28 de abril de 2014

Un crítico de Gabriel García Márquez


A los muy pocos días de la muerte de Gabriel García Márquez, un escritor latinoamericano —quien sea visitador habitual de este blog ya sabe que los nombres no siempre son necesarios— valoró la obra del fallecido y dijo que escribió algunas buenas obras después del enorme éxito de Cien años de soledad, pero que a partir de El amor en los tiempos del cólera no produjo obras de gran calado. Sin tener presente ahora la cronología exacta de la bibliografía de Márquez y sin conocer enteramente su obra, no veo en esa opinión nada que obligue a invalidarla d’emblée, inmediatamente. Quiero decir que no pienso, sin posible apelación, que tenga que estar equivocado.

Ocurre, sin embargo, que el citado crítico concreta un poco más y afirma que el Premio Nobel “comenzó su carrera siendo un mal escritor y la terminó siendo pésimo”. Y aquí ya sí surgen todas las dudas. No sé ahora cuáles fueron exactamente su primera y última obra y, estrictamente, no puedo juzgar lo que dice el crítico. Pero sí tengo la convicción —el pálpito, si se quiere— de que es imposible que García Márquez acabara haciendo literatura pésima. Por muchas razones. Porque no es concebible que alguien, que ha escrito obras excepcionalmente brillantes y únicas, tenga al final un gusto literario tan estragado que le lleve a producir literatura ínfima. Porque, a esas alturas, una legión de agentes de las editoriales le estarían avisando de que algo no iba bien. Etc., etc. No tengo una opinión excelsa de los agentes literarios o de los editores, pero creo que habría ocurrido eso, que habrían sonado todas las alarmas.

Al poco tiempo, en Facebook hervían los comentarios desdeñosos y ofensivos frente al crítico. Con una agresividad que nunca entiendo en estos casos, se le llamaba mediocre, frustrado, envidioso, hijo de canalla, directamente canalla (obviando las referencias a la estirpe), tonto, peligroso y, finalmente, se le bautizaba como Eróstrato. Lector, este Eróstrato, por si no lo recuerdas, fue un pastor de Éfeso que buscaba ser famoso y por cierto que lo consiguió, se mire como se mire. ¿Y cómo?, quizá te preguntes. Muy fácil: pegando fuego al templo en aquella ciudad de la diosa griega Artemisa (Diana), una de las siete maravillas del mundo antiguo, el 21 de julio del año 356 a. C. El mismo día que, según Plutarco, nació Alejandro el Grande.

¿Te gustaría saber cómo era ese templo? Muy fácil: “Habían hecho falta ciento veinte años para construirlo. Figuras tiesas ornaban sus habitaciones interiores, cuyos techos eran de ébano y ciprés. Las pesadas columnas que lo sostenían, estaban embadurnadas con minio. La sala de la diosa era pequeña y ovalada. En el medio se levantaba una piedra negra prodigiosa, cónica y reluciente, con marcas de un dorado lunar, que era la propia Artemisa. El altar triangular también estaba tallado en una piedra negra. Otras mesas, hechas de losas negras, estaban perforadas con agujeros a espacios regulares para que corriera la sangre de las víctimas. De las paredes pendían anchas hojas de acero, con empuñadura de oro, que se usaban para abrir las gargantas […] Entre los anillos, las grandes monedas y los rubíes, yacía el manuscrito de Heráclito, quien había proclamado el reino del fuego. El mismo filósofo lo había depositado allí, en la base de la pirámide, cuando la estaban construyendo”.

Quizá quieras saber, lector, dónde está escrito todo esto, de dónde lo he sacado. Muy fácil; todo es muy fácil. Pero para contártelo, tengo que hablarte de Marcel Schwob, en una próxima entrada. Era un judío francés, escritor, de finales del siglo XIX. Déjame decirte ahora lo que me llamó enseguida la atención, lo más triste de su historia: murió en el 1905, con sólo treinta y siete años.

27 de abril de 2014

Elena Poniatowska y los humildes


En una entrada anterior de este blog conté cómo Elena Poniatowska, reciente ganadora del Premio Cervantes, citó un cortísimo diálogo de una obra de Octavio Paz, El laberinto de la soledad, para explicar la humildad, la mansedumbre de algunos de sus compatriotas, los menos favorecidos. Alguien pregunta: ¿Quién anda ahí? Y la sirvienta responde: No hay nadie. ¿Y tú quién eres?, insiste curioso el demandante. “No, pues nadie”, contesta otra vez la sirvienta. Es un ejemplo de esa casi aniquilación personal a la que puede llegarse en algunas sociedades. “Muchos mexicanos se ningunean —dijo la escritora—, no contestan así por hacerse de menos ni por esconderse, sino porque es parte de su naturaleza”.

