4 de febrero de 2015

Sobre la momentánea derrota del Tiempo (fin)


Palabras clave (key words): Thomas Jefferson, trasplante renal, trasplante de corazón

Conviene recordar que la compra de Luisiana, en 1803, duplicó el tamaño de los Estados Unidos y constituye hoy el 23 % del país. De sus ideas sobre la esclavitud y de la relación con su esclava Sally Hemings —algo íntimas, porque tuvieron juntos seis hijos— no diré nada más. Jefferson ha sido considerado como el apóstol de la libertad e inspirador de partidos políticos y disidentes liberales en muchos países.

Nada que ver aquella reunión de premios Nobel con la nuestra, infinitamente más modesta. Pero algunos de nosotros habían trabajado con pioneros en medicinas o cirugías de vanguardia y se charló sobre ellos, comentando detalles interesantes o curiosos. Hablando de trasplantes renales, se mencionó a los gemelos Rafael y Robert Mendez, que hacían esa cirugía hacia 1970, en Los Angeles, años después de que Joseph Edward Murray realizara el primer trasplante con éxito definitivo en Boston, en el año 1954, lo que le valió el Premio Nobel en 1990. Murray presumía de no haber investigado nunca, como expuso en la autobiografía que envió al Instituto Karolinska al recibir el premio.

Antes de 1954, el nefrólogo Jean Hamburger, de París, inventor del primer riñón artificial, había impulsado al equipo quirúrgico de Louis Michon, a realizar el primer trasplante renal en el hospital Necker, el día de Navidad de 1952, en el paciente Marius Renard. Jean Hamburger fue uno de los tres grandes ‘Jean’ de la medicina francesa del siglo XX, con Jean Bernard y Jean Dausset. Los dos primeros escribieron también obras no médicas. Hamburger tiene una, espléndida: Le journal d’Harvey, biografía algo novelada del descubridor de la circulación de la sangre.

Los citados Mendez eran hijos de un personaje singular, Rafael Méndez, nacido en Jiquilpan, Méjico, en 1906, trompetista de fama mundial, de repertorio clásico, popular mejicano y jazz, que murió en el año 1981. Tiene su estrella en el Paseo de los Inmortales de Hollywood. Este Rafael era el cuarto hijo de quince y con sólo cinco años empezó a tocar la corneta y a acompañar a su padre en la orquesta que había fundado y que fue contratada por Pancho Villa. Se dice que en la guerra la orquesta tocaba todos los días a las cinco de la tarde y se hacía una tregua. Luego, continuaba el combate. Los cirujanos Mendez también tocaban la trompeta y acompañaron alguna vez a su padre.

Alguien de nosotros pudo conocer a uno de los fundadores de la hematología, William Dameshek, nacido en Rusia y que llegó a Estados Unidos con sólo tres años. Otro era residente en el Maimonides Hospital de Nueva York aquel 6 de diciembre de 1967, cuando Adrian Kantrowitz realizó el primer trasplante de corazón en un niño, el segundo en el mundo, tres días después del de Barnard. Se comentaba entonces en el Maimonides que días antes, por circunstancias fortuitas, no se había podido hacer allí un trasplante, que habría sido primicia mundial. Kantrowitz y Michael DeBakey, en 1965, ya habían implantado un artificio mecánico para ayudar al corazón insuficiente. En 1967 había cuatro cirujanos preparados para el salto definitivo: Norman Shumway, de Stanford University; Richard Lower, en Virginia; el propio Kantrowitz  y Christiaan Barnard, en Sudáfrica. Fue este el que llegó primero a la meta.

Gente excepcional, activísimos todos y muchos longevos. DeBakey murió a punto de cumplir 100 años, Jean Bernard con 99, Murray con 93 y Kantrowitz con 90. Hablar de ellos, recordarles con sencillez y cariño, fue una fiesta. Con la alegría y el pasmo de haber rozado a gente admirable. No olvidamos a nuestros maestros españoles, presentes en nuestras recordaciones de ese día y siempre. Entendemos que todo ha sido como una bendición, algo por lo que deberemos estar siempre agradecidos, y lo estamos. De la distendida charla, cito aquí sólo los asuntos de interés más general.

Se habló de gastronomía; un momento, para saludar y felicitar a la cocinera. Había mil temas mucho más interesantes; si lo puedo decir, sin ofender a algún chef famoso.

2 de febrero de 2015

Sobre la momentánea derrota del Tiempo


Palabras clave (key words): Platón, Ferran Adrià, John F. Kennedy, Thomas Jefferson.

Platón, en un pasaje de su Político, refiere un antiguo mito griego: el universo giró en sentido inverso y los seres mortales cesaron de envejecer y regresaron a la juventud y la niñez. Hace unos días ocurrió algo parecido. No para todos los mortales, pero sí para los nueve amigos que estábamos reunidos en casa de uno de nosotros, compartiendo mesa y mantel. Para nosotros, el cosmos entero se aquietó y el tiempo volvió atrás más de medio siglo, hasta nuestros años de estudiantes de Medicina, en Madrid.

