve, / un long penser, une parole bréve. Grafía de francés antiguo. La traducción española: Es mil males por sólo una mirada, / es estar sano y fingirse enfermo, / es perjurar mintiendo, y hacer / profesión de adular y complacer. Es un gran fuego envuelto en poco hielo, / un bello juego repleto de falacia, / es un despecho, una guerra, una tregua, / un largo pensar, una palabra breve.

Soy un fiel admirador de la gran literatura francesa. Pero si comparo estos versos con los de nuestro Lope, tengo que decir que hay gran trecho entre ambos, a favor del español. Hablaré un poco más de Ronsard y de La Pléiade en otra entrada.

(continuará)

11 de enero de 2015

Efimeridad de las rosas, de la vida (IV)


Palabras clave (key words): Eclesiastés, Horacio, Torquato Tasso, Luis Alberto de Cuenca

En todas las literaturas se encuentran metáforas o símiles que relacionan las rosas —su belleza, su caducidad— con el propio devenir de nuestras vidas. Todo responde al doloroso sentimiento de que el mundo es bello, pero imperfecto, y la vida fugaz. Algo que desgarró pronto el corazón del hombre y fue proclamado desde las más antiguas narraciones. De todos esos antiguos relatos tristes y pesimistas, uno de los más hermosos y profundos es el Eclesiastés. Sin embargo, no se encuentra en él, ni una sola vez, la palabra rosa, como ejemplo de la vanidad última de la existencia.

Como reacción frente a esa pobre realidad, una de las expresiones más conocidas es carpe diem (aprovecha el día), acuñada por el poeta latino Horacio, en su libro primero de Odas, la número once, exactamente, dirigida a Leucónoe; la que empieza: No preguntes, Leucónoe —pues saberlo es sacrilegio— qué final nos han marcado a mí y a ti los dioses. En ella no aparece tampoco la palabra rosa, aunque sí se habla de algo remotamente vegetal, un producto derivado de la uva: el vino.

La leo en la espléndida traducción de las Odas, de mi buen amigo el profesor José Luis Moralejo, que pronunció, hace ya algún tiempo, unas palabras en la presentación de uno de mis libros en Madrid. Es al final cuando Horacio escribe: Carpe diem, quam mínimum crédula postero (échale mano al día, sin fiarte para nada del mañana). En Odas I, 9 ya está prefigurada esta urgencia por sacar todo el partido posible a la vida. Tampoco hay aquí referencias a las rosas, pero sí, otra vez, al vino: Y cada día que la Fortuna te conceda, sea como sea, apúntalo en tu haber y vierte sin tasa de un ánfora sabina vino de cuatro años. Sin embargo, en Odas I, 5, sí se habla de rosas, en el apropiado contexto de un feliz encuentro amoroso: ¿Qué esbelto mozo, en medio de abundantes rosas y bañado en límpidas fragancias, te abraza, Pirra?

Otro autor de la misma tierra italiana, Torquato Tasso (1544-1595), pobre poeta lleno de dudas y de temores, atenazado por el constante terror de haber caído en la herejía y que murió atormentado por la locura, insiste en recomendar esta manera de afrontar la existencia. Y también menciona a la rosa: Mentre che v’apre il ciel puro il giorno, / cogliete, o giovinette, il vago fiore / de vostri più dolci anni. […] Verrà poi’l verno, che di bianca neve / sole i poggi vestir, coprir la rosa. Mientras que el cielo os abre puro el día, / coged, oh jovenzuelas, la flor vaga de vuestros más dulces años. […] Vendrá luego el invierno que de blanca nieve / suele vestir las cumbres, cubrir la rosa.

