29 de marzo de 2014

A little bit of English (un poquito de Inglés)


Desde el mismísimo comienzo de este blog, escribí que “todo tiene que ser como un juego, suave y alígero. Pretendo poner de vez en cuando alguna palabrilla un poco menos corriente, para recordársela al lector. Se trata también, claro, de enseñar, lo poco que uno pueda enseñar”. En estas sigo, demorándome en temas bastante variados, buscando siempre algo que pueda ser útil o llamativo para quien me lea. Hoy querría comentar alguna cosilla del idioma inglés. De un cierto nivel, ya que en la actualidad mucha gente tiene un conocimiento básico, y más, de esta lengua.

Recurro a mi reciente correspondencia con amigos angloparlantes. Uno de ellos me escribe que se ha descargado un libro de Antonio Muñoz Molina, cuyo título inglés es In the Night of Time: “And, lo and behold!, reading more about the author, I see that he was born in Ubeda. There must be something magic about the soil of Ubeda, conducive to the blooming of literary talent among its natives”. Mi amigo usa la expresión ‘lo and behold’, al darse cuenta de que Muñoz nació en Úbeda, y dice que “debe de haber algo en la tierra de Úbeda que hace florecer el talento literario entre los nativos”. Lector compasivo, parece que me incluye también a mí; es que se trata de un amigo. La expresión inglesa quizá sea nueva para algunos; tiene carácter de interjección y significa, en tono imperativo, ‘mira aquí’, ‘mira esto’. Pero denota además en el que habla, una cierta sorpresa, un hecho inesperado.

Y como siempre, si te pones a indagar, te puedes perder enseguida; pero todo tiene su gracia. En alguna versión inglesa, en San Lucas 2,6, se lee que el ángel, al presentarse a los pastores tras el nacimiento de Jesús, les dice: Lo, I bring you tidings of joy, con el término ‘Lo’, aislado, reclamando atención. En otras versiones inglesas, leo, sin embargo: Fear not; for, behold, I bring you good tidings of great joy. Aquí se pide atención sólo con la palabra ‘Behold’.

El Oxford English Diccionary (resumo) dice que ‘Lo’ viene del Inglés antiguo O! (¡Oh!), y también es abreviación de ‘loke’, imperativo de ‘loken’ (mirar). En definitiva, tiene un sentido algo vago: como ¡Oh!, y como ‘Mira’. La expresión se registra por primera vez en una carta de 1808 de Lady Sarah Spencer Lyttelton, camarera de dormitorio de la Reina Victoria, que decía: “Hartington... had just told us how hard he had worked all the morning... when, lo and behold! M. Deshayes himself appeared”. Resumiendo, para mí, la expresión ‘lo and behold’ es repetitiva, excepto si se traduce como “¡Oh, mira!”, amparándose en el sentido de ¡Oh! para el vocablo ‘Lo’. Se juntan entonces la sorpresa y la petición algo imperiosa de atender a algo.

Quería haber hablado de otra expresión, en otra carta reciente. Hablando de mi esposa, alguien que nos ha conocido recientemente, me escribe que “she seems kind of laid-back person” (parece persona relajada y tranquila), lo que, gracias a Dios, es cierto. Esto me llevaría a charlar un poco sobre unos de los pocos verbos ingleses que confunden a los extranjeros (to lie, en su doble acepción, to lay, y sus conjugaciones), lo que es un caso relativamente singular, ya que los verbos, y en general la gramática inglesa, es, afortunadamente, muy sencilla. Habrá que dejarlo para otra ocasión.

Esta entrada no hará feliz a muchos. Yo trato de dirigirme a todos, también a los que gustan de estas cuestiones lingüísticas, que son complicadas y nos hacen ver la infinita complejidad de cualquier idioma. En realidad, si lo piensas bien, cada persona tiene su propia lengua y no hay dos iguales en todo el ancho mundo.

28 de marzo de 2014

Cantar de la mora Zaida


Prometí indagar algo sobre el perdido Cantar de la mora Zaida, del que podrían quedar vestigios, quizá en prosificaciones cronísticas, como ocurre otras veces. Se piensa que fue escrito en la misma época que el Cantar del mío Cid, lo que nos lleva a muy finales del siglo XII. En la obra Leyendas épicas españolas, de Rosa Castillo, se da una descripción completa del poema, pero sin datos sobre su hallazgo o la historia de su transmisión y conservación. Parece deducirse que está recogido en la primera Crónica General de Alfonso X y, por ciertos detalles —la inconcreción del lugar en que se vieron por primera vez Alfonso VI y la bella Zaida—, se apunta la posibilidad de que ya en el siglo XIII hubiera distintas versiones del mismo. Resumiré el argumento, sin discutir ahora la historicidad de los hechos narrados. Algunos de ellos ya sabe el lector, si leyó la entrada correspondiente de este blog, que son rigurosamente falsos.

Zaida, hija del rey de Sevilla Al-mútamid, estaba desde muy joven ‘enamorada de oídas’ —una clase de amor, muy presente en la poesía trovadoresca y también en el  Collar de la paloma, de Ibn Hazam— del rey Alfonso VI, por las hazañas que se contaban de él y por su prestancia física, tan encomiada. Estaba este rey entonces, siempre según el relato, viudo de su quinta mujer; o sea, libre y sin compromiso. “Como las mujeres saben siempre ingeniarse para conseguir aquello que quieren” —se dice en la transcripción que manejo, no lo digo yo— Zaida, al saber que Alfonso VI guerreaba por tierras de Toledo próximas a las suyas, le rogó que viniera a verla. Vamos, como una especie de cita a ciegas. Al rey le pareció bien el asunto y preguntó que dónde habrían de verse.

