30 de junio de 2015

Sobre algunos periodistas de antes


Palabras clave (key words): periodismo, Jacinto Miquelarena, Eduardo Haro Tecglen.

En mi entrada anterior prometía decir algo sobre la labor profesional de algunos periodistas, sobre ese equilibrio que han de lograr entre su vocación literaria y su misión informativa. Esto importa sobre todo en corresponsales en el extranjero, puesto para el que se escoge a veces a escritores de buena pluma como el citado Miquelarena, Julio Camba, Eugenio Montes, César González Ruano, Rubén Darío y otros.

 Eduardo Haro Tecglen escribió en el 2001 un artículo, El extranjero en su patria, en el que expone los dos modelos que se propugnan para estos corresponsales. Para unos, conviene que permanezcan afincados algunos años en los países de destino, para conocer así su idioma, sus costumbres, su cultura, etc. Por el contrario, otros opinan que esto les priva de esa sensación inicial de novedad, de asombro, que debe informar sus crónicas desde un país diferente y extraño.

También discute Haro en este artículo sobre el estilo literario y el contenido informativo de sus crónicas. En él hay uno de esos párrafos espléndidos que se espigan a veces en la literatura periodística. Critica con humor el excesivo primor literario en ciertos casos: “Se podía llegar a extremos como el de que un corresponsal de ABC en Berlín, no sé si Ruano o Montes, publicara una bella crónica sobre el canto de los pájaros al atardecer en la Unter-den-Linden, el famoso bulevar berlinés, el mismo día en que se incendiaba el Reichstag”. Es una exageración, pero está llena de gracia, de intención. Al morir Miquelarena, se le encontró en el bolsillo una carta de su periódico en la que lo criticaban por “dedicarse más a lo literario que a la información”.

En mi entrada anterior hablé de Miquelarena y Pedro Mourlane, dos periodistas de la corte literaria falangista. En esta hablo de Eduardo Haro Tecglen, inclinado hacia la izquierda gran parte de su vida. Al terminar la guerra civil, su padre fue condenado a muerte y fue él, su hijo, quien solicitó el indulto, siéndole conmutada la pena por treinta años de cárcel. Haro en sus primeros trabajos escribió a favor del régimen franquista. En  un artículo de Informaciones, del veinte de noviembre de 1944, Dies irae, escribió: “Se nos murió un Capitán, pero el Dios Misericordioso nos dejó otro. Y hoy, ante la tumba de José Antonio, hemos visto la figura egregia del Caudillo Franco”. Lo justificó después por la necesidad de salvar a su padre. Luego se consideró un exiliado interior, explicó que su vida le había sido robada con la caída de la República y militó activamente en una izquierda bastante radical. En otro artículo sobre las brigadas internacionales en nuestra guerra, del dos de enero de 1999 en El País, las palabras finales son: “Gracias por todo, Stalin”.

Suelo olvidarme de las filiaciones políticas, a veces cambiantes, de las personas que evoco en estas entradas. Veo sólo seres que ya han desaparecido; los percibo a través de la confusa niebla de la muerte, varados, silenciosos y expectantes en una orilla lejana, víctimas de una ausencia desproporcionada y excesiva. Alguna vez fueron imponentes, pero ahora aparecen tenuemente iluminados en una noche eterna, inmutable, sin aurora posible. Los veo sencillos, pacíficos, sin lamentarse por la interrupción de su descanso, agradecidos y amables. Los evoco y acuden, despojados de cualquier vestigio de sus muertes diversas.

Me quedo con la graciosa y feliz ocurrencia de Eduardo Haro. Y echo de menos que, en estos días de terribles atentados en tantas partes del mundo, no haya ningún periodista que escriba sobre el canto de los pájaros en el atardecer, desde algún lugar tranquilo, y nos aleje un poco de esta oleada de furor y fuego, que arrasa a la comunidad de los hombres.

26 de junio de 2015

¡Qué país, Miquelarena!


Un amigo mío, excelente médico y excelente poeta, me envía unos versos en broma, resumiendo muy a su modo la situación en el ayuntamiento de Madrid, tras las pasadas elecciones. Lo que me da pie para divagar sobre una expresión que tuvo cierta popularidad hace ya tiempo. Los versos son estos:
Con aires de comadrona
nos va a gobernar Carmena,
ayudada por Carmona.
¡Qué país, Miquelarena!

El último verso es poco más que un ripio, pero que se ampara en algo real, un dicho de historia no tan reciente y que muchos no conocerán. La expresión fue acuñada por el periodista Pedro Mourlane, nacido en Irún, que la hizo célebre en su tiempo. Mourlane cursó estudios de Medicina y Letras en la Universidad de Valladolid y acabó finalmente como periodista, crítico literario y ensayista. Fue uno de los que intervinieron en la composición de la letra del himno falangista Cara al sol.

¿Y quién era este Miquelarena? Pues otro escritor y periodista vasco, educado en Francia e Inglaterra, muy culto, conocedor de idiomas como Mourlane, y perteneciente también al círculo literario de Falange Española. Jacinto Miquelarena nació en Bilbao en 1891 y durante la guerra civil dirigió Radio Nacional de España desde Salamanca. Fue amigo de Miguel Mihura y Jardiel Poncela y colaborador de revistas de humor, como La Codorniz y otras. Hizo una traducción del poema de título If, de Rudyard Kipling, que, cuando yo estudiaba mi carrera, se encontraba en muchos cuartos estudiantiles de los Colegios Mayores de Madrid. Umbral dijo de Miquelerena que fue uno de los grandes prosistas de su época.