Querría terminar esta entrada con los versos de un poeta español contemporáneo, Luis Alberto de Cuenca, que toma el título de Ausonio: Collige, virgo, rosas. Es uno de los que con más ardor y vehemencia instan a gozar del instante, a arrancar las rosas, con una violencia casi excesiva y con una referencia final muy española y trágica a la Muerte. Dice el poema: Niña, arranca las rosas, no esperes a mañana. / Córtalas a destajo, desaforadamente, / sin pararte a pensar si son malas o buenas. / Que no quede ni una. […] Y que la negra muerte te quite lo bailado. La invitación —podría escribirse la orden, el ultimátum— es clara, no tiene nada de ambigua.

Obviamente, para enfatizar la brevedad de la vida y aconsejar el disfrute de los placeres mientras se pueda, no hace falta citar a las rosas. Pero es verdad que en muchos casos, los escritores lo han hecho así. He recogido aquí algunos ejemplos, tratando de mostrar autores de diversas épocas. Quiero terminar esta pequeña antología con el poeta francés que ya mencioné, Pierre de Ronsard, y con alguien más, pero será otro día.

(continuará)

10 de enero de 2015

Efimeridad de las rosas, de la vida (III)


Palabras clave (key words): rosas, Théophile Gautier, Pierre Félicien Letourneur

En el libro citado de Paul Bourget —su título es Sensations d’Italie, editado en París por Alphonse Lemerre, 1892—, en la misma página 129, encuentro otra cita que me apetece seguir: Respirons les roses tant qu’elles ressemblent à tes joues. Embrassons tes joues tant qu’elles ressemblent à les roses…, comme les convives des banquets païens. La traducción es un mínimo reto, la referencia a los banquetes paganos me conduce a una discreta ensoñación y, además de todo eso, me gustaría saber quién lo escribió. Lector, me interesan estas cosas, ¿qué puedo hacer?

Valoro mucho la labor de los traductores —es una tarea complicada— y me precio de tener a algunos como amigos. Después de alguna duda, traduzco: Respiremos las rosas, tanto se parecen a tus mejillas. Besemos tus mejillas, tanto se parecen a las rosas…, como los comensales en los banquetes paganos. Ça y est, ya está. Y ahora, a buscar. ¿Quién escribió esto?

El párrafo aparece en la que es quizá la mejor obra de Théophile Gautier, Mademoiselle de Maupin, de 1834, una de las más subversivas de todo el siglo XIX francés. La intriga no es totalmente nueva: una mujer, hastiada de la conducta de los hombres, decide hacerse pasar por uno de ellos y se convierte en Théodore, un joven de una extraordinaria belleza, igualmente seductor para hombres y mujeres. Hasta el viril D’Albert, siempre en busca de la mujer ideal, se enamora de él, aunque barrunta que ha de ser, forzosamente, una mujer disfrazada.

En el capítulo IX, el titulado Cela est ainsi…, se lo cuenta en una carta a su buen amigo Silvio y le habla del amor pagano: No es como el de las poesías eróticas de la era cristiana, un alma que pide a otra que la ame, le explica. El amor pagano, se podría concretar en estas palabras (traduzco, recorto y compongo), dirigidas a una mujer imaginaria: Cinthia, sois bella, daos prisa. ¿Quién sabe si viviréis mañana? Esas rosas que huelen bien hoy, tendrán mañana el olor de la muerte y no serán más que cadáveres de rosas. Respiremos las rosas, tanto se parecen a tus mejillas. Besemos tus mejillas, tanto se parecen a las rosas. Daos prisa, Cinthia; la más pequeña arruga puede ser la tumba de un gran amor.

Parecida expresión encuentro en una obra de Pierre Prime Félicien Letourneur (1737-1788), Le jardín anglois. Letourneur fue un literato francés y un excelente traductor. Fue el primero que dio a conocer a Shakespeare en Francia. Tradujo todas sus piezas teatrales, así como las de otros escritores ingleses. En la obra citada, en la que mezcla traducciones y materia propia, hallo estas palabras, otra vez con las consabidas referencias a las rosas y a ‘respirar su aroma’, en este caso, el de la violeta: Respirons les premiers esprits de la jeune violette, avant que le vent du midi ait épuisé son âme odorante. […] Qu’il est doux de cueillir sur les roses de tes lèvres le premier baiser, tandis que le merle réveille…! Aquí conservo el breve texto francés y traduzco: Respiremos los primeros espíritus de la joven violeta, antes de que el viento del mediodía haya agotado su alma olorosa […] ¡Qué dulce recoger sobre las rosas de tus labios el primer beso, mientras el mirlo despierta…!

