7 de abril de 2018

Carles Puigdemont en Schleswig-Holstein (II, final)

En mis primeros veranos allí, eran muy populares los llamados Butterfahrten, ‘viajes de la mantequilla’, que terminaron en el 1999. Eran excursiones de unas cuatro o cinco horas en barco, que se podían decidir e iniciar en cuanto el tiempo se presentara propicio y el cuerpo te pidiera respirar más de cerca los vientos mareros. Tenían un coste casi simbólico, medio marco alemán (0,25 de los actuales euros), y muchos de sus pasajeros eran jubilados, sin prisas, sin premuras de tiempo. Se navegaba hasta pasar las aguas jurisdiccionales alemanas, su límite en el mar. Entonces se podían comprar en la tienda del buque productos, como alcohol, perfumes, tabaco, sobre todo mantequilla, exentos de impuestos. El viaje era una delicia con las gaviotas constantemente sobre nuestras cabezas, casi amenazadoras, atentas a la comida que podía caer o ser arrojada junto al barco. Gentes —muchas se conocían por su frecuente coincidencia en el viaje— charlando, comiendo, bromeando, sin jamás una discusión o una trifulca; gente mayor, gente educada, gente legal, que alguien diría ahora.
Y los gentiles vientos acariciándonos. Eran vientos refrescantes y amables, como aquellos que algunos pilotos arábigos guardaban en tubos de plata y los abrían cuando, ya mayores y retirados forzosos del navegar, tenían añoranza de la mar. Vientos buenos y venturosos. ¿Cómo se sabe que el viento que nos llega es bueno, es venturoso? Lector, el corazón lo sabe; cuando nos alegra y nos invita a señorear el mundo y amarlo, ese viento es bueno y sólo debes preocuparte de que no sea malo para nadie. En el libro cuarto de Gargantúa y Pantagruel, se menciona la Isla del Viento, en la que viven gentes que ni comen ni beben y se alimentan del viento. Se agrupan en torno a las veletas y lo respiran allí. Nosotros lo respirábamos en nuestro viaje en paz y concordia. Francisco Umbral escribe en Las ninfas: “Tanta soledad me inclina a abandonarme en el viento”. Nosotros nos sentíamos en alegre compañía y también nos amparábamos en los vientos, que nos saludaban en el mar amigo, inabarcable.
Esas recias gentes del norte aman su clima y sus vientos. Cuando estaba allí, en verano, y se levantaba un viento algo frío, que a mí me extrañaba en pleno estío, mis compañeros se animaban y me decían, sonriendo: ¡Frische Luft, eh, Frank, schöne Luft! (¡aire fresco, eh, Frank, hermoso aire!). Para ellos es así. A mí llegó también a gustarme. Además, ¿me voy a poner a discutir de vientos, de sus leyendas e historias? Los pilotos árabes, en los tiempos del califato de Bagdad, creían que mediante magias ocultas se podía emparentar con un viento determinado y tenerlo siempre de popa, para llegar a donde el corazón mandara. No hay vientos así, tan constantes y dóciles. La vida consiste en aprovecharlos cuando soplan a favor y bolinear, cuando son contrarios.
Las gentes del mundo son muy distintas y al reconocerlo —pero de verdad, sin restricciones—, llevamos mucho ganado. Me veo en esos veranos del Norte alemán, en una bella playa de arena fina y blanca, con un aire fresco y limpio, que puede ser vigorizante y agradable, pero que imposibilita el baño para una mayoría y obliga a cobijarse en las Strandkörbe, esas cestas enormes, auténticos refugios. Algunos de mis amigos alemanes me confiesan, de la manera más sincera y amistosa, que no podrían vivir en un país con un clima como el nuestro. De hecho, suelen pasar sus vacaciones en latitudes aún más al Norte, en Noruega, hacia el Círculo Polar Ártico, etc. En cambio, otros compran sus casas en Mallorca o Levante y adoran al Sol. El mundo es diverso y cada uno ama lo que quiere o lo que puede.
Está claro, lector, que a mí me gustan Alemania y sus gentes. Traeré aquí, como exordio, unas palabras que deberían hacer pensar a muchos, entre ellos a los separatistas catalanes, y empiezo ya a desvelar el reciente suceso que mencioné al principio de esta entrada y del que dije que hablaría a su tiempo. La cita es de Tzvetan Tódorov, un lingüista y crítico literario búlgaro-francés, que murió hace poco tiempo: “El hombre que encuentra dulce a su patria no es más que un tierno debutante; aquel para quien cada suelo es como el suyo propio ya es digno de consideración; pero sólo es perfecto aquel para quien el mundo entero es como un país extranjero”.
Tengo muy claro que pertenezco, al menos, a la segunda categoría. Siento la tierra alemana como propia. Esta amplitud de horizontes no se reduce sólo a Alemania, algo parecido me sucede con otros países y ciudades en las que viví: Nueva York, Bolonia, Lausanne, etc. Los recuerdos de estos lugares —también de mi juventud gastada allí, pero esa es otra historia—, me rondan siempre y aún me ayudan a ser feliz. La tercera categoría, definida más etéreamente en la última frase, la más bella y literaria de la cita, es menos estrictamente lógica, más inconcreta. ¿Qué se quiere decir realmente? La literatura es eso: la vaguedad, la insinuación, el misterio… Pues también alguna vez me siento extranjero en este mundo nuestro, para que lo sepáis.
Volviendo a mi relato, el suceso reciente que mencioné al principio no es otro que la detención en suelo alemán del ex-presidente catalán Carles Puigdemont, preso en una cárcel de Neumünster, del Land de Schleswig-Holstein, no lejos de la ciudad libre hanseática de Hamburgo. Está allí en espera de la decisión que las autoridades del Land adopten sobre la orden de detención internacional cursada por la justicia española.
 Conozco bien esa zona y ya dije que tengo una alta consideración por la gente que la habita. Me parecen serios, nobles, honrados, fiables y, como se diría en alemán, nette Leute. Curiosamente, la opinión que se tenía de los catalanes en mi juventud era algo parecida, aunque luego haya cambiado bastante en las últimas décadas. Todo esto me hace pensar en el asunto y tratar de dar algún consejo al ilustre prisionero.
Mi consejo sería que observara imparcialmente a sus compañeros de cárcel. Que dejara por algún tiempo de prestar atención a sus abogados o a las gentes de Cataluña que puedan visitarlo o escribirle en estos días de reclusión. Estoy seguro de que, a pesar de estar confinado en un centro penitenciario, encontrará allí esas gentes tranquilas y razonables de que hablo. Seguramente serán más ejemplares  y juiciosos que los que le vitorean y animan en su país natal y le apremian para que siga delinquiendo. Y que sus prestigiosos abogados, que luchan afanosamente, espoleados por ganancias fabulosas, para conseguir su impunidad frente a sus delitos.
Me alegra saber, señor Puigdemont, que usted mismo considera buena gente a sus compañeros de cárcel en Alemania, como ha declarado recientemente. En eso podemos estar de acuerdo. En lo que sigue es más probable que no, porque yo creo sinceramente que son gente más prudente y mejor que usted. Fíjese en ellos y, si pueden entenderse, hábleles y dígales lo que pretende y cómo pretende hacerlo, dígales la verdad de lo que ha hecho hasta ahora. Cuénteles la historia de los últimos treinta años, especialmente de los últimos meses, las veces que ha ignorado los apercibimientos de tribunales, la veces que ha infringido la ley, los diversos delitos que ha cometido. Con palabras sencillas, sin medias verdades, sin ocultar nada. Ellos le escucharán educadamente y sabrán formarse una opinión. Esa es la única aquiescencia internacional que debe contar y que usted debe buscar.
Señor Puigdemont, usted y sus seguidores se han convertido en un mal ejemplo para todo el mundo. Sus bien organizadas y orquestadas campañas, quizá encuentren eco en pequeños sectores de población de algún país y en grupos radicales, dedicados fundamentalmente a instaurar alguna de las infinitas variantes del caos. En cualquier reunión de gentes como las que yo he conocido en esa  región de Alemania en que se encuentra —y a las que usted podrá acercarse ahora si continúa algún tiempo en la cárcel—, no suscitarán ningún tipo de entusiasmo o comprensión. Porque esas gentes son, en general, cumplidoras, amantes del orden y la ley, poco amigas de excesos y con un sentido noble y justo de la convivencia social, de la vida en común.
Molt honorable Carles Puigdemont, creo sinceramente que en esa cárcel de Neumünster habrá gente mucho más honorable que usted, aunque hayan cometido también errores. Nadie habrá cometido la gravísima falta que usted ha cometido: quebrar un país, dividirlo quizá ya sin posible arreglo, enfrentar una mitad de sus habitantes contra la otra mitad. Todo eso, tras años de juego sucio, deshonesto, injusto, adornado, además, con una soberbia infinita y una tozudez digna de mejor causa. Hable con sus compañeros de prisión, trate de adquirir ese respeto por la ley y el orden que con toda seguridad todavía retienen. Y pruebe usted, cuando pueda, los Kieler Sprotten, esos deliciosos pequeños peces (espadines, en español) ahumados de la región.
A punto de publicar esta segunda parte de mi entrada, llega la noticia, señor Puigdemont, de su excarcelación y por desgracia le priva de la cura de desintoxicación a la que me estoy refiriendo. No se envanezca demasiado, ni lance campanas al vuelo. Ya en nuestro Siglo de Oro se decía que “doblones doblan leyes”. No aludo con esto a ninguna sospecha de prevaricación, sino al mero efecto de contar con una legión de abogados flexibles, comprensivos, tolerantes y curtidos, maestros en la prestidigitación legal, alguno de ellos con pena de años de cárcel en su historial. A pesar de todo, no podrán ahogar el sentimiento de la verdadera justicia, que estoy seguro late en las buenas gentes de Schleswig-Holstein y en tantos otros sitios del mundo; esa justicia sin considerandos, atenuantes y eximentes, etc., que brota natural, pura y certera del corazón de los seres humanos.
Ha resultado, pues, que no hubo violencia, ninguna de las infinitas variantes de la misma. Ni preparación de violencia más o menos inocente, ni posibilidad de violencia. Y no se hizo nada ilegal. Mis ojos vieron y mis oídos oyeron cómo se proclamaba una república en suelo español y una multitud se enardecía por el acontecimiento, aunque se desilusionaba poco después. Nada de eso existió, todo fue una ensoñación falaz del entendimiento, una alucinación colectiva, anclada en el simbolismo. Tampoco hubo leyes de transición, ni listas de ciudadanos para implementar deberes fiscales. Ni actos festivos y ostentosos, que eran tristes y agoreros para los que no pensaban igual.
      Derogaron la Constitución y el Estatut, votaron leyes sin mayoría cualificada, ignorando una mitad del Parlament, privada de sus legítimas facultades. Violaron la ley de forma sistemática para imponer, con la fuerza de la calle y la sinrazón, una secesión unilateral impuesta por la vía de los hechos consumados. Y a pesar de todo, hablaron de golpe de estado del Gobierno. Una de las citas más populares —absolutamente apócrifa porque no está, ni hay nada parecido, en el Quijote— dice: Cosas veredes, Sancho, que farán fablar las piedras. Este ha sido el caso aquí, en su más absoluta desnudez. Desgraciadamente, las piedras rara vez hablan, y cuando lo hacen, nadie les presta demasiada atención. Así nos va.