Murió en París, en donde estaba como corresponsal del periódico ABC. Allí fue diagnosticado de cáncer. Esto, junto a algunas críticas de la dirección de su propio periódico sobre su actividad profesional, por dedicarse más a lo literario que a la información —sobre esto diré algo más otro día—, le llevó al suicidio en 1962. Se arrojó al metro en una estación próxima a su domicilio.

Me conmueve recordar a personas así, conocidas, más o menos famosas en sus tiempos y hoy prácticamente olvidadas. Sus vidas me hablan de la futilidad de todo, de la banalidad de muchas luchas. Lo que me queda de este mirar atrás es la tristeza de su muerte, la intuición del tenebroso mundo en el que se instalaron al final de su vivir. Y, quiero resaltar esto, a estas alturas, en el momento que escribo, constato que me importa muy poco —nada— que militaran en un partido u otro. Me queda sólo la compasión porque llegó un día en que conocieron o hasta buscaron la Muerte. La historia de todos, el fin de todos. Y me interrumpo aquí, que prometí entradas amables en este verano.

 

21 de junio de 2015

Monjas, banderas y oscuros misterios


Palabras clave (key words): dos monjas catalanas, industria farmacéutica, miracle mineral solution

Al final, la vida resultó bastante impredecible. Si a mis veinte años alguien me hubiera dicho que más de medio siglo después estaría yo ocupado con monjas, banderas y oscuros misterios teológicos, no lo habría creído, simplemente. Pensaba yo entonces que, en mi vejez, esas cosas serían amables recuerdos del pasado, sin apenas presencia ya en el mundo: algunas cándidas y discretas monjas en lugares perdidos, banderas ondeando grácilmente al viento, sin más connotaciones, y los misterios sepultados en textos inhallables de teología, casi ocultos por el polvo en los sótanos de las bibliotecas.

No ha sido así. ¡Menudos jaleos con las banderas! Y monjas dando mucho que hablar; me referiré sólo a dos, catalanas. Por una, sor Lucía Caram, siento tierna compasión. Sufre de amores, seducida —autoseducida, sería más correcto— por Artur Mas, quien no la corresponde y menos ahora que ha puesto el turbo al soberanismo. La otra, sor Teresa Forcades, es infinitamente más compleja y digna de estudio.

Leer el CV de sor Teresa puede desorientar por el acopio de información no muy conexa. Parece una de esas personas que se buscan incansablemente y se dedican a tareas muy diversas, con el riesgo de lo que en inglés se denomina to spread too thin (extenderse con poca profundidad). Hizo la carrera de Medicina en Barcelona y la residencia en Medicina Interna en un hospital de Buffalo, New York, de 1992 a 1995. De 1995 a 1997 logró en Boston un Master of Divinity, signifique eso lo que signifique. Ese mismo año, ya en Barcelona, ingresó en el monasterio de Sant Benet de Montserrat, aunque  siguió estudiando Salud Pública, con un trabajo sobre la mortalidad por cáncer de mama en monjas de la diócesis. Investigación no excesivamente novedosa, dado que ya Bernardino Ramazzini comprobó en 1713, hace unos trescientos años, que el cáncer de mama era más frecuente en monjas. El CV adolece del defecto más común: inclusión de datos irrelevantes. Leo que tiene once artículos médicos. Sin embargo, buscando su nombre en la National Library of Medicine, que indiza las revistas de alguna entidad, encuentro sólo uno, en español, publicado en Atención primaria, en 2007, por un grupo CAM, dedicado a medicinas complementarias y alternativas.

Otro opúsculo de sor Teresa lleva el poco ambiguo título de Los crímenes de las grandes compañías farmacéuticas y en él se dice que “la capacidad innovadora de la industria farmacéutica prácticamente ha desaparecido” (sic). Sin negar los abusos de tal industria, todo aparece allí sesgado ad nauseam. Nuestra monja ha estado sin contacto real con la medicina clínica desde 1995. De no ser así, habría podido comprobar los espectaculares e innegables avances en muchos tipos de fármacos —inmunosupresores, antitumorales, etc., por citar algunos—, que cuestionan sus afirmaciones.

Otro libro de sor Teresa es La Trinitat, avui (La Trinidad, hoy), editado por Publicacions de l'Abadia de Montserrat, S.A., de 96 páginas, que quizá interese a algunos lectores, pero no a mí, ciertamente, dicho sea con todo respeto. En otra parte, veo un saludo inicial suyo. El original está en catalán y para leerlo en castellano se recurre a la traducción de Google, que puede resultar bastante incomprensible y se debería haber mejorado. Con estas salvedades, ahí va:

Querida, querido: Paz y Bien. […] Dios está con nosotros, no para controlarnos, ni para juzgar hacernos, ni por condenarnos; Dios está con nosotros porque le gustamos, porque le gusta estar con nosotros y que lo tengamos en cuenta, le gusta que le hacemos caso, que nos damos cuenta de su amor y de su fidelidad para con nosotros; Dios busca nuestra reciprocidad libre y amorosa. Dios nos conoce y confía en cada una de nosotros: cree que todos sin excepción tenemos la capacidad de ser en nuestro mundo testigos del Amor y la Libertad que nos vienen de Dios.

