3 de marzo de 2015

Sobre los idiomas, sus dificultades, su olvido (II)


Palabras clave (key words): Asín y Palacios, letras árabes, deseos imposibles de viejos.

Lo de mis estudios de árabe parece increíble y tengo que contarlo un poco mejor. No pude jamás asistir a las clases en la facultad, porque trabajaba ya en mi hospital, y no sé cómo se desarrollaban. No sé si se leía algo en árabe, si los alumnos se iniciaban en la conversación, etc. En el examen, se trataba sólo de traducir uno de los textos que integran la última parte del libro Crestomatía de árabe literal, del insigne arabista Miguel Asín y Palacios. La obra consta también de una primera parte de gramática y de un reducido diccionario en el que figuran todas las palabras que aparecen en los textos finales, lo que facilita la traducción de los mismos.

La dificultad de los exámenes era, pues, razonable. Y luego estaba aquella joven, licenciada o doctora en árabe, cuyas clases particulares me recomendaron los expertos, para aprobar la asignatura, dedicándole uno o dos meses. No pertenecía al claustro, pero la conocían en toda la facultad. No escribiría aquí su nombre y tampoco lo recuerdo. En clase, por la tarde, en su casa, éramos unos seis o siete alumnos, todos con el mismo propósito: pasar el examen de una lengua no fácil, de la que ignorábamos todo.

Al principio ni sabíamos los nombres de las letras. La segunda letra del abecedario árabe, Ba ͗, cuando va aislada o al final de palabra se escribe y no era infrecuente referirse a ella como ‘la barquita con el punto debajo’. Lector, para hacer este alarde de conocimientos he tenido que valerme del libro de Asín, que conservo, porque todo esto lo tengo olvidado con desmesura, como ya afirmé. Bueno, pues con algún empeño nuestro y la rara y portentosa habilidad de aquella buena mujer, bastantes de los discípulos congregados en sus clases lográbamos pasar el examen; hasta con nota. Refiero estos detalles para hacer verosímil mi relato; espero haberlo conseguido.

Con esta base tan inestable no es de extrañar que haya olvidado mi árabe. Aun así, me sorprende la magnitud del desastre, el derrumbe tan total de aquel pobre armazón que pude construir en algún tiempo. En ninguna otra área del conocimiento me ha sucedido algo parecido. De hecho, hasta existe la vaga creencia popular de que ciertas cosas no se olvidan nunca, o se conservan en buena parte, o son fáciles de recordar de nuevo. Quizá las hay, como montar en bicicleta, patinar… No el árabe, no el mío.

Escribiendo esta entrada he querido revivir aquella historia, aquel trozo de mi vida. Esto es algo que ocurre frecuentemente cuando se tienen ya unos años: el deseo, a veces repentino e imperioso, de reconstruir un determinado escenario del pasado. Daría cualquier cosa por saber el nombre de la joven arabista, dotada por el buen Dios para hacer que sus alumnos aprobaran árabe, quizá con la ayuda directa en el examen del mismo Dios que le dio a ella el don. Y he querido saber de mi amigo, mi profesor de árabe, para tratar quizá de verle y contarle que se equivocó conmigo cuando me aprobó, que debiera haber previsto que cincuenta años más tarde yo no sabría una palabra de árabe, que lo engañé sin querer —no, no, queriendo— y, en fin, para charlar un rato.

 He mirado, claro, en Internet. Y como ya me ha ocurrido algunas veces en trances parecidos, me aguardaba el desastre, la noticia pésima, la tristeza. Joaquín Vallvé Bermejo, de quien no sabía nada desde los tiempos del Colegio Mayor, no podrá ya nunca reunirse conmigo. No es la primera vez, ya digo, y siempre me deja el mismo amargor. Porque veo que me descuidé mucho, que debería haber gestionado antes el reencuentro. Que la vida había pasado ya y demasiadas cosas no tenían remedio. Me gustaría decir algo de él póstumamente y lo haré en otra entrada, si no os parece mal.

(continuará)

1 de marzo de 2015

Sobre los idiomas, sus dificultades, su olvido (I)


Palabras clave (key words): Unamuno, García Lorca, idioma árabe, Joaquín Vallvé.

He escrito cuatro entradas sobre dos cocineros de los siglos XIV-XV. Y todo, en el fondo, porque quise saber si Jean de Belleville, uno de ellos, ‘ofició como cocinero’ —la reverente expresión no me parece desajustada, hoy día— en un banquete que se celebró el 14 de febrero de 1416, en Chambéry, de Francia. Alguien podría pensar, y yo mismo, que estoy perdiendo el oremus, que se me fue la cabeza. Por si acaso, cambiaré de rumbo y contaré ahora algo de mi vida. Lo hago con reluctancia, pero el asunto me parece medio divertido y me permitirá alguna elucubración.

Me resisto a hablar directamente de mí. Otra cosa es lo que se trasluzca en mis escritos, que eso resulta inevitable. Me ha llevado a vencer esta discreción mía, el haber encontrado coincidencias entre mi caso y lo ocurrido con Don Miguel de Unamuno y García Lorca. Que parentescos me busco, ¿verdad? Bueno, me explico enseguida.