Para esta primera cita se dan varios lugares, y de ahí la sospecha de diferentes versiones del poema: Consuegra, Ocaña, Cuenca. Al verse, Zaida le confesó con la conveniente candidez que ‘por oír cosas de él’ se le había aficionado. Este término me parece sabio y muy oportuno, porque tampoco quiere decir demasiado, si bien se mira, y es lógico pensar que el rey quiso saber cuánto se había aficionado y hasta dónde estaba la mora dispuesta a llegar con esa afición suya. Zaida le dio una lista de las ciudades, villas y lugares que su padre le había dado y que serían para él tras el casorio. Como además la mora era bella en demasía, el rey se enamoró casi al instante. Lógico.

 El rey había tomado ya Toledo y vio que con estas tierras “quedaba la conquista más redondeada”. Lo único que pidió a Zaida fue que se cristianara, a lo que esta respondió que faltaría más. Tras la boda, se hizo el rey muy amigo de su suegro, quien aconsejó a Alfonso que llamara a los almorávides, para someter a los reyes de Zaragoza y Tortosa. En Marruecos, el rey almorávide era Yusuf ben Tachufin, al que le llamaban Miramamolín, quien, ante la petición, envió tropas con uno de sus generales, de nombre Alí. Al llegar a España, Alí se proclamó rey y se hizo llamar Miramamolín, talmente como el otro. Le salió entonces al encuentro Al-mútamid, que fue muerto en la batalla. El del poema no es el conocido caudillo almohade Muhámmad al-Násir, Miramamolín —corrupción del título árabe amir al-mu'minin o “príncipe de los creyentes”—, que tomó parte en la batalla de las Navas de Tolosa, mucho más tarde.

Ante estos hechos, Alfonso VI sitió Córdoba, donde estaba este Alí, que no se atrevió a pelear  y estaba presto a pagar tributo. Pero un noble moro, Abd Allah, atacó por la noche el campamento de Alfonso. Los cristianos se rehicieron, mataron a la mayor parte de su gente y tomaron prisionero a Abd Allah, que era justamente el que había matado a Al-mútamid, el suegro. Alfonso mandó que lo despedazaran en lugar que pudiera ser bien visto desde Córdoba. Juntó luego los pedazos y los quemó. A la vista de lo cual, los moros se sometieron y dieron grandes cantidades de oro, plata, piedras preciosas, paños de seda, etc. Alfonso se volvió a su tierra con mucha gloria y Miramamolín se volvió a Marruecos y nunca se atrevió a regresar a España, mientras vivió Alfonso.

25 de marzo de 2014

De guerras y héroes


Sólo para atar cabos: era imposible mencionar, en tres cortas entradas de un blog, las infinitas formas de la violencia. Tampoco era mi propósito, la violencia ha sido un Leitmotiv, un hilo conductor, para mostrar historias o textos que me parecieron curiosos. Ni mencioné la llamada, con más o menos fortuna, violencia de género. Ni hablé tampoco de la guerra, su forma más intensa y obvia, aunque no la más vesánica, porque la propia estructura y disciplina de los ejércitos impone quizá una cierta disciplina en el desarrollo de las acciones bélicas. Sin llegar siempre a lo que se cuenta de la batalla de Fontenoy, del once de mayo del año 1745. Lo escribió Voltaire, en su Précis du siècle de Louis XV y algún documento parece corroborarlo; otros no. Daré su versión:

Cuando las tropas francesas se encontraron con las inglesas, sus respectivos capitanes, el conde de Anteroche y Milord Charles Hay, se saludaron educadamente, quitándose sus sombreros. El inglés invitó a los franceses a disparar primero, Messieurs des Gardes Françaises, tirez, a lo que estos respondieron, Messieurs, nous ne tirons jamais les premiers: tirez vous-mêmes. Los ingleses abrieron fuego y masacraron las primeras líneas francesas, aunque luego perdieron la batalla. ¡Qué cortesías, cuánta fineza! Existe, sin embargo, una carta anónima que refiere el hecho al revés: los ingleses invitan y los franceses disparan primero. Por cierto, el mariscal de Saxe, en notas tomadas en 1732, antes de Fontenoy, para sus Rêveries, afirma que quizá no sea una buena cosa disparar primero: un bataillon qui s’est amusé à tirer sera désavantagé par rapport à celui qui a conservé son feu. Le temps pris pour recharger les armes et pour laisser se dissiper la fumée peut en effet être mis à profit (un batallón que empieza a disparar, estará en desventaja frente al que retiene su fuego, que puede aprovecharse más tarde del tiempo necesario para que recarguen las armas y se disipe el humo).

O sea, que tal vez sea mejor esperar. Lector, aquí no sabría qué aconsejarte. Trata de no ir a ninguna guerra, si está en tu mano. En caso de duelo —esa maravillosa creación de la inteligencia humana, fruto de su confianza en la justicia divina; esa auténtica ordalía, ese canto al honor y la bravura, desgraciadamente en desuso— la situación es distinta: dispara lo antes que puedas.