Inmediatamente, mientras oía esto, me vino a la memoria un viejo relato mío, Teresa, del que tomo una pequeña parte:

La pobreza, la injusticia pueden muy bien destruirte, robarte la vida. Recordó, como hacía muy a menudo, a su marido muerto y se vio con él en aquel país de América, hacía ya muchos años, jóvenes los dos, cuando en la capital os encontrasteis con aquellas dos chicas, acompañadas de una sirvienta muy delgada, poco más o menos de su misma edad, graciosa, más graciosa que ellas, y con aspecto de ser más viva que una lagartija. Las chicas notaron que erais extranjeros y os saludaron y cuando supieron que erais españoles empezaron a preguntaros cosas de España y vuestra opinión sobre su propio país y todo lo que estabais viendo, mientras la sirvienta permanecía a una prudente distancia, resignada y tímida, sin osar acercarse o intervenir, pero sin perder una palabra de la conversación. Cuando os despedisteis, les estrechasteis las manos a las dos chicas y entonces tú, Paula, que no tenías aún treinta años, te acercaste a la sirvienta y le diste un beso de despedida, aunque ni te la habían presentado. Y viste en sus ojos el asombro, la gratitud incontenible, pero también un temor certero y súbito por lo que pudiera pasar, por lo que estaba casi segura de que iba a pasar.

"Te has pasado un poquito, sigues viendo Cenicientas por todas partes", te comentaba después, con sonoras carcajadas, tu marido. "Esas chicas actúan así, porque las han educado así, lo hacen seguramente sin mala intención". "Pues para que vayan aprendiendo", le contestaste, todavía irritada. "Y que sepas que hay Cenicientas por todas partes, el mundo está lleno de ellas. Y no sé por qué me reprochas nada, cuando tú toleras estas cosas mucho peor que yo. No olvides que te preferí a otros sólo por eso", sonreíste y coqueteaste un poco.

Habían pasado muchos años y ahora, en la penumbra de una habitación en Madrid, en una mañana de otoño que hubiera podido ser muy dulce, se habían instalado la nostalgia y el silencio. Doña Paula estaba perdida y ajena y le volvió a hacer a su marido el viejo y amargo reproche que le venía haciendo en los últimos cuatro años: «¿Por qué me has dejado sola en este mundo de imbéciles?».

Esa era la autocita, un poco larga. Cuando uno ha vivido ya mucho y ha escrito un poco, estas resonancias de lo que escuchamos o leemos empiezan a darse muy a menudo. Y también la tentación de añadirlas a lo que sucede a nuestro alrededor. Porque en ocasiones los sentimientos y hasta las palabras coinciden y uno piensa que, si se cuentan, completan lo oído o leído. Y porque corroboran lo que ya dijera Heráclito: Todos los que están despiertos habitan un mismo mundo; en cambio, los que duermen, viven cada uno en el suyo. Me encuentro con gente que comparte mi mundo en los sitios más insospechados. Junto a gentes que viven a mi lado desde siempre y que se han alejado, quizá sin posible retorno. Lo que no deja de entristecerme; es la vida.

Lo narrado en mi relato estaba inspirado en la realidad; ocurrió en un viaje que hicimos mi esposa y yo a un país americano.

26 de abril de 2014

Eonofobia, miedo a la eternidad


En la entrada anterior expresé mi horror ante la idea de ser inmortal, de vivir eternamente. Pero hay algo más: la idea misma, abstracta, de eternidad, me produce un cierto desasosiego, cuando trato de imaginarla; seguramente por lo que tiene de inasible, de inentendible. Es un concepto que está más allá de lo que el cerebro humano maneja con soltura y serenidad. Esa inquietud mental la intenté plasmar en un neologismo que me pareció apropiado: eonofobia, temor a la eternidad.

No soy yo el único con ese sentimiento. La misma idea negativa y angustiosa de la eternidad está presente en la descripción del infierno que hace el novelista James Joyce, en su Retrato del artista adolescente, de 1916: La última tortura, la que sirve de remate a todas las otras del infierno, es su eternidad. ¡Eternidad! ¡Oh, tremenda y espantosa palabra! ¿Qué mente humana podrá comprenderla? Y tened presente que se trata de una eternidad de sufrimiento.