Sin negar a nadie su derecho al lirismo, a su especial sensibilidad y a sus éxtasis, me atrevería a pensar que no todos los seres humanos compartirán una visión tan dulce y mirífica del Creador, con razón o sin ella.

Sor Teresa cree en las medicinas alternativas; no es la única y tiene todo el derecho del mundo. Podría inducir a error su condición de médico; alguien podría pensar que sabrá muy bien por qué dice las cosas que dice. Para mí, lo que resulta notable es que, habiendo estado en contacto algún tiempo con la medicina científica, pueda tener algunas de las ideas que tiene: sobre la necesidad de vacunarse o sobre la Miracle Mineral Solution. Esta es una solución tóxica de 28 % de clorito de sodio en agua destilada. El nombre fue acuñado por Jim Humble, ‘arzobispo’ fundador de  Genesis II Church of Health and Healing, en su libro publicado en 2006, The Miracle Mineral Solution of the 21st Century. La Food Standards Agency americana ha reiterado ya su advertencia sobre este producto milagroso.

Sor Teresa es, obviamente, independentista y en 2013 creó, con Arcadi Oliveres —un economista partidario del decrecimiento, de la disminución controlada de la producción económica— una plataforma popular por la secesión de Cataluña.

Esta entrada la podría haber dividido en dos, como he hecho otras veces, pero me aterra la idea de continuar con esta temática aburrida y estéril. He preferido hacerla más larga de lo habitual y que el lector comparta mis sufrimientos. Repito lo del principio: si alguien me hubiera dicho en mi juventud que estaría hoy escribiendo sobre estos temas, no lo hubiera creído jamás. Pero así es la vida de imprevisible. Termino con algo muy obvio: las dos monjas catalanas son muy diferentes. Sor Lucía es una pobre mujer enamorada. Lo de Sor Teresa es mucho más complicado y grave.

Lector, créeme, podría escribir un libro sobre todo esto. Y como ya me excedí en la extensión habitual de mis entradas, te diré algo más. La hija de unos amigos míos es también médico y monja y está siempre en los lugares más tristes y desolados de la Tierra, ayudando a quien lo necesita. No la conoce nadie, sólo sabemos de ella su familia, los amigos… y las innumerables pobres víctimas a las que ampara constantemente.

Sor Teresa describe a su Dios y cuenta que Le gustamos, que Le gusta estar entre nosotros. El Dios que yo podría imaginarme es bastante distinto. Es racional y justo y difícil de engañar. Y es bueno sobre todo en una cosa: separar el oro de la paja.

13 de junio de 2015

La sociedad mediocre


Palabras clave (key words): país mediocre, televisión, escuela, políticos, hábitos.

¿Cómo calificar esa sociedad que lo exige todo y no parece dispuesta a aceptar los ineludibles deberes? Un inteligente humorista español, Forges, ha escogido el término mediocre y dice que “España se ha convertido en un país mediocre”. Se podrían utilizar adjetivos más duros, pero este ya lo es bastante. Me fijaré en el principio de la frase: se ha convertido. Implica que ha habido una transformación, que antes no éramos así. Creo que no hemos sido así durante una buena parte de nuestra historia, pero dejo esto a los historiadores. No éramos así en mi juventud, hace unas décadas.

Soy consciente de que podría empezar aquí una serie de ‘batallitas del abuelo’; aun así, lo voy a hacer. Empiezo admitiendo que, en esa juventud mía a la que me refiero, tampoco todo era perfecto y muchos de los males actuales ya estaban allí, incubándose. Pero asistimos ahora a su eclosión, a su auge. Hasta, si me apuran mucho, a la revelación sin tapujos de lo que ya existía, pero estaba oculto.

La televisión es la culpable, de nada y de todo. De nada, porque se limita a ofrecer los programas que parecen entusiasmar al público. De todo, porque no se advierte en ella ningún impulso serio por modificar el estado de cosas. Uno se pregunta, por poner un ejemplo, cómo se puede extasiar alguien viendo cocinar un soufflé o cualquier otro alimento. Y no entiende que los niños sueñen con ser chefs.

Ya en las escuelas empiezan las liviandades y blandezas. Se descartan las labores pesadas, se privilegian las leves y se recargan tareas deportivas, gimnasio, etc. En la universidad las cosas no van mejor, según informes de todo tipo. Al menestral que logra que su hijo vaya a la universidad, el nivel de educación español le parecerá inmejorable. No es así, aunque ya es bueno que los hijos de los menos favorecidos estudien.

De los políticos no hay ni que hablar, si bien defiendo que son una muestra, poco sesgada, de la población general. Las campañas son colecciones de insultos. Los nuevos políticos no son mejores. Veo el currículum de uno de ellos: está hecho para deslumbrar y enmarañar. Se dice en él que lee, escribe y habla correctamente cierto idioma y vimos en TV una pequeña muestra, que mejor no comentar. De otro idioma, afirma que lo lee bien y lo escribe correctamente, lo que no es entendible. Por no hablar de sus avíos, de sus modos, de su imagen. Los separatismos, no me hacen gracia, pero es que algunos de sus apóstoles parecen salidos directamente del villorrio. Otra dirigente política dice que cumplirá las leyes, si le parecen bien y está de humor. Lector, ¿les comprarías un coche de segunda mano? Esa pregunta se la hacen en algunos países al ir a votar.

