4 de septiembre de 2014

Singular odisea de un alcalde del Maresme (fin)


Los puros nombres de países, regiones o ciudades pueden ser también muy bellos. De joven, haciendo autostop, estuve cierta vez más tiempo del que era menester en las afueras de un pueblo con un nombre que parece arrancado de los antiguos libros de caballería: Peñaranda de Bracamonte. Escribí, en una obra mía: “Damasco... Sólo la palabra me había embrujado desde siempre. Las palabras encierran muchas veces la esencia, el secreto de las cosas”. Pablo Neruda confesó que vivía en los bellos nombres, “gozando de cada sílaba, en el nombre de Singapur, en el de Samarkanda. […] Deseo que cuando me muera me entierren en un nombre, en un sonoro nombre bien escogido, para que sus sílabas canten sobre mis huesos, cerca del mar”.

De todos estos nombres, el que para mí tiene un atractivo más irresistible es el de Samarkanda. Una ciudad de unos tres mil años, en la legendaria Ruta de la Seda, en la que se fundó la primera fábrica de papel del mundo islámico y en la que hay un barrio que se llama Madrid. Porque muy a principios del siglo XV llegó hasta ella una embajada castellana, a cargo de Ruy González de Clavijo, que escribió a la vuelta su Embajada a Tamorlán. Allí está la bellísima mezquita mandada construir por la hermosa y frágil princesa china Bibi Janum, esposa de Tamerlan, de quien ya hablé en este blog. Una ciudad poblada de ensueños, en la que la Muerte se pasea libre por plazas y mercados y habla con respeto y maneras al califa, como también conté.

A nuestro alcalde, en su retiro y soledad forzosos, le vino a la memoria, sin saber por qué, aquella encendida divisa, escrita en lengua persa y grabada sobre el Salón del Trono del palacio de los Grandes Mogoles de Delhi, en la India: “Si el cielo ha descendido alguna vez a la superficie de la Tierra, es aquí, es aquí, es aquí”. Y pensó que también de España, desde Rosas a Ayamonte, desde Fisterra a Cabo de Palos, se podría decir algo parecido, expresándolo más modestamente; que también España podía considerarse con justicia un país privilegiado, dentro del siempre imperfecto mundo en que vivimos. A pesar de nuestros problemas, uno de los cuales es precisamente el de algunos fenicios insaciables y equivocados. Las tres cosas más dulces para los poetas árabes son el murmullo del agua, la voz de la mujer querida y el tintineo del oro. Estos modernos fenicios adoran el secreto silbo de los euros, que ellos son capaces de percibir, aunque se produzca en Andorra, Suiza o las islas Cayman. Y son habilísimos en distraer la atención de la gente con asuntos alejados, en crear y fomentar problemas inexistentes, para esconder y proteger sus negocios y corruptelas.

En definitiva, se dijo, el modo de crear comunidades orgullosas y ciegas no es demasiado difícil; pasa por descerebrar un par de generaciones. La suerte, la mala suerte, puede hacer que se caiga en manos de algún demagogo de los que gustan embarcarse en descabelladas aventuras o en las de un soñador que crea poseer el elixir mágico que transforma a los pueblos. Estas prédicas fáciles prenden en patriotas sencillos, que no conocen el daño que pueden causar con sus trivialidades. Sanchez Albornoz ya escribió sobre “los desgarrones de la unidad hispana, que sólo en daño de los pueblos españoles todos y en beneficio de sus émulos se han realizado siempre y pueden realizarse todavía” (Españoles ante la historia).
 
Habla, pues, don Claudio de “los grandes daños que las secesiones han ocasionado a la comunidad histórica peninsular”. ¿Habrá muchos entre estas huestes soberanistas que hayan leído al insigne historiador? ¿O se quedaron sólo con la historia y leyendas de Guifré el Pilós? David era optimista, a pesar de todo, y recordaba y hacía suyas las palabras de Pablo Neruda, en otras circunstancias muy diversas: “Entrará la luz definitiva por los ojos entreabiertos. Nos entenderemos todos. Progresaremos juntos. Esta esperanza es irrevocable”.
 
Remembró igualmente aquella inolvidable visita que hicieron al pueblo, recién nombrado él alcalde, el presidente Artur Mas y su invitado el barón Cósimo Piovasco de Rondò. El barón andaba siempre con las mismas ideas, que le venían de cuando su familia luchó ardientemente para forjar la unidad de Italia, y que soltaba en cuanto podía, vinieran o no a cuento: “Si vas a construir un muro, piensa en lo que queda fuera”. Pero que eran muy verdad, pensó David, porque, cuando levantas una muralla para aislarte, lo que queda dentro no es lo importante, aunque de momento pueda resultar tranquilizador o ventajoso. Es lo que queda fuera lo que se pierde para siempre, lo que nos empobrece fatalmente, aquello a lo que se renuncia sin necesidad, sin justificación.

Sumido en estas consideraciones, David se quedó plácidamente dormido en la sobretarde del domingo estivo. Muy poco después llegaban Montse y Roberto Enrique, ambos relativamente contentos, como ya se ha dicho. Montse había recibido el constante y callado homenaje de los chicos, sin ninguna consecuencia molesta, y eso tampoco es tan desagradable. Roberto Enrique había gozado de la cercanía de Jordi. Entendió desde el principio que no podía aspirar a otra cosa, lo aceptó así y se contentó con admirar devotamente, con culto de dulía, la radiante belleza del mozo. Y, como siempre, la vida, esa mezcla de frustraciones y deleites renovada incansablemente, siguió su invariable curso, amable a veces, triste en ocasiones y engañosa siempre. FIN DEL RELATO.

3 de septiembre de 2014

Singular odisea de un alcalde del Maresme (IV)


Oyó el alcalde los tres cuartetos para cuerda que el desgraciado conde, después príncipe, Andreas Kirillovich Razumovski comisionó a Beethoven en 1806, los llamados por ello cuartetos Razumovski. Recordaba David la historia de este noble: construyó a sus expensas un suntuoso palacio junto al Danubio y en la Nochevieja  del 1814, para honrar al zar Alejandro I, dio allí un baile. Los invitados eran tantos que se hubo de habilitar un espacio adicional, calentado con tubos que venían del edificio principal. Tras la fiesta empezaron a arder estas tuberías, el fuego se propagó con rapidez y buena parte del palacio quedó destruida. El príncipe apareció enajenado y perdido, vagando solo y sin rumbo entre las ruinas al amanecer, con la vista seriamente dañada. Lo que le estaba pasando a él, pensó David, era una minucia comparada con esa tragedia. Porque, además, confiaba totalmente en Montse, en su inteligencia, en su buen sentido. Recientemente, cuando cierto político catalán había reconocido públicamente la ocultación de un capital, David le hizo ver que era un caso concreto y no se podía aplicar a todos. Montse le recordó entonces el pasaje de La vida de Lazarillo de Tormes, cuando el ciego acusa a Lázaro de comer las uvas de tres en tres y este le pregunta maravillado que cómo lo sabe. A lo que el sagacísimo ciego contesta: “Porque yo comía de dos en dos y callabas”. No, a Montse no la iban a engatusar, a engañar.