3 de abril de 2018

Carles Puigdemont en Schleswig-Holstein (I)


Ya dije que este blog, escrito con la innegable vocación de ser publicado como libro, quedó prácticamente clausurado por su crecimiento excesivo. Sólo escribiré nuevas entradas en circunstancias muy concretas. A cambio, podrán tener una extensión, en términos periodísticos, más de artículo que de columna. En algún caso, como este mismo, lo fraccionaré en dos entradas, algo diferentes en su carácter, más general y descriptivo el de la primera.

Un reciente suceso, la detención del ex-presidente catalán Carles Puigdemont, del que hablaré a su tiempo, en el estado de Schleswig-Holstein, en el extremo Norte de Alemania, junto a la frontera con Dinamarca, me ha hecho recordar esa parte de tierra alemana —de tierra y mar debería decir— que me es especialmente querida y que quizá conozco mejor que el resto del país, por el que profeso, en conjunto y por muchas razones, un invencible afecto. Gocé muchas veces de sus hermosos paisajes y de la alegría y urbanidad de sus gentes. Lo de que los alemanes no hacen mucho ruido cuando se reúnen es una de las ideas falsas que los diversos pueblos tienen unos de otros. En España, eso sí, hablamos todos a la vez y allí lo hacen más ordenadamente, casi siempre de uno en uno. Aunque luego las risotadas, las muestras de aprobación o desaprobación, las bromas y las canciones sean igual de ruidosas o más que en España.
Ese maridaje de tierra y mar se encarna bien en Schleswig-Holstein, Land alemán que visité muchas veces, casi siempre en verano, en días interminables e inolvidables, coincidiendo a menudo, en la última semana de junio, con la Kieler Woche, una fiesta anual famosa en todo el mundo, durante la cual miles de veleros de muy distintos países participan en regatas, pruebas y concursos de diversa índole en el fiordo de Kiel, la capital del territorio, a unos cien kilómetros de Hamburgo.
En esta última ciudad, impensable sin su puerto, su río Elba y su vocación comercial y marinera, se celebra también en verano otro happening, el Kreuzfahrt Festival Hamburg, en el que al menos siete grandes líneas de crucero llegan a la ciudad en las mismas fechas. La fiesta tiene lugar en el inmenso puerto, por la noche, entre decenas de fuegos artificiales y con sabios juegos de luz, dirigidos por renombrados diseñadores de iluminación (lighting designers, lichtkünstler), empleando focos y otros artificios lumínicos, que llenan y barren el área total en que se desarrolla el evento.
El espectáculo es inolvidable. Edificios y barcos envueltos en luz, con masas desbordantes de gentes emocionadas y alegres dispersas por todas partes, en los embarcaderos, en las terrazas al aire libre, en las cubiertas de los innumerables buques de todos los tipos y tamaños, con sus melancólicas sirenas estremeciendo el aire y como llamando insistentemente a gozar del momento y de la oportunidad única, incendiando los corazones en la tibia noche del verano nórdico, tan efímero. Queriendo aprisionar la fugaz belleza del instante, que no volverá hasta pasados otros dos años o hasta quién sabe cuándo. Con la necesidad y la urgencia de apresurarse para apurar el buen tiempo, los bellos atardeceres del estío, eternos en esas latitudes. Unidos todos en la inocente observancia del Carpe diem latino; siguiendo sin saberlo los ancestrales y felices ritos dionisiacos, que subyacen en todas las culturas. Intentado fijar para siempre el ambiente feérico del momento para poder recordarlo después.
Aconteceres así engendran inevitablemente la nostalgia, la fatal sensación de que todo termina demasiado pronto, la constatación de que la felicidad ocupa sólo una parte reducida de nuestras vidas. En una crónica del evento, de 2014, se habla de seiscientas mil almas de todo el mundo, asomadas atónitas e incrédulas al Elba, transformado por arte de magia en un enorme, bello y fugitivo escenario. Festivales análogos hay en otros países. Quizá en los del norte de Europa, con veranos limitados que huyen veloces, las gentes tienden a aprovecharlos con mayor vehemencia, con ansias más apremiantes. Es hermoso verles tan decididos a no dejar escapar la esquiva felicidad.
Son países de tierra y mar, dije. La vida en tierra no se concibe sin las referencias al mar y muchas canciones locales nos hablan de él. Una de las más populares, Wo die Nordseewellen, está cantada en plattdeutsch, en bajo alemán, el que se habla todavía en áreas rurales de la zona. ¿Es muy diferente del alto alemán? Si se ve escrito, no demasiado, pero hablado, se complica mucho el asunto. Voy a Wikipedia y tomo un párrafo, que mutilo: “En el término bajo alemán están los grupos bajo fráncico (en el oeste) y bajo sajón (en el este). El grupo bajo fráncico comprende el holandés, flamenco occidental, brabantés/flamenco oriental, kleverlandés, groningués, zelandés, limburgués, afrikáans… El plattdeutsch comprende aquellos dialectos bajo sajones y bajo fráncicos que son usados dentro de Alemania…”. ¿Puede alguien no experto tener siquiera una idea del tema? Wikipedia sirve, al menos, para que los tontos atrevidos, que creen que el mundo es sencillo y bastan cuatro ideas para entenderlo, se paren un poco y mediten. Con tantas lenguas y dialectos distintos, ¿se puede esgrimir alguna como argumento para justificar una disgregación o separación? Se podría no acabar nunca y atomizar cualquier comunidad, por antigua que sea su trabazón, su nacimiento, su historia.
No puedo hablar con autoridad sobre los gustos musicales de los alemanes. Pero sí he podido apreciar que tienen éxito en ese país las canciones suaves, a veces melancólicas o tristes. Yo creo que el pueblo alemán, con las salvedades inherentes a toda generalización, es serio, honesto y romántico. Como una de mis metas es divulgar realidades que he tenido la fortuna de conocer, me referiré a algunas canciones típicas o populares alemanas, que mis lectores hasta podrán escuchar con los vínculos que muestro; quizá para algunos sean nuevas. De la Alemania del Norte, para ser más precisos, de la Alemania marinera, volcada al mar desde siglos.
Una de ellas es la ya mencionada Wo die Nordseewellen. Doy el vínculo para Youtube y traduzco, abreviadas, palabras del inicio: https://youtu.be/oBM_2GsWsKUDonde las olas del mar del Norte bañan la playa, / donde las flores amarillas florecen en la verde tierra, /donde las gaviotas chillan en la tormenta. / Ese es mi hogar (Heimat es la palabra utilizada), allí me siento en mi casa.
El hogar se tiene en muy distintos sitios y puede estar por tanto en el mar. Heimat, la palabra alemana en esta canción, designa el terruño, la tierra chica, la patria, en un sentido entrañable y profundo. El mundo está lleno de patrias así, íntimas, acogedoras, espacios pequeños y concretos, anclados en un tiempo pretérito que es muchas veces el de la infancia. Hay tanta belleza en nuestro mundo que a todos nos tocó algo y siempre he pensado que los cantos excesivos y exclusivos a las patrias son injustificados y vacuos. Los nacionalismos exacerbados son perversos. Cuando me topo con uno de estos nacionalistas a ultranza, me dan ganas de echarme a reír. Luego me dan ganas de echarme a llorar. Al final, me dan ganas de echar a correr. No porque sean peligrosos, aunque puedan llegar a serlo —lo han sido, infinitamente, a lo largo de la historia—, sino porque les temo. Les temo porque me aburren, aburren a las ovejas.
Otra canción es la de Seemann, deine Heimat ist das Meer (Marinero, tu hogar es el mar) y fue compuesta por Werner Scharfenberger. El vínculo es http://youtu.be/B-SVP6i9tbk. Traduzco el principio: Marinero, deja tus sueños, / no pienses en tu casa. / Marinero, el viento y las olas / te llaman para sí. / Tu hogar es el mar, / tus amigas son las estrellas. / Tu amor es tu barco, / tu nostalgia es la distancia. / Sólo a ellos has de ser fiel / tu vida entera.
Otra canción, muy triste y que no procede del ámbito regional al que me estoy ciñendo, es Abba Heidschi Bumbaidschi (el título lo he visto escrito de diversas maneras). Se trata de una muy vieja canción de origen austro-alemán, que quizá se remonta hasta el siglo XV, con un texto que habla de una madre que muere y deja solo a su hijo. Fue al principio una canción de cuna, pero se ha ido convirtiendo en una tema navideño, sin que las palabras hayan cambiado. El título es intraducible y el vínculo, para la versión de Plácido Domingo es https://youtu.be/80n6JTscWBU. Ofrezco en español las palabras iniciales, muy sencillas: Abba Heidschi Bumbaidschi, duerme tranquilo, / tu madre se ha ido / y estará fuera / por mucho tiempo.
Estos alemanes de Schleswig-Holstein, de los que estoy hablando ahora, son gente seria y sin embargo cálida, transparentan honradez, mesura, consideración por la ley, las instituciones y las fuerzas del orden. No es miedo, lo sé muy bien, es respeto, como si comprendieran sin esfuerzo que su labor es necesaria e importante para cualquier sociedad. Como muestra contaré brevemente un suceso, que ocurrió estando yo allí. Una señora bastante mayor cayó en su casa y se rompió el hueso del codo, el olécranon, una parte del cúbito. Sólo explorando ligeramente la lesión se podía oír el crepitar de la fractura. Casi enfrente de la casa había una clínica traumatológica y quise llevarla allí, aunque no había ninguna urgencia. Fue imposible, porque la señora argumentó que debía ir antes a su médico de cabecera, que vivía también muy cerca, para que expidiera la pertinente petición al especialista.
Quizá estos alemanes son incluso algo distintos a los del Sur del País. Ellos mismos bromean sobre estos últimos y los consideran gentes menos formales, de más errático comportamiento. En el norte, por ejemplo, no es habitual que en los restaurantes y cervecerías se comparta mesa con desconocidos, lo que, en cambio, es muy corriente y casi obligado en Baviera. Es un detalle sin importancia. En Schleswig-Holstein, conocí gentes de muy diversa condición, desde profesores universitarios hasta menestrales de variados oficios. Jamás tuve ningún problema con estas personas de gustos sencillos y poco sofisticados, que se divierten de manera tranquila y plácida.
(continuará)

