8 de abril de 2015

Úbeda y el San Juan Bautista niño de Miguel Ángel (III)


Palabras clave (keywords): Philippe Montebello, Gómez Moreno, James. D. Draper.

Revenons à nos moutons! (volvamos a lo nuestro), que dicen los franceses, que me desvié de mi narración. Lo sé y digo que escribo este blog para perderme cuando me lo pida el corazón y que, si no fuera así, lo abandonaría de inmediato. Lector, ¿cuál es la prisa? Si eres joven, tienes mucho tiempo por delante. Y si eres viejo, ya todo da igual, no puedes hacer nada. ¡Qué más da, entonces! Yo cuento mis recuerdos y trato de hacerlos amenos. Ahora, para continuar con mi hilo —que existe, créeme— te diré que, cuando apareció el Cupido neoyorquino, me acordé enseguida de mi San Juanito, de mi niñez en Úbeda. Y por eso escribí al Director del Metropolitan, para que supiera que existimos, que a veces en Nueva York, con ser Nueva York, no se enteran de nada. Y él comprendió, en un santiamén, que los ubetenses somos alguien, que Dios nos puso en el mundo por algo, y dio mi carta a la persona adecuada para responderla, a James David Draper, que me contestó raudamente. Es así como se hacen las cosas.

Mi carta al Sr. Montebello, la doy ya traducida y abreviada:

En Úbeda, provincia de  Jaén, España, existió, documentada desde al menos 1570, una escultura en mármol de Carrara de San Juan Bautista, de niño, presentada al emperador Carlos V (Carlos I de España) por el Senado veneciano. La estatua llegó a la ciudad a través de Francisco de los Cobos, Secretario del emperador, nacido en Úbeda y fundador de la iglesia en donde se guardó la escultura.

En 1930, Manuel Gómez Moreno, en un artículo escrito en “Archivo Español de Arte y Arqueología, 17:189-97”, atribuyó por primera vez la obra a Miguel Ángel, basado en sus características y en referencias de Vasari y Condivi, quienes escribieron que Miguel Ángel, tras retornar a Florencia desde Bolonia, en 1495, cuando tenía veinte años, hizo un San Juan Bautista niño, para Lorenzo di Medici.

Soy médico, no un experto en arte, y le envío esta información, asumiendo que quizá alguno de estos datos no son universalmente conocidos. El descubrimiento de la Dra. Kathleen Brandt me ha impulsado a hacerlo, ya que las dos estatuas, si están adscritas correctamente, habrían sido esculpidas más o menos al mismo tiempo y sería interesante compararlas.

La escultura de Úbeda fue destruida durante la guerra civil española (1936-39) y sólo puedo enviarle una fotografía, en la que ciertos detalles pueden a pesar de todo observarse. Etc., etc. Fecha de la carta: 20 de marzo, 1996.

Mencionaba yo como donante al Senado veneciano, porque así lo vi en Nobleza de Andalucía, de Argote de Molina. Por cierto que allí se dice que la estatua es de alabastro y no se menciona al Buonarroti como autor; sólo se afirma que es “joya de excelente escultura”. La contestación a esta carta fue (traduzco y abrevio): 

El tema de su carta me interesa personalmente. Siempre pensé que la idea de Gómez Moreno era acertada. Me entero de que el San Juanito no fue enteramente destruido, sino que quedan muchos fragmentos que están siendo estudiados ya mismo en Florencia. Espero verlos pronto y si son prometedores podríamos tratar de pedirlos en préstamo. Muchas gracias por su interés y su cortesía al solicitar nuestra atención. Verdaderamente suyo, James David Draper, Henry R. Kravis Curator, European  Sculpture and Decorative Arts. Fecha de la carta: 28 de marzo, 1996.

Queda aún tarea en el telar, que espero terminar en mi próxima entrada.

(continuará)

6 de abril de 2015

Úbeda y el San Juan Bautista niño de Miguel Ángel (II)


Palabras clave (key words): Kathleen W. Brandt, Cupido, Metropolitan Opera House.

Se contaba en Newsweek que un Cupido había sido descubierto, hacía ya unos meses, por Kathleen Weil-Garris Brandt, profesora en el Institute of Fine Arts, de la Universidad de Nueva York, y especialista en el Renacimiento. Era de noche y se daba una fiesta en la sede de los Servicios Culturales de la Embajada Francesa, un edificio de 1902, del arquitecto Sanford White, en el 972 de la Quinta Avenida, entre las calles 78 y 79. La casa resplandecía de luz y, seguramente, Kathleen se fijó en ella un poco más que de ordinario, para ver cómo iban vestidas las señoras, si había algún hombre de esos que merecen la pena, etc. Pero lo que captó su atención fue una estatua, en la que no había reparado antes, pese a andar a menudo por allí, ya que el Institute of Fine Arts está justamente en la casa contigua a la de la fiesta. El Metropolitan Museum of Art es el número 1000 de la famosa avenida, desde la calle  80 a la 84. Todo muy cerca.