Don Miguel, en el prólogo a la tercera edición de su interesante, e insistente, Vida de Don Quijote y Sancho —todo lo que roza al Quijote está mágicamente destinado a encandilar y pervivir—, escribió: “He olvidado todo el poquísimo árabe que me enseñó el señor Codera en la Universidad de Madrid, ¡y me dio el premio en la asignatura!”. Francisco Codera Zaidín fue un filólogo, arabista y erudito español, que desempeñó la cátedra de griego en Granada, hebreo en Zaragoza y árabe en Madrid. Fue sobre todo arabista y entendidísimo en arqueología numismática.

Pero, querido Don Miguel, ¿cómo pudo usted olvidar todo el árabe que aprendió? Es que hay cosas que no se entienden. Federico García Lorca no tuvo quizá ni ocasión de olvidar, porque seguramente aprendió mucho menos que Don Miguel. Mi deducción se basa en que ni siquiera se presentó a examen, aunque se había matriculado, según leo en la excelente y minuciosa biografía de Ian Gibson.

¿Y qué me pasó a mí? Pues que, por haber hecho el bachillerato de Ciencias, no estudié griego y por ello, al llegar a la facultad de Filosofía, me decidí por el árabe. Simultaneé los estudios con los de medicina, pero el árabe no pude y lo fui dejando. Me examiné en junio del 63, ya con mi carrera de médico terminada y con deberes profesionales. Y, lo que son los milagros, fui capaz de traducir los textos que nos dieron y obtuve Sobresaliente en el primer curso y Notable en el segundo, que los hice a la vez. ¿Y por qué cuento esto? Para presumir, ¿no? ¿Y que tiene esto de medio divertido?

Un momento, lector, dame un respiro. Lo que quiero hacer constar es que, como Don Miguel, he olvidado todo, absolutamente todo, mi árabe y sé muy bien que eso ya no podré enmendarlo. Lo que me lleva a hacer algunas consideraciones, sobre los idiomas y el saber en general, que dejaré para otra entrada. Lo de medio divertido viene de que, en los meses anteriores al examen, comía casi todos los días con el profesor de la Complutense que me tenía que examinar, Joaquín Vallvé Bermejo, en el Colegio Mayor Menéndez Pelayo, en el que estábamos ambos. Al aproximarse la fecha fatídica, las bromas y la rechifla de los colegiales —unos cuarenta— eran continuas, rogando todos al profesor Vallvé que se apiadara de mí y sacándome los colores continuamente. Luego, cuando aprobé con buenas notas, Joaquín defendió siempre que había sido justo al calificarme. Y yo creo, sinceramente, que lo fue y perdón por la inmodestia.

¿Pero cómo se puede olvidar tan completa e irremediablemente lo que se aprende? No recuerdo ni siquiera el vocabulario, sólo las tres primeras letras, y no identifico las figuras de las mismas. ¡Qué desengaño, qué inmensa tristeza! Es la ignorancia la que no ocupa lugar; el saber sí. Y además exige trabajar sobre él para no agostarse y acabar en la nada.

(continuará)

27 de febrero de 2015

Masterchefs de los siglos XIV y XV (fin)


Palabras clave (key words): Conde Verde, Amadeo VIII, Jeanne de Belleville.

Quedan cabos por atar. El arranque de estas entradas sobre cocineros medievales partió de una novela de Henry Bordeaux, Les Roquevillard, donde se menciona a Jean de Belleville como oficiante del banquete ofrecido por Amadeo VIII de Savoya al emperador Segismundo, el 14 de febrero de 1416. Vimos que la autoría no era cierta, pero sí lo es que Jean de Belleville fue cocinero de Amadeo VI, el Conde Verde, de 1348 a 1367, e inventor del famoso pastel de Saboya. Esto está documentado en el citado libro de Gabriel de Mortillet (1821-1898), eminente arqueólogo y antropólogo, dedicado a la investigación de la prehistoria y el Paleolítico y erudito de toda garantía. Al Conde Verde lo llamaban así porque en los torneos iba vestido de verde, con banderolas y miembros de su escolta vestidos de ese color. Era valiente y tenía el dudoso defecto de ser bastante mujeriego. De eso quizá le vino ser astuto, taimado y hábil mediador en conflictos, como el surgido entre Pisa y Florencia en 1364. Para compensar su afición por el mujerío, fundó la Orden de la Santísima Anunciación.

Amadeo VIII, primer duque de Saboya, fue el verdadero artífice de la dinastía. En el año 1434, al morir su esposa, abdica, funda la Orden de San Mauricio y vive como un ermitaño con otros cinco caballeros en Ripaille, junto al lago Léman. Cinco años más tarde fue investido antipapa, cuando al entonces Papa Eugenio IV le arrebataron su dignidad y fue declarado hereje. ¡Cómo de mudable es la Fortuna, de Papa a hereje! Sin embargo, la realidad puede ser engañosa: Eugenio IV continuó siendo Papa y la vida de Amadeo VIII, antipapa Félix V, tampoco cambió. Recibió sus títulos en la catedral de Lausana, ante los pocos que reconocieron su autoridad, y ocupó este cargo en buena manera ficticio hasta que se sometió al Papa Nicolás V y fue hecho cardenal de Santa Sabina, en 1449. Murió dos años más tarde en Génova y fue enterrado en Ripaille, hasta que trasladaron su cadáver a la capilla de la Sindone, en Turín.