Violencia por doquier: en la guerra, en la paz, en las grandes ciudades, en los pueblos pequeños, de los jóvenes, de los viejos, de los locos, de los cuerdos, terrorista… Violencia de hoy y de siempre, eterna. No quiero olvidar una violencia heroica, igualmente condenable, porque conviene saber que hay héroes que pueden arruinar a los pueblos. Leí recientemente algo de la vida de Rafael Casanova. Al final del sitio de Barcelona era Conseller en Cap y en un último bando “amonesta y manda a todos generalmente, a partir de los 14 años, sin ningún pretexto, ni excepción de persona alguna, tome las armas, y asista a la defensa de esta Excelentísima Ciudad”. En este episodio bélico hubo unos veinte mil muertos y heridos, entre los dos oponentes.

Poco más tarde Casanova fue herido de bala en un muslo, rescatado y puesto a salvo. En el libro de entradas del Hospital General de la Santa Creu, figura como muerto el día once de septiembre de 1714. Afortunadamente no fue así y vivió hasta los ochenta y tres años. En algunos de estos documentos encuentro la expresión “tots els bons catalans”. Cuando veo cosas así, en cualquier contexto, me echo a temblar. Alguien se arroga el derecho de distinguir los buenos de los malos. Pésima materia siempre.

No sé por qué he escrito sobre la violencia: la repudio con toda mi alma. Buscando en Internet casos de crueldad extrema, aparecerán probablemente muchas referencias. No ha sido ese mi método; mis citas provienen de mis lecturas, aunque luego haya tratado en ocasiones de sustanciarlas. El texto de la maldición papal, en el caso del alumbre, por ejemplo, viene de un excelente libro, un clásico de la literatura médica, The diseases of Occupations, de Donald Hunter. 

24 de marzo de 2014

Inagotable violencia de los seres humanos (y III)


Quiero terminar ya con este triste tema de la violencia, señalando alguna de sus innegables relaciones con las más variadas religiones, las mismas que se empeñaron otras veces en la defensa sincera y comprometida de sus víctimas.

 Desde la caída de Constantinopla, a mediados del XV, el papado monopolizó la obtención y comercio del alumbre, utilizado como mordiente en la industria de los tintes y en otros muchos usos: lacas, preservación de pieles, fabricación de velas, medicina, etc. El Papa Pío II, peculiar en más de un sentido, declaró que cualquier interferencia en este comercio era pecado castigable con la excomunión. Esta industria empleaba a ocho mil hombres y producía al papado ingresos anuales de cien mil florines de oro.

Sin embargo, más tarde, hacia 1600, empezó a producirse en Inglaterra, gracias al empeño de Sir Thomas Chaloner, quien, para aprender los secretos de la industria, tuvo que sobornar a varios empleados papales, a los que sacó de Italia en un barco, escondidos en barriles. Fue excomulgado solemnemente por el Papa Clemente VIII,  in the name of God the Father, the Son, and the Holy Spirit, in the name of the Virgin Mary, in the name of angels and archangels, of cherubim and seraphim, of patriarchs, prophets, apostles, evangelists and saints”.

La maldición señala muy pormenorizadamente dónde y cuándo era aplicable: “in the house, in the church, in the field, in the highway, in the path, in the wood, in the water; in living, in dying; in eating, in drinking, in hunger, in thirst, in fasting, in sleep, in walking, in standing, in sitting, in lying, in working, in resting; in the hair of his head, in his brains, in his temples, in his ears, in his eyebrows, in his eyes, in his cheeks, in his jaws, in his teeth, in his lips, in his throat, in his breast, in his heart, in his fingers, in his hips, in his knees, in his legs, in his feet and in his toe-nails. Aquí la violencia es verbal, aunque implacable. Pero no olvidemos que se trata del mismo Papa, Clemente VIII —no el antipapa homónimo, nuestro aragonés, el de Peñíscola, casi dos siglos anterior— que excomulgó a Giordano Bruno, condenado finalmente a ser quemado vivo en la hoguera.

Como contrapunto, citaré aquí el bellísimo y valentísimo sermón de un dominico español, Fray Antón de Montesinos, conocido como Sermón de Adviento, porque fue pronunciado el cuarto domingo de Adviento del año 1511, en la isla La Española, en presencia de los propios conquistadores responsables de las tropelías denunciadas, encarándose a ellos, en una defensa encendida de los derechos de los indígenas. Lo tomo tal como aparece en mis Apuntes de Literatura:

“Para os los dar a cognoscer me he sobido aquí, yo que soy voz de Cristo en el desierto desta isla; y, por tanto, conviene que con atención, no cualquiera sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos, la oigáis; la cual será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y más espantable y peligrosa que jamás no pensasteis oír. Esta voz [os dice] que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué auctoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas dellas, con muerte y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades [en] que, de los excesivos trabajos que les dais, incurren y se os mueren o, por mejor decir, los matáis por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine y cognozcan a su Dios y criador, sean baptizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos? Estos, ¿no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto, que en el estado [en] que estáis no os podéis más salvar que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo”.