10 de marzo de 2018

Para el escritor Jaime Salom Vidal in memoriam


Amigos lectores, interrumpí este blog en la entrada 400, porque creció demasiado (más de mil páginas). Hice una excepción, la entrada 401, para la necrológica de una querida amiga de la infancia. Haré  hoy otra, para la del dramaturgo Jaime Salom, de quien fui también muy amigo. La leí hace ya cinco años en un homenaje póstumo que le dedicamos en Madrid, aunque no la traje entonces al blog; aquí viene ahora.
Pero no quiero romper mi silencio sólo con tristes noticias. En esta primavera, en mi  añorado Nueva York, publican un libro mío, Relatos con Nueva York al fondo. Para ello he contado con la inapreciable ayuda de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE, hay casi cincuenta millones de hispanoparlantes en Estados Unidos), que ha auspiciado el proyecto y con la que voy teniendo una colaboración cada vez más estrecha. Encuentro entre sus miembros una acogida que me recuerda los años de mi juventud en aquella ciudad, inolvidables por tantas razones.

Para el escritor Jaime Salom Vidal, in memoriam

Podría empezar con un “Decíamos ayer”, porque voy a hablar del ayer, de lo que dije o escribí en el pasado sobre Jaime Salom, hace entre diez y doce años. Me alegra haberlo hecho entonces; a la gente hay que decirle las cosas, las cosas buenas y quizá hasta las malas, cuando están vivas. En mis palabras Jaime aparecerá vivo y hurgaré poco en la tristeza de su desaparición. Y como él fue sobre todo un autor teatral, dotaré a mi discurso de una leve arquitectura escénica. Atención, porque tendrán ustedes que imaginar.
1) Primer acto: Un noble anfiteatro de un vetusto edificio, que fue facultad de Medicina y hospital, en una calle cerca de aquí. Un médico presenta, ante los jubilados de su Colegio, una Historia de Asemeya, recién publicada, y les dice: Me apasiona lo que piensan los mayores. Cuando ya se han cansado de pelear, cuando han aquietado las ansias de triunfo, cuando han aprendido lo que es realmente importante. Cuanto más hacia atrás se mira, más hacia adelante se ve. Por eso, es a los mayores a los que me encanta preguntar: ¿Es una futesa la vida? Contadme. ¿Es verdad lo que dice Macbeth?: La vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico que se pavonea y agita una hora sobre la escena y después no se le oye más; un cuento narrado por un idiota, con gran aparato y que nada significa.
Todo eso, sigue diciendo el presentador, se lo podría preguntar a nuestro presidente de Asemeya, que es hombre inteligente y sensible, y tiene una impresionante obra ya hecha. Y prometo hacerlo, en cuanto se haga mayor. Porque Jaime Salom no es ni siquiera un mayor joven, de los que hablé antes; es un mayor adolescente. Eugenio D'Ors escribió que la adolescencia más que un período temporal es un estado. Nuestro presidente está en ese estado de adolescencia, de gracia, y, para que lo sepan, le están estrenando ahora en muchas ciudades del mundo, quizá más que nunca.
La cita de Shakespeare es de las más repetidas de la literatura. Como aquella otra del Hamlet, cuando Polonio pregunta: ¿Qué lee mi señor? y Hamlet responde: Palabras, palabras, palabras. Sobre las palabras, me permitiré una muy corta digresión, ya que estamos todos aquí, hermanados por el cariño y la admiración a Jaime, y también por el amor irrenunciable a las palabras. Goethe, en un escrito de sus años estudiantiles de Strasbourg, cuenta: Una hermosa serpiente se tragó unas monedas de oro y se fue haciendo luminosa y transparente. Se metió luego en una cueva en la que había una estatua de un viejo rey. El rey, la estatua del rey, le preguntó: ¿De dónde vienes? De la sima donde habita el oro, contestó la serpiente (se sabe desde siempre que las serpientes pueden hablar y ser muy convincentes). ¿Qué es más precioso que el oro?, preguntó el rey. La luz, respondió la serpiente. ¿Qué es más bello que la luz?, preguntó el rey. La palabra, respondió la serpiente.
2) Segundo acto: Una bellísima ciudad de la Toscana. En una casa, cercana a la plaza donde se celebran las famosas carreras del Palio, un viejo profesor de su universidad, una de las más antiguas de Italia, lee una carta que viene de España: He leído tu nuevo libro y te felicito. También por tus cartas, inteligentes e inspiradoras. Ni siquiera falta el humor cariñoso y benévolo, cuando hablas de Jaime Salom, de lo que te contara sobre su escasa frecuentación de las modistillas (sartine) en su juventud, y añades que “ forse si è rifatto (desquitado) in seguito”. En cuanto al “rifacimento”, he tenido alguna confianza con Jaime y creo que “si è rifatto meno di quanto avrebbe potuto”, dada su fama, su inteligencia y su aspecto físico. Ha estado siempre trabajando mucho y no le ha quedado demasiado tiempo; esa es la verdad.
Yo escribí esa carta y el profesor era Arnaldo Cherubini, al que muchos de ustedes conocieron. En sus cartas, muerta su esposa Bruna, a veces me hacía el regalo de sus sentimientos y de sus tristezas. Quizá la lejanía nos hace menos pudorosos. En una de ellas, confesando el amor por su esposa, su soledad presente, decía: “Y ahora, claro, continúo viviendo, pero sin ninguna alegría; y trabajando, y mucho, hasta la náusea, sin alegría; a veces hasta riendo, sin alegría. Es el indiscutible y lógico reverso de la medalla: si has amado, debes sufrir por todo lo que has amado”. Traigo aquí estas palabras por las referencias a Jaime, en su carta y en la mía, y porque son de un muerto, pertinentes ahora, para ayudarnos a aceptar o soportar la muerte de otro muerto.
Amor y muerte, los dos grandes temas de la vida, tan entreverados a veces. Hemos sido diseñados para morir, no es algo surgido por azar. Cualquiera que conozca los procesos de envejecimiento celular lo sabe. Y nada sería tan insoportable como nuestra vida terrenal, prolongada en exceso. La inmortalidad nos llegaría a enloquecer por la eterna repetición de los aconteceres, por la insistente presencia de lo ya vivido, por el constante infortunio del mundo. Mejor esta humanidad nuestra, de dioses ínfimos, mortales, gozando de la impagable libertad de equivocarnos, de errar el camino y empezar de nuevo. Bendita, sobre todo, la posibilidad de olvidar. Olvidaremos el dolor hiriente de la muerte de Jaime y nos quedaremos con el esplendor de su amable imagen de eterno adolescente.
Otro de los grandes temas: el olvido. Hay quien no quiere olvidar. Quizá recuerden, de Tristán e Isolda, aquel perro fantástico, Petit Cru, que un hada entregara al rey de Gales, con un cascabel, cuyo sonido tenía la magia de borrar todos los recuerdos tristes. Tristán padeció los peligros de la guerra, sólo para conseguirlo y enviarlo a Isolda, para que olvidara. Pero Isolda quiso compartir su sufrimiento con Tristán y arrojó el cascabel al mar.
En cambio, la infantina Blanca Flor, en la deliciosa Farsa infantil de la cabeza del dragón, de Valle-Inclán, dice: Quiero olvidar. Y el Príncipe Verdemar le contesta: No se olvida cuando se quiere. Y la infantina insinúa: Dicen que hay una fuente… Y el príncipe añade: Esa fuente está siempre al otro extremo del mundo. Para llegar a ella hay que caminar muchos años. ¿Se olvida al beber sus aguas?, pregunta de nuevo la infantina. Se olvida sin beberlas, contesta tajante el príncipe. Es el tiempo quien hace el milagro y no la fuente. Cuando una peregrinación es larga, se olvida siempre.
3) Tercer acto: Una habitación llena de libros, en una calle rumorosa y alegre del centro de Madrid. Un hombre mayor, de aspecto agradable, distinguido, lee una carta.
Querido Jaime: Me alegró encontrarte el otro día en la Gran Peña y comprobar que estás en excelente forma. Si acabas de encontrar definitivamente el elixir de la inmortalidad, avísame. El emperador Shih huang-ti lo buscó desesperadamente en el siglo III a. de C., por la inmensa China y el mar de Japón y llamó sin descanso a los magos y a los alquimistas para que vinieran a su corte. Los sabios confucianos criticaron este torpe y absurdo anhelo de pervivir, y él ordenó ejecutar a 460 de ellos. Estas, Jaime, son mis inocentes florituras y casi todas están en las buenas enciclopedias. Nunca estoy más acompañado que cuando estoy solo en casa, con ellas.
Te despides como Presidente y habrá adhesiones de los no presentes. Te envío ya un muy cariñoso saludo, para ti y para todos. Y quiero que alguien diga que yo digo que, sinceramente, conociendo no mal la historia de Asemeya, nunca ha habido un presidente tan apropiado como tú, ni ha tenido ninguno tus méritos literarios; de eso estoy completamente convencido. Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace...
Un abrazo para ti y mis mejores saludos para Montse, Paco Redondo.
