14 de septiembre de 2014

Un personaje de mi novela (I)


¡Qué tranquilidad, qué paz, qué sosiego! Abandonar la actualidad, tantas veces ingrata e irracional, y refugiarse en la literatura, en la ficción, en la fantasía… ¡en la libertad! Lector, querría presentarte ahora a uno de mis más queridos personajes, de mi novela Las increíbles vidas de Roberto Milfuegos, a don Fernando. Es el tío de Roberto, el protagonista, y es honrado, generoso e inteligente. Se complace en realizar ciertos experimentos de ingeniería social para demostrar la validez de sus pesimistas ideas sobre el turbio funcionamiento de las sociedades. Copio del libro:

“D. Fernando tocaba algún instrumento; concretamente, la guitarra. Si se puede llamar tocar la guitarra a conocer en qué trastes hay que poner los dedos para conseguir algunos acordes y acompañarse con ellos al cantar unas pocas canciones. En su tiempo de Londres, soltero y libre, trataba de embaucar a las blancas y tiernas compañeras de trabajo inglesas —semejantes a aquella Melisenda de los romances, hija del emperador, de labios de coral y carnes de leche, como atestiguan todos los que la vieron— y con esa laudable finalidad solía transmutarse repentinamente en gaucho, entonando tangos con desgarro y gestos muy capaces de conmover y deslumbrar a cualquiera que no conociera mucho del asunto.

Todo ello, con cierto e incluso bastante éxito, en cuanto a las intimidades ganadas con las prójimas, más debidas a la innegable simpatía y riqueza de recursos del trovador y a la permisividad general del ambiente, muy diferente al de la España de los tiempos, que a los méritos musicales intrínsecos del cantante. Desde entonces, don Fernando, relacionando erróneamente los efectos y las causas, como ocurre tantas veces en la vida, era un amante entusiasta y fidelísimo de ese tipo de música, testigo y cómplice de sus hazañas y de sus victorias sentimentales. Pensaba que pocas canciones eran tan bellas como aquella de Adiós, pampa mía, una de las que llegó a interpretar de más lograda manera. Era difícil sustraerse al inmediato encanto de aquellas sentidas estrofas, que remitían a un territorio inmenso, de horizontes lejanos e inciertos, a una naturaleza grandiosa, solemne y callada, que parecía haber sido especialmente creada, como los océanos, para colmarnos con el abrumador sentimiento de lo infinito:

Al dejarte, pampa mía,
ojos y alma se me llenan
con el verde de tus pastos
y el temblor de las estrellas;
con el canto de los vientos
y el sollozar de ‘vigüelas’,
que me alegraron a veces;
y otras me hicieron llorar.

D. Fernando se veía a sí mismo entonces como un auténtico gaucho, como un payador o coplero nombrado, vestido con un poncho de lana y unas bombachas embutidas en la caña de sus botas de cuero, con el facón en la cintura y la guitarra siempre a mano. Con el corazón libre y nómada, llevando las tropillas de ganado por el inmenso territorio y frecuentando regularmente las escondidas y peligrosas pulperías, hablando y hasta porfiando con toda clase de gentes: con soldados, con desertores, con negros, con indios, rastreadores y baqueanos, con gentes de frontera, difíciles de sujetar o mandar”.

Lector, termino de mostrártelo en una próxima entrada. Mientras, te dejo con el vínculo a la canción mencionada, cantada por Francisco Canaro, su compositor junto a Mariano Mores; la letra es de Ivo Pelay: http://youtu.be/m_8L6MWgbc8.
(continuará)

11 de septiembre de 2014

Molt honorable senyor Artur Mas: no, nequáquam (fin)


Un madrileño inteligente, excelente escritor —muy capaz de embaucar a veces, por puro exceso de recursos y facultades—, escribió en 1929 un ensayo, La rebelión de las masas, que resulta ahora de imprescindible lectura o relectura. Mucho más que cuando salió a la luz, porque la situación que lúcidamente se denuncia en él no ha hecho más que empeorar desde entonces.

Los avisos y alertas que da Ortega en esta obra son constantes. Las masas tienden a actuar directamente y creen tener derecho a imponer y dar vigor de ley a sus tópicos de café. Lo característico del momento, escribe, es que el alma vulgar tiene el denuedo de afirmar su derecho a la vulgaridad, a intervenir en todo y a imponer su opinión, sin ningún miramiento. El hombre vulgar ha resuelto gobernar el mundo, porque lo encuentra abordable y fácil —la abundancia de información crea esta impresión— y estima suficiente su bagaje moral e intelectual. Es lo que Walter Rathenau llamaba la ‘invasión vertical de los bárbaros’. El vulgo actual ha sido mimado, le está permitido todo y a nada está obligado. Se trataría de una auténtica patología de la democracia, que Ortega llama hiperdemocracia (quizá mejor disdemocracia).

La masa se siente depositaria del derecho a tener una opinión, sin necesidad de un previo esfuerzo para formársela. Los individuos que la integran se consideran completos intelectualmente y entienden que ya no es sazón de escuchar, sino de juzgar, sentenciar y decidir. Ejercitan su derecho a marginar a la razón, a imponer la razón de la sinrazón (sic). Juguetean con la tragedia porque están íntimamente convencidos de que ya no es posible en nuestro mundo civilizado y se creen inmunes frente a los tártagos de la vida. Ignoran toda obligación; sólo cuentan sus ilimitados derechos. Todo esto es Ortega.  

A estas masas no les asustan los cambios, por radicales y profundos que puedan ser, aunque se trate de modificar estructuras de siglos. Desdeñan las posibles ventajas de la continuidad. Ignoran lo que el socialista francés del siglo XIX, Charles Brook Dupont-White, escribió en su prólogo a la traducción de On liberty, de su amigo John Stuart Mill: la continuité est un droit de l’homme: elle est un hommage à tout ce qui le distingue de la bête (la continuidad es un derecho del hombre: es un homenaje a todo lo que le distingue de la bestia).

Ahora se celebra la Diada en Cataluña y querría recordar lo que escribí en este blog el día veinticinco de marzo, sobre la violencia en general: “No quiero olvidar una violencia heroica, igualmente condenable, porque conviene saber que hay héroes que pueden arruinar a los pueblos. Rafael Casanova, al final del sitio de Barcelona era Conseller en Cap y en un último bando ‘amonesta y manda a todos generalmente, a partir de los 14 años, sin ningún pretexto, ni excepción de persona alguna, que tomen las armas, y asistan a la defensa de esta Excelentísima Ciudad’. En este episodio bélico hubo unos veinte mil muertos y heridos, entre los dos oponentes.