El complejo mundo de las relaciones entre violencia y creencias es absolutamente inabarcable aquí. Querría señalar las acerbas reflexiones que puede provocar en algunas almas. Escojo un personaje de ficción, nombrado Mendel, de la obra Job, de Joseph Roth: “Yo lo sé, Dios es cruel. Y cuanto más le obedece uno, tanto más severamente lo trata. Es más poderoso que los poderosos. Con la uña de su dedo meñique puede darles el golpe de gracia, pero no lo hace. Sólo le gusta aniquilar a los débiles. La debilidad de un hombre excita su fuerza y la obediencia despierta su ira. […] Más indulgente es el demonio. Como no es tan poderoso, no puede ser tan cruel”. Terrible alegato, ¿no?

23 de marzo de 2014

Inagotable crueldad de los seres humanos (II)


Ni sé muy bien cómo se coló en este blog el tema de la crueldad: no la hay en ninguno de mis escritos. No obstante, lo continuaré, para exponer algunos casos de extrema inhumanidad en el castigo. Seguro que habrá lectores que ni sospechen hasta dónde puede llegar la ferocidad y brutalidad del ser humano.

El caso del francés  Robert François Damiens, antiguo soldado, es aterrador. En un cierto momento pudo acercarse al rey Luis XV, cuando iba a tomar su carroza, y le atacó con un cuchillo. El arma tenía una hoja de unos ocho centímetros y apenas le hirió en el pecho. El rey, al acercarse los cortesanos, le señaló y dijo educadamente: Este ‘señor’ es quien me ha herido. También declaró después que le perdonaba.

La justicia siguió, sin embargo, su curso inexorable, por tratarse de un regicidio, y se ejecutó al reo el 28 de marzo de 1757, en la plaza Grève de París. La sentencia ordenaba verter sobre su cuerpo una mezcla de plomo derretido, aceite hirviendo y resina de pez y luego desmembrarlo y arrojarlo al fuego. En la realidad, todo fue incluso más macabro, porque los cuatro caballos que, atados a sus brazos y piernas, habrían de desmembrarlo, no fueron capaz de hacerlo y hubo que añadir otros dos, sin conseguirlo tampoco. Los guardias tuvieron que romperle los músculos y tendones con cuchillos hasta llegar al hueso, para facilitar la labor de los caballos. Uno de los oficiales contó que cuando cogieron el tronco del desgraciado para arrojarlo a la hoguera, estaba aún vivo. Después, sus restos fueron prendidos con paja y madera hasta que sólo quedaron cenizas. El suplicio duró unas cuatro horas. Giacomo Casanova fue testigo de la ejecución y escribió en sus memorias: En varias ocasiones me vi obligado a apartar la vista y taparme los oídos al oír sus desgarradores alaridos, tras amputarle la mitad de su cuerpo.

Otra ejecución terrible fue decretada para los regicidas de Carlos I de Inglaterra. A pesar del Acta de Indemnidad y Olvido de 1660, que buscaba la reconciliación, los que intervinieron directamente en la muerte del rey fueron juzgados y condenados a ser ajusticiados en Londres. La sentencia decía: “You shall go from hence to the place from whence you came, and from that place shall be drawn upon a hurdle to the place of execution, and there shall hang by the neck till you are half dead, and shall be cut down alive, and your privy members cut off before your face and thrown into the fire, your belly ripped up and your bowels burnt, your head to be severed from your body, your body shall be divided into four quarters, and disposed as His Majesty shall think fit.” (Abrevio: Irá desde aquí hasta el sitio de donde vino y de allí será conducido al lugar de ejecución y colgado por el cuello hasta que esté medio muerto, y se le descolgará vivo, y se arrojarán al fuego sus partes íntimas, y se le destripará y se quemarán los intestinos, se le cortará la cabeza y su cuerpo se dividirá en cuatro partes, para hacer con ellas lo que su majestad disponga). El rey era Carlos II.

A principios del siglo XIV, cerca del lugar en que nací, dos hermanos, de apellido Carvajal, fueron despeñados en la Peña de Martos (un pueblo de Jaén), “en sendas jaulas de hierro guarnecidas interiormente de clavos y cuchillas”, por orden del rey Fernando IV de Castilla. En este caso, la leyenda puede haber suplantado a la realidad. Como lo del peculiar y único color rojo escarlata de ciertos tapices gobelinos, atribuido a que el colorante se mezclaba con la orina de prisioneros, a los que se obligaba a ingerir dosis mortales de sal. También leo en alguna parte que Marco Atilio Régulo fue obligado a mirar al sol con los párpados arrancados hasta que se le secaron los ojos.

No sigo más. Violencia por todas partes, en todas las épocas. Dejo un tipo de violencia algo especial para una última entrada sobre el tema.

22 de marzo de 2014

Inagotable crueldad de los seres humanos (I)


En mi anterior entrada, califiqué la corte del emir de Sevilla al-Mútamid como paraíso terrestre, a pesar de que León Felipe advirtió: Sabemos que no hay tierra / ni estrellas prometidas. El dolor, el infortunio, la crueldad estaban también atrincherados en los reinos de Al-Andalus. Al hermano mayor del emir, su padre, al-Mutadid, lo hizo matar por una supuesta conspiración; un hijo del emir ya vimos que murió en Córdoba, en guerra; Zaida murió probablemente de parto a los treinta y ocho años; su hijo Sancho Alfónsez, en una batalla, sin cumplir los quince…