4) Epílogo: Salón de actos en una de las zonas más nobles de Madrid, frente al Palacio de las Cortes, con un público educado y paciente. Algunos médicos han hablado de ese excelente y fértil dramaturgo que fue Jaime Salom, cada uno como el buen Dios le dio a entender. El último dice: Se cuenta que Julio César Escalígero, un médico humanista del siglo XVI, no podía leer el relato de la muerte de Sócrates, en el Fedón platónico, porque se echaba a llorar. A mí me duele en lo más hondo sólo imaginar el regreso de Jaime a Sitges, en ese viaje final a Ítaca que hacemos todos los mortales, cuando el mundo se despuebla de caminos y sólo queda el que nos devuelve al punto de partida. Acompañado de su esposa Montse, pero ya vencido, sembrador involuntario de vastas soledades, memorando, como de un sueño ajeno, la huidiza juventud, la felicidad esquiva; buscando con urgencia esa palabra justa que uno quiere decir, y decirse, antes de morir. La vida, la de cualquiera, es la historia de una derrota. Hasta en casos como el de Jaime, favorecido casi siempre por la Fortuna y, desde hace muchos años hasta el final, por la feliz aparición de Montse.
No sé si nos damos cabal cuenta del privilegio que hemos tenido al compartir algo de nuestra vida con él. Yo no traté de analizar sus méritos y me limité a escuchar a mi memoria y sobre todo a mi corazón. Remembré al amigo ilusionado que disfrutamos los que le conocimos y quise mi charla adornada de palabras nobles y antiguas, alada, no demasiado triste. No lo logré, porque seguramente era imposible. Lleva razón esa profunda seguidilla popular que canta: “Dices que no son tristes / las despedidas. / Dile al que te lo ha dicho / que se despida”.
Cae el telón. Fin de la representación.

9 de noviembre de 2017

Para Mary Cordero, in memoriam

Interrumpí hace ya meses este blog porque había alcanzado una extensión excesiva, muy alejada de mis propósitos. Escribo hoy una entrada excepcional, dedicada a una muy querida amiga, también muy singular, que acaba de dejarnos.

La indomable Muerte se llevó a Mary Cordero; era de las gentes de mi pueblo, Úbeda, que conozco desde niño. El hecho me ha cogido desprevenido y vulnerable. La Muerte puede caminar a hurtadillas, lo sé muy bien. Pero la conseja no parecía aplicable a ella, que gozaba de una iluminada vejez, despierta y creativa, interesada por todo, por las cosas viejas y por las nuevas. Era una dicha, un premio, una fortuna para sus amigos. Era una mujer abierta, sensible, cariñosa, capaz de entender, y de querer, a todos, los de su edad y los más jóvenes. Desde que leyó mis primeros escritos, no dejó de alabarlos y animarme; la proclamé de inmediato mi agente literaria honorífica en La Loma.
Me llegó la triste noticia cuando escribía, en la introducción a un artículo: “Tengo una leve desconfianza hacia el género humano y me dispongo a dejar el mundo, cuando toque, tras haber contemplado sus pompas y glorias que no me ofuscaron del todo, con sincera conformidad y hasta con un poco de aburrimiento”. Todo eso quedó arrasado por la noticia de la muerte de Mary y comprendí, en un momento, que ella no estaría de acuerdo con mis palabras, porque era una mujer vital, risueña y volcada al futuro.
Cada uno vive como puede y, en cierto modo, muere como quiere. He hablado alguna vez de la fatigue de vivre, la ‘fatiga de vivir’, y me reconforta este aspecto benefactor, raramente considerado, que también tiene la Muerte. Federico II de Hohenstaufen, al que se llamó stupor mundi (pasmo del mundo), rey de muchos reinos, al final de su vida, cansado ya de batallar, de intrigar, de intentar convencer, de pactar, de amenazar y de castigar, anhelaba refugiarse en esa paz que otorga la Muerte. Era inteligente, culto, soñador, escéptico y hablaba nueve lenguas. Murió en su cama, con el habito cisterciense. Seguramente compartiría el espíritu del epitafio latino que un famoso escritor francés, hacia el fin del siglo XIX, pudo ver en Brindisi, la ciudad portuaria situada en el final de la Vía Apia. Estaba inscrito en la tumba de un navegante y decía: Caminante, detente. He recorrido muchas veces los mares con las velas al viento, he pisado tierras desconocidas y aquí he llegado a mi fin. Ahora no temo ni los vientos, ni las tormentas, ni el mar cruel, ni los piratas. A ti, oh, Muerte, que me has liberado de mis preocupaciones, te saludo, Diosa bienhechora.
El olvido, como el dios romano Jano, tiene dos caras. Es tan nuclear en nuestra existencia, que se metamorfosea en formas diversas. A veces sentimos la necesidad imperiosa de olvidar y otras, por el contrario, nos aterra la posibilidad de olvidar. El protagonista de una obra de Byron, Manfred, un noble atormentado por un complejo de culpa, invoca, mediante conjuros, a un grupo de Siete Espíritus. Estos le preguntan, ¿qué quieres de nosotros, hijo de mortales?, y él dice una sola palabra: olvidar. Para otros, el temor a olvidar conduce a la angustia. Porque los recuerdos son el hilo que vertebra nuestra conciencia, los materiales con que edificamos nuestra personalidad.
En el Hades griego, para algunos mitólogos había dos ríos: el Letheo borraba la memoria de los que lo cruzaban, que se libraban así de las vicisitudes que vivieron. Otro río, el Mnemósine, tenía los efectos contrarios: sus aguas hacían recobrar la memoria de todas las cosas. Después de la muerte, cada uno de los llegados podía elegir beber el agua de uno de los dos: o bien olvidarlo todo o bien recordarlo todo. Una elección quizá nada fácil para muchos de los humanos.
Ya dije que estas divagaciones, que me ayudan a mí, nuestra Mary no las compartiría. Seguramente estaría mucho más de acuerdo con aquel personaje de García Márquez, Fermina Daza, de setenta y dos años, que “descubrió que las rosas olían más que antes, que los pájaros cantaban al amanecer mucho mejor que antes […] que el amor era el amor en cualquier tiempo y en cualquier parte, pero tanto más denso cuanto más cerca de la muerte”.
Mary era del grupo de mis amigos de siempre. Ellos son mi pasado, los múltiples espejos en los que me he mirado y reconocido. Veo lo que hemos vivido juntos y lo que no pudimos o no nos dejaron vivir. Sin ellos el pasado se esfuma y se desvanece mi historia. Cuando se van, me asaltan los recuerdos, los sueños, la nostalgia de un tiempo ido que no sé buscar solo. Y constato que el mundo no es como debiera, que todo está tocado de banalidad, y se afianza la certeza de que la felicidad es imposible o efímera. Llevo muy mal que se mueran, cada vez lo soporto peor.
En un relato mío, El reino de Ta, el viejo rey Piasta quiso viajar a Tirnanoge, la tierra de la perpetua juventud, nunca visitada por la Muerte. Preparaba el viaje cuando se le presentaron unas hadas: Rey Piasta, ¿te gustaría seguir viviendo cuando hayan muerto tus caballos y tus canes, los maestros que te guiaron en la vida, las mujeres que te amaron, los armados compañeros de las batallas? ¿Te gustaría vivir en un mundo en el que no tendrás a nadie con quien compartir un recuerdo de infancia o mocedad? El rey se llegó hasta la ribera de un río y meditó allí las preguntas de las hadas. Tras pensarlo mucho, decidió no ir a Tirnagoge y dejarse morir, cuando llegase su hora.
Para expresar mi desánimo tras la muerte de Mary, tengo que recurrir a otros. A Borges, a un hermoso poema suyo del que tomo algunos versos deslavazados: Ya no es mágico el mundo, […] sólo me queda el goce de estar triste. […] Ya no seré feliz. Tal vez no importa. / Hay tantas otras cosas en el mundo; / un instante cualquiera es más profundo / y diverso que el mar.  […] La muerte, ese otro mar, esa otra flecha.
Y otros versos de un gran poeta amigo, Jaime Ferrán, al que tuve la suerte de conocer y que murió hace poco. Años antes había muerto su esposa, Carmen. El poeta lo contó así, con desolada sencillez, desde su casa en el estado de Nueva York, en el que ese mismo día habían entrado ciervos en el jardín:  No estaba preparado / para el final. Nunca lo estamos. / Llegó por la mañana. […] Vino la enfermera… / Se pararon dos ciervos / en el jardín. / Cuando nos lo dijeron / ya no estaban. Tú también te habías ido.
Hay quien no quiere olvidar. En Tristán e Isolda, se cuenta de un perro fantástico, Petit Cru, con un cascabel, cuyo sonido tenía la magia de borrar todos los recuerdos tristes. Isolda, para no olvidar y compartir su sufrimiento con el ausente Tristán, arrojó el cascabel al mar. En cambio, la infantina Blanca Flor, en la Farsa infantil de la cabeza del dragón, de Valle-Inclán, dice: Quiero olvidar. Y el Príncipe Verdemar contesta: No se olvida cuando se quiere. Y la infantina insinúa: Dicen que hay una fuente… Y el príncipe añade: Esa fuente está siempre al otro extremo del mundo. Para llegar a ella hay que caminar muchos años. ¿Se olvida al beber sus aguas?, pregunta de nuevo la infantina. Se olvida sin beberlas, contesta tajante el príncipe. Es el tiempo quien hace el milagro y no la fuente. Cuando una peregrinación es larga, se olvida siempre.
Yo querría acogerme ahora, en estos momentos de melancolía, a lo que se podría llamar la modulación piadosa del olvido: la gracia de recordar los momentos felices que compartí con Mary Cordero y olvidar todo lo que me remita a su desaparición. Ojalá lo logre, ojalá lo logremos todos los que la conocimos.