Reconocen los autores cristianos que la eternidad es el modo de ser de Dios, pero no el del hombre, que vive inmerso en el tiempo. Sin embargo, esta distinción deja paso al optimismo, porque la redención de Cristo revela el deseo de Dios de comunicar su eternidad al hombre. La condenación para el incrédulo se traduciría en la total privación de esa perfección del ser divino, de esa prerrogativa de la eternidad.

Mucha de la repulsa frente a la idea de eternidad quizá proceda de su asociación a vivencias o expectativas muy negativas. Ya vimos que Joyce habla de una “eternidad de sufrimiento”. En la inabarcable mitología griega, los casos de Prometeo y Sísifo, son típicos de ese sentido negativo de lo eterno: Prometeo condenado a que un águila (por muy hija de Tifón y Equidna que fuera) le comiera eternamente el hígado, que se regeneraba sin cesar. Y Sísifo, sometido a la frustrante tarea de subir una enorme piedra hasta la cima de una montaña, para verla luego rodar hacia la base y tener que recomenzar eternamente el mismo trabajo.

Sin necesidad de recurrir a distantes mitologías, en nuestra vida de cada día, hay leyendas que unen esa idea de castigo con la de eternidad. Todos conocen la historia de aquel jesuita que, hablando del castigo eterno para los pecadores no arrepentidos, y para que sus alumnos pudieran captar la idea de eternidad, llenó una gran pizarra con un uno seguido de ceros. Para terminar diciendo: Veis ese larguísimo número, inexpresable. Imaginad que son años; mejor, imaginad que son siglos; mejor, imaginad que son miles de siglos. Pues bien, todo ese tiempo es nada comparado con la eternidad. La eternidad ni siquiera habría comenzado.

La historia habla de un jesuita, no sé si con justicia. Tienen cierta fama de ser los más convincentes, los más astutos, de los religiosos. En un diario gallego, La Voz de Galicia, al día siguiente de la muerte de Valle-Inclán, apareció esta última voluntad, atribuida al escritor moribundo: “No quiero en mi entierro ni cura discreto, ni fraile humilde, ni jesuita sabihondo”.

Sin embargo, regresando a asuntos más a ras de tierra, el preso número nueve, según cuenta pormenorizadamente Joan Baez, el mismo día en que lo iban a ajusticiar, fue muy capaz de decirle a su confesor: “Padre no me arrepiento, ni me da miedo la eternidad”. Para que se vea que esa eonofobia mía, ese miedo a la eternidad, no tiene por qué ser universal y hay gentes que lo padecen, que lo padecemos, y otras no. Es que el mundo es muy complicado.

25 de abril de 2014

Poniatowska, Kahlo y eonofobia


Escribí hace poco en este blog que, para mí, nada hay más aterrador que la idea de ser inmortal. Era un apotegma abstracto, sin referencia a ninguna realidad concreta. Un poco más tarde circunstancié algo más mi pensamiento y, dirigiéndome a un lector imaginario, le decía: Imagínate viviendo cien, doscientos años…, eternamente; con esta vida de aquí, con la que conocemos.

En su sencillo y bello discurso, Elena Poniatowska, en la entrega del Premio Cervantes, cita a su compatriota la pintora Frida Kahlo, que dijo alguna vez: “Espero alegre la salida y espero no volver jamás”, refiriéndose a este mundo nuestro. Frida fue una hermosa y elegante mujer que tuvo una existencia difícil, asediada sin tregua por problemas de salud y que murió joven. Quizá no le dio tiempo a amar apasionadamente la vida, sentimiento que demanda una clase de conformidad que se adquiere sólo en la vejez, cuando uno empieza a pensar, de verdad, que se acaba.

En cambio, porque los seres humanos somos así de diversos, nuestra escritora dijo: “Yo espero volver, volver, volver y ese es el sentido que he querido darle a mis ochenta y dos años. Pretendo subir al cielo y regresar con Cervantes de la mano para ayudarlo a repartir, como un escudero femenino”.