Siempre me ha sorprendido y angustiado la inagotable e incomprensible crueldad humana, a lo largo de toda la historia. En un relato mío, El misterio de los editores, un extraño personaje tuerto pide a alguien que se aproxime a su ojo vacío. Este cuenta:

Acerqué mi ojo derecho al suyo ausente y a medida que lo hacía la yerma cuenca se dilataba y adquiría un aspecto grandioso. La órbita era del color del marfil blanco y reflejaba una luz cenital, quieta y suave. La superficie no tenía la menor irregularidad y era de una lisura perfecta. Me sentía como a la entrada de una enorme caverna hecha de material nobilísimo. Al fondo, empezaron a surgir figuras que fueron adoptando la forma de seres humanos, aunque, por lo que vi después, debiera resultar inapropiado ese nombre. Comencé a distinguir confusamente lo que parecía un campo de batalla, el campo en el que se había dado una batalla. Entre los muertos y heridos, avanzaban hombres que buscaban algo con el mayor interés y hablaban un lenguaje extraño en el que distinguí palabras de dialecto genovés, mezcladas con alguna francesa. Pronto pude ver que seleccionaban, entre los cuerpos desparramados en el suelo, a los que tenían vestiduras y armas turcas, les abrían con urgencia el vientre y les sacaban las entrañas, incluso a los que estaban todavía vivos. Con los intestinos fuera, les palpaban las tripas, con meticulosidad y método. El olor, los gritos y lamentos eran insoportables.

Después hubo unos momentos de oscuridad total. Sobre el escenario, ahora vacío, se abatió de repente una luz cegadora y empezó un nuevo espectáculo, atroz y deslumbrante. Era la plaza llena de sol y de público de una gran ciudad, y se conducía a un muchacho joven hacia un alto patíbulo allí instalado. Dos verdugos, evidentemente inexpertos, trataban de decapitar al reo, de la manera más torpe, intentando los golpes una y otra vez, mientras este aparecía acuchillado y chorreando sangre, pero todavía no decapitado. Tuvieron que darle hasta veintinueve hachazos para lograr arrancarle la cabeza, que levantaron entonces, destrozada, irreconocible, inolvidable para cualquiera que la viera, sobre el extremo de una pica. Estaba a punto de desmayarme, cuando noté la mano de mi interlocutor que me empujaba suavemente y me retiraba del ojo muerto.

— Por Dios, ¿qué es lo que he visto?, exclamé todavía aterrado.

— No se preocupe, ya ha pasado todo, me tranquilizó su voz. Ha visto algunas tropas, especialmente genovesas, del ejército de Balduino I, tras la batalla de Cesarea. Buscaban las esmeraldas y besantes de oro que se decía que los turcos tragaban antes de entrar en combate para llevarlas escondidas en sus cuerpos para tratar de rescatarse si eran hechos prisioneros. Se creía que era una práctica común, al menos ese era el rumor que circulaba. Luego ha contemplado la ejecución del desgraciado Henri de Talleyrand, marqués de Chalais, en la ciudad francesa de Nantes. Dos presos comunes, sin experiencia como verdugos, se ofrecieron a cortarle la cabeza, a cambio de la libertad. ¿Quiere ver alguna otra terrible crueldad antigua?

Abandono mi relato, pero de mis lecturas me quedan otros episodios atroces, que contaré en otra ocasión, para hacer ver ese lado oscuro y aterrador de los seres humanos. El escritor Dino Segre (Pitigrilli), el gran pesimista, cuando alguien se preguntaba cómo había sido posible la violencia entre los propios italianos, en la segunda guerra mundial, surgida en personas de ordinario pacíficas, se extrañaba a su vez de que esas personas hubieran logrado ser pacíficas en los tiempos de paz.

20 de marzo de 2014

La bella Zaida y el rey Alfonso VI


Tengo que hablar, sin falta, de Zaida, que tuvo amores con el rey Alfonso VI. Por ella empezó lo de traer aquí este asunto, porque su historia se parece algo a la del joven Carlomagno y la Galiana. Me cuesta trabajo abandonar la corte del emir de Sevilla al-Mútamid, aquel paraíso terrestre en donde “los poetas se balanceaban entre los reyes como los céfiros en los jardines”. Todo tan distinto de ahora, excepto quizá en los políticos. Abú Saíd, alfaquí cordobés de la época, los maldecía: “¡Raza de víboras! ¿Hasta cuándo van a chupar vuestra sangre, hijos de Al-Ándalus? Todo el que gobierna es peor que un salteador de caminos. Alá les ha dado el poder para vuestro bien y os sorben el tuétano. No se les ve en las mezquitas, pero podéis siempre verlos borrachos”.

Lector, no sé quién era este Abú Saíd; hay muchos con ese nombre en la historia. Hay uno en Granada, el sabio predicador Abu Said Faray b. Qasim, pero es del siglo XIV, según cuenta el viajero tangerino Ibn Battuta. A lo mejor se lo inventó todo don Claudio, en su novela. En ella se recoge también una de las citas más conocidas, la del califa Abd al-Rahman al-Nasir, que al morir dejó un billete que decía: “He vivido setenta años, he reinado cincuenta… he sido feliz catorce días”. Si alguien no conoce esta sentencia, me encantará que lo haga ahora por mí. O lo que le dijo Rumaykiya a su marido al-Mútamid, ya de mayores: “Te amo aún más que en nuestra juventud”. ¡Qué cosas, Dios mío, qué ternezas! ¿Se lo oiría esto don Claudio o se lo inventó también?