21 de junio de 2017

De la buena literatura (entrada 400 del blog)

Ya expresé mis dudas sobre la pertinencia de haber intentado un corto paseo por el inabarcable mundo de la Matemática en las cinco últimas entradas de mi blog. Por fortuna, hay muchos libros que pueden cumplir mucho mejor esta misión divulgadora, que no citaré aquí. Para mi propósito, buceé brevemente en A History of Mathematics, del profesor norteamericano Carl B. Boyer, y en otro libro interminable (2000 páginas), traducido al español: Historia Universal de las Cifras, del libanés Georges Ifrah, nacido en Marraquech en 1947, incluido en la American Scientist List de “100 libros que dieron forma a un Siglo de la Ciencia”, el siglo XX.
Lo hecho, hecho está. Hemos llegado así a la entrada número 400 de mi blog, que la querría muy especial. Con ella, vuelvo a temas más fáciles de entender y los que me motivaron fundamentalmente para ir construyendo este blog: temas de literatura, de la buena literatura. Esa buena literatura que casi se está perdiendo en estos tiempos modernos, aunque obviamente no puede morir. Primero, por los miles de obras, creadas a lo largo de los siglos, que perdurarán eternamente, porque sus autores supieron llegar con ellas al núcleo más vivo e íntimo de los seres humanos. Y segundo, porque, si se aleja uno de los superventas y de los premios literarios, sigue apareciendo en autores de hoy, los que conciben la literatura como lo que es: una de las Bellas Artes.
Empieza el verano y es tiempo de relajarse, de descansar, para todo el mundo; para mí también, claro. No es el momento para sesudos estudios de estilos o escuelas literarias. En esta entrada, sólo quiero hacer una declaración personal, bastante concreta, aunque también me ampare en lo escrito por un escritor moderno español. Mostraré luego una cata de otros dos escritores, españoles también, del siglo XX.
Mi declaración, tajante por esta vez: No entiendo, no puedo entender, que se lea sólo para distraerse, para llegar a conocer la resolución de una intriga. Para eso están los noticiarios, los programas de TV, las porteras de las casas de vecinos... Para mí, la lectura que no lleve al lector a la fantasía, a la ensoñación, al encandilamiento por las palabras, que no logre conmoverle, maravillarle, que no le haga vibrar y conmoverse por su belleza, su ritmo, su musicalidad, que no remita a otros escritores, a datos eruditos y culturales, que no demande alguna visita al diccionario, etc., no tiene sentido, no es propiamente literatura. Tomo, y mezclo, frases de Francisco Umbral, de su obra La noche que llegué al Café Gijón (1977): “No soporto la torpeza literaria en el creador, los adjetivos tópicos, por no tratar de buscar otros. Un mal estilo traduce una sensación de desgana. […] Me molesta la ‘prótesis argumental’, ese determinismo que hay en ella. Al arte le ha estorbado siempre su necesidad argumental (en todas las artes). […] Hay escritores que identifican la escritura con la trascendencia. Basta con perder la gravedad para ser escritor”. Sobre el cuento escribió: “En el cuento la primera ley es que pase lo menos posible”. Y sobre los críticos: “Nadie ha estudiado en serio a nadie. Y si lo hace, como no se lee, lo que sigue funcionando son los tópicos de periódico”.
Los dos escritores españoles de los que ofreceré una muestra de su estilo, son dos gallegos: Álvaro Cunqueiro y Ramón María del Valle-Inclán, dos de mis predilectos en lengua española (los dos escribieron también en vernácula). Con estos autores no importa lo que digan, no hace falta que cuenten una historia o desarrollen una trama, una intriga. Por cierto, lo hacen y lo hacen muy bien. Lo que quiero decir es que, aunque no contaran nada, sólo oír mentalmente sus palabras es una delicia. Y lo es justamente porque saben escribir, conocen ese secreto que no todos descubren, al que muy pocos escritores llegan. Para no hacer esta entrada interminable, me limitaré a copiar unos pasajes de ambos, escogidos sólo porque los releí recientemente. No son, de ninguna manera, los más excelsos; no he querido buscar, seleccionar. Intercalaré alguna conveniente explicación en cursivas.
De Cunqueiro, de su Vida y fugas de Fanto Fantini, la penúltima novela que escribió, de1972: Tenía ya Fanto trece años, y dominaba a Donatus (Aelius Donatus, gramático latino del siglo IV) y Euclides, sabía encaperuzar el azor, todo de armas y caballo, ‘ordo lunatus’ (maniobra de combate naval) y marcha flanqueando en lo que toca a campaña, y voces venecianas y griegas. Iba para alto, la cabellera sin perder de su oro, los ojos celestes con el mérito de unas largas pestañas oscuras, y siempre la sonrisa en la boca. El cuello largo y la cintura estrecha confirmaban su esbeltez, y por el ejercicio de armas, se le alargaban los antebrazos y se le redondeaban las piernas, en las que lucía el fino tobillo heredado de donna Becca. La palabra gentileza valía para decir la estampa del aprendiz de capitán, que el signor Capovilla no dudaba de que lo sería y famoso. Fanto tenía la voz alegre y la mirada amiga, y un buen corazón.
También habla Cunqueiro del caballo de Fanto, de Lionfante, que pronunció un famoso discurso ante el Senado veneciano, defendiendo a su dueño, amante que había sido de Cósima Bruzzi, la bellísima mujer de Sir Franco Loredano: Que donna Cósima quedó prendada del rubio Fanto, de la clara sonrisa que amanecía en su rostro, soleado de los días de mar, solamente con verlo, es indudable. En entrevistas sucesivas, y ya en secreto, ¿cómo no le contaría Fanto a donna Cósima su vida militar, las batallas, prisiones, fugas y naufragios? Mi capitán le contaba a donna Cósima los azares de su vida, las aventuras por mar y tierra, de cómo por menos aún que el espesor de un cabello había escapado de la terrible prisión o de la muerte... Y ella lloraba.
Lionfante afirmó ante los senadores que él había asistido a varios encuentros de donna Cósima con Fanto en la terraza de Poniente, y que estaba de vigilancia, lo que le era fatigoso, porque tenía que estar con las dos patas delanteras (recuérdese que se trata de un caballo) apoyadas en el vano entre las dos almenas de esquina, para poder ver si llegaba alguien por el camino de ronda, y aunque 1a honestidad y el respeto que debía a su amo, el capitán Fanto, le impedía echar de vez en cuando una ojeada a cómo iban los amores, que entre historia e historia había grandes silencios solamente rotos por los suspiros de donna Cósima, que eran como imitaciones de pájaros, podía jurar que jamás hubo entre donna Cósima y Fanto la menor discusión, ni pensares diferentes, y que todo era una música de abrazos, besos, promesas y largas despedidas, y que un día que se escuchó una alarma en el portillo de los Panes, su amo saltó sobre él y salieron al trote, como de vigilancia, dejando a donna Cósima desnuda en la terraza. Cuenta Lionfante que no pudo evitar el verla, y recordaba ahora que era como si la luna nueva se hubiera acostado en la hierba, en el rincón donde nacen los lirios.
Y dos pasajes de una obra de Valle, Viva mi dueño (1926): ¡Altramuces! ¡Abanicos! ¡Naranjas! ¡El programa de la corrida! ¡La lista grande! ¡Nardos y claveles! Se vierte sobre las aceras el vocerío de cafetines y tabernas. Zumbona manolería asalta la imperial de los ómnibus. Disputas y zaragatas (tumultos). Las coimas de rumbo se lucen en calesa, florido el rodete y el pañuelo del talle. La Corte muestra su vana magnificencia en landós y carretelas. Clarines. Escolta de Guardias. Morriones y plumeros. Grupas (ancas de una caballería) en corveta (andar el caballo con los brazos al aire). Caballerizos de espadín y tricornio a la portezuela de las carrozas reales. La Reina Nuestra Señora, lozanea entre azules y guipures (tipo de encaje). A su izquierda se acoquina la pulcra insignificancia del Rey Consorte. Las Reales Personas no disimulan el desacuerdo del tálamo. La Señora saluda apomponada, florea la mano, tiene una afable sonrisa para su Pueblo. El Augusto Consorte se inclina, con urbana mesura, en un término casi olvidado del gran atalaje. Charoles y metales. Cuatro yeguas andaluzas. Encumbrados palafreneros: pelucas blancas y medias encarnadas. Otra sección de Guardias. Renovados clarines baten la marcha del Príncipe de Asturias. El Augusto Niño, con uniforme de sargento, encanta al populacho con la monería de su saludo militar. Sonríe, entre bigotes y perillas marciales. […] Los Serenísimos Señores Duques de Montpensier recibían en sus habitaciones el homenaje del bando unionista que conspiraba sin recato contra la Majestad de Isabel II. Generales, tribunos y poetas decoraban aquella intriga, con grandes gestos de virtudes romanas. La Unión Liberal se disfrazaba de matrona. Casco, rodela, lanzón, una sábana por manto, jugaba la tragedia, después de haber representado en las tablas políticas el intermedio de baile entre los Muñuelos Progresistas y los Escapularios Moderados. El Capitán General de los Ejércitos, Duque y Grande, que con su bengala imponía el ritmo de quiebros y mudanzas, había estirado el descomunal zancajo en tierra francesa. El héroe de Luchana se fue del mundo para no ver aquellos amenes. Héroe de cortas luces, pero tresillista de mucha cautela, resplandece en los fastos isabelinos, aplicando a la ciencia política los ardides con que se llevaba las puestas en la tertulia de su Doña Manuela. La Unión Liberal, huérfana y sin compás, croaba la fábula de las ranas pidiendo Rey (fábula de Esopo). La lucida comparsa de vates laureados, elocuentes tribunos y farrucos fajines, rendía acatamiento de testas coronadas a los Serenísimos Infantes. El Duque conversaba en un ángulo con el General Córdova. La Duquesa, asistida de damas y galanes, ocupaba el estrado. Las fichas del dominó en los mármoles, los descartes de malilla, las canciones a coro, pregonaban la cerrazón y el aburrimiento de la tarde.
Termina aquí esta peculiar entrada de mi blog, la número 400. Es la más larga de todas, es la que tiene mayor proporción de texto citado. Si yo lograra con ella que algún lector leyera a los autores que menciono, la consideraría exitosa. Y es la última, hasta después del verano por lo menos. Queridos lectores, que tengáis un verano feliz, que vos plaisirs soient sans mélange, votre beauté durable, et votre bonheur sans fin (que vuestros placeres sean puros, vuestra belleza duradera y vuestra felicidad sin fin). Son palabras de la dedicatoria del Zadig de Voltaire a la sultana Sheraa, que hago mías. Añado dos capturas de pantalla, con mis últimas entradas y procedencia de mis lectores.