Pues por allí nos veremos, Doña Elena, porque yo escogí el mismo destino y lo hice constar en mis Apuntes de Literatura, refiriéndome a don Quijote: “Cuanto hubiera dado por servirle, por ponerme a sus órdenes, por cuidarlo, por intentar protegerle. Con el buen Sancho, hermanado humildemente al sencillo escudero, los tres juntos. Ese podría ser mi paraíso o uno de mis paraísos. Aunque también pienso que, en cuanto a confortarle, poco podría añadir a lo tan sabiamente expresado por Sancho, animando a vivir a su amo, en el último capítulo del libro inmortal: No se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía”.

Es triste escuchar una confesión tan desgarrada como la de Frida Kahlo. Pero yo te hago una pregunta, lector. Si algún enviado del Alto Cielo, con los debidos poderes y autorizaciones, te propusiera vivir otra vez en este mundo, ¿aceptarías, sin preguntar en dónde y cómo y algún pertinente detalle más? Y si no te diera esa utilísima información, ¿dirías que sí o que no? Yo es que lo tengo muy claro.

Confieso que he pensado algo sobre todo esto. Y hasta se me ha ocurrido un neologismo que lo traigo aquí: eoniofobia o eonofobia, horror a lo eterno —de αιώνιος, eterno en griego, y φοβία, fobia, temor, horror—. Podría ser hasta eonotetafobia, más largo, horror o temor a la eternidad, αιωνιότητα. Mis conocimientos de griego son muy reducidos y estoy dispuesto a modificar el nombre, en cuanto me lo aconseje algún experto. Escojo de manera provisional eonofobia, más corto, más pronunciable. Eón también era un dios de la mitología fenicia, Señor de la eternidad. Se asociaba dicha divinidad a la imagen de una serpiente que esconde su cola con su cuerpo, formando un círculo. No idéntica a la del ouroboros, en la que la serpiente no esconde su cola, sino que se la muerde.

Hablando de cosas más mundanas y agradables —llenas de esa felicidad esquiva y rara, que elude implacable a tantos—, fue una delicia oír y ver a Elena Poniatowsca, todavía no en su punto de belleza y gracia, que le vendrá con los años, pero ya próxima a él. Con su dicción dulce, graciosa y acariciante, su sencillez altiva, su vistoso vestido, típico de alguna región de Méjico, tejido por admiradoras.

Citó también la autora a Octavio Paz, un cortísimo diálogo de su obra El laberinto de la soledad, y esto me recordó otro escrito mío, que contaré en una próxima entrada. Hasta entonces.

22 de abril de 2014

Mi entrada número cien


Amigo lector, hoy no es un día cualquiera: escribo la entrada número cien de este blog, que empecé hace unos meses. Ya decía entonces: Comprendo que nada de esto tendría sentido sin dirigirme a unos pocos a quienes sienta próximos y hasta algo atentos. Otros quizá escriban urbi et orbi, pensando en grandes masas de lectores; no es mi caso. Y al que no comprenderé jamás es al que dice escribir sólo para sí mismo. Si se escribe es para que otros lean lo que uno va pergeñando.

Decía, en fin, que no habría creado el blog sin la ilusión de compartir mis opiniones y mis sentires con amigos que ya tengo y otros que podría hacer. Gentes sin prisa, que traten de desmenuzar el sentido último de lo que leen. Eso es lo que busco y no es nada fácil. Lectores así son verdaderos copartícipes en la escritura. El que escribe es entonces un catalizador, un inductor. Y terminaba afirmando que todo tenía que ser como un juego, suave y alígero, usando de vez en cuando alguna palabrilla un poco menos corriente, para recordársela al lector. Se trata también, claro, de enseñar… lo poco que uno pueda enseñar.

Hoy puedo decir que se han cumplido casi todas mis expectativas. Son ya miles los que se asomaron a estas páginas y, según la estadística del propio blog, de muy diversas partes del mundo. Tengo, por ejemplo, unos cincuenta lectores en China. Es verdad que quedan todavía algunos chinos que no me leen, pero, aun así, no deja de maravillarme este portentoso invento de Internet, que ha derribado verdaderamente las fronteras. Todavía se pueden levantar algunas, pero los que lo hacen saben muy bien que tienen la batalla perdida. También hay socaliñeros que opinan que crear nuevas fronteras físicas no debería importar mucho, dado que están condenadas a ser permeables e inexistentes; sería como un reconocimiento inocente de singularidades. Pero surge entonces la pregunta: ¿para qué alzarlas? ¿Para qué alterar estructuras de siglos, que son perfectamente soportables?