Ya dije que Zaida no era hija de al-Mútamid, sino su nuera; se había casado con el hijo de este, Abu Nasr Al Fath Al’Ma’mun, emir de Córdoba. La habían prometido, cuando tenía doce años, al rey Alfonso VI, pero a quien fuera se le olvidó este detalle. Zaida era inteligente, había gozado de una educación exquisita y pertenecía al grupo de los poderosos en la sociedad andalusí. Y era de una belleza extrema, que a lo mejor es lo más importante en el fondo; esto no lo afirmo. Yo sé, lector, que tú la has visto ya, pero te muestro una imagen suya, para ver si la reconoces. Una monada, ¿no?

En una de las invasiones de los almorávides, estos atacaron a sus hermanos de religión y tomaron Córdoba. Cortaron la cabeza al marido de Zaida, la pusieron en una pica y la pasearon por las calles de la ciudad. El pobre rey había dispuesto antes la huida de Zaida con otros cortesanos al muy fortificado castillo de Almodóvar del Río y pedido ayuda a Alfonso VI. Este envió tropas, al mando de Álvar Fáñez, que fueron vencidas. Zaida siguió al ejército cristiano en la retirada y fue llevada a la corte de Toledo. No tenía ya doce años; tenía veintiocho, que tampoco es mala edad.

Zaida estaba viuda —era hacia el año 1091— y el rey castellano estaba casado con Constanza de Borgoña, tratando de tener un hijo varón que le sucediera. La reina murió en 1093 y el rey se casó entonces con Berta, que no le dio descendencia y murió en 1099. ¿Se veía secretamente el rey con la bella mora en el castillo de La Adrada? Si no se veían allí, se veían en otra parte, porque tuvieron tres hijos y para eso hay que verse o, al menos, estar juntos. El primero fue el ansiado varón, Sancho Alfónsez, que murió en la batalla de Uclés, sin cumplir los quince años. Zaida había muerto en 1101, en su tercer parto —los dos últimos después de haber muerto la reina Berta—. ¿Se casó con el rey Alfonso? No está claro, pero seguramente sí. Se convirtió al cristianismo y tomó el nombre de Isabel. Está enterrada en el monasterio de benedictinas de Sahagún, junto con el rey y sus otras esposas.

La historia de Zaida y Alfonso no se parece demasiado a la del joven Carlomagno y Galiana. Sin embargo, como ya apunté, algunos críticos pensaron que pudiera haber influido en el autor del poema del siglo XII, Mainet. Sobre nuestra Zaida también hubo un poema en la época, que cantó sus amores con Alfonso VI. Está hoy perdido, aunque quizá queden vestigios. Voy a buscar y si hay algo lo cuento.

19 de marzo de 2014

Al-Mútamid, Ben Ammar y Rumaykiya


Lector amigo, ¿qué hace uno cuando se halla frente a dos caminos distintos, igualmente sugestivos y amables, y es forzoso escoger? Decidirse por uno es dejar escapar el otro, tal vez para siempre. Decía Ortega que, hasta cuando renunciamos a tomar una decisión, es que hemos decidido no decidir. La vida para los mortales es una renuncia constante, punzados por lo que los franceses llaman l’embarras du choix (la molestia de escoger). Para algunos, no para todos, habría que añadir inmediatamente. Para otros, para muchos, puede ser una derrota sin alternativas, sin esperanza.

La decisión que debo tomar ahora, al escribir sobre la bellísima Zaida, como prometí en una entrada anterior, es si quiero seguir estrechamente los datos históricos o perderme discretamente por los caminos de la leyenda. Quizá tampoco sea necesaria una separación estricta de los dos mundos. En este caso, el corazón me lleva por el sendero de los sueños y las leyendas. Dejemos para el historiador la tarea de ajustarse a los hechos reales. Hablé yo de Zaida, porque algunos comparaban su romance con Alfonso VI, con el de Carlomagno y la Galiana. Y de Zaida me remonté al rey poeta de Sevilla Al-Mútamid, su amada Rumaykiya y el visir Ben Ammar. Y a la novela de don Claudio Sánchez Albornoz, Ben Ammar de Sevilla.

¿Cómo conoció Al-Mútamid —era un joven príncipe entonces— a Rumaykiya? De eso se sabe todo, hasta las primeras palabras que se cruzaron. El príncipe iba con su amigo del alma (algunos piensan que eran hasta demasiado amigos) Ben Ammar, paseando por las orillas del Guadalquivir e improvisando poemas. El príncipe declamó: El viento transforma el río / en una cota de malla, y pidió a Ben Ammar que siguiera. Bueno, pues este, con lo gran poeta que era, aquí anduvo un poco lento y una muchacha que pasaba por allí fue la que continuó: Mejor cota no se halla / como la congele el frío. Quizá estos dos versos no te entusiasmen demasiado, lector. Los del príncipe tampoco eran como para desmayarse. La que sí estaba que tiraba de espaldas era la muchacha; su nombre era Itimad, pero la llamaban Rumaykiya, porque era esclava de un tal Rumayk.