Queda todavía que hablar de las rosas, pero será otro día.

(continuará)

8 de enero de 2015

Efimeridad de las rosas, de la vida (II)


Palabras clave (key words): Libro de la Sabiduría, Décimo Magno Ausonio, Garcilaso

La cita original la leo en casa, en mi Biblia de Jerusalén, y es del Libro de la  Sabiduría, 2, 8 (uno de los sapienciales del Antiguo Testamento). Esta obra, falsamente atribuida al rey Salomón, está redactada en griego y en realidad debió de ser escrita hacia mitad del siglo I, a. C., probablemente por un judío helenizado de Alejandría. Las palabras que me interesan se han conservado bien en las referencias posteriores y quiero dejarlas en un contexto original algo más amplio: Hartémonos de vinos exquisitos y de perfumes, / no se nos pase ninguna flor primaveral, / coronémonos de rosas antes de que se marchiten. Se trata del desacertado discurso de los impíos, se advierte.

El texto habla de flores primaverales, en general, y luego de las rosas. La rosa es considerada universalmente como la primera entre las flores, la reina, por sus cualidades y quizá también por su efimeridad. En francés existe la expresión mériter la rose, con el significado de ser el mejor entre los que rivalizan por conseguir algún premio o ventaja. Siempre, claro, que el torneo o concurso sea resuelto en justicia, lo que no ocurre siempre, en ningún país.

Y no dejan de ser un modelo de belleza nombrado constantemente en muchos textos literarios. En una obra de François L'Hermite, Señor de Soliers, conocido como Tristan l’Hermite, La Marianne (1636), se lee : Tu ne devrais jamais marcher que sur des roses (Deberías marchar sólo sobre rosas). En otra obra de Pierre Jean de Béranger (Octavie, 1812), encuentro: Ne livre plus les roses de ta bouche / aux baisers morts d'un fantôme impuissant (No ofrezcas las rosas de tu boca / a los besos muertos de un fantasma impotente).

En un célebre poema, De rosis nascentibus, de Décimo Magno Ausonio, un poeta latino del siglo IV, uno de los versos es el profusamente citado en muchas antologías: Collige, virgo, rosas, dum flos novus, et nova pubes, et memor esto aevum sic properare tuum (Recoge, muchacha, las rosas, mientras está fresca tu juventud, y recuerda que así pasa también tu vida).

También se menciona la rosa en un bellísimo soneto de Garcilaso de la Vega y se aconseja gozar de la primavera antes de que sea demasiado tarde: Coged de vuestra alegre primavera / el dulce fruto, antes que el tiempo airado / cubra de nieve la hermosa cumbre; marchitará la rosa el viento helado.

De un poeta inglés del siglo XVII, Robert Herrick, tomo un poema, muy citado en la literatura inglesa, To the virgins, to make much of time (A las doncellas, para que aprovechen el tiempo): Gather ye rosebuds while ye may, / old time is still a-flying: / and this same flower that smiles to-day / to-morrow will be dying (Coged las rosas mientras podáis, el tiempo veloz vuela: la misma flor que hoy sonríe, mañana morirá).

Entre los poemas que mencionan a las rosas, el más conocido, probablemente, de la historia de la literatura, es el de un poeta francés del siglo XVI, Pierre de Ronsard. De este poema y algunos más hablaré en próximas entradas. Pero antes me referiré a la segunda cita sobre estas flores, la que encontré también en mi libro de Paul Bourget: Respirons les roses Los colores diferentes en el texto no persiguen ningún efecto estético : sólo tratan de separar las fuentes y facilitar la lectura.