Muy pocas decepciones con esto del blog. Si acaso, el hecho de que tengo amigos que me leen y me llaman o envían mensajes comentando alguno de los temas, pero no logro que lo hagan utilizando los medios propios del blog. Se niegan con resistencia numantina; les asusta la complicación del procedimiento, que es nula.

La reducida extensión de las entradas es otro problema. Se ha de ser breve aun a costa de la precisión; no se pueden alargar o complicar los argumentos. Quedan siempre cosas por decir o matizar y a veces hay que tirar por el camino de en medio, dejando para el lector inteligente la tarea de moderar lo escrito. En el mismo sentido, me parecen injustas las críticas a Wikipedia, a su presunta inexactitud. No seguiría yo un tratamiento médico basado sólo en lo encontrado allí. Pero para la gran mayoría de las necesidades de sus usuarios, la información ofrecida es suficientemente rigurosa y abre vías para buscar datos más precisos o fiables.    

Amable lector, por si eres nuevo, déjame escribir los títulos de algunas de mis últimas entradas, por si te sugieren algo o estimulan en algún sentido: 1) Belleza, arte, Schoenberg y triskaidekafobia. 2) Gabriel García Márquez, la muerte, la inmortalidad. 3) Merrill M. Flood y el problema catalán. 4) De las diversas tristezas. 5) De los amores ardientes. 6)  De los breves amores que fueron. 7) Juan II el Bueno y la bella condesa de Salisbury. 8) Cantar de la mora Zaida. / De guerras y héroes…

Y eso es todo. Mi agradecimiento a todos los lectores, especialmente a los desconocidos, a los que me han encontrado en la red por puro azar.

21 de abril de 2014

Belleza, arte, Schoenberg y triskaidekafobia


Me acerco a las cien entradas del blog y el azar me lleva a insistir sobre una de sus ideas centrales. Leo una anécdota de Arnold Schoenberg, cuando un magnate de la industria de Hollywood trató de halagarle, diciendo que su música era deliciosa —es la traducción que escojo aquí para lovely—. Schoenberg le replicó inmediatamente: “mi música no es deliciosa”. La historia viene en Art and the arts, de Theodor W. Adorno.

No soy un experto en música, pero doy decididamente la razón al célebre músico en cuanto a su obra, a la reducida parte de su obra que he podido conocer. Schoenberg, también un apreciable pintor, propuso y defendió cambios en la estructura tonal de la composición musical, desarrolló la técnica dodecafónica y fue extraordinariamente influyente en la cultura musical del siglo XX. Su original estilo no fue entendido por todos. Maurice Ravel, según cuenta Alma Mahler en su libro Mein Leben (Mi vida), afirmó: Non, ce n'est pas de la musique... c'est du laboratoire (No, esto no es música, esto es cosa de laboratorio).

Traigo aquí a Schoenberg como paradigma de una cierta manera de entender la creación artística. Para él lo importante en una obra de arte es la pura aportación del artista y el placer del espectador no debe ser un objetivo en ningún caso. Lo que cuenta es la perfección de la obra en sí, su harmonía interna, la propia satisfacción del creador. Richard Taruskin, un musicólogo americano nacido en Nueva York en 1945, califica esta idea como una pura ‘falacia poyética’.

En mi modesta opinión, lo que resulta obligatorio es la creación de belleza, una belleza que pueda ser percibida y gozada por el espectador. Naturalmente, habrá casos en que se requiera una especial formación de este y admito que no todas las obras son para todos los públicos. Lo que me resulta inadmisible, en una obra de arte, es que esté orientada a la mera y simple distracción del público, a hacerle pasar el rato. Eso puede existir, no está prohibido, pero no es arte.

Schoenberg es uno de los casos más conocidos de triskaidekafobia. Con ese nombre tan raro —tan sencillo también: es el número trece en griego y el término fobia. O sea, temor al trece— se designa una extendida superstición, presente en muchas culturas, que considera nefasto dicho número. En el caso de nuestro músico, la fobia era extrema. Se piensa que hasta pudo tener algo que ver con su muerte real.

Tenía pavor a los años múltiplos de 13. Ya en 1939 —en realidad, 1939 no es múltiplo de 13, aunque 39 sí lo sea, pero los supersticiosos no suelen ser muy científicos— estaba tan preocupado que para tranquilizarse encargó un horóscopo, en el que el astrólogo le certificó que sería un mal año, pero no fatal. Para esa predicción no hace falta ser astrólogo, ¿verdad?