Cualquier acontecimiento esplendente y gozoso alberga en su núcleo la amarga semilla de una tristeza posterior inevitable. De la apoteosis del sexo deriva la tristitia post coitum, como designaban los romanos al sentimiento de soledad y vacío que puede suceder a la plenitud amorosa. Del hecho que cuento, también quedó la melancolía de su fugacidad, de su imposible continuación, de la evanescencia final del alegre estado de ánimo en el que el tiempo pareció derrotado. Hay una tristitia post concilium.

Vuelvo a Ferran Adrià y a esas simplezas de la alianza entre lo gastronómico e intelectual. En nuestro caso, fueron experiencias nada relacionadas. Hubo un ambiente culto y delicioso, fruto de las aportaciones de los reunidos. Porque no fue sólo el sentimiento agradable del reencuentro y la remembranza, sino que hubo también un rico intercambio de ideas. Para eso, la gastronomía no ayuda nada y hasta puede estorbar, si se topa uno con algún cocinero lenguaraz. Entre los nueve, sumábamos casi siete siglos. Y hemos dejado atrás muchas cosas, quizá no del todo: las vanidades, las intrigas, ya leves o inexistentes. Estamos todavía en una orilla placentera y dulce de la vida. Algunos de los asistentes han tenido un más que discreto éxito profesional y académico, pero todo eso quedó fuera y quedaron sólo las reflexiones y los afectos.

El 29 de abril de 1962, el año que terminamos la carrera, hubo una famosa cena en la Casa Blanca, en honor de los Nobel americanos. Se celebró “in the State Dining Room and the Blue Room” y asistieron cuarenta y nueve Premios Nobel y diversas personalidades de las artes, la ciencia, rectores de Universidad, etc. El presidente Kennedy los saludó así: I want to tell you how welcome you are to the White House. I think this is the most extraordinary collection of talent, of human knowledge, that has ever been gathered together at the White House, with the possible exception of when Thomas Jefferson dined alone (Quiero decirles lo bienvenidos que son ustedes en la Casa Blanca. Creo que es la más extraordinaria colección de talento, de conocimiento humano, que jamás se ha reunido en esta Casa Blanca, con la posible excepción de cuando Thomas Jefferson cenaba aquí, solo).

Me gustó siempre esta anécdota, su fina ironía y el claro y explícito tributo a la inteligencia individual. Creo en las virtudes del equipo, pero también en las del genio aislado. Sin entrar en el lado oscuro y sombrío de Jefferson —no hay ser humano que no lo tenga—, este presidente fue un hombre excepcional. Kennedy continuó: Someone once said that Thomas Jefferson was a gentleman of 32 who could calculate an eclipse, survey an estate, tie an artery, plan an edifice, try a cause, break a horse, and dance the minuet (Alguien dijo una vez que Thomas Jefferson fue un caballero de 32 años, que podía predecir un eclipse, regir una hacienda, ligar una arteria, planear un edificio, juzgar una causa, domar un caballo y bailar un minueto).

Jefferson fue el principal redactor de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y el primer Secretario de Estado de la joven nación (1789-94). Luego fue segundo Vicepresidente (1797-1801) y tercer Presidente (1801-09). Compró Louisiana a los franceses, fue un apasionado defensor de la separación de la Iglesia y el Estado e hizo de la libertad individual el núcleo central de la revolución americana.

(continuará)

30 de enero de 2015

Los discretos avisos de la Muerte


Palabras clave (key words): Recuerdos, adolescencia, avisos de la Muerte

Nunca me preocupó demasiado el tema de la muerte. Mis fundamentales ideas sobre la misma se forjaron cuando apenas había cumplido los doce años. Yo tenía un tío abuelo que era médico y un día, cuando él ya estaba enfermo de aquella enfermedad incurable, en su casa, en un elegante salón con amplios sillones tapizados de un color azul suave, pude asistir brevemente a una distendida, culta, casi susurrada charla con sus amigos, algunos médicos también, sobre el tema universal y omnipresente de la muerte. “Yo prefiero tener una muerte consciente, lúcida y tranquila, con las cosas viéndolas venir, en su debido orden. Para irme acomodando, para poder despedirme galantemente del mundo”, decía mi tío. “Ah, no, Ramón, yo no quiero ni enterarme. Prefiero que me fulmine en un instante, que se presente sin anunciarse, sin asustarme ni entristecerme”, replicaba alguien. Yo era todavía un niño y ni repararon en mí. Pero los oía y me dio miedo de lo que hablaban. Y al mismo tiempo no me podía marchar, estaba pendiente de sus palabras, de sus gestos, hechizado por sus cuidados ademanes, por la manera en que desvelaban sus pensamientos, asomado a un mundo que me trascendía y al que adivinaba que un día tendría que llegar.