18 de junio de 2017

De las Letras y de las Ciencias (5 de 5)

En mis entradas anteriores, he hablado un poco de los números primos, sobre todo de los de Mersenne, lo que representa una parte ínfima de una rama de la Matemática, la Teoría de Números, la más asequible para los profanos. Habría que decir algo, al menos, de Euclides, de Fermat, del “teorema fundamental de la aritmética”, etc. Este teorema establece que cualquier número natural es un producto de números primos (factores), que serían como los ladrillos con los que se construyen todos los números naturales. Lo enunció Euclides en el siglo III a. C., con algunas lagunas en su demostración, resueltas dos mil años más tarde por el matemático Johann Carl Friedrich Gauss (1777–1855). Y relatar también los esfuerzos de los investigadores por encontrar alguna regla en la sucesión de los números primos, misterio que persiste inviolable.
¡Son tantos los campos y tan fascinantes! Los llamados números de Fermat se calculan mediante la fórmula NF = 2^(2^n) + 1, y Pierre de Fermat (1602-1665) pensó que todos eran primos, lo que no es cierto. De hecho son primos para n = 0 hasta 4. Para n=5, el número resultante, el 4294967297, es ya compuesto, igual a 641*6700417. {\displaystyle F_{5}=2^{2^{5}}+1=2^{32}+1=4294967297=641\cdot 670041Es el menor número de Fermat que no es primo, como fue probado por Leonhard Euler, en 1732. No está claro si hay más primos de Fermat; en la actualidad sólo se contemplan estos cinco, los mismos que conoció el jurista y matemático aficionado francés.
Fermat propuso también el conocido como su ‘último teorema’, cuya prueba desafió a los matemáticos durante más de tres siglos, hasta que fue resuelto en 1995. El teorema dice que la ecuación x^n + y^n = z^n no tiene solución con números enteros para n>=3 (>=, mayor o igual que). Sí la tiene para n=2; sabemos que 3^2 + 4^2 = 5^2. El proceso lógico específico de la matemática exigiría demostrar que, en efecto, para n=3 no existen números enteros que satisfagan la igualdad x^3 + y^3 = z^3 y, además, que esto ocurre forzosamente para todos los exponentes sucesivos mayores que 3.
Porque este es el método típico de la matemática, distinto al de la inducción incompleta, válido para las ciencias experimentales: la inducción completa o, mejor, “razonamiento por recurrencia”. En él se distinguen dos fases: en la primera se muestra que cierta proposición tiene el carácter que Bertrand Russell llamaba “hereditario” —si es verdadera para un elemento de una secuencia, ha de ser verdadera para el elemento que le sucede—. En la segunda fase se demuestra que la proposición es verdadera para ese primer término de la secuencia. Estas exigencias vienen de que la matemática es una ciencia exacta, el paradigma de las ciencias exactas, y en ella no tiene cabida la citada inducción incompleta. En el caso del último teorema de Fermat, la primera aserción no pudo demostrarse hasta 1995, por el británico Andrew J. Wiles, mediante métodos que se estima que sólo el 0.1 % de los matemáticos vivientes puede entender.
Puesto que todo numero natural es un producto de primos, uno puede preguntarse cuántos ‘factores primos’ tienen los distintos números. Esta cifra es variable y no hay una fórmula mágica para calcularla, ni es probable que se encuentre jamás. Sí se puede tener una idea de la distribución de ese número de factores en un determinado conjunto de números naturales y resulta que, cuando se estudia un conjunto grande, las frecuencias del número de tales factores adoptan una figura en forma de campana, bien conocida por los matemáticos: la curva de Gauss, como demostraron Paul Erdös y Marc Kac, un húngaro y un polaco, en 1939. El primero es el protagonista del libro de Paul Hoffman, The man who loved only numbers, amor excesivo, que tampoco es bueno.
Sólo he podido dar un rápido paseo por uno de los temas de la Matemática, ciencia que impresiona por su vastedad, por su inabarcabilidad. El saber ocupa mucho lugar; es el no saber el que no ocupa lugar. Hice mal, quizá hubiera debido ceñirme a expresar la idea más evidente de que esta ciencia es una especie de gimnasia intelectual. Porque es a la vez abstracta y concreta, alejada y cotidiana. Como médico, citaré unas palabras de Hipócrates a los médicos: El estudio de la aritmética y la geometría no sólo hará más esclarecida y útil vuestra vida, para un sinnúmero de actividades humanas, sino también más inteligente vuestro espíritu, y a vosotros más idóneos para dedicaros a la medicina. Y algo más severo aún, de Roger Bacon (1214-1294): Neglect of mathematics works injury to all knowledge, since he who is ignorant of it cannot know the other sciences or the things of this world. And what is worst, those who are thus ignorant are unable to perceive their own ignorance, and so do not seek a remedy.
Si alguien de Letras ignora por completo este bello mundo de la matemática, y el de otras ciencias, quizá merece ese calificativo peyorativo de ‘letrasado’. Hay que cuidar el cultivo de la Matemática, nos va demasiado en ello. El mundo se está haciendo más digital y computable cada día. Ejemplos recientes demuestran que la vida de las  complejas sociedades del presente, y nuestra libertad, pueden estar en peligro. Termino con otras palabras de Charles Percy Snow: So the great edifice of modern physics goes up, and the majority of the cleverest people in the western world have about as much insight into it as their Neolithic ancestors would have had (mientras el gran edificio de la física moderna crece, la mayoría de la gente más inteligente del mundo occidental tiene de ella la misma visión que sus antepasados del Neolítico). Mal  asunto, indeed