Siguió después con música más mundana, pero no menos agradable. Como aquella canción, una de sus preferidas,  Paloma blanca (Coloma blanca, en catalán), que cantaban al alimón María Dolores Pradera y María del Mar Bonet. Le gustaba la voz fluida y ajustada de la Pradera cantando en castellano, pero se confesó que aún le gustaba más la dulcísima y delicada voz de la Bonet. Y cuando esta cantó en catalán, admitió sin reservas la musicalidad de esa lengua, que era también la suya, porque era perfectamente bilingüe. Sería una pena que lenguas así se perdieran. Sobre todo esta, relacionada con el occitano, la lengua en que los antiguos trovadores medievales empezaron a cantar la destilación del amor, el amor cortés, descubierto por entonces.

El problema surge, pensó, cuando se hipertrofian los afectos y las querencias, cuando nos empeñamos en hacer de lo nuestro lo mejor, lo inigualable, y empezamos a desdeñar lo ajeno. Si pensamos que el catalán es la más lengua más perfecta del mundo, tropezaremos, antes o después, con los que otorgan esa preeminencia al vascuence, por poner un ejemplo. Esta última fue, para el padre Pablo de Astarloa, la primera lengua hablada en el mundo, anterior al hebreo y fue Túbal, nieto de Noe, quien la trajo a España. El jesuita Manuel de Larramendi creía igualmente que era una de las setenta y cinco lenguas —ni una más, ni una menos— que surgieron después de Babel. Todo eso, en el fondo, son naderías, porque el abate Dominique Lahetjuzan (1766-1818) afirmó que era la lengua hablada en el Paraíso Terrenal, y el también abate vasco francés, Diharce de Bidassouet, aseguró un poco después que era la lengua que manejaba el Creador. Un catalán y un vasco, proclamando ambos esta supuesta supremacía de sus respectivas lenguas, no pueden tener razón los dos. Forzosamente, la razón ha de ser de uno o del otro o de ninguno de los dos. Son las irrebatibles cosas de la lógica.

Lo mismo ocurre si alguien opina que el enclave urbano más bello y recoleto del mundo es la Plaça de Sant Jaume, en Barcelona. Porque entonces se enfrentaría a la opinión del sabio y polígrafo italiano Edwin Cerio, convencido de que “la obra maestra de Dios es la plaza de Capri”. Una opinión difícil de rebatir, además, porque Cerio era historiador, ingeniero, arquitecto, botánico, etc. Fue quien proyectó el ferrocarril transandino, que comunicó Santiago de Chile y Buenos Aires, y fue también alcalde de Capri, la ciudad en la que había nacido. Hablaba seis idiomas, escribió ficción y fue editor de una revista literaria, Tra il riso e il pianto.

Es que hay que tener cuidado con lo que se dice o con lo que se sueña. No debería uno consubstanciarse con ninguna realidad, porque la realidad la aprecia cada cual a su manera y las impresiones subjetivas pueden resultar falaces. Un madrileño podría estar tentado de afirmar que el aire de la sierra del Guadarrama es el más delgado y limpio del planeta. Haciéndolo, se opondría inevitablemente al gran escritor, periodista y diplomático mejicano Alfonso Reyes, quien ponderaba que era precisamente la meseta de Anáhuac la región del mundo en la que el aire es más transparente.
(continuará)

2 de septiembre de 2014

Singular odisea de un alcalde del Maresme (III)


Entretanto, el contencioso se había afianzado en la calle, en los pueblos cercanos, en la comarca, en la comunidad entera. De hecho, el abad de un monasterio próximo le dedicó una homilía, en la que establecía el derecho a decidir de los afectados en cualquier litigio como uno de los derechos fundamentales de la persona humana (sic, de la persona humana). Se basó el buen abad en datos que manejaba ya desde hacía mucho tiempo y que por fin se había decidido a hacer públicos. Se trataba de que, como se recogía claramente en Deuteronomio 9, 17, hubo una primera versión de las Tablas de la Ley dadas a Moisés, que este rompió con sus propias manos en un ataque de ira. Esta primera versión era más amplia que la segunda, la que conocemos hoy día, afirmaba el abad, y en ella se recogía escrupulosamente el derecho a decidir. Por cierto, continuó, esta primera versión estaba escrita muy probablemente en catalán, aunque confesó no tener todavía las pruebas definitivas.

No se avistaba una solución pronta al conflicto y las posiciones parecían inmodificables. Continuaron las interminables conversaciones. El alcalde empezó a temer que esta espinosa controversia acabara influyendo negativamente en las próximas elecciones municipales y trató de buscar una solución. Confiaba infinitamente en Montse, pero también tenía muy mala impresión de los tres pretendientes. En realidad, de dos de ellos, según manifestó a Roberto Enrique en privado:

— Roberto Enrique, de estos tres mozos, Jordi es un guapazo, tiene todas las hembras que quiere y lo que le resulta difícil es quitárselas de encima. Sin embargo, los otros dos me parecen verdaderos menesterosos sexuales, que en su vida no se van a ver en otra. Se han negado a que yo esté presente en esa celebración del fin de semana en la costa y aseguran que eso es innegociable. Voy a proponerles que tú sí estés presente y veremos si llegamos a algún tipo de arreglo.