Durante muchos años ni recordaba esa escena y ahora, cuando tengo la edad de los que estaban allí reunidos, me doy cuenta de que algo de lo que se dijo entonces quedó sembrado en mi alma, oculto, latente, indestructible, para surgir alguna vez, para hacerse presente y exigir también mi respuesta de adulto, mi solución personal al infausto dilema, mis preferencias respecto a la forma de morir. Y veo claramente que lo que pienso al respecto es lo mismo que, confusamente, pensé entonces, a los doce años, en un instante en que acerté a comprender lo que estaba oyendo y tomé ya tímidamente partido para mis adentros. La verdad es —he aprendido después— que la Muerte avisa casi siempre, si se sabe escuchar. Contaré una muy vieja historia china:

Un mercader marcha hacia una feria algo alejada de su casa. En el camino, se acerca a un río para refrescarse, y en el agua, de pronto, ve la imagen de la Muerte y la reconoce horrorizado. “¿Qué quieres de mí?, le preguntó. Soy joven y tengo todavía muchas cosas por hacer”. La Muerte le contestó con las palabras más tranquilizadoras. “Cálmate, no es por ti por quien vengo. Cuando llegue tu hora, no me llegaré hasta ti sin prevenirte antes; te lo prometo y yo cumplo mis promesas”.

El mercader recobró inmediatamente la paz, hizo sus negocios en la feria y volvió feliz a su casa. Pasaron muchos años, se casó, tuvo hijos, tuvo su primer nieto. Todavía podía trabajar y un buen día marchó a otra feria. Se llegó hasta la orilla de otro río y otra vez volvió a ver a la Muerte. No es fácil verla sin asustarse, pero él recordó sus palabras y su promesa y le dijo, con la más sincera convicción: “Tampoco esta vez puedes venir por mí, porque prometiste que me avisarías y no lo has hecho. Todavía no estoy preparado”. La Muerte le respondió entonces, fatigada por una explicación que había tenido que dar tantas veces en circunstancias parecidas: “Te he avisado de mil maneras. Cuando te mirabas al espejo y apenas podías reconocer las facciones de tu juventud. Cuando te fatigabas al andar, cuando empezaste a perder la vista, cuando ya no oías bien. ¿Cómo puedes decir que no te he avisado? Es la hora ya, esta vez sí es a ti a quién busco. No has sido prudente”. Y tomándole sin brusquedad, pero con determinación, lo arrastró hasta el fondo del río. Estaban solos, nadie presenció el suceso.

27 de enero de 2015

Sobre la exageración, la pedantería y el engaño


Palabras clave (key words): Ferran Adrià, El Bulli, Jules Renard, DRAE, RAE

Leyendo mi entrada anterior alguien podría creer que yo tengo algo contra la cocina de vanguardia o de autor o, concretamente, contra el laureadísimo Ferran Adrià. Se equivocaría casi completamente, si bien es cierto que escribí con ironía, suave, sobre el folleto de la exposición que se celebra en la sede de Telefónica, en Madrid. Porque rezuma una fraseología extremadamente pedante y ya algo antigua —de intelectual advenedizo, de espontáneo saltando por sorpresa al ruedo de la cultura—, que tendría que estar al borde de la extinción, aunque veo que persiste en algunos reductos.

Subrayo, eso sí, lo de equivocación ‘casi’ completa. Lo de casi viene de que a mí no me apasiona mezclar lo gastronómico y lo intelectual y no me parece nada mal mantenerlos separados. Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo, se lee en Eclesiastés, 3-1. Por otra parte, los placeres de la mesa nunca estuvieron entre los más indispensables para mí y, si hubiera residido en Barcelona, no habría hecho el viaje al restaurante El Bulli, de más de dos horas de coche, por ninguna degustación del mundo. Un viaje así, con un objetivo único, exclusivo, sólo puede justificarse si es para visitar alguna mujer esplendorosa y con plenas garantías previas. O sin garantías y confiando sólo en los recursos propios del arte.

Repito que no había desdén alguno en mis palabras. Ocurre que, cuando hablamos o escribimos, sobre todo en las breves entradas de un blog, mutilamos el pensamiento y no tenemos la seguridad de que el interlocutor interprete nuestro mensaje en su integridad y con el mismo sentido que nosotros le damos. Ya decía, irónicamente, el escritor francés Jules Renard que no deberíamos hablar, porque nunca se sabe cómo se lo va a tomar el otro. Aviso de que con Jules Renard está pasando lo que con Bernard Shaw, que a los dos les ha dado por hablar mucho después de muertos.

No todo en esta vida tiene explicación, pero algunas cosas sí. Comencé a odiar este lenguaje petulante y vacuo en un cierto momento en que la Sanidad española empezó a ser literalmente asaltada por gentes que, con el ambiguo título de gestores, pretendieron oficiar en altares justamente reservados a los profesionales sanitarios. Términos como eficiencia, eficacia, calidad total, gestión integral, excelencia global, etc., perfectamente lícitos, se propagaron con inaudito ardor y liviandad.