12 de junio de 2017

De las Letras y de las Ciencias (4 de 5)

Los números primos de Mersenne se obtienen mediante la fórmula: Mn = 2- 1 y al principio se pensaba que todos eran primos si n era primo; esto se vio luego que era falso y Hudalricus Regius ya mostró, en 1536, que 211 - 1 = 2047 no era primo (es igual a 23*89). Se comprobó más tarde que estos números eran primos para n=17, 19, 31, pero no para n=23, 29, 37… Fue por fin Mersenne quien compiló una lista de estos primos (exponentes hasta 257) y conjeturó que los de su lista eran los únicos posibles. Cometió algunos errores, porque incluyó a M67 y M257, que no son primos, y en cambio omitió M61, M89 y M107, que sí lo son. También se equivocó al pensar que no existían primos de este tipo con exponentes mayores de 257; hoy sabemos que hay primos de Mersenne mucho más grandes. La lista definitiva, hasta el exponente 257, reconocida en 1947, es con los exponentes 2, 3, 5, 7, 13, 17, 19, 31, 61, 89, 107 y 127.
Actualmente, hasta el 7 de enero del 2016, se conocen 49 primos de Mersenne, siendo el mayor de ellos por ahora el M74 207 281 = 274 207 281−1, un número de más de veintidós millones de dígitos, exactamente 22338618. Los más recientes primos mayores, que se han ido conociendo gracias a potentes ordenadores, son casi siempre primos de Mersenne, pero no constantemente. Ha sido un matemático de la Central Missouri University, Curtis Cooper, el que calculó este último número; ya había logrado cuatro veces este récord, la primera el 15 de diciembre del 2005.
Ocurre también, lector amigo —supongo que puedo llamarte así a pesar de esta dura entrada— que 2n - 1 es la suma de la siguiente  progresión geométrica: 20 + 21 +22 + 23 +… + 2 (n-1) = 2n -1. No todas estas sumas, para diferentes n, son números primos, como ya se hizo notar; de hecho muy pocas son números primos. Tan pocas que, hasta ahora mismo —hasta el 7 de enero del 2016— sólo 49 cumplen la condición, como ya escribí. Entre los cien primeros números naturales hay sólo tres primos de Mersenne, el 3, el 7 y el 31, mientras que el número total de primos es veinticinco. Y entre los mil primeros números, en los que hay 168 primos, sólo hay 4 de Mersenne, los tres mencionados antes y el 127; estos cuatro eran ya conocidos por los matemáticos de la antigua Grecia. El quinto, el 8191, fue hallado en el siglo XV por un autor anónimo y los dos siguientes, el 131071 y el 524287, son del siglo XVI y se deben a Pietro Antonio Cataldi (1548-1626), un brillante matemático italiano que nació y murió en la ciudad de Bolonia, mi querida Bolonia, en donde hice mi doctorado hace ya muchos años, aunque no tantos como para coincidir con este Pietro Antonio.
Los primos de Mersenne, que resultan del cómputo 2n -1 (la suma de una progresión, como ya sabemos), multiplicados por el último término de la misma, 2(n-1), son números perfectos. Esta es la proposición final, para los cuatro primeros, del libro IX de los Elementos de Euclides de Alejandría, escritos hace unos 2300 años. Para que esto se entienda, tengo que decir lo que son los números perfectos, atribuidos por algunos a Pitágoras, unos doscientos años antes, y lo haré muy brevemente. Cualquier número, si no es primo, tiene divisores, aparte de él mismo y el uno. Al sumar todos los divisores de un número, la suma puede tener el mismo valor que el propio número, o ser mayor o menor. En el primer caso se dice que el número es perfecto. En los otros dos casos, se habla de números abundantes o defectivos, respectivamente. Dos ejemplos de números perfectos son el 28 = 1 + 2 + 4 + 7 + 14, y el 496 = 1 + 2 + 4 + 8 + 16 + 31 + 62 + 124 + 248. Por todo lo explicado, resulta evidente que Pietro Antonio Cataldi, al hallar dos primos de Mersenne en el siglo XVI, también encontró, como es obligado, dos números perfectos, el sexto y el séptimo de orden: el (217 – 1)* 216 = 8.589.869.056 y el (219 – 1)*218= 137.438.691.328, respectivamente.
Escribiré algo más y terminaré esta serie con la próxima entrada, la quinta. Estoy arrepentido de cómo la planteé; mi objetivo era mostrar la potencialidad del paradigma científico para entender el mundo, frente al de las Letras para el mismo empeño. Venía todo del escrito de un periodista que, dado el sentido peyorativo del término “letrasado”, abundaba en las ventajas para esta tarea de la formación en Letras. Quería yo hacer valer el perfectamente compatible mérito de las Ciencias. Quise también, y ahí mi error, contar algo de los apasionantes problemas de la Matemática, esa “bella desconocida”. Pretender eso en unas pocas entradas es imposible.
Desde que se separaron claramente las Letras y las Ciencias —los sabios antiguos era teólogos, filósofos, matemáticos, médicos, etc., todo a la vez— se hizo evidente que la falta de comunicación entre aquellas era una desgracia. El físico y novelista inglés Charles Percy Snow, en su Conferencia Rede, en Cambridge, titulada Las dos culturas, de 1959, y en su libro sobre el mismo tema, de 1963, señaló que en gente dedicada a las Humanidades existe frecuentemente un desconocimiento profundo de principios y postulados científicos esenciales. Los de Ciencias, en cambio, por lo menos han oído hablar de Shakespeare. Esto puede tener alguna explicación, pero esa asimetría, que era negativa entonces y siempre, ahora puede ser catastrófica, suicida. 

7 de junio de 2017

De las Letras y de las Ciencias (3 de 5)

Terminé mi anterior entrada ensalzando la maravilla de esas alrededor de ochenta y cinco mil millones de neuronas que integran el cerebro humano y le permiten percibir el esplendor y hermosura no sólo del mundo de Dios, sino de las obras de los propios hombres —no escribo “y mujeres”, porque para cualquiera con dos dedos de frente la aclaración es innecesaria; cada vez que oigo en un mitin “ciudadanos y ciudadanas” me da un soponcio—. Y también indagar y conjeturar la estructura del Cosmos, mediante el poder del pensamiento científico, creando otros universos abstractos de sobrecogedora grandeza y armonía. Pensando en esas capacidades, conviene recordar que, por lo que se refiere a la Matemática, muchos de los profesionales que la estudian confiesan que el principal criterio para valorarla y amarla, en muchas de sus áreas, no es otro que la pura belleza formal, sin que ello conduzca a consecuencias prácticas inmediatas.
Aunque existen dominios de la misma que se prestan a tales aplicaciones. No es fácil diferenciar a priori en esta ciencia qué tareas pueden ser útiles en el manejo de la realidad. La historia de la Matemática está llena de ejemplos en los que se emprendió una investigación en un campo concreto, por un  interés meramente teórico, y luego resultó con aplicaciones prácticas. Como sucedió con la geometría no euclidiana de Gauss, Bolyai y Lobachevsky —en ella se da la paradoja de triángulos cuyos ángulos no suman exactamente 180º—, que luego sirvió de base para la geometría de Riemann, necesaria a su vez para que Einstein elaborara su teoría general de la relatividad.
Para ilustrar con un ejemplo el método clásico de trabajo en las matemáticas, me referiré a un tema que ha suscitado una antigua atención en la historia de esta materia: los números primos. Euclides de Alejandría (325 – 265 a. C.) los definió y ya pensó que había infinitos. Recordaré que número primo es aquel que sólo es divisible por sí mismo y por la unidad: 2, 3, 5, 7 lo son; 9 ya no lo es, porque es divisible por 3. Ningún número par es primo, por definición, excepto el 2. Intuitivamente, uno piensa que a medida que un número sea más grande resultará más probable que tenga algún divisor ‘no permitido’ y por lo tanto no sea primo. En efecto, entre los cien primeros números hay 25 primos; entre los mil primeros la proporción es menor, sólo 168, etc. Sin embargo, incluso entre números enormes hay primos. Y no sólo eso, por grande que sea un número primo, siempre habrá otro más grande. Esto no es tan fácil de concebir y, sobre todo, de demostrar. ¿Cómo se demuestra la ‘primalidad’, la condición de primo?
Siglos antes de nuestra era, sabios chinos, de la corte del Emperador, habían esbozado la llamada “hipótesis china”, que postulaba que un número, n, es primo si, y sólo si, (2n - 2) es divisible por n, siendo n un entero superior a uno. Esto luego se demostró que era falso, ya que, por ejemplo, (2341 –2) es divisible por 341 y, sin embargo, 341 no es primo, ya que es igual a 11*31 (* indica multiplicación). Este fallo, dado que estos sabios cuidaban la salud del emperador y le auguraban una larga vida, enfureció a éste, quien ordenó que, de momento, les cortaran las cabezas.