(continuará)

6 de enero de 2015

Efimeridad de las rosas, de la vida (I)


Palabras clave (key words): Rosas, juventud, moral, Voltaire, Bossuet, Gellert

Me gusta citar, lo confieso. Busco a veces un refrendo a alguna idea mía, pero sobre todo lo hago por comodidad, por vaguería, por pereza. ¿A qué tratar de componer de nuevo un pensamiento si alguien lo ha expresado ya con acierto? Además, la cita abre al lector un horizonte nuevo, un autor que puede resultarle interesante.

Prácticamente siempre, encuentro las citas en mis lecturas. La cita de Robinson de mi entrada anterior me vino de leer a Paul Bourget (1852-1935). Si lees buenos libros, encuentras buenas citas; es así de simple. Pues, en ese mismo libro, encuentro un par de referencias a las rosas y ahí empieza este camino de hoy, que ni sé cuánto puede durar. Pero que querría un camino de rosas. Como aquel sobre el que andaba la sultana Sheraa en la dedicatoria del Zadig de Voltaire: Charme de prunelles, tourment des cœurs, lumière de l’esprit, je ne baise point la poussière de vos pieds, parce que vous ne marchez guère, ou que vous marchez sur des tapis d’Iran ou sur des roses (Niña de mis ojos, tormento de corazones, luz del espíritu, no beso el polvo de vuestros pies porque apenas marcháis o andáis sobre alfombras de Persia o sobre rosas).

La primera cita en Bourget era, exactamente: Couronnons-nous de roses, devant qu'elles ne soient flétries, comme les impies dont parle l’Ecriture (Coronémonos de rosas, antes de que se marchiten, como los impíos de que hablan las Escrituras). Se indica el origen de la cita, pero yo quería saberlo con más precisión. Para eso, para todo, es muy útil el buscador de Google. Escribo allí el principio de la frase y me aparecen esas palabras en la obra del famoso predicador francés Jacobo Benigno Bossuet. Veo que es una referencia suya a la cita de la Sagrada Escritura, y sigo indagando.

El buscador me lleva después a un libro de 1772, traducción francesa de una obra alemana. Son Conferencias Académicas sobre Moral, leídas en la Universidad de Lepzig por Christian Fürchtegott Gellert (1715-1769). Gellert fue un precedente de Schiller y Goethe, admiradísimo en su época. Innovador en literatura, escribió fábulas a la manera de La Fontaine, novelas sentimentales y canciones espirituales, algunas musicadas por Beethoven. Fue el más noble y amigable de los hombres, tierno de corazón, generoso, de piedad y humildad sinceras y escribió para mejorar el carácter moral del pueblo, leo en Wikipedia (casi la única enciclopedia que manejo ahora).

Busco en esas Leçons de Morale y encuentro la cita. Te copio el párrafo entero, lector: “¿Qué es lo que el hombre joven, estima como bueno, noble o malo y molesto?”, se pregunta Gellert. Y razona: “La sabiduría que él quiere seguir es la que le empuja a librarse al juego, al vino, a gozar sin límites. Pasemos alegremente nuestros días, [...] coronémonos de las rosas que la Primavera de la edad hace florecer para nosotros y no esperemos a ornar nuestras cabezas con ellas, cuando el invierno de la vejez las haya marchitado. Riámonos de los viejos y de sus bellos discursos: ¿razonarían tan fríamente si no estuvieran ya helados por su edad?”.