También dejé pendiente contar algo de Jeanne de Belleville (1300-1359), la ‘tigresa bretona’. Es más o menos coetánea de Jean de Belleville, nuestro cocinero, y también se la conoce como Jeanne de Clisson, porque contrajo segundas nupcias con Olivier IV de Clisson, en 1330. Este noble fue decapitado por orden del rey Felipe VI de Francia, en 1343, y la viuda juró que vengaría su muerte. Jeanne levantó un ejército contra el rey y mandó armar dos navíos para hostigar a los barcos franceses, a los que causó importantes daños, transformándose en una auténtica corsaria. Tras diversos encuentros, sus barcos fueron sometidos, pero Jeanne logró escapar con sus hijos en un bote. Refugiada más tarde en Inglaterra, casó de nuevo con un noble inglés, Walter de Bentley, que luchó en Francia con las tropas de Juan de Monfort. Ella  se retiró en Hennebont, en Bretaña, en donde murió en el año 1359.

También quedé en decir algo sobre el pastel de Savoya, creado por el chef Jean de Belleville. No puedo hablar aquí de sus ingredientes y elaboración, pero si alguien está interesado, le ruego que me lo haga saber. Lector, ya ves que en todas las épocas hay personas singulares y situaciones extrañas o paradójicas. En pleno siglo XIV, tienes a Jeanne de Belleville, hecha una tigresa y corsaria, guerreando contra el rey de Francia y a Jean de Belleville, tan feliz en su cocina, creando pasteles e inmortalizándose.

El cocinero Chiquart utiliza ya el baño María en el siglo XV. Ferrian Adrià, en nuestra época, utiliza el Rotavapor, un sencillo aparato de los años cincuenta, corrientísimo en cualquier laboratorio y que, en esencia, sirve para lograr la ebullición de los líquidos a menor temperatura, operando con presión reducida. Todo es diferente, todo es igual. Nihil novum sub sole.

25 de febrero de 2015

Masterchefs de los siglos XIV y XV (III)


Palabras clave (key words): cuisinier savant, recetas para enfermos, con oro, perlas…

Delineo un poco más la figura del cuisinier savant, que empieza a fraguarse ya en esta época medieval, prerrenacentista. Al no existir medicamentos eficaces para el tratamiento de las enfermedades, se recurre a las normas dietéticas en la lucha contra las epidemias. Por otra parte, la alquimia goza de gran popularidad y sus procedimientos y útiles se trasladan a la cocina, como el llamado baño María —este, en realidad, se remonta a la Alejandría de los primeros siglos de nuestra era, inventado por María la Hebrea, que desarrolló otros instrumentos mucho más complicados como el tribikos y el kerotakis—. Resulta, además, que en la corte del duque Amadeo VIII de Saboya, hay astrólogos y el médico italiano al que ya me referí, Antonius Guaynerius, estudioso del poder curativo de las piedras preciosas. Como ocurre otras veces, la conjunción de diversos factores crea el ambiente para que surja un nuevo fenómeno.

La cocina empieza a constituirse en un arte y una ciencia y el Maestro Chiquart, en sus recetas, no deja de utilizar palabras grandilocuentes para describir sus procesos culinarios innovadores y reclamar exigencia en las técnicas y resultados. Habla también de las normas de higiene y limpieza y enumera las necesidades de material de trabajo y personal competente para confeccionar los diferentes platos o salsas. Es algo más que un simple trabajador manual y se muestra vanidoso cuando explica su oficio. Recurre a veces a expresiones y citas de autores latinos para cimentar sus ideas. Es claro que ha manejado libros de medicina y enciclopedias, abundantes entonces. Compone hasta versos en francés. En fin, es un hombre culto, que ha trabajado y conoce de cerca a los poderosos del momento: emperadores, reyes, príncipes, etc.

No tengo más remedio que mostrar la primera receta de las dedicadas a enfermos, en el capítulo Nota pro infirmis. Se trata de cocinar un capón con extractos de oro, perlas y piedras preciosas. Es muy larga y he de reducirla sin contemplaciones:

El que vaya a hacer el fortificante (restaurand, en francés del siglo XV), deberá tener un matraz ancho, sólido, que lavará y aclarará bien y delicadamente. Tomará uno o dos capones muy buenos, los desplumará y los picará muy finamente, carne y huesos juntos, para poder meterlos en el matraz, junto a agua de rosas, agua fresca y un poco de sal. También una onza o más de perlas finas, metidas en un saquito de seda fuerte o lino, que introducirá en el matraz. También piedras preciosas muy buenas y virtuosas, como diamantes, rubíes, zafiros, turquesas, esmeraldas, coral, crisolitos, berilio, topacio, calcedonias, crisoprasas (siempre las que el médico ordene), que meterá en otro saquito fuerte, para que no se rompa y las piedras no se mezclen con la carne del capón. Añadir 60 a 80 piezas de oro fino (ducados, joyas, etc., bien lavados), que puedan pasar por el cuello del matraz, que taponará para que no se escape el vapor.