Montse seguía distraídamente todo el proceso, casi como si no fuera con ella. Recordaba confusamente a muchos de sus paisanos y cuando vio en un periódico la fotografía de los tres porfiadores, con sus nombres de pila, se llevó una sorpresa mayúscula. Porque a este Jordi, que era hijo de una vecina y unos diez años menor que ella, recordó haberle tenido en su falda y jugar con él, cuando ella era todavía casi una niña y él un rapazuelo de dos o tres años, una ricura de niño, conocido y querido en todo el barrio. ¡Por Dios bendito, cómo es ahora Jordi!, se dijo para sus adentros, ¡qué pedazo de angelote se ha hecho! Y la manía esa que le ha entrado de pasar un fin de semana de fiesta conmigo, se volvió a decir para sus adentros, olvidada completamente de que los sujetos con tal pretensión eran tres, exactamente tres, y no sólo el espléndido rubio; la mente humana funciona así. Veremos en qué queda todo este asunto, se dijo otra vez para sus adentros, ya con cierta resignación y un poco harta de hablar siempre para sus adentros, en vez de poder hacerlo con alguna amiga de confianza, que es mucho más divertido. Es que el Jordi, aquel Ganimedes al que había visto desde que nació, la había descolocado un poco, la verdad. Y se le veía tan desvalido… Bueno, eso de desvalido me lo acabo de inventar yo ahora mismo y no hay razón alguna que lo sustente, reconoció Montse, que no era tonta, siempre para sus adentros.

Las negociaciones siguieron avanzando hasta que se llegó trabajosamente a un cierto acuerdo. Aceptando las normas de la democracia circunstanciada, se dio vía libre a una celebración conjunta de fin de semana en Arenys de Mar, sin la presencia del alcalde, pero sí la del Secretario del Ayuntamiento, que actuaría como organizador, mediador y, en caso necesario, moderador, en cualquier sentido posible.

Cuando se le comunicó el resultado a Montse, la principal afectada después de todo, se sorprendió de la resolución final, que concedía prácticamente todo lo solicitado, pero lo tomó con filosofía, pensando que hacía un gran favor a su esposo, a su carrera política. La presencia de Roberto Enrique la tranquilizaba, en el sentido de que excluía la posibilidad de un ataque masivo e indiscriminado de los jóvenes y la protegía incluso de una, por otra parte impensable, debilidad suya frente a aquel bello Jordi, que había cambiado tanto desde que ella lo había conocido y tratado. Montse era bien consciente de su cordura y entereza frente al acoso de los hombres, que había padecido desde que tenía uso de razón, pero también sabía que el Demonio en las cosas de la carne es capaz de enredar las cosas muy sutil e irreparablemente. Cuando su marido le preguntó al final, si estaba dispuesta a jugar su papel en el acuerdo, respondió que sí, que lo haría con mucho gusto. Lo dijo así, con estas palabras, y el marido quedó un poco extrañado de esa extrema disponibilidad, que él había considerado difícil de conseguir. Montse se dio cuenta de este error subliminal, trató de enmendarlo y se corrigió:

— Bueno, quiero decir que me sacrificaré, que una ya no sabe ni lo que dice, con estas proposiciones tan alocadas y tan sin sentido.

Se celebró la reunión festiva y todo se pudo resolver pacíficamente, sin graves consecuencias para nadie. Jordi, sin negar la rotunda belleza de Montse, tenía problemas de agenda para atender sus propios líos y la consideró además ya algo mayor y demasiado intelectual para sus gustos y querencias. Tuvieron tiempo, eso sí, de recordar el pasado y reírse con lo que le contaba ella, de manera absolutamente maternal, sobre algún detalle de su vida de niño. Jordi tuvo más bien que dedicar la mayor parte de su tiempo a defenderse de los suaves y discretos ataques de Roberto Enrique, que le aconsejaba constantemente y aprovechaba cualquier ocasión para estar junto a él e intentar algún levísimo toqueteo. Los otros dos aspirantes, cuando se vieron en la cercanía de la mujer, comprendieron en un momento, por muchas razones, que era una meta inaccesible, que pertenecía a un Olimpo de diosas imposibles y se contentaron con gozar de su presencia y retratarse con ella en todas las ocasiones que pudieron. El alcalde, al final de la prueba, recibió alborozado a su esposa y la vida continuó plácida y feliz en aquella parte privilegiada del mundo.

Mucho de lo que he relatado se ha conocido también por las noticias de prensa. Sólo he querido reconstruir, brevemente, la historia completa, para dar una idea de cómo hablando se entiende la gente y de cómo el diálogo es una fuente inagotable de bendiciones. Y mostrar esa nueva forma de democracia, la circunstanciada, que hace furor en algunas áreas del Estado español, como ya dije.

Sólo algunos detalles más. Explicaré cómo vivió el alcalde el episodio final del enmarañado asunto. Durante la dichosa celebración, Montse y él hablaron alguna vez, como era lo acordado por las partes, y también recibió los informes pertinentes del Secretario. Ese fin de semana, David resolvió algunos expedientes en el Ayuntamiento y el resto del tiempo se refugió en su casa, oyendo música, como hacía otras veces, cuando la idiocia e insensatez del mundo se le hacían demasiado evidentes. Con su bebida preferida: agua de Vichy catalán, ese invento formidable, bien fría.
(continuará)

1 de septiembre de 2014

Singular odisea de un alcalde del Maresme (II)


David no acababa de creer lo que estaba sucediendo. Juzgó oportuno pedir algún consejo y ayuda, y le contó la rara propuesta al Secretario del Ayuntamiento, una persona de mediana edad, ecuánime e inteligente. Este Secretario, enamorado de su nombre, Roberto Enrique, y que se había jurado no contestar jamás a quien no lo dijera completo al dirigirse a él, era un gay manifiesto, que estaba no ya orgulloso sino orgullosísimo de su condición y la proclamaba sin tapujos, en busca de gentes de aficiones parecidas. Dentro, eso sí, de la más exigente legalidad, exponiendo esta peculiaridad suya sólo a gente adulta, facultada para tomar decisiones responsables. El Secretario quedó en parlamentar con los promotores de la insólita solicitud.

Se reunió Roberto Enrique con los tres jóvenes. Enseguida, estos enfatizaron el carácter estrictamente democrático de su petición. No somos sólo nosotros tres, dijeron, en nuestro pueblo hay un clamor general de apoyo a nuestra idea, que no se puede acallar ya. Nadie podrá objetar el espíritu radicalmente democrático del asunto.