 Poco después Casanova fue herido de bala en un muslo, rescatado y puesto a salvo. En el libro de entradas del Hospital General de la Santa Creu, figura como muerto el día once de septiembre de 1714. Afortunadamente no fue así y vivió hasta los ochenta y tres años. En algún documento leo la expresión “tots els bons catalans”. Cuando veo cosas así, en cualquier contexto, me echo a temblar. Alguien se arroga el derecho de distinguir los buenos de los malos. Pésima materia siempre”.

Quiero terminar esta carta, señor Mas, con alguno de mis numerosos recuerdos amables de Cataluña. No los redacto ahora, ad hoc, están en una carta que envié a un buen amigo, profesor de Filosofía en mi ciudad natal, hace ya años: “Acabo de llegar del Sur de Francia y Cataluña, de un viaje delicioso, pero algo cansado. Lo mejor de todo: una chica muy joven, un ángel —más de Botticelli que de los della Robbia—, sentada en la escalinata del templo romano de Vich. Iba yo con amigos extranjeros, le pregunté algo y me contestó en italiano. Seguí en italiano, hasta que noté que era española y utilicé el castellano. No me secundó y siguió hablando en italiano. Lo estudiaba, había estado una semana en Italia y quería practicarlo, me dijo. Quizá había sido su primer viaje fuera de España. La vida, la ilusión, la felicidad surgiendo pujantes, allí mismo, delante de mí. ¡Qué indefensión, qué amable derrota! Tengo que sacarla en un relato.

En Barcelona, un joven israelí tocaba en la puerta de la catedral, al atardecer, un hang, ese instrumento musical moderno creado por unos suizos, inspirado en los steel drums de Trinidad y desconocido por mí hasta entonces. Sonidos reverberantes y bellos; tengo un CD del joven músico callejero. Esas dos experiencias han sido lo más hermoso del viaje. A estas alturas, desgraciadamente, me resulta difícil encontrar un claustro, catedral o palacio, que me vaya a impresionar demasiado. Con las gentes es distinto, siempre hay cosas nuevas”.

Una última cogitación, señor Mas. He vivido en algunos países; uno de ellos era muy grande y sus ciudadanos hablaban tal cual vez de this great country of ours (este gran país nuestro); otro era pequeño y próspero y sus gentes hablaban a menudo de notre petit pays (nuestro pequeño país). Aunque reconozco que esto es un sentimiento personal, creo que los países pequeños producen y conforman almas pequeñas. FIN

10 de septiembre de 2014

Molt honorable senyor Artur Mas: no, nequáquam (I)


Este blog no nació para tratar temas de actualidad. La trascendencia de algunos problemas me obliga, a mi pesar, a traerlos aquí y escribir esta carta.

Molt honorable senyor Artur Mas: no, nequáquam. Ha dicho usted que es el momento de que los catalanes muestren su fortaleza psicológica y no me parece lo importante ahora. Lo urgente, para los catalanes y para el resto de los españoles, es que se preocupen y luchen por labrarse una gran fortaleza moral. Las virtudes cardinales son cuatro, como recordará. Andan algo entreveradas y no resulta fácil separarlas con total certeza. Fisgando un poco en viejos recursos catequísticos, podría decirse que la fortaleza da vigor para vencer las pasiones; la prudencia conduce a actuar de acuerdo con la verdad; la justicia orienta hacia el bien mayor y la templanza ayuda a superar los instintos y ser fieles al honor, la palabra y los juramentos. Eso nos hace mucha falta a todos. Somos un pueblo difícil, señor Mas.

Soy suave en mis calificativos. Un inteligente andaluz, rondeño, pensador y soñador, era mucho más tajante y mordaz. Se llamaba Francisco Giner de los Ríos y usted —y cualquiera que se preocupe en serio por España y su cultura— sabe de él. Pues, don Francisco Giner, fundador de la famosa Institución Libre de Enseñanza, escribió al notable historiador don Eduardo de Hinojosa, nacido en Alhama, un pueblo granadino —acababa este de ser nombrado gobernador, justamente de Barcelona—, y le espetó: ¿Cómo no le da a usted pena… por esta querida horda salvaje? Se refería al pueblo español entero, no a ninguna región particular, y al hecho de que Hinojosa abandonara sus interesantes trabajos históricos. Eso, querida horda salvaje.

No voy a hablar de Giner o de su maestro Sanz del Río o de tantos otros. Lo que sí le digo, señor Mas, es que ha habido y hay bastante inteligencia en nuestra España, incluida Cataluña, naturalmente. No somos los más sabios o geniales del mundo, pero, juntos, contamos algo; en ciertos ámbitos de la cultura, la historia o la navegación, hasta bastante. Cuando menciono cosas así, siempre recuerdo un discurso de fin de año del presidente francés Georges Pompidou. Vivía yo entonces en Suiza, en Lausanne, y lo escuché en la televisión. Era refrescante, después de aquel singular Charles de Gaulle grandilocuente y megalómano, oír las palabras sencillas del nuevo presidente de Francia: “Nous ne sommes pas le plus grandes, mais nous comptons. Igual pasa con los españoles, creo yo sinceramente; no somos los más grandes, pero contamos.

Por hablar de algo concreto —y con Mario Vargas Llosa, de Arequipa, Perú, pero también ciudadano español—, hemos tenido ocho premios Nobel; más bien en literatura, aunque dos son de ciencias. Vicente Aleixandre era de Sevilla; Jacinto Benavente, de Madrid; Camilo José Cela, de Padrón; José Echegaray, de Madrid; Juan Ramón Jiménez, de Moguer; Severo Ochoa, de Luarca y Santiago Ramón y Cajal, de Petilla de Aragón, un pueblo de un enclave navarro en plena comunidad aragonesa.

Un político no tiene por qué ser una persona extraordinariamente inteligente o culta, aunque eso tampoco hace daño. Pero sí ha de ser honrado, poseedor de un alto sentido ético, moderado, prudente y alejado de cualquier demagogia o falsedad. En los seres humanos, la serenidad siempre es conveniente, pero mucho más en los que detentan cargos de responsabilidad y poder, cuya imprudencia puede irrogar daños muy importantes e irreparables. Thomas Macaulay, un poeta y político inglés del siglo XIX, escribió que “en todos los siglos, los ejemplos más viles de la naturaleza humana se han encontrado entre los demagogos”.

Nadie debería empeñarse en ‘sostenella’ y no ‘enmendalla’. Esa actitud en un político puede originar calamidades sin cuento e infinitas desgracias. Usted aludió hace poco a que estábamos abocando a una situación de “ver quien los tiene más grandes”. Fue una vulgaridad, si me permite. Y además no se trata de eso. No se están enfrentando órganos o volúmenes, sino unos presuntos e inconcretos derechos contra unas leyes aprobadas y ratificadas de manera rigurosamente democrática.