Dos políticos han cenado juntos. Los asesores de imagen están en todo y se sabe lo que tomaron: ensalada a compartir y, uno de ellos, una tortilla francesa (eso comía, dicen, Adolfo Suárez). El manual más elemental recomienda comidas así para este tipo de reuniones —hasta se sugiere comer antes, a solas—. ¡Todo tan artificial, tan antiguo! ¿Quién pagó la cena? Lector, con un poco de mala suerte, la pagaremos los españoles.

No son sólo los políticos. Aquí la brillantez produce repelús, lleva al aislamiento. Un jefe mediocre se rodeará, fatalmente, de colaboradores peor dotados aún y eludirá a los mejor preparados. En Argentina, al nombrar ministro del ejército a un oficial, los de rango superior pasan automáticamente a la reserva. Pues igual en otras áreas.

Los hábitos de nuestra sociedad dejan mucho que desear. La necesidad imperiosa de los jóvenes de divertirse sin mesura, recurriendo al alcohol, las drogas, etc., en fines de semana que empiezan ya el jueves; no era así en mi juventud. Leo que España está a la cabeza de Europa en el consumo de cannabis y cocaína y con muy pobres índices en fracaso escolar, lectura, comprensión de textos, entendimiento de las matemáticas. El consumismo implacable, los malos modales, el vandalismo en el mobiliario urbano, el atontarse con la música, los festivales, los deportes, los juegos, los móviles… Algo está fallando gravemente en la sociedad entera.

 

10 de junio de 2015

La sociedad de la queja


Palabras clave (key words): Robert Hughes, cultura de la queja, recursos necesarios.

En la cabecera de este blog se explicita que no me preocuparé demasiado por la actualidad. Y ha sido así en la mayor parte de los casos, pero hay ocasiones en que a uno no le queda más remedio que hilvanar algún comentario. Sin recurrir a innecesarias referencias intelectuales, tomaré prestado el término ‘cultura de la queja’, de la obra de Robert Hughes, Culture of Complaint, de 1993, que trata de temas de multiculturalismo, separatismo, provincialismo intelectual, etc. Copio también: Echar la culpa a otro es uno de los trucos más viejos del arsenal demagógico. Para añadir que hay quienes echan la culpa a la propia sociedad, en su conjunto. Tiendo a ir en esa dirección.

En los primeros años setenta, mucho antes de la aparición de ese libro, en un estudio sobre la sanidad sueca, leí una predicción irónica sobre su futuro. Analizando estadísticas y gráficos, en los que se constataba el colosal aumento de trabajadores y gastos en el sector, el autor concluía: De seguir esta tendencia, en unos treinta años la mitad de la población de Suecia estará cuidando a la otra mitad.

Por el lugar central que ocupa la salud en las preocupaciones de los ciudadanos, en ese campo empezaron algunas exigencias a las autoridades y las correspondientes quejas. Obviamente, con ser el tema de la salud de fundamental importancia, otros no le van a la zaga. Comenzó así una interminable acumulación de problemas a los que se demandaba solución. ¿No hemos llegado ya a la sociedad de la abundancia y del bienestar? Pues a acometer los cambios necesarios para lograrlos inmediatamente.

Se inició la petición insistente del paraíso, que continuó y se multiplicó después. Había que luchar contra el hambre, la contaminación, la corrupción, la falta de viviendas, el cambio climático, la inseguridad ciudadana, el racismo, el maltrato animal, la falta de hospitales, el sistema de recogida de basuras, el acoso escolar, el acoso laboral, el acoso sexual, la centralización excesiva, la falta de libertades, la lentitud de la justicia, el hacinamiento en las cárceles, el servicio de correos, el estado defectuoso de las carreteras, el malfuncionamiento de los trenes, los accidentes de tráfico, la pobreza, la violencia de género, la desigualdad de hombres y mujeres, la energía nuclear, las técnicas de fracking… Lector, es una lista extensa, pero tú sabes bien que es incompleta, insuficiente. Añade las demandas que se te vayan ocurriendo; sobre cada una se podría escribir un largo ensayo.

Sucede que muchas de las medidas que se pueden arbitrar para arreglar estos males son de naturaleza puramente moral. Pero otras muchas reclaman ineludiblemente ingentes recursos, lo que no parece calmar las reclamaciones. Según la percepción de la masa, son peticiones justas, a las que se tiene derecho, y por tanto es misión del gobierno el encontrar los medios para su satisfacción. Si requieren aportes económicos enormes, que se busquen. Eso sí, sin lesionar los legítimos intereses de los ciudadanos con impuestos excesivamente gravosos.

Lo anterior es tan obvio, que lo recojo aquí sólo para insinuar lo que desarrollaré después. Frente a la percepción universal de estas necesidades, pocos piensan que buena parte de estas disfunciones son consecuencia de que vivimos en una sociedad enferma y mediocre, en la que valores esenciales se han olvidado y en la que las obligaciones, los deberes, que también han de tener sus miembros, apenas se mencionan o consideran. Nos hemos instalado en una especie de país de Jauja, pays de la Cocagne, Land of plenty, Schlaraffenland (el término existe en todas las culturas), donde todo es posible y exigible, con ningún o muy poco esfuerzo por parte de los demandantes. Frente a dos recientes casos de acoso escolar, se han pedido más psicólogos, más policías… Quizá se olvida que lo importante y urgente es formar jóvenes que sean incapaces de atentar frente a otros, de gozar con el sufrimiento ocasionado a otros. Algo que es factible, nada imposible.

7 de junio de 2015

Cuidado con las cenas, señor Sánchez


Palabras clave /key words): Domiciano, Frate Alberigo, Abul Abbas, Simón el Mago.