En 1950 Schoenberg tenía 76 años y un amigo —para eso están los amigos— le avisó de que sería un año crítico, porque 7 + 6 = 13. Lógico, ¿no? El músico no había pensado en ello, pero ya sí lo hizo. De forma que el día 13 de julio de 1951, con setenta y seis años, y viernes —ya sabe todo el mundo que en USA el día nefasto es trece y viernes, no martes— estuvo todo el día en cama, angustiado y deprimido. Eran las 23.45, su pobre esposa Gertrud se decía que ya casi había pasado lo peor, cuando Schoenberg, tras un ruido extraño en su garganta, murió de repente. Todo muy triste, como en cualquier muerte. Pero aquí más dramático y hasta turbador.

Arnold Schoenberg había nacido un día trece y murió también un día trece. Pero nacer no es nada aciago. Y en muchas ocasiones, morirse, seguramente tampoco.

20 de abril de 2014

Gabriel García Márquez, la muerte, la inmortalidad


En mi anterior entrada citaba unas palabras de Gabriel García Márquez, “la muerte es una trampa, es una traición, que le sueltan a uno sin ponerle condición”, y prometí comentarlas. Mario Benedetti dijo algo parecido, “la muerte es una traición de Dios”, y no sabría yo ahora resolver la importantísima cuestión de quién habló de esto primero, si Márquez o Benedetti.

Pudiera ser que ninguno de los dos, excelsos como eran, meditaran con rigor sobre las alternativas a la muerte. Incluso las personas más dotadas no pueden razonar continuamente sobre todos los temas posibles y, como el resto de los mortales, hablan a veces alegremente. Si lo que insinúan es que estaría bien que la vida fuera más larga, muchos seres humanos, no todos, estarían de acuerdo. Si lo que se plantean es la pura inmortalidad, eso es completamente distinto.

Porque, y entro en la materia, para mí, nada más aterrador que la idea de ser inmortal. De un relato mío, El reino de Ta, copio las cogitaciones de Roberto, su protagonista: “Se había preguntado alguna vez, en abstracto, si sería tolerable cualquier tipo de eternidad. Estaba convencido de que los seres humanos hemos sido diseñados para morir, no se trata de algo surgido por azar. Cualquiera que conozca los procesos de envejecimiento celular lo comprenderá perfectamente. La caducidad está inscrita en nuestras vidas, inserta en el mismo núcleo de nuestra existencia.

De hecho, pensaba que nada sería tan insoportable como la inmortalidad. Había escrito una vez algo sobre el tema y sus palabras habían sido: Hay que ser indulgentes con el dios o los dioses, que permiten tantos desarreglos en el Universo, porque se comportan así aloquecidos por su inmortalidad, por la imposibilidad del olvido, por la eterna repetición de los aconteceres, por la insistente presencia de todo lo creado, por la imposibilidad de imaginar un futuro desconocido o distinto. Roberto se identificaba más con los que postulan que tras la muerte sólo hay el olvido y la nada”.

Lector, medita un poco sobre lo que te cuento. Imagínate viviendo cien, doscientos años… eternamente; con esta vida de aquí, con la que conocemos. Ni el más malvado de los dioses querría tal suplicio para sus criaturas. Otra cosa es, ya digo, pretender que la vida no fuera tan escandalosamente breve. A eso muchos humanos, entre los que afortunadamente me cuento, sí nos apuntaríamos.

En mi obra de teatro, Don Juan de Bergerac —y perdón por tanta autocita—, se habla también algo de todo esto. Transcribo, abreviadamente:

Don Juan — Platón, en un pasaje de su Político, recoge un antiguo mito griego y habla de una época en que el universo giró en sentido inverso y todos los seres mortales cesaron de envejecer y se hicieron cada día más jóvenes, hasta llegar a recién nacidos, tanto en el cuerpo como en el alma; tras de lo cual continuaban consumiéndose y se aniquilaban totalmente. En un mundo así, el destino del hombre sería infinitamente más amable, porque marcharíamos hacia la juventud, hacia la belleza, hacia la inocencia. Al final, también desapareceríamos en la nada, pero sin la angustia del envejecimiento y de la muerte. Inés, si yo pudiera vivir así ahora y hacerme más joven contigo.