La apelación constante a las masas es muchas veces errónea y peligrosa. Los castells —yo estuve en la base de alguno cuando joven, en Altafulla—, las cadenas humanas, con niños saltando y jugando, las proclamas ardientes, las músicas del terruño, las historias sesgadas, todo eso no tiene nada que ver con ningún problema real ni con su solución. Ese ambiente lúdico lo único que logra es enmarañarlo y ocultarlo, dificultando el enfoque racional del mismo, que debiera ser la tarea propia del político, y convirtiendo en un juego amable e inofensivo lo que es todo menos eso. 

Esta carta se ha hecho ya algo larga. La continuaré mañana, citando a un conocido filósofo español y una de sus obras, de plena actualidad.
(continuará)

8 de septiembre de 2014

Revisita a los Cuentos de Hoffmann


Conté en mi entrada anterior historias enredadas en el silencio, ese don divino, esa paz repleta de sentido —“sólo sé decirte mi silencio”, escribió un poeta—, que debería extinguirse únicamente cuando lo reemplazaran palabras cargadas de belleza, de razón o de bondad. Cada vez me seduce más esta última cualidad en los seres humanos. Beethoven dijo o escribió que solamente reconocía un índice de superioridad: la bondad.

Hablo de literatura, claro. En la vida corriente hay que emplear palabras, que a veces pueden ser duras y cortantes. Incluso entonces, se ha de evitar el lenguaje desarrapado o sucio. Por no hablar de la violencia física, siempre odiosa. En la tertulia de Gómez de la Serna, un día, alguien ofendido pidió a otro contertulio salir a la calle para arreglar cuentas. Y Ramón pontificó: “Aquí de insultar todo, de pegarse nada”. Para mí, ni siquiera insultar. Queda mucho mejor, y es más hiriente, la ironía.

No sé si hay un tutorial para los que escribimos un blog. Si lo hubiera, tampoco lo consultaría; ya he insinuado, y dicho abiertamente también, que en literatura prefiero la espontaneidad y la libertad a cualquier otra cualidad. No niego que se dé también en ella el oficio, pero pienso, como Neruda, que “la parafernalia de la literatura, con todos sus méritos, no debe sustituir a la desnuda creación”. Quizá todo viene de mi modo personal de abordarla. Menciono lo del tutorial porque no sé si es buena práctica reincidir en entradas pretéritas. Lo voy a hacer, para volver a la del veintisiete de agosto, en pleno verano, y con alguna recomendación que no me importa repetir.

Allí explicaba yo muy sinceramente lo que busco en cualquier arte y daba el vínculo para una película de mi juventud, Cuentos de Hoffmann, de 1951, que me impresionó muy vivamente. El cine podría haberse convertido en ese arte o espectáculo total que buscaron hace tiempo los artistas. Por desgracia, no está siendo así y muchas películas de hoy son una colección de efectos especiales, disparatados a veces. Doy de nuevo el vínculo, http://youtu.be/t6zcAzZGUjQ, y añado la letra de la célebre barcarola, en su original francés. Con una excelente traducción, que encuentro ya hecha:
 
Le temps fuit
et sans retour emporte nos tendresses!
Loin de cet heureux séjour,
le temps fuit sans retour.
Zéphyrs embrasés,
versez-nous vos caresses;
zéphyrs embrasés,
versez-nous vos baisers, Ah!
Belle nuit, ô nuit d'amour,
souris à nos ivresses,
nuit plus douce que le jour,
ô belle nuit d'amour!

¡El tiempo huye sin cesar
y se lleva nuestras ternuras!
Lejos de esta feliz morada,
el tiempo huye sin cesar.
Céfiros ardientes,
dadnos vuestras caricias;
céfiros ardientes,
dadnos vuestros besos, ¡ah!
Bella noche, oh, noche de amor,
sonríe a nuestra embriaguez,
noche más dulce que el día,
¡oh, bella noche de amor!

7 de septiembre de 2014

De las palabras, de los silencios


He hablado ya muchas veces de las palabras, de su poder, de la justeza y concierto con que han de ser empleadas; hoy querría decir algo sobre los silencios. Los pensadores jónicos sostenían que en un principio fueron el silencio y el mar. Quizá es verdad. Con el silencio se dice mucho a quien sabe entender. Me ampararé en un texto propio y luego contaré dos casos de prolongados y claros silencios, henchidos de amistad o amor y soledad. Uno, poblado de voces desconocidas, salvadoras. Otro, continuado, hasta que pudieron nacer las necesarias y pertinentes palabras.

Tomo el texto de mi novela Las increíbles vidas de Roberto Milfuegos: Cuando Roberto salió, los dos hombres permanecieron en silencio algunos minutos. Se conocían desde hacía tanto tiempo, se habían visto tantas veces, se habían contado tantas cosas que en ocasiones, estando juntos, se refugiaban en sus pensamientos, como si estuviesen solos. La naturaleza es sabia y encuentra la ocasión de derramar el más preciado de los bálsamos, el silencio, entre los seres humanos, cuando es la mejor alternativa. El médico solía decir que uno de sus dioses preferidos era Harpócrates, al que los griegos tuvieron como el dios del silencio. Hay, además, muchas clases de silencios y ser un buen connaisseur de silencios constituye uno de los más altos grados de la sabiduría humana. Porque el silencio es un producto de la cultura, como la soledad.

 En el primero de los dos casos de silencio, el protagonista fue un poeta español, Pedro Garfias, que tras nuestra guerra civil vivió parte de su destierro en un perdido castillo de Escocia. Siempre solo, iba cada día a la taberna para tomar calladamente una cerveza, porque no hablaba ni una palabra de inglés. Una noche el tabernero le rogó que se quedase y bebieron en silencio junto al fuego. Este sencillo recogimiento se convirtió en un rito. Poco a poco sus lenguas se desataron y surgieron las palabras. Garfias contaba la guerra de España, con sus terribles recuerdos, y el tabernero le escuchaba en silencio. Luego el escocés contaba sus desventuras, la historia de la mujer que lo abandonó y las hazañas de sus hijos, combatientes en otra guerra, que estaban vestidos de militares en las fotos sobre la chimenea. Ni Garfias ni el tabernero entendieron jamás una sola palabra del otro. Sin embargo, la amistad de los dos se fue acrecentando y verse cada noche y hablarse hasta casi el amanecer se hizo una necesidad. Cuando Garfias se fue a Méjico se abrazaron y lloraron. Pedro confesó después que, cuando escuchaba a su amigo, siempre tuvo la sensación de que lo comprendía. Y lo mismo podría decir, con toda seguridad, el escocés de esta historia.