¡Vuelta otra vez con la actualidad! A veces la realidad es tan acuciante que no hay más remedio que referirse a ella. Escribo esto por la cena que ha reunido hace poco a dos jóvenes líderes políticos españoles, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias el Mozo (para distinguirlo del otro). Con las cenas, con los banquetes en general, hay que ser cuidadoso, como demuestra la evidencia acumulada en la historia. Me explico.

El emperador Domiciano invitó a varios senadores principales y otras personas nobles de Roma a una cena. La sala estaba completamente revestida de negro, suelo, paredes y techo, y llena de columnas funerarias en las que se habían grabado los nombres de los comensales. Aparecieron jóvenes, pintados también de negro, con espadas desnudas en sus manos, que se colocaron en torno a los triclinios de los invitados. La comida no estuvo mal, aunque se comprende que esto no tranquilizó mucho a ninguno de los presentes. Para hacer aún más tétrico el ambiente, el propio Domiciano contaba matanzas que había organizado otras veces sólo para distraerse. Se acabó la cena, el emperador despidió a aquellos infelices que estaban más muertos que vivos y en eso quedó todo, una broma quizá algo pesada. Lo cuenta Lucio Casio Dion, según refiere Jean Baptiste Crevier en su Historia de los emperadores romanos.

Peor fue la cena de Alberigo dei Manfredi, señor de Faenza, el dos de mayo de 1285. A este fraile ya se lo encontró Dante en el infierno, en la tercera zona del círculo noveno, a pesar de que aún no había muerto, porque imaginó que, en algunos casos, los pecadores iban al infierno recién cometido el pecado y un demonio se encarnaba en su cuerpo hasta el final asignado a su vida. Este pobre fraile invitó, para reconciliarse, a algunos compañeros a un banquete suntuosísimo y al final dijo aquello de “fuera la fruta”, que era la señal convenida. Los sicarios entraron entonces en el refectorio y asesinaron a los que previamente les había indicado el anfitrión. Bueno, pues resulta que este fraile no podía llorar en el infierno, porque se le había formado hielo en los ojos y no se lo podía quitar y le pide a Dante que lo haga. El poeta no accede, porque piensa que la justicia divina debe proseguir su curso e intervenir sería ir contra Dios. Bien.

Tampoco estuvo mal el banquete que organizó el califa Abul Abbas, para celebrar la amnistía que había proclamado. Setenta omeyas estaban allí, cuando un poeta empezó a recitar versos exaltando a los abasíes y pidiendo matar a los omeyas. Educadamente, el califa dejó al poeta terminar su poema, que lo había escrito con mucho cariño. Acabó el rapsoda y entraron de pronto hombres armados con palos de lanza, que mataron a los comensales. Se tapó con alfombras a los muertos y moribundos y se continuó la fiesta, que no era cosa de pararla, una vez empezada y con los músicos pagados.

Nada de eso tiene que ver, por supuesto, con la cena entre nuestros dos políticos. Pero sí pudo ocurrir allí, o podrá ocurrir en el futuro, lo que le pasó a Simón el Mago con San Pedro. Este Simón había querido comprar a Pedro los dones del mismísimo Espíritu Santo —de ahí viene la palabra simonía—, para hacer milagros, que le parecía muy divertido. Como no hubo trato, quiso hacerlos por vía de magia. Pedro, para darle una lección, se remontó en el aire grácilmente. Simón lo imitó con sus artes y ascendió un buen trecho. Estaba, ya se puede comprender, contentísimo y sus correligionarios no paraban de jalearlo, talmente como en los mítines de ahora. Cuando Pedro vio que estaba ya bastante alto hizo que Simón cayese y se rompió varias costillas.

Es que los hay muy aviesos, señor Sánchez. Tenga usted cuidado a la hora de juntarse a cenar. Y encima, pagando, que fue usted quien pagó y por eso se pidió algo barato, una tortilla francesa. Al final, y esta es la razón y urgencia de mi escrito, estoy convencido de que los que pagaremos el asunto seremos los españoles, con el PSOE en cabeza. Y si no, al tiempo.

4 de junio de 2015

Algún sencillo consejo a Sor Lucía


Palabras clave (key words): el amor en peligro, monstruos, lo apolíneo y lo vulgar.

Bien sé que el amor lo perdona todo. Pero también, lector, es mudadizo, voluble. Puede desaparecer, volatilizarse, incluso cuando no hay nada que perdonar; de pronto muere, sin saber por qué. Hay un tipo de cáncer que me intrigó desde que empecé mis estudios. Los médicos distinguen entre lo que llaman cáncer primario, donde se inicia la enfermedad, y sus metástasis, las 'siembras' a distancia. Ocurre en ocasiones que sólo se encuentran las metástasis y ni siquiera se sabe de dónde proceden (CUP, cancer of unknown primary). Es como si te atacaran sin saber quién lo hace, desde qué lugar te hostigan. Eso pasa a veces con el amor, con cualquier amor, que no se sabe dónde principió la derrota. Vienen estas consideraciones sombrías porque a la monja enamorada de Artur Mas, podría ocurrirle algo terrible, inesperado, y de lo que, en realidad, nadie es responsable; sólo el puro azar, la caprichosa Fortuna. Me explicaré enseguida y todo se entenderá mejor.