A continuación, una marmita bien ancha, para que quepa en ella el matraz, se llenará de agua fresca y se hará hervir con un buen fuego de carbón, hasta que el fortificante este bien cocido. Se saca entonces el matraz y se coloca sobre una madera caliente cubierta con un paño, dejándolo allí hasta que se enfríe y se pueda coger con las manos sin quemarse. Se echa el contenido sobre un tamiz (un colador) nuevo, no utilizado antes, colocado en un plato de oro. Se retiran los saquitos de perlas y piedras y el oro y se prensa para obtener la mayor cantidad de filtrado. Este se pasa después a una cacerola de oro y se lleva al enfermo, que lo tomará según las órdenes del médico.

Me he demorado en la descripción de esta receta de Chiquart para dar una idea de cómo podía ser una cocina ducal del siglo XV. Quedan tantos cabos por atar, que tendré que escribir una entrada más. Y terminaremos.

(continuará)

22 de febrero de 2015

Masterchefs de los siglos XIV y XV (II)


Palabras clave (key words): Maistre Chiquart, piedras preciosas, Antonius Guaynerius.

No pensaba yo que se iba a complicar tanto esta entrada, pero el diablo enreda sin descanso y siempre encuentra en mí una presa facilona: me empeñé en saber si Jean de Belleville podía ser, a la vez, el cocinero de Amadeo VI de Saboya, de 1348 a 1367, tal como afirma Mortillet, y el de Amadeo VIII, en 1416, como cuenta Bordeaux. Incluso asumiendo que empezara con Amadeo VI, el Conde Verde, como simple pinche, tendría que haber nacido, como muy tarde, hacia 1300-1350 y habría de tener entre 81 y 86 años en 1416. Edad no imposible en ninguna época, —un día me gustará hablar de la diferencia entre ‘esperanza de vida al nacer’ y longevidad, que son términos nada sinónimos—, lo que es poco probable. Aparte de que en el texto de Mortillet se expresa claramente que tenía categoría de cocinero.

Y ya me tienes, lector, buscando e indagando como un poseso. Y si quizá el diablo me empujó en todo esto, el buen Dios me ayudó e hizo que diera, en un manuscrito de 1420 (el Ms. S 103, en la Biblioteca Cantonal de Valais, en Sion), con el libro Du fait de cuisine (Asuntos de cocina), del Maistre Chiquart. No, no tuve que ir hasta la bella ciudad suiza; la obra estaba, está, en la Red. Este Maistre Chiquart era, ni más ni menos, el cocinero de Amadeo VIII cuando escribió el libro, sólo cuatro años más tarde del banquete al Emperador, de 1416. O sea, que fue él, y no Jean de Belleville, quien lo sirvió y Bordeaux se equivoca.

El manuscrito es una colección de menús, recetas de cocina y consejos prácticos, con un prólogo, y seguramente fue escrito a instancias del duque. También hay una lista de alimentos recomendados o prohibidos en tiempos de peste. Casi todos los tratados médicos de esa época tienen una sección dedicada a la dieta que conviene adoptar en las epidemias y se estimaba que todo cocinero de corte debía conocer esa literatura. El duque fomentaba con pasión las ciencias y las artes y la cocina tenía su lugar entre ellas. Se observa un reflejo de este ambiente y auge cultural en el libro de Chiquart.

En esa época la alquimia gozaba de prestigio y por ello, en la receta 65, de la que hablaré más tarde, se puede ver cómo el oro, perlas y piedras preciosas se combinan con capones en ciertas preparaciones culinarias. En otro libro, escrito por el propio duque, se asegura que estas creaciones de Chiquart no son una fantasía insensata, sino que derivan de la realidad científica, según las mejores autoridades del momento. Téngase en cuenta que en la corte saboyana actuaba como médico extraordinario Antonius Guaynerius, famoso médico italiano que prescribía piedras preciosas para el tratamiento de diversas enfermedades. El cocinero había de tener en cuenta los gustos e ideas de su patrón y las comidas tenían que ser lo mejor y más sano que se pudiera servir entonces.

Olivier de la Marche (1425-1502), cronista de la corte de Borgoña, publicó en 1562 sus Memorias de Messire Olivier de la Marche y en ellas describe algunas de las funciones del maestro cocinero: “Debe mandar, ordenar y ser obedecido y debe tener una silla entre los trincheros y la chimenea, paras sentarse y reposarse si fuera necesario. La silla ha de estar colocada de forma que pueda ver y vigilar todo lo que se hace en la cocina. Y debe tener a mano un cucharón de madera que le sirve para dos fines: uno, para probar los potajes y las sopas, y dos, para echar a los niños de la cocina”. Me ha hecho gracia último este detalle y por eso lo cito.

Se ve cómo ha aparecido ya, en esta sociedad principesca, una figura de cocinero de altura, de prestigio, que no tiene nada que envidiar en consideración a sus colegas más actuales. La perfilaré más en una próxima entrada, que queda mucho en el telar.