— Pero, hermosos míos, argumentó con cierta sorna el Secretario, con muy contenida coquetería y con la facundia típica de muchos de su condición, ¿de qué democracia habláis? ¿Os referís a la democracia directa de las ciudades-estado griegas? Porque esa estaba bien para pequeños grupos humanos, para aquellas poblaciones en las que los votantes eran pocos y ni las mujeres ni los esclavos votaban. Si os referís a la democracia representativa, entonces han de ser los legítimos representantes de la comunidad los que tendrán que avalar la resolución. Pero, además, nosotros vivimos en una democracia constitucional, en la que existen restricciones y reglas, para garantizar los derechos individuales y colectivos, que han de ser respetadas. ¿Cuál es vuestra democracia?

— ¿Y cuál es la suya?, contestó Jordi, uno de los tres demandantes que era un mocetón rubio guapísimo, que le pareció al Secretario como venido de un ensueño feliz, de un paraíso aún por descubrir, y frente al que quedó momentáneamente paralizado, derrotado, anonadado, silencioso y tímido. ¿Es democracia que para resolver un problema catalán tenga que intervenir un señor de Huelva? Si el problema es de Porrosillet, son los ciudadanos y ciudadanas de Porrosillet los que han de decidirlo. ¿Qué pintaría allí un señor ajeno, aunque fuera de la propia Terrassa?

El Secretario, repuesto ya de su pasajero deslumbramiento, le contestó, poniendo suavemente su mano sobre la del joven, que la tenía apoyada en la mesa, como para serenar sus ideas; gesto al que este no dio mayor importancia, acostumbrado desde niño a que todo el mundo, hombres y mujeres, quisiera tocarlo, porque era verdaderamente un querubín: Pero Jordi, hermoso mío —y este hermoso no era el meramente retórico anterior, sino que brotó de un venero muy profundo del alma—, eso podría servir para asuntos pura y exquisitamente locales, no para ámbitos más amplios. ¿No comprendes que un país así sería ingobernable?

Habría, prosiguió el Secretario, leyes diferentes y cambiantes para cada región, para cada ciudad, para cada villorrio. Tiene que haber un marco legal inviolable, que garantice una cierta uniformidad, un cierto orden. El mundo, querido Jordi, no son unos cuantos montes, valles y danzas, por entrañables que sean. Al mundo hay que dotarlo de equilibrio y harmonía, hay que poblarlo de frontones y capiteles griegos, de belleza clásica y universal. Y de derecho y normas romanos, de estabilidad y seguridad jurídica. Están, además, los compromisos adquiridos y la prudencia, que muestra que los estados de opinión son mudables y giran con los vientos de la historia. Y, volviendo a más terrenales asuntos, ¿habéis contado con la voluntad del marido? ¿Y con la propia Montse? Porque ella tendrá también algo que opinar, digo yo.

Ella tendrá que someterse a la voluntad popular. Un ciudadano o ciudadana, por importante o valiosa que sea, ha de supeditarse a los dictámenes del pueblo soberano —estas tres palabras se le agrandaban en la boca—, que están por encima de su opción o de sus pronunciamientos personales, sentenció otro de los chicos. El pueblo es el que detenta el poder. Es la democracia, señor Secretario.

Es justamente al revés, se rebeló Roberto Enrique. Cumplidos unos requisitos básicos, que sí obligan a todos, nada puede suplantar a la voluntad de la persona, que está por encima de cualquier presunto derecho de la sociedad o del Estado. Ese es el auténtico liberalismo y la verdadera libertad, conseguida trabajosamente a lo largo de siglos de luchas y sufrimientos. La persona es libre e inviolable, no sometida a ninguna voluntad ajena. Desconfío de los que predican o sugieren cómo han de ser los buenos ciudadanos, de no importa qué país o región.

Nosotros, argumentó el tercero de los chicos, seguimos las teorías y normas del nuevo partido, el DCC (Democracia Catalana Circunstanciada), que tiene en cuenta las circunstancias de los asuntos políticos y predica que el ámbito de decisión debe restringirse al de los afectados por lo que se haya de decidir. Y me refiero, naturalmente, a los afectados directos, no a quiméricos afectados indirectos. El líder de la DCC acaba de declararlo muy recientemente.

El Secretario había oído las declaraciones de dicho líder, persona de aspecto ligeramente elefantino —esto no puede molestar a nadie; al Dios de la Sabiduría y la Inteligencia en el panteón hindú, Ganesha, se le representa con cuerpo de hombre y cabeza y trompa de elefante—, y con pinta de menestral de tienda de ultramarinos —esto puede molestar aún menos, cuando empieza a señalarse por algunos, como hecho diferencial del ciudadano catalán, su aprecio y devoción por la menestralería—, a quien se le adivina lento en cualquier cosa en la que un ser humano pueda ser lento; es decir, moviéndose, hablando, pensando, razonando. En cierta ocasión, este líder recurrió a la anáfora, un recurso estilístico grato a los oradores, para ensartar los siguientes juicios, de progresiva irrealidad e incertidumbre: “La independencia es posible, la independencia es conveniente, la independencia es necesaria”. Así, sin una duda, sin un titubeo. Ni por un momento debió de pasar por su cabeza la posibilidad de que alguna o todas esas proposiciones pudieran ser discutibles o falsas.
 
A este líder se le veía a menudo con otro político soberanista que, para el Secretario, era la refutación viviente e inapelable de cualquier presunto hecho diferencial, ya que no podía dejar de representárselo como un agraciado chulapo madrileño, vestido con gorra a cuadros, chaqueta ceñida de espiguilla, pantalón negro ajustado, pañuelo blanco al cuello y clavel en el ojal, arrancado de alguna zarzuela como La revoltosa. Roberto Enrique comprendió que sería imposible llegar a acuerdo alguno y dio por terminada la reunión, expresando, eso sí, la disponibilidad de todos para seguir dialogando, para dejar abierta esa vía. Hablando se entiende la gente, se proclamó una vez más, con el refrendo entusiasta de todos.
(continuará)

31 de agosto de 2014

Singular odisea de un alcalde del Maresme (I)


Con asombro, con incredulidad, leo noticias sobre extraños juegos en Cataluña, en los que gana quien arroja más lejos un DNI español; o ingeniosidades para esconder o miniaturizar la bandera española; o bromas en las que se simula el fusilamiento de un concejal. Leo también que, cuando alguien arguyó que la confesión de Pujol podría ser una rémora para el independentismo, una señora, con gran desparpajo, contestó diciendo que no, que “justamente quieren la independencia para evitar esas corrupciones” (sic), implicando que es la pertenencia a España la que motiva esas conductas.
 