El otro día se jugó un partido de fútbol en un inmenso estadio, un reducto tal vez infinito, lleno de una multitud interminable, bramadora y terrífica. Una masa así es algo imposible de clasificar: no es un ser humano, ni tampoco un conjunto de seres humanos. Es más bien un monstruo de innumerables cabezas, impredecible, pletórico de fuerza, de violencia, sin un mecanismo adecuado para guiarlo o conducirlo. Cien mil errores repetidos no conforman una verdad, cien mil gritos no construyen un pensamiento.

Vi una vez en la TV francesa una entrevista al inteligente presidente de un club de fútbol. Contaba este que durante un partido las cosas no iban bien para su equipo, que jugaba en campo propio, y la afición estaba muy irritada. Decía al entrevistador: “En el descanso bajé al vestuario para hablar con once descerebrados y atajar el peligro de los cincuenta mil descerebrados de las gradas. Es difícil tratar con once enloquecidos, pero es imposible hacerlo con cincuenta mil”. A veces yo he visto que quien paga los platos rotos es el entrenador, un hombre solo; quizá el más cuerdo de todos, pero uno.

En el partido del otro día, de repente, gran parte de los espectadores se puso a gritar, a pitar, parecía el ruido infernal que precederá al fin del mundo, según los relatos apocalípticos. Y allí, solo, en la tribuna de autoridades estaba el rey, nuestro rey, el rey de todos. Yo no soy monárquico y, si tuviéramos una república, no movería un dedo por hacer venir un monarca. Por lo mismo, teniéndolo, tampoco movería un dedo por traer la república. De los países más civilizados y prósperos, unos son monarquías y otros son repúblicas. Seguramente, el asunto no es tan importante. Claro, se puede argüir lo de la igualdad de oportunidades. ¿Es esa la única desigualdad en nuestra sociedad?

El rey estaba allí, erguido, sereno, con la mirada alta y como perdida. A mí me pareció que su actitud fue noble, pero yo estoy ya algo viejo y tengo ideas anticuadas. Y al lado estaba, y siento decirlo, la persona a la que le tocó el papel de un Macbeth de guiñol pueblerino, sin ni siquiera la grandeza de lo trágico. Escondido entre la masa, hermético, hosco, quizá esbozando una sonrisa. O a lo mejor avergonzado en el fondo, atemorizado por la quimera, por la Medusa que entre unos y otros habían creado.

¿Cómo vería todo eso la sor Lucía enamorada? ¿Percibiría ella esa diferencia de modos de ser, de estar en el mundo? Las mujeres son sensibles a esas cosas. ¿Titubearía su pasión ante aquel espectáculo grotesco, con su héroe convertido en un pelele empequeñecido y vacuo, tal vez arrepentido. Hay algo en nosotros que nos exige elegancia en el  comportamiento, en el vivir. Llega un momento en que ética y estética se funden, porque quizá son la misma cosa, y lo apolíneo triunfa sobre lo vulgar.

No me gustan los finales tristes y me atrevo a susurrar algún consejo: Sor Lucía, los seres humanos somos frágiles y falibles. Hay que saber compadecerles y acompañarles en los momentos en que la Fortuna los desnuda y los muestra en su insignificancia. Lo que parece una revelación definitiva es sólo una vuelta más en la rueda de la mudable diosa, que seguirá girando. Tenga paciencia, tenga caridad.

2 de junio de 2015

Monjas enamoradas y astutas


Palabras clave (key words): poseídas clarividentes, Fray Toribio, Urbain Grandier.

Con las supuestas posesiones de monjas en San Plácido, se desató la imaginación de los madrileños. Se pensaba que tras la posesión demoníaca las víctimas adquirían el don de la clarividencia y otros conferidos por el demonio, como un exquisito detalle de agradecimiento. El propio Jerónimo de Villanueva creyó en los poderes de la abadesa y recomendó al Conde-Duque, preocupado por no haber logrado un hijo varón en su matrimonio, ir al convento y tratar de lograr la intercesión del demonio Peregrino.

No sé si el noble, algo amigo de lo hechiceresco, se sometió a la rutina habitual en estos casos, que describe Carolina Alonso-Cortés en su obra Villamediana: se recurría a realizar el ayuntamiento conyugal dentro del convento, rodeados por once monjas, que representaban el número de los apóstoles, excluido Judas Iscariote, como pedía el rito.

Muchos hombres cortejaban a las monjas. Estos amadores, llamados galanes monjiles, asistían a las misas y novenas que se celebraban en las iglesias conventuales y también a los locutorios, a los tornos, en los que podían dialogar con sus adoradas, mezclando sutilmente el amor divino y humano. Las profesas gracejaban con soltura y recibían de los caballeros estampas de santos, dulces, frutas, etc. La situación debió de hacerse conocida y hasta los extranjeros contaban con asombro las cosas que habían visto en Madrid. Los herejes iluministas trataban de alcanzar la gracia pecando. Los clérigos de la secta tenían que unirse a mujeres santas para engendrar profetas y decían a las monjas que esos pecados eran gratos a Dios, sobre todo los de la carne.

En realidad, por razones que no son para desarrollar aquí, existía una clara diferencia entre dos clases de monjas: las que tenían verdadera vocación, llamadas monjas de coro, y las monjas de grada, que hacían una vida muy secularizada. Recibían a familiares y a hombres que hacían pasar por parientes. Algunas tenían legiones de admiradores, de los que a veces conseguían dádivas de diversa importancia.