El segundo caso lo resumo de un excelente relato, El pequeño Heidelberg, de Isabel Allende: “Un capitán de barco, elegante y extraño, llegó una vez a cierto lugar y pasó allí cuarenta años, bailando todos los sábados, en un sencillo salón de baile, con Niña Eloísa, una dama local, diminuta, blanda y suave, sin que se cruzaran una sola palabra en algún idioma conocido. Hasta que un día llegó una pareja de extranjeros y el capitán oyó que hablaban su idioma, las palabras de su niñez, que no había oído durante tantos años. Se dirigió a ellos y les pidió con premura algo. Los extranjeros tradujeron su recado en un pasable inglés, que el dueño del local repitió en español a la frágil anciana: Niña Eloísa, pregunta el capitán que si quiere casarse con él. ¿No es un poco precipitado?, musitó ella. El capitán, explicaron los extranjeros, dice que ha esperado cuarenta años para decírselo y que no podría esperar hasta que se presente de nuevo alguien que hable su idioma. Dice que, por favor, le conteste ahora”.

El capitán pensó, sin duda, que no podía declararse a nadie, si no era en su idioma materno, aunque fuera a través de intérpretes, y esperó pacientemente la ocasión. Luego no quiso perder la oportunidad, cuando al fin se presentó. Lógico, ¿no?

Lector, te he mostrado tres ejemplos, de irrealidad progresiva, de mundos en los que habitaba el silencio. Mundos tiernos, teñidos de soledad, candor e inocencia. Mundos que quizá no todos hayan existido en realidad. Pero, ¿a quién le importa eso? A mí, no. ¿Te importa a ti?

4 de septiembre de 2014

Singular odisea de un alcalde del Maresme (fin)


Los puros nombres de países, regiones o ciudades pueden ser también muy bellos. De joven, haciendo autostop, estuve cierta vez más tiempo del que era menester en las afueras de un pueblo con un nombre que parece arrancado de los antiguos libros de caballería: Peñaranda de Bracamonte. Escribí, en una obra mía: “Damasco... Sólo la palabra me había embrujado desde siempre. Las palabras encierran muchas veces la esencia, el secreto de las cosas”. Pablo Neruda confesó que vivía en los bellos nombres, “gozando de cada sílaba, en el nombre de Singapur, en el de Samarkanda. […] Deseo que cuando me muera me entierren en un nombre, en un sonoro nombre bien escogido, para que sus sílabas canten sobre mis huesos, cerca del mar”.

De todos estos nombres, el que para mí tiene un atractivo más irresistible es el de Samarkanda. Una ciudad de unos tres mil años, en la legendaria Ruta de la Seda, en la que se fundó la primera fábrica de papel del mundo islámico y en la que hay un barrio que se llama Madrid. Porque muy a principios del siglo XV llegó hasta ella una embajada castellana, a cargo de Ruy González de Clavijo, que escribió a la vuelta su Embajada a Tamorlán. Allí está la bellísima mezquita mandada construir por la hermosa y frágil princesa china Bibi Janum, esposa de Tamerlan, de quien ya hablé en este blog. Una ciudad poblada de ensueños, en la que la Muerte se pasea libre por plazas y mercados y habla con respeto y maneras al califa, como también conté.

A nuestro alcalde, en su retiro y soledad forzosos, le vino a la memoria, sin saber por qué, aquella encendida divisa, escrita en lengua persa y grabada sobre el Salón del Trono del palacio de los Grandes Mogoles de Delhi, en la India: “Si el cielo ha descendido alguna vez a la superficie de la Tierra, es aquí, es aquí, es aquí”. Y pensó que también de España, desde Rosas a Ayamonte, desde Fisterra a Cabo de Palos, se podría decir algo parecido, expresándolo más modestamente; que también España podía considerarse con justicia un país privilegiado, dentro del siempre imperfecto mundo en que vivimos. A pesar de nuestros problemas, uno de los cuales es precisamente el de algunos fenicios insaciables y equivocados. Las tres cosas más dulces para los poetas árabes son el murmullo del agua, la voz de la mujer querida y el tintineo del oro. Estos modernos fenicios adoran el secreto silbo de los euros, que ellos son capaces de percibir, aunque se produzca en Andorra, Suiza o las islas Cayman. Y son habilísimos en distraer la atención de la gente con asuntos alejados, en crear y fomentar problemas inexistentes, para esconder y proteger sus negocios y corruptelas.

En definitiva, se dijo, el modo de crear comunidades orgullosas y ciegas no es demasiado difícil; pasa por descerebrar un par de generaciones. La suerte, la mala suerte, puede hacer que se caiga en manos de algún demagogo de los que gustan embarcarse en descabelladas aventuras o en las de un soñador que crea poseer el elixir mágico que transforma a los pueblos. Estas prédicas fáciles prenden en patriotas sencillos, que no conocen el daño que pueden causar con sus trivialidades. Sanchez Albornoz ya escribió sobre “los desgarrones de la unidad hispana, que sólo en daño de los pueblos españoles todos y en beneficio de sus émulos se han realizado siempre y pueden realizarse todavía” (Españoles ante la historia).
 
Habla, pues, don Claudio de “los grandes daños que las secesiones han ocasionado a la comunidad histórica peninsular”. ¿Habrá muchos entre estas huestes soberanistas que hayan leído al insigne historiador? ¿O se quedaron sólo con la historia y leyendas de Guifré el Pilós? David era optimista, a pesar de todo, y recordaba y hacía suyas las palabras de Pablo Neruda, en otras circunstancias muy diversas: “Entrará la luz definitiva por los ojos entreabiertos. Nos entenderemos todos. Progresaremos juntos. Esta esperanza es irrevocable”.
 
Remembró igualmente aquella inolvidable visita que hicieron al pueblo, recién nombrado él alcalde, el presidente Artur Mas y su invitado el barón Cósimo Piovasco de Rondò. El barón andaba siempre con las mismas ideas, que le venían de cuando su familia luchó ardientemente para forjar la unidad de Italia, y que soltaba en cuanto podía, vinieran o no a cuento: “Si vas a construir un muro, piensa en lo que queda fuera”. Pero que eran muy verdad, pensó David, porque, cuando levantas una muralla para aislarte, lo que queda dentro no es lo importante, aunque de momento pueda resultar tranquilizador o ventajoso. Es lo que queda fuera lo que se pierde para siempre, lo que nos empobrece fatalmente, aquello a lo que se renuncia sin necesidad, sin justificación.

Sumido en estas consideraciones, David se quedó plácidamente dormido en la sobretarde del domingo estivo. Muy poco después llegaban Montse y Roberto Enrique, ambos relativamente contentos, como ya se ha dicho. Montse había recibido el constante y callado homenaje de los chicos, sin ninguna consecuencia molesta, y eso tampoco es tan desagradable. Roberto Enrique había gozado de la cercanía de Jordi. Entendió desde el principio que no podía aspirar a otra cosa, lo aceptó así y se contentó con admirar devotamente, con culto de dulía, la radiante belleza del mozo. Y, como siempre, la vida, esa mezcla de frustraciones y deleites renovada incansablemente, siguió su invariable curso, amable a veces, triste en ocasiones y engañosa siempre. FIN DEL RELATO.