(continuará)

21 de febrero de 2015

Masterchefs de los siglos XIV y XV (I)


Palabras clave (key words): Ferran Adrià, Les Rocquevillard, Jean de Belleville.

En alguna de mis entradas quizá parecí algo crítico respecto a la alianza de los placeres gastronómicos e intelectuales, que postula y propugna Ferran Adrià. Nada más alejado de mis convicciones. De hecho, reconozco que, entre dedicarse a desliar algunos pensamientos enmarañados, tras ingerir una Delikatesse del famoso chef, o hacerlo tras comer una buena fabada, hay diferencias sustanciales: mucho más funcional y efectivo lo primero. Claro, se me puede argüir, que también uno puede atacar resueltamente la fabada y dejar lo de pensar para mejor ocasión, lo cual es perfectamente lícito.

Me refiero al tema, porque acabo de leer otro de esos libros antiguos que me interesan por muchas razones, Les Rocquevillard, de Henry Bordeaux, 1906, encontrado en una librería de viejo. Bordeaux, nacido en la Haute-Savoie, ejerció como abogado durante toda su vida y fue elegido miembro de la Academia Francesa en 1919. No es un libro como para recomendar ahora, aunque, como suele suceder en estos casos, se encuentran en él detalles curiosos, difíciles de hallar en obras modernas. El azar ha hecho que encuentre allí una referencia a un famoso cocinero de principios del siglo XV, Jean de Belleville (no confundir con su coetánea Jeanne de Belleville, la ‘tigresa bretona’).

En la novela, ambientada a finales del siglo XIX, un noble, llamado M. de la Mortellerie, cuenta al protagonista —en realidad el protagonismo recae en toda una familia— que, en la recepción que Amadeo VIII de Savoya ofreció al emperador Segismundo el 14 de febrero de 1416, se dio un banquete “dressé par Jean de Belleville, l’inventeur du gâteau de Savoie. Les viandes étaient dorées, chargées d’ornements et de banderoles aux armes des convives et chacun recevait les mets qui lui étaient destines en portion simple, double ou triple suivant son rang. Il faut manger, non pas selon son appétit, mais selon son importance” (servido por Jean de Belleville, inventor del pastel de Saboya. Las viandas eran doradas, cargadas de ornamentos y banderolas con las armas de los comensales y cada uno recibía los platos que le estaban destinados, en porción simple, doble o triple, según su rango. Hay que comer, no según el apetito, sino según la importancia).

Estoy casi seguro de que algunas de estas ideas podrían serle útiles al señor Adrià en sus happenings. Cualquier especialista en heráldica, en un momento, puede informar sobre las armas y banderas de los comensales y una rápida consulta al Who’s who permite conocer su categoría de ministro, subsecretario o simple director general, para proceder en consecuencia al repartir las porciones.

Quise saber más de este Masterchef del siglo XV. No fue fácil, pero encontré un libro, publicado en Chambéry en 1861 y escrito por Gabriel de Mortillet, Guide de l’étranger dans les départements de la Savoie et la Haute-Savoie, con el siguiente texto: C'est dans le val de Belleville que naquit Jean de Belleville, cuisinier du Comte-Vert, de 1348 à 1367, qui s'est immortalisé en inventant le gâteau de Savoie (Fue en el valle de Belleville donde nació Jean de Belleville, cocinero del Conde Verde, de 1348 a 1367, que se inmortalizó por inventar el pastel de Saboya). ¿Pudo servir este chef el banquete mencionado, en el año 1416, o hay un error de Bordeaux o de Mortillet?

Lector, pretendía que esta entrada fuera breve y no lo logro. Te gustará, como a mí, saber algo más del cocinero, del Conde Verde, la receta del pastel de Saboya, la tigresa bretona, etc. Piensa que, tras el banquete, Amadeo VIII fue hecho duque y luego antipapa. Todo te será desvelado, si lees una próxima entrada que tendré que escribir.

(continuará)

17 de febrero de 2015

Eterna lucha entre animales inocentes


Palabras clave (key words): De Goupil à Margot, luchas animales, relato Juicio final.

He hablado algo del escritor francés Louis Pergaud y tomé una historia de su libro De Goupil à Margot. Me siento obligado a escribir un poco más sobre todo esto.

Hacia el siglo XII, la antigua palabra francesa ‘goupil’ —derivada de la latina vulpécula, diminutivo de vulpes— era la que designaba al animal que hoy se llama en francés moderno renard, zorro en español. El libro de Pergaud, cazador e hijo de cazadores, nacido y criado en un ambiente rural y conocedor profundo de la naturaleza, del bosque y de los animales que lo pueblan, narra la vida y los avatares de estos, a los que dota de rasgos antropomórficos, muy capaces de suscitar empatía en el lector.

También hay lugar para la fantasía y hasta para el capricho en las historias que lo componen: desde un zorro al que un cazador bromista le ata, después de cazarlo en una trampa, un cascabel al cuello, con lo que le resulta casi imposible cazar y casi enloquece, hasta una urraca, encerrada en una jaula en una taberna, a la que los clientes hacen beber alcohol y emborracharse. En un episodio de ebriedad hace caer una lámpara y muere abrasada viva. Es el más triste y cruel de todos los relatos.