Brandt la atribuyó enseguida a Miguel Ángel. Tal adscripción tiene antecedentes más antiguos: Stefano Bardini tuvo ya la misma idea, en 1902, al confeccionar el catálogo para una subasta de Christie, aunque allí este Cupido apareció finalmente como un Hércules niño “de la escuela de Miguel Ángel”. No se vendió en la puja y fue luego adquirido por Stanford White, para colocarla en la rotonda de acceso al lujoso edificio que había construido para la familia Payne Whitney, el ya citado de la Quinta Avenida, comprado medio siglo más tarde, en 1952, por el Gobierno francés. Allí estuvo el Cupido sin moverse ni molestar a nadie más de noventa años.

Hasta que ‘se le apareció’ a Brandt en octubre de 1995. Para atribuirla a Miguel Ángel se apoyó en que Ascanio Condivi y Giorgio Vasari —italianos que escriben en el siglo XVI, de los que hablaré más tarde— mencionan un Cupido de este escultor, hecho en Florencia para Lorenzo di Pierfrancesco de’ Medici, hacia 1495 (de hecho, Vasari nombra otro más, encargado en Roma por Messer Jacobo Galli). La adjudicación de Brandt está lejos de ser reconocida por todos. Paul Joannides, profesor de Cambridge está a favor, pero otros expertos no lo están, como Leo Steinberg, Creighton Gilbert and James Beck. No me demoraré en esto y sólo repararé en James David Draper, Curator (conservador) del Departamento de Escultura y Artes Decorativas Europeas, del Metropolitian Museum of Art, de Nueva York, ardiente defensor —al principio, parece que luego moderó su entusiasmo— de la tesis de Brandt y Jean-René Laborit, Curator de Escultura del Museo del Louvre, que estuvo en contra.

Me fijo en estos dos nombres por darse la circunstancia de que los dos han sido conservadores de museos importantes y, sobre todo, porque fue James D. Draper quien contestó a mi carta al Director del Met. Empleo esta abreviatura, consciente de que también puede designar la Metropolitan Opera House, lo que trae a mi memoria —y perdón por la, para mí obligada, digresión— aquella Old Met de Broadway y la calle 39, que se inauguró en 1883 y fue derribada en enero de 1967. Vivía yo entonces —en 1967, no en 1883— en Nueva York y había asistido a alguna representación allí.

Guardo devotamente una colección de tres vinilos, Opening Nights at the Met, con grabaciones de primeras noches de ópera; la más antigua una Gioconda, de Ponchieli, de 1905. Y también una auténtica reliquia: a unique segment of the great gold curtain from the Met (un trozo del gran telón dorado del Met), del tamaño de una cajetilla de tabaco. Lector, lo tengo todo delante de mí ahora y me asalta la malencolía (está en el DRAE) y una leve tristeza muy dulce. Porque doy gracias a los dioses, incluyendo a aquellos paganos que vi desde niño en el intradós de la puerta de entrada a la Capilla del Salvador, en donde estuvo durante siglos el San Juanito intacto, que me fueron tan propicios, más de lo que pude merecer nunca. Cuento más en mi próxima entrada.

(continuará)

4 de abril de 2015

Úbeda y el San Juan Bautista niño de Miguel Ángel (I)


Palabras clave (key words): Miguel Ángel, Francisco de los Cobos, Newsweek, Cupido.

Desde el 31 de marzo hasta el 28 de junio se exhibe en Madrid, en el Museo del Prado, la estatua reconstituida —no simplemente restaurada, como explica María Cristina Improta, directora del Opificio delle Pietre Dure de Florencia— de un San Juan Bautista niño, atribuido a Miguel Ángel, que ha estado durante siglos en la Sacra Capilla del Salvador de Úbeda. Esta es la escueta noticia, de innegable trascendencia. Un hecho fortuito —el azar, sobre el que  tantas veces aviso en mis prédicas— me lleva a contar un episodio autobiográfico discretamente relacionado con esto.

Al llegar a mi edad es muy corriente refugiarse en la nostalgia y en los recuerdos, emprender la vuelta a la Ítaca natal. En mi caso, la vinculación a Úbeda ha sido más o menos permanente, si bien no adoptó la forma de frecuentes viajes o adhesión a grupos o asociaciones locales. Mi vida se desparramó más bien por otras tierras, sin que ello impidiera el reencuentro eventual con mis raíces y la preocupación por las cosas de la ciudad en que nací, como luego ilustraré. Al presentar mis libros, contaba a veces que era de Úbeda. En Valladolid, bromeaba: Hace ya algún tiempo, un antiguo paisano mío, de Úbeda —porque yo soy de Úbeda y perdonen la inmodestia—, tuvo puesta casa aquí, en Valladolid. Úbeda ha sido declarada patrimonio de la Humanidad, junto con la vecina y hermana Baeza, y las dos, alzadas en cerros vecinos, de los que van delimitando el valle alto del Guadalquivir, parecen en la lejanía como dos custodias de muy apretada filigrana, elevadas en un paisaje que tiene, especialmente al atardecer, algo de mágico y del que he hablado en algunos de mis relatos.