3 de septiembre de 2014

Singular odisea de un alcalde del Maresme (IV)


Oyó el alcalde los tres cuartetos para cuerda que el desgraciado conde, después príncipe, Andreas Kirillovich Razumovski comisionó a Beethoven en 1806, los llamados por ello cuartetos Razumovski. Recordaba David la historia de este noble: construyó a sus expensas un suntuoso palacio junto al Danubio y en la Nochevieja  del 1814, para honrar al zar Alejandro I, dio allí un baile. Los invitados eran tantos que se hubo de habilitar un espacio adicional, calentado con tubos que venían del edificio principal. Tras la fiesta empezaron a arder estas tuberías, el fuego se propagó con rapidez y buena parte del palacio quedó destruida. El príncipe apareció enajenado y perdido, vagando solo y sin rumbo entre las ruinas al amanecer, con la vista seriamente dañada. Lo que le estaba pasando a él, pensó David, era una minucia comparada con esa tragedia. Porque, además, confiaba totalmente en Montse, en su inteligencia, en su buen sentido. Recientemente, cuando cierto político catalán había reconocido públicamente la ocultación de un capital, David le hizo ver que era un caso concreto y no se podía aplicar a todos. Montse le recordó entonces el pasaje de La vida de Lazarillo de Tormes, cuando el ciego acusa a Lázaro de comer las uvas de tres en tres y este le pregunta maravillado que cómo lo sabe. A lo que el sagacísimo ciego contesta: “Porque yo comía de dos en dos y callabas”. No, a Montse no la iban a engatusar, a engañar.

Siguió después con música más mundana, pero no menos agradable. Como aquella canción, una de sus preferidas,  Paloma blanca (Coloma blanca, en catalán), que cantaban al alimón María Dolores Pradera y María del Mar Bonet. Le gustaba la voz fluida y ajustada de la Pradera cantando en castellano, pero se confesó que aún le gustaba más la dulcísima y delicada voz de la Bonet. Y cuando esta cantó en catalán, admitió sin reservas la musicalidad de esa lengua, que era también la suya, porque era perfectamente bilingüe. Sería una pena que lenguas así se perdieran. Sobre todo esta, relacionada con el occitano, la lengua en que los antiguos trovadores medievales empezaron a cantar la destilación del amor, el amor cortés, descubierto por entonces.

El problema surge, pensó, cuando se hipertrofian los afectos y las querencias, cuando nos empeñamos en hacer de lo nuestro lo mejor, lo inigualable, y empezamos a desdeñar lo ajeno. Si pensamos que el catalán es la más lengua más perfecta del mundo, tropezaremos, antes o después, con los que otorgan esa preeminencia al vascuence, por poner un ejemplo. Esta última fue, para el padre Pablo de Astarloa, la primera lengua hablada en el mundo, anterior al hebreo y fue Túbal, nieto de Noe, quien la trajo a España. El jesuita Manuel de Larramendi creía igualmente que era una de las setenta y cinco lenguas —ni una más, ni una menos— que surgieron después de Babel. Todo eso, en el fondo, son naderías, porque el abate Dominique Lahetjuzan (1766-1818) afirmó que era la lengua hablada en el Paraíso Terrenal, y el también abate vasco francés, Diharce de Bidassouet, aseguró un poco después que era la lengua que manejaba el Creador. Un catalán y un vasco, proclamando ambos esta supuesta supremacía de sus respectivas lenguas, no pueden tener razón los dos. Forzosamente, la razón ha de ser de uno o del otro o de ninguno de los dos. Son las irrebatibles cosas de la lógica.

Lo mismo ocurre si alguien opina que el enclave urbano más bello y recoleto del mundo es la Plaça de Sant Jaume, en Barcelona. Porque entonces se enfrentaría a la opinión del sabio y polígrafo italiano Edwin Cerio, convencido de que “la obra maestra de Dios es la plaza de Capri”. Una opinión difícil de rebatir, además, porque Cerio era historiador, ingeniero, arquitecto, botánico, etc. Fue quien proyectó el ferrocarril transandino, que comunicó Santiago de Chile y Buenos Aires, y fue también alcalde de Capri, la ciudad en la que había nacido. Hablaba seis idiomas, escribió ficción y fue editor de una revista literaria, Tra il riso e il pianto.

Es que hay que tener cuidado con lo que se dice o con lo que se sueña. No debería uno consubstanciarse con ninguna realidad, porque la realidad la aprecia cada cual a su manera y las impresiones subjetivas pueden resultar falaces. Un madrileño podría estar tentado de afirmar que el aire de la sierra del Guadarrama es el más delgado y limpio del planeta. Haciéndolo, se opondría inevitablemente al gran escritor, periodista y diplomático mejicano Alfonso Reyes, quien ponderaba que era precisamente la meseta de Anáhuac la región del mundo en la que el aire es más transparente.
(continuará)

2 de septiembre de 2014

Singular odisea de un alcalde del Maresme (III)


Entretanto, el contencioso se había afianzado en la calle, en los pueblos cercanos, en la comarca, en la comunidad entera. De hecho, el abad de un monasterio próximo le dedicó una homilía, en la que establecía el derecho a decidir de los afectados en cualquier litigio como uno de los derechos fundamentales de la persona humana (sic, de la persona humana). Se basó el buen abad en datos que manejaba ya desde hacía mucho tiempo y que por fin se había decidido a hacer públicos. Se trataba de que, como se recogía claramente en Deuteronomio 9, 17, hubo una primera versión de las Tablas de la Ley dadas a Moisés, que este rompió con sus propias manos en un ataque de ira. Esta primera versión era más amplia que la segunda, la que conocemos hoy día, afirmaba el abad, y en ella se recogía escrupulosamente el derecho a decidir. Por cierto, continuó, esta primera versión estaba escrita muy probablemente en catalán, aunque confesó no tener todavía las pruebas definitivas.

No se avistaba una solución pronta al conflicto y las posiciones parecían inmodificables. Continuaron las interminables conversaciones. El alcalde empezó a temer que esta espinosa controversia acabara influyendo negativamente en las próximas elecciones municipales y trató de buscar una solución. Confiaba infinitamente en Montse, pero también tenía muy mala impresión de los tres pretendientes. En realidad, de dos de ellos, según manifestó a Roberto Enrique en privado:

— Roberto Enrique, de estos tres mozos, Jordi es un guapazo, tiene todas las hembras que quiere y lo que le resulta difícil es quitárselas de encima. Sin embargo, los otros dos me parecen verdaderos menesterosos sexuales, que en su vida no se van a ver en otra. Se han negado a que yo esté presente en esa celebración del fin de semana en la costa y aseguran que eso es innegociable. Voy a proponerles que tú sí estés presente y veremos si llegamos a algún tipo de arreglo.