Inés — (Bromeando) O sea, tú cada vez más joven y yo cada vez más vieja. Pues sí que estamos bien. Tú me cuidarías cuando yo fuera mucho mayor que tú.

         Don Juan —Quizá lo mejor sería que la vida fuera un camino de ida y vuelta: madurar, sin llegar a una vejez extrema e incómoda, y luego rejuvenecer. Sin repetirse las cosas, claro, “lo bailado, bailado”. O repitiendo lo que uno quisiera. En fin, todo podría ser, todo podría haber sido, de otra manera. Los gnósticos pensaron que la creación fue un error, la obra de una divinidad inferior que se creyó Dios.

Inés — Para mí, Don Juan, ya estás viviendo así, hacia atrás. Quisiera verte cada día más optimista, más feliz, más joven. También es hermoso entregarse de lleno a recoger lo que la vida ofrece todavía. Fin de la cita y de la entrada.

19 de abril de 2014

Gabriel García Márquez, otro gigante que nos deja


Siento la muerte de Gabriel García Márquez como si se tratara de alguien muy cercano, con un desgarro que me cuesta soportar. Eso no me ocurre tantas veces y me lleva ineludiblemente a preguntarme por qué. Le admiraba infinitamente y ya escribí en este mismo blog que la admiración es más innegociable que el amor, porque es más tenaz, menos sujeta a nuestro capricho. Si piensas que alguien es admirable porque hace algo como no lo hace nadie, es muy complicado arrancarle ese mérito, desposeerle de esa cualidad. El muy aborrecible te puede tener admirándole sin tregua toda la vida.

Pero tiene que haber algo más. Yo creo que se trata de la discreción con que ha vivido sus últimos años, la valentía y sinceridad de sus opiniones, su vocación irrenunciable por la literatura, su modestia, su llaneza, su desasimiento de muchas de las banalidades mundanas —parece que en un cierto momento, tras la concesión del Nobel, dijo que ya no quería más premios—. En fin, como tantas veces, el encanto, la atracción proviene no sólo de sus excelencias artísticas e intelectuales, sino de su actitud moral y vital, de su bonhomía.

En relación con este tristísimo suceso, veo algo que me ha sorprendido. En la página web de Antonio Muñoz Molina, en la sección Escrito en un instante, leo la entrada titulada Un recuerdo, escrita el mismo día de la muerte de García Márquez. Son unas pocas líneas, pero en ellas no hay ninguna referencia a su grandiosa obra, ni se explicita cualquier sentimiento de tristeza o condolencia. Estoy seguro de que el sensible escritor ubetense comparte la orfandad que sentimos todos los que amamos la literatura, pero ha dejado de consignarlo por escrito en esta singular ocasión.

Habla en cambio, de ahí el título de la entrada, de su recuerdo de un Congreso de la Lengua, en Cartagena de Indias, hace siete años, y dice que “ya entonces García Márquez era una presencia muy lejana, quizás porque la enfermedad ya estaba afectándole”. Otra vez creo que falta algo; yo habría escrito “una venerable (o amable o querida, etc.) presencia muy lejana…”. En cambio, hace notar escrupulosamente que quizá la enfermedad ya estaba afectándole, aunque no concreta en qué o cómo.

En estas horas se han repetido bastante unas palabras del escritor fallecido sobre la muerte, extraídas de una entrevista en TV, del año 1995:  La muerte es una trampa, es una traición, que le sueltan a uno sin ponerle condición. Me gustaría comentar algo sobre esto, pero conviene dejarlo para una próxima entrada.

18 de abril de 2014

Inagotable, omnisciente Internet


Cada vez me sorprende más Internet. O, si se quiere, el ancho mundo de los saberes, datos y opiniones, que es ya casi lo mismo. Escribí ayer una entrada de este blog, con el título Merrill M. Flood y el problema catalán, en el que cuento el llamado ‘Dilema del prisionero’, de Flood y Dresher, y añado algunas consideraciones sobre el actual problema catalán, que no deja de preocuparme. Ambas cosas no están inmediatamente relacionadas, como reconozco en mi escrito, y la unión de los dos temas está más bien traída por los pelos.

El famoso dilema lo había encontrado en un libro de Jean-Claude Carrière,  Le Cercle des menteurs. Por otra parte, en otra entrada de mi blog, de hace unos tres meses, De la memoria y la inteligencia, prevenía yo sobre posibles plagios involuntarios: “uno puede estar plagiando sin darse cuenta; corremos el riesgo de plagiar sin querer”.