Los animales expresan sentimientos semejantes a los humanos, de manera que se llega fácilmente a compartir sus temores y sus angustias. Son víctimas de otros animales y, por supuesto, de uno singularmente sanguinario: el hombre. Hay un topo, sujeto a un apareamiento necesario y brutal; una comadreja cogida en una trampa que logra liberarse, dejándose parte de sus patas anteriores en el cepo, y que al final muere al ser atrapada por un aguilucho, al que también es capaz de matar mientras se la lleva volando: los dos animales caen a tierra heridos de muerte. Está también la liebre Russard, que es atacada por una legión de conejos; la ardilla Guerriot, víctima de un cazador; la rana tragada por una culebra y que se libra cuando esta es atacada por un cernícalo… En fin, un libro de amor a la naturaleza y bella prosa, lleno de horrores y zozobras, que el autor sabe trasladar muy eficazmente desde los animales al hombre. Ya dije que fue premio Goncourt.

Tengo bastantes cosas escritas y he hurgado con mi pluma muchos aspectos de la realidad y los sueños. En un antiguo relato mío, de título El gran juicio, me refiero a esta lucha incesante por la supervivencia entre muchas especies animales, en el marco de un imaginado juicio final: “De repente, un grito de dolor agudísimo, de terror y espanto inauditos, sobrecogió a todos los presentes. El grito era como la condensación en un instante de todos los gritos que millones de animales habían proferido cuando habían sido abatidos por sus depredadores naturales a lo largo de los siglos. Tenía el sabor amargo de la muerte inesquivable, sentida ya, sin escapatoria posible, por seres inocentes, víctimas de otros seres inocentes, que los inmolaban sólo para poder vivir —porque éste había sido el torpe mecanismo dictado e impuesto para su supervivencia— y se derramó por el valle entero, haciendo temblar a los reunidos”.

En mi relato, en el enorme valle en que se hallan reunidos todos los seres de la creación para ser juzgados, también hay algunas preguntas difíciles al Dios, allí presente: “¿Por qué, clamó una voz más lejana, la ferocidad estaba inscrita en la vida misma de tantos animales que carecían de razón y mataban, porque estaban hechos y dotados exquisitamente para matar? ¿No podrían haber subsistido de alguna manera diferente, menos brutal y cruenta, sin destrozarse unos a otros?”.

Al final, un acontecimiento fortuito también me decidió a comentar el libro de Pergaud y mencionar mi viejo relato. He recibido, de uno de mis lectores más fieles, un vídeo, extraordinario en su realización —probablemente una composición—, pero también horrible. Lector, te doy aquí el vínculo, para que lo puedas ver:

14 de febrero de 2015

El cazador maldito, leyenda (fin)


Palabras clave (key words): Pergaud, Deubel, poetas suicidas, cazador salvaje, Conde Arnau.

Louis Pergaud nació en 1882, en la localidad francesa de Belmont, en el Franco-Condado y murió en Marcheville en 1915, con treinta y tres años. Lector, cuando encuentres un autor que muere tan joven, la causa bien puede ser esa locura que es la guerra. Como en este caso, porque Pergaud fue muerto en la primera Guerra Mundial, al atacar su regimiento las líneas alemanas, el siete de abril. Lo hirió una bala y cayó en las alambradas, de donde fue recogido por los soldados alemanes y llevado a un hospital de campaña. Al día siguiente murió allí, como resultado del bombardeo de las propias tropas, las francesas. La Muerte es a veces caprichosa e insistente.

No fue uno de esos triunfadores absolutos. Se hizo maestro, como su padre, se casó a los veintiún años y la felicidad, si llegó a mostrarse, lo acompañó poco más de tres años. Se separó entonces de su mujer y marchó a París, a la casa de otro escritor amigo, Léon Deubel, quizá el último de los poetas malditos. Este vivió treinta y cuatro años y se suicidó arrojándose al río Marne, en 1913, después de haber quemado muchos de sus escritos. Tiene una obra extensa para su corta vida y vivió y murió pobre. Pergaud escribió una muy bella introducción a su libro Régner. También fue uno de los que le identificaron en la morgue, después del suicidio. Eran poetas amigos a los que unió el destino, el infortunio, la inadaptabilidad y la desesperanza.

Deubel recibió en cierto momento una herencia de doce mil francos, una suma de cierta importancia en la época, pero se la gastó en poco tiempo. Parte en Italia, cuya luz lo embriagó y en donde quizá gozó esa pequeña parte de felicidad a la que se tiene siempre derecho. Lo sacaron del río a los seis días de su muerte y en sus bolsillos había seis francos. Cuando descolgaron el cadáver del poeta Gérard de Nerval, que se ahorcó en una farola de París una mañana del invierno de 1855, en su pantalón había dos francos, cantidad más o menos equivalente, considerando la depreciación de la moneda, según comentó Jean Mistler, Secretario perpetuo de la Academia Francesa.