En los movimientos nacionalistas no espero encontrar muchos raciocinios, pero tampoco esta mezcla de envanecimiento, puerilidad y planura mental. Y me pregunto qué se hizo de aquella Cataluña laboriosa y seria, educada y serena, en la que la firma de un representante de comercio o de cualquier agente mercantil tenía la misma validez que la de un notario. Tiendo a tomar estos asuntos con cierto humor, más o menos feliz, y he escrito un relato, con esperanza todavía y el cariño hacia la Cataluña que fue, que estoy seguro de que sigue existiendo y que podría resurgir perfectamente cuando se pase esta ventolina de ahora, que espero que se quede sólo en eso. Es un poco largo y vendrá en cuatro o cinco entregas.


SINGULAR ODISEA DE UN ALCALDE DEL MARESME

Las nuevas concepciones democráticas, que han surgido con fuerza en ciertos ámbitos del Estado español, han ocasionado perturbadores problemas al alcalde de una localidad del Maresme interior, en Cataluña, aunque finalmente se llegó a una feliz solución del conflicto. Como la noticia saltó hace tiempo a la prensa general y ha ocasionado un amplio revuelo en todo el país, dedicaré unas palabras a explicar la génesis del problema y sus distintos avatares. Daré detalles que me ha sido dado conocer y que no recogen los medios de comunicación habituales.

Dicho alcalde, de nombre David —en los medios sólo se han dado los nombres de pila de los afectados—, director de una reputada Academia de Comercio en la localidad, se casó hace sólo unos meses, con una señorita del cercano pueblo de Porrosillet del Camp, de nombre Montse. Forman una joven pareja, los dos con menos de treinta años, respetada y querida. David es un hombre serio y trabajador, que ha llegado a dirigir la Academia por méritos propios y le ha dado un gran impulso, convirtiéndola en la más acreditada y valorada de la región. Todos estos logros y dotes personales hicieron que en las pasadas elecciones locales fuera elegido alcalde por una considerable mayoría.

De Montse, con decir que es la mujer más guapa en muchos kilómetros a la redonda podría pensarse que se ha dicho todo o lo más importante. No es así, porque, además de eso, es inteligente, amable, alegre y divertida. Ni siquiera se la podría criticar por una muy ligera y soportable vanidad, porque sería imposible, para quien sea como ella y tenga algún espejo en su casa, no tener conciencia de los dones que le otorgó la Naturaleza. Ocurre también que su belleza no es de esas lánguidas y recatadas, sino de las llamativas y espléndidas, imposibles de ocultar o disimular; cosa que, por otra parte, ella no trata de hacer. Sin ser una descocada, sabe vestirse con las ropas que le van bien y realzan su porte, de forma que no hay cristiano que no repare en ella, en su manifiesta condición de hembra como a punto de explotar, de romper las junturas de los vestidos que le cubren y aprisionan su elástico y túrgido cuerpo.

Pues sucede, lector, que entre los más de doscientos alumnos de la citada academia, había tres mozos, de algo menos de veinte años, que eran del mismo pueblo de Montse y seguramente la llevaban adorando secretamente desde que llegaron al umbral mismo de la pubertad. La adoraron no muy continuadamente, porque Montse cursaba la carrera de Historia en Barcelona, no paraba ya mucho en el pueblo y luego estuvo en Londres haciendo estudios de su especialidad. Al poco tiempo de volver de Inglaterra, los tres mozos se enteraron de que se casaba, justamente con el director de la academia en la que estudiaban, a quien conocía desde los tiempos de la Universidad.

Los tres quedaron estupefactos por la sorpresa. Y decepcionados e irritados. Montse había sido su inalcanzable ídolo en la adolescencia y motivo de orgullo para todos ellos, porque su excepcional belleza era reconocida en toda la comarca. Era de un antigua familia catalana y siempre pensaron que se casaría con alguno de los perseguidores que tuvo en el pueblo, que fueron prácticamente todos los varones en edad núbil y anterior. Y resultaba que se casaba con un forastero, cuyos padres, pobres, llegaron a Cataluña desde un pequeño pueblo perdido en la provincia de Cáceres.

De la manera más espontánea surgió en los tres el deseo de enmendar el injusto y caprichoso destino. Consideraban, con el resto de los vecinos del pueblo, que les habían robado a la moza. Hablaron con el vecindario, promovieron reuniones, manifestaciones, formaron cadenas humanas, escribieron en los periódicos de ámbito local y regional y denunciaron el desaguisado en la cadena de TV local. En un viaje que hicieron a Porrosillet al poco de casarse, David ya vio algún balcón con la pancarta, en letras grandes y rojas: David nos roba.

El presunto ladrón no le dio más importancia al hecho. Hasta que unos días después se presentaron los tres jóvenes en su despacho y le plantearon con crudeza la cuestión. Montse era en cierto modo la patrona terrenal del pueblo, su buque insignia, su tótem ancestral, una especie de bien mostrenco que, de alguna manera, pertenecía a la comunidad entera. No era justa su brusca erradicación del lugar en que había nacido y en el que había vivido bastantes años de su vida. Todo eso, sin que nadie del pueblo pudiera haber gozado de su dulce compañía, de su tierna amistad, salvo cuando era solamente una niña. En fin, dijeron a David que habían decidido, de la manera más democrática y por rigurosa votación, incluso mediante referéndum, solicitar su anuencia para que los tres, como representantes designados de los varones de Porrosillet, pasaran un corto tiempo, un fin de semana, con la divina Montse y nadie más, en un buen hotel de la cercana costa. Sin planes o condiciones previas.

Al principio, David no podía creer lo que escuchaba y pensó que era una broma de mal gusto. Entonces, los tres insistieron en su principal argumento: el carácter estricta y supremamente democrático del acuerdo. Si usted es verdaderamente un demócrata, no tendrá más remedio que aceptar nuestra propuesta, sentenciaron. Piénselo y no se oponga al diálogo. Hablando se entiende la gente; ha sido siempre así y así será por los siglos de los siglos.