Encuentro en la inagotable Internet un libro inédito, de 1680, Tira la piedra y esconde la mano, de fray Toribio Cornelio Cabeza de Baca, natural de la ilustre villa de Cabra, del que ha hecho una edición crítica, como tesis, una Doctora en Literatura, Paula Martínez Sagredo, de Chile. La obra narra el acerbo desencanto de una relación con una monja, doña Joana Eufemia, y el autor aclara que lo escribe como “antídoto contra el veneno de tocas infiziondas” (pestíferas). De ella cuenta: “Ydolatrada prenda de un ziego benefiziado que, proterbo en su [ ]belesso y pertinaz en su engaño, juzga ser el vnico unicornio de su entretenido empleo, siendo actual vigésimo primo amante”.

La tal monja cuenta con muchos amadores y a todos engaña. Escribe a uno:  “Bien mío, tu papel es la atriaca, contra el beneno de ausenzia, y con él oi se restaura mi salud, feliz mil bezes quien mereze tal mañana. […] Pero alivia mis congojas el deseo y la esperanza, de que si oi no puedo berte para otro día abrá grada. Tuia, doña Joana”.

Escribe a otro y organiza su tiempo: “Para las dos de la tarde, hijo, te aguarda vn desperdizio de amor que vibe de oras menguadas. […] Y mira, no vengas antes ni después, porque ocupada me tiene oi la priora en unos dulzes, mal aia término tan limitado en una triste enzerrada cuio sujeto albedrío malogra sus esperanzas. Perdóname si soi brebe, que aún para este alibio falta tiempo. […] Siempre tuia, doña Joana”.

Habría para escribir mucho más sobre el tema. Un caso parecido al de San Plácido fue el ocurrido en el convento de Ursulinas de Loudun, Francia, que terminó con el sacerdote Urbain Grandier quemado vivo en la hoguera. ¡Qué diferencia, en este caso, frente a la lenidad en  España! Escribí con algún detalle sobre esto en el segundo tomo de mis ensayos Por si ayudaran…

En resumen, recomiendo a sor Lucía que se venga ya para Madrid, que aquí no estamos ocupados con secesiones y tratamos de vivir alegres los cuatro días que nos dan. Podrá escoger galán, amar totis viribus a quien quiera y olvidará sus cuitas. Otra monja, Santa Teresa, pensaba que el demonio era infelicísimo porque no podía amar.

30 de mayo de 2015

Más sobre monjas del antiguo Madrid


Palabras clave (key words): monjas endemoniadas de San Plácido, herejía iluminista.

Conviene no perder de vista que el objetivo principalísimo de este escrito es el servir de guía y consuelo a la monja catalana, tan perdidamente enamorada de Artur Mas. Y hacerle ver que si no se ve correspondida, no es por su falta de méritos o virtudes, sino porque, desgraciadamente, ha venido a colocar sus afanes amatorios en un ser casi mítico, o directamente mítico, forjador de pueblos, alumbrador de naciones. El amor humano en personas así, ocupa necesariamente un lugar secundario y su despego es el producto de sublimes compromisos, nunca del desdén o la maleficencia.

Otros sucesos, ocurridos en el convento mencionado en mi entrada anterior, dieron lugar a uno de los más sonados procesos de la Inquisición, el de las monjas endemoniadas de San Plácido. En el año 1628, cuatro años después de la fundación, la abadesa era doña Teresa Valle de la Cerda y el párroco y confesor, el padre Francisco García Calderón, natural de Barcial de la Loma, en Tierra de Campos, reconocido como uno de los varones más santos de la iglesia o, si se prefiere, uno de los santos más varones, y ya se verá por qué digo esto. Una de las monjas presentó entonces síntomas de lo que podría ser una posesión diabólica, dando voces extrañas y haciendo gestos obscenos, por lo que el padre Francisco realizó un exorcismo, que resultó ineficaz. Síntomas parecidos se extendieron pronto a otras monjas, que manifestaron ser poseídas por el demonio, al que dieron en llamar el Peregrino Raro. La presa predilecta fue la propia abadesa, demostrando el diablo, en esto, modales y respeto de la jerarquía.

Al mismo tiempo, el padre Francisco, con fama de teólogo sapientísimo, enseñó a las  novicias un agradable modo de alcanzar la gloria de Dios a través de actos carnales hechos en caridad —como por hacer un favor, digamos— y por tanto no pecaminosos. A la primera que convenció fue a la abadesa, que, pese al cargo, tenía a la sazón menos de treinta años. En total, parece que el padre Francisco, ya de cincuenta y cuatro, se la llevó por delante, junto a veinticinco de las treinta monjas recluidas.

La tortura reveló estos hechos lascivos, ocurridos en terreno sacro, y rasgos de superstición, libertinaje y herejía iluminista. El Padre Francisco negó el cargo de iluminado, aunque reconoció que había embaucado a las monjas por puro placer carnal, sin fin alguno de adoctrinamiento en herejía —para distraerse, para pasárselo bien juntos, como si dijéramos— y esto le rebajó en mucho la pena, dado que en esta bendita España este tipo de pecados tiene fácil y casi automático perdón, quizá porque los jueces envidian sincera y secretamente a los afortunados reos. La sentencia lo condenó a la reclusión por vida en un convento, privación de cargos, a pan y agua tres veces por semana y alguna cosilla más. Tal vez el condenado pensó que, una vez pasado el temporal, podría continuar con sus chiquilladas conventuales y compensar los ayunos en los días libres. La abadesa fue enviada al convento de Santo Domingo el Real de Toledo, perdonada en breve y restituida en su cargo y puesto. Las otras monjas tuvieron penas menores: tras abjuración, se las dispersó a diversos conventos.