Montse seguía distraídamente todo el proceso, casi como si no fuera con ella. Recordaba confusamente a muchos de sus paisanos y cuando vio en un periódico la fotografía de los tres porfiadores, con sus nombres de pila, se llevó una sorpresa mayúscula. Porque a este Jordi, que era hijo de una vecina y unos diez años menor que ella, recordó haberle tenido en su falda y jugar con él, cuando ella era todavía casi una niña y él un rapazuelo de dos o tres años, una ricura de niño, conocido y querido en todo el barrio. ¡Por Dios bendito, cómo es ahora Jordi!, se dijo para sus adentros, ¡qué pedazo de angelote se ha hecho! Y la manía esa que le ha entrado de pasar un fin de semana de fiesta conmigo, se volvió a decir para sus adentros, olvidada completamente de que los sujetos con tal pretensión eran tres, exactamente tres, y no sólo el espléndido rubio; la mente humana funciona así. Veremos en qué queda todo este asunto, se dijo otra vez para sus adentros, ya con cierta resignación y un poco harta de hablar siempre para sus adentros, en vez de poder hacerlo con alguna amiga de confianza, que es mucho más divertido. Es que el Jordi, aquel Ganimedes al que había visto desde que nació, la había descolocado un poco, la verdad. Y se le veía tan desvalido… Bueno, eso de desvalido me lo acabo de inventar yo ahora mismo y no hay razón alguna que lo sustente, reconoció Montse, que no era tonta, siempre para sus adentros.

Las negociaciones siguieron avanzando hasta que se llegó trabajosamente a un cierto acuerdo. Aceptando las normas de la democracia circunstanciada, se dio vía libre a una celebración conjunta de fin de semana en Arenys de Mar, sin la presencia del alcalde, pero sí la del Secretario del Ayuntamiento, que actuaría como organizador, mediador y, en caso necesario, moderador, en cualquier sentido posible.

Cuando se le comunicó el resultado a Montse, la principal afectada después de todo, se sorprendió de la resolución final, que concedía prácticamente todo lo solicitado, pero lo tomó con filosofía, pensando que hacía un gran favor a su esposo, a su carrera política. La presencia de Roberto Enrique la tranquilizaba, en el sentido de que excluía la posibilidad de un ataque masivo e indiscriminado de los jóvenes y la protegía incluso de una, por otra parte impensable, debilidad suya frente a aquel bello Jordi, que había cambiado tanto desde que ella lo había conocido y tratado. Montse era bien consciente de su cordura y entereza frente al acoso de los hombres, que había padecido desde que tenía uso de razón, pero también sabía que el Demonio en las cosas de la carne es capaz de enredar las cosas muy sutil e irreparablemente. Cuando su marido le preguntó al final, si estaba dispuesta a jugar su papel en el acuerdo, respondió que sí, que lo haría con mucho gusto. Lo dijo así, con estas palabras, y el marido quedó un poco extrañado de esa extrema disponibilidad, que él había considerado difícil de conseguir. Montse se dio cuenta de este error subliminal, trató de enmendarlo y se corrigió:

— Bueno, quiero decir que me sacrificaré, que una ya no sabe ni lo que dice, con estas proposiciones tan alocadas y tan sin sentido.

Se celebró la reunión festiva y todo se pudo resolver pacíficamente, sin graves consecuencias para nadie. Jordi, sin negar la rotunda belleza de Montse, tenía problemas de agenda para atender sus propios líos y la consideró además ya algo mayor y demasiado intelectual para sus gustos y querencias. Tuvieron tiempo, eso sí, de recordar el pasado y reírse con lo que le contaba ella, de manera absolutamente maternal, sobre algún detalle de su vida de niño. Jordi tuvo más bien que dedicar la mayor parte de su tiempo a defenderse de los suaves y discretos ataques de Roberto Enrique, que le aconsejaba constantemente y aprovechaba cualquier ocasión para estar junto a él e intentar algún levísimo toqueteo. Los otros dos aspirantes, cuando se vieron en la cercanía de la mujer, comprendieron en un momento, por muchas razones, que era una meta inaccesible, que pertenecía a un Olimpo de diosas imposibles y se contentaron con gozar de su presencia y retratarse con ella en todas las ocasiones que pudieron. El alcalde, al final de la prueba, recibió alborozado a su esposa y la vida continuó plácida y feliz en aquella parte privilegiada del mundo.

Mucho de lo que he relatado se ha conocido también por las noticias de prensa. Sólo he querido reconstruir, brevemente, la historia completa, para dar una idea de cómo hablando se entiende la gente y de cómo el diálogo es una fuente inagotable de bendiciones. Y mostrar esa nueva forma de democracia, la circunstanciada, que hace furor en algunas áreas del Estado español, como ya dije.

Sólo algunos detalles más. Explicaré cómo vivió el alcalde el episodio final del enmarañado asunto. Durante la dichosa celebración, Montse y él hablaron alguna vez, como era lo acordado por las partes, y también recibió los informes pertinentes del Secretario. Ese fin de semana, David resolvió algunos expedientes en el Ayuntamiento y el resto del tiempo se refugió en su casa, oyendo música, como hacía otras veces, cuando la idiocia e insensatez del mundo se le hacían demasiado evidentes. Con su bebida preferida: agua de Vichy catalán, ese invento formidable, bien fría.
(continuará)

1 de septiembre de 2014

Singular odisea de un alcalde del Maresme (II)


David no acababa de creer lo que estaba sucediendo. Juzgó oportuno pedir algún consejo y ayuda, y le contó la rara propuesta al Secretario del Ayuntamiento, una persona de mediana edad, ecuánime e inteligente. Este Secretario, enamorado de su nombre, Roberto Enrique, y que se había jurado no contestar jamás a quien no lo dijera completo al dirigirse a él, era un gay manifiesto, que estaba no ya orgulloso sino orgullosísimo de su condición y la proclamaba sin tapujos, en busca de gentes de aficiones parecidas. Dentro, eso sí, de la más exigente legalidad, exponiendo esta peculiaridad suya sólo a gente adulta, facultada para tomar decisiones responsables. El Secretario quedó en parlamentar con los promotores de la insólita solicitud.