Mi paisano, el ubetense que puso casa aquí, fue Francisco de los Cobos, secretario del emperador Carlos V, último propietario —de los de la familia de Rui Díaz de Mendoza— del soberbio edificio que se convirtió en Palacio Real y más tarde en Capitanía General. La actual construcción es del siglo XVI, renacentista, y fue atribuida a Alonso de Berruguete, precisamente por la gran amistad de este y De los Cobos, aunque la atribución no es correcta y la obra es del arquitecto Luis de Vega. Consta que mi paisano se trajo, de sus viajes a Italia, acompañando al César Carlos, muchos y valiosos objetos de arte, para decorar este palacio de Valladolid, vendido en 1600 al duque de Lerma y cedido a Felipe III.

El hecho fortuito al que aludí antes es que, hace casi veinte años, leí en el semanario americano Newsweek (5/2/1996) la también extraordinaria noticia de que en Nueva York había sido descubierta una posible estatua de Miguel Ángel, un Cupido, situado durante más de noventa años en la rotonda de acceso a un elegante edificio de la Quinta Avenida, perteneciente al gobierno francés.

Lo de tratar con estatuas de Miguel Ángel, para mí y para cualquier ubetense, es cosa de casi todos los días. Bromeo, exagero un poco, pero no tanto. Desde pequeños nos hablaron a los nacidos allí de un San Juan Bautista niño, un San Juanito, obra de juventud de Miguel Ángel, destruido durante la guerra civil. Inmediatamente relacioné las dos estatuas y se me ocurrió escribirle al entonces Director del Metropolitan Museum de Nueva York, Philippe de Montebello, nacido en París, de familia aristocrática, y que vive todavía. Lo que sigue, tendré que contarlo en otra entrada, con alguna digresión no excesivamente impertinente.
(continuará)

31 de marzo de 2015

Sobre algunas ideas que influenciaron mi vida (fin)


Palabras clave (key words): Camilo José Cela, el hijo del vagamundo, John Osborne.

Dije en mi anterior entrada que no me eternizaría con citas que influenciaron mi vida. Y no lo haré…, sólo divagaré un poco más. Escribí que alguien, la persona que era yo de joven, “huyó y se descomprometió sin herir a nadie, ni hacer daño a ninguno, salvo quizá a él mismo y esto no puede importar a los veinte años”. Y esta serena seguridad de no haber hecho daño a nadie entonces, me trae a la memoria un fragmento de Cela, un autor que también tiene su lado tierno, aunque no sea el más ostensible en su obra. Escribe nuestro Premio Nobel, en Los viejos amigos:

El vagabundo habló al pastorcito del atajo de Brihuega con la persuasiva voz de las confidencias: Mi hijo dice que, cuando sea mayor, quiere ser mendigo de los caminos, para ver mundo y para no hacer daño a nadie nunca: ni a los hombres ni a los animales, ni a las yerbas del campo, ni al agua de los ríos, ni a las piedras del monte, ni a la cal que cae de las paredes… Es hermoso lo que quiere ser mi hijo, cuando crezca, ¿verdad?

Es muy hermoso lo que quiere ser su hijo, contesto yo al vagamundo —me gusta mucho esta palabra. El DRAE dice que se utiliza más en ambientes populares; yo la encuentro más en textos literarios—. Esa meta suya es una de las más nobles en la vida de cualquiera. No la que más, eso no. Porque, y siempre pienso lo mismo cuando se resumen ciertas normas morales, muy por encima del no hacer daño, de no hacer a otros lo que no queremos que nos hagan, está esa meta suprema, alcanzable por pocos, de vivir sólo orientado al bien de los demás. Aunque esto no sea exactamente una cita, es claro que es un pensamiento que ha actuado también en mi vida y tiene su lugar aquí. Otra cosa es que sea fácil de seguir. Y termino, que estamos en estación sacra y podría acabar sermoneando. Yo, que no amo los sermones de ninguna especie.