Se han descrito otras muchas fórmulas para descubrir números primos, que no mencionaré aquí. Un tipo especial de primos son los llamados de Mersenne, en memoria del monje teólogo, filósofo y matemático francés Marin Mersenne (1588-1648), quien en su Cognitata Physico-Mathematica escribió una serie de postulados sobre ellos, que sólo pudo refinarse tres siglos después. Los cuatro más pequeños eran ya conocidos por los matemáticos griegos. De ellos hablaré en mi próxima entrada.

3 de junio de 2017

De las Letras y de las Ciencias (2 de 5)

En mi entrada anterior contaba cómo la lectura de un artículo de un periodista, loando con toda razón la importancia de los estudios, y la mentalidad, de Letras para la comprensión del mundo, me ha inducido a escribir unas entradas sobre el también laudable y poderoso espíritu científico. Llueve un poco sobre mojado. En un libro mío, El error en las pruebas de diagnóstico clínico, me quejaba ya de cierta actitud un poco displicente que algunas personas adoptan frente a la Matemática, declarándose sin ningún reparo ignorantes, infradotados u olvidadizos en asuntos de números. No es tan frecuente, en cambio, que la gente se reconozca incapaz de sentir y gozar la poesía o la literatura, o lego total e irredimible en lo tocante a Shakespeare y su obra, por poner un ejemplo. Se tiene un cierto pudor para admitir esta limitación, mientras se confiesa sin empacho que lo de las matemáticas no se nos da bien, no es lo nuestro.
Sin embargo, el hombre es, inevitablemente, un homo matemáticus; como también es, claro, homo técnicus, homo fáber, homo séntiens, etc. No hay, no puede haber, una incapacidad invencible para la matemática, aunque incluso gente con muy amplia formación universitaria, bromee un tanto al respecto. Resulta, además, que vivimos rodeados de números: las direcciones, los teléfonos, los adeudos bancarios, los documentos, los pesos, las medidas, las declaraciones a Hacienda... Por encima de su utilidad, la Matemática es la ciencia de la exactitud, de la perfección, de la certidumbre. Las ciencias llamadas exactas han tenido tal éxito en la interpretación y control de la naturaleza, que se ha pretendido emplearlas en ámbitos en los que no está garantizada su pertinencia. Por ello, científicos eminentes, como Gregory J. Chaitin, hablan sin rubor de la necesidad de reconocer ciertos límites en su aplicación.
El carácter abstracto de la matemática demanda, para la comprensión de sus conceptos y axiomas, un desarrollo intelectual y cultural, impensable fuera de la especie humana. Algunos animales tienen un cierto sentido del número —no me puedo detener en esto—, pero la abstracción, el paso crucial por el que se descubre que dos piedras y dos caballos representan la concreción, en ambos casos, del número dos, de una “dualidad”, exige un desarrollo cerebral que sólo es hallable en el hombre. El ser humano ha procedido de lo concreto a lo abstracto. En ciertas culturas primitivas, por ejemplo, existen las palabras para designar todos los colores del arco iris, pero falta la palabra para designar el color, el color sin más, la calidad abstracta del color.

Igual ocurre en el caso de los números; en estadios muy tempranos de la evolución existen las palabras para los números más sencillos, pero no está presente la que designaría a cualquier número, el concepto de número. En estadios superiores se desarrolla esta capacidad de abstraer y se llega así a la matemática, que es un proceso en dos etapas. Los matemáticos no se ocupan del mundo directamente, sino que crean un modelo del mismo y este es el que estudian. No sólo los matemáticos de profesión: hacia los cuatro o cinco años, un niño para la operación de sumar no toma conjuntos separados de objetos y los reúne y los cuenta después, sino que usa abstracciones, utiliza un modelo, que ya le acompañará el resto de su vida: el conjunto de los números enteros positivos, 1, 2, 3, 4… Sobre la importancia de esa habilidad, de esa conducta, las inmensas posibilidades que abre para el desarrollo de nuestra inteligencia y nuestra capacidad de conocer el mundo, sobre esa maravilla del intelecto humano hablaré un poco más. Pero adelanto ya una conclusión: no hay Letras o Ciencias, hay Letras y Ciencias. Tenemos una mente así de espléndida, con algo menos de cien mil millones de neuronas, que sirven para las dos cosas, para todo.

30 de mayo de 2017

De las Letras y de las Ciencias (1 de 5)

Leo con poco entusiasmo los periódicos y con gran cautela y desconfianza los cuadernos llamados culturales de los mismos. Cuando me fijo un poco más atentamente, puedo encontrar cosas levemente desconcertantes. Esta vez, aprendo una nueva palabra que quizá circula hace ya tiempo por los medios de comunicación y el lenguaje común, pero que para mí es nueva: letrasado. Un periodista, o una periodista —no recuerdo ahora, en lo sucesivo usaré el masculino—, afirma que en los institutos este término se ha hecho tristemente popular para designar a los estudiantes de Letras y es la continuación de una vieja invectiva: “el que vale, vale, y el que no ‘pa’ letras”.
El autor siembra profusamente la página con datos de erudición, cuyo principal objetivo, entiendo, es demostrar al lector que no está leyendo cosas de un cualquiera. Todos de actualidad, provenientes de muy diversos campos: literatura, historia, música, fotografía, comics, ensayo, etc., que conducen a una pregunta retórica, de retorcida sintaxis: ¿Cuánto hacen estas artes y estos oficios por que comprendamos mejor a nuestros semejantes, los que nos precedieron y los coetáneos? La respuesta se intuye encomiástica y de ahí nace una acerba crítica al hecho de que la asignatura de Literatura Universal se haya anticipado un curso en el calendario escolar, con grave daño para el conocimiento y aprendizaje de los discentes, ya que esta materia se daba antes en el curso en que, según los expertos, los alumnos están más preparados, más maduros, para apreciar en profundidad las novelas que dan una perspectiva amplia del mundo.
No negaré en modo alguno lo que suponen, como adelanta el autor, “la belleza y el arte para el no adocenamiento de la sociedad”. Avanza el autor —ya un poco más arriesgadamente, en mi entender— en este encadenamiento lógico, y cuenta que “los estudiantes de Humanidades son los más preparados para discernir dónde está la verdad y dónde el camelo”. Carga luego contra el Ministerio de Educación, “decidido desde hace años a borrar del mapa a los futuros pensadores y creadores”, por lo que “debiéramos nosotros rebelarnos, defender convencidos las materias que tan estrechamente ligadas están a nuestra libertad de pensamiento”.
Cuesta trabajo creer que el adelanto de un año en una signatura pueda ocasionar los graves trastornos denunciados y también que el Ministerio de Educación persiga tan sañudamente a los pensadores y creadores. Desprende el artículo un aromilla de highbrow self-complacency, encubridor quizá de algún complejillo mal resuelto. Es reveladora la asunción colectiva de la facultad de pensar y crear, que se desprende de esa algo cacofónica primera persona del plural: “debiéramos nosotros rebelarnos…”.
Frente a este canto a las Humanidades, que yo podría secundar perfectamente, como diré más tarde, traeré aquí una cita de Sir Francis Bacon (1561-1626): Pure mathematics do remedy and cure many defects in the wit and faculties intellectual; for if the wit be too dull, they sharpen it; if too wandering, they fix it; if too inherent in the sense, they abstract it (Las matemáticas remedian y curan muchos defectos de la inteligencia y facultades intelectuales; porque si el ingenio es demasiado romo, lo afilan; si demasiado movedizo, lo fijan; si demasiado pegado a los sentidos, lo hacen abstracto). Palabras que ensalzan las virtudes intrínsecas y poderosas del “pensar científico”, al que dedicaré unas próximas entradas, aunque retrase las de mi viaje a Las Hurdes y Granada. Nada es urgente en este blog y hace mucho tiempo que no fatigo a los lectores con mis queridos números. La devoción de un periodista por las Letras, me ha llevado a escribir algo sobre las Ciencias; en particular sobre la Matemática, esa bella desconocida.