Bataholas de pequeñeces llenan también muchos de los currículos que he tenido que examinar en mi vida, por diversas razones. El conjunto de datos es tan abigarrado que resulta casi imposible discernir la importancia o trascendencia de lo que se presenta. El hecho es tan perturbador que en bastantes universidades se pide ya, para la provisión de cargos docentes, en cuanto a publicaciones, sólo su número total y el contenido de las cinco que se consideren más relevantes. También se analizan las citaciones logradas con los distintos trabajos. Estos metadatos son hoy fácilmente obtenibles.

He visto recientemente el currículum de un joven político español y es un ejemplo cumplido de lo que comento. Hay tal diversidad de materias, de escenarios, de actividades, etc., que es difícil no aburrirse y mantener la calma necesaria para enjuiciar. Revela, a mi juicio, lo errabundo, erradizo, erráneo, errante, errático, errátil del personaje. O un intento deliberado de confundir. O ambas cosas.

He escrito seis adjetivos más o menos sinónimos; todos están en el DRAE, 21ª edición. No aparece la cualidad abstracta correspondiente: errabundez, erraticidad, por proponer algunas. Tampoco, buscando en la web de la RAE. Existen, sin embargo, pudibundez, aromaticidad, hermeticidad, etc. ¡Qué cosas!, ¿verdad?

23 de enero de 2015

La gastronomía como sublime aventura intelectual


Palabras clave (key words): Nikola Tesla, Ferran Adrià, I+D+I, ADN, Maese Pedro

Vivir en Madrid, vivir en cualquier ciudad grande, tiene también sus ventajas; una de ellas la gran oferta cultural que tienen sus ciudadanos, aunque aquí cabrían muchas matizaciones, porque no es oro todo lo que reluce. En el momento actual, en el ‘Espacio Fundación Telefónica’ se están celebrando dos exposiciones temporales: una sobre el científico Nikola Tesla y otra del cocinero Ferran Adrià, esta de título Auditando el proceso creativo. No, no me he equivocado, el alquitarado título corresponde a la del chef y no a la del ilustre y visionario inventor e ingeniero.

De Tesla hay poco que decir. Quiero decir, que hay tanto que decir, que es mejor que el lector indague por su cuenta la vida y obra de este curioso y genial personaje. Nació en Smiljan, pueblo de Croacia, entonces en el Imperio austrohúngaro, en 1856, y murió en al año 1943, en Nueva York. En el folleto de la exposición ya se dice que tecleando el nombre de Nikola Testa en Google aparecen cinco millones de páginas que hablan de él; lo hago en mi ordenador, con el nombre entre comillas para evitar ganga informativa, y son 10.400.000. Haciendo lo mismo con el famoso chef catalán surgen 472.000. Pero podrían haber aparecido más, eso no quiere decir nada.

Fui a la exposición de Tesla y no a la de Adrià, entre otras razones, porque me asustó el título. Era fin de semana y no estaba uno para auditorías de ningún tipo. Pero sí cogí, con fundado temor, el folleto de Adrià y ya vi el comienzo, Decodificando la creatividad, que tampoco está mal para empezar. Y allí se cuenta que en 1993 se tomó la decisión de formar una “partida de creatividad”, signifique esto lo que signifique. Que sí, que significa algo, aunque no resulte evidente desde el primer momento. Se trataba de un equipo “dedicado únicamente a la experimentación y a la consecución de la excelencia creativa”. ¡Ah! Luego, después, en 2011, “hubo un nuevo giro para priorizar la creación de vanguardia y evitar la repetición”. ¡Ah!

Y sigue el folleto: Para potenciar la creatividad es crucial identificar los “genes” —así, entre comillas, aunque no hace puñetera falta, ya que la palabra lleva siglos en el DRAE— que componen su ADN. Entonces —sigue el román paladino— “el equipo de ‘elBullifoundation’ (sic) se sumerge en una profunda reflexión que ha dado como resultado el Mapa del Proceso Creativo”. ¡Ah! ¿Quedan claras las cosas o no? Luego se menciona el “diálogo de la gastronomía con otras disciplinas —olvidaron escribir menores, auxiliares, ancilares— como el arte y la ciencia”, la supresión de la carta y la implantación del menú degustación, “concebido como experiencia única y coherente”. El folleto sigue afirmando que “comer puede ser una experiencia sensorial tanto como intelectual”. ¿Ves, lector, por dónde van los tiros? Todo va dirigido al intelecto.

Puedo soportar que ahora los niños no quieran ser bomberos, ni jueguen a los médicos; que estén inmersos en las delicias de la cocina y sueñen ser ‘master-chefs’, con su candidez infantil. Pero, sinceramente, que un grupo de adultos se confabule para perpetrar un folleto como el que comento, con regusto a filosofía de la ciencia y fraseología de I+D+I, me preocupa. Porque la sola posibilidad de que sus papilas gustativas —que al fin y al cabo deciden en esto— pudieran estar infectadas con virus tan patógeno como el que afectó a la redacción del escrito, es para echarse a temblar. Nadie recordó al señor Adrià el sabio consejo de Maese Pedro al criado que prestaba voz al retablo: Llaneza, muchacho; no te encumbres, que toda afectación es mala.