Conversaron un buen rato, exponiendo el Director las razones que cualquiera esgrimiría en parecidas circunstancias. Habló de la inviolabilidad del vínculo matrimonial, de la rotunda aceptación social del mismo, de la falta de precedentes, del previsible rechazo de muchas gentes, ajenas a Porrosillet, frente a la componenda, frente a los promotores de la misma y, sobre todo, frente al consentidor último. En fin, les hizo ver la absoluta ilegalidad de la misma y terminó la entrevista sin acuerdo alguno, aunque se quedó en seguir dialogando hasta encontrar una posible solución satisfactoria para todas las partes.
(continuará)

28 de agosto de 2014

Literatura esteticista (textos)


Lector amigo, repetiré un proloquio —busca la palabreja— de mi entrada anterior: amo la literatura esteticista, la preocupada esencialmente por la belleza. Dejo aquí algunos textos, que reúnen las cualidades que yo busco. No he perseguido los mejores; tomo los que han caído en mis manos estos últimos días por azar. Son de un premio Nobel, de una mujer y de un funcionario. Ni el laureado ni la mujer son españoles; el funcionario era un levantino que quiso ser juez, pero no aprobó las oposiciones. De él dijo Ortega que su perfección estilística era “impecable e implacable”. Probablemente, nadie lo lee ahora (sic transit gloria mundi). Copio fragmentos de estos autores, en el orden en que los he mencionado:

Del premio Nobel: “Son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema […] Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras” (refiriéndose a los conquistadores españoles).

De la escritora: “Tao Chi’en fue despojándola de capas de temores acumulados y recuerdos inútiles, la fue acariciando con infatigable perseverancia hasta que dejó de temblar y abrió los ojos, hasta que se relajó bajo sus dedos sabios, hasta que la sintió ondular, abrirse, iluminarse; la oyó gemir, llamarlo, rogarle; la vio rendida y húmeda, dispuesta a entregarse y a recibirlo a plenitud; hasta que ninguno de los dos supo ya dónde se encontraban, ni quiénes eran, ni donde terminaba él y comenzaba ella. Tao Chi’en la condujo más allá del orgasmo, a una dimensión misteriosa donde el amor y la muerte son similares. […] Ebrios y felices, sin soltarse las manos por miedo a despertar de pronto y descubrir que habían andado perdidos en una alucinación”.

Del funcionario, que quiso ser juez: “Entonces, una moza blanca, de ojos de dulce pereza, de dientes de nardo, de pechos de palomas asustadas, alzóse gloriosamente, y todo lo que la rodeaba parecía penetrado de su hermosura. […]  La mies estaba alta, apretada y comenzaba a cuajarse. Salían del verde oleaje las alondras y daban su cantiga como si soltasen del pico un grano de oro que revibrara en el cristal azul de los cielos”.

“Nada comparable a sus pies, a sus rodillas, a su cintura, a sus codos, donde se resume el donaire y el estilo del paso. Ofrecía sus pies en sandalias de gamuza morada, ceñidas con una escarcha de gemas. Encima de su estola, una piel de armiño le modelaba tirantemente las caderas, y luego continuaba la túnica plegándose a sus hinojos y prometiéndolos. Sus brazos y su garganta desnudos, sin una luz de joya; sus pechos, firmes, alzados; su vientre, hundido, sin regazo, huyendo de la opulencia nacida en la cintura”.

“Y arrojó el espejo; y su risa iba saliéndole en los medallones de calcedonias, en los rombos de ámbar, en las pulidas maderas, en el bronce de los braseros, en el mármol de las estatuas, en el agua de los estanques. Se apretó la faz, y sus manos palparon la mueca de  la risa. Todo estaba lleno de su risa, y le dolían las entrañas de humillación, de oscuridad, de desamparo, de congoja”.

Sé bien, lector, que la literatura es mucho más que la mera y desnuda palabra. Es también, con idéntico derecho, la trama, el misterio, el humor, el interés, la concepción y urdimbre de los personajes, el acabado y cierre de la historia. Pero sin la belleza formal del texto, sin las bellas palabras, en la proporción justa, le falta algo; algo que, para mí, es imprescindible. Aunque también entiendo que todo es debatible, que pensar es exagerar.

Ahora una pregunta discretamente lúdica: ¿Sabes quiénes son estos escritores que he citado? Todos son conocidos, claro. La escritora vive todavía; que sea por muchos años.

27 de agosto de 2014

Sobre la literatura esteticista y sobre cine


Lector, se acaba agosto y también la estación de la luz, del descanso y la despreocupación, aunque sean imperfectos y pasajeros. Quizá es el momento de hacer una importante confesión. No amo cualquier literatura; amo, sin renuncia posible, sin libertad de elección, la literatura esteticista. Me gustaría decir que he vivido sólo movido por la belleza, pero no sería la verdad, porque la vida es complicada y tuve que defenderme de su escabrosidad como pude, como otros, como todos. Pero en ese reino en el que uno es libre, en el que puede escoger casi sin límites, en el de las bellas letras, ahí sí me rijo irreductiblemente por la belleza y no puedo ver o valorar otra cosa. Sé muy bien que por ello no comentaré aquí jamás ciertas obras que quizá son valiosas, que tienen éxito, que son emocionantes, intrigantes, divertidas, pero ya digo que soy víctima de esa fatal perversión. No sólo en la literatura, también en otras artes y en el cine. Hablaré hoy de una película y mostraré unos textos literarios, como corolario de lo que cuento. Todo habría que matizarlo, circunscribirlo debidamente, pero no es ahora el momento.

Respecto al cine, copio de mis Apuntes sobre literatura. Yo llegué a estudiar a Madrid en otoño de 1954, con quince años, y venía de una antigua y bella ciudad, pobre y triste, como tantas de entonces. Al poco tiempo, no recuerdo cuándo, vi una película, Cuentos de Hoffmann, de 1951, adaptación de la ópera del mismo nombre de Jacques Offenbach. La banda sonora fue grabada por la Royal Philarmonic Orchestra, dirigida por Sir Thomas Beecham. Me sumergí por unas horas en un mundo de ensueño, inesperado e imprevisto, preñado de una belleza que era casi imposible soportar.

Todavía recuerdo las secuencias del cuento segundo, cuando Hoffmann está en Venecia y es seducido por la espléndida Ludmilla Tchérina, en el papel de la cortesana Giuletta. El satánico Dapertutto, coleccionista de almas, se vale de ella para robar el reflejo, el alma, del joven poeta. Aquel viaje en góndola, en un paisaje deliberadamente irreal, mientras se oye la deliciosa barcarolle, se grabó en mi memoria para siempre y no creo que ninguna disfunción o aturdimiento de mi cerebro pueda arrancarlo de ahí. Y pienso, sinceramente, que mis ideas o sentimientos respecto a la belleza en la literatura, o a la belleza en general, vienen influenciados muy poderosamente por esa y otras vivencias parecidas, que se fueron prendiendo poco a poco en mi corazón.