El proceso fue revisado más tarde; se alegó que el fraile ejecutor de la denuncia, fray Alonso de León, era enemigo personal del Padre Francisco y que se tergiversaron las declaraciones de las monjas. Se abrió nuevo juicio, con una sentencia favorable y absolutoria en 1638. El único que no recibió el indulto fue el confesor.

Es una historia muy conocida y por eso la cuento. Pero lo que quiero mostrar, al sugerir un cambio de aires a Sor Lucía Caram, es el ambiente amoroso que endulzaba la vida de las monjas en el Madrid de siglos pasados y atraerla así a la capital, que parece proclive a estas inocuas felicidades. Y hacerle ver que, si en alguna parte no se corresponde adecuadamente a su amor, aquí podría ocurrir justamente lo contrario. Escribiré más de la grata vida monjil en Madrid, pero habrá de ser en otra entrada, avisando de que aquí no me he preocupado mucho en deslindar historia y leyenda.

28 de mayo de 2015

Monjas que hacían enloquecer de amor


Palabras clave (key words): Sor Margarita de la Cruz, convento de San Plácido, Felipe IV.

El caso de la monja que se ha declarado enamorada de Artur Mas, Sor Lucía, podría tener su lado tenebroso y triste: el del amor no correspondido o imposible, que ha sido, es y será uno de los más acerbos e injustos sufrimientos que el destino puede deparar a un ser humano. Me conmuevo ante esta posibilidad y me pregunto si, en el caso de que Sor Lucía fuera víctima inocente de esa desgracia, no haría bien tornando su mirada a otras tierras. Porque, ¿hay vida fuera de Cataluña? Yo creo que sí.

Lo digo, porque aquí, en Madrid, hay una cierta tradición de monjas arrasando en esto del amor y volviendo locos de pasión incluso a los mismos reyes. El caso de Sor Margarita de la Cruz fue tan sonado que casi no habría que contarlo. Un protonotario del siglo XVII, Jerónimo de Villanueva, un día se fue de la lengua y ponderó con entusiasmo la belleza de la monja, en presencia del monarca, que encandeció de amor al instante. Había que tener cuidado con estas alabanzas ante Felipe IV, que estaba muy atento a estos asuntos. Este era un Austria, no un Borbón, pero malicio yo que en estas cosas todos los reyes son parecidos y, a más a más, para emplear un catalanismo, son iguales que otros muchos humanos, aunque no pertenezcan a la realeza ni por asomo.

En Madrid quizá los aires son más propicios a este tipo de enredos. O sea, que si el señor Mas no responde como noble caballero a la sincera y apasionada confesión de Sor Lucía, podría la pobre venirse por aquí. Como será la cosa por estos lares, que Felipe IV no cejó hasta que, por un pasadizo secreto, pudo llegar al convento en el que vivía Sor Margarita, el de San Plácido, y a su mismísimo dormitorio.

La que no estaba por la labor era la monjita y, sabedora de las intenciones del rey, se lo contó a la abadesa, doña Teresa Valle de la Cerda, que habló con los nobles para que disuadieran al rey. Estos debieron de contestar algo así como “Madre Teresa, no conoce usted al pájaro”, por lo que la abadesa no vio otra solución que poner un ataúd en la celda de la monja, en el que colocó a Sor Margarita amortajada, con una cruz en las manos y rodeada de cirios ardientes. Cuando llegó el rey, pensó, con buen criterio, que llegaba tarde y a deshora y se torció el suceso. El engaño no duró mucho, que todo acaba sabiéndose, y el monarca entró de nuevo al convento. La monja pensó que lo de morirse dos veces el rey no se lo iba a creer, se rindió y este consumó sus deseos. ¿Cuántas veces? Y yo qué sé, lector. Me preguntas unas cosas…

Luego el rey se arrepintió un tanto —a buenas horas— y como desagravio mandó al convento el famoso Cristo yacente de Velázquez, que estuvo en la sacristía de la iglesia conventual hasta que fue trasladado al Museo del Prado. También se cuenta que envió un reloj que cada quince minutos tocaba a muerto y estuvo sonando todos los días, con sus noches, hasta que murió Sor Margarita, lo que no dejaría de ser un incordio. Quizá hasta la propia monja pensara que habría sido mejor entregarse de primeras, no hacerse la estrecha, y librarse así del dichoso reloj.

Estos rechazos monjiles no son raros. En mi novela Las increíbles vidas de Roberto Milfuegos, tengo yo contado que, en el barco en el que peregrinos se dirigían a Tierra Santa, “viajaba un caballero de Mandovi, que, enloquecido por el amor, había querido raptar a una monja en Fossano. A punto de conseguirlo, ella pidió a Dios que le mandara la lepra, para conservar intacta su pureza, lo que ocurrió e hizo huir al caballero, que se tornó pesaroso y penitente tras la milagrosa mudanza”. Es que el cambio no fue ninguna tontería. De abrazar las, se supone, tiernas y rosadas carnes de la monja, a quedarse con unos harapos humanos entre las manos, hay una diferencia. Aunque hay hombres, aviso, que una vez encarrilados no se paran en nada.

Tengo que hablar algo más del convento de San Plácido, porque ocurrieron allí otros sucesos menos conocidos. Pero será otro día.