Hace ya años que se veía venir todo esto. Un pasaje de mi novela, Las increíbles vidas de Roberto Milfuegos, muestra mis vaticinios y lo ofreceré pronto en este blog.

20 de enero de 2015

Diferentes modos de buscar citas


Palabras clave (key words): The Oxford Dictionary of Quotations, G. Bernard Shaw

Lector, encontré todas las citas de mis entradas anteriores a través de mis lecturas recientes. Algunas eran indirectas, como hice notar —quiero decir que en una obra hallé frases que provenían de otra, debidamente referenciada, lo que me permitió rastrearlas en el original—. Además, en ciertos casos utilicé enciclopedias, o la misma Wikipedia, para indagar más sobre las obras o sus autores. No tenía ningún interés en lograr una muy extensa relación de citas sobre las rosas.

En tareas como esta, se puede trabajar de otras maneras, naturalmente. Tecleando la expresión “sobre las rosas” en Google, aparece un cierto número de citas sobre estas flores, aunque no demasiadas. Veo que aparecen muchas más si se teclea en inglés (“quotations on roses” o “quotations about roses”), lo que es explicable. Con este procedimiento se puede conseguir muy pronto una amplia lista de citas y no hay nada censurable en ello.

Ocurre, sin embargo, que estas citas suelen estar poco seleccionadas y hasta pueden aparecer algunas no pertinentes en absoluto. Tampoco está garantizada su calidad o su autenticidad y en muchos casos no se recoge detalladamente la fuente. En fin, como nunca negué que a veces tengo cierta modesta intención didáctica en este blog, si alguien escogiera este approach (esta aproximación, este abordaje) para coleccionar citas literarias, yo le aconsejaría otra vía: consultar un excelente diccionario de citas, The Oxford Dictionary of Quotations. Naturalmente los autores en lengua inglesa son los más frecuentes en él, pero los índices están muy bien elaborados y casi siempre se especifica la fuente íntegra: autor, obra, página o escena, etc.

No es un libro para traducir, porque perdería gran parte de su valor al no mostrar, en la mayoría de los casos, las citas en su lengua original, y supongo que no está traducido. Al menos, no está en la Base de datos española del ISBN. Sí es casi seguro que esté digitalizado y se podrá descargar de la red, aunque no sé si será gratuito; esto no lo he mirado. En fin, lector, hazlo tú, y no olvides el título, si te interesa esta clase de libros. La tercera edición, la que yo tengo, es de 1979 y consta de unas novecientas páginas. La primera edición fue en 1941, en plena guerra mundial.

Precisamente en Internet encuentro, para terminar con el tema de una vez, otra cita sobre las rosas, de George Bernard Shaw: ¿Qué hombre inteligente, si le dieran a elegir entre vivir sin rosas o vivir sin berzas, no correría a asegurar las berzas? Esta cita no viene en el Oxford, ni buscando por roses ni por cabbage. Esto, y la fama que tiene Bernard Shaw de haberse puesto a decir de muerto cosas que nunca dijo de vivo, me hace dudar de que sea correcta la atribución. Nada importante, después de todo.

Recuerdo, una vez más, que el principal objetivo de estas citas fue mostrar autores antiguos, casi siempre, poco conocidos en la actualidad.

18 de enero de 2015

Efimeridad de las rosas, de la vida (fin)


Palabras clave (key words): Azar, Letourneur, Edward Young, Voltaire

Lector, el azar irrumpe con frecuencia en nuestras vidas y el mundo está lleno de casualidades. Pensé hablar de las rosas en la literatura, porque encontré un par de citas en Paul Bourget. Luego, por no sé qué motivo, leí algo de El amor en los tiempos del cólera y no pude parar, hasta leerla entera por tercera vez. Hay rosas en ella y ya las mostré. Ahora leo, en la página 168, que el doctor Juvenal Urbino pidió a su librero de París “las obras de los escritores más leídos, entre ellos Anatole France y Pierre Loti, y de los que más le gustaban, entre ellos Remy de Gourmont y Paul Bourget”. A Anatole France lo cité en este blog el 3 de enero y a Gourmont el 4 de mayo del año pasado.

Coincidencias, ¿verdad? Aunque también podría tratarse de lo que vio Heráclito de Éfeso, aquello de que “los que están despiertos habitan un mismo mundo; en cambio, los que duermen, viven cada uno en el suyo”. O sea, que el doctor Urbino y yo tenemos gustos comunes, quizá porque estamos despiertos. Como, seguramente, lo estaba el propio García Márquez. Otra cosa es el fruto que cada uno saque de su estar despierto. Eso es otra cosa y no es culpa de nadie. Yo hice lo que pude, feci quod potui.

Esta entrada final va a ser un descanso de tanta rosa. Mencioné a Letourneur, traductor de Shakespeare al francés en el XVIII, y como conoció detalles del encuentro entre Edward Young y Voltaire, y me apetece hablar algo de esto, me permitiré una breve desviación en mi tema.