¿Y qué tiene esto que ver con Zaida? Pues que el príncipe compró a Rumayk su bella esclava y se casó con ella y Zaida fue hija de ambos. Eso no es verdad, lector, pero ya te dije que me iba a ir por el sendero de la leyenda. Por otra parte, en la realidad histórica era su nuera y es bien sabido que hay nueras que se quieren como si fueran hijas. Especialmente si son como Zaida, que era una belleza más allá de toda ponderación, y culta y cantaba y bailaba como las huríes del paraíso. Si no estás viendo ya a Zaida, querido amigo, no sé yo si vas a seguir bien mis pobres relatos, que cuentan siempre contigo. Piensa que yo trato de anovelar (no viene en mi DRAE, 21ª ed.) aunque viene anovelado), pero la imaginación tienes que ponerla también tú.

Ben Ammar en algún momento tuvo una esclava llamada Zaida, que no tiene nada que ver con la otra. Ben Ammar estaba mucho menos interesado en el amor que Al-Mútamid y un día dijo, que lo oyó don Claudio y lo puso en su novela, que “por cima del amor está la gloria”. La gente es como es. Pero era un buen poeta, en un momento de grandes poetas: Ben Suhayd, Ben Házam, Ben Zaydún, Ben al-Labbana, Abi Ishak, Sumaisir, etc. Y jugaba al ajedrez de manera extraordinaria, lo que le sirvió para evitar una guerra con Alfonso VI y salvar a Sevilla. Lo apostaron en una partida y Ben Ammar la ganó. Y paro, que de quién he de hablar es de Zaida. Lo haré en una próxima ocasión.

17 de marzo de 2014

Un estadounidense y un catalán


No, no es uno de esos chistes en que hay personajes de varios países. En un breve circuito turístico por España, he coincidido con un matrimonio de Estados Unidos, que no hablaba nada de español. Aunque el guía se dirigía a ellos en inglés, mi esposa y yo tuvimos ocasión de ayudarles con el idioma y se inició así una relación.

El marido, ya jubilado, fue profesor en una Universidad americana —no daré datos innecesarios— y es experto en Software Architecture, un concepto desconocido hasta ahora por mí y no inmediatamente entendible. Se refiere a las estructuras de más alto nivel en un sistema de software, a la disciplina para crear dichas estructuras. Su experiencia docente le permitió exponer el tema y hacerlo medianamente comprensible. Cuando ya empezó a hablar de niveles de abstracción la comunicación se hizo más fluida y, finalmente, pudimos charlar ampliamente sobre la utilización inconsciente por parte de los médicos de algoritmos numéricos en el proceso diagnóstico, idea en la que he insistido en algunas publicaciones mías.

Al despedirnos ocurrió el normal intercambio de direcciones y los deseos y casi promesas de vernos en el futuro, con invitaciones sinceras a los hogares respectivos. Todo muy agradable, muy educado y muy internacional; muy propio del mundo en que nos ha tocado vivir, que tiene también sus aspectos positivos.

También había en el grupo una pareja de catalanes; él era abierto y algo lenguaraz. Durante una comida, compartiendo mesa, le pregunté, con una sonrisa: ¿Y qué, se van a independizar ustedes? Contestó, también sonriendo, que era imposible la independencia para un país pequeño y habló de Andorra, que vive, dijo, sólo gracias al turismo de esquí. Estas fueron sus palabras y no entraré en la ligazón lógica o el carácter rebatible de su pensamiento; trato únicamente de describir un personaje, unas escenas. Lector, en esta narración no hay ni una sola palabra que no sea verdad.

Sin embargo, afirmó que en el referéndum, cuya celebración daba por segura, votaría que sí, para cargarse de razón frente a Madrid. No utilizó la expresión “Madrid nos roba”, pero dejó claro que en lo de las cuentas salían perdiendo. Lo traté con guante de seda, utilizando ese rincón del cerebro que uno guarda para las conversaciones mundanas o vulgares y al que no se debe renunciar jamás. Como era simpático, le conté que algunas personas divertidas que yo había conocido eran catalanas. Me dio la razón con entusiasmo y expuso su idea de que los mejores cómicos que se podían ver —en la tele, por ejemplo— eran catalanes. No hablo de payasos, para eso están los andaluces, aclaró con indisimulable desdén. Con esa parte del cerebro de la que hablé antes, mencioné a Albert Boadella, lo que no le hizo gracia. Ese se vende al mejor postor, sentenció. Yo creo que es inteligente, me atreví a decir. Para venderse hace falta ser inteligente, me ilustró, con la convicción de haber dicho algo memorable y profundo. También ironizó  sobre la mirada de Oriol Junqueras, que no se sabía a dónde la dirigía. O algo así, no le entendí bien esto.

Estuvo, dicho en castizo, sobradísimo, casi como el señor Artur Mas. Estaba claro que me consideraba un privilegiado por poder charlar con él. Menos mal que no le dije que yo era andaluz; a veces ni me acuerdo de este detalle importantísimo. La esposa escuchaba en silencio, con ese aire de mártir de las mujeres que llevan una vida entera oyendo desvariar al cónyuge. Yo adopté alborozado el apropiado papel de discente. Fue todo absolutamente divertido e inocuo. No nos intercambiamos direcciones, eso no.

Estos son el norteamericano y el catalán de mi historia, conocidos en un viaje de turismo, en un ambiente relajado y proclive a la comprensión y al perdón. ¿De dónde han surgido estos nuevos catalanes? Antes no eran así. Seguramente, la culpa será de Madrid. ¿Y cuántos son? Eso no se sabrá con el referéndum que se planea, si se celebra, sesgado y metodológicamente inválido desde el principio.