Muestro también una emotiva declaración de otro poeta francés, Léon Bocquet, en la que menciona a Deubel y Pergaud, muertos ya ambos: Te nombro, Léon Deubel, como otras veces. Te llamo al país de las sombras en donde se te ha unido Pergaud. ¿Me oyes, reconoces mi voz? Escucha y sé feliz. Hay jóvenes […] que te prometen que mañana tus versos florecerán en los labios de mujeres hermosas.

¡Cuántos poetas tristes! ¡Cuántos escritores acabaron voluntariamente sus vidas! He citado a Nerval; hizo una traducción del Fausto, que entusiasmó a Goethe, que llegó a decir que la prefería al original alemán. O José Asunción Silva, el poeta colombiano que a los treinta años hizo que un médico, amigo de la infancia, le dibujara una cruz en el lugar exacto del corazón y se disparó un tiro al día siguiente. Su último cheque fue a un florista, para que enviaran un ramo de flores a su hermana menor. O Ángel Ganivet, que saltó al río Dvina desde el vapor que cada día lo llevaba al trabajo. Lo recogieron los viajeros y hubo de saltar una segunda vez, para pasar por fin a la otra orilla tenebrosa de la existencia, con treinta y dos años. O Vladimir Maiakovski, o Cesare Pavese, o Paul Celan, que se arrojó a otro río, al Sena, desde el puente Mirabeau, en 1970.

Quería haber dicho algo del libro de Pergaud, poco conocido —es infinitamente más popular su La guerra de los botones, de 1912, llevada al cine—. Y sobre la leyenda del cazador maldito, el mito europeo y universal del Wild Huntsman, seducido por el demonio, que cabalga en la noche y puede aparecerse a los mortales. En España, en la mitología catalana, el conde Arnau es condenado a montar eternamente durante la noche en un caballo negro que echa fuego por la boca y los ojos…

Quizá en alguna otra entrada...

13 de febrero de 2015

El cazador maldito, leyenda (I)


Palabras clave (key words): Louis Pergaud, Goncourt, leyenda del cazador maldito.

Ya dije que amo los libros antiguos. También los modernos, claro: amo los libros. Leo ahora uno que fue premio Goncourt hace más de cien años, en 1910. Lo compré sólo por eso, pero luego alguna razón más me ha hecho traerlo a este blog. Se titula De Goupil a Margot y su autor es Louis Pergaud. Como mis lectores gustan de leyendas, tomo una de él. C’était il y a des temps, des temps… Me encantan estas fórmulas algo alambicadas que se usan en muchos idiomas para empezar un cuento. Es un aviso del narrador para indicar que se parte hacia un mundo diferente, extraño y fantástico. Ahí va:

Una mujer muy mayor cuenta la historia a un grupo, en torno a la chimenea: Era Nochebuena y se acercaba la hora del oficio divino. En el castillo, cuyas ruinas todos conocéis, apareció un hombre al que nadie había visto jamás por estas tierras y preguntó por el conde. Habló con él y le dijo: Señor conde, hay cientos de jabalíes reunidos en el fondo del valle de los lobos y con el bello claro de luna será fácil darles caza.

En un momento, el conde, cazador apasionado, olvidó sus deberes religiosos, llamó a sus criados y mandó ensillar los caballos y preparar los perros. Sin embargo, su piadosa esposa lloró tanto y le rogó tanto, que el conde consintió por fin en ir al oficio y ocupar su puesto en la iglesia, en el sillón rojo, bajo el baldaquín dorado, que le estaba reservado por su dignidad.

Ya habían comenzado los cantos y el conde aún estaba con el ceño fruncido, a disgusto. En ese momento, el mismo misterioso desconocido entró en la iglesia y, sin persignarse ni tomar el agua bendita, se dirigió de nuevo al noble y le habló al oído. El débil conde ya no pudo aguantar más y, a pesar de las miradas suplicantes de su dama, salió de la iglesia, seguido de sus criados. Muy pronto se pudo oír el ladrido de los perros y durante la misa se percibían como una blasfemia los gritos de la lejana caza en el valle. Los asistentes a la misa tenían lágrimas en los ojos y rezaban con fervor.

El ajetreo duró la noche entera hasta que, de repente, cesaron los ruidos. Pero el señor conde no volvió al castillo y nunca más apareció de nuevo. Como si la tierra se lo hubiera tragado, junto a sus criados y la jauría. Es fama desde entonces que su impiedad fue condenada por Dios y que está en el infierno expiando su sacrilegio. Además está condenado a volver cada cien años, en Nochebuena, con sus perros y andar vagando de caza toda la noche. La pobre condesa murió poco después de tristeza en un convento y en cuanto al misterioso personaje que propuso la caza, nunca más se le vio por la comarca y todo el mundo quedó convencido de que era el Diablo.

La vieja que contaba la historia junto al fuego, rodeada por todos los miembros de la familia, añadió que ella no había oído jamás esa caza nocturna, pero su madre le contó que su abuela sí la había oído una vez. En ese mismo instante, unos gritos lúgubres se dejaron oír y atravesaron el pueblo dejando una estela de horror. Ante los quejidos desgarradores, los perros empezaron a ladrar desesperadamente. Los gritos crecían amenazadores y acababan  como en un llanto. Terminaban y volvían a empezar otra vez, el aquelarre no acababa nunca. Sus modulaciones eran siempre angustiosas y se prolongaban, siguiendo un ritmo monótono y horrendo.