La Tchérina, nacida en Francia y de la nobleza circasiana, fue luego en su vida pintora, escultora y hasta escribió dos novelas. Todo eso vino después, nada de eso contaba entonces, o sabía yo entonces, cuando la contemplaba, embelesado, en la pantalla. Yo sólo la veía con un pañuelo verde en la cabeza, envuelta en los rebrillos del agua en los canales venecianos, con sus labios perfectos, moviéndolos lentamente para cantar una muy bella y triste melodía. Me engolfaba en su rostro distante y altivo, de mujer o diosa inalcanzable y tal vez terrible, surcando un falso mar, mucho más bello que cualquier otro mar auténtico, en una navegación oscura, imposible o secreta. Iba de pie, sobre una góndola adornada con telas y sedas de fantasía, con un fanal de proa que se desliza encendido en la noche, cruzando pettini inconcretos, esbozados, de proas de otras góndolas, en un ambiente onírico, feérico.

Vestida con una ajustada malla negra, desciende de la embarcación, siempre acompañada de la bellísima música, despreciando la mano de Schlemil, un amante ya antiguo y condenado al olvido, que intenta inútilmente ayudarla a bajar, cuando ella abandona la nave, tras un giro lento y solemne de escorzos cambiantes de la góndola, y ni siquiera alcanza a tocar la larga cola de su vestido. Nunca olvidaré los hermosos y malvados ojos de Dapertutto, su elegante vestimenta, sus mínimos gestos a Giuletta, que revelan la perfecta compenetración de ambos para perpetrar el mal. Y su discreta orden para que la cortesana consiga el alma de Hoffmann y la intensa mirada de animal felino de ella. Ahora, cuando rememoro esta escena, también me vienen las rotundas y tristes palabras del libreto de Jules Barbier: le temps fuit et sans retour emporte nos tendresses (el tiempo huye y sin retorno se lleva nuestras ternezas).

Lector, te dejo el vínculo (http://youtu.be/t6zcAzZGUjQ) para que veas esas escenas. Si te emocionas intensamente, si te marea su belleza, tal vez nos podamos entender. Dejo los textos literarios para una próxima entrada.

26 de agosto de 2014

Sobre la palabra inglesa wobble


En una entrada anterior mencioné la palabra inglesa wobble y ya anuncié que diría algo al respecto. Será una aclaración breve, para señalar un posible error de sesgo que puede darse en el aprendizaje de idiomas. Prescindiré de términos de significado no inmediato para algún lector, como sema, semema, morfema, etc.

Manejar con absoluta corrección una lengua extranjera no es fácil. Con los objetos materiales no suele haber ambigüedades. Con términos abstractos, el vocablo aprendido puede tener un contenido semántico distinto al de la palabra que imperfectamente traduce. El adjetivo ridículo es menos peyorativo en inglés que en español, por ejemplo, y admito que esto pueda ser debatible.

A veces creemos que una palabra, en otro idioma, es más precisa, más ajustada, que otra del nuestro y puede no ser verdad. Aprendí la palabra wobble leyendo algo sobre la caída de un trompo y pensé que se utilizaba sólo con ese sentido. Naturalmente, me pareció más apropiada que las palabras españolas tambalearse, bambolearse, menos específicas. Luego entendí que wobble se aplicaba en otras situaciones y ese juicio se matizó.

En un diccionario inglés-español, veo la traducción de wobble: tambalearse, cojear (un mueble), temblar (las piernas). En otro monolingüe se describe: moverse, o mover, con un balanceo o moción lateral (side-to-side). En fin, la palabra tiene la misma polisemia —los varios significados— que en español y análoga precisión. Mi error de apreciación inicial puede ocurrir con otros vocablos y dar una idea sesgada de su justeza descriptiva.

25 de agosto de 2014

¿Se mueve realmente la Tierra?


Escribí en mi entrada anterior que la Tierra giraba como un trompo que estuviera parándose. No era el momento de andar con disquisiciones y admití sin más lo del movimiento de nuestro planeta. Ahora, lector, te confiaré mis dudas, que ya expresé al empezar este blog. Copiaré lo que decía en la segunda entrada del mismo: “Te contaré mis fundadas razones para defender la inmovilidad de la Tierra, frente a tantas suposiciones erróneas”. Pues ha llegado el momento.

Las gentes son muy crédulas y se dejan llevar por la corriente, sin ocuparse ni poco ni mucho en pensar. Si les dicen que los niños vienen de París o les cuentan maravillas sobre los Reyes Magos, se lo creen a pies juntillas y no se les ocurre disentir durante años. Alguna cambió de opinión sólo al notar que estaba embarazada.

La Tierra se mueve, dicen todos. Y te pregunto yo, lector, ¿notas tú que se mueva? ¡Anda que no se nota cuando se mueve una cosa! Recuerda cualquier viaje en coche, en tren, en barco… ¿Sientes tú algo parecido, fuera o dentro de casa? Y, según afirman, la Tierra no para ni un momento, aunque estés tranquilamente en tu cama. ¿Tiene eso sentido, se puede sostener que estemos tan en continuo movimiento?

Algo de números, que ya sabes que me gustan. En una latitud de 40º, el paralelo tiene una longitud de unos 30.640 km (40.000 km, que es la circunferencia ecuatorial, por 0,766, que es el coseno de 40º). Cualquiera en esa latitud, y sólo por la rotación de la Tierra, se movería ya a una velocidad de casi 1.300 km/h. Eso no es nada, hay aviones que van más rápidos. Pero, por el movimiento de nuestro planeta alrededor del Sol y asumiendo una órbita elíptica no muy excéntrica, hay que sumar a esta velocidad otra de unos 107.000 km/h. Eso ya es bastante más. Además, resulta que nuestro sistema solar entero gira alrededor del centro de nuestra galaxia, que está a unos 28.000 años luz en la dirección de Sagitario, tardando unos 240 millones en una vuelta (hemos dado ya unas veinte desde el nacimiento del Sol). Haced las cuentas de este último movimiento o consultad una enciclopedia: la Britannica señala una velocidad de 792.000 km/h. En total, unos 900.000 km/h.

La Tierra tiene otros movimientos, pero añaden muy poco a los cálculos anteriores: el de precesión de los equinoccios, el de nutación y el conocido como bamboleo de Chandler, de los que no diré nada más. Hay que contar, ese sí, el debido a la expansión general del Universo, mucho más difícil de cuantificar. En resumen, sin considerar el último, nos desplazamos todos a una velocidad próxima al millón de km/h. Lector amigo, ¿te lo crees tú?