Letourneur, en efecto, tradujo la obra Night Thoughts, de Young, 1742, en la que un viajero solitario reflexiona en un camposanto. Cualquier sitio es bueno, ¿no? Young fue uno de los llamados ‘poetas de cementerio’, considerados prerrománticos y antecesores del género gótico, cuya primera obra, en opinión de muchos, fue Castillo de Otranto (1764), del inglés Horace Walpole (1717-1797). Pues bien, Letourneur refiere lo que le espetó Young a Voltaire: You are so witty, profligate and thin, / at once we think thee Milton, Death and Sin (usted es tan ingenioso, disipado y fino, que inmediatamente le vemos como a Satán, la Muerte y el Pecado). Son tres personajes alegóricos del Paraíso perdido, de John Milton, al que Voltaire criticó duramente en presencia del irritado Young, durante la estancia del francés en Inglaterra.

Voltaire estaba en Londres cuando murió Sir Isaac Newton, el 27 de marzo de 1727. En su entierro, en Westminster Abbey, llevaron el féretro el Lord Canciller, los duques de Montrose and Roxburgh y los condes de Pembroke, Sussex and Macclesfield, todos miembros de la Royal Society, cuyo presidente había sido Newton, y Voltaire fue un espectador más. Poca de aquella gente había leído los trabajos de Newton, pero su nombre era reverenciado y la nación entera se sumió en duelo.

Me sigo apartando del tema, para descansar un poco de tanta rosa, y por hablar un poco de ese poliédrico Voltaire, que en su retiro de Ferney vivió uno de los períodos más activos de su vida. Dueño allí de una granja, quiso convertirla en un modelo de organización, pero no pudo con las rencillas locales y hasta hubo de presentarse ante la justicia por haber golpeado a uno de los trabajadores. Restauró la iglesia e hizo esculpir en su fachada la inscripción Deo erexit Voltaire (para Dios la erigió Voltaire). El escurridizo ateo o agnóstico erigiendo un templo a Dios.  

Vuelvo ya a las rosas; recientes, de hace unas horas. Me llega un mensaje, por lo del ataque a la revista francesa Charlie Hebdo, con un cuadro de una gentil pintora, al que acompaña una leyenda: “Podrán cortar todas las rosas, pero la primavera llegará puntualmente”. Siempre las rosas. No sé si se trata de una cita nueva o una alteración de la de Neruda: “Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”. Qué más da.

Última entrada de citas. En la próxima hablaré algo sobre la metodología seguida.

16 de enero de 2015

Efimeridad de las rosas, de la vida (VI)


Palabras clave (key words): Ronsard, La Pléiade, García Márquez, Bibliothèque de La Pléiade

Mencioné algunas obras de Ronsard. Su poesía amorosa está siempre relacionada con alguna dama o damisela. En 1552 publicó Les Amours de Cassandre, en honor de Cassandre Salviati, hija de un banquero italiano. Al conocerse en un baile de la corte, en abril de 1545, ella tenía catorce años y él veinte. Fue un amor platónico y breve; la damita se casó al año siguiente con un tal Jean Peigné.

Le second livre des Amours es de 1555 y está inspirado en la relación, esta vez no platónica, con Marie Dupin, una campesina de quince años, del valle del Loira, que no todo van a ser cortesanías. Ya hablé de Sonnets pour Hélène. Pero hay también otros sonetos dedicados a Sinope, una joven de la que se sabe poco, y sonetos y madrigales para Astrea (en la vida real Françoise Babou de la Bourdaisière). Hay más mujeres en Ronsard: Marguerite, Jeanne, Madeleine, Rose, Genèvre, Isabeau.

Ronsard formó con otros poetas franceses el grupo La pléiade, integrado por siete miembros. Hay otros grupos con ese nombre en la historia de la literatura: en el período alejandrino (siglo III a. C.); en Toulouse en el XIV, formado este por siete hombres y siete mujeres. Hay una colección, Bibliothèque de la Pléiade, creada por Jacques Schiffrin en 1931 y comprada por Gallimard en 1933, que es una especie de Olimpo literario, para autores clásicos y para algunos contemporáneos absolutamente consagrados. André Gide fue el primero de estos en 1939, seguido de muy pocos más.

Conté que estaba leyendo El amor en los tiempos del cólera; para Márquez, su obra preferida. En ella se menciona bastante a las rosas. Un personaje, Jeremiah de Saint-Amour, extraviado ya por las brumas de la muerte, le dice a su amante: “Recuérdame con una rosa”. Y el propio protagonista, Florentino Ariza, siendo joven, “trastornado por la dicha, pasó el resto de la tarde comiendo rosas y leyendo la carta […] y comiendo más rosas cuanto más la leía”. Lector, muchas flores son comestibles, entre ellas las rosas. No todas las flores lo son, desde luego; algunas son tóxicas.