Relacionada también con el mundo moral, otra cita, para completar la normal extensión de mis entradas. Escribió el dramaturgo inglés John Osborne, en su obra de teatro Look back in anger (Mirando hacia atrás con ira), de 1956, la que le abrió las puertas del Olimpo literario y se dice que revolucionó el teatro inglés de la época: El mundo es una injusticia casi perfecta. Y es verdad que, a veces, lo parece. No está uno para hacer juicios de crítica literaria, y mucho menos morales, aunque sí querría decir que Osborne no fue ningún adalid justiciero. Se casó cinco veces, lo que no es índice de maldad, sino más bien de insensatez, y su cuarta esposa, Jill Bennet, se suicidó. Osborne recibió la noticia con supremo desdén. Dijo de ella que era “la mujer más malvada que he encontrado en mi vida”. Todo bastante triste, nada edificante. Muy lejos de aquel horizonte vital de paz y sosiego que soñaba el hijo del vagamundo de Cela.

Prefiero terminar con algo más divertido. Yo no sé si el mundo es perfectamente injusto. Quizá ocurre aquí como con aquel señor que, enfrentándose a otro con el que discutía, en un cierto momento le espetó: Usted debe de pensar que yo soy un perfecto imbécil. A lo que este respondió, quizá con mala intención: Oh, no, amigo, sé bien que la perfección no es de este mundo. Termino esta entrada así, más relajadamente. He mostrado algunas citas que ayudaron a conformar mi carácter y mi vida. Estoy hecho, como todos, de cuerpo, alma y palabras. Estas, de muy diversa envergadura: un verso, una sentencia, un teorema, un párrafo, una página, un libro entero.

28 de marzo de 2015

Sobre algunas ideas que influenciaron mi vida


Palabras clave (key words): Ortega, Gómez de la Serna, Romain Rolland, Clérambault.

Después de no pocos rodeos, me adentro ya en las ideas, las creencias, las frases que influyeron en mi vida y que, naturalmente, son muy variadas y numerosas. Me referiré sólo a dos. Si al hablar de las ideas fuerza o de Maledetti Toscani, alguien puede disentir de mis opiniones y pensar, hasta con razón, que estoy equivocado, no podrá hacerlo ahora, en esta entrada, porque hablo sólo de mis vivencias y soy absolutamente sincero. Mostraré dos frases que marcaron mi vida, o ciertos momentos de mi vida. Hablo, pues, de mi propia vida y de mi verdad.

Una de ellas anidó tan tempranamente en mi alma que ni recuerdo exactamente de quien es, aunque estoy casi seguro de que procedía de Ortega: Lo más hermoso de la vida es huir, descomprometerse y sentirse libre. Recuerdo, ya no tan literalmente, algo más, quizá del mismo entorno textual: En la vida hay muchas cosas que son difíciles de conciliar, antítesis que son imposibles de solucionar, pero cada hombre debe pensar que es él el llamado a resolverlas. Es un canto muy orteguiano al optimismo vital, a la capacidad creativa, fáustica del hombre.

Traté de comprobar si los dos párrafos son de Ortega y escribí parte de ellos en Google, como hago a veces. El segundo sí lo encuentro en un texto del filósofo, pero el primero aparece en un capítulo dedicado a Picasso, de título Picassismo, extraído de la obra Ismos, de Ramón Gómez de la Serna, de 1931. Aun así, creo que el original es orteguiano y que Ramón copió en esto al maestro. Ahora mismo no lo sé, es una conjetura.

Esas ideas, las pensara quien las pensara, dejaron su impronta indeleble en un muchacho de diecisiete años. Creí en su verdad, las encontré ajustadas a mi manera de ser, a lo que quería hacer con mi vida. En algún momento, descubrí también su encanto engañoso. En una carta a un buen amigo de entonces, decía: El Paco Luis (mi nombre de niño y de muy joven), el que pensaba que “lo más hermoso de la vida es huir, descomprometerse y sentirse libre” ha muerto, cuando tenía veinte años de edad. Murió, porque, de repente, comprendió que hay cosas que no se logran con la huida sino con la estancia. Murió, porque se dio cuenta de que, frente a la felicidad del descompromiso estaba la de sentirse ligado a la Tarea por el agridulce yugo de la obligación. Porque entendió que la libertad sólo tiene sentido como un descanso merecido.

No se ha ido a la tumba ni triste ni arrepentido, seguía mi carta, sino alegre. Porque fue feliz huyendo y descomprometiéndose, pues creía que lo espléndido y cegador de la vida era eso. Y huyó y se descomprometió sin herir a nadie, ni hacer daño a ninguno, salvo quizá a él mismo y esto no puede importar a los veinte años. Y porque murió pensando ya en una gloriosa resurrección. Y eso es verdad, en eso ando ahora, más despreocupado que nunca y muy ligero de equipaje.