Los hombres descolgaron sus fusiles y las mujeres y los niños se agolparon en torno al fuego, refugiándose en la claridad y el calor, y buscando protección frente al peligro desconocido que los amenazaba. Recemos, hijos míos, recomendó la abuela, por el alma del pobre conde. Por fin pasó todo, renació la calma y los presentes entendieron que nadie volvería a tener esta visión horrísona hasta pasados otra vez cien años.

He de contar cosas del autor y de la leyenda. Será en una próxima entrada.

(continuará)

8 de febrero de 2015

La sposa del re (La esposa del rey), leyenda (fin)


Palabras clave (key words): leyenda, sirenas, rescate de la reina, justicia.

La joven reina, sigue la leyenda, no merecía la muerte porque era “bella, buena y obediente”. En el fondo del mar fue acogida por una multitud de hermosas sirenas, que cantaban dulcemente, de un modo jamás oído. La condujeron a sus ricos alojamientos y allí pudo ver a muchos hombres y mujeres, a los que el canto fascinante y traidor de las sirenas había atraído y vencido para siempre durante siglos.

Mientras tanto, el cortejo llegó al palacio real, rebosante de damas y caballeros. El rey ofreció el brazo a la desposada y al mirarla quedó como fulminado. ¡Qué fea es la reina, pensó, y a mí me pareció la más bella del mundo! También los presentes estaban maravillados y se miraban en silencio. Sólo la madre de la reina rebosaba de gozo. El rey le preguntó la razón de aquel cambio súbito y ella respondió, con el desparpajo propio de estos casos: Maestà, passò la luna, e le tolse la fortuna; passò il sole, e le tolse lo splendore. Dejo el italiano y traduzco: Majestad, pasó la luna y le quitó la fortuna; pasó el sol y le quitó el esplendor.

Se suspendieron las fiestas, el rey se refugió en sus habitaciones y estuvo tres días y tres noches sin ver a nadie, sin tomar alimento, desahogando en llanto el dolor de su amarga desilusión. Pasado un tiempo, quiso tomar un poco de aire fresco y salió al campo, solo, sin acompañamiento. Sin darse cuenta llegó hasta el mar y lanzó un hondo suspiro. Le pareció entonces oír una voz melancólica que venía de lo profundo de las  aguas: Oh, tú, que vienes a esta playa, ve al rey y cuéntale mi historia. ¿Quién eres tú, gritó el monarca, y qué quieres del rey? Entonces la voz, que era la de la obediente e infortunada reina, le contó la historia de su viaje y de sus desgracias.

El rey estaba fuera de sí ante tanta maldad. ¿Qué debo hacer para sacarte del mar y conducirte a la corte?, preguntó. Es inútil cualquier remedio, pero preguntaré a la Madre de las Sirenas. Vuelve mañana a este mismo lugar y te diré su respuesta, contestó la voz. El rey volvió al día siguiente y la misma voz le dijo: La Madre de las Sirenas me ha dicho el remedio, pero es muy arduo y complicado. Además, pienso yo que el rey ya se habrá consolado de mi ausencia y me creerá muerta.

No, no, exclamó el rey. Lo conozco y sé que es el más infeliz de los hombres desde tu desaparición. Dime el medio para salvarte. Pues bien, para que vuelva a tierra es preciso echar al mar una gran carga de vino, de queso y de pan, para saciar a las sirenas y sus prisioneros que no han comido desde hace mucho tiempo y sobrepasan en número a todos los habitantes de la tierra. Así lo cumplieron todos los súbditos del reino y así pudo regresar la reina a tierra, en los amantes brazos del rey, que la tuvo escondida hasta la noche. Se anunció que habría una gran fiesta en palacio.

En la fiesta, llena de cortesanos, la reina auténtica estaba disfrazada con ropas de forastera. El rey se inclinó ante la falsa reina y dijo a todos: Señoras y señores, os he reunido para que cada uno de vosotros cuente una historia, de amor o tristeza, que aporte alguna distracción a mi desolado ánimo. Cada uno de los invitados contó su historia, provocando las lágrimas o sonrisas del auditorio. Hasta que llegó el turno de la bella desconocida, la forastera, que contó su historia, la verdadera, la ocurrida durante el viaje del cortejo real. Todos se horrorizaron por aquella crueldad incalificable.

Cuando terminó, el rey preguntó a sus nobles: ¿Qué pena merecen los que traicionaron a esta pobre mujer? Todos propugnaron que juzgara la reina. La falsa reina, pálida como la muerte, se vio obligada a decir: Merecerían la muerte. Sea tal, decretó el rey. Entraron entonces hombres armados, que quitaron todas sus joyas a la falsa reina y la sacaron fuera, con su madre. El rey presentó a sus cortesanos la reina verdadera. Tenía los ojos del color del mar y los cabellos del color del sol.

Es una leyenda sencilla, poco conocida y levemente disparatada, que fue traducida al inglés y francés. La  presento ahora en español. La reina era un encanto, aunque quizá un poco sorda.