Para mí fue una pequeña fiesta perderme en estos vericuetos de la literatura, la historia y la moral. Para eso hace falta tener tiempo y que te guste este jaleo. Lector, yo quisiera distraerte siempre, pero has de ser un poco especial. El tema es largo y lo dejo para otras entradas. Te anticipo que la respuesta final al enigma la encontré en mi casa, en mi Biblia de Jerusalén. Queda mucho que hablar de las rosas.
(continuará)

3 de enero de 2015

Sobre el amor al pasado


Palabras clave (key words): Robinson, amor al pasado, García Márquez, Leopardi

Ya dije, hablando de las pequeñas frases felices, que mencionaría a una escritora inglesa del XIX, Agnes Mary Frances Robinson. Cito unos versos de su obra An Italian Garden, de 1886, tal vez la cumbre de su producción poética: “In warm or wintry weather / the Siren loves the sea, but I the Past; / upon my rock I sing alone, alone”. Me interesa sólo el segundo verso: la sirena ama el mar, pero yo el Pasado. Encontré la referencia en un escritor francés de ese siglo, Paul Bourget, de la Académie Française, que empezó a estudiar Medicina y la abandonó para dedicarse a las Letras.

Robinson fue una autora famosa, aunque ahora casi nadie la recuerde. Un crítico de la época escribió de ella: “Perhaps no living English poet, after Swinburne, is nearly so well known abroad” (Quizá ningún poeta inglés, desde Swinburne, es tan bien conocido en el extranjero). Así es de fugaz la gloria literaria, como tantas otras famas. Traigo la cita aquí, porque yo también amo el pasado, con algo de apasionamiento.

El amor al ayer, que en casos excesivos puede constituir una patología, no es nada inusual o extraordinario. Unamuno, en su Vida de Don Quijote y Sancho, dice que “sólo lo pasado es hermoso” y Anatole France, en La azucena roja, afirma que “el pasado es la única realidad humana. Todo lo que es, es pasado”. Sin entrar en profundos análisis sobre esa realidad y su relevancia vital, es verdad que, cuando se escribe desde cierta edad, muchas veces se abre sin querer la flor nostálgica del pasado, de lo que fue y ya no existe. Hasta las personas más activas, que viven con intensidad su presente, se encaran a veces con los tiempos viejos, se refieren a ellos con frecuencia y se instalan en los recuerdos.

Todo tiene su justa medida; refugiarse en los dulces vestigios de los tiempos idos puede hasta malograr el presente. Pero también puede hacerlo renovado y espléndido. Gabriel García Márquez, en esa obra cenital que es El amor en los tiempos del cólera, cuenta que Fermina Daza, cuando después de casi toda una vida encuentra de nuevo a Florentino Ariza, su eterno enamorado, “sintió pasar el ángel quimérico del pasado, y trató de eludirlo”. “Porque todo ha cambiado en el mundo”, se justificó. A lo que Ariza contestó, tajantemente: “Yo no”. Al final, el nunca soterrado amor triunfa. Una de las muchas claves de la novela es la coexistencia de personas para las que el pasado se desvaneció para siempre, y otras que lo creen capaz de renacer, de volver ubérrimo.

Cuando el futuro se presenta limitado y nos coge ya cansados, encuentro razonable que uno torne su vista a los bellos momentos del ayer. Ese terrible y lúcido pesimista que fue Giacomo Leopardi los interpela muy directamente, en Le ricordanze: Chi rimembrar vi può senza sospiri, / o primo entrar di giovinezza, o giorni vezzosi, inenarrabili… (Quién os puede recordar sin suspiros, oh, primera entrada en la juventud, oh, días encantadores, inefables...).

Algo parecido podría escribir yo. Me ocurre que, al rememorar mi vida, siento un cierto rubor, porque ha sido relativamente amable conmigo, cuando es despiadada para mucha gente. Y eso no me parece justo. Pienso que no he hecho nada especialmente meritorio para haber disfrutado de esa ventaja. Salvo quizá ser poco ambicioso. A Nietzsche le parecía bien la gente así y esto me consuela. En el prólogo de Así hablaba Zaratustra, escribe: Ich liebe Den, welcher sich schämt, wenn der Würfel zu seinem Glücke fällt (amo al que se avergüenza si el dado cae a su favor). 

Lector, el dado cae a favor o en contra por puro azar; las tiradas son sucesos perfectamente estocásticos. Pero la vida no es un juego de dados y hay en ella demasiadas trampas.