En la novela, cuando murió la madre de Florentino, la enterraron en el llamado Cementerio del Cólera y él sembró sobre la tumba una mata de rosas. Luego descubrió que muy cerca estaba también enterrada Olimpia Zuleta, una antigua amante. Cuando el rosal floreció, dejaba una rosa en esa tumba, si no había nadie a la vista, y más tarde le plantó una cepa del rosal de la madre. “Ambos rosales proliferaban con tanto alborozo que […] a la vuelta de unos años los dos rosales se habían extendido como maleza por entre las tumbas y el buen cementerio de la peste fue llamado desde entonces el Cementerio de las Rosas”. Hay más citas de rosas en la novela.

Casi siempre se habla de la urgencia de cosechar las rosas en la juventud. ¿Y si se está al final del camino? Se debería apremiar también, con mayor razón, a los ancianos: Anciano, coge esa rosa, que puede ser la última, ¿no? O es que al llegar a cierta edad ya no hay rosas. Lector, oye a García Márquez, lo que dice de Fermina Daza, de setenta y dos años, viviendo su amor con Florentino Ariza, de setenta y seis: “Descubrió que las rosas olían más que antes, que los pájaros cantaban al amanecer mucho mejor que antes […] que el amor era el amor en cualquier tiempo y en cualquier parte, pero tanto más denso cuanto más cerca de la muerte”. ¿Qué te parece?

Ronsard instaba a tomar desde el primer día las rosas de la vida. En sus póstumos Les derniers verses, plasmó la triste soledad de sus últimos tiempos, sus noches “de anhelar dormir, esperar el alba y rezar llamando a la Muerte”. Pero antes de llegar a esos extremos, en la vejez hay todavía fulgores intensos. Cher Monsieur Ronsard, permettez-moi ajouter à vos verses: Cueillez encore gaiement les dernières roses de la vie.
(continuará)

14 de enero de 2015

Efimeridad de las rosas, de la vida (V)


Palabras clave (key words): Ronsard, Sonnets pour Hélène, Le second livre des amours

El principal objetivo de estas entradas en cadena es mostrar, a propósito de las metáforas sobre rosas, textos de diversos autores; algunos de ellos nada actuales o poco conocidos. Uno de los versos más citados de este elenco es de un poeta francés del siglo XVI, Pierre de Ronsard: el celebérrimo Cueillez dès aujourd’hui les roses de la vie (Coged ya hoy las rosas de la vida). Es, como otros expuestos, un canto al tiempo presente, una llamada angustiada a gozar de la vida y desconfiar del futuro. Ronsard conoce bien a Horacio (tradujo sus Odas epicúreas) y además vivió pronto la brutalidad y aspereza de la muerte. Con doce años entró en la corte, al servicio del Delfín, que murió tres días después, con diecisiete años. Un año más tarde fue nombrado paje de su hermana, Magdalena de Francia, casada con el rey Jacobo V de Escocia, y la reina murió a los pocos meses, sin cumplir los diecisiete. Es fácil imaginar la impresión de estos tristes sucesos en alguien asomándose al umbral de la adolescencia.

Debería ser breve, pero no puedo dejar de citar el principio del poema al que pertenece el verso de más arriba. Está en los  Sonnets pour Hélène, que Ronsard escribe, por sugerencia de la reina Catalina de Médicis, para tratar de consolar a la bella y virtuosa Hélène de Surgères, una dama de su corte que acaba de perder en la guerra al capitán Jacques de La Rivière, de quien estaba enamorada: Quand vous serez bien vieille, au soir, à la chandelle, / assise auprès du feu, dévidant et filant, / direz, chantant mes vers, en vous émerveillant: / Ronsard me célébrait du temps que j’étais belle ! […] Vivez, si m’en croyez, n’attendez à demain: Cueillez dès aujourd’hui les roses de la vie (Cuando seáis anciana, al atardecer, a la luz de las velas, / sentada junto al fuego, devanando e hilando, / diréis, cantando mis versos, maravillándoos: / ¡Ronsard me celebraba en tiempos que era bella! […] Vivid, si me creéis, no esperéis al mañana: Coged ya hoy las rosas de la vida).

Todo tiene su justa medida, lector. En otro soneto de Ronsard, de título Toma esta rosa, esta palabra se repite nueve veces. El primer cuarteto es: Toma esta rosa, amable cual tú eres; / rosa entre rosas bellas, la más rosa; / diosa en flor entre flores, la más diosa, / de las Musas, la Musa de Citeres. Tanta repetición cansa y los retruécanos y juegos de palabras. Sin embargo, hay ritmo, hay música, hay ingenio: es poesía. Otro poema de Ronsard comienza Mignonne, allons voir si la rose…, a la que ya en el siglo XVI le puso música Jehan Chardavoine y figura en cancioneros desde 1575.