9 de marzo de 2014

Sobre el estilo de los autores


Leo el relato de un autor amigo y se me avivan las reflexiones de otras veces. Escribe de manera muy natural, reconozco con una cierta envidia. Y para conformarme, me afianzo en mi vieja concepción de que cada autor escribe como puede, que no es libre a la hora de escoger su estilo. Uno trata de escribir como lo hacen sus ídolos, pero al final tiene su modo personal de hacerlo, al que está condenado fatalmente. 

Yo no podría, no sabría, escribir como este amigo mío. Cuando escribo, es como si mis ideas preexistieran, fueran por delante, y yo las fuera encaminando con mis palabras, como el pastor guía a sus ovejas con su pértiga. Es una escritura pensada, no directa, no espontánea. No hablaré mal de mi manera de escribir —sería el único escritor del mundo en hacerlo—, pero creo sinceramente que se adivina en ella el cañamazo original, el cartón del tapiz. Me hago la objeción de que yo soy consciente de lo que me cuesta ir enderezando mis escritos y en cambio veo los otros, los de mi amigo y los demás, ya hechos, ya nacidos. Esto explicaría parte del asunto. Pero hay más.

Mi amigo, por ejemplo, escribe de alguien, que está hablando de su propia muerte: “Quiero que Dios me saque de este engaño sin que me dé ni cuenta…”. Aparte de calificar brillantemente, con una sola palabra, lo que quizá sea la vida —la vida es un engaño puede ser tan presumiblemente definitorio como la vida es sueño, etc.—, a uno le queda la sospecha de si la expresión es, como parece, una frase común, un dicho. Un personaje de su obra, un enterrador, pondera su oficio: “¡Si somos más necesarios que las comadronas!, ya que algunos se escurren solos, ¡digo!, pero ninguno se despide por sus medios…”. Esas expresiones tan ajustadas a la realidad, tan ‘sentenciosas’, ¿no pertenecen al acervo popular? Lo parecen, ciertamente. Tienen esa simplicidad, esa frescura.

En cuanto a las maneras de escribir, los lectores también tienen sus preferencias, que son muy variadas y deben defenderse con medios razonables. Jacques Vaché, un escritor e intelectual francés, en el estreno de una obra de carácter surrealista de Apollinaire, Les Mamelles de Tiresias, sacó una pistola, amenazó al público y exigió que se suspendiera la función, porque “la consideraba demasiado artística”. O sea, que escribir fino tiene sus peligros. El pobre Vaché, que había sido herido en la Gran Guerra, apareció muerto en una habitación de hotel, junto a un amigo, el seis de enero de 1919, acabada ya la contienda. La causa más probable: la ingestión de opio. Tenía sólo veintitrés años. Prácticamente dejó sólo una obra, Lettres de guerre, que incluye, entre otras, cartas a su amigo André Breton, que le consideraba un iniciador del surrealismo.

Cada uno de los que escriben tiene su público. Hay autores premiosos que parece que tejieran el tiempo, que descomponen cualquier acción o pensamiento en infinitas y minúsculas secuencias. Otros, por el contrario, tienen un rayo en la pluma. Algunos buscan una escritura enteramente desprovista de cualquier artificio, absolutamente natural. Paul Léautaud, el acedo crítico literario francés, afirmaba: “La búsqueda de una palabra, incluso si es necesaria, es un atentado contra lo natural. Debe escribirse con las palabras que uno conoce, que uno tiene en la cabeza. [...] No me gusta la gran literatura. Sólo me gusta la conversación escrita”. No coincido en esto con él. La obra literaria es una obra de arte y exige planificación y artificiosidad; esto es casi una tautología. Reclama el trabajo plateresco de la forma, el exquisito cincelado de las palabras.

Y esto siempre, en todas las circunstancias. Balzac, en su Physiologie du mariage, cuenta la siguiente historia. Un hombre, un extraño —no sería tan extraño, digo yo—, está en la cama con la mujer de un académico, cuando este llega a su casa. El hombre, el amante, al ver la llegada del marido, le reprocha a la esposa infiel: Quand je vous avertissais, madame, qu’il fallait que je m’en aille…, s’écrie l’étranger. — Eh!, Monsieur, dites au moins: Que je m’en allasse!, reprend l’académicien (Os advertí, señora, que era preciso que me vaya…, gritó el extranjero. — Eh!, señor, decid, al menos, que yo me fuera, prosiguió el académico). Muy bien corregido, porque era pertinente, en esa ocasión y en cualquier otra. Y estoy seguro de que también le recriminó otras cosas, que todo se puede hacer a su debido tiempo. Educadamente, como cabe esperar de un académico.

Lo he dicho muchas veces: al escribir, todo está permitido. Porque queda siempre un último baremo: la belleza, la claridad conseguidas. Es difícil ser dogmático aquí. Lector, para mí la literatura es ante todo un juego entre tú y yo; en cuanto junto unas palabras, siempre pienso que estás al otro lado del espejo. Salta a esta parte de una vez y cuéntame. Ayúdame a caminar en la tiniebla de los gustos literarios. Y hazlo pronto, antes de que sea tarde. ¡Es tan quebradiza, tan fugaz, nuestra presencia en el mundo!