Se reunió Roberto Enrique con los tres jóvenes. Enseguida, estos enfatizaron el carácter estrictamente democrático de su petición. No somos sólo nosotros tres, dijeron, en nuestro pueblo hay un clamor general de apoyo a nuestra idea, que no se puede acallar ya. Nadie podrá objetar el espíritu radicalmente democrático del asunto.

— Pero, hermosos míos, argumentó con cierta sorna el Secretario, con muy contenida coquetería y con la facundia típica de muchos de su condición, ¿de qué democracia habláis? ¿Os referís a la democracia directa de las ciudades-estado griegas? Porque esa estaba bien para pequeños grupos humanos, para aquellas poblaciones en las que los votantes eran pocos y ni las mujeres ni los esclavos votaban. Si os referís a la democracia representativa, entonces han de ser los legítimos representantes de la comunidad los que tendrán que avalar la resolución. Pero, además, nosotros vivimos en una democracia constitucional, en la que existen restricciones y reglas, para garantizar los derechos individuales y colectivos, que han de ser respetadas. ¿Cuál es vuestra democracia?

— ¿Y cuál es la suya?, contestó Jordi, uno de los tres demandantes que era un mocetón rubio guapísimo, que le pareció al Secretario como venido de un ensueño feliz, de un paraíso aún por descubrir, y frente al que quedó momentáneamente paralizado, derrotado, anonadado, silencioso y tímido. ¿Es democracia que para resolver un problema catalán tenga que intervenir un señor de Huelva? Si el problema es de Porrosillet, son los ciudadanos y ciudadanas de Porrosillet los que han de decidirlo. ¿Qué pintaría allí un señor ajeno, aunque fuera de la propia Terrassa?

El Secretario, repuesto ya de su pasajero deslumbramiento, le contestó, poniendo suavemente su mano sobre la del joven, que la tenía apoyada en la mesa, como para serenar sus ideas; gesto al que este no dio mayor importancia, acostumbrado desde niño a que todo el mundo, hombres y mujeres, quisiera tocarlo, porque era verdaderamente un querubín: Pero Jordi, hermoso mío —y este hermoso no era el meramente retórico anterior, sino que brotó de un venero muy profundo del alma—, eso podría servir para asuntos pura y exquisitamente locales, no para ámbitos más amplios. ¿No comprendes que un país así sería ingobernable?

Habría, prosiguió el Secretario, leyes diferentes y cambiantes para cada región, para cada ciudad, para cada villorrio. Tiene que haber un marco legal inviolable, que garantice una cierta uniformidad, un cierto orden. El mundo, querido Jordi, no son unos cuantos montes, valles y danzas, por entrañables que sean. Al mundo hay que dotarlo de equilibrio y harmonía, hay que poblarlo de frontones y capiteles griegos, de belleza clásica y universal. Y de derecho y normas romanos, de estabilidad y seguridad jurídica. Están, además, los compromisos adquiridos y la prudencia, que muestra que los estados de opinión son mudables y giran con los vientos de la historia. Y, volviendo a más terrenales asuntos, ¿habéis contado con la voluntad del marido? ¿Y con la propia Montse? Porque ella tendrá también algo que opinar, digo yo.

Ella tendrá que someterse a la voluntad popular. Un ciudadano o ciudadana, por importante o valiosa que sea, ha de supeditarse a los dictámenes del pueblo soberano —estas tres palabras se le agrandaban en la boca—, que están por encima de su opción o de sus pronunciamientos personales, sentenció otro de los chicos. El pueblo es el que detenta el poder. Es la democracia, señor Secretario.

Es justamente al revés, se rebeló Roberto Enrique. Cumplidos unos requisitos básicos, que sí obligan a todos, nada puede suplantar a la voluntad de la persona, que está por encima de cualquier presunto derecho de la sociedad o del Estado. Ese es el auténtico liberalismo y la verdadera libertad, conseguida trabajosamente a lo largo de siglos de luchas y sufrimientos. La persona es libre e inviolable, no sometida a ninguna voluntad ajena. Desconfío de los que predican o sugieren cómo han de ser los buenos ciudadanos, de no importa qué país o región.

Nosotros, argumentó el tercero de los chicos, seguimos las teorías y normas del nuevo partido, el DCC (Democracia Catalana Circunstanciada), que tiene en cuenta las circunstancias de los asuntos políticos y predica que el ámbito de decisión debe restringirse al de los afectados por lo que se haya de decidir. Y me refiero, naturalmente, a los afectados directos, no a quiméricos afectados indirectos. El líder de la DCC acaba de declararlo muy recientemente.

El Secretario había oído las declaraciones de dicho líder, persona de aspecto ligeramente elefantino —esto no puede molestar a nadie; al Dios de la Sabiduría y la Inteligencia en el panteón hindú, Ganesha, se le representa con cuerpo de hombre y cabeza y trompa de elefante—, y con pinta de menestral de tienda de ultramarinos —esto puede molestar aún menos, cuando empieza a señalarse por algunos, como hecho diferencial del ciudadano catalán, su aprecio y devoción por la menestralería—, a quien se le adivina lento en cualquier cosa en la que un ser humano pueda ser lento; es decir, moviéndose, hablando, pensando, razonando. En cierta ocasión, este líder recurrió a la anáfora, un recurso estilístico grato a los oradores, para ensartar los siguientes juicios, de progresiva irrealidad e incertidumbre: “La independencia es posible, la independencia es conveniente, la independencia es necesaria”. Así, sin una duda, sin un titubeo. Ni por un momento debió de pasar por su cabeza la posibilidad de que alguna o todas esas proposiciones pudieran ser discutibles o falsas.
 
A este líder se le veía a menudo con otro político soberanista que, para el Secretario, era la refutación viviente e inapelable de cualquier presunto hecho diferencial, ya que no podía dejar de representárselo como un agraciado chulapo madrileño, vestido con gorra a cuadros, chaqueta ceñida de espiguilla, pantalón negro ajustado, pañuelo blanco al cuello y clavel en el ojal, arrancado de alguna zarzuela como La revoltosa. Roberto Enrique comprendió que sería imposible llegar a acuerdo alguno y dio por terminada la reunión, expresando, eso sí, la disponibilidad de todos para seguir dialogando, para dejar abierta esa vía. Hablando se entiende la gente, se proclamó una vez más, con el refrendo entusiasta de todos.
(continuará)

31 de agosto de 2014

Singular odisea de un alcalde del Maresme (I)


Con asombro, con incredulidad, leo noticias sobre extraños juegos en Cataluña, en los que gana quien arroja más lejos un DNI español; o ingeniosidades para esconder o miniaturizar la bandera española; o bromas en las que se simula el fusilamiento de un concejal. Leo también que, cuando alguien arguyó que la confesión de Pujol podría ser una rémora para el independentismo, una señora, con gran desparpajo, contestó diciendo que no, que “justamente quieren la independencia para evitar esas corrupciones” (sic), implicando que es la pertenencia a España la que motiva esas conductas.
 