Pues ocurre que, escribiendo en Google ‘Merril M Flood problema catalán’, para ver si estaba ya referenciada mi reciente entrada, veo que lo está —aunque por ahora a través de otro blog intermedio en el que se cita al mío—, y me encuentro algo mucho más sorprendente: hay un título del año 2005, El dilema del prisionero: un acercamiento al laberinto catalán, alojado en un blog que no he podido, o sabido, seguir en fecha posterior. El contenido es completamente diferente al mío, pero es curioso que a otra persona se le ocurriera, hace nueve años, relacionar el célebre dilema con el problema catalán.

No hay plagio, claro, pero empieza a resultar casi imposible decir algo que no haya sido dicho antes. Que no se haya dicho y no haya sido recogido y grabado en la omnisciente red de redes. Y esto no ha hecho más que empezar.

17 de abril de 2014

Merrill M. Flood y el problema catalán


Lector, llevo ya tiempo escribiendo de amores y literaturas y cumple hablar también de números, de algoritmos, de lógica. Son temas interesantes y están cada vez más presentes en la realidad. Vivimos en un entorno digital, en el que quizá algún día los números constituyan la forma habitual de comunicación en muy diversas áreas.

Merrill M. Flood fue un matemático estadounidense que, junto con Melvin Dresher, ideó en el año 1950 un problema lógico, conocido más tarde como ‘Dilema del prisionero’, que forma parte de la llamada teoría de juegos o, en un marco más amplio, teoría de toma de decisiones. Me referiré sólo al problema y de la manera más breve.

Un policía detiene a dos sospechosos de robo, sin pruebas firmes, aunque los dos portaban revólver. Les hace, por separado, sin que puedan comunicarse entre ellos, la siguiente propuesta: Si confiesas contra tu cómplice, quedas libre y él será condenado a diez años de prisión. Si él también confiesa contra ti, serán cinco años para cada uno. Si ninguno confiesa, la condena es de seis meses de cárcel por tenencia ilícita de armas.

Cada uno de los detenidos decide acusar al cómplice, porque cree que es la estrategia más segura. Piensa que si no lo hace, y el otro le acusa, puede ser condenado a diez años. Acusándole, puede quedar incluso libre, si el otro no le acusa. En el peor de los casos, si el otro también acusa, tendrá una pena reducida de cinco años. Es, sin duda, la decisión menos arriesgada.

— Fray Gerundio, fray Gerundio…
— Dime, hijo.
— No se le habrá ido un poco la cabeza, si me permite decirlo. Porque, ¿qué tiene que ver todo esto con el problema catalán?
— Pues mucho. Ten un poco de paciencia, espera y no me interrumpas.

Lector, te habrás dado cuenta de que la estrategia de confesar es la apropiada…, sólo hasta cierto punto. Porque sería mucho mejor que ambos negaran el hecho y fueran condenados a una pena única de seis meses de cárcel por tenencia de armas. O sea, lo mejor sería no confesar, si uno confiara en que el otro va a hacer lo mismo. ¿No es así? Por supuesto, aquí no se consideran los aspectos morales del asunto.

— Fray Gerundio, eso también está claro. Pero, perdóneme, ¿qué tiene que ver esto con el problema catalán?

Lector, te contesto a ti y a mi interlocutor invisible. Esta solución óptima, la de no confesar ninguno de los dos, requiere que los dos hombres puedan hablar y comunicarse sinceramente sus planes. O que cada uno confíe en la inteligencia, el buen sentido del otro. Como reza el dicho: hablando se entiende la gente… y además se hacen amigos.

Comprendo que la relación del problema lógico del ‘Dilema del prisionero’ con el contencioso catalán no es nada inmediata. En realidad, esto último lo traigo aquí porque me tiene bastante preocupado. La gente parece no contemplar ningún escenario excesivamente pesimista y confiar en que todo se resolverá sin grandes estridencias. Yo pienso que cuando en la solución de los problemas se involucra a los pueblos, a las masas, nada está garantizado y se desatan procesos que se sabe cómo empiezan pero no cómo acaban. Los ejemplos que estamos viendo ahora mismo en Europa no son nada alentadores. En todo caso, haré constar, por si ayuda a justificar el título de mi entrada, que Flood aplicó sus técnicas a la solución de problemas públicos y del sector militar.[