El astrónomo Ismaël Boilliau, autor de la Astronomia Philolaïca, en 1645, la obra más importante entre Kepler y Newton, aún defendía el movimiento de la Tierra, porque no era creído por mucha gente, incluso astrónomos. Esto, un siglo después de la publicación de De revolutionibus orbium coelestium (Sobre las revoluciones de las esferas celestes), de Copérnico, cuyas ideas circularon antes en su opúsculo De hypothesibus motuum coelestium a se constitutis commentariolus, no editado hasta 1877. En mi ya citado relato De la Fortuna y el Tiempo, sugiero con fundamento que Carlos V tenía ese manuscrito en Yuste y se lo regaló a Juanelo Turriano al morir.

Hasta los astrónomos de mediados del siglo XVII desconfiaban. Como sigue ocurriendo ahora, entre las gentes con sentido común, que cada vez somos menos. La Tierra se mueve... ¿Por qué, desde cuándo? Yo no la veo moverse y tampoco noto ningún movimiento. Pues, entonces. Si eso se le había ocurrido ya a un griego, un tal Aristarco de Samos (310 – 230 a. C.), según contó Arquímedes, y nadie le hizo caso en aquellos tiempos dorados. Los pitagóricos parece que sí lo creían, pero eran tipos bastante extraños, que no comían carne ni habas, ni usaban prendas de lana, etc. Pasaron luego unos dos mil años y nadie se acordaba de todo eso, porque las gentes de entonces tenían más sesera y no creían las cosas tan fácilmente como ahora, que parecemos bobos y nos tienen como atontados con la televisión, que es la que tiene la culpa de todo.

24 de agosto de 2014

De los cielos de estío


Seguimos en agosto y urge publicar esta entrada, antes de que cambie demasiado el cielo nocturno. Paso parte del verano en la sierra madrileña y algunos días, en la sonochada, hay en la plaza del pueblo actos culturales a los que suelo asistir. Son ya muchos años que vengo haciéndolo y era aquí donde me encontraba, como he contado, con mi querido amigo, el poeta ubetense Antonio Parra y su esposa. Esta costumbre mía es una especie de rito que se fue insertando en mi vida, como tantos otros. Durante el espectáculo, cuando miro al cielo, veo a Vega sobre mi cabeza. Como siempre, como estará hasta el final de mis noches, como estará para otros cuando yo me haya ido.

Vega es la estrella más brillante de Lira y la segunda en brillantez de todo el hemisferio norte celeste, después de Arturo, en la constelación del Boyero. Es una estrella cercana, está ahí mismo, a sólo veinticinco años luz de la Tierra. Forma parte de lo que se ha llamado el Triángulo del Verano —se le nombró así a mediados del XIX—, con dos estrellas más: Deneb, de Cisne y Altair de Águila. Se ve en el hemisferio norte, en latitudes medias. En primavera, el triángulo también se ve, pero hacia el Este, en la madrugada, y en otoño al Oeste, en la sonochada (repito la palabra). En verano, en agosto, Vega está literalmente encima de nuestras cabezas. Como entonces solemos ser más nocherniegos, estas tres estrellas son de las más conocidas.

Vega fue la estrella polar, la situada aproximadamente en la prolongación del eje terrestre, hacia el año 12000 a. C., y volverá a serlo hacia el año 13700 de nuestra era. Yo ya soy mayor y no lo veré, pero si tú, lector, eres joven, puede que la veas. Depende de cuántos yogures de esos que bajan indefectiblemente el colesterol te tomes. Esos alimentos tan sabiamente elaborados pueden llevar a la vida eterna. He hecho algunos cálculos y, si tomas unos doscientos yogures de cierta marca al día, podrás ver cómo la estrella Vega ocupa el lugar que tiene ahora la estrella polar.

Porque tienes que saber que los cielos cambian y se alteran. Nada es estable en el Universo y Shakespeare tuvo que escribir esto alguna vez, porque es muy de su estilo, pero no sé ahora dónde. En un relato sobre la estancia del emperador Carlos en Yuste, De la Fortuna y el Tiempo, yo sentencié, hablando del Tiempo: “Incluso los astros, imperturbables y ajenos, aparentemente situados fuera de su dominio, se alteran con su transcurso. Porque Juanelo sabe muy bien que hasta los cielos se transforman y las constelaciones modifican sus constituciones”. Las estrellas no son fijas, todos los cuerpos celestes andan a la deriva, aloquecidos y errantes, en direcciones no idénticas, con el cosmos en perpetua expansión, al menos por ahora. El cambio de estrella polar es la consecuencia de la precesión de los equinoccios, que cuento enseguida.

La Tierra gira —sobre esto ya diré algo en una entrada próxima— como un trompo que estuviera a punto de pararse. Ya sabrás, si has tirado un trompo alguna vez y no naciste con el smartphone en la mano, que al final se desequilibra, se bambolea un poco —en inglés hay una muy buena palabra para designar esto, wobble, de la que diré algo también en su día—, su eje ya no está vertical y el extremo superior describe circunferencias cada vez mayores, hasta que el trompo cae. La Tierra no cae, su eje describe una circunferencia fija en unos 26.000 años y su extremo apunta a lugares distintos durante el ciclo. Por ello, la estrella que está en su prolongación imaginaria, la polar, no es siempre la misma.

Vega es una estrella joven, su edad es la décima parte de la del Sol, pero su esperanza de vida es la también la décima parte. Está ahora en la mitad y deberá morir en unos 450 millones de años. En el mas de agosto, en nuestras latitudes, está casi en el zenit celeste y ya dije que forma parte del triángulo del verano, que se identifica muy bien porque no hay otras estrellas tan brillantes cerca.

El cielo y sus estrellas están plagados de historias, muchas de origen griego, pero existen en todas las culturas. En la mitología china, por citar alguna, un hombre, Niu Lang (Altair) y sus dos hijas están separados de su esposa y madre, Zhi Nu (Vega) por un río, que es la Vía Láctea. Sólo una vez al año, el séptimo día del séptimo mes de calendario chino, las urracas construyen un puente y la familia pueda encontrarse por un breve tiempo.

He querido hablar de esto antes de que se pase el verano y sea ya demasiado tarde.