En los movimientos nacionalistas no espero encontrar muchos raciocinios, pero tampoco esta mezcla de envanecimiento, puerilidad y planura mental. Y me pregunto qué se hizo de aquella Cataluña laboriosa y seria, educada y serena, en la que la firma de un representante de comercio o de cualquier agente mercantil tenía la misma validez que la de un notario. Tiendo a tomar estos asuntos con cierto humor, más o menos feliz, y he escrito un relato, con esperanza todavía y el cariño hacia la Cataluña que fue, que estoy seguro de que sigue existiendo y que podría resurgir perfectamente cuando se pase esta ventolina de ahora, que espero que se quede sólo en eso. Es un poco largo y vendrá en cuatro o cinco entregas.


SINGULAR ODISEA DE UN ALCALDE DEL MARESME

Las nuevas concepciones democráticas, que han surgido con fuerza en ciertos ámbitos del Estado español, han ocasionado perturbadores problemas al alcalde de una localidad del Maresme interior, en Cataluña, aunque finalmente se llegó a una feliz solución del conflicto. Como la noticia saltó hace tiempo a la prensa general y ha ocasionado un amplio revuelo en todo el país, dedicaré unas palabras a explicar la génesis del problema y sus distintos avatares. Daré detalles que me ha sido dado conocer y que no recogen los medios de comunicación habituales.

Dicho alcalde, de nombre David —en los medios sólo se han dado los nombres de pila de los afectados—, director de una reputada Academia de Comercio en la localidad, se casó hace sólo unos meses, con una señorita del cercano pueblo de Porrosillet del Camp, de nombre Montse. Forman una joven pareja, los dos con menos de treinta años, respetada y querida. David es un hombre serio y trabajador, que ha llegado a dirigir la Academia por méritos propios y le ha dado un gran impulso, convirtiéndola en la más acreditada y valorada de la región. Todos estos logros y dotes personales hicieron que en las pasadas elecciones locales fuera elegido alcalde por una considerable mayoría.

De Montse, con decir que es la mujer más guapa en muchos kilómetros a la redonda podría pensarse que se ha dicho todo o lo más importante. No es así, porque, además de eso, es inteligente, amable, alegre y divertida. Ni siquiera se la podría criticar por una muy ligera y soportable vanidad, porque sería imposible, para quien sea como ella y tenga algún espejo en su casa, no tener conciencia de los dones que le otorgó la Naturaleza. Ocurre también que su belleza no es de esas lánguidas y recatadas, sino de las llamativas y espléndidas, imposibles de ocultar o disimular; cosa que, por otra parte, ella no trata de hacer. Sin ser una descocada, sabe vestirse con las ropas que le van bien y realzan su porte, de forma que no hay cristiano que no repare en ella, en su manifiesta condición de hembra como a punto de explotar, de romper las junturas de los vestidos que le cubren y aprisionan su elástico y túrgido cuerpo.

Pues sucede, lector, que entre los más de doscientos alumnos de la citada academia, había tres mozos, de algo menos de veinte años, que eran del mismo pueblo de Montse y seguramente la llevaban adorando secretamente desde que llegaron al umbral mismo de la pubertad. La adoraron no muy continuadamente, porque Montse cursaba la carrera de Historia en Barcelona, no paraba ya mucho en el pueblo y luego estuvo en Londres haciendo estudios de su especialidad. Al poco tiempo de volver de Inglaterra, los tres mozos se enteraron de que se casaba, justamente con el director de la academia en la que estudiaban, a quien conocía desde los tiempos de la Universidad.

Los tres quedaron estupefactos por la sorpresa. Y decepcionados e irritados. Montse había sido su inalcanzable ídolo en la adolescencia y motivo de orgullo para todos ellos, porque su excepcional belleza era reconocida en toda la comarca. Era de un antigua familia catalana y siempre pensaron que se casaría con alguno de los perseguidores que tuvo en el pueblo, que fueron prácticamente todos los varones en edad núbil y anterior. Y resultaba que se casaba con un forastero, cuyos padres, pobres, llegaron a Cataluña desde un pequeño pueblo perdido en la provincia de Cáceres.

De la manera más espontánea surgió en los tres el deseo de enmendar el injusto y caprichoso destino. Consideraban, con el resto de los vecinos del pueblo, que les habían robado a la moza. Hablaron con el vecindario, promovieron reuniones, manifestaciones, formaron cadenas humanas, escribieron en los periódicos de ámbito local y regional y denunciaron el desaguisado en la cadena de TV local. En un viaje que hicieron a Porrosillet al poco de casarse, David ya vio algún balcón con la pancarta, en letras grandes y rojas: David nos roba.

El presunto ladrón no le dio más importancia al hecho. Hasta que unos días después se presentaron los tres jóvenes en su despacho y le plantearon con crudeza la cuestión. Montse era en cierto modo la patrona terrenal del pueblo, su buque insignia, su tótem ancestral, una especie de bien mostrenco que, de alguna manera, pertenecía a la comunidad entera. No era justa su brusca erradicación del lugar en que había nacido y en el que había vivido bastantes años de su vida. Todo eso, sin que nadie del pueblo pudiera haber gozado de su dulce compañía, de su tierna amistad, salvo cuando era solamente una niña. En fin, dijeron a David que habían decidido, de la manera más democrática y por rigurosa votación, incluso mediante referéndum, solicitar su anuencia para que los tres, como representantes designados de los varones de Porrosillet, pasaran un corto tiempo, un fin de semana, con la divina Montse y nadie más, en un buen hotel de la cercana costa. Sin planes o condiciones previas.

Al principio, David no podía creer lo que escuchaba y pensó que era una broma de mal gusto. Entonces, los tres insistieron en su principal argumento: el carácter estricta y supremamente democrático del acuerdo. Si usted es verdaderamente un demócrata, no tendrá más remedio que aceptar nuestra propuesta, sentenciaron. Piénselo y no se oponga al diálogo. Hablando se entiende la gente; ha sido siempre así y así será por los siglos de los siglos.

Conversaron un buen rato, exponiendo el Director las razones que cualquiera esgrimiría en parecidas circunstancias. Habló de la inviolabilidad del vínculo matrimonial, de la rotunda aceptación social del mismo, de la falta de precedentes, del previsible rechazo de muchas gentes, ajenas a Porrosillet, frente a la componenda, frente a los promotores de la misma y, sobre todo, frente al consentidor último. En fin, les hizo ver la absoluta ilegalidad de la misma y terminó la entrevista sin acuerdo alguno, aunque se quedó en seguir dialogando hasta encontrar una posible solución satisfactoria para todas las partes.
(continuará)