No me resisto a copiar un par de cuartetos, de otro poema que está en Le second livre des amours, de1555, aunque me aparte del tema. Es sobre el amor y recuerda sin duda a otro famosísimo y excepcional de Lope de Vega: C’est mille maux pour une seule œillade, / c’est estre sain, et feindre le malade, / c’est en mentant se parjurer, et faire / profession de flatter et de plaire. / C’est un grand feu couvert d’un peu de glace, / c’est un beau jeu tout remply de fallace, / c’est un despit, une guerre, une tréve, / un long penser, une parole bréve. Grafía de francés antiguo. La traducción española: Es mil males por sólo una mirada, / es estar sano y fingirse enfermo, / es perjurar mintiendo, y hacer / profesión de adular y complacer. Es un gran fuego envuelto en poco hielo, / un bello juego repleto de falacia, / es un despecho, una guerra, una tregua, / un largo pensar, una palabra breve.

Soy un fiel admirador de la gran literatura francesa. Pero si comparo estos versos con los de nuestro Lope, tengo que decir que hay gran trecho entre ambos, a favor del español. Hablaré un poco más de Ronsard y de La Pléiade en otra entrada.

(continuará)

11 de enero de 2015

Efimeridad de las rosas, de la vida (IV)


Palabras clave (key words): Eclesiastés, Horacio, Torquato Tasso, Luis Alberto de Cuenca

En todas las literaturas se encuentran metáforas o símiles que relacionan las rosas —su belleza, su caducidad— con el propio devenir de nuestras vidas. Todo responde al doloroso sentimiento de que el mundo es bello, pero imperfecto, y la vida fugaz. Algo que desgarró pronto el corazón del hombre y fue proclamado desde las más antiguas narraciones. De todos esos antiguos relatos tristes y pesimistas, uno de los más hermosos y profundos es el Eclesiastés. Sin embargo, no se encuentra en él, ni una sola vez, la palabra rosa, como ejemplo de la vanidad última de la existencia.

Como reacción frente a esa pobre realidad, una de las expresiones más conocidas es carpe diem (aprovecha el día), acuñada por el poeta latino Horacio, en su libro primero de Odas, la número once, exactamente, dirigida a Leucónoe; la que empieza: No preguntes, Leucónoe —pues saberlo es sacrilegio— qué final nos han marcado a mí y a ti los dioses. En ella no aparece tampoco la palabra rosa, aunque sí se habla de algo remotamente vegetal, un producto derivado de la uva: el vino.

La leo en la espléndida traducción de las Odas, de mi buen amigo el profesor José Luis Moralejo, que pronunció, hace ya algún tiempo, unas palabras en la presentación de uno de mis libros en Madrid. Es al final cuando Horacio escribe: Carpe diem, quam mínimum crédula postero (échale mano al día, sin fiarte para nada del mañana). En Odas I, 9 ya está prefigurada esta urgencia por sacar todo el partido posible a la vida. Tampoco hay aquí referencias a las rosas, pero sí, otra vez, al vino: Y cada día que la Fortuna te conceda, sea como sea, apúntalo en tu haber y vierte sin tasa de un ánfora sabina vino de cuatro años. Sin embargo, en Odas I, 5, sí se habla de rosas, en el apropiado contexto de un feliz encuentro amoroso: ¿Qué esbelto mozo, en medio de abundantes rosas y bañado en límpidas fragancias, te abraza, Pirra?

Otro autor de la misma tierra italiana, Torquato Tasso (1544-1595), pobre poeta lleno de dudas y de temores, atenazado por el constante terror de haber caído en la herejía y que murió atormentado por la locura, insiste en recomendar esta manera de afrontar la existencia. Y también menciona a la rosa: Mentre che v’apre il ciel puro il giorno, / cogliete, o giovinette, il vago fiore / de vostri più dolci anni. […] Verrà poi’l verno, che di bianca neve / sole i poggi vestir, coprir la rosa. Mientras que el cielo os abre puro el día, / coged, oh jovenzuelas, la flor vaga de vuestros más dulces años. […] Vendrá luego el invierno que de blanca nieve / suele vestir las cumbres, cubrir la rosa.

Querría terminar esta entrada con los versos de un poeta español contemporáneo, Luis Alberto de Cuenca, que toma el título de Ausonio: Collige, virgo, rosas. Es uno de los que con más ardor y vehemencia instan a gozar del instante, a arrancar las rosas, con una violencia casi excesiva y con una referencia final muy española y trágica a la Muerte. Dice el poema: Niña, arranca las rosas, no esperes a mañana. / Córtalas a destajo, desaforadamente, / sin pararte a pensar si son malas o buenas. / Que no quede ni una. […] Y que la negra muerte te quite lo bailado. La invitación —podría escribirse la orden, el ultimátum— es clara, no tiene nada de ambigua.

Obviamente, para enfatizar la brevedad de la vida y aconsejar el disfrute de los placeres mientras se pueda, no hace falta citar a las rosas. Pero es verdad que en muchos casos, los escritores lo han hecho así. He recogido aquí algunos ejemplos, tratando de mostrar autores de diversas épocas. Quiero terminar esta pequeña antología con el poeta francés que ya mencioné, Pierre de Ronsard, y con alguien más, pero será otro día.

(continuará)