Podría eternizarme con ejemplos como el anterior y escribir miles de entradas. No lo voy a hacer. Sólo mencionaré otra cita, porque sigo comprometido con ella, aquí sin ningún titubeo y me hace comportarme de manera quijotesca y me crea problemas, sin poder evitarlo: Todo hombre que es un verdadero hombre debe aprender a quedarse solo en medio de todos, a pensar solo por todos y, si fuera necesario, contra todos. Es de Romain Rolland, un escritor francés, pacifista convencido, apasionado por la justicia, premio Nobel en 1915 por su obra llena de idealismo y amor a la verdad. De su libro Clérambault, que trata de Gaëtan de Clérambault, psiquiatra, condecorado por su valor en la primera Guerra Mundial con la Cruz de la Legión de Honor, que se suicidó en 1934. Dio su nombre al síndrome de Clérambault, un trastorno mental del que quizá hable un día.

26 de marzo de 2015

Sobre las ideas fuerza


Palabras clave (key words): Alfred Fouillée, ideas fuerza, Weltanschauung, Ortega.

Lo de las ideas fuerza, término que estaba mucho más en el ambiente intelectual de mi juventud que ahora, viene de un filósofo francés, Alfred Fouillée (1838-1912), creador del concepto. En esencia —no hacen falta muchas complicaciones—, desarrolla la noción de que algunas ideas no son meras representaciones pasivas del mundo, de la realidad, sino que están dotadas de una cierta fuerza o energía, que nos impulsa a conducirnos de una determinada manera. Tienen la potencialidad de convertirse en factores activos, dinamógenos, y condicionar nuestras actuaciones en la vida real.

Que la ideas sean capaces de influir en nuestra manera de percibir la realidad, eso que en alemán se designa como Weltanschauung, parece poco discutible. Esta palabra, atribuida a Wilhelm von Humboldt, aunque fue usada antes por Kant y Hegel, sigue siendo frecuente en los textos ensayísticos y goza de buena salud. Sin precisiones innecesarias, podría reservarse la calificación de ideas fuerza para aquellas que, dotadas de una potencialidad activa, influyen especial y  necesariamente en nuestras acciones y en nuestra manera de actuar en el mundo.

Todo puede complicarse —y los filósofos son gente bien dotada para esta tarea—, pero aun así, parece claro que la idea de que el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos ha de influir menos, en nuestra actitud vital global, que la idea de que hemos de morir ineludiblemente. Sin olvidar la importancia de la primera idea para ciertas tareas; como, por ejemplo, calcular el tamaño de una viga para una construcción.

Las ideas fuerza resultan determinantes para que una conducta se establezca o una acción progrese. Están dotadas, en el conjunto de nuestro psiquismo, de una especial trascendencia por su influencia en nuestro pensar y obrar. Otra vez, Ortega arroja luz en el tema, con terminología distinta. Habla él de ideas y creencias, siendo estas últimas convicciones que nos permiten actuar y manejarnos en el mundo.

Cuando Ortega analiza la diferencia entre las dos entidades, insiste en la diferente significación que tienen para la persona. Las creencias operan desde lo más profundo de nuestra mente, contamos con ellas cuando pensamos,  porque son los supuestos básicos de nuestras argumentaciones, y también cuando actuamos, porque son los supuestos básicos de nuestra conducta. Las creencias constituyen la base de nuestra vida, en ellas “vivimos, nos movemos y somos”. Sin embargo, Ortega no olvida señalar su pluralidad: no son sólo religiosas, sino científicas, filosóficas, vitales… Se alojan en nuestra mente como se instalan en nuestra voluntad ciertas inclinaciones. Toda nuestra conducta, incluso la intelectual, depende de cuál sea el sistema de nuestras creencias auténticas.

En relación con todo esto, yo querría contar, de la manera más sincera, algunas de las ideas (ideas fuerza, creencias) que influyeron notoriamente en mi vida. Se trata de cosas en las que creí, en las que creo, y que me hicieron intentar vivir de una cierta manera. Luego la realidad se encargó de embridarme bien y obligarme a seguir las pautas de comportamiento social imperantes, como ocurre casi siempre. Aun así, quedó el intento, la moderada y manejable rebeldía, la afirmación personal más o menos domeñada con el paso de los años. Contaré sólo algunas de estas ideas, de estos credos, en mi próxima entrada.

23 de marzo de 2015

Aún más sobre Maledetti Toscani, de Curzio Malaparte


Palabras clave (key words): santos en Italia, Franco Sacchetti, sobre el pasado, Úbeda.

Tengo que hablar más de Maledetti Toscani; no puedo dejar de hacerlo y estamos en las de siempre. Me fijaré especialmente en aquellos temas que serían trasladables a nuestro país y en aquellas vivencias que son similares a las mías.

Distingue Malaparte entre los santos de Umbria y los de Toscana: È certo una vita difficile, quella dei Santi in Umbria, tanto difficile quanto è facile quella dei Santi in Toscana. Porque los santos en la Toscana, explica, se cuidan de no exagerar y hacen milagros que parecen verdaderos, que todos los pueden hacer, o creen que los pueden hacer, milagros de todos los días. En cambio, los santos en la Umbria hacen milagros de esos que parecen falsos, “tanto son pallottolosi, arzigolati e riccioluti” (aquí sí traduzco, sin extrema exactitud: peloteros, extravagantes y ensortijados), como si se las dieran de que sólo ellos son capaces de hacerlos. En Toscana los milagros no los hacen los santos, que no los saben hacer, sino hombres como Giotto, Arnolfo, Massacio, Donatello, Brunelleschi, Michelangelo… Son miracoli da uomini, voglio dir da toscani.

Es arriesgado ser santo en Italia. En las fiestas, prosigue Malaparte, con el calor y el vino, algunos cofrades se calientan de manera que, si algo sale mal, la emprenden a bastonazos con el santo. Porque los sacan para que llueva, traen la lluvia y resulta que ellos han olvidado los paraguas en casa. O los escopetean, porque llueve demasiado cuando el grano está ya maduro. O porque la cerda ha muerto, o porque no hay pesca en el río. En Nápoles, si la sangre de su San Genaro no se licúa bien y pronto, lo insultan, le llaman cornudo, le tiran los zapatos a la cara. Todo está exagerado, lector, en clave de humor. Historias, bromas, parecidas se cuentan en España.

Cuando Malaparte habla de Prato, donde nació, las añoranzas lo embargan y afirma que todo es gentil allí, todo es antiguo y nuevo. Hay una serenidad ática en el aire. No hay nadie en el mundo que sea más griego que un toscano, más ateniense que un florentino. En la Toscana vive todavía aquel noble espíritu de libertad que floreció en Grecia. Franco Sacchetti, un florentino del siglo XIV, autor de Il trecentonovelle, colección de relatos inspirada en Giovanni Boccaccio, quizá también florentino, se enfrentó al mundo “porque quería ser libre como una mariposa”.

Muchos de estos sentimientos son análogos a los míos, que escribí, hace tiempo: “Revivo mi niñez en Úbeda, esa joya renacentista, y la veo como un trozo verdadero del Ática, preservado por el designio de algún dios benévolo. Siempre la he sentido así, un vestigio olvidado y anacrónico de la Grecia clásica”. Un médico de allí, Pascual Iniesta, a quien traté algo en Madrid, poco antes de que muriera, escribió unos hermosos versos —se refieren a Úbeda y Baeza—, que reflejan el mismo sentir: “Eran las dos hermanas, dos ciudades antiguas, / dos acrópolis clásicas, dos custodias en alto”. Ese ambiente ha de influir en sus habitantes, no se crece impunemente entre tanta belleza.

También recuerda Malaparte el pasado desvanecido en Prato, los ruidos de los telares antiguos, el batir de los martillos sobre los calderos, el silbido de los trenes en la vieja estación, los olores de entonces, el más glorioso de sus mendigos, Bernocchino...

De Úbeda, yo también recuerdo un mundo que se esfumó para siempre. Estaba poblado por seres absolutamente grandiosos y, sin embargo, exquisitos y benéficos. Hacían o reparaban zapatos, trabajaban la hojalata, el esparto, las pieles o el barro y de sus manos salían, como por arte de magia, todas las cosas necesarias para vivir. Los veíamos al asomarnos a sus talleres o directamente desde la calle. No menciono sus nombres, pero los tengo bien guardados en mi memoria, en mi corazón.

He de dejarlo ya. Todo empezó por un anuncio quizá algo gracioso y derivó a lo de las ideas fuerza y a las creencias que influyeron notoriamente en mi vida. Hablaré  pronto de todo eso, que no lo he olvidado. Un peculiar, no muy conocido, Malaparte me entretuvo.

20 de marzo de 2015

Más sobre Maledetti Toscani, de Curzio Malaparte


Palabras clave (key words): humor, vida terrena, rey y patria, locuras creativas.

Quiero hablar algo más del libro Maledetti Toscani, que tiene muchas vertientes, pero es, sobre todo, una obra de humor. Me gustaría mostrarlo en el italiano original, pero lo haré sólo con fragmentos muy cortos, para no alargar la entrada, al duplicar con la traducción.

Los toscanos, cuenta el autor, ven incluso sin mirar “e gli basta un’occhiata per contarti i peli del naso” (les basta una ojeada para contarte los pelos de la nariz). También son muy capaces —no se olvide la clave de humor— de traicionar a un amigo. Para traicionar a un enemigo vale cualquiera; no hay cosa más fácil y vulgar. Pero traicionar a un amigo requiere grandeza de ánimo, nobleza de sentimientos, altura de ingenio y, si la traición ha de ser perfecta, lealtad. Cuando habla de la vida eterna dice que será, sin duda, una muy bella vida, “ma nenmeno la vita terrena è da buttarsi alla spazzatura” (pero tampoco la vida terrena es para tirarla a la basura).

Alaba Malaparte a los toscanos, a los que juzga hombres libres. De ser hombre libre, añade, a tener poquísima estima por el que manda, la distancia es corta. Por ello relata con fina y corrosiva ironía lo que puede ocurrir cuando un general arenga a sus soldados para la batalla. Les habla de la gloria, de una muerte bella, del Rey y de la Patria… Si entre los soldados, en la última fila, hay un toscano que lo mira, el general se embrolla, enfunda la espada, arría la bandera y se larga. Cuando no hay esa risilla irónica para poner en su lugar a los generales, pasa lo que pasa. Cuántas desgracias se habrían ahorrado si Mussolini, en vez de hablar desde el balcón del Palazzo Venezia, en Roma, hubiera hablado desde la terraza del Palazzo Vecchio, en Florencia.

Hay momentos de innegable lirismo también. Habla el autor de la fascinación de Florencia para los pratenses —los de Prato, la ciudad donde nació—, de su afán por copiar los hábitos y costumbres de los florentinos: “A Firenze se fa così” (en Florencia se hace así), era casi un mandamiento para él, cuando era niño y se imaginaba a los florentinos como seres extraños y algo locos. Cuenta su primer viaje a la ciudad:

Comenzó para mí la carrera más extraña, el viaje más sorprendente de mi vida: Palazzo Strozzi, i Lungarni, Palazzo Pitti, Via degli Uffizi, Piazza della Signoria, el Bargello, Santa Croce, iglesias, palacios, monumentos, calles, plazas, callejones y, de repente, tras dos horas de ir y venir (andirivieni, en italiano, una bella palabra) de un extremo a otro de Florencia, desembocamos, no sé cómo, delante de Santa Maria del Fiore. [...] Ora capivo qual è la pazzia dei fiorentini. Tutti matti a Firenze, ma che razza di matti! (Entonces comprendí cuál era la locura de los florentinos. Todos locos en Florencia, pero ¡qué raza de locos!).

Es esa locura que a veces arrebata a los hombres y a los pueblos. Esa que, según la tradición sevillana, embargó a los canónigos cuando decidieron construir un nuevo templo, allá por el año 1401: “Hagamos una iglesia tan hermosa y tan grandiosa que los que la vieren labrada nos tengan por locos”. Es una locura divina, justamente la opuesta a la locura de la guerra y que es mucho menos frecuente, para nuestra desgracia.

Dije que el idioma italiano engaña, que no es tan fácil. Ahí va un texto del libro: Per evitare d’esser presi per mangiapreti, dir subito che per preti s’han da intendere i parrucconi, i codini, i collitorti, i biasciconi, i lumaconi, e tutti quelli che fanno il loro interese con l’aiuto della paura dell’inferno. Lo dejo así; no es nada importante. Para traducir algunas palabras me hizo falta un buen diccionario. Es la pura verdad, no quiero presumir. Porque en italiano se dice: chi si loda s’imbroda, quien se alaba se pringa, se ensucia.

18 de marzo de 2015

Sobre Maledetti toscani, de Curzio Malaparte


Palabras clave (key words): vanidad del mundo y de la gloria, de la lengua italiana.

En mi última entrada hablé de Curzio Malaparte, el conocido escritor italiano, fascista primero, comunista después, personalidad poliédrica y controvertida. Me referí a su libro, no muy conocido en España, Maledetti toscani, el último que escribió, en 1956, un año antes de su muerte. Me detengo aquí y te aseguro, lector, que es un buen sitio para reposarnos y charlar un rato.

La obra es una delicia, llena de humor, de inteligencia, de belleza, con un italiano excelente, de esos que te hacen ver que esa lengua, aparentemente fácil y próxima para los españoles, engaña y es más complicada de lo que parece. También hay en ella consideraciones morales —de una moral íntima, sincera y rotunda, que rezuma autenticidad y tiene carácter más bien afectivo—, demostrando que se puede divertir y hacer reflexionar a la vez, aunque la hazaña sea imposible para muchos.

Ironiza cariñosamente sobre los toscanos, su inteligencia, su amor a la libertad, su capacidad para intimidar y desconcertar al resto de los italianos. Todo es una broma, naturalmente, pero que descubre también la miseria y la boria (la vanidad) de las cosas terrenas e incita a pensar. Aprovechando que Prato, la ciudad toscana en la que nació el autor, a quince kilómetros de Florencia, es uno de los centros textiles más importantes de Europa y allí se reciben, para reciclarlos, retazos, trapajos, andrajos y pingajos de toda Italia y de otras partes del mundo, escribe:

A Prato, dove tutto viene a finire: la gloria, l’onore, la pietà, la superbia, la vanità del mondo. [...] Mentre gli altri credono che tutto sia di buona lana, i pratesi sanno che tutto è fatto di cenci. [...] Della grandezza umana, della superbia degli uomini, ridono, perché sanno di che son fatte. [...] Sono esempio di semplicità e di lealtà in un mondo, dove tutti cercano di nascondere quel che sono, e che erano, e si dànno l’aria d’essere il contrario di quel che sembrano. Traduzco:

“En Prato, donde todo viene a acabar: la gloria, el honor, la piedad, la soberbia, la vanidad del mundo. Mientras los demás creen que todo es de buena lana, los prateses saben que todo está hecho de guiñapos. De la grandeza humana, de la soberbia de los hombres se ríen, porque saben de qué están hechas. Son ejemplo de simplicidad y lealtad en un mundo en el que todos buscan esconder lo que son, o eran, y se dan aires de ser lo contrario de lo que parecen”.

Lector, este es el italiano fácil (hasta pensé en no traducirlo), pero no todo es así. Trapero, por darte ya un ejemplo, es cenciaiolo (pezzaio, barattiere), no tan entendible ya, ¿verdad? Por cierto, la cita más conocida que conozco sobre Marañón es la que afirma que era un “trapero del tiempo” (por saber aprovechar bien los ratos perdidos).

Es imposible extenderse más, porque lo que habría que hacer es leer el libro entero. Pero los editores españoles no lo han traducido —cada vez me irritan más— y se puede leer sólo en italiano. ¿Por qué no se ha vertido al español? Seguramente, porque no es un libro para grandes masas. Leo una crítica, italiana: Non è, in tutta franchezza, un libro che si possa consigliare a chicchesia (No es, con franqueza, un libro que se pueda aconsejar a cualquiera). Y sigue: Ribadisco: un libro per pochi. Ma che piacere leggere certi passi, anche per la lingua! (Repito: un libro para pocos. Pero qué placer leer ciertos pasajes, ¡también por el lenguaje!). No estoy de acuerdo: es un libro para cualquiera que tenga sensibilidad. Lo mostraré un poco más en la siguiente entrada.

15 de marzo de 2015

De cosas que, al principio, no se entienden


Palabras clave (key words): anuncio cervecería, ideas fuerza, Curzio Malaparte.

Amigo lector, no tengo arreglo. Las dos últimas entradas de mi blog son sendas listas de todas las publicadas, por orden cronológico y alfabético. Las hice porque había llegado a las 250 entradas… ¡y casi 200.000 palabras! Me formulo otra vez el propósito de hacerlas más cortas y me temo que no me es posible. Lo único que se me ocurre es ir escribiendo poco a poco y que se me vaya siguiendo, si hay voluntad.

He estado unos días fuera de Madrid y me encontré con un gracioso anuncio en la cervecería de una ciudad costeña: “Se necesitan clientes. No hace falta experiencia”. Y me dije, lo contaré en mi blog: algo sencillo, breve, sin complicaciones. Luego recordé algunas frases, más o menos profundas, que han influido en mi manera de entender la vida —así, como suena, la vida— y que no tienen puñetera relación con el anuncio. Detrás vino lo de las ‘ideas fuerza’, de las que se hablaba más en mi juventud que ahora. ¿No podría olvidarme de todo eso y dejar sólo el anuncio? Pues no, ese es mi problema.

Iré contándolo todo, pêle-mêle (en desorden), poco a poco. Lo de las ideas fuerza viene de Alfred Fouillée y daré aquí la definición que encuentro en el Diccionario de filosofía, de Nicola Abbagnano: “encuentro de lo interno y de lo externo, una forma que lo interno toma por la acción de lo externo y por la reacción propia de la conciencia (L’évolutionnisme des Idées-forces, 1890)”.

No se entiende demasiado, ¿verdad? Podría dejarlo así, pero estoy leyendo a Curzio Malaparte, que escribe algo aplicable al caso y con gracia. Se refiere a un dicho de una ciudad de la Umbria: “un antico proverbio di Gubbio, che non si sa bene quel che voglia dire, ma qualcosa deve pur voler dire” (un antiguo proverbio de Gubbio, que no se sabe bien lo que quiere decir, pero alguna cosa debe de querer decir). Pues eso pasa con lo de las ideas fuerza, tal y como las resume Abbagnano. Y hay muchas cosas así, en ciencia y literatura.

Y pienso en más cosas relacionadas. Así funcionan estas entradas, lector. Cuento una simpleza de cierta (presunta) gracia; te doy una expresión francesa que se utiliza a veces (por gente algo o muy pedante); te digo algo de las ideas fuerza, que desarrollaré después; te acerco a Malaparte, a un delicioso libro suyo, Maledetti Toscani, sin traducir al español aisladamente, aunque supongo que estará en sus Obras completas, que sí existen.

En fin, voy dando pistas, para que los lectores las sigan, si les apetece. Así es como me gustan mis entradas y espero que haya gente a la que le guste leer cosas así. Termino esta, ya más corta, y seguiré con